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¿Debe el autor ser una marca? 6 preguntas que no nos estamos haciendo

septiembre 29, 2015 — by Gabriella25

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Hoy voy a hacer algo horrible.

Solo espero que, en la generosidad de vuestros bellos corazones, sepáis perdonarme.

Es horrible, en serio.

Hoy voy a hablar de Miley Cyrus.

(Gabriella se agacha para resistir la oleada de tomates y abucheos y alguna que otra mesa maltrecha. ¡Os tengo dicho que botellas de cristal aquí no!).

Miley Cyrus viene muy al caso del tema de hoy, por increíble que parezca. Sí, voy a hablar de branding para escritores.

(Observo, triste, que varios lectores potenciales levantan sus dedos del teclado y están ya a punto, ¡qué cerca!, de cerrar esta pestaña).

Esperad. Os prometo que compensa.

Veréis: hace algún tiempo, leí un artículo en Mundopalabras que despertó conversaciones animadas entre varios compañeros escritores acerca de qué significaba el branding para un artista, de las implicaciones éticas y personales. También salió hace poco un artículo introductorio y muy positivo acerca del tema de la marca personal en Escriviviendo.

Reconozco que soy una rara ave (aunque muy plumosa y multicolor) en esto del mundillo escritor, por aquello de que acepto (y disfruto) del mercadeo como forma de promoción si se hace de manera respetuosa e inteligente, pero a la vez desconfío tremendamente de sus trampas. Es muy fácil, demasiado fácil, empeñarse en vivir solo del arte y renegar del mundo que no entiende tu sublime talento. Del mismo modo, es muy fácil, demasiado fácil, dejarse llevar por los cantos de sirena de lo comercial, y lo que vende, y cómo se vende, y olvidar que, en última instancia, la idea de todo esto era crear algo que mereciera la pena.

Y como ocurre con tantas otras herramientas de mercadeo, acepto el branding y a la vez lo veo muy peligroso. No sé si sabéis que branding viene de to brand, marcar, también en el sentido de marcar a las reses, de señalar a la carne como propia.

Ya, ya, ya me explico. Aquí es donde entra Miley Cyrus.

Cyrus ha sido durante mucho tiempo un ejemplo de lo nocivo que puede ser el branding cuando se aplica de forma fría y calculadora a un producto destinado a consumo cultural. Y sí, Hannah Montana también es un texto cultural, en el sentido más académico y pragmático de la palabra. Es el producto Disney perfecto: que la gente olvide que eres una adolescente a tope de hormonas y disfrute de tu actuación virginal a la vez que te visten con cositas estrechas para realzar tus estupendas curvitas y te maquillan hasta la punta del dedo gordo del pie derecho. Ya lo hemos visto mil veces con Britney Spears y compañía. ¿Mensaje contradictorio? Creo que sí. Mi amiga Libertad analiza de forma curiosa esa paradoja de comunicación cruzada usando a Katy Perry como base.

Cyrus también se marcó un Britney: salió del bonito capullo protector Disney y se lanzó al perreo con artistas de la dignidad y consideración de Robin Thicke. Sinead O’Connor le dijo que se respetara a sí misma; Amanda Palmer le dijo que hiciera lo que le saliera del mismísimo.

¿Resultado?

ESTAMOS VENDIENDO DISCOS DE LA MILEY COMO PEGATINAS MÁGICAS DE ESPINETE*.

Sí, a muchos también os gusta su música. Y no es mi intención ofenderos si sois fans de Miley. ¿Pero dónde está la persona, la artista? ¿Qué es Cyrus para nosotros más que un acto más de espectáculo? Es más, ¿qué hago yo criticando a una persona, a un ser humano, con sus sentimientos, solo por su forma de restregarse contra las bolas (metálicas) de sus videoclips?

Lo hago, en parte, porque Cyrus se ha convertido en un producto tan artificial, tan ajeno, que me cuesta verla como persona.

Esto no es lo que queremos los que escribimos (aunque igual sí, si lo que realmente os gusta es restregaros contra bolas metálicas gigantes, en cuyo caso tenéis todo mi respeto y, posiblemente, mi número de teléfono). Después de todo, escribir es comunicación, es entrega, y la calidad de lo que transmitimos y cómo lo transmitimos dice mucho de nosotros como seres humanos y como artistas.

Visto así, el branding, el convertir a una persona en marca, puede ser muy perjudicial; seguro que todos podéis pensar en algún escritor que represente este lado oscuro de la fuerza. No se trata solo de escritores: hay conferenciantes, coaches y profesionales de la mercadotecnia que han desnaturalizado completamente su discurso al adoptar un esquema de lo que se supone que vende y convence. Reconozco que hay veces que llego por casualidad a algunos de esos artículos de “hazte trillonario vendiendo libros en Amazon” con la típica terminología hueca adaptada del inglés y no puedo evitar estremecerme. Hay otro mundo ahí fuera, os lo prometo. Brrrr.

Y todo esto de la mercadotecnia es muy poco artístico y muy sucio, ¿verdad?

Vamos por puntos. No iremos por partes, porque entonces haré el chiste de “como dijo Jack el Destripador”, y esa persona al fondo de la sala me tirará el último tomate podrido que le quedaba y aterrizará justo en mi coleta, con lo que me había costado hoy hacérmela y mira que me ha quedado perfecta.

(Se frota las manos).

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13 preguntas importantes que se hacen los escritores antes de promocionar un libro

enero 12, 2015 — by Gabriella13

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Qué complicado es esto de mezclar arte y mercado, creación y venta. Son dos mundos muy diferentes que sin embargo se acaban viendo mezclados, de forma inevitable. El arte suele llevar asociado una recepción, y en el caso de los libros, los productos expuestos se pagan. Mediante estas ventas, el autor puede hacer cosas mundanas pero necesarias como pagar la hipoteca y comer.

Bueno, esa es la teoría.

Como es un tema recurrente entre escritores (y algunos editores y lectores), he decidido pelearme de frente con el espinoso debate del marketing de una obra literaria. ¿Cuál es el enfoque ideal para promocionar un libro? Y estos son los puntos que más veo, las cuestiones de las que más hablamos entre nosotros. Aquellas que atacan el complejo nudo gordiano de la relación entre la pureza de lo artístico y la aparente “suciedad” de la comercialización.

Ahí van. Aviso: Este artículo es bastante largo, y eso que he eliminado un buen montón de paja. Es un tema sobre el que he leído y debatido bastante con colegas de profesión y sector, y aun así tengo la sensación de que no hago más que arañar la superficie. Haceos un té o algo y echadle ratico.

Primera pregunta, y la más frecuente:

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¿Cuáles son los tres lectores para los que escribes?

diciembre 22, 2014 — by Gabriella9

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Propongo un ejercicio mental. Bueno, podemos hacerlo físico, si quieres. Abre un documento de texto, o coge un papel y un boli, y escribe los nombres de las tres personas en las que piensas cuando escribes. No te pares a pensarlo demasiado.

¿Ya?

Este ejercicio es más complicado de lo que parece, porque rara vez somos sinceros al realizarlo. Seguramente has puesto los nombres de tres personas a las que quieres, tres personas allegadas, esas tres personas a las que visualizas boli (o teclado) en mano. Cuando me paré a analizar a los que yo había puesto, me fui dando cuenta de que no estaba siendo del todo honesta.

Y es que, en el fondo, creo que a la mayoría de los que escribimos nos importan las opiniones de tres receptores. O más bien de tres tipos de receptores.

El lector crítico

download (1)Decimos que no nos importa, que no escribimos para el crítico. Pero no es del todo cierto. Sobre todo al principio, antes de publicar medio en serio (es decir, antes de que las ventas realmente cuenten), yo diría que este es el lector fundamental. Puede ser alguien cercano, alguien a quien admiras y cuya opinión estimas por encima de todas las cosas. O puede ser ese reseñista medio conocido que te ha destrozado el libro/relato/artículo con cuatro palabras crueles, un ad hominem sin sentido y ese tonillo burlón sobrado que todavía te está resonando en las orejas. Alguien que decimos que no nos importa, pero que nos acaba de retorcer las entrañas y que nos hace creer que nunca, nunca, conseguiremos escribir algo decente.

Por lo general todos escribimos con este lector en mente. Es el que nos hace tener más cuidado que nunca con la forma, el que queremos que nos avale con su sello de calidad. Pensar mucho en este tipo de lector puede paralizarnos, y no es del todo recomendable. Debe servirnos como un incentivo para hacerlo lo mejor posible, pero no debemos dejarlo entrar en nuestra cabeza mientras escribimos, o no avanzaremos nunca.

