main

escriturarelatos

20. Musa (relato breve)

Septiembre 12, 2014 — by Gabriella6

ID-10030968Lo de ser musa Darla tardó un tiempo en asumirlo. La primera vez que podía recordar (aunque entonces no fue consciente de su participación en el proceso artístico) fue con cinco años, en el jardín de infancia, con su amigo José. A José le gustaba dibujar casas y Darla se sentó un día a su lado a mirar cómo hacía ese techo puntiagudo de triángulo y ese par de ventanas asimétricas. Pero entonces la mano de José se movió de forma inesperada, aparecieron cortinas de encaje y muros de ladrillo descubierto, un pórtico de madera tallada sobre la entrada y hermosos azulejos azules que cubrían los bajos del edificio. La maestra, orgullosa, colgó el dibujo de la pared del aula y se lo enseñó a los padres del artista mientras le auguraba un futuro espléndido de pintor bohemio desempleado.

José decía que cuando Darla estaba cerca los dedos se movían con mayor soltura, como cuando estás a punto de dormirte y lo difícil se torna sencillo, evidente. Aun así, Darla no hizo la conexión hasta unos años después, cuando se presentó con su amiga Mercedes a las pruebas del coro del colegio. Parecería que a Mercedes la habían poseído los ángeles cuando sor María le dijo que entonase el Pange Lingua y de su boca salieron ruidos celestiales. Ese día la garganta de Mercedes era miel y cristal, y Darla, que no pasó las pruebas iniciales y quedó fuera del coro, comenzó a sospechar.

Todo se vio confirmado al cabo de una semana. Darla decidió realizar un análisis concienzudo de su capacidad inspiradora. Animó con entusiasmo al equipo local, y con ella en las gradas no perdieron un solo partido: jugaban como si sus piernas no fueran suyas. Convenció a su primo Fede, el payaso de la familia, de que se presentara a un concurso de monólogos; con ella en la sala Fede producía risas incontenibles aun sin abrir la boca. Y con que ella estuviera presente en la cocina mientras su madre preparaba la comida, el almuerzo sabía a gloria pura.

Esta extraña habilidad desconcertó a Darla durante mucho tiempo: sus propios talentos deportivos eran escasos, tenía un sentido del humor peculiar, que nadie parecía entender, y cada vez que intentaba seguir alguna receta todo acababa salado, quemado o crudo.

Se resignó a su papel altruista y en la universidad se codeó con artistas, escritores y actores, cuyas carreras despegaban en cuanto pasaban unos cuantos días a su lado. Tuvo incontables amantes pintores, quienes, conscientes o no de su poder casi mágico, se aferraban a ella como si les fuera la vida en ello (tal vez, en muchos sentidos, fuera así). Mas todos acababan por dejarla, creedores de que su éxito se debía, en última instancia, a su propio talento y trabajo.

Hasta el día en que conoció a Helena. No la buscó por su talento, ya que Helena no era conocida en los círculos artísticos, ni sabían su nombre en las tertulias. Helena era una dependienta de una franquicia de ropa y no parecía tener mayor interés. Ningún talento apreciable, ninguna ambición más allá de meter a Darla en su cama de noventa; ninguna fijación más allá de dejar siempre grabada la telenovela de la tarde. Por una vez, Darla se sintió apreciada por sí misma, por Darla, no como creadora de inventores, escultores y cantantes de éxito.

Helena era una persona rutinaria y aburrida, dos cualidades que Darla apreciaba sobre todas las cosas. Con ella todo era más sencillo: nada de exposiciones en Nueva York ni entrevistas en programas de televisión, ni escuchar una y otra vez los halagos y las envidias que nunca iban dirigidas hacia ella. No, con Helena era sencillo: trabajar, almorzar, trabajar, cenar y luego dormir muy juntas, haciendo la cuchara, bajo el edredón estampado de rosas. No era muy pasional, ni extremo: a veces hacían el amor, pero casi siempre dormían, y a Darla le parecía el culmen de lo bello, el fuego lento del para siempre. No era artístico, ni creativo, solo el calor suave y cómodo de una vida afectuosa y tranquila en común. No podía ser más perfecto.

Así que era normal sorprenderse si algo, por pequeño que fuera, escapase a la controlada cotidianeidad de cada semana. Una tarde de martes Helena llamó a Darla al trabajo y le dijo que debía volver enseguida a casa, que había algo muy importante que quería enseñarle, algo que llevaba meses preparando.

Cuando Darla abrió la puerta del salón, intrigada, tardó en comprender lo que estaba viendo. Lo primero que le entró por los ojos, lo primero que leyó, fueron las grandes letras rojas que cubrían la pared, en una caligrafía perfecta, y que decían: «Darla Sánchez, ¿quieres casarte conmigo?».

Todo habría sido maravilloso y romántico de no estar escritas en sangre. La sangre de cinco niños muertos, de entre cinco y diez años estimados, cuyas extremidades, ya rígidas, formaban gestos extraños y artificiales. Clavados con precisión matemática a la pared amplia del salón, bailaban en muerte un vals severo y artificial. Su colocación, mano en mano, pie con pie, cabellos derramados y vísceras abiertas, formaba un cuadro de horrenda e indescriptible simetría. Aquellos cuerpos mutilados, vaciados y deconstruidos (un cerebro aquí, un corazón allá) se unían en estrambótica y nauseabunda belleza.

Y en el centro, descalza sobre la alfombra que les había regalado su madre, la esperaba Helena, pelo suelto a la espalda, una gran sonrisa orgullosa en el rostro. Una sonrisa algo descentrada, algo perdida, que Darla conocía bien, de tantas veces  que la había contemplado en otros rostros. Rostros de los que, tarde o temprano, había huido.

―¿Te gusta? ―le preguntó su novia, eufórica―. Es mi mejor obra hasta la fecha. ―La miró con ternura, con incontenible cariño―. No podría haberlo hecho sin ti.

———————–
Imagen por cortesía de Marcolm en FreeDigitalPhotos.net
¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.

escriturarelatos

19. Nereida (relato breve)

Agosto 25, 2014 — by Gabriella0

10599448_10152380400854755_4172693773730334236_nYo me hice al agua y me di al mar. No era joven, ni virgen. Casi cuarenta años, lo mejor de mi cuerpo en la memoria. Recordé un bodegón de un artista favorito o una canción ñoña de envidia y llantos. Y encajaba: éramos amantes desde el día en que nací, cuando mi madre, a falta de un buen servicio de ambulancia y de un marido fiel, me parió junto al muelle entre pescado fresco y gritos de vendedores cantarines. Ahí fue cuando nos tocamos por vez primera, cuando mamá me lavó entre salitre y espuma.

Me crié con azul. Por las mañanas, en el autobús de camino al colegio, atravesábamos la ruta de los turistas y rodeábamos la curva de los muertos, el mar siempre conmigo. Lo di por sentado en aquella época: aquella mezcolanza erótica entre cielo y olas, ese horizonte al que no miraba porque creía que me acompañaría siempre. Esa no línea de claridad y barcos. ¿Por qué mirar? Yo tenía quince años y era una ninfa de libro; odiaba y amaba a intermedios e interrupciones. Yo era un personaje a la espera de ser escrito. Algunos lo intentaron, pero les faltaba talento. Y el mar siempre allí, paciente, sin necesidad de poesía. Las mareas tiraban de mi cabello y se enredaban en mi ombligo, a la espera de devorarme, criatura infinita líquida y caníbal.

Cuando marché a la ciudad, en busca de trabajo y luces, fue cuando noté la ausencia, una tirada animal de vacío y resaca. Yo buscaba el mar en otras partes. En sexos, en montaña y en nieve; en bebida y libros y pastillas y palabras. Pero no había palabras para definir al agua.

Regresé, como no podía ser de otro modo. ¿Qué novelas se escribirían si la protagonista resistía siempre, qué grandes canciones de amor? Seguía llamándome. Estaba predestinada, y me rebelé tanto. Metí la cabeza en cloro y cal, pero mis pies siempre regresaban a la orilla; salté sobre la arena e inventé nombres para cada color del agua, según donde dieran la luz y el viento. Me perseguía, lanzaba a los peces en mi busca cuando caminaba por el espigón, y amanecían muertos, asfixiados, sacrificios para el cortejo.

Y la noche de las noches nos encontramos por última vez para siempre, el nivel del mar subiendo por las rodillas, por los muslos, por el ombligo. Yo flotando, yo hundida. Su color rojo y violáceo bajo las dos lunas, un banco de libélulas submarinas que revoloteaba alrededor de mis tobillos.

Dicen que hay planetas, como una tal Tierra, donde los mares no son más que cantidades ingentes de agua, espacios enormes de hidrógeno y oxígeno. Pero no aquí. Aquí nos abrazamos, nos perdemos juntos, como supe desde el primer día en que abrí los ojos y mi madre, generosa con los elementos, parió junto al muelle y mezcló su sangre con azul. En otros planetas, como Tierra, me ahogaría y le daría un final trágico y bello a una vida ya en ocaso. Esa también habría sido una buena historia.

Pero aquí, muy lejos, mis piernas se unen, se mezclan con las libélulas y con las células perdidas del agua, y se transforman en una sola cola de sirena, con la que navego feliz hacia el fondo arenoso. Nacen aletas de mi espalda y branquias en mi cuello y me convierto en leyenda. En el fondo arenoso ondean otros como yo, hijos y amantes, los privilegiados. Nos hablamos poco, solo salen burbujas de nuestras bocas. Frente a nosotros bailan imágenes, visiones, ballenas diminutas e hipocampos del tamaño de barcos, que nos llaman para que montemos.

No tardo en comenzar mi jornada de trabajo. Llevo espadas a los héroes; recojo divinidades abandonadas, a princesas encerradas en baúles. Regalo armas a los asesinos de monstruos, lluvia a los lagartos voladores. Subida al morro de un tiburón a veces ojeo la lejanía, y saludo sonriente a los pescadores, a mis amigos y a mis familiares. Sonríen, saludan de vuelta. Nadie me echa de menos, porque sabían que, tarde o temprano, yo me haría al agua y me daría a la mar.

———————–
Imagen por cortesía de Muriel Dal Bo (fotografía, estilismo) y Laura Luna (modelo). No dejéis de pinchar en esos enlaces para ver más obras geniales de estas dos artistas.
¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.

 

escriturarelatos

18. I love Lucy (relato breve)

Julio 21, 2014 — by Gabriella4

descargaNos reencontramos en el centro de ciclistas que hacía esquina en la avenida Michigan.Yo no iba a alquilar bici, sino a ver a Lucy, mi prometida, que trabajaba en el bar vendiendo zumos, sándwiches vegetales y otras migas de vida sana, sustento de personas que iban en dos ruedas a trabajar. Lo mismo de todos los miércoles de todas las semanas, desde hacía cuatro años. Pero ese miércoles vi a Clea, mi antigua compañera de banca del instituto.

Tardé un poco en reconocerla, el tiempo no la había tratado con afecto. Estaba muy delgada, reseca, la piel estropeada por el sol. Llevaba el pelo decolorado, teñido de un rubio que hacía daño a la vista, con raíces oscuras ya largas, de un par de centímetros. La carne, fibrosa y pegada al hueso, larga y dura, difería mucho de los contornos suaves que recordaba de las clases de Matemáticas con el sr. Winston, cuando nos reíamos de sus gazapos en la pizarra y nuestros muslos se rozaban casi sin querer. Recordaba muy bien aquella blandura, la suavidad de su vello rubio contra mi piel. Ahora no quedaba vello por ninguna parte. Casi ni tenía cejas, solo dos líneas mal dibujadas que se movían con su frente.

Su sonrisa también había cambiado. Ahora era cerrada, los dientes tan apretados como su carne. Tardé unos segundos en saber quién me hablaba; fue ella la que se acercó a mí, quien con un leve chillido agudo y emocionado me comunicó que aquella mujer había sido, en otros tiempos muy distintos, alguien a quien yo había conocido. Sus manos, largas y nerviosas, gesticulaban mientras me hablaba. Creo que fue así como la reconocí, por las manos. Las manos que me habían hecho una paja en el servicio de chicos hacía quince años, en silencio y con eficiencia rápida. Me había maravillado no tener siquiera que pedírselo, que bajara los dedos hacia la bragueta y la abriera con soltura. Tras quince años de relaciones más o menos estables, entendía que aquella masturbación veloz y práctica no había sido más que una maniobra cumplidora, sin mayor deseo ni interés. A pesar de ser compañeros de banca, yo no era más que uno de la lista, otro peón en los diminutos juegos de poder que se enredaban entre los cerebros bronceados de sus amigas. Pero eso no quitaba que aquel fuera uno de los momentos más interesantes de mi despertar sexual, un grito de fervorosa aclamación de la pubertad. Miraba ahora a Clea con lástima. «Es que he estado enferma», me dijo, como si se disculpara por no estar a la altura de mis recuerdos.

No sé por qué tuve la sospecha. Clea podía ser víctima de la suerte o de sus propias malas decisiones. No tenía por qué ser por las razones de siempre. Cuando la dejé, con la promesa de llamar y una despedida triste en sus ojos, fui a llevarle el almuerzo a Lucy. Aunque trabajaba en un puesto de comida, seguía empeñada en comer de lo que yo le cocinaba en casa. A otra persona tal vez le parecería abusivo, pero a mí me resultaba halagador; nadie antes se había tomado tan en serio mi comida. Para ser sincero, nadie antes se había tomado tan en serio mi persona.

—He visto a Clea. ¿Recuerdas a Clea? —Lucy asintió—. No tenía muy buen aspecto. Dice que ha estado enferma.

Lucy dejó de pasarle un trapo a la barra y me miró, seria.

—Estoy segura de que se lo merece.

Me marché, sin despedirme. Tenía que llegar al apartamento lo antes posible. No era la primera vez. Ese camino en metro de regreso se me hizo interminable; cada parada era una meta a superar para llegar a mi destino, un obstáculo sobre el que saltar para satisfacer mi curiosidad malsana. No tenía por qué hacerlo, no tenía por qué abrir su armario y revolver en sus cajones. No tenía que buscar ese doble fondo en su joyero grande, aquel que había abierto ya tres veces. Dicen que a la tercera va la vencida, pero tal vez esta cuarta sería la que me haría cambiar de opinión, la que me obligaría a abandonar a Lucy para siempre. Sabía lo que encontraría, y aun así no pude evitar que me recorriera un escalofrío cuando saqué el pequeño muñeco de tela, con sus diminutos mechones de cabello humano primorosamente cosidos a su cabeza, con esos tres alfileres que atravesaban de parte a parte su exterior de saco, relleno de algodón. De las punzadas de los alfileres asomaban pequeños hilos rojos, atados con delicadeza como si fuera regueros exquisitos de sangre. No tuve valor siquiera de retirarlos, ¿qué valor tendría entonces para dejarla, para dejar aquel piso y emprender una vida a solas? Para emprender una vida sin mi prometida, sin un muñeco que se parecía, con sus diminutas y exactas vestimentas, sospechosamente a Clea.

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.

 

relatos

Primer boceto para un libro de relatos

Julio 18, 2014 — by Gabriella6

Hace calor e internet está casi abandonada. Facebook y Twitter se mueven con lentitud desacostumbrada y todos languidecemos bajo el ventilador (o, para los más suertudos, el aire acondicionado). Todo cuesta unas tres veces más de lo normal. Pero eso no me detendrá, oh no. El espectáculo debe continuar.

Aquí os dejo la base para la portada del recopilatorio de cuentos que quiero sacar en ebook, un libro de relatos en el que llevo pensando ya unos meses. Todavía estoy mirando plataformas y maquetando y todas esas cosas tan divertidas que implican los libros digitales, pero os adelanto que se trata de una compilación de cuentos que ya han salido en el blog, con algunos inéditos de regalo. La idea es que cualquiera pueda descargarse el recopilatorio para leerse todos los cuentos juntos cómodamente en su ordenador de sobremesa, portátil, tablet o dispositivo preferido. El precio será o muy bajo/gratuito o por donación. Llevo demasiado tiempo dejando esto de lado.

Si hay alguien que cree que estaría interesado/a en adquirir un ejemplar en papel, por favor que me lo haga saber por aquí o por gabriellavc(arroba)yahoo.es. Si hay suficiente demanda tal vez me plantee hacer una pequeña tirada numerada.

Así que aquí os dejo el primer borrador, todavía sin color:

boceto

escriturarelatos

17. Vacaciones (relato breve)

Julio 6, 2014 — by Gabriella6

ID-100195643Como todos los veranos, llegó Gala desde Córdoba y nos fuimos juntas, como ya era tradición, a comprarnos un bañador a la tienda de la señora Carmen. A mi abuela no le gustaba que fuéramos a la playa del matadero a tomar el sol; decía que lo único más asqueroso que ver bajar la sangre hacia el océano era que dos señoritas se vistieran como fulanas. En aquellos años todavía no decían nada de cáncer de piel ni de cremas solares, y nosotras, una blanca como la leche y la otra cubierta de lunares, nos tumbábamos en la arena a partir de las cinco, que era la hora buena, en la que hacía menos calor y no te ponías langosta después de diez minutos.

No recuerdo por qué elegíamos aquella playa. La de la Herradura, que estaba más cerca de mi casa, era más grande y bonita. Seguramente era porque nadie quería ir a la del matadero y casi siempre estaba vacía. Nadie quería ver el reguero interminable que se arrastraba hasta el agua, ni escuchar el grito de los cerdos. También por eso íbamos por las tardes, cuando los animales ya no se quejaban y, ya muertos, le ofrecían su sangre a las olas y su carne a las tiendas de la ciudad.

Recuerdo que lo primero que nos venía al cuerpo era el olor, esa peste a orgánico y violencia. Creo que hoy en día no podría soportarlo, pero nosotras nos encogíamos de hombros, tendíamos nuestras toallas en la arena y corríamos a remojarnos los pies en el agua, aquí transparente, donde todavía no llegaba el rojo. Era como tener una playa privada; ocultas por las rocas, grandes y resplandecientes por el beso del agua. A veces nos bajábamos el bañador para enseñar nuestros pezones asustados al sol, tal y como habíamos visto hacer a las nórdicas en la playa del Jurel. Ahora que lo pienso, creo que ese fue el primer acto transgresor que llevó a lo otro, pero en ese momento era inocente, desvinculado de la llamada del matadero.

Ocurrió al cabo de dos semanas. No entiendo la diferencia, ya que llevábamos cuatro años visitando aquella calita. Tal vez fue el calor, que aquel agosto era pegajoso y lento, como si solo por pisar la calle la tensión ya fuera descendiendo poco a poco, hasta dejarnos inertes sobre nuestras toallas, para luego ir activándonos conforme el sol se despedía. Ese día el agua tenía un brillo especial, como si reaccionara con gusto a la luz. La sangre olía más que de costumbre y también relucía de un modo distinto, extrañamente hipnótico.

Y yo no sé cómo empezó todo. El calor, las chiribitas del sol sobre el carmesí, el blanco de la piel de Gala que ahora empezaba a dorarse, y el rosa de la carne descubierta. Por primera vez nos acercamos a la sangre desde la orilla, la miramos confundidas, como si la viéramos por primera vez. Gala hizo lo impensable e introdujo un pie en el agua espumosa y encarnada, y se estremeció, aunque no estaba fría. Subió el pie hacia la arena y pronto estaba allí, con los dos pies descalzos metidos de lleno en el río de sangre, y yo con ella. Introdujo la mano y la sacó encendida, viscosa. Dibujó un pequeño círculo alrededor de mi ombligo.

Lo demás que recuerdo es a ráfagas, por imágenes inconexas. Sé que en el resto de mi vida no he sentido nunca nada parecido, nada que se acercase a aquella mezcla de excitación, de desespero. Sé que nos mordimos, que pataleamos y que arañamos, porque cuando llegué a mi casa estaba llena de moratones y heridas. La abuela estaba convencida de que algún hombre me había atacado y me tuvo encerrada en casa el resto del verano. Pero no había sido un hombre, sino Gala, y yo a ella, mientras nos restregamos la una sobre la otra y sobre la sangre y sobre el rojo y gritamos y gemimos y nos quejamos porque hiciéramos lo que hiciéramos sobre la sangre nunca sería suficiente para contener aquella angustia, aquella necesidad animal de morir y gozar al mismo tiempo.

Gala no regresó al verano siguiente. Ni siquiera se explicó por carta; me enteré por su prima Yolanda de que sus padres habían decidido probar suerte en Santa Pola. No me sentí decepcionada, ni enfadada. Yo tampoco quería verla. No podría mirarla a la cara y ver en sus ojos aquella misma fiereza, aquella parte de mí reflejada en sus pupilas.

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen Walking por cortesía de usamedeniz / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

16. Black Magic Woman (relato breve)

Junio 22, 2014 — by Gabriella6

ID-10064451

Cuando tenía doce años, Irene parió un delfín. Ella no recuerda ahora nada, lo sabe porque se lo han contado sus padres, porque lo presenció media ciudad y porque salió en las noticias de las dos.

Le contaron que aquella mañana de playa se metió en el agua y dio a luz. Gritó, lloró y su madre corrió al mar, asustada. Pero ya había ocurrido: fue rápido y lo vieron los bañistas. Alrededor de Irene la sangre tiñó la superficie de rojo y los peces pequeños nadaron hacia ella, atraídos por el sabor de sus entrañas. De su interior escapó un mamífero plateado y ojos inteligentes, una criatura brillante y sinuosa que surgió de su vientre y se perdió en la bruma y las olas. Nadó lejos, hacia el horizonte, e Irene nunca volvió a verlo. Una chica en bikini rojo lo grabó todo con la cámara de su teléfono móvil, y los medios de comunicación analizaron las imágenes al milímetro.

El mundo científico decidió que era imposible y que debía de tratarse de un aborto natural, acompañado de engañosos efectos ópticos, o de un montaje. Después de todo, las niñas de doce años no dan a luz a delfines.

Irene no recuerda haber estado embarazada. Recuerda haber tenido dolores de estómago, y haber estado un tanto hinchada, como si tuviera gases. Nada sabe ahora del parto en sí, como si fuera un mal sueño olvidado al despertar. Pero la ciudad recuerda. La ciudad lo vio. A los seis meses del incidente, tuvo que dejar el colegio. Hasta su mejor amiga desapareció. Se marchó a otra ciudad, se desvaneció como el delfín. Irene se quedó sola.

Se educó en casa, como pudo. Sus únicos amigos estaban en Internet, personas que no sabían que Irene había parido un delfín. Aun así, cuando conseguía verlos en persona, en ciudades ajenas, en pueblos distantes, con solo mirarla, lo sabían. Sabían que Irene estaba tocada por algo extraordinario. Se excusaban, la abandonaban con cualquier frase insignificante.

Pero ahora es diferente. Ahora ha conocido a Simbad, y algo le dice que este será distinto. Simbad tiene una habitación llena de parafernalia mística, de imágenes de sirenas y centauros. Simbad es asesor financiero, pero sus intereses vuelan con los OVNI y los chemtrails. Simbad no ha parado hasta encontrar a la chica que parió un delfín en una ciudad pequeña, casi desconocida, rodeada de mar y de superstición, de callada irritación hacia la niña bruja que los hizo quedar como mentirosos y farsantes. Ningún hombre la ha tocado desde entonces. ¿Quién puede competir con el hombre que preñó a una niña para que pariera un delfín?  ¿Quién puede competir con un ser diabólico, ya sea de la tierra o los infiernos?

Simbad corteja a una Irene de veinte años, sorprendida y halagada por su interés. Irene es una virgen prohibida, una doncella que no es doncella. A veces se imagina como la dama perfecta, madre e inocente a la vez, y para Simbad es además un objeto de veneración, una María oscura. Lleