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Escribir es bueno para tu salud (y otros recortes literarios)

Octubre 9, 2015 — by Gabriella21

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En Nueva Zelanda cogieron a un grupo de 49 personas y les hicieron escribir a diario unos 20 minutos, durante tres días seguidos. Escritura expresiva, lo llaman. Debían escribir sobre hechos o actividades diarias que les molestaban y estresaban. Dos semanas después, se les practicó una biopsia.

No es que se les practicara una biopsia como parte del experimento. Ya se la iban a hacer de todos modos, lo prometo.

Once días después, un 76% del grupo que había escrito esos tres días concretos tenían su lesión totalmente curada, frente al 42% del grupo de control.

Conocemos muchísimas ventajas de la lectura. Pero sí, escribir es bueno, también.

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Cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros (y otros recortes literarios)

Agosto 21, 2015 — by Gabriella10

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En varios artículos he hablado de lo que ocurre cuando comparas tu trabajo con el de otros.

Soy repetitiva a veces, lo sé. Soy repetitiva a veces, lo sé. Pero algunas cosas son tan importantes que tienes la sensación de que tienes que decirlas una y otra vez, con la esperanza de que alguien finalmente lo lea y diga: oye, voy a probar lo que dice esta chica tan repetitiva, a ver si va a ser verdad/útil/práctico. Y así intento ahorraros el rencor, la frustración y la desolación que te acompañan cuando comparas tus textos, resultados y metas personales con los de otros.

Hay una expresión anglosajona que funciona muy bien en estos casos:Been there, done that. Yo he estado ahí, yo he hecho eso. Y es un buen montón humeante de mierda caliente y apestosa que te hará abandonar la escritura (o los bailes de salón, o el levantamiento de peso o la caza de tigres rosas en Plutón, sea lo que sea a lo que te dediques).

Hutchinson y la lista de las cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros

Encontré un artículo donde el escritor y bloguero Bryan Hutchinson lo dice mucho mejor que yo:

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Verás, no es una comparación justa, porque estamos predispuestos por naturaleza a pensar que otros lo están haciendo todo mejor que nosotros, aunque seas el bloguero más fantástico de la historia del blogging.

De hecho, a continuación os dejo una lista detallada de las cosas buenas que te pueden ocurrir cuando comparas tu éxito con el de otra persona:

  1. Nada.

-fin de la lista-

Donde dice bloguear podéis sustituir por escribir, así, en general. De hecho, hay muchos consejos que da Hutchinson para blogueros que son totalmente aplicables a los escritores. Estos son, adaptados para los que escribimos:

  1. Utiliza el freewriting cuando estés bloqueado/a.
  2. Lee a otros escritores.
  3. NO COMPARES.
  4. constante (escribe de manera periódica).
  5. Primero, tú (escribe primero para ti).
  6. Segundo, tus lectores (una vez has escrito, reescribe y trabaja pensando en tu lector objetivo).
  7. Sé genial (este último es importante). Ser la hostia ayuda, ayuda mucho.

Sí, sí, ya me lo estáis gritando: hay momentos en los que sí se puede comparar. Puedes comparar tu trabajo con el de buenos escritores para ver dónde estás fallando. Pero estás comparando técnica con objetivos prácticos; no estás comparando habilidad, talento, etc., porque eso es suicida. Cada uno tiene su propio camino y proceso, y de nada sirve, como bien dice Hutchinson, comparar tu trabajo con el de alguien que lleva mucho más tiempo que tú, que ha invertido más esfuerzo, que se ha trabajado más sus contactos, que ha leído más y etc. Pero hay una comparación que sí os recomiendo. Leed de vez en cuando algún libro realmente malo (o por lo menos unas páginas, tampoco es cuestión de perder demasiado el tiempo). No solo sirve como guía de lo que NO hay que hacer, sino que os hará sentiros realmente bien con vuestra trabajo. De nada.

También puede ser peligroso comparar nuestras rutinas de trabajo con las de otros. Creo firmemente que cada uno tiene que encontrar su propio sistema y rutina. Para ello hay que experimentar mucho, claro, y las rutinas ajenas sí que pueden darnos algunas ideas. Con todo, no sé si es buena idea imitar la rutina de Bukowski:

La rutina de Bukowski

Bukowski pasó muchos años de su vida trabajando en empleos que no le hacían gracia alguna, hasta que un editor generoso comenzó a pagarle un estipendio al mes para que pudiera dedicarse exclusivamente a escribir (si hay alguno en la sala, ejem, señor editor generoso, escríbame al mail de siempre: gabriella.campbell@escritoraconhambre.com. Prometo no gastármelo todo en pequeños ponis de colección). A partir de entonces desarrolló una rutina peculiar que… bueno, a él le funcionaba:

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Nunca tecleo por la mañana. No me levanto por la mañana. Bebo por la noche. Intento quedarme en la cama hasta las doce, eso es mediodía. Normalmente, si tengo que levantarme temprano, no me encuentro bien el resto del día. Miro, si dice que son las doce, entonces me levanto y comienza mi día. Como algo, y entonces normalmente salgo directo a las carreras tras despertarme. Apuesto con los caballos, luego regreso y Linda cocina algo y hablamos un rato, comemos, nos tomamos un par de copas y luego subo a la planta de arriba con un par de botellas y tecleo (empiezo sobre las nueve y media y sigo hasta la una y media o dos y media de la noche). Y eso es todo.

Ya he hablado del poder del alcohol para fomentar el impulso creativo, pero no es necesario que os metáis todo lo que se metía Bukowski. En serio. Parad ahora, mientras todavía podéis.

También en Brain Pickings encontré un gran artículo sobre lo que Bukowski opinaba sobre el arte y la poesía. Hay dos citas realmente maravillosas:

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Pensaría que muchos de nuestros poetas, los que son honestos, confesarán no tener un manifiesto. Es una confesión dolorosa, pero el arte de la poesía lleva sus propios poderes, sin tener que ser deconstruida en listados críticos. No quiero decir con esto que la poesía tenga que ser un payaso chabacano e irresponsable lanzando palabras al vacío. Pero la sensación de un buen poema lleva su propia razón de ser… El Arte es su propia excusa, y es o bien Arte u otra cosa. Es o bien un poema o un trozo de queso.

Bukowski analiza aquí lo que lleva atribulando a los teóricos desde hace siglos: ¿qué hace que algo sea arte? ¿Es, como decía Dámaso Alonso, la intención estética con la que escribimos? ¿O es un ente mágico que se manifiesta por sí mismo, que se desarrolla en el cerebro y el corazón del lector, como sugiere Bukowski? Estas preguntas siguen sin respuesta, pero el simple hecho de hacerlas nos dice mucho acerca de nuestra percepción de lo artístico como productores y como consumidores, como creadores y como receptores.

También habla de ese horrible yo que se nos cuela dentro de nuestros escritos, ese egocentrismo de miradme, miradme, mirad lo que he escrito:

bukowski

Casi toda la poesía escrita, pasada y presente, es un fracaso, porque la intención, el enfoque y acento no son como esculpir piedra o comer un buen sándwich o beber una buena bebida, sino más como alguien que dice: “Mira, he escrito un poema… ¡mira mi poema!“.

Bukowski aboga aquí por ese ataque al subconsciente, esa eliminación del ego, por la escritura por sí misma, no como medio de validación, reconocimiento o incluso lectura. Arte por arte. Y personalmente creo que, por lo menos en la primera parte del proceso, en el primer borrador, esta actitud es importante. Liberarnos de nuestros miedos, prejuicios, convicciones, etc., es fundamental para crear algo que realmente importe.

Lo cual no quita que luego pueda hacer falta la edición y revisión para no presentar un desastre ilegible que no va a interesar absolutamente a nadie. No vale usar a las musas, a lo sublime y divino como excusa para no hacer nuestro trabajo. Y de esto sabe bastante Caren Beilin:

Beilin y cómo enfocar la violencia hacia las mujeres en nuestros escritos

Caren Beilin escribió un artículo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace semanas. He tardado ese tiempo en digerir las opiniones e información que presenta; en digerirlo de forma que pueda ahora intentar explicaros mis impresiones.

Pienso a veces en la violencia, como escritora. Mis escritos incluyen violencia y algunos de esos escritos son de género juvenil, es decir, los leen adolescentes. No obstante, me desagrada la violencia en películas y series de televisión. No duermo bien por las noches si veo algo violento, y puedo tener el mismo problema si encuentro algo particularme cruento en una novela.

Me he dado cuenta de que la violencia no me molesta cuando es un recurso simbólico o profundo, cuando expresa algo, o cuando es necesaria como parte de la narración. Tengo un verdadero problema con la violencia gratuita, con ese torture porn que se disfraza de diversión y que se dirige hacia un espectador con el que no consigo identificarme. Empiezo a estar harta de tanta escena de tortura en series de televisión. Sí, me aburre. Últimamente parece que no veo una serie de corte dramático que no contenga alguna. Por no hablar de tiroteos sin sentido, de mutilaciones expresivas. Bonito y espectacular de ver, sin duda. ¿Pero aporta realmente algo al conjunto?

Algo parecido ocurre con la violencia hacia mujeres y hacia minorías étnicas. El desagrado es aún mayor: el ataque se realiza sobre colectivos históricamente abusados, históricamente más débiles.

Pero es ficción, ¿verdad? ¿Qué hay de malo en ello? Yo no creo que por disparar una y otra vez en un FPS una persona se vuelva más violenta. Pero sí que puede haber una insensibilización hacia lo sexual con un exceso de porno, por ejemplo, y la presentación de escenas de tortura una y otra vez, en series, películas y libros, hacen que esta pierda su efecto de choque. Desde un punto de vista meramente práctico, utilizar un elemento que se ha convertido en cliché no es bueno para la narración.

Es posible, como comenta Beilin, profesora de escritura creativa, que el problema esté en que esta violencia (también la violencia sexual) se ha asumido, se ha convertido en parte del patrón, del sistema. Ya no cuesta escribir sobre violencia, ya no es tabú. Por tanto, ha perdido su significado. Beilin observaba horrorizada que, año tras año, sus alumnos le entregaban textos repletos de violencia hacia mujeres y hacia razas diferentes a la suya. “Es ficción”, le decían. El problema, para ella, era que esta ficción se había naturalizado. La violencia se había convertido en un tópico. Había perdido su poder transgresor; Beilin prefería no pensar en por qué a sus alumnos masculinos les resultaba tan natural y sencillo retratar violencia extrema hacia las mujeres en sus escritos: ¿había asumido el sistema esta violencia? Muchas teorías apuntan hacia el hecho de que la violencia en general (y también hacia la mujer) está en declive. ¿Por qué hemos naturalizado entonces esta violencia en lo que escribimos, en lo que representamos? ¿Por qué ya no le damos importancia?