Cuándo hay que hacerle caso al lector crítico:

  1. Una crítica válida nunca contendrá elementos de trolleo. Es decir, no habrá ataques (ni referencias) personales y la crítica tendrá más de análisis técnico que de opinión personal. Para bien o para mal, ya sea “¡me ha encantado!” o “¡esta es la mayor mierda jamás escrita!” (¡patada al estómago!), lo subjetivo vale de poco a la hora de aplicar en nuestro trabajo las consideraciones de los demás. Busca más bien apreciaciones sobre los personajes, el ritmo, el lenguaje, la coherencia interna…
  2. Así, una crítica constructiva y útil es concreta. No sirve de mucho que te digan “he tenido la sensación de que había momentos aburridos”, pero sí es muy útil que te digan “en el capítulo 8 realmente no pasa nada” o “el libro tarda en arrancar”, ya que te permite analizar qué es lo que has hecho mal para producir estas sensaciones en el lector.
  3. Fíjate solo en lo que se repite. Muchos escritores profesionales que trabajan con un buen puñado de lectores cero dicen lo mismo: solo aplican las sugerencias de dichos lectores si ven que estas se repiten de un lector a otro. Cada lector es un mundo y puede tener percepciones distintas, pero si coinciden todos en algo en concreto, lo más probable es que tengan razón en ese algo.
  4. Pero a la vez… ¡cuidado con las repeticiones! He llegado a ver críticas tan similares entre sí que llegan a ser sospechosas. Como lectores, nos condiciona mucho lo que opinan las personas que nos rodean (y no todos somos capaces de cargarnos la espiral del silencio a la hora de emitir una opinión). Si las primeras reseñas de un libro son buenas, hay más probabilidades de que las personas que conocen a esos reseñadores y que trabajan en el gremio acaben condicionadas y realicen también reseñas buenas (excepto en el caso de reseñas demasiado entusiastas, por las que puede producirse un efecto rebote y de exceso de expectativas que acabe en reseñas negativas). Del mismo modo, si son malas, los demás críticos leerán la obra con determinados prejuicios.

El lector consumidor

adult-18844_640El auténtico rey del baile. Podemos volvernos locos con ideas de calidad, de autoexigencia, de miedo a la crítica especializada. Pero si hemos entrado en el ciclo del libro como producto, al final es el consumidor el que nos acaba validando. Es posible que a E. L. James le duelan un poco las críticas exacerbadas de la academia contra su novela erótica de calidad cuestionable (eso le acaba de doler, fijo. Lo siento, E. L.). Pero las lágrimas le correrán por las mejillas de camino al banco a ingresar otro buen mogollón de pasta.

¿Qué más le da a E. L. James que unos cuantos critiquen su novela? Tiene el cariño y el agradecimiento (y el dinero) de miles y miles y miles de personas. ¿Y cuántos autores publicados y agasajados por la crítica pueden decir lo mismo? En el momento en que nuestra obra comienza a distribuirse se abre el círculo de recepción; ya no solo vale la opinión de nuestra familia y amigos; ya no solo vale la opinión de tres blogs de reseñas; la opinión del consumidor, ese número (casi siempre triste) de las liquidaciones es el que está validando (o no) si el público nos quiere.

Y lo cierto es que conozco pocos autores que no estén buscando amor y aceptación a través de sus letras.

Por desgracia, este tipo de lector/consumidor también puede ser una trampa mortal. Si nos obsesionamos demasiado con lo que quiere el gran público, corremos el riesgo de perder nuestra voz, de perder aquello que nos hace únicos.

Cuándo hay que hacerle caso al lector consumidor

  1. No hay que “venderse” para darle al público un poco de lo que quiere. Emoción, aventura, suspense, amor… Estos son componentes que hacen sentir al lector, que lo hacen querer seguir leyendo. No hay que cambiar mucho un libro para inyectarle algo de vida, meterle algo de intriga o romance, de acción o tragedia. Nadie dice que tengas que pegarte a una plantilla superventas, pero pensar un poco en lo que busca el lector medio puede ser un ejercicio interesante.
  2. Tener en cuenta al consumidor al escribir te ayudará a eliminar lo innecesario. Te empujará a arreglar oraciones demasiado largas y complejas, a acortar los párrafos y capítulos. Querrás entregar un texto más limpio, con una lectura más fluida y cómoda. Aquí salís ganando los dos: tú, porque aprendes a escribir con mayor elegancia, y el lector, que no tiene que tragarse cuatro esdrújulas seguidas montadas sobre ocho subordinadas.
  3. Si tienes la inmensa suerte de que tus lectores te escriban comentándote sus impresiones, no las descartes por no ser profesionales. Al igual que en el apartado anterior, si hay algo que a todos parece gustarle, enhorabuena, usa más de eso. Si hay una queja recurrente, tal vez va siendo hora de investigarla.

Y finalmente nos quedamos con el tercer lector. Para mí es, desde luego, el más importante.

El tercer lector es uno mismo

JTardé un poco en darme cuenta de esto, o por lo menos en asimilarlo del todo. A veces te preocupas tanto por los lectores de los apartados anteriores que lo olvidas. Pero ¿os acordáis de ese consejo, el de “escribe el libro que querrías leer”? Creo que es un buen consejo.

Además, nos puede ayudar a reencontrarnos con algo que a veces dejamos de lado, que es que escribir puede ser divertido (me gusta la frase de Terry Pratchett: “Escribir es lo más divertido que puede hacer uno a solas”. Sospecho que miles de chavalillos púberes podrían no estar de acuerdo, pero es un buen recordatorio para cuando nos dejamos llevar por la duda y la ansiedad del qué dirán).

Ya habrá tiempo de editar, de corregir, de pensar en los otros dos lectores.

Pero ahora, boli, pluma, pantalla, lápiz o Scrivener por delante, es hora de pensar solo en ti.


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¿Cuándo tiene que cortarse el escritor de literatura juvenil? Los expertos opinan

octubre 29, 2014 — by Gabriella11

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imagesUno de los problemas con los que me encontré en El fin de los sueños, en la novela que he terminado hace poco e incluso en la que he empezado a escribir ahora, fue el de los límites del propio género. ¿Hasta dónde podemos hablar de sexo y violencia, por ejemplo? ¿Hasta dónde podemos hablar de depresión, de suicidio o de pérdida? Es algo que, en lo que respecta al juvenil, nunca he tenido nada claro. No me gusta tratar a los lectores jóvenes como si fueran pobres corderillos y soy bastante consciente de que esta generación está bastante más expuesta a la sexualidad, a la violencia y a tantas otras cosas.

En una charla sobre coherencia en los mundos de fantasía a la que asistí en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada, el escritor Emilio Bueso dijo que a él no le gustaría que su propio hijo leyera sus libros en estos momentos; no tanto por componentes de sexo o violencia, sino por una visión tremebunda del mundo que nadie desea para alguien que todavía disfruta de cierta inocencia e idealismo. Aunque Bueso no es escritor de juvenil, ofrecía una visión que es clave para muchos autores que sí lo son. Así, hay muchos límites que rodean al género, límites que además varían según hablemos del juvenil tradicional o del más reciente New Adult, que se dirige a un público algo más mayor.

¿Cómo marcar esos límites? ¿Cuáles deben ser? Decidí que haría lo mejor que puede hacerse en estos casos, que es preguntar a los expertos. Así que reuní a un grupo excelente de autores, editores y lectores de juvenil, y les pedí su opinión. Como podréis ver, hay observaciones dispares, pero todas inteligentes y bien razonadas.

Alfredo Álamo

(escritor y coordinador de Lecturalia)

Creo que el “nivel” de ¿sordidez? debe ir acorde con la historia que estás contando y de si hay implícitos valores morales adicionales o no. Creo que lo que debe sobrar siempre es la gratuidad, algo que es aceptable en narrativas más complejas pero a nivel juvenil adulto no tienen sentido. También habría que discutir cómo de explícito puedes ser antes de caer en lo pornográfico o en el regodeo por la violencia. Yo creo que el sentido común existe, así como la coartada que te permite el arte para saltártelo, así que un equilibrio entre ambos sería lo mejor

Carlos García Miranda

(escritor y guionista):

Cuando escribí mi primera novela me salté esos límites. El libro chorreaba violencia y tenía unas cuantas páginas con sexo explícito. Lo hice porque la historia lo pedía, y porque no me parecía que fuera a escandalizar a nadie; nada de lo que había escrito era algo que no se le hubiera pasado antes por la cabeza a un lector adolescente. Pero el caso es que, al publicarse, hubo bastante revuelo… Por lo visto, había escrito sobre cosas que no solían leerse en los libros juveniles. Lo más sorprendente, al menos para mí, fue que las “protestas” las causó la parte sexual. De la violencia no dijo nadie ni mu.

No sé si me ayudó o perjudicó saltarme las normas no escritas sobre lo que debe incluir un libro YA. De lo que estoy seguro es de que volvería a hacerlo si la historia lo pide

César Mallorquí

(escritor)

En principio, creo que la literatura juvenil no debería tener ningún límite; o, mejor dicho, los mismos límites que pueda tener la literatura en general, si es que los tiene. Pero el caso es que, de hecho, sí que existen ciertos límites “sociales”; es decir, comúnmente aceptados. Personalmente he dedicado una buena parte de mi obra juvenil a explorar esos límites y comprobar hasta dónde podía transgredirlos. Por ejemplo, el lenguaje; el uso de palabras malsonantes.

En la primera novela juvenil que escribí, algunos personajes (skinheads, en concreto) usaban tacos en sus diálogos. La editorial me sugirió que los eliminara, y yo me negué, porque los consideraba necesarios para definir la personalidad de esos personajes. La novela se publicó tal cual y no pasó nada. Luego, dando charlas a jóvenes lectores, algunos se extrañaban por el uso de las palabrotas, porque no estaban acostumbrados a verlas por escrito. Pero lo entendían cuando les explicaba que, si quería describir a un skinhead verosímil, no podía hacerle exclamar “caray”, “córcholis”  o “jopé”.

El límite de la violencia en realidad no existe. En muchas de mis novelas hay escenas de violencia (en algunas de gran violencia), y nunca nadie me ha comentado nada al respecto. Hay violencia en muchísimas obras juveniles.

En cuanto al sexo, ahí sí que hay un poderoso límite social y cultural, como si los jóvenes no tuvieran sexo (cuando precisamente es uno de los asuntos que más les interesan). No obstante, ese límite va relajándose poco a poco, y ya puede hablarse de sexo en los textos juveniles… siempre y cuando no sea sexo explícito. Personalmente eso no me supone un gran problema, porque el sexo explícito, en literatura, siempre me ha parecido artificial, generalmente innecesario y, con frecuencia, un tanto ridículo. Pero el tabú del sexo sigue existiendo en la literatura juvenil, y deberíamos procurar acabar lo antes posible con él.

¿Creo que la literatura juvenil debería tener algún límite? Rotundamente no; salvo los derivados de la ética personal del autor (pero eso podría aplicarse también a todo tipo de literatura, ¿no?).

Sofía Rhei

(escritora):

Yo creo que la LIJ no es un género literario, sino un nivel lector, del mismo modo que la literatura infantil. Dentro de ella caben casi todos los géneros. 
 
Las diferencias con la literatura para adultos, son, efectivamente, las cantidades de sexo y violencia, pero también las menciones a drogas y otros temas socialmente controvertidos, el terror extremo, y desarrollos excesivamente académicos que sí pueden tratarse en libros para adultos. En general la LIJ tiene un rango de vocabulario menos extenso, pero existen numerosas excepciones a todo esto. 
 
Yo creo que las editoriales tienen una responsabilidad hacia los padres y los adolescentes cuando etiquetan un libro como apto para ellos. Por supuesto, padres, educadores y los propios adolescentes son muy libres de leer o de proponer leer lo que les venga en gana, pero la LIJ me parece una etiqueta útil para las personas que prefieren no encontrarse con sorpresas que les puedan resultar desagradables. De hecho, es el único motivo de su existencia.

Irina C. Salabert

(editora de Nocturna Ediciones):

Creo que los límites deben, en todo caso, separar lo gratuito de lo necesario. A mí no me preocupa lo más mínimo que una novela juvenil tenga sexo o violencia, siempre y cuando eso aporte algo a la historia o a los personajes. Por ejemplo, en Nocturna publicamos Cenizas, de Ilsa J. Bick, una trilogía que comparte bastantes características con The Walking Dead. Claro que tiene escenas violentas, pero sirven para ilustar el contexto, para hacer reflexionar a los protagonistas sobre hasta qué punto estarían dispuestos a sobrevivir. En El señor de las moscas, Golding describe con mucha crudeza la muerte de Piggy. Pero ¿es gratuito? En absoluto, ya que ese momento representa el fin de la civilización.
 
Lo que me resulta muy curioso de este asunto es que, ahora mismo, la violencia sea más aceptable en la literatura juvenil que el sexo. Mientras que en series como Los juegos del hambreEl corredor del laberinto Divergente pueden darse situaciones un tanto cruentas (y muchas de las propuestas que nos llegan van en la misma línea), hay un puritanismo de lo más extraño en todas las cuestiones sexuales. Y no es que me interesen las novelas que dependan del sexo a lo Cincuenta sombras de Grey ni mucho menos, pero no creo que sea lógico explotar tanto la violencia y seguir considerando el sexo un tabú. Para mí, en esta materia todo lo censurado es tan negativo como lo gratuito.

Miriam Malagrida

(editora de la colección Neo de Plataforma Editorial)

Los límites en juvenil solo puede marcarlos el lector. Para mí, como lectora y editora, un libro es juvenil cuando refleja los intereses, las inquietudes o las preocupaciones de los jóvenes, y al mismo tiempo es capaz de atraparlos y de despertar en ellos nuevas emociones y reflexiones. Y esto puede hacerse desde muchos subgéneros y tratando temas muy diversos, que van mucho más allá de la violencia o el sexo. Una novela juvenil romántica es buena cuando el autor consigue captar y transmitir la esencia del primer amor, del mismo modo que una distopía para adolescentes lo será si logra crear un escenario envolvente y creíble y despertar la conciencia social de los lectores.

Si un autor quiere escribir juvenil, solo debe pensar en su público y sobre todo alejarse de los tópicos que a veces recaen sobre este género. No es casual que los libros que normalmente menos gustan a los jóvenes son los que están infestados de clichés y no reflejan la verdadera complejidad de sus mundos y sus preocupaciones. Quizá el único límite admisible dentro del género (y seguro que en ocasiones encontraríamos motivos para transgredirlo) es que los personajes exploren cualquier tema de interés para los jóvenes, y esto es tan amplio como la vida misma…. Y tal vez por eso cada vez más adultos se confiesan lectores de literatura juvenil.

Vanesa Pérez-Sauquillo

(escritora, poeta; fue editora de Alfaguara)

La adolescencia es uno de los períodos más conflictivos de la vida, y el editor de literatura juvenil debe ser consciente de que sus lectores están todavía en una etapa de formación, muy vulnerable. Es cierto que a esas edades se leen ya libros para adultos, y grandes clásicos (sin adaptación), pero el editor especializado en juvenil tiene una responsabilidad con su público sobre los contenidos que publica. 

Siempre se discute el hecho de reducir la violencia, el sexo, las drogas… Yo creo que hay algo más importante, y es la necesidad de transmitir esperanza. No debe haber cabida para el suicidio del protagonista en un libro juvenil, ya que es precisamente en esta etapa donde se dan las estadísticas más elevadas. En la LIJ, siempre tiene que haber superación de los problemas. El lector debe confiar en que todo se resolverá en la narración, y también en su vida, como en los cuentos de hadas: si te enfrentas al peligro, podrás encontrar la salvación dentro de ti mismo (bien a través de tu ingenio o de tu buen corazón, ¡hay tanto por descubrir dentro de uno!), o gracias a algún agente externo (tal vez alguien que te dé la clave, como por arte de varita mágica).

La esperanza es un mensaje necesario para la formación del ser humano. A mi parecer, es uno de los valores claves que te pueden transmitir los libros. Montserrat Sarto escribió: “El que lee no está haciendo algo, se está haciendo alguien”. Y sobre todo durante las primeras etapas de la vida, tan hermosas, pero a la vez, tan llenas de interrogantes y de dificultades.

Y, por último, vamos a ver qué opinan los lectores:

Ruth Pérez de San Macario

(lectora y bloguera)

Hace un par de semanas me leí los dos primeros libros de una trilogía titulada Penryn and the End of Days. Está considerada como literatura YA pero el nivel de violencia y escenas/descripciones macabras es bastante alto. Personalmente me gustó, pero tal vez a alguien con un estómago más flojo no le gustaría (estoy casi segura de que los padres de un chico o una chica de 15 años dirían que no es lo adecuado). El problema de estos libros es que si le quitas la violencia, perderían la esencia de lo que es la historia en cuestión (es una distopía, lo mismo le ocurriría a Los juegos del hambre y a todas las novelas consideradas como tal).

Con esto quiero decir que dentro del género juvenil te puedes encontrar un sinfín de subgéneros que van a contener aquello que el lector está buscando. Creo que cerrarle la entrada a los libros con violencia en este ámbito de la literatura es algo ilógico porque ¿qué gracia tendría una historia apocalíptica o épica sin ella? Con esto se perdería parte de la acción y los jóvenes estamos ansiosos de encontrar escenas trepidantes en libros así.

Los lectores de YA estamos más que preparados para leer historias violentas sin sentirnos conmocionados, porque cuando elegimos un libro ya sabemos qué nos vamos a encontrar. Por lo tanto, no, no creo que los autores deban cortarse a la hora de escribir respecto a esto si el libro necesita escenas fuertes.

Por otra parte, está el asunto del sexo. Me parece que no he encontrado ninguna novela YA que se atreva a tratar el tema de forma abierta más allá de los de Federico Moccia (y no, tampoco es nada para tirar cohetes). Y creo que es algo ilógico: somos jóvenes, con plena revolución de hormonas, tenemos acceso no restringido a internet y, en ocasiones, parecemos saber más de ese asunto que algunos mayores.

Es decir: no nos asustamos fácilmente ya. Quizás en otra época el género debería ser más cerrado, ¿pero ahora? Tampoco estoy hablando de que se acepten novelas eróticas, porque no es plan, pero, de verdad, no es necesario hacer un corte radical en las escenas cuando los personajes pasan a algo más allá de los besos inocentes. Si los protagonistas son jóvenes deben actuar como jóvenes (solos, en casa, sin nada que hacer, con la tensión del momento…). Si los autores quieren que los lectores se sientan identificados no deben tratar el tema del sexo como un tabú, porque entre nosotros no lo hacemos. Los comentarios salidos de tono, las gracias con referencias sexuales y cosas parecidas no nos asustan. Es más, es precisamente eso uno de los detalles que más acercan la novela al lector porque es algo real.

En resumen, tampoco veo necesario que los escritores se comporten como mojigatos cuando escriben sus libros, a pesar de que sean juveniles. (Dentro de lo normal, obvio, no vas a meter escenas BDSM porque ahí sí que podrías conmocionar a alguien).

En mi opinión, los límites de la literatura juvenil son muy difusos. Lo más básico para poder clasificar a una novela como tal es que el lector de entre 15 y 20 años (aproximadamente, ya sabemos todos cómo es esto de los gustos literarios) se sienta identificado con los personajes, sin importar si es una distopía, una historia épica, de ciencia ficción, etc. Deben pensar como nosotros, y para ello el autor no nos puede ver como críos de 5 años con ningún tipo de preparación psicológica o intelectual para afrontar hechos “fuertes”. Somos personas inteligentes, tenemos nuestros estudios y vamos aprendiendo poco a poco cada día, vemos las noticias y estamos enterados de lo que pasa en el mundo. Los personajes deben actuar en consecuencia. Es más un límite de conceptos que de temas (por poner varios ejemplos: conocemos el funcionamiento de la justicia, pero no puede haber un montón de descripciones de leyes porque no estamos dentro de ese ámbito y eso nos aburriría; puede haber escenas de sexo pero tampoco necesitamos una descripción íntegra porque el resto nos lo imaginamos, aceptamos las muertes y heridas de los personajes sin tener que leer cómo dejan de funcionar los órganos uno a uno y por qué, ya que eso paraliza la acción del momento…).

Miguel Trujillo

(lector, traductor y bloguero):

Personalmente, opino que las editoriales en general y las españolas en particular pecan demasiado de subestimar a sus lectores en cuanto a estos dos temas en concreto. Creo también que hay cierto miedo bastante evidente en según qué editoriales, quizás a las posibles opiniones de los padres o profesores, quizás a una posible polémica; o quizás se trata simplemente de que muchas siguen tratando de aleccionar a sus lectores sin darse cuenta de que lo que venden no es literatura prescriptiva, sino literatura juvenil. 
 
Aunque en otras temáticas sí que ha habido una clara evolución, en todo lo relativo al sexo y a la violencia parece que sigamos estancados en la censura impuesta hace cincuenta años. Y eso es absurdo, porque un adolescente de hoy en día ha visto mucho más sexo y violencia que uno de hace cincuenta años. En televisión, videojuegos y periódicos se nos bombardea constantemente (no es un secreto que el sexo y la violencia venden), así pues, ¿por qué no incluir estos dos aspectos tan reales de la vida en la literatura? No se trata de hacer apología de la violencia ni mucho menos, sino todo lo contrario: normalmente, la violencia en la literatura juvenil la ocasiona algún personaje malvado o algún enemigo que hay que derrotar. ¿No sería esta una ocasión perfecta para explorar las consecuencias de la violencia, de conseguir que los lectores comprendan su innecesariedad sin resultar abiertamente aleccionadores (esto sería un error tan grande como omitirla)? Evidentemente, no estoy hablando de una violencia gráfica y desmesurada que pueda herir sensibilidades, sino de presentar una realidad sin maquillarla ni camuflarla. Los lectores no son tontos, por muy jóvenes que sean, y son los primeros que se dan cuenta de que los escritores o editores se autocensuran a la hora de narrar según qué escenas. Y esto, lógicamente, no les gusta.
 
Lo mismo pasa con el sexo. Por supuesto, no estoy hablando de llenar de escenas sexuales un libro destinado a un público de, digamos, doce años, pero sí que creo que a partir de los catorce o quince años un lector es lo bastante maduro como para comprender lo que lee. Obviamente, no creo que en un libro juvenil sea apropiado incluir escenas propias de un libro de romántica o erótica adulta, pero tampoco veo adecuado ocultar esta realidad y contribuir a que siga siendo un tabú. Después de todo, el sexo y la sexualidad son una parte importante muy de la adolescencia, y estigmatizarla no hace ningún favor a los jóvenes, más bien al contrario. Nuevamente, entramos en las innumerables posibilidades que ofrece la literatura. Con la cantidad de sexo gratuito que aparece continuamente en televisión, ¿no sería la literatura el lugar perfecto para explorar este campo, nuevamente sin caer en el error de tratar de aleccionar al lector? ¿No sería un medio perfecto para tratar de deshacer tabúes innecesarios? Pasa lo mismo con la homosexualidad, otro gran tabú en la literatura juvenil. Personalmente, me sorprende que sea mucho más fácil ver a dos hombres o a dos mujeres besándose en televisión que leer una escena de este tipo en una novela juvenil. ¿Acaso la televisión no llega a un público más amplio y, por lo tanto, es más susceptible a posibles controversias o reacciones negativas por parte de los espectadores? ¿Acaso los jóvenes no están (en general) mucho más abiertos a esto que, digamos, un público más adulto o anciano? ¿Qué sentido tiene ocultar la realidad?
 
En definitiva, yo creo que el error de las editoriales (y quizás los autores) está aquí en la poca disposición a normalizar una realidad de la que los jóvenes ya son perfectamente conscientes: nuevamente, no estamos hablando de hace cincuenta años, sino de ahora. No, no es necesario caer en el sexo y la violencia innecesarios y gratuitos, pero un error tan grave como ese es tratar de maquillar su existencia.

Pablo

(lector y bloguero):

Creo que depende de si se quiere vender como juvenil o YA, porque el público es distinto y es evidente que una persona de catorce no ve la vida igual que una de dieciocho. Pero en general creo que no hay que cortarse, hasta cierto punto, sino que hay que tratarlo desde la perspectiva de una persona de la edad a la que está enfocada el libro. 
 
Quiero decir, no hay que recrearse en esos temas, sino mostrar que son una parte de la vida de un joven de dieciséis-dieciocho años y contarlo un poco desde esa perspectiva.
¿Qué opináis vosotros, queridos lectores? ¿Dónde creéis que están los límites, de haberlos, de la literatura juvenil? Me interesan sobre todo las opiniones de los que seáis padres y/o profesores, ¡pero todas me valen!

*Nota: La pregunta exacta que se le hizo a todos los entrevistados fue la siguiente: 

Al hablar de literatura juvenil y de ponerle límites al young adult, lo primero en que piensa uno es en sexo y violencia, parámetros por los que se miden, aparentemente, cine, videojuegos y otras formas de ocio. ¿Crees que los libros de juvenil deben limitarse en este sentido (es decir, ¿deben cortarse los autores?) o crees que los límites deben ser otros?


Si te ha gustado este artículo, acuérdate de compartirlo. Y si te gusta el contenido del blog en general, prueba a leer alguno de mis libros:

Lectores aéreos gabriella campbellLectores aéreos (relatos con toques de fantasía tenebrosa): Disponible en Amazon y Lektu (¡solo 2,99 €!). Puedes leer un avance gratuito (para ver si te gusta el estilo y tipo de relato) aquí.

 

el fin de los sueñosEl fin de los sueños (novela postapocalíptica de ci-fi/fantasía juvenil): Disponible en digital y en papel en la página de la editorial (y puede pedirse en cualquier librería).


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10 maneras de enfrentarse a proyectos imposibles

octubre 14, 2014 — by Gabriella6

descargaHoy iba a hacer mi actualización habitual de Beeminder, pero al final me he decidido a hablaros de otra cosa, aunque íntimamente relacionada. Y es que esta mañana me senté delante del ordenador a trabajar en mi novela, como todas las mañanas desde hace un par de años. Me cuesta ahora detenerme a cuidar de la forma, a preocuparme por las pequeñas cosas y los detalles de coherencia, cuando veo el final tan próximo.

El final del primer borrador, claro (si no contamos ese borrador inicial que deseché el año pasado, ups). Solo de pensar en lo que me queda por delante de corrección me dan ganas de abandonar la escritura. Y luego hay que buscar editorial, y ya sabéis lo fácil que está eso.

Luego está el miedo. Madre mía el miedo. Cuando conozco a escritores felices y orgullosos de su trabajo siempre los miro con sospecha, desconfianza y un poco de odio. Yo sufro del pánico a que nadie quiera publicarlo y se quede en el cajón el resto de mis días. ¡Tanto trabajo para nada! (Y sí, ya sé que en teoría sirve para algo, para aprender, pero ya me entendéis). O, mucho peor, ¿y si lo publican y es una mierda y a nadie le gusta y ya nadie confía en mí para publicarme nada nunca más? Es mi primera novela en solitario. Tiene sentido que sea deficiente, aún me queda muchísimo por aprender.

Por todo esto, he llegado a la conclusión de que mi novela es un proyecto imposible. Lo cual no quita que yo siga adelante. Quitemos lo de imposible y dejémoslo en suicida.

¿Cómo se enfrenta uno a un proyecto suicida? No tiene por qué ser una novela. Hay muchos tipos de proyectos imposibles. Pregunté a mis amigos de Facebook cuál era su proyecto infernal. Las respuestas fueron muchas y muy variadas. Algunas coincidían, claro. Tesis doctorales, sobre todo (mis contactos de Facebook son personas muy inteligentes). La UNED parece ser otro gran enemigo. Y novelas, cuántas novelas. Somos demasiados escritores. Más que lectores, sospecho.

Así que ahí va, para todos vosotros, mi lista de pequeños secretos que no son nada secretos. Pasos simples pero a la vez muy difíciles de seguir. Con este método he conseguido terminar dos novelas a cuatro manos y avanzar bastante con una propia; voy perfeccionando el proceso sobre la marcha, pero parece que funciona. No dejéis de compartir en comentarios vuestras opiniones, sugerencias y experiencias personales al respecto:

1. Hay que ir paso a paso: Esto parece de lógica, pero solemos pasarlo por alto. Cuando empezamos con un proyecto estamos motivados, con ganas, pero enseguida llega el aburrimiento. O puede que sea un proyecto que no nos apetece ni al comienzo;  pensamos y pensamos en la grandeza del proyecto, y es inevitable el agobio. Ya sea para escribir una novela o correr una maratón, el secreto está en estar pendiente solo en el trabajo de hoy, no en el de dentro de tres meses. Para ello solo hay que…

2. Empezar: Y con esto no me refiero a hacerlo todo, sino esa temida palabra: ponerse. Para ello es muy útil utilizar herramientas como el pomodoro (ya sabéis que soy devota). Si sabes que solo tienes que trabajar durante 25 minutos (eso sí, con concentración absoluta, nada de email ni redes sociales), todo cuesta bastante menos. Lo de ponerse exige disciplina, y hay dos cosas fundamentales que debemos saber sobre la disciplina: a) que es limitada, por lo que tenemos que buscar el mejor momento durante el día (preferiblemente por la mañana, que todavía tenemos un buen almacén de fuerza de voluntad) para hacer aquello que no nos apetece, y b) que es como un músculo. Cuanto más lo usamos menos nos cuesta (pero en cuanto dejamos de usarlo, se atrofia).

3. Fijar metas. Fundamental. Si nos fijamos pequeños objetivos, será mucho más sencillo tener una sensación de progreso, lo cual es indispensable para no perder la motivación. Pueden ser metas diminutas, como las correspondientes a cada pomodoro terminado, pero conviene además meter otras un poco más grandes (como el trabajo de una semana, o el capítulo de una novela). En este sentido es importante tener bien planificados los objetivos del proyecto. Lo realmente complicado de un proyecto largo es que no tenemos la satisfacción casi inmediata de terminar algo, ese premio mental que nos producen los proyectos pequeños. Así que tenemos que dividirlo en cachos pequeños para que el efecto sea el mismo.

4. Evitar distracciones. Otra que parece de cajón, pero que ignoramos a menudo. Hay aplicaciones para bloquear webs que no debemos visitar (agujeros de tiempo como Facebook, Tumblr, Pinterest y similares), o incluso podemos probar a desconectar internet. Parece inconcebible, pero no lo es. Aquí tenéis diez programitas que os ayudarán.

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Persona con perro

5. Modificar el entorno. No solo nos distrae internet, también nos distraen otras personas, el gato (o perro, que por lo visto es un animal que algunas personas tienen en sus casas), el ruido y mil cosas más. Hay artículos y libros interminables dentro de las ciencias del comportamiento sobre la modificación del entorno para alcanzar nuestros objetivos, pero el muy breve resumen es este: si dejas tus zapatillas al lado de la cama por la noche, por la mañana te dará menos pereza ponértelas y salir a correr; si la comida más alta en calorías está en la balda más alta, te dará más pereza cogerla cuando estás a dieta; si encerramos al gato en la cocina mientras estemos trabajando, no nos molestará. Bueno, la última es mentira, pero vais pillando el concepto.

6. Recompensas. Hay personas que funcionan mejor mediante recompensas, otras actúan de forma más efectiva si hay una amenaza o posible castigo. Prueba con las dos opciones. Cada vez que alcances una de las metas de tu proyecto, recompénsate con algo que te apetezca. Cómprate una falda, ve un capítulo de una serie de televisión, come chocolate, juega un rato al Candy Crush, fornica alegremente con la vecina. Lo que a ti te motive.

7. Castigos. Lo mismo, pero juega con tus propios miedos. Hay gente que esto lo lleva al extremo, y hay incluso quien come comida de gato si fracasa (tendréis que fiaros de mí, ya que no encuentro el enlace correspondiente). El bloguero financiero Maneesh Sethi contrató a una mujer para que le pegara cada vez que entraba en Facebook (true story). No tienes que ser tan exagerado, hay castigos pequeños que además pueden ser positivos a largo plazo, como tener que echar dinero en una hucha cada vez que falles, dinero que luego puedes donar a una ONG o utilizar para comprarle un regalo a alguien. La gracia está, claro, en que eso también sea un castigo, que esa ONG sea una que odies o de la que desconfíes, y que ese alguien sea tu peor enemigo. Beeminder funciona bien en este sentido; si fallas, tienes que pagar.

8. Comparte tus intenciones con los demás y tenlos al tanto de tu progreso. Esto es tremendamente útil. Prueba a decirle a todos tus contactos de Facebook y Twitter (no MIENTRAS trabajas;  volvamos al punto 4) que para tal día vas a tener hecho X, y pídeles que ese día te pregunten por ese X. Trabajarás como un loco solo para no quedar mal delante de todos tus conocidos. Cuanto más valor le des a la opinión de una persona sobre ti, mejor será esa persona para hablarle de tus metas. Y sí, esta es la razón por la que os doy a todos tanta tabarra en las redes sociales y en el blog. Os utilizo para vencer a la pereza, que en mí es grande y mandona.

9. Lee algo que te motive. Esto no es recomendable hacerlo siempre, o acaba por convertirse en una forma más de aplazar el trabajo de verdad, además de perder su impacto. Pero a mí me ha sacado de más de un atolladero. Para esos días de bajona, desidia y cansancio, nada como zamparme unos cuantos artículos sobre productividad para ponerme las pilas. Tengo en marcadores a unos cuantos blogs para esto, y recibo boletines semanales de otros tantos. No leo todo lo que me llega; lo pongo en Instapaper y lo guardo para días de necesidad. No todos son al 100% aprovechables, pero siempre hay buenas ideas.

10. Plantéate la importancia de tu proyecto. Sí, por supuesto que este tendría que haber sido el primer punto. Pero  permitidme un poco de maldad ocasional. Además, cuando empezamos un proyecto lo cogemos con unas ganas que nos impiden ver el esfuerzo que nos queda por delante. A veces hace falta estar a mitad de un proyecto, odiándolo con todas nuestras fuerzas, para preguntarnos si realmente es eso lo que queremos estar haciendo con nuestro tiempo.

Ayuda mucho si el trabajo relacionado con el proyecto se convierte en un hábito diario, ya que dicho trabajo acaba por automatizarse. Os recuerdo además que tengo un artículo muy largo con 69 trucos estupendos para mejorar la productividadY si todo lo demás falla, habladme de vuestro proyecto y me comprometo a mandaros un email diario preguntándoos con dulce insistencia por vuestro progreso. Y cuando digo dulce insistencia quiero decir pesadez con muchos emoticonos. Vais a acabar currando solo por no ver la bandeja de email llena de mierdecitas del Whatssap.

P.D.: Todo esto parte de la base de que tu proyecto es individual. Si es un trabajo en equipo, enhorabuena, acabas de desperdiciar diez minutos muy valiosos de tu tiempo leyendo este artículo.

P.P.D.: ¿Alguien sabe qué caracteres hay que utilizar para hacer el iconito de la mierdecilla del Whatssap? Gracias.

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Queremos siempre lo mismo: las razones por las que todas las portadas son iguales

octubre 3, 2014 — by Gabriella9

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Hace tiempo leí un ensayo que explicaba por qué triunfa la música pop. Por lo visto, al cerebro le encanta adelantarse a patrones. Si sabemos cómo va a ir un estribillo, eso (a la mayoría) nos produce una sensación de placer. Es como si le dijéramos al cerebro que es inteligente, que es listo y por tanto sabe lo que va a pasar. Por la misma razón, los spoilers de películas o libros no son tan malos como nos creemos; por esa razón nos suele gustar la música reconocible, la que podemos identificar con rapidez; por esa razón nos gusta que las portadas de los libros sean todas iguales. O por lo menos eso le pasa a la mayoría. A algunos pocos, a los que nos llama lo diferente, lo alternativo, nos debe de funcionar el cerebro de una forma muy distinta, pero en estos momentos no voy a entrar en la razón de eso (si es genético, si se produce por una mayor asimilación de patrones distintos, si se debe a una mayor capacidad de aprendizaje, si simplemente estamos enfermos o etc.). Y aun nosotros estamos, queramos o no, atrapados por la igualdad del sistema, de una forma u otra. No hay más remedio si queremos movernos dentro de él. Podemos escribir en cuneiforme, por ejemplo, pero eso sería, como he comentado en otros artículos, el Arte por el Arte y etc.

Si no me creéis con lo de las portadas, bueno… Yo tampoco lo creía. No tiene sentido. Si en una estantería todos los libros son azules, va a destacar por narices el que tenga la portada roja, ¿no? Pues parece ser que no.

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¿Es realmente posible alcanzar una meta si le dedicas el tiempo y el trabajo suficiente?

febrero 7, 2014 — by Gabriella3

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Hace poco más de un año tomé la decisión, seria y algo acojonada, de escribir. Había escrito antes, claro, toda mi vida, pero de una forma insegura, intermitente, valiéndome solo de las musas y la inspiración. La disciplina la dejaba para la edición, que fue, al fin y al cabo, a lo que me dediqué durante casi toda mi vida anterior.

No me lanzaba a la piscina desde el vacío, desde la nada. Siempre he leído bastante, ya fuera por ocio o trabajo, y he pasado muchísimo tiempo trabajando textos ajenos, tanto desde un punto de vista académico como profesional. Corregí, maqueté, valoré, analicé, y casi todo lo que se puede hacer con un texto destinado al público. Me di cuenta de que estaba ocupándome casi por completo, de una manera u otra, del proceso editorial, y eso estaba bien. Estaba ayudando a otros escritores a mejorar su obra, a presentarla de la mejor forma que yo supiera ofrecerles. Una forma que, si bien no era perfecta, era mucho mejor que el manuscrito inicial. Creía (y sigo creyendo) que tenía un pequeño don para sacar lo mejor de un autor. Esto es algo que sigo desarrollando a través de la corrección de estilo, y que me mete en más de un lío, ya que me resulta muy difícil separar mi labor de simple correctora de mi antigua labor de edición: si me encuentro con un texto con agujeros argumentales o incoherencias narrativas, por ejemplo, necesito trabajarlo con el autor, aunque sepa que eso va a complicar y alargar mi trabajo de forma innecesaria.

Todo ese bagaje era importantísimo para comenzar una labor seria como escritora, no solo por la formación que me proporcionaba, sino por todos los contactos que realicé en mi fase de editora, y por todo lo que aprendí de otros profesionales del mundo de la edición, gente a la que aún admiro y a la que ocasionalmente acudo. Creo que hice lo que tenía que hacer, pero por otro lado lamento no haber tenido una meta más específica. El mundo de la edición te exige estar en muchos frentes a la vez, y yo tiendo a la multitarea y al pluriempleo. Hace un año me di cuenta, ya de forma definitiva, de que eso tenía que cambiar. Necesitaba un objetivo claro.

La importancia del trabajo diario

Ya he hablado varias veces en el blog de las 10000 horas, las que se supone que necesitas para dominar una habilidad. No se trata solo de echarle 10000 horas a algo: deben ser horas realmente útiles para tu habilidad, horas de aprendizaje puro, y también hay muchos otros factores que deben cultivarse: redes sociales (no me refiero a Facebook, que también, sino a redes de interacción en general con otras personas de las que puedes aprender). Cerca de esta teoría está la de los 7 años, que es que necesitas 7 años para llegar a algo en algún campo; también está el llamado compromiso de los cinco años, del que leí por primera vez en un artículo de Steve Pavlina, pero que tiene variantes de todo tipo por todas partes.

El compromiso de los cinco años es interesante porque te hace plantearte en serio si lo que estás haciendo es útil para ti. Si tomas una dirección, profesional o personal, ayuda mucho preguntarte: ¿voy a comprometerme a seguir haciendo esto dentro de cinco años? ¿En serio? ¿Pase lo que pase? ¿Todos los días? Son preguntas importantes, si tenemos en cuenta que esos cinco años son lo mínimo que hacen falta para obtener algo de importancia en cualquier campo. Uno no puede rendirse, opinar que todo ha salido mal, cuando solo lleva seis meses haciendo algo. Y muchos argumentarán que interviene la suerte, que hay quien es descubierto de la noche a la mañana, por ejemplo. Pero si uno investiga un poco, descubre que la mayoría de esas personas que han tenido éxito en algún campo, de manera aparentemente afortunada y casual, llevaban ya años desarrollando determinadas habilidades, y que el hecho de que estuvieran en el sitio adecuado en el momento adecuado se debe en gran medida al desarrollo de esas habilidades. La suerte existe, sí, pero es un factor mucho menos determinante de lo que podría parecer.

Primeros resultados

Tras el primer año realmente dirigido, de esos cinco a los que me he comprometido, puedo decir que los resultados han sido favorables: tengo un libro a las puertas (El fin de los sueños, junto con José Antonio Cotrina, que saldrá publicado el 20 de marzo con Plataforma Neo); tengo otra obra finalizada, en proceso de corrección, que pronto empezará a hacer la ronda por editoriales; y escribí 90000 palabras de una novela que, por muchas razones, me he visto obligada a reiniciar por completo, pero que espero poder terminar antes de que acabe el 2014. Pero todo esto no viene solo de sentarse a escribir a diario: si yo no hubiera pasado ocho años de mi vida de congreso en congreso, de convención en convención, hablando con escritores y editores, nunca habría conocido a las personas adecuadas para aprender a navegar en el complejísimo mundo de la edición. Si no me hubiera hecho un currículo, publicado otras cosas, nadie habría creído en mis posibilidades. Si no hubiera tenido cierta habilidad mínima para empezar, mi coautor no habría considerado compartir portada conmigo (y os puedo asegurar que es una persona tremendamente exigente y meticulosa). Así, repetimos: esas 10000 horas no son solo de escribir, leer, corregir y escribir de nuevo. También son de socializar con gente del gremio, de estar en todas partes, de dar y asistir a charlas y conferencias que de primeras podrían parecer inconsecuentes (todas estas acciones que, para una persona de naturaleza introvertida como yo, son agotadoras). Incluso son de escribir cientos y cientos de artículos sobre literatura para una página web. Todo está relacionado.

Contra viento y marea

Todo esto ha exigido una reestructuración mental muy grande por mi parte. Para empezar, decidí dirigirme a un nicho de mercado más productivo, que antes no había considerado: la literatura juvenil. He intentado tragarme la timidez y atreverme con ciertas cosas a pesar del miedo. He aceptado la disciplina diaria de escribir, y no he fallado ni un solo día. Escribir se ha convertido en una prioridad absoluta, por encima de comer, dormir o incluso pasar tiempo con mi familia o mi pareja. Todo esto compaginado con horas y horas de otros trabajos para intentar obtener algún ingreso. No soy muy fan de Almudena Grandes, por ejemplo, pero sí soy muy fan del hecho de que durante años se levantara a las cinco de la mañana para poder escribir, antes de llevar a los niños al colegio o ponerse a trabajar. Esas son las cosas que nunca nos cuentan de la glamurosa vida del escritor.

Hay muchos días que me levanto desalentada y me pregunto si algo de esto merece la pena. Los ingresos, tanto por mi trabajo como escritora como por mis demás ocupaciones laborales, son ínfimos (hace un par de años volví a casa de mis padres porque ya no podía permitirme alquilar un piso y pagar las facturas. Sigo sin poder permitírmelo). Trabajo mucho, e intento hacerlo lo mejor posible. Pero desde hace un tiempo siento que, a pesar de la ocasional desesperación, mi vida está llena de cosas maravillosas, de experiencias alucinantes y de posibilidades mágicas. Y tengo algo que mucha gente no tiene: un compromiso para cinco años. No puedo esperar a ver qué me deparan los cuatro siguientes.

Conclusión

Todo esto nos lleva a una única pregunta: ¿Es verdad lo que nos venden? ¿Es posible entonces desarrollar una habilidad y llegar a algún sitio con ella en el espacio de cinco años de trabajo constante y teledirigido?

No lo sé, pero pienso averiguarlo.

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10000 horas, o cómo aprender a escribir

diciembre 27, 2012 — by Gabriella8

Desde hace unos meses he estado recibiendo mensajes, algunos de personas a las que conozco bien, otros de personas a quienes apenas conozco, que me preguntan si puedo darles alguna recomendación para empezar a escribir.

Soy una persona que ha dedicado toda su vida, de una forma u otra, a lo literario: desde lo académico a lo profesional, pasando por mis aficiones personales. De primeras, recibir este tipo de mensaje me halaga, claro, porque implica que estas personas creen que tengo mayor conocimiento que ellas a la hora de escribir. Lo cual puede ser cierto, en casos concretos, si lo medimos según conocimientos teóricos o experiencia práctica; pero la realidad del asunto es que ante una hoja de papel en blanco yo soy tan pequeño saltamontes y me acojono tanto como ellos (o más, porque tengo mayor conocimiento de lo muchísimo que puedo cagarla). Y, tal vez, precisamente por eso, le he dado tantas vueltas a las respuestas que he ido proporcionando. Muchos me pedían referencias de algún blog, libro o taller de escritura. No soy muy amiga de estos, lo reconozco. En los cursos de escritura uno puede verse supeditado al criterio de determinado tipo de profesor/escritor que considera tener la última palabra, conocer La Verdad, o disponer del Método para producir best-sellers o para realizarse como artista (diría que cualquiera de estas dos opciones es un tanto peligrosa, por no hablar de que a veces da la impresión de que cualquiera que tenga un libro publicado puede cobrar por impartir enseñanzas de índole literaria). Me gustaría tener un blog concreto donde compartir con todo el mundo ideas y conceptos que considero que resultan útiles para aquellos que escriben, pero como ahora mismo no dispongo de tiempo para ello, me limito a publicar alguna cosilla en este, de forma ocasional, sobre el tema. Sea como sea, creo que este artículo en concreto es mi intento de responder a esas preguntas que recibo de vez en cuando: ¿cómo puedo aprender a escribir? ¿Cómo puedo mejorar? ¿Por dónde empiezo?

El mundo de la escritura sufre, a mi juicio, de un problema fundamental: hay demasiados escritores. Al igual que otros sistemas de producción, a su nivel más básico es muy fácil de llevar a cabo. Lo mismo ocurre con el mundo handmade: es muy sencillo colgar una pieza prefabricada de una cadena, por lo que cualquiera puede dedicarse a la venta de productos hechos a mano; o con el mundo del arte: cualquiera puede dibujar dos palitos y definirlo como una representación profunda del ansia existencial que inunda nuestro tiempo.

En el colegio nos enseñan a escribir, aprendemos a comunicarnos de manera escrita. Hasta cierto punto podemos describir con facilidad situaciones y objetos, podemos narrar un evento o podemos reproducir una conversación. Y cuando una persona disfruta de cierta habilidad algo superior a la media para llevar a cabo cualquiera de estas acciones, de inmediato se le alaba por ello: “Mirad qué poesía tan bonita ha escrito la niña; mirad qué casa tan preciosa ha dibujado el niño; mirad qué pasada de cajita de macarrones ha hecho el vecino”.

Muchas de estas personas dan por sentado que tienen talento, que disponen de una varita mágica que les permitirá, de una sentada, escribir una obra maestra, pintar un lienzo espléndido o componer la banda sonora de la última película de Disney. Y es cierto que existen personas que gozan de un talento inconmensurable que les permite, en efecto, alcanzar la genialidad con escaso esfuerzo. Pero son muchísimas menos de lo que pensamos. El talento ayuda, el genio produce atajos en el largo camino que es la realización en algún ámbito; pero existe una regla que se cumple con bastante rigor, y es la regla de las 10000 horas.

Según este concepto, 10000 horas de dedicación a alguna práctica serían las necesarias para llegar a un punto que podría considerarse de maestría. El ejemplo perfecto es el de aprender a tocar un instrumento, pero realmente puede aplicarse a muchísimas más cosas, y yo diría que la escritura es otro ejemplo clásico.

Y no hablamos solo de practicar, sin pensar, sin cabeza. Conozco personas que escriben hasta la saciedad, todos los días, como locos, y que sin embargo no avanzan, no muestran ninguna mejora. La razón es sencilla: no leen, que es la mejor forma de asimilar técnicas, ritmos, estética; se enfrentan con indignación a cualquier crítica constructiva; se niegan a salir de su percepción de lo que debe ser la escritura y la producción literaria. Además, no muestran ningún respeto por los materiales con los que trabajan: la sintaxis, la gramática, la ortografía. Desconocen por completo cómo funciona la narrativa, la poesía, el teatro o cualquier género con el que quieran trabajar. Esas 10000 horas no son solo de escribir, sino de estudiar, de leer, de entender, de irritarse, de pelearse con otros, de dudar de la capacidad de uno mismo, de tirar todo lo escrito a la basura. Como decía un amigo mío, que además es un poeta excelente, “la escritura es papelera, papelera y papelera”.

Aprender a escribir no es abrir la hoja del procesador de texto cada vez que nos viene la musa o nos hemos pimplado media botella de vodka. Aprender a escribir es pasarse el día entero leyendo, corrigiendo, estudiando, analizando y, por supuesto, escribiendo. Aprender a escribir es odiar con furia todo lo que escribes, porque sabes que puedes hacerlo mejor. Aprender a escribir es dedicarle esas puñeteras diez mil horas, y que valgan.

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Image courtesy of papitchaya / FreeDigitalPhotos.net

Nota: No es la primera vez que hablo de algo y luego descubro que Sergio Parra ya lo ha hecho. Para saber más acerca de la regla de las 10000 horas, podéis leer su artículo en Xataka Ciencia.

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Dar y recibir

noviembre 7, 2012 — by Gabriella4

Una de las cosas que más me ha confundido siempre es lo complejo que puede llegar a ser el hecho de dar.

Pongo un ejemplo muy simple. A mí me encanta hacer regalos, de hecho me proporciona mayor placer que recibirlos. Esto no es porque yo sea mejor o peor persona, más o menos altruista, sino porque es parte de mi carácter, es algo que me hace feliz. La emoción de buscar o crear el regalo, de ver cómo reacciona el receptor, me resulta muy gratificante. De cierta manera es un tipo de egoísmo: al realizar el regalo satisfago una necesidad personal. Creo, como decía Joey en aquel episodio de Friends, que ningún acto es plenamente desinteresado.

Y ese es precisamente el problema. Por mucho que me guste hacer un regalo, también hay una parte de mí que espera que el universo recompense este acto de “bondad” con algo recíproco. Por esto, un porcentaje alto de los regalos que recibía me resultaban insatisfactorios, me hacían pensar que la persona que realizaba el regalo lo hacía por obligación, no por amor, y sin ningún interés por lo que a mí realmente me podría gustar. Con el tiempo, resolví este conflicto dándole mensajes muy claros a mis seres queridos de qué cosas me gusta que me regalen. Por otro lado, el experimento Clutterfuck ha cambiado radicalmente mi percepción acerca de muchas cosas materiales. Pero la metáfora sigue valiendo… ¿dónde está la diferencia entre dar por el hecho de dar y dar esperando algo a cambio? Y, más importante, ¿dónde está la diferencia entre hacer felices a los demás con tu comportamiento, con tus actos, y que los demás se aprovechen de esta disposición?

Otro caso parecido ha sido el del Proyecto Poema. Mi idea era llevar a cabo un proyecto artístico que fuera positivo para otras personas y que fuera totalmente gratuito. No obstante, confieso (y me cuesta mucho reconocerlo) que una parte de mí esperaba algo a cambio. Por tanto, si el receptor no expresaba gratitud, o no recompensaba mi gesto de alguna manera, aunque fuera simbólica, me sentía muy frustrada. Esto es absurdo, al fin y al cabo yo misma había especificado que el proyecto era gratuito, lo cual implica que se realizaba por el mero placer de realizarlo. Pero me he dado cuenta de que me había creado ciertas expectativas que además no había comunicado a los que participaban en él. No puedes esperar que los demás sean adivinos y que cuando dices “gratuito” lo que quieres decir realmente es “a cambio me amarás para siempre y además realizarás una donación monetaria generosa”. Pensé que, tal vez, aunque no recibiera nada físico, el proyecto tendría cierta trascendencia y obtendría cierta notoriedad. En el fondo mis motivaciones tenían más que ver con la vanidad y el dinero que con el arte por sí mismo. Me ha llevado un tiempo reconocer esto ante mí misma, darme cuenta de que lo he enfocado mal y plantearme un serio ¿merece la pena seguir con esto? La respuesta, obviamente, es que no, o por lo menos no de la misma forma. Tengo una idea que decidirá la dirección que tomará el proyecto, y en cuanto esté mejor definida la compartiré por aquí.

En cualquier caso, veo que este es un patrón que repito bastante, y no estoy muy segura de cómo salir de él.

Una de las cosas que más me ha costado aprender a hacer (¡y todavía estoy aprendiendo!) es decir no. Cuando tenía la editorial, y cuando estaba muy activa en el mundo del fandom de ci-fi, fantasía y terror, recibía muchos mensajes de autores que querían que leyera su obra para opinar sobre ella. Dedicaba más tiempo a satisfacer los deseos de estas personas que a mi propio trabajo remunerado, lo cual era un desastre. Me producía estrés, y en muchas ocasiones, en vez de decirle claramente que no a alguien, acababa con un lastre de trabajo que no podía llevar a cabo. Si hubiera dicho que no al principio, tal vez habría quedado mal con ese autor. Al decir que sí y no poder llevar a cabo la tarea correspondiente, quedaba incluso peor. A lo largo de los años he ido corrigiendo esto, y generalmente este tipo de peticiones de ayuda se contesta con un presupuesto por un informe de lectura. Que una disfruta ayudando a los demás, pero tiene que comer también.

Y ahí está la gran pregunta. ¿Cómo puedes hacer algo que ayude a los demás, que aporte valor, que haga que el mundo sea un sitio un poco mejor (porque eso es lo que quieres hacer) pero que te permita ganarte la vida con dignidad y que los demás no utilicen tu buena disposición para conseguir servicios gratuitos o a precios ridículos? ¿Dónde está el límite entre el amor por los demás y el respeto por uno mismo?

Supongo que no hay una respuesta clara ni universal. Mientras, seguiré buscando.

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35 días de meditación: Una odisea mental

octubre 15, 2012 — by Gabriella1

Cuando decidí, como desafío de 30 días para el mes de septiembre, dedicar un rato diario a la meditación, imaginaba que sería como las demás veces que había meditado, con los efectos habituales de sosiego y relajación.

Me sorprendió (y frustró) ver que no terminaba de llegar a ese estado de tranquilidad que solía otorgarme la meditación. Estaba en un momento algo complicado por muchas razones (o tal vez por ninguna en particular, simplemente porque sí), y me encontraba estresada, muy nerviosa, con los consiguientes síntomas físicos de la ansiedad (dificultad para respirar, dolor de cabeza, cansancio, etc.). La idea de tener que pararme durante por lo menos cinco minutos al día a meditar me estresaba aún más. No conseguía concentrarme, y cuando lo conseguía, me limitaba a intentar expulsar a la fuerza los pensamientos que me reconcomían.

Un poco de ayuda del pilates

Pilates: le mola hasta a los delfines

En este sentido el pilates, que comencé a principios de septiembre, fue mucho más efectivo que la meditación. Someter al cuerpo a determinados esfuerzos, y sobre todo ponerlo en posturas en las que lo estiras absolutamente todo, significa una descarga física y mental muy bruta. Es imposible preocuparte por una fecha de entrega o por una bronca estúpida si tu cabeza está demasiado ocupada gritando de una manera muy extraña: algo así como el consabido y pornográfico “me duele pero me gusta”. Era una sensación que hasta ahora desconocía y he de decir que he descubierto que la necesito (la de pilates, no la pornográfica. Esa ya la conocía). Esa hora y media, al principio dos veces a la semana (ahora he añadido otra hora los viernes) es horrible. Hace que me sienta torpe y avergonzada, además de que no suelo aguantar la hora y media sin tener que pararme a descansar, pero cuando supero el ridículo y la angustia de no poder realizar algún ejercicio la liberación física es asombrosa. Tras las primeras clases acuñé la frase “en pilates, si no te duele es que no lo estás haciendo bien”. Ahora que llevo más de un mes creo que lo cambiaré por “si te resulta fácil es que no lo estás haciendo bien”, ahora que mis músculos empiezan a acostumbrarse al esfuerzo. No duele tanto (a veces), pero sigue siendo condenadamente difícil, y a la vez de lo más relajante. En este sentido tengo que agradecerle su buen hacer a la profesora, que consigue mantener un ritmo lento, maneja bien los aspectos meditativos del ejercicio, además del tiempo que dedica a corregirnos a todos personalmente y asegurarse de que estamos utilizando los músculos y respiración adecuados. He tenido alguna clase con profesores diferentes, y su actitud más rápida, más de entrenamiento, implica menos esfuerzo y concentración. Cuando haces bien un ejercicio de pilates, hacer dos repeticiones es mucho más cansado (y efectivo) que hacer diez si el ejercicio está mal hecho y con prisa. Por otro lado, acababa tan agotada y con las endorfinas tan a tope que me daba todo igual: fechas de entrega, peleas, problemas, el fin del mundo… nada conseguía alterar mi paz mental.

Al comparar el pilates con la meditación, he llegado a la conclusión de que ambos consiguen resultados en el mismo terreno pero utilizan métodos muy diferentes. El pilates funciona gracias a la concentración, del mismo modo que muchos al meditar utilizan un foco para no perderse en sus pensamientos: su respiración, una vela, una imagen, etc. Como resultado se ignoran todos los demás pensamientos y se obtiene un sosiego, una calma.

Un paso más allá

Pero esto ya no era suficiente para mí. Quería volver a llegar hasta ese sentimiento de jhana que me producía euforia, calma absoluta, sensación de unidad con mi entorno, y un Amor de esos con mayúsculas que te dan ganas de ir a buscar a tu peor enemigo y darle un abrazo. Es el estado al que antes podía llegar con relativa facilidad, justo después de las flores y las mariposas y todas esas imágenes mentales extrañas que me solían asediar. Creo que la sensación de plenitud y felicidad llegaba como consecuencia de experimentar imágenes tan fabulosas, un poco como cuando tienes un sueño que va a explotar de color y figuras y no quieres despertarte nunca. Esas sensaciones no son, ni de lejos, un estado avanzado de la meditación, pero sí que hacen que tengas más ganas de llevar a cabo la práctica, y surgen al llegar a una concentración total, generalmente en un objeto o estado. Para mí, el foco de la concentración es mi propia mente. Por lo que he leído, si bien no lo he probado, el yoga sería el ejercicio más adecuado para este tipo de abstracción.

¿Por qué, entonces, me costaba ahora tanto llegar a ese estado? Al terminar los 30 días propuestos, decidí seguir durante otro mes, más por cabezonería que por otra cosa. Y parece que todo se ha confabulado para lanzarme mensajes, de todas partes, acerca de este tema. He estado leyendo acerca del zen, acerca de la meditación, y acerca de nuevas técnicas que van un poco más allá de la programación neurolingüística y otro tipo de técnicas que me llamaban bastante la atención. Y creo que he dado con una clave importante.

Del mismo modo que en pilates, hasta ahora mi actitud era expulsar la tensión, expulsar los pensamientos negativos y estresantes. Pero estos seguían ahí, tal vez no en forma de pensamientos pero sí de emociones, de angustia y ansiedad. Pero a lo mejor hay que enfrentarse a ello de otra forma, como en la meditación: no se trata, realmente, de eliminar las distracciones, sino aceptarlas, prestarles atención, y entonces despedirse de ellas. Y lo mismo con los pensamientos negativos, las emociones destructivas. Hay que aceptarlas, reconocer que están ahí, y entonces darles permiso para que se larguen.

En busca de una conciencia más atenta

Por ahora los resultados son muy positivos, y solo llevo unos días aplicando esta nueva actitud. En cuanto lo relacioné con el tema de la meditación, me di cuenta de exactamente por qué meditaba. La meditación me estaba entrenando para llevar esto a cabo, es una práctica donde las distracciones y los pensamientos se observan, como desde una segunda mente superior, que toma la decisión de si hacerles caso o no. Ha sido un descubrimiento muy interesante, y pienso seguir experimentando con él durante los próximos días. Ya os haré saber qué conclusiones saco a la larga. De primeras, he de decir que estoy descubriendo cosas sobre mí misma que no era muy consciente de que estaban ahí, tal vez porque prefería ignorarlas. He descubierto que soy horriblemente celosa (no me refiero a las relaciones de pareja, donde soy bastante segura, sino de todo lo demás) y competitiva; rencorosa e insegura. Lo sabía, hasta cierto punto, pero no me daba cuenta de la cantidad de emoción que le dedicaba a estas características, de lo destructivas que eran. Es extraordinario pensar que estás agobiada simplemente por un tema, aparentemente absurdo, de trabajo, y de repente darte cuenta de todo lo demás que hay involucrado. Poco a poco, descubres qué es lo que está pasando realmente, por qué te sientes tan mierda ante algo que ni siquiera tiene importancia.

Esto es solo la punta del iceberg. Han sido 35 días de meditación que de primeras han sido poco efectivos, que en la superficie no me han aportado nada. Pero ahora que de repente empiezan a llegar tantos datos, tanta información acerca de mí misma y de mi forma de reflexionar, empiezo a pensar si tal vez este desafío habrá ido mucho más allá de lo que pensaba.

Seguiré informando. Por ahora os dejo con una foto de mi jardín trasero, hace un par de días. No hay un incendio, no, es simplemente un amanecer de esos radiantes:

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Imagen del delfín de Flickr, por cortesía Creative Commons de post406.