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9 maneras de conseguir algo cuando no tienes fuerza de voluntad

enero 27, 2015 — by Gabriella23

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9 maneras de conseguir algo cuando no tienes fuerza de voluntad

enero 27, 2015 — by Gabriella23

Disciplina. Voluntad. Motivación.

Esos tres santos griales de cualquier persona que busque conseguir algo, ser productiva, progresar. Los tres santos griales de los que trabajamos desde casa. Santísimos para los que nos dedicamos, además, a tareas creativas.

He llegado a la conclusión de que esas tres palabras son contraproducentes. Mentirosas, incluso. Nos han vendido desde niños que podemos hacer las cosas si queremos. Podemos evitar la tentación con fuerza de voluntad. Podemos progresar con disciplina y trabajo duro.

¿Pero qué ocurre cuando esa voluntad se te escapa entre los dedos? Sigues intentando una y otra vez hacer lo mismo, tener disciplina, y cuando fallas te sientes culpable. Te sientes inútil.

Hace un tiempo leí una entrevista a la escritora Julie Fast, que había sacado un libro llamado Get It Done When You’re Depressed (Cómo hacer las cosas cuando estás deprimido). Tal vez la depresión sea un ejemplo extremo, pero los que hayáis pasado por ahí sabéis lo imposible que parece todo. La escritura, en concreto, es una de las profesiones más asociadas a este problema. Pero yo diría que todo el mundo tiene momentos de bajona, momentos en los que cuesta salir de la cama por la mañana. ¿Cómo conseguimos alcanzar nuestras metas, sobrevivir al día, en esas circunstancias?

Julie admite que se pasa deprimida el 75% del tiempo. Y sin embargo es una escritora productiva. ¿Cómo es posible?

No puede ser una cuestión de tener fuerza de voluntad. Uno no tiene de eso cuando está deprimido.

Bebiendo de las experiencias de Julie, de las mías propias y de todo lo que he podido encontrar, yo diría que tiene poco que ver con la voluntad y la disciplina, y tiene todo que ver con el sistema, con la planificación.

fuerza de voluntad

 Tal vez pueda resumirse todo en estos nueve puntos:

1. Sé comprensivo

No sé vosotros, pero yo siempre he sido muy exigente. No podía publicar algo si no estaba perfecto, no quería entregar un trabajo si no había dado el 100%. Me sentía mal si algo no estaba fantástico y maravilloso. Como consecuencia, mi resistencia ante cualquier tipo de trabajo o proyecto, el miedo a fallar, era grande. Y si no trabajaba 10 horas al día me consideraba una vaga.

Hasta que no empecé a tratarme a mí misma como una niña chica, intentando empezar por el principio, por lo básico, no empezaron a mejorar las cosas.

Si tienes pocas expectativas de ti mismo a corto plazo (pero las que tienes son inamovibles), todo es mucho más fácil. Y eficiente. Tal vez no puedas trabajar diez horas seguidas en ese proyecto tan aburrido. Pero en vez de rendirte y ponerte a jugar a la consola, puedes trabajar una hora; eso sí, dándolo todo.

Lo curioso es que la segunda opción da muchísimo mejor resultado.

2. Tienes que saber lo que quieres

Ya hablé hace poco de la importancia de las prioridades. Perdonad que me repita, pero es que conozco a muy pocas personas que sepan realmente qué quieren. Siempre me ha resultado un rasgo muy atractivo que alguien tenga claro a lo que aspira, tal vez por su rareza.

De vez en cuando me pillo haciendo alguna cosa, viendo correr el reloj, y me tengo que preguntar: ¿realmente tengo que hacer esto? ¿Apoya o ayuda esto a mis objetivos principales?

Es difícil decirle que no a todo lo que se nos viene encima. Nos distraemos. Pero ten una obsesión (mejor una que dos, y mejor dos que tres. Nunca tengas más de tres, es suicida). Si te importa lo suficiente, enseguida aprenderás a dejar de lado todo lo demás.

O no, pero por lo menos dedicarás un espacio diario a esa obsesión. Y terminará el día y todo está bien, aunque todo lo demás haya sido mierda, porque cumpliste con ese único objetivo.

Cuando decidí que iba a escribir, no lo hice porque fuera la mejor opción, ni porque hubiera nacido con un talento fantástico que sería pecaminoso desaprovechar (de hecho, cada vez estoy más convencida de que existen muchos menos genios de lo que creemos, que lo que hay son personas obsesivas con su trabajo o habilidad). Escribir era una opción entre varias. Pero sabía que tenía que elegir. No podía seguir dividiendo mi enfoque, mi concentración. Y me alegro de haber elegido lo que elegí. Podría haber sido otra cosa, pero eso no es lo importante. Lo importante es que elegí. Y cuando eliges lo mismo, una y otra vez, se convierte en obsesión.

3. La magia del entorno

¿Cuándo hacemos las cosas, sobre todo las que no nos apetecen? Cuando no tenemos más remedio. Cuando el coste de no hacerlas es mucho mayor que el de hacerlas.

Hace poco, una amiga me dijo que para ella nunca había sido un problema aquello de madrugar porque no tenía más remedio si quería llevar a su hija al colegio. No era una cuestión de que tuviera que entrar a trabajar. Si llegaba tarde al trabajo, esa responsabilidad era solo suya. Pero su hija dependía de ella. Dependía de que se levantara a tiempo para que la niña desayunara, se vistiera y llegase a su hora a clase. En resumen, no tenía más remedio.

¿Y si pudiéramos adaptar nuestro entorno para no tener más remedio?

B78vA3uCYAAzGrkMuchas veces el problema es que tenemos toda una serie de opciones disponibles, muy disponibles.

A mí me encanta la cerveza, pero si no hay cerveza en casa no voy a beber. Me encanta la pizza, pero si no hay pizza en casa no voy a comerla.

Es más difícil de lo que parece, claro. Si hay otras personas en casa, con cerveza y pizza, todo se vuelve más difícil. Pero se pueden negociar acuerdos. Se pueden encontrar modos.

También está el truco de usar la pereza en nuestra contra. Por ejemplo, si queremos evitar usar Facebook, podemos ponernos una clave muy larga y complicada, y acordarnos de salir de nuestra sesión después de cada uso. Solo por no tener que meter la clave utilizaremos Facebook bastante menos.

Si no quieres comer tarta, ponla en la parte atrás del frigorífico.

Si no quieres ver la tele, desenchufa todas las conexiones después de usarla.

Si quieres salir a correr por las mañanas, asegúrate de dejar tus zapatillas junto a la cama y tu ropa, ya preparada, sobre la silla.

Utiliza tu entorno a tu favor.

Hay miles de hacks y trucos. Averigua cuáles te funcionan a ti.

(Y hablando de entorno, si eres de esas personas cuyos amigos le dicen constantemente que nunca conseguirá nada, cambia de amigos).

4. Identifica a tus enemigos

Tengo tres némesis: la comida, la bebida y la falta de sueño.

Cuando como mal me siento hinchada y cansada. Normalmente como mal cuando me doy atracones. Me doy atracones cuando estoy nerviosa, ansiosa. Y darme atracones me hace sentirme culpable y me produce ansiedad. Un círculo vicioso que puede perpetuarse durante bastante tiempo.

Me encanta el alcohol. Pero cuando bebo demasiado estoy cansada y rindo menos. Como mal. Duermo mal.

Si no duermo suficiente, si no duermo bien, no sirvo para nada. Es más fácil que coma mal y que beba de más.

Me llevó un tiempo identificar a estos tres enemigos, más que nada porque no quería identificarlos. ¿Para qué eliminar cosas que me gustaban: comer, beber y acostarme tarde?

Cuando acepté que tenía que aprender a controlar esos tres problemas, todo mejoró. No fue (ni es) fácil. Caigo una y otra vez. Pero te levantas y no pasa nada y planificas para que no vuelva a pasar. Así, hasta que cada vez pasa menos.

Empecé a usar a mis enemigos como aliados. La comida y el alcohol ahora son recompensas: recompensas para el fin de semana, recompensas por escribir mucho, recompensas tras una larga semana de curro; cosas que disfrutar cuando estoy de viaje.

Con lo del sueño todavía estoy lidiando, pero poco a poco. Madrugar ayuda bastante.

5. El hábito hace al monje

Esto también me lo habéis leído mil veces. Pero es que creo que el hábito, la repetición rutinaria de determinadas actividades, es la base para cualquier tipo de productividad.

200 palabras al día no cuestan nada. Pero son 73000 palabras al año. Eso es una novela.

Los hábitos deben empezar con algo pequeño, a diario, y pueden incrementarse poco a poco. Pero que sea algo tan pequeño, tan fácil, que apenas cueste nada.

Recuerdo que un bloguero famoso (creo que fue Maneesh Sethi) implementó esta teoría de una forma que me pareció muy curiosa. Quería formar el hábito de ir al gimnasio todos los días. Así que empezó con lo mínimo. ¿Y qué era lo mínimo? Simplemente ir. Debía ir a su gimnasio, todos los días, pero no podía hacer nada. No, solo tenía que ir.

Así que pasó un mes solo yendo a su gimnasio, entrando por la puerta y luego saliendo.

Al mes siguiente ya se permitió hacer algo de ejercicio.

Lo importante no era cuánto ejercicio hacía ni qué resultados veía en un mes. Lo importante era implementar la costumbre de ir al gimnasio, sin ninguna otra obligación. Y si tienes esa costumbre… una vez en el gimnasio no te vas a quedar de brazos cruzados, ¿verdad?

Compartir mis desafíos personales es una tarea de bajo ROI, como dicen los profesionales. No ROI no es “rugido de orcas irritadas” (aunque molaría), es Return on Investment. Compartir mis desafíos me lleva mucho tiempo y recibe pocas visitas y poca interacción con lectores. Y como la recompensa que tengo por el tiempo invertido en el blog es ver cómo suben las estadísticas y cómo interactuamos todos y cómo salís corriendo a comprar mi libro*, los posts de bajo ROI me atraen menos. Pero tenía ganas de contaros los nuevos hábitos que quiero desarrollar a lo largo de este año, los que ya estoy implementando.

De mis fracasos he aprendido, en esto de los hábitos, que cuanto más pequeño se empiece, más posibilidades hay de que funcione.

Este mes, por ejemplo, tengo la regla de que tengo que hacer una hora de trabajo (dos pomodoros) antes de poder mirar mi correo y las redes sociales.

Algo facilito, para romper el mal hábito de mirar el mundo online antes de ponerme a currar. Mucho más productivo, desde luego.

No es más que un pequeño hack, cambiar el orden de las cosas. Pero funciona: no es difícil, y espero tener el hábito plenamente implementado dentro de un par de meses. ¡Deseadme suerte!

6. ¿Recompensa o castigo?

Según el tipo de persona que seas, puede que funciones mejor con recompensas o con penalizaciones. Beeminder es un buen ejemplo de esto: ves el tiempo que queda antes de que explote la bomba y tengas que pagar. Funciona, claro que sí. Pero también me gusta el sistema de recompensas.

Si terminas hoy este proyecto, puedes jugar una hora al WoW.

Si escribes 3000 palabras del tirón, puedes beber cerveza (este conmigo funciona especialmente bien, la última vez llegué a 7000. Hay que saber usar los vicios en tu beneficio).

Si lees 20 páginas de este manual tan aburrido, luego podrás leer 20 de esa novela a la que estás enganchado/a.

Si no haces la cama todos los días durante un mes, tendrás que comer comida de gato (no he sido capaz de encontrar el vídeo del tipo que hizo esto, pero os prometo que existe).

Para estas cosas es mejor comprometerse en público, para evitar el escaqueo y las excusas.

7. La diferencia del 1%

Un cambio de hábitos como el que he mencionado de los pomodoros no parece algo muy llamativo. No es como dejar de fumar, correr una maratón y subir una montaña, todo de golpe. Pero es mucho más eficiente implementar cambios pequeños y progresivos que tomar decisiones radicales (los famosos propósitos de año nuevo), que pueden llevarnos a una recaída más bruta y a empeorar nuestra situación en cuanto falle nuestra fuerza de voluntad (que falla, en algún momento falla).

¿Es mejor ponerse a dieta de golpe, pasar hambre durante un mes hasta que finalmente cedemos a la tentación, o a las circunstancias, y lo damos todo por perdido? Esto yo lo hacía, una y otra vez. Después de años y años de pensar que simplemente me faltaba voluntad, empecé a verlo de otra forma. ¿Y si cambiaba cosas pequeñas? ¿Y si evitaba las situaciones en las que comía demasiado? ¿Y si en vez de querer perder 10 kilos en un mes, intentaba perderlos en tres años?

¡Tachán!

Mejorar en un 1% cada mes termina por producir beneficios insospechados al cabo del año.

8. Este es un plan a largo plazo

Lo dicho. Deja de pensar en ayer y mañana. Piensa en ahora mismo, en qué haría falta ahora para hacer las cosas bien. Piensa en dentro de cinco años.

¿Qué quieres conseguir para dentro de cinco años? Ese 1% va a marcar la diferencia. Ese pequeño, casi imperceptible cambio, es el que va a conseguir las modificaciones más gloriosas.

Prepárate para los días malos. Planifica qué harás en los momentos bajos para no perderte ese 1%. Y si haces esa sola cosa, ese solo 1% que cuenta, incluso en tus peores y más terribles momentos, al final sigue contando.

9. Sé científico

Creo que fue en un artículo de James Clear donde leí acerca de una visión del fracaso que nunca habría considerado. En el ámbito científico, no se considera que un experimento haya fracasado (a no ser, ya sabéis, que lo invadan simios infectados que nos conviertan a todos en zombis). Más bien es progreso: sabemos que si mezclamos este componente con este otro, el resultado es X. Nosotros queremos Y, así que descartamos esa mezcla, la tachamos de la lista, y pasamos a la siguiente. Para llegar a Y es necesario conseguir muchas X. Es una perspectiva que ayuda a ver de un modo muy distinto lo que es el fracaso: es un modo de acercarse más a la solución.

No hay una solución mágica, claro, ni un sistema ni un truco para todo. Trátalo todo como un científico: prueba, anota, tacha lo que no sirve. Diseña tu propio entorno, tu propio sistema, tus propios procedimientos.

Y si funcionan, compártelos.

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La primera imagen de este post es de Pixabay; la segunda es de Emm Roy, vía Hoja en Blanco.

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