Beilin comenzó a hacerse algunas preguntas. ¿Por qué no se sentía incómoda cuando leía a Sade, por ejemplo, o American Psycho? En estas obras la violencia es metáfora, es una expresión revolucionaria, un grito de guerra contra el establishment. Sí, Sade era un sádico y etc., y cabe la posibilidad de que se toqueteaba mientras escribía, pero en sus obras la violencia sexual adquiría una fuerza extraordinaria. Del mismo modo, Bret Easton Ellis grita a través de su psicópata estadounidense, se revuelca en la sangre de sus víctimas sin que por ello nadie bata una pestaña, habla de una sociedad frívola, vacía. American Psycho es dura de leer, sí, pero es todo un manifiesto. Los alumnos de Beilin no sabían por qué expresaban esta violencia, no lo pensaban dos veces. Dice Beilin:

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El trabajo duro puede actuar como medida, como filtro para lo que te importa (si no quieres trabajártelo, tal vez no te importan lo bastante las mujeres). Y lo que me preocupa a mí en el aula, lo que estoy intentando desentrañar con mis alumnos, es una falta de trabajo en las escenas de violencia hacia un grupo marginado; es el uso de esta violencia como algo fácil, el cuerpo femenino como lo primero que pueden coger (este fruto terriblemente pesado); es este uso de la violencia que es enteramente, y tristemente, ortodoxo.

Para Beilin la diferencia está en el estilo, en la forma, en el trabajo, en la reflexión detrás de la violencia. Por eso, este año le ha dicho a sus alumnos que si quieren escribir alguna escena que contenga violencia hacia mujeres u otros grupos marginados deberán comentárselo a ella antes, en su despacho. Con esto, pretende que por lo menos tengan que pararse un segundo a analizar lo que van a escribir, por qué y cómo encaja en las normas, en el sistema que se nos impone como escritores.

Su despacho, por lo visto, es bastante difícil de encontrar.

Termino por hoy con algo más ligero, para que marchéis con cabeza y corazón livianos, con un saltito cada tres pasos y un baile bajo la piel. Encontré este truco del escritor y profe de escritores Chandler Bolt, y me pareció que podía sernos útil a todos.

Bolt y los que están dos peldaños por encima de nosotros

Siempre hay cosas interesantes en el blog de Joanna Penn, y hace poco le leí una entrevista a Chandler Bolt de la que saqué unos cuantos puntos interesantes. Se trata de una transcripción de la entrevista que le hizo en su podcast; es algo que me encanta de Penn, que ofrezca también transcripciones para aquellos de nosotros que preferimos leer a ver o escuchar. Esto es sin duda lo que más me gustó:

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Para mí, es difícil muchas veces aprender de alguien que me saca 50 peldaños en la escalera, porque no pueden identificarse conmigo. Cuando les hago una pregunta sobre algo para lo que necesito ayuda, no pueden responderme.

Por eso me encanta aprender de aquellos que están dos pasos por delante de mí, porque pueden decir: “Sí, genial, esto lo hice yo hace seis meses. Aquí está lo que no debes hacer. Este es el error que yo cometí. Este es el proveedor que necesitas. Así es como debes vender estos libros. Como con las campañas de email, no te interesa usar a este proveedor. Necesitas esto”.

Y podrían ahorrarte tanto tiempo… Por eso me encanta hacer eso con alguien así en vez de con alguien que me saca muchísima distancia, porque ya probé a preguntarle a gente así, y era decepcionante cuando decían cosas como: “Oh, sí, tengo a alguien de mi equipo que se ocupa de eso, o “ah, sí. Búscalo en Google, no sé. Eso lo dejé muy atrás”. Es un poco como… bueno, eso ahora mismo no me ayuda para nada. E intento subir de nivel. Estoy como… “bueno, genial. Me sacan dos espacios”. Y entonces me pongo a su altura. Es como… bueno, perfecto. Y ahora, ¿quién es el siguiente? ¿Y el siguiente? 

Todo esto responde a los mismos razonamientos que hay detrás de las teorías que indican que es importante ponerse metas pequeñas, alcanzables, e ir avanzando de esta manera, en vez de intentar hacer algo grande de golpe. Ver que podemos alcanzar a esa persona que solo nos saca un poquito de ventaja implica un esfuerzo posible, y alcanzar esa meta produce una sensación de satisfacción que es adictiva, que nos enseña que podemos hacer lo que nos propongamos.

No sirve de mucho escribirle a un autor multimillonario que ha publicado 48 libros y cuyas obras se han llevado a Hollywood. Esta persona, para empezar, recibirá tantísimos correos que no tendrá tiempo de contestar a todos. Y una persona que esté solo un peldaño por encima de ti en la escalera hacia el éxito no podrá ayudarte demasiado. Pero si das con alguien que esté a un par de peldaños, has dado con la persona ideal: esa es la persona de quien puedes obtener la información más valiosa en estos momentos, porque acaba de pasar por lo que tú estás pasando. Y si llegas a la altura de esa persona, toca buscar a otra que te saque dos peldaños más. Por eso siempre digo que hay que escribir con alguien que escriba mejor que tú; tener lectores cero que sean mejores lectores que tú; preguntarle tus dudas a alguien que esté un poco más adelantado que tú; buscar información en libros escritos por personas que ya han pasado lo mismo que tú. No sirve de mucho preguntarle a un billonario en qué invertir veinte euros, ni a un maestro pianista cómo sentarse ante el piano. Tienen tan asumidas ciertas cosas básicas que no son buenos profesores en este sentido.

Hay un dicho: “Apunta a las estrellas y llegarás a la luna”. Probemos a enfocarlo de otro modo: “Apunta a la luna y de allí puedes saltar de estrella en estrella“.

Por cierto, insisto en que yo estoy varios peldaños por debajo de todos vosotros y por tanto no es necesario que me enviéis ahora miles de emails preguntándome todas vuestras dudas. Más que nada porque mi bandeja de entrada en estos momentos me da un poquito de miedo; esto de estar una semana un tanto desconectada tiene temibles consecuencias.

Dejad este blog. Marchad a buscar a alguien que os saque esa cabeza o dos. Acribilladlo/a a preguntas. Aprended algo y venid a contármelo.

Esos son vuestros deberes para el fin de semana.

 


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¿Realmente no tienes tiempo para escribir? (Y otros recortes literarios)

Agosto 8, 2015 — by Gabriella15

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Empecé este artículo con un detallado análisis del evento del siglo, que fue mi cumpleaños.

Os hablé de las incontables maravillas, de las gestas inconmensurables, de los momentos que bardos y telecomentaristas narrarán por los milenios de los milenios, hasta que no seamos más que polvo de estrellas en un universo nuevo. Y aun ese polvo recordará, recordará acerca de lo que aconteció el 6 de agosto de 2015.

Pero entonces fui a guardar el borrador en WordPress y me salió una página de error.

Y todo se perdió para siempre.

Así que mejor hablo de literatura y de escribir, que es para lo que habéis venido.

Barr y lo que realmente hacemos con nuestro tiempo

Cuando hablo de productividad, de lo primero que hablo es de prioridades. Si no tienes claro qué es lo más importante para ti, de poco servirán mil técnicas de productividad. No sirve de nada hacer la mayor cantidad de trabajo en la menor cantidad de tiempo si tu trabajo no vale para nada, si no te aporta nada. Si no le aporta nada a los demás.

Si analizamos a lo que dedicamos nuestros días, nos sorprende lo que descubrimos. Pasamos mucho tiempo apagando fuegos en lugar de pasarlo construyendo casas resistentes. Si nuestras casas son de papel, nuestra vida se limita a lidiar con incendios.

Una amiga me preguntó el otro día si no encontraba que, por muchos sistemas de productividad que implementase, había un tiempo limitado al día y sencillamente todo NO se podía hacer. Por supuesto que sí. Me pasa constantemente. Por eso tengo que estar preguntándome siempre qué sobra. Y cuando te deshaces de lo que te sobra llegas, muy poco a poco, a lo importante. Importancia por eliminación.

No es una revelación que venga de golpe, que te cambie la existencia. No es algo que haga que ya puedas recostarte en tu tumbona y olvidarte de todo, feliz con tu nueva vida perfecta.

Antes de nada, como dice Corbett Barr, tenemos que ponernos serios. Tenemos que analizar a qué le estamos dedicando nuestro tiempo.

¿Cuántas veces habéis oído lo de “es que no tengo tiempo para escribir”? O lo habéis pensado. Oh, cuántas veces lo hemos pensado. Y sí, es cierto, muchos no tenemos tiempo para escribir (yo anteayer escribí a las tantas de la mañana, unas líneas zigzagueantes a boli en la libreta, borracha de celebración cumpleañera. Y de alcohol, de alcohol también). Últimamente tengo la sensación de que le robo tiempo al tiempo para ciertas cosas.  Y es bonito (y cómodo) refugiarse en eso. En pensar: “qué agobio, es que no tengo tiempo para nada”.

Hasta que, como también dice Barr, empiezas a medir:

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Me encantaría ponerme en forma, o aprender a tocar la guitarra, o pasar más tiempo con mis niños o aprender otro idioma, pero es que estoy demasiado ocupado.

¿En serio? ¿Cuántas horas de televisión has visto esta semana? ¿Cuánto tiempo has pasado navegando por internet de manera inconsecuente?

Cuando pienso en lo ocupada que estoy, pienso en las veces que me he caído por un agujero Facebook, Twitter o Wikipedia. Ups.

Claro que necesitamos distracciones. Pero creo que deben ser distracciones elegidas. Yo juego al Hay Day en mi tablet. En los tiempos y horarios que yo elijo. Es un juego completamente idiota, sin necesidad de grandes estrategias ni emociones. Me limpia la mente. Lo que no me limpia la mente es andar abriendo y cerrando pestañas y leyendo tonterías, pinchando en clickbait que nada aporta a mi salud mental, metiéndome en guilds del WoW donde se me exigen cinco horas diarias para ir de mazmorras. Dicen que el cerebro necesita 20 minutos para volver a concentrarse en una tarea, una vez lo has interrumpido. No sé si es cierto, me parece un poco exagerado. ¿Pero y si fuera verdad? Da miedo pensarlo. Cada vez que pinchas sin pensar en la pestaña de Facebook, son 20 minutos de tu trabajo que has perdido.

Si crees que estás demasiado ocupado/a para escribir, y crees que realmente quieres escribir, usa RescueTime para analizar tu uso de programas, aplicaciones e internet. Somos optimistas al pensar en nuestros progresos y a lo que dedicamos nuestro tiempo. La realidad suele ser una buena llamada de atención. Y medir lo que hacemos, como dice James Clear, es una suerte de estetoscopio para ser más conscientes del latido de nuestra propia pereza y distractibili… distraccionabili… habilidad para distraernos.

Y repito lo de ¿realmente quieres escribir? Cómo cualquier otra habilidad o afición, hay tres razones para practicarla:

  1. Para divertirte y pasar el rato.
  2. Para divertirte y pasar el rato y ser el mejor escritor de todos los tiempos.
  3. Para ligar.

Si buscas el 2, lo siento mucho. Tendrás que eliminar todo aquello que no sea primordial. Todo aquello que no te haga mejor escritor/a, de forma directa o indirecta. Y eso es duro.

(El 3 también funciona, pero tienes que ser muy bueno también. Copiar a Bécquer o escribir horteradas en el muro de Facebook de tu amada no sirve).

¿Suena muy extremo? Entonces quédate con el 1. Pero no vengas quejándote porque nadie te publica/nadie te lee/el mundo es injusto y otros escritores han llegado más lejos que tú. Los demás estamos demasiado ocupados intentando ser el mejor escritor de todos los tiempos (o ligando) como para hacerle mucho caso a tu lloriqueo.

Por cierto, una de las cosas que más tiempo quitan a un escritor son las giras: las lecturas, presentaciones y etc. Independientemente de que sirvan de algo o no, pueden dar anécdotas curiosas. John Williams ha recopilado unas cuantas para el New York Times, y esto fue, para mí, lo mejor:

Gary Shteyngart y la importancia de cada lector

Al principio, cuando somos nadie, cada lector es un descubrimiento, un milagro. Luego, si las ventas crecen un poco, si tenemos la suerte de dar con distribución nacional o alguna barbaridad de esas, los lectores se convierten en algo más informe, una masa lectora y crítica con la que mantenemos una extraña relación de amor y odio. Por eso me gustó esta cita de Shteyngart. Habló de sus terribles experiencias leyendo su libro ante grandes salones vacíos, inmensas estancias llenas de sillas y vacías de personas. Eso es algo que se le ha quedado grabado a lo largo de su carrera literaria:

Gary Shteyngart

La lección que aprendí de inmediato fue que si estás lo bastante loco como para querer escribir ficción literaria, tienes que adorar a tus lectores, no al revés. Hoy veo a cada uno de mis lectores como un unicornio dorado con un cronut colgándole del cuerno. Firmo mis libros, me hago un selfie con el unicornio y regreso a mi hotel con lágrimas en los ojos, porque sé que alguien en este universo todavía tiene tiempo para lo que hago.

Antes había una imagen del autor como entidad lejana, intocable, casi mesiánica. Hoy en día creo que tener cierta cercanía con tus lectores es indispensable. No tanto cercanía del tipo “¿sabes cuánto tiempo estuve metida en el baño ayer después de comer?”, sino cercanía a la hora de expresar agradecimiento, de mantener un contacto mínimo, de enseñar a los que te leen que para ellos su participación en el proceso comunicativo de tu obra es importante. Y ese proceso se realiza al leer tu libro. Un blog, por ejemplo, permite una interacción rápida, fugaz. Uno puede leer un artículo, decir “ah, está bien”, pero no volver nunca. Pero si alguien lee un libro invierte horas, invierte una serie de emociones (¡aunque sean de asco y aburrimiento, son emociones!) y esfuerzo en comunicarse con la historia que le ofreces. Eso no tiene precio.

Si ese lector además disfruta de tu libro, mejor que mejor. Y una buena forma de que se involucre es mediante un tipo de personaje que personalmente me encanta: el antihéroe.

 Wenstrom y cómo construir un gran antihéroe

Emily Wenstrom se dio un atracón de Dexter y comenzó a plantearse por qué le caía tan bien un tipo que se dedicaba a torturar y asesinar a la gente. Dio con unas cuantas claves:

  1. Los antihéroes siguen su propio código moral. Para que nos caiga bien el antihéroe, tiene que tener un aspecto redentor, un código moral que, por lo menos a sus ojos, lo redima de sus acciones.
  2. Los antihéroes son expertos en algún campo. A los mejores antihéroes se les suele dar algo excepcionalmente bien, y esto los hace más interesantes; tendemos a admirar a los que tienen grandes habilidades, aunque sean para hacer cosas horribles.
  3. Los antihéroes tienen su lado tierno. Serán asesinos, mentirosos compulsivos o ladrones de guante blanco, pero tienen un lado humano, una debilidad. Puede tratarse de un familiar, de una mascota, pero lo que más nos gusta, sospecho, es que se enamoren.
  4. Cuando los antihéroes son malos, son lo peor. Cuando realmente se les va la olla, se les va de verdad. Y eso nos gusta: nos gusta que nos horroricen, que cometan actos terribles, porque durante un tiempo nos engañaron con lo del código moral y el lado humano y se nos olvidó que estábamos ante un monstruo.

El buen antihéroe es, ante todo, un ser hecho de paradoja. Como dice Wenstrom:

emily wenstrom

Un buen antihéroe tiene un propósito doble para sus fans. Deja salir nuestro lado oscuro, al mismo tiempo que resalta el abismo que queda entre nosotros y el monstruo, lo que reafirma nuestra humanidad.

Para poder hacer esto de un modo que sea empático y atractivo, un antihéroe debe ser a la vez humano y monstruo.

Y por esto nos gustan tanto los monstruos simpáticos, tiernos; los villanos con sentido del humor y los asesinos en serie que solo matan a asesinos. Si estabas planteándote meter un malo interesante en tu obra, o un héroe que no es tan héroe, échale un ojo a los principios que he mencionado. Le darás mucho más cuerpo y volumen.

Un buen sitio donde meter a antihéroes es en un escenario apocalíptico, por ejemplo. Cogemos a seres humanos normales y los ponemos en situaciones tan extremas que acaban cometiendo barbaridades que nunca considerarían en un entorno normal. ¿Pero serán diferentes los actos, y diferentes las narraciones, si ese escenario lo describen autores masculinos y femeninos?

Crosley y el apocalipsis femenino

De nuevo encontré una joya en el New York Times: el análisis que hace Sloane Crosley sobre qué diferencias hay en las narraciones apocalípticas realizadas por hombres y mujeres. Según Crosley, haberlas haylas, y suelen tener una separación muy clara. No se trata de que las mujeres sean menos violentas (al fin y al cabo, muchas mujeres han escrito sobre violencia), pero parece ser que, mientras que los hombres se centran en la violencia en sí: canibalismo, violación, tortura, todo en nombre de la supervivencia o de la crueldad inherente de seres que ya no están civilizados, las mujeres se enfrentan a otro tipo de amenaza: la pérdida de la memoria, de la identidad.

Dice Margaret Atwood que lo que las mujeres más temen es a la violencia y los hombres a lo que más temen es a la humillación. No sé si esto es cierto, pero a nivel biológico y genético podría tener sentido: las mujeres temen a las violaciones, por ejemplo, porque a nivel biológico es una catástrofe tremenda ser invadidas por el material genético de alguien a quien no han elegido (de manera inconsciente, elegimos a las personas que genéticamente son mejores para tener descendencia con ellas; una violación no es solo un trauma psicológico, es un trauma genético); los hombres temen a la humillación porque los hace descender en la escala de deseabilidad como machos alfa: perjudica su posición en la jerarquía social y por tanto pierden posibilidades de procrear con las mejores hembras. Si lo vemos todo desde una óptica de procreación y supervivencia genética, estaría de acuerdo con Atwood.

Siguiendo la teoría de Atwood, y si partiéramos de la base de que al concebir situaciones extremas colocamos a los seres humanos en las situaciones que a nosotros más nos repelen, las que nos parecen peores, tiene cierto sentido que los hombres escriban sobre tortura, violación y canibalismo. No van a hablar de humillación, porque eso es a lo que están acostumbrados a temer; eso es lo que viven día a día. Una situación apocalíptica es extraordinaria y exige miedos extraordinarios, desconocidos, diferentes. De la misma manera, las mujeres no van a hablar de violación y abuso porque eso es para ellas un temor constante, también un hecho cotidiano. Por tanto, buscan miedos diferentes, a gran escala: el miedo a perder la identidad. No es el miedo a la violación física, sino al vacío que queda para poder olvidar esa violación. El vacío que queda en una sociedad cuando ha tenido que enfrentarse a lo terrible.

Dice Crosley:

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Al presentar el peligro de violencia como algo que se da por hecho y no como el evento principal de la historia, estas autoras pueden mover los focos a otros lugares, pueden crear historias multicapa. Después de todo, cuando venga el apocalipsis, es posible que tengas o no tengas que matar (o ser matado/a), pero desde luego tendrás que ser tú. Y estas novelas se preocupan del cómo. “Hay una parte de nuestra historia que no sabemos cómo contarnos —teoriza Joy en Find Me—, y procuraremos ignorar su existencia durante tanto tiempo que finalmente nuestro cerebro acepta un pacto: yo te permitiré olvidar esto, pero ya nunca te sentirás completa“.

Imagino que la realidad del asunto será mucho más compleja; al fin y al cabo entran en juego muchísimos factores biológicos y culturales dentro de la percepción del hombre y de la mujer cuando se detienen a crear arte (y seguro que viene alguien en los comentarios a explicármelo todo; como siempre ocurre en cualquier artículo en que se hable de escritura femenina o de escritura sobre mujeres). Pero como teoría me parece curiosa y quería compartirla con vosotros.

También quiero compartir esto:

el fin de los sueños

Sí, es un lienzo de mil por mil de la portada de El fin de los sueños. La proporción no queda muy clara en la foto: solo os digo que es casi tan alto como yo.

Ya os dije que el cumpleaños fue épico.

 


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¿Eres un escritor pasivo o agresivo? (Y otros recortes literarios)

Julio 24, 2015 — by Gabriella23

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La mayoría de la gente que conozco es muy de enfrentamientos.

No es gente violenta, por lo menos no a nivel físico. Es solo que a los humanos nos encanta agarrarnos a opiniones extremas, sentencias indiscutibles, y enfrentarlas a otras. Somos dualistas y duelistas. Es más fácil que intentar entender, qué sé yo, la teoría de los polisistemas o la gestalt expresada por Ted Chiang en su relato Understand,  o el tao o cualquier filosofía integradora.

Los que escribimos también somos muy de enfrentamientos. Entre nosotros, entre nosotros y el establishment, entre nosotros y nuestra metodología.

Cuantos más artículos y libros leo sobre la escritura, más me parece intuir una diferenciación entre dos escuelas de pensamiento.

Los escritores, como tantos artistas, tenemos opiniones muy claras y enfáticas acerca del hecho de escribir. Blanco o negro, parece ser. Enemigos de unos procedimientos; mejores amigos de otros. Esto está bien, porque solo mediante nuestra propia experiencia podemos saber qué funciona para nosotros y qué no. Lo malo es cuando intentamos aplicar nuestras propias experiencias a todos los demás.

Probablemente yo también lo haga y por ello pido disculpas. Probablemente seguiré haciéndolo, porque soy muy despistada y se me va a olvidar enseguida que ese no es mi cometido.

Mi cometido, por lo menos hoy, es hablaros de algunos asuntos que espero que os produzcan tantas chispas en el cerebro como a mí.

Altucher, la escritura pasiva y la escritura agresiva

Las dos escuelas de pensamiento de las que hablaba, y que veo reflejadas no solo en artículos y libros y en reflexiones directas, sino en todos los comentarios que veo en redes sociales, foros y grupos de escritura, las expresa muy bien James Altucher aquí.

james altucher

Hay dos maneras de aprender: pasiva y agresivamente.

Pasivamente es cuando analizas tus errores, lees la historia de aquello que estás estudiando, te relacionas con otros del sector, encuentras tu “tribu”, buscas un mentor, etc.

Agresivamente es cuando estás metido de lleno. Estás hasta el cuello, y te llega la pelota de frente: ¿qué vas a hacer?

Pasivamente está en tu cabeza. Agresivamente es notarlo AHORA MISMO y actuar.

Lo que ocurre en tu cabeza es importante. Pero es la ACCIÓN la que crea héroes.

Altucher no habla aquí de escribir, habla de cualquier habilidad que requiere de un proceso de aprendizaje, pero creo que podemos aplicarnos el cuento (nunca mejor dicho. Qué ingeniosa soy).

¿Eres un escritor pasivo? ¿Consideras que la mejor forma de aprender es leyendo y estudiando todo lo que hay que saber sobre la escritura?

¿O eres un escritor agresivo? ¿Crees que solo se puede aprender escribiendo y que todos esos estudios son una pérdida de tiempo?

Si habéis respondido que sí a una de las dos preguntas, es posible que os estéis perdiendo buenas oportunidades en vuestro camino.

En todo el tiempo que he trabajado con escritores, he observado que estos dos tipos, en un estado más o menos puro, progresan a un ritmo lento. Hay escritores que dedican tanto tiempo a estudiar su oficio que este estudio se convierte en procrastinación, en una forma de pereza y cobardía. Y hasta que no apliques los conocimientos a la práctica, hasta que no te hinches de escribir, de poco te servirán esos conocimientos.

Sin embargo, también hay escritores que, con cinco, ocho o veintitrés libros a cuestas, siguen produciendo obras muy mejorables. ¿Por qué? Porque no se han molestado en aprender de los posibles errores que están cometiendo, y por tanto siguen cometiéndolos, una y otra vez.

Dicen que necesitamos 10000 horas de práctica para ser los mejores, 1000 para hacer un trabajo decente. Pero no sirven de nada si no se acompañan de horas de análisis, de deliberación, de conocimiento de nuestro arte. Como dice David Burkus, en un artículo para Forbes:

david burkus

Así que, ¿estás desperdiciando tus 10000 horas? Depende. Aunque el número exacto de horas necesitado para alcanzar un rendimiento experto es algo sobre lo que se sigue debatiendo, lo que nunca se ha debatido es el papel de la práctica deliberada. ¿Estás dedicando tu tiempo a rutinas que ya conoces o experimentas con nuevas técnicas y estudias para desarrollar nuevas habilidades? ¿Estás jugando dentro de tu zona de confort o diseñas ejercicios y proyectos que te impulsan a crecer? Si no estás comprometido con una práctica reflexiva, entonces, con casi toda seguridad, estás desperdiciando tus 10000 horas.

Habrá excepciones, por supuesto. Habrá personas que dediquen toda su vida a estudiar y luego produzcan la obra de arte perfecta. Habrá quienes solo actúen y por intuición vayan desarrollando un estilo perfecto. Pero esto es lo que yo he observado. Considero que uno no debe ser un escritor pasivo ni un escritor agresivo. Considero que uno debe ser esa mediocritas dorada aristotélica y saber integrar ambas facetas en su proceso de aprendizaje, en sus 10000 horas o más. Ya sabéis que ese proceso no acaba nunca.

Además, hay otra parte del proceso que con frecuencia se nos olvida: fuera de la actividad de escribir, y fuera del conocimiento sobre el tema, hay otro elemento importante: desarrollar una mirada de artista y saber darle buen uso.

Penn, Van Gogh y la importancia de saber mirar (y anotar)

Anoche, dando vueltas en la cama, tuve una idea brillante sobre cómo empezar el artículo de hoy. Era ocurrente, inteligente y divertida, o al menos a mí me lo parecía (seguro que también vosotros habéis tenido alguna vez esa sensación, efímera pero seductora —y taaaan mentirosa— de que moláis). Era tan buena mi idea que sabía que era imposible que la olvidara.

Por supuesto, cuando me desperté esta mañana no conseguía recordarla.

Apuntad todas vuestras ideas.

Ya lo dice Joanna Penn:
 joanna penn
 
No creo en el bloqueo del escritor. Creo que es un síntoma de haber dejado que el pozo de las ideas se seque. Ve a llenarlo, emociónate de nuevo y luego regresa a la página.
Muchas de nuestras ideas nacen del estudio, de la lectura y de la reflexión. Algunas son diminutas explosiones, susurros de musa en el mundo exterior, cuando caminamos y recibimos lo que la vida tiene que ofrecernos. ¿Y si pudiéramos desarrollar la habilidad de mirar, de buscar esos susurros de manera intencionada?
 
Leí hace poco una reseña que realizó Julian Barnes (si no habéis leído El sentido de un final, os lo recomiendo con todas mis ganas) sobre un par de libros que analizaban la figura de Van Gogh. Barnes siempre es una lectura más que agradable, pero hubo un texto que comentó, un extracto de los papeles del pintor (que escribía, y mucho, entre cartas, diarios y demás), que me llamó especialmente la atención:

van gogh
 
La gente de aquí lleva, por instinto, el azul más hermoso que he visto nunca. Es un lino tosco que tejen ellos mismos, urdimbre negra, trama azul, que crea un patrón de rayas negras y azules. Cuando pierde intensidad por el viento y el clima, es un tono infinitamente apacible, sutil, que hace resaltar los colores carne. En resumen, lo bastante azul como para reaccionar con todos los colores donde haya tonos naranjas ocultos y lo bastante apagado como para no desentonar.
 
El texto muestra no solo la sensibilidad del artista, su obsesión por sus materiales de trabajo (los colores), sino la habilidad de un escritor. Si queremos transmitir a los demás, tenemos que aprender a ver mejor que nadie, a mirar con ojos distintos. Van Gogh habla de colores, pero es nuestra responsabilidad asimilar con los cinco sentidos, para poder luego saber cómo expresar todas esas sensaciones y crear textos de gran riqueza.
 
Es además curioso cómo no hace falta utilizar todo lo que percibimos para transmitir esa riqueza al lector: no tenemos que hablar de absolutamente todos los olores que nos rodean; con expresar algunos en particular ofrecemos detalles que ayudan al lector a reconstruir todo lo demás; escribimos con mayor confianza y seguridad en el entorno que estamos creando. Esto se relaciona con teorías como la del iceberg de Hemingway, por la que no tenemos que compartir todos los detalles de una historia, pero sí debemos conocerlos nosotros, para crear esa multiplicación de sentido que suele encontrarse en los textos realmente buenos.
 
Es difícil eso de mirar. A mí me cuesta muchísimo. Tengo la cabeza siempre tan llena de cosas que no me fijo en lo que me rodea. Ayuda practicar alguna actividad que nos obligue a centrarnos en el momento, desde actividades chorras como apuntar todas las cosas azules que vemos yendo de paseo, hasta las prácticas de más largo alcance, como la meditación o el ejercicio físico, que nos obliga a centrarnos en el silencio, en el ahora de nuestra mente o cuerpo.
 
Hagáis lo que hagáis, no olvidéis llevar vuestra libreta/app de notas.
 
No seáis como yo. No dejéis escapar la idea perfecta.
 
Y recordad que esa mirada de artista tenéis que llevarla a todas partes. Incluso a la lectura. Porque leer es abrir los cerrojos de la mente, como explica Tim Parks.
 

Parks y la lectura como cerradura y llave

En un artículo reciente del siempre elocuente Tim Parks para el New York Review of Books, presenta una metáfora muy reveladora sobre el acto de leer. Leer es la llave para abrir una nueva cerradura en que se ha convertido nuestro cerebro. Mirad:
 
tim parks
 
Cuando percibimos algo por primera vez no llegamos realmente a percibirlo, porque carecemos de la estructura apropiada que nos permite hacerlo. Nuestro cerebro es como un artesano de cerraduras que crea una cerradura cuando decide que una llave es lo bastante interesante para ello. Pero cuando encontramos una llave por primera vez (por ejemplo, un poema nuevo, o una especie animal nueva), no existe una cerradura lista todavía para tal llave. O, para ser precisos, la llave no es siquiera una llave, ya que todavía no abre nada. Es una llave en potencia. No obstante, el encuentro entre el cerebro y esta llave potencial hace que comience la creación de una cerradura. La siguiente vez en que nos encontremos o percibamos el objeto/llave, abrirá la cerradura preparada a tal efecto en el cerebro.
Esta teoría es del filósofo y psicólogo Riccardo Manzotti, pero Parks la aplica a la lectura de un tipo de libro nuevo, revolucionario. Por eso es tan importante la relectura: solo una vez que se ha fabricado la cerradura, puede la llave abrirnos la puerta a un mundo desconocido de sensaciones e ideas. Con la música ocurre también: pensad en vuestra canción favorita. Es probable que la primera vez no os entusiasmara. A lo mejor pensasteis que era bonita, poco más. Sin saberlo, vuestro cerebro estaba ya creando la cerradura. A la siguiente escucha (o a la siguiente, o a la siguiente), la llave hizo clic, dio vuelta en su agujero y el placer llegó a inundaros.
 
Así, también, son las buenas lecturas. Nadie puede apreciar en toda su belleza la poesía de Lorca en una primera lectura (a mí me llevó años, mucho odio y unos cuantos cursos especializados). Nadie puede apreciar en todo su sentido el extravagante mareo sensorial y semiótico de Solaris, de Lem. Las buenas lecturas están hechas para rehacerse. No por ansia de control, por manía pedante, por obsesión por desentrañar los misterios de la escritura (así era un poco Nabokov, dice Parks), sino para poder, finalmente, capturar todo lo que no estábamos preparados para capturar.
 
Lo cual me recuerda que tengo que volver a leer Solaris.
 
Pero antes quiero hablaros de Derakhshan.
 

Derakhshan y la internet que tenemos que salvar

Creo que el artículo de Hossein Derakhshan, un bloguero que estuvo años en una cárcel iraní debido, en gran medida, a expresarse libremente en su página web, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Su texto es demoledor: tras seis años sin conexión, de repente se ve sumergido en un nuevo mundo virtual que no conoce: un mundo de Facebook y Twitter, donde la expresión escrita se ha vuelto cada vez más visual y más rápida. Seis años no son muchos, pero lo son cuando los ves desde la óptica de un hombre que alcanzó notoriedad ayudando a todo tipo de blogueros iraníes desde su web, cuyas palabras eran leídas y comentadas por personas incontables, y que ahora se lamenta de apenas poder conseguir cuatro o cinco “me gusta” desde su página de Facebook.
 
A raíz de algunos comentarios y sugerencias, estas últimas semanas he estado pensando en recortar un poco mis artículos. A veces han llegado a superar las 4000 palabras. Esas son muchas palabras para leer por internet.
 
Pero ¿lo son? ¿O es que estamos tan acostumbrados al formato rápido, a la lectura por encima, al clickbait, al SEO que ofrece frases básicas, casi sin sentido, que cualquier narrativa que nos obligue a dedicar más de dos minutos de nuestro tiempo nos resulta insoportable?
 
En las webs culturales anglosajonas noto cada vez más preferencia por el longform, por el artículo largo largo, como en un ataque meditado contra la velocidad del crecimiento del culo de Kim Kardashian y los extractos veloces, llenos de gifs animados, de Grey. Aquí, en España, algo vemos, pero incluso los grandes suplementos de cultura parecen querer restringirse a ese consumo limitado, a las-1000-palabras-ya-son-muchas. Más de una vez he leído un artículo de revistas supuestamente de alta vanguardia y he pensado: “Qué buenas ideas; lástima que parece que le ha costado hasta rellenar 500 palabras”.
 
Y, sí, 500 palabras cuestan cuando hablas del pijama de Belén Esteban. ¿Pero qué pasó con el análisis, con querer ir más allá de lo superficial? Lo sé: al ritmo que hay que publicar contenidos (¡y las tarifas a las que se pagan!), parece que no queda más remedio. Y hay que ofrecer contenidos que no cansen al pobre lector, a ese pobre lector saturado de información y estímulo.
 
Abogo por decir: “No”. Quiero contenidos de calidad, que se metan en materia. Quiero artículos como el de Derakhshan, como el de Parks, como el de Barnes, como los de Popova o Manson. El truco no es tanto la longitud (se pueden decir grandes verdades con brevedad, que se lo digan a Gracián), sino el no tener miedo a profundizar, a pensar, a analizar y a intentar presentar ideas que sean algo más que un copypaste de lo que están gritando en todas las demás redes de tu sector.
 
La brevedad es buena y necesaria. Es entretenida. Los artículos cortos, bien hechos, son perfectos para determinadas necesidades y tiempos. Pero démosle también nuestra atención a otro tipo de lectura. El entretenimiento y la inmediatez son elementos que nos distraen también de lo importante, de lo profundo, como diría Morozov (o Bradbury). Vamos a detenernos, a consumir despacio, sin prisa. Recuperemos la internet de antes. Recuperemos los blogs de antes. Decidamos a qué le dedicaremos nuestra lectura en diagonal y a qué le daremos atención plena y lenta. Sobre ello reflexiona Derakhshan:
 

hossein derakhshan

A veces pienso que igual me estoy haciendo demasiado estricto conforme pasan los años. Puede que esto sea todo una evolución natural de nuestra tecnología. Pero no puedo cerrar los ojos ante lo que está pasando: una pérdida de poder intelectual y de diversidad y todo lo que eso podría significar para estos tiempos tumultuosos. En el pasado, la red era lo bastante poderosa y seria como para que acabaras en la cárcel. Hoy no parece mucho más que entretenimiento. Tanto que incluso Irán no se toma algunas redes lo bastante en serio (Instagram, por ejemplo) como para bloquearlas.

Echo de menos la época en que la gente podía estar expuesta a diferentes opiniones, cuando se molestaban en leer más de un párrafo o 140 caracteres. Echo de menos los días en los que podía escribir algo en mi blog, publicarlo en mi propio dominio, sin tener que tomarme el mismo tiempo para promocionarlo en numerosas redes sociales; cuando a nadie le importaba lo del “me gusta” o “compartir”.

Esa es la red que recuerdo de antes de ir a la cárcel. Esa es la red que tenemos que salvar.

Y, ya que estamos, salvémonos también del leer por leer, de las acumulaciones de títulos leídos porque sí, de las lecturas obligatorias:

Varios autores y los grandes libros que no han leído

En un ejercicio cuyo objetivo se me escapa, un buen puñado de autores de renombre confesaron qué grandes libros nunca se habían leído. Y digo confesaron porque los mencionaban con una especie de culpa que no termino de entender:

libros no leídos

O, para ponerlo de forma más clara: somos nosotros, no él. No es culpa del autor o del texto; es culpa del lector. Alexander Chee comentó que se había mantenido alejado de otro clásico de (Gabriel García) Márquez en parte por su popularidad, que es la misma razón por la que uno de nosotros evita libros recientes que tienen cuentas de Twitter y de los que se habla en el mundillo literario; a veces, es simplemente mejor esperar a que los cumplidos disminuyan, para que el libro pueda leerse en el silencio de los pensamientos de uno.

Estoy de acuerdo con lo de los libros populares. Como ocurre con cualquier elemento mainstream, a veces se nos quitan las ganas de leer un libro precisamente porque todo el mundo habla de él. Pero comprendo las autoacusaciones: “He de confesar que no he leído…”, “me avergúenza decir que…”. Los propios redactores del artículo parecen enorgullecerse de que algunos grandes escritores sean tan humanos como ellos: ¡tampoco se han leído Cómo matar a un ruiseñor! Puede que este artículo sea el equivalente literario a ver que esa modelo o actriz perfecta que tanto envidiamos acaba de salir en la portada de Cuore con las tetas caídas y los muslos llenos de celulitis.

Creo que algunas obras son importantes; leer obras importantes es necesario en nuestro desarrollo como escritores y lectores. Pero si leyéramos todos los grandes libros, no tendríamos tiempo para leer los libros pequeños, aquellos que nos proporcionan el placer de lectura que nos impulsa a seguir abriendo libros. J. K. Rowling y Laura Gallego no pasarán a los anales de la historia como las mejores escritoras de nuestra generación, pero considero que han hecho más por la lectura en general que muchos de los integrados en el canon de Bloom, en el canon de cualquiera que se crea con derecho a decirnos qué debe permanecer en nuestro inconsciente cultural y qué no.

Si estabas leyendo a Harry Potter en vez de a Harper Lee, bien por ti. Bien por todos nosotros. No dejes la buena lectura de lado, ni la que está oficialmente reconocida como tal ni la que no lo está.

Hay que leer a los grandes. En ellos descubrimos lo más espléndido y lo más terrible del espíritu humano. Pero, por favor, que se acabe esta vergüenza por los libros que no hemos leído y las películas que no hemos visto y los discos que no hemos escuchado, como si la vida fuera una lista que hubiera que ir tachando para quedar bien en nuestros círculos habituales.

Así que hoy vamos a enfocarlo de otra forma:

¿Qué supuestos grandes libros no habéis leído y no sentís la más mínima culpa por ello?


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¿Por qué es tan difícil sentarse a escribir? (y otros recortes literarios)

Junio 26, 2015 — by Gabriella16

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“Lo que me cuesta es ponerme”, me dicen, leo y oigo, esté donde esté. Sobre todo me lo dicen autores que llevan poco escribiendo (o los que escriben poco).

Lo difícil, dicen, es el acto de sentarse a escribir.

Los que sí llevan años escribiendo, soltando palabras como si fuera lo más importante del día (y del mes y del año), no suelen decir frases como esa, porque escribir es un hábito tan integrado que decir que te cuesta ponerte es un poco como decir que te cuesta almorzar o tumbarte en la cama por la noche. Aun así, creo que incluso estos maestros de la obligación sienten lo que podríamos llamar resistencia.

Esta mañana fui a nadar, como suelo hacer un par de veces a la semana. No tenía ganas. En el agua ya, sentí esa misma resistencia.

Noto también esa resistencia en otros sitios. Cuando hago yoga. Loca, loca, loca. ¡Con lo bien que estarías en casa sentada leyendo, viendo series, charlando por Facebook!

Es la misma resistencia que gruñe y se retuerce, que me ataca justo antes de sentarme a meditar. No hago más que romper con esa costumbre. Cómo cuesta ponerse a meditar. Es tal vez la resistencia más poderosa de todas.

¿Qué tienen en común todas estas actividades? No se trata de hacer algo que no me apetece. Muchas cosas no me apetecen, pero las hago sin más (bueno, tal vez con unas cuantas quejas y lamentos). Hoy leí un artículo llamado A New Theory of Distraction (Una nueva teoría de la distracción), y fue entonces cuando lo comprendí.

Lo que tienen en común todas estas actividades (escribir, nadar, hacer yoga, meditar) es que me obligan a estar conmigo misma.

Nada de distracciones: solo el teclado (o el bolígrafo), el agua, mi cuerpo y yo. Y en el caso de la meditación, lo más terrible de todo: conmigo misma y mis pensamientos. No pensar a secas, no. Eso lo hago mucho. Observarlos. Ver qué pienso, sin juzgar (y cómo me gusta juzgar). La resistencia de la que hablaba no es más que mi propia mente, acostumbrada al sobreestímulo constante de internet, de mi teléfono, de mi entorno tanto real como virtual, que chilla en busca de sus distracciones habituales. Porque no le gusta quedarse sola. Creo que no se gusta demasiado. Se considera un tanto aburrida.

Rothman y una nueva teoría de la distracción

Joshua Rothman habla en el New Yorker de una nueva integración de las dos teorías principales de la distracción. Para esto, nos explica estas dos teorías principales: la primera es que dichas distracciones vienen de los avances tecnológicos, demasiado rápidos para ser asimilados por completo por nuestro cerebro. Esta teoría es optimista, porque si la culpa de todo la tiene la tecnología, con modificar la tecnología lo solucionamos todo, ¿cierto?

El problema está en la segunda, cuyo arreglo no es tan evidente:

Joshua Rothman

Esta segunda gran teoría es espiritual: es que estamos distraídos porque nuestras almas están afligidas. Puede que el cómico Louis C. K. sea el mayor exponente contemporáneo de esta forma de pensar. Hace un par de años, en Late Night con Conan O’Brien, argumentó que la gente es adicta a sus teléfonos móviles porque “no quieren estar solos ni por un segundo, porque eso es muy difícil” (David Foster Wallace también veía así la distracción). La teoría espritual es aún más antigua que la materialista: en 1874, Nietzsche escribió que “la prisa es universal porque todo el mundo está huyendo de sí mismo“; en el siglo XVII, Pascal dijo que “todas las miserias del hombre derivan de no ser capaces de sentarnos en una habitación a solas, en silencio“.

A mi juicio (y al de Rothman), el problema está en que ambas teorías son compatibles. Unimos a nuestras tendencias evasivas una mayor proporción de distracciones fáciles. Rothman propone una nueva teoría de la distracción, una en la que en vez de evitar dichos estímulos, en vez de ofrecer esa resistencia, abandonemos las distracciones fáciles y repetitivas y nos concentremos en otras más intensas, más reales. Creo que Rothman está hablando, aun sin saberlo, del mindfulness, ese estar en el momento y realmente vivir cada experiencia, por banal que sea.

La resistencia está ahí, pero poco a poco aprendemos. A nadar, a meditar, a correr… a cualquier encuentro con nosotros mismos. Aprendemos a hacernos esa taza de té, sentarnos frente al teclado y a dejar que la musa baje (o no) y nos susurre (o nos chille), disfrutando de cada palabra escrita, bailando con cada frase como si a nosotros también nos fueran a cortar la cabeza a la mañana siguiente, pobres sherezades que somos.

No sé qué opináis: pocas formas de mindfulness encuentro, pocas formas de perderse (y encontrarse) en el momento tan poderosas como sentarse a colocar una palabra tras otra. Si determinadas actividades físicas podrían ser la unión de mente y cuerpo, la recuperación de nuestro espacio físico y mental, escribir podría ser un reencuentro entre nuestros miedos, emociones y subconsciente. Como soñar en vivo y en directo.

Insuperable, sospecho.

Thorpe y el desencuentro con los lectores

Rufi Thorpe, que hace poco publicó su primera novela, The Girls from Corona del Mar, escribió un artículo realmente fantástico llamado The Frightening and Wondrous Things That Will Happen to You When You Publish Your First Novel  (Las cosas aterradoras y maravillosas que te ocurrirán cuando publiques tu primera novela). Hay demasiado ahí que me hizo emocionarme, sobre todo cuando cuenta cómo reaccionan ciertas personas cercanas, personas no escritoras que se creen con todo el derecho del mundo a explicarle a ella, a la autora, todo lo que está mal en su libro. Y es que una cosa es leer una reseña en Goodreads de alguien a quien no conoces y otra muy distinta es que alguien con quien mantienes una conversación en vivo y en directo se empeñe en insistir, como si no lo hubieras oído nunca, todo aquello en lo que te equivocaste, convencido/a de que, mediante esta repetición de tópicos que ya has oído una y otra vez, te está haciendo un favor inconmensurable.

Y no hablemos ya de otro tipo de crítica…

rufi thorpe

Al principio esto hace que te sientas enfadada y luego arrepentida. Miras sus otras reseñas. Miras los libros a los que les dieron cinco estrellas. Una mujer, que te odió tanto que su reseña se convirtió en un sinsentido más o menos a la mitad, le dio cinco estrellas a un libro llamado: Teñido con nudos: Un misterio en el arte de hacer una colcha. Y entonces lo entiendes. Esta pobre mujer compró tu libro por error y acabó horrorizada. Te gustaría poder disculparte con ella personalmente y devolverle su dinero. Te encoges al pensar en cada joder que acosó a sus pobres oídos. Después de eso, ya no te tomarás las reseñas malas de forma tan personal, pero también te resultará más sencillo dejar de leerlas.

A veces tenemos que aceptar que nuestro libro no es para todos los públicos, que no está destinado a ser un libro para la mayoría, hecho para todos. Y creo que eso es bueno, que no lo sea. Siempre hacen falta libros a los que no se les haya recortado su personalidad hasta que solo queda lo de siempre, aquello que ni ofende ni entusiasma, porque lo hemos leído mil veces.

Y los comentarios también pueden venir de alguien muy diferente a la señora de las colchas, alguien que te recuerda a ti misma, hace mucho tiempo. Y es ahí donde piensas que tal vez todo eso de las reseñas y las críticas pueden servirte a ti también, no solo a los lectores, y no solo para mejorar lo que haces, sino para redescubrirte a ti misma:

rufi thorpe

Te habrás olvidado de ti misma. Habrás olvidado la belleza y la pureza y el dolor de ser tan joven. Estarás tan agradecida por haber recibido el regalo de que te lo recordasen. Estarás tan agradecida de que alguien haya leído tu libro y sentido esas sensaciones contigo y de que se haya hecho amiga del fantasma de tu mente.

Muchos escribimos con esa secreta esperanza. De que alguien se haga amigo/a del fantasma de nuestra mente.

Amis y romper la cuarta pared

Sí, sí, Martin Amis tiene mucho en su contra y no le faltan detractores. Pero cuando lo leo me maravillo ante su habilidad para crear música. Puedes coger cualquiera de sus párrafos al azar y analizarlo: una frase larga. Dos cortas, contundentes. Otra larga. Dos cortas más, afiladas. Otra larga, muy larga, recargada y aliterativa. Y al final, tres palabras, y la última tiene un contraste fonético absoluto con los sonidos de las anteriores. Solo entonces te das cuenta de las vocales predominantes en el resto del párrafo. Y las frases están sonando en tu cabeza, escuchas la voz del narrador como si escucharas la melódica seducción de un cantante experto (algo ronco, pero experto). Además, Amis abusa de los adjetivos con alegría y desenfado, pero los coloca con tal precisión que ni siquiera te das cuenta. Lo cual demuestra, una vez más, que no se trata de seguir “las reglas” a rajatabla. Se trata mucho más de entender el lenguaje y su ritmo, de entender cómo funciona y aplicar esos conocimientos. Para que luego digan que la sintaxis no sirve para nada.

Otro de los recursos habituales en esta sinfonía “amisiana” es la conversación directa con el lector, esa ruptura de la cuarta pared que puede ser tan magistral cuando se hace bien. Este extracto en concreto es de Dinero, en algunos de los momentos puntuales en los que el narrador no solo se dirige al lector, sino que le proporciona instrucciones de lectura:

martin amis

—Sí —dije y empecé a fumarme otro cigarrillo. A no ser que te informe de ello específicamente, siempre estoy fumando otro cigarrillo.

Las peripecias formales de Amis me impresionan, como me resultan impresionantes las de tantos otros escritores maestros. Es inevitable querer parecerse a tus héroes, querer convertirte tú también en algo brillante.

Porque lo peor que podemos hacer es contentarnos con ser mediocres, ¿verdad?

Manson y el atractivo de la mediocridad

El problema de la grandeza, como he comentado muchas veces, es que solo vemos los resultados. No vemos las horas de trabajo, el sudor y el esfuerzo, las peleas con el editor, los viajes personales, físicos y espirituales. Internet nos bombardea de imágenes y vídeos de personas que hacen cosas extraordinarias. No nos enseña el camino, el proceso. Como dice Mark Manson:

mark manson

Hay una especie de tiranía psicológica en nuestra cultura actual, una sensación de que siempre tenemos que andar probando que somos especiales, excepcionales siempre, pase lo que pase, solo para que ese momento de ser excepcionales desaparezca, arrastrado por la corriente de toda la demás grandeza humana que está ocurriendo de manera constante.

Todo esto va muy unido a las reflexiones de Manson sobre la cultura de la atención, en la que ya no importa tanto el dinero o poder que tengamos, sino el caso que nos hagan (un valor en gran demanda en una sociedad de distracción extrema).

Tal vez sea más útil aceptar que nos ignoran, aceptar que no podemos ser excepcionales siempre, como bien apunta Isaac Belmar:

Si hay un drama, no es el de que todo el mundo nos esté mirando y señalando con el dedo, es el de que somos insignificantes, en lo bueno y en lo malo. Y esos instantes en que no lo somos tampoco importan mucho, pues enseguida nos olvidan. Aquella vez que hiciste el ridículo ante quien te gustaba, aquel fracaso y aquel éxito… En realidad nadie miraba y nadie se acuerda.

Pero dice Manson que esa aceptación de la mediocridad, la aceptación de que, por simple estadística, todo está en contra de que alcancemos la cima, lo excepcional, es también una forma de liberación. Si no podemos ser excepcionales en todo, por qué no concentrarnos en una sola cosa. No necesariamente para ser genios ni sorprendentes, sino porque queremos:

mark manson

Tras esto, esa presión constante de tener que ser algo asombroso, ser el próximo éxito de moda, desaparecerá. El estrés y la ansiedad por sentirte inadecuado se disiparán. Y el conocimiento y aceptación de tu propia existencia mundana te liberará, te permitirá conseguir lo que realmente quieres conseguir, sin juicios ni pesadas expectativas.

Apunto otra perspectiva interesante. Aunque se nos bombardee con lo excepcional, esa no es más que otra indicación de lo fácil que es conseguir algo digno de admiración. En una cultura donde se habla mucho del esfuerzo, pero en realidad se practica poco, no hace falta llegar a la cima. No son necesarias las 10000 horas. No tienes que ser Hemingway, ni Amis, ni Franzen ni Cortázar. Con 1000 horas estarás muy por delante de todos los demás. Y tal vez no salgas en los periódicos, ni hagan un vídeo con tus méritos en Youtube con millones de visitas, pero podrás hacerte un hueco en tu nicho, en aquello que amas.

Como escribir, por ejemplo.

Al final supongo que se trata simplemente de liberarse de las expectativas. De las comparaciones, la frustración y la envidia.

Y seguir tu propio camino.

 


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Solo necesitas 20 minutos al día para escribir un millón de palabras (y otros recortes literarios)

Junio 5, 2015 — by Gabriella13

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¿Cuánto es un millón de palabras?

Un millón suena grande, peligroso. Ahora decimos “6000 euros” y no suena, ni de lejos, tan ominoso como “un millón de pesetas”. Antes era mucho más fácil ser millonario.

Recuerdo que cuando leí el libro Write. Publish. Repeat, la divertida guía de Johnny B. Truant y compañía (más conocidos por libros gloriosos como Unicorn Western), los autores hablaban de millones de palabras. De haber escrito más de un millón de palabras en un año. Y eso entre tres. Este tipo lo consiguió en siete meses.

¿Podemos todos escribir un millón de palabras al año? ¡Eso son 83333,33 palabras al mes! ¡2740 palabras al día! (¡Sin contar el horror de las correcciones!).

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Seis ingredientes para conseguir un bestseller

Junio 2, 2015 — by Gabriella24

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Estos últimos días he visto protesta tras protesta en redes sociales. Por lo visto, va a salir Grey, la versión de 50 sombras de Grey escrita desde la perspectiva del protagonista masculino. ¿Por qué?, preguntan mis amigos, palmeándose y azotándose en el pecho, ¿cómo puede a la gente gustarle esa… esa cosa?

Como soy buena persona, he intentado encontrar alguna explicación o alguna razón que ayude a mis amigos a dormir mejor por las noches.

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¿Debemos escribir y corregir en sitios diferentes? (y otros recortes literarios)

Mayo 29, 2015 — by Gabriella7

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Tranquilos.

El artículo de hoy no va de mi libro, ni de cómo podéis pedirlo ya en Amazon.

No, hoy no.

Hoy arranco con algo mucho más interesante.

(Miento, claro. Para mí ahora mismo no hay nada más interesante, pero voy a fingir por respeto hacia vosotros).

Igual habéis escuchado alguna vez ese consejo de “separa tu proceso creativo de tu proceso analítico“. O “no corrijas mientras estás escribiendo”. O “donde pongas la olla no pongas la p***a”. Todos consejos sabios. Porque nuestro cerebro funciona de forma muy diferente cuando está creando y cuando está procesando información de manera reflexiva y/o analítica.

¿Pero sabíais que también es conveniente tener espacios distintos para cada cosa? Todos sabemos que escribir y corregir, por ejemplo, son procesos muy distintos, y ambos se ven muy afectados por su entorno. Gregory Ciotti nos explica por qué:

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Vende tu libro en 30 segundos (y otros recortes de la semana)

Mayo 8, 2015 — by Gabriella15

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vende tu novela

Alguna vez os he hablado del elevator pitch (conocido en nuestro idioma, a veces, como el discurso del ascensor). Es un término que suelo ver asociado a la industria del cine, pero últimamente se usa mucho para la presentación de ideas y proyectos ante posibles inversores (inversores que cuentan con poco tiempo y menos paciencia).

Intentas convencer a alguien de que invierta (de forma personal o financiera) en tu producto o idea, en el mismo tiempo que tendrías si coincidieras con esa persona en el ascensor. Unos treinta segundos.

Puesto de otro modo (y este es el ejemplo que se suele mencionar): si te encontraras con Spielberg en el ascensor y tuvieras treinta segundos para convencerlo de que llevara tu libro al cine, ¿qué le dirías?

Angone y tres preguntas para un ascensor

Hace poco leí un artículo del escritor Paul Angone donde hablaba de su experiencia a la hora de enviar su libro a editoriales. Angone insistía en que no es el editor el único que decide a la hora de publicarse tu libro: entran también profesionales financieros y de mercadeo (por lo menos en las editoriales grandes). Por esto, por desgracia, ya no basta con escribir un buen libro, ahora además tenemos que tener claras las respuestas a las siguientes preguntas y saber dárselas a los profesionales de los números y las ventas:

paul angone

¿Puedes decirme en treinta segundos qué credibilidad tienes, de qué va tu libro y por qué es necesario? Y entonces, cuando te pregunte más acerca de esa “necesidad dramática”, puedes probarla?

Angone trabaja con libros de no ficción, y creo que esa “necesidad dramática” va más acorde con el ensayo que con lo literario, donde la necesidad dramática puede ser simplemente diversión, evasión, reflexión o cualquier otra razón por la que leamos lo ficticio. Pero creo que sus demás preguntas son válidas. Hoy en día ese “qué credibilidad tienes” no se refiere tanto a si tienes un título de nutricionista para que nos tomemos en serio tu libro de dietas, sino a si tienes una plataforma, un seguimiento en el que podemos invertir. Las editoriales ya no solo buscan una buena historia, sino la prueba de que tienes una interacción constante con lectores potenciales y reales, una presencia que pueden confirmar y que, con suerte, se traducirá en ventas.

Tal vez nuestra “venta de ascensor” para un libro de ficción sería: a) una sinopsis muy atractiva y emocionante de nuestra obra; b) una muestra de nuestra presencia/plataforma; c) qué público querrá nuestro libro y por qué. Y, muy importante, d) un contacto en común con tu compi de ascensor.

Vende tu libro: qué concepto tan extraño para un creador. A mí la simple noción de “vender” mi obra en un ascensor me parece horrible. Odiaría estar en un ascensor y que alguien a quien no conociera de nada comenzara a darme la brasa sobre su libro, por muy interesante que fuera. Pero el equivalente editorial está ahí: editores que tienen que lidiar con cientos de emails con sus correspondientes manuscritos. Tienes menos de treinta segundos de su atención; de hecho, tienes mucho menos. Si puedes enganchar al editor mediante a) un conocimiento previo (hablasteis en una conferencia o conoces personalmente a uno de sus escritores publicados); b) una sinopsis y presentación atractiva, genial. Pero no olvides incluir en tu propuesta todos esos datos que podrían interesarle al personal menos literario.

Y tienes que conseguir todo esto sin mostrarte arrogante (¿sabéis lo difícil que es intentar parecer una inversión atractiva sin parecer un creído tocapelotas?) y mostrando verdadera pasión por tu trabajo.

Es decir, tienes que encontrar el punto medio perfecto entre un plan de empresa y una autobiografía.

Que enganche en menos de treinta segundos.

Suerte.

Gerard y la personalidad pública del escritor

A raíz de todo esto de las plataformas y de las relaciones con los lectores, críticos, y etc., en una entrevista reciente para LitHub la novelista Sarah Gerard reflexionó sobre la diferencia entre ser una escritora desconocida y ser alguien que de repente tiene una imagen pública:

sarah gerard

Mi relación con todo esto de ser una figura pública es dudosa. No me veo como tal, pero sí que me he dado cuenta de que ahora tengo menos tiempo para mí. Cuanto más hablo de Binary Star, menos siento que esa obra es mía. Ahora ya es un monstruo propio, con una vida que a menudo nada tiene que ver conmigo, y con la que estoy intentando estar al día. En esta situación es fácil sentir que estás intentando abarcar demasiado a la vez. La gente se fija en ti, cuando antes ni te miraría. Me siento un poco incómoda con esto, porque no me queda muy claro si están fijándose en mí por primera vez o si están cambiando su opinión sobre mí; ¿pensaban que antes yo era otra persona, alguien con quien no merecía la pena hablar? Y en ese caso, ¿están decidiendo ahora que me he ganado su atención?

Obviamente mi caso es muy distinto al de Sarah, pero hay algo en sus palabras donde me siento identificada. Todos hemos tenido momentos en los que de repente hemos entrado en el campo de visión de alguien, a raíz de hacernos un poquito más públicos, un poquito más visibles. Y muchas veces nos preguntamos: ¿por qué ahora? Yo soy la misma persona. ¿Por qué me haces caso ahora? He estado gritando tu nombre, tantos nombres como el tuyo, y no me escuchabas.

Aquí puse una larga parrafada sobre la experiencia de pasar de la invisibilidad a esta extraña reinvención de una misma, este empezar a figurar en el campo visual de los que antes pasaban de largo. No he tenido más remedio que eliminarlo. Creo que si empiezas a preguntarte las motivaciones detrás de cada interacción, si dejas que el resentimiento empiece a abrirse hueco, siempre te dominará la duda.

¿escribir ensayo ayuda a escribir ficción? Patchett dice que sí

Como dedico mucho tiempo a escribir artículos para el blog, suelo preguntarme si es tiempo que le estoy quitando a la ficción.

No fallo a mi mínimo de 200 palabras diarias dedicadas al cuento o a la novela, y suelen ser bastantes más, pero me pregunto si podrían duplicarse si el blog no existiera. Es como preguntarte si estás pasando demasiado tiempo con un amante ocasional cuando a quien realmente quieres es a otro/a. Pero, a diferencia de lo que ocurre en las relaciones matrimoniales monógamas y convencionales, resulta que dedicarle tiempo tanto a la ficción como a la no ficción puede ser muy bueno para todos. Y Ann Patchett explica aquí muy bien por qué:

ann patchett

En mi cabeza, la ficción y la no ficción se mantenían tan separadas la una de la otra que durante años yo juraría que no tenían mayor relación que la que pueden tener la ficción y la hostelería. Escribir una novela, incluso cuando va bien, me resulta muy difícil, y escribir un artículo, incluso un artículo difícil, es fácil. Creo que la no ficción me resulta fácil precisamente porque la ficción es difícil; siempre preferiría producir un artículo que enfrentarme al siguiente capítulo de mi novela. Pero he llegado a darme cuenta de que mientras que todos esos años de escribir ficción habían mejorado mi capacidad como escritora en general, todos esos años de escribir artículos… me habían convertido en un caballo de tiro, y que esa, a su vez, era una habilidad que yo llevaba de vuelta a mis novelas.

Escribir ficción mejora la capacidad narrativa necesaria para que un artículo sea popular; escribir ensayo crea una disciplina y determinación fundamental para la novela. Creo además que la esencia de lo comunicativo, que se revela en un artículo (sobre todo si este depende de la captación de la atención de lectores potenciales para sobrevivir), se lleva luego a la ficción. Aprendes la importancia de la precisión, de la claridad y de la funcionalidad del texto, algo que los escritores de ficción inexpertos, perdidos en nuestra pirotecnia de supuestos artistas, tendemos a dejar de lado.

El ensayo también tiene una salida económica más inmediata que la ficción. Patchett recurrió a él para poder sobrevivir:

vivir de la escritura

Lo complicado de ser escritor, o de ser cualquier tipo de artista, es que además de crear arte también tienes que vivir de algo. Mis cuentos y novelas siempre le han dado sentido a mi vida, pero, por lo menos durante la primera década de mi carrera, tenían las mismas posibilidades de darme de comer que mi perro. Pero lo que me encanta de las novelas y de los perros es que son maravillosamente ignorantes de nuestras preocupaciones económicas. Les servimos y como recompensa ellos prosperan. No es su responsabilidad averiguar de dónde viene el dinero para el alquiler.

Lo mismo digo. Pero con gatos.

(Fijaos: una década para empezar a conseguir dinero en condiciones, dinero con el que mantenerse. Y Patchett es una de las grandes de la literatura estadounidense).

Es así, qué vamos a hacerle. O le das un enfoque decididamente comercial a lo que creas, o encuentras un trabajo que te mantenga durante el tiempo necesario para que el mundo reconozca tu genio.

Supongo que si encuentras un trabajo que puede ayudarte, mejorar tus habilidades como escritor, mejor que mejor, ¿no?

Tennessee Williams y el lector como testigo

Leí un artículo que era un extracto de Follies of God, el libro de James Grissom sobre el dramaturgo Tennessee Williams, su proceso de trabajo y su relación con sus personajes. El artículo es fascinante, ya que nos permite entrever algo de la asombrosa mente creadora del genio. Pero fue su descripción del lector lo que más me llamó la atención:

Tennessee Williams

¿Cómo sabe la chica guapa que es guapa? Los que la ven atestiguan que es única, que sus semejantes carecen de algo en cuanto a pigmentación o estatura. ¿Cómo podemos saber que tenemos talento hasta que nuestras palabras, o la manera en que las usamos, emocionan a alguien? Hacen que esa persona piense por fuera de las líneas esmirriadas entre las que se ha coloreado a sí misma. No podemos saber que tenemos el poder de romper estas líneas con nuestro pensamiento hasta tener a nuestro primer testigo, aquella persona que nos dice lo que hemos hecho.

Más allá de la belleza del discurso de Williams, uno no puede dejar de considerar lo que tiene de validación este lector, este testigo, como si no pudiéramos escribir, ser escritores, sin él. Los hay que esconden sus manuscritos, hay Kafkas espléndidos por el mundo que o bien no buscan al testigo por confianza y por intimidad, o bien no buscan al testigo por miedo, por miedo a que este atestigue que no hay talento, que el acto de escribir no se ha producido.

Y sigue hablando Williams, con contundencia:

tennessee williams

Así que crecemos gracias a que nos observan y nos sienten, y crecemos por observar a otros, y tenemos que salir luchando de los callejones sin salida que nos creamos al creer que podemos esnifarnos un testigo sobre un espejo o que este pueda residir en la punta de una jeringuilla o salir de la boca de un testigo pagado.

¿Queremos lectores?

Claro.

¿Queremos que nos quieran?

Escribir también puede ser una forma de apagar el dolor, de buscar el placer del subidón, del reconocimiento.

Alguien decía en Facebook hace poco que el acto de escribir era un acto ególatra, que provenía de la necesidad pura del escritor de ser alabado, reconocido, amado. Ese comentario tuvo muchas quejas de muchos escritores. Algunos incluso respondían con insultos.

Yo creo que no se equivocaba mucho. Cada escritor tiene una motivación distinta. Pero la maldición de algunos es que cuando sentimos la punzada del lector que admira, la punzada del lector que siente gracias a nuestras letras, ya no hay vuelta atrás.

Siempre queremos más. Y nunca será suficiente.

 


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¿Por qué lo llaman fantasía cuando quieren decir Tolkien? Cuatro medias verdades sobre el género fantástico

Marzo 24, 2015 — by Gabriella29

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Hace no demasiado, escuché a un señor muy ilustre decir que no le gustaba la fantasía.

Se levantaron oes y aes entre los asistentes a su discurso (que no eran muchos, como en tantos discursos relacionados con lo fantástico), y exabruptos variados ante tal atrevimiento (algunos míos, lo reconozco). Con media sonrisa sabia, lo repitió: «No, a mí no me gusta la fantasía. Todos esos elfos y dragones y todo eso. No, a mí lo que me gusta es ese tipo de literatura que parece realista, donde puede llevarse todo hasta el límite, donde ocurren cosas maravillosas y extraordinarias». No fueron sus palabras exactas (mi memoria no es tan buena, y ese día todavía no había instalado Evernote en el móvil1), pero nos puso algún ejemplo y diríase que estaba hablando, sin saberlo, de la fantasía urbana. Podría también haberse referido al surrealismo, al realismo mágico o al slipstream en general, pero lo que me quedó cristalino es que confundía un apartado de la fantasía, la fantasía épica, con todas las variantes que pueden incluirse dentro del género.

Y no es rara esta confusión, desde luego. Siempre he escuchado a profesionales y expertos del género hablar de las diferencias entre ciencia ficción y fantasía (o entre fantasía y cualquier otra cosa), argumentando, una vez más, lo de los elfos, los mundos inventados, la magia y etc. Como si la fantasía se redujera a eso, o como si no existieran pasos entre los dos, puentes e híbridos. También hay debates interminables acerca de si es más fácil escribir fantasía o ci-fi. Yo diría que depende de cómo escribas y, ante todo, del tipo de fantasía o de ci-fi que escribas.

Tolkien es un referente imprescindible. Pero también ha hecho mucho daño. Él tampoco escribía de cero: tomaba temas y aspectos que se habían tratado antes, pero supo crear un mundo realmente inspirador. Tras él llegó una cola de imitadores dispuesta a seguir proporcionándonos historias de magos y héroes y enanos y trols. En un país y en una época en los que no era fácil encontrar fantasía que se apartara de esa cola, muchos crecimos asumiendo que Tigana era lo más raro que íbamos a leer dentro de ese género. Había honrosas excepciones (Ende se mantenía fijo en las estanterías de todos con Momo y La historia interminable, pero se le consideraba más un autor de “libros para niños” que un excepcional autor de fantástico). Por lo menos, creo que fue esa la experiencia de muchos de los que dependíamos de centros comerciales y de la paga semanal que nos daban nuestros padres para comprar libros.

Hice lo que muchos y recurrí a lo que se publicaba en esos momentos en otros países. Por suerte, yo era una chavala privilegiaba; mi padre viajaba mucho y me traía libros (¿recordáis aquellos tiempos preAmazon, preBookDepository, prePaypal?). Leer a Diana Wynne Jones cambió mi noción de lo que era fantasía (y lo que era juvenil) para siempre. Y luego le robé libros de Clive Barker a mi tía, conseguí convencer a mis padres de que los libros de Anne Rice no contenían sexo (¡no, para nada!), y de ahí me fui de perdida al río. Al final, tras libro tras libro de Dragonlance, la mayoría acabamos por cansarnos de los elfos, los enanos y las espadas y los conjuros, y decidimos cambiarnos de bando.

Fenómenos más recientes como Harry Potter han ayudado a deshacer, en parte, este daño de cara a la mayoría, esta percepción limitada de lo fantástico. ¡Una escuela de magos también puede ser fantasía! Pero Rowling no nos ha descubierto nada nuevo, en realidad; ahí estaba antes la ya mencionada Wynne Jones haciendo lo mismo con Witch Week y similares, o Jill Murphy con The Worst Witch. Pratchett empezó a copar las listas de superventas con algo casi inconcebible para el lector medio (¡fantasía cómica!), seguido al poco por Robert Rankin o Tom Holt, todos en la estela del maestro Douglas Adams.

Muchos lectores, del mismo modo que no asocian 1984 o Un mundo feliz con el término ciencia-ficción, no asocian Harry Potter con fantasía. Son libros para niños, para jóvenes. Fantasía son elfos, y espadas, y señores viejos de barba blanca que van con bastón, aunque no lo necesiten para caminar.

«Es que en el mundo hispanohablante no hay tradición de fantasía», he escuchado argumentar. Desde El Quijote hasta Cortázar, pasando por Borges y Bécquer, yo diría que tenemos una tradición fantástica fantástica, valga la redundancia. Tenemos también tradición épica: ahí tenéis el Cid, que no era precisamente realista. Pero seguimos pensando en elfos y magos y enanos.

Así, llegamos a esas sentencias que muchos, como yo, habréis oído en más de una ocasión, expuestas de una manera u otra. Los que seáis habituales del género no aprenderéis nada nuevo con este artículo, sin duda, pero os sorprendería (o no) descubrir la cantidad de lectores mainstream que creen lo siguiente a pies juntillas: