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Un mal día

julio 13, 2012 — by Gabriella0

NOTA: Esta entrada es libre de imágenes gracias a una conexión terribilis con Telefónica. Disculpen las molestias de tanto texto junto.

Hoy ha sido un día de esos que a veces me gusta definir como “de mierda”.

A mí el calor me afecta, mucho. Me drena por completo. Será por mi genética, por mis orígenes, por mi tipo de piel (de esas pieles que pasan directamente del blanco nuclear al rojo langosta). Nunca he sido la persona más energética del mundo, pero en los últimos meses he tenido serios problemas de astenia. Mi médico, tan eficiente él, dice que es que soy rara, y tras realizarme una analítica con resultados perfectos (parece ser que estoy sanísima) me manda de vuelta a casa con una metafórica palmadita en la espalda. Yo pensaría que hay cosas que una analítica sencilla podría no detectar, pero quién soy yo para discutir. En cualquier caso no parece que tenga ninguna carencia nutricional, que era mi principal preocupación por el hecho de haber cambiado mi alimentación (si bien esta es ahora mucho más sana y completa que antes).

Conseguí solucionar el problema, por lo menos de forma temporal, metiéndome unos zumos naturales de aúpa por las mañanas, inspirándome en la moda crudivegana, que suele tener resultados muy energéticos (he reducido bastante la ingesta de carne, lácteos y de comida cocinada en general) y dejando la cafeína, que crea un círculo vicioso de subida-bajada de energía que prefiero evitar. Funciona, pero creo que el calor puede más que la fructosa y las espinacas y este último par de días me han visto arrastrándome por las esquinas en plan cortesana de la Bella Durmiente. Y con cortesana quiero decir miembro de la corte, no prostituta de altos vuelos. Si fuera prostituta de altos vuelos tampoco tendría energía para satisfacer a mis clientes, así que estaríamos en las mismas.

No tener energía para hacer todo lo que quiero hacer siempre me desanima mucho, sobre todo si son varios días seguidos. Se convierten en patrones de abulia de los que luego me cuesta desperezarme, y que me dan la sensación de que no avanzo. Pero por la mañana he ido a darme una vuelta (bajo un sol de justicia) para estirar las piernas durante una media hora, y por la tarde-noche he hecho la tabla de ejercicios de rigor. Y he trabajado, aunque no ha sido productivo en absoluto (mala conexión a internet que hacía que todo fuera a paso de tortuga; cosas de Miss Cristal que he tenido que deshacer porque no me convencían; un artículo para Lecturalia que he abandonado a medias cuando me he dado cuenta de que se trataba de un tema ya obsoleto y del que, de todas formas, sé poco o nada; una pelea ignorante con diferentes formatos de ebook; un entorno mediático de lo más deprimente donde, una vez más, la realidad tristísima del país en el que vivimos vuelve a hacerse patente… en resumen, mucho tiempo agotador que no me ha conducido a nada. Por si fuera poco me ha invadido una actitud negativa e infantil que he conseguido pagar con las personas que tengo a mi alrededor, algo que me irrita sobremanera). Por lo menos el paseo de la mañana sirvió para reorganizar mis ideas y poder escribir luego un nuevo artículo con alguna coherencia.

Hace un par de años esto sería impensable. Me habría pasado el día en la cama durmiendo o frente al ordenador con algún juego. Sabía que me era físicamente imposible hacer nada (ahora mismo, el simple hecho de teclear me resulta cansado), lo aceptaba y esperaba a que vinieran tiempos mejores. Ahora soy incapaz, debo seguir adelante aunque la gravedad amenace con aplastar a un cuerpo que se me antoja 5 veces más pesado de lo habitual. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué hoy he trabajado, he hecho ejercicio, he respetado una alimentación sana en vez de darme un atracón o meterme una botella de vino autocompasiva en el cuerpo?

La respuesta está en la rutina, en el hábito. Mi cuerpo está ya tan acostumbrado a hacer ejercicio que le resulta más desasosegante la noción de no moverse, de no hacer nada, que el tener que hacer un esfuerzo superior al normal para moverse. Mi cabeza tiene ya tan asumida la idea de que tiene que avanzar, de que tiene que progresar en sus proyectos, que me resulta impensable pasarme el día metida en la cama (o en una oficina delante de una pantalla sin hacer nada de provecho). Por experiencia considero que ceder al agotamiento que proviene de la ansiedad y de la depresión solo sirve para producir más ansiedad y depresión. Por ello es fundamental mantenerse en movimiento, y no frustrarse con los pequeños fracasos, tal vez uno de los objetivos más difíciles de conseguir de entre los que me he marcado. Por no hablar de resistirse a la deliciosa botella de vino que se presentaba, tentadora, en la cocina de mi casa (¡prueba superada!). El vino, como hasta ahora: por copas escasas, con comida y fuera de mi domicilio. No hay nada como el alcohol para terminar de chuparte la energía, la alegría y las ganas de esforzarte.

En resumen: hay que aprovechar los días buenos (y los normales, y los tolerables, y los malos-pero-no-demasiado-malos) para crear hábitos que puedan llevarse a cabo durante los malos. Con esto no quiero decir que tengan que ser del todo repetitivos y llenos de reglas imperturbables. Personalmente me gusta dividir mis días en días de trabajo y días de asueto, que suelen tener una proporción 75% trabajo vs. 25% asueto. En los días de ocio soy más flexible con las reglas, sin pasarme. Durante los días de trabajo procuro adherirme a esa rutina que me permite sobrevivir a los días, como éste, de mierda. Y sí, hay días que tiro la toalla y me tumbo en la cama y no salgo de ahí excepto para comer y navegar por internet sin rumbo fijo. Pero nunca permito que sean más de uno a la vez, y cada vez son menos. Ya no hay espacio para días así.

El hábito se convierte de esta forma en un aliado en vez de en un peligroso enemigo. Sirve para todo: para comer, para trabajar, incluso para amar. Y el truco es elegir hábitos posibles, pequeños, que puedan llevarse a cabo de manera cómoda. No hace falta tirarse de cabeza a la piscina de la existencia perfecta, es suficiente con realizar pequeñas modificaciones a la rutina y al entorno.

Era de eso de lo que quería yo hablar, de los hábitos y de cómo implementarlos. Pero al final me he ido por las ramas y he acabado, como siempre, haciéndole honor al nombre del blog. Estoy segura de que sabréis perdonarme. Al fin y al cabo, he tenido un mal día.

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Domingo egopoético (1). Los desposeídos.

junio 17, 2012 — by Gabriella1

Los desposeídos
Capitula, capitula

una dermis vibrante sobre músculos atrofiados sobre huesos danzantes sobre venas de [cadáver

un presupuesto sólido de intereses

un caserío de afirmaciones y agujetas de tanto asentir con la cabeza

Con el cerebro mechado de nubes

las uñas agrietadas de tanto apresurar el atardecer

salada independencia, sed de paredes abiertas

goza usted de tantas aptitudes y tan pocas realidades

Pisando las casillas, desbrozando las pequeñas elecciones

mama y llora como si el universo fuera a morir esta noche

mama y llora como si las mayúsculas se inventaran para ti

inventa una nueva cartilla de excesos en dosis medicinales,

crea un listado que existe.

Hay enlaces a enlaces a enlaces que sí significan algo

sólo carne muerta, pero al fin y al cabo

tantas realidades y tan pocas aptitudes saltan al escenario, juegan y alborotan

sólo carne muerta, pero al fin y al cabo

energía pura, transformándose en mañana.

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Texto: Mío

Imagen por cortesía de FreeDigitalPhotos.net

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Las guerras son como los glaciares

junio 6, 2012 — by Gabriella0

“Al paso de los años, la gente que he conocido me ha preguntado muchas veces en qué trabajo, y por lo general yo he contestado que la obra más importante que tengo entre manos es un libro sobre Dresde.
Una vez le dije eso a Harrison Starr, el productor de cine, y él levantó las cejas inquiriendo:
−¿Es un libro anti-guerra?
−Sí −contesté−. Me parece que sí.
−¿Sabes lo que les digo a las personas que están escribiendo libros anti-guerra?
−No. ¿Qué les dices, Harrison Starr?
−Les digo, ¿por qué no escriben ustedes un libro anti-glaciar en lugar de eso?
Lo que quería decir es que siempre habría guerras y que serían tan difíciles de eliminar como lo son los glaciares. Desde luego, también yo lo creo.
Además, aunque las guerras no siguieran siendo como los glaciares, seguirás siendo llorada, vieja muerte.”

de Matadero cinco, de Kurt Vonnegut

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Tú tampoco me gustas

mayo 2, 2012 — by Gabriella2

De Leaving The Atocha Station de Ben Lerner:

We shook hands and I said I liked your reading and he thanked me but didn’t say anything back, I guess because he didn’t like my poetry and because Tomás couldn’t lie for the sake of politeness when it came to the most sacrosanct of arts. I was surprised how furious I became and how fast, but I didn’t say anything; I just smiled slightly in a way intended to communicate that my own compliment had been mere graciousness and that I in fact believed his writing constituted a new low for his or any language, his or any art.”


“Nos dimos la mano y yo le dije me gustó tu recital y él me dio las gracias pero no me devolvió el cumplido, me imagino que sería porque no le gustaba mi poesía y porque Tomás no podía mentir sólo por ser educado cuando se trataba de la más elevada de las artes. Me sorprendió lo furioso que me puse, y cuán deprisa, pero no dije nada; sólo sonreí levemente como si intentara comunicar que mi cumplido hacia su recital no había sido más que por quedar bien y que de hecho creía que su escritura alcanzaba nuevas cotas de bajeza para su idioma o para cualquier idioma, para su arte o para cualquier arte”.


(La traducción, rápida y sobre la marcha, es mía). Cuánta verdad en tan pocas palabras. Acerca de la realidad de la duda y la ira y la paranoia y la hipocresía del artista. Otro libro para la lista de los deseos de Book Depository.

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El verdadero valor de las cosas

enero 15, 2012 — by Gabriella6

Una de las cosas que más me ha llamado la atención desde que me he introducido en el fascinante mundo de lo hecho a mano, y que se aplica no sólo a éste, sino al comercio en todos sus aspectos, es el tema de los precios. Con el comercio general, no nos paramos mucho a considerar aspectos como el valor añadido, simplemente nos dejamos llevar por lo que nos ofrece la constante batalla de oferta y demanda: queremos un producto de la mayor calidad posible al menor precio posible. En principio, claro.

Porque en el fondo no siempre es así. No tenemos problema en adquirir productos de ínfima calidad si el precio es también ínfimo (léase Vidal, léase supermercados low-cost o incluso vuelos de avión tipo Ryanair). Nos quejamos, sí, pero sabemos que seguiremos adquiriendo estos productos porque queremos ahorrar dinero. Y también funciona al revés: no nos importa adquirir productos de precios muy elevados si consideramos que la calidad lo merece. Hablo de grandes marcas de diseño, aunque ahí también interviene el factor del prestigio de marca, o de productos de precios muy altos pero demostrada calidad (equipos de música Bang & Olufsen, televisores Sony, turrón 1880*).

¿Pero qué ocurre con lo hecho a mano? Se trata de un híbrido extraño. Por un lado responde a las leyes de mercado como todos los productos, pero por otro lado se mueve en el farragoso terreno del valor añadido, de una manera similar a cómo lo hacen marcas de calidad media que pueden permitirse precios elevados por el prestigio de marca (en el fondo uno no paga el producto, sino sus costosísimas campañas de promoción y su atractivo diseño): Tous, Benetton, etc. Del mismo modo, lo hecho a mano vende, por un lado, el producto, y por otro dos valores muy importantes: primero, que esto lo ha hecho a mano alguien, que no han intervenido máquinas, procesos de montaje y salarios injustos en el tercer mundo; segundo, que por las propias características de lo hecho a mano, es imposible crear en masa, y cada producto será, aunque levemente, distinto. Por tanto, obtienes exclusividad. O eso nos cuentan, sobre todo desde Etsy y otras empresas que hacen su agosto con la artesanía.

Un momento, ¿con esto quiero decir que lo hecho a mano no tiene salarios injustos?

Consideremos, por un momento, una evaluación idealista del producto hecho a mano, tomando como ejemplo un caso real. Llevo siete horas trabajando en un collar, y estimo que tardaré unas dos horas más en terminarlo. Pongamos que me adjudico un salario, tirando por lo bajo, que resultaría en unos 6 € por hora (eso si estuviéramos en una situación óptima en la que absolutamente todo lo que produzco se vende). También tengo que pagar Seguridad Social, impuestos, y etc, así que vamos a subirlo a 8 € la hora. Si tengo un local, tengo que pagar alquiler, facturas y etc, pero por ahora vamos a dejar eso de lado, ya que trabajo desde casa y afortunadamente no tengo que pagar facturas al estar en el hogar familiar.

A 8 € la hora, el collar ya tendría un coste de 72 €. Los materiales me han costado unos 15 €**, y eso también tirando por lo bajo (cuentas, pintura, barniz, fornituras). El resultado, sin meternos en IVA y etc., sería de un precio para el collar de 87 €. El comprador tendrá también que pagar gastos de envío, entre 4 y 5 € por correo certificado. En resumen, estamos hablando de una pieza que le costará más de 90 €, y ni siquiera está hecho de plata de ley, que es lo que el cliente suele exigir cuando se encuentra con piezas de ese precio (algo desternillante teniendo en cuenta el coste actual de la plata).

El collar seguramente se pondrá a la venta rondando los 60-70 €, y habrá quien, estando totalmente enamorado del collar, se queje del precio. Esto se debe a dos factores:
-el cliente no acepta el coste del valor añadido, es decir, espera un producto hecho a mano a precio de producto manufacturado.
-el cliente observa que otros vendedores de productos artesanales ofrecen precios mucho más bajos. El cliente no es consciente de que estos vendedores no intentan vivir de su trabajo, sino que son personas cuyo hobby es realizar productos artesanales y no les importa perder dinero con tal de tener la satisfacción de que alguien adquiera su creación. Generalmente estos suelen ser, por otra parte, generadores de productos de baja calidad (por falta de experiencia, falta de motivación económica, etc.), pero de vez en cuando te encuentras con casos escandalosos como increíbles collares de pedrería bordada (que podría estimarse perfectamente en 30 horas de trabajo, o más) por poco más de 100 €.

No critico esta actitud, ni mucho menos, al final es ese cliente el que manda, el mercado no entiende de moral o retribución justa. Pero pensad en ello la próxima vez que adquiráis un producto hecho a mano, valorad realmente cuánto tiempo se ha invertido en éste, y el coste material de su fabricación (ojo, que esto también lo digo en el sentido contrario, ¿realmente quieres gastarte 40 € en un collar “hecho a mano” que consiste en una cadena con una piedra colgando, de los cuales hay ocho mil exactamente iguales por todas las redes de supuesta artesanía?). Tal vez llegó la hora de comprar menos pero mejor, de reducir la basura que nos rodea para adquirir objetos únicos, maravillosos, que nos duren mucho tiempo y que despierten la admiración y curiosidad de los que nos rodean. Y está claro que hablo desde mi propio interés (ahí tengo mi página de Etsy, de Artesanio y de Facebook), pero también en el de tantos creadores alucinantes, auténticos artistas, que tienen que vender a precios de risa sus productos hasta conseguir que su marca alcance cierto prestigio que justifique unos precios que, de hecho, están más que justificados (si lo consiguen, claro).

*Para todos los escépticos: Probadlo.
**Aquí caigo en la contradicción. Me cuestan 15 € porque son materiales de calidad media, hechos en cadena, en masa, que intento optimizar. Si comprara materiales de óptima calidad, hechos y cortados a mano, serían más bien 50 €. Poco a poco procuro adquirir cada vez más materiales de este tipo, pero estamos en las mismas, se elevaría el coste de manera inaceptable para el comprador.

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Quejas y lamentos

enero 13, 2012 — by Gabriella3

Ha sido un día duro, me estoy resfriando y mi cerebro está convencido de que lo único que merecería ahora mismo la pena sería un buen vaso de Rioja. Es complicado esto de decirle, una y otra vez, a mi cerebro que no tiene razón. Hay momentos en los que realmente sientes que la vida sin alcohol es un aburrimiento tremendo.

Por lo visto algunas personas generan más endorfinas con el alcohol que otras, por lo que se acentúa el sentimiento de “recompensa” (o eso dice este estudio). Cuando estás a dieta, no bebes y la persona con la que te apetece follar está a unos mil km de distancia, la vida se hace muy aburrida, indeed.

Y sólo llevo 18 días. O más bien, ¡he conseguido no beber durante 18 días!

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Inciso felino

enero 6, 2012 — by Gabriella1

Ebony está malito. Tiene cálculos en el tracto urinario y no han conseguido sacárselos a la primera. Ahora van a sondarlo otra vez. Deseadme suerte 🙁

Actualización 07/01/2012: Mil gracias a todos los que os habéis interesado por el gato. Me han llamado hace un rato diciendo que han podido desalojar la obstrucción y que ya orina con normalidad. Si todo va bien podré recogerlo a la hora de comer.

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5. Enumera tus malos hábitos o adicciones y todo lo que has hecho para librarte de ellos.

junio 9, 2011 — by Gabriella2

Tengo muchos malos hábitos y alguna que otra adicción. Algunos malos hábitos los he ido solucionando poco a poco, otros sólo consigo identificarlos a medias. Tengo el muy mal hábito de que me importe lo que piensen otros de mí. Tengo el miserable hábito de preocuparme siempre por todo. Soy adicta al amor de los demás (y un poco al alcohol).
Son cosas en las que he trabajado durante años y creo que he conseguido por lo menos suavizarlas. Controlar la dinámica de pensamiento de uno mismo es complicado, y mantenerme a flote sobre un sinfín de ideas negativas y pesimistas es bastante cansado. A veces me rindo un poco y me sumerjo en la autocomplacencia. Y eso es realmente peligroso porque la autocomplacencia sólo arrastra a la autocompasión y al lloriqueo en general, y como el mundo no se va a parar sobre su eje para ofrecerte consuelo, te vas hundiendo más y más, en una espiral autodestructiva de ay-qué-penita-me-doy. Y de ahí cada vez es más difícil salir. Cuando te quieres dar cuenta, abres los ojos y han pasado días, semanas, meses o años de hacerte la vida realmente imposible a ti misma y a los que te rodean, de aceptar toda la mierda que te caiga encima de manera pasiva y perezosa. Las grandes bestias, la inseguridad, el nihilismo negativo, la ansiedad, la dependencia, atacan con fuerzas renovadas.
Pero si hay algo que he aprendido es que nadie va a solucionar esto por ti. El universo no se va a acercar a decirte al oído lo maravillosa, guapísima, importante y talentosa que eres, principalmente porque tú tampoco es que hagas gran cosa por el universo en tu estúpido estado lamentable de auto-odio.

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Actualización de estado

mayo 16, 2011 — by Gabriella0

Tengo la gripe, o un resfriado febril, o lo que sea. Curiosamente, esto es para mí motivo de celebración, ya que todo empezó en la garganta y me temía estar en proceso de amigdalitis, que he sufrido tantas veces y que no es nada recomendable (sobre todo ahora que para que te den antibióticos tienes que estar en tu lecho de muerte). Al final ha quedado en un resfriado virulento pero normal, así que entre el dolor de cabeza, de espalda y todos los síntomas poco atractivos de un anuncio de Frenadol, me considero una chica con suerte.

La amigdalitis me trae malos recuerdos, ya que fue la única culpable de que una escapada que planeé con V. hace dos o tres años para mi cumpleaños se fuera a la mierda debido a una fiebre de 39 grados que los de urgencias pretendían curar con aspirina. Habíamos reservado un par de noches en un hotel fantástico en Jerez de la Frontera, con la idea de visitar no sé qué zoo y ponernos tibios en las bodegas locales: Para mí, la idea de unas vacaciones perfectas, sobre todo teniendo en cuenta que eso de las vacaciones para mí es una costumbre bárbara que celebran otras personas. Este agosto voy a hacer 30 años, y la parte más fiestera de mí querría celebrarlo a lo grande, pero me temo que la desorientación absoluta por la que estoy pasando en estos momentos me lo va a poner difícil. No tengo un grupo estable de amistades (mis amigos más íntimos, los que sobreviven a los embates del tiempo y del cambio, están lejos, exceptuando a un par que afortunadamente tengo cerca), no tengo un lugar propio para celebrarlo (ni dinero, claro), no tengo pareja (lo duro no es no tener pareja, que me da igual, sino no tener a la pareja de siempre, que a la hora de pensar en un cumpleaños me pone muy nostálgica). Es probable que acabe en una salida de fin de semana más, y eso me entristece, porque me gustaría pensar que para entonces todos mis problemas estarán resueltos y mi vida estará encauzada de nuevo. Con treinta años esperaba más de la vida, ¿pero quién no?

Lo malo es que cada vez que intento tomar una decisión, surgen más parámetros, cambian las circunstancias y, sobre todo, dependo, como siempre, de la opinión y necesidades de los demás. Tengo las herramientas para el cambio, pero no sé cuál tiene que ser. Una parte importante de mí quiere irse muy lejos, y empezar todo de nuevo.

Y hablando de nostalgia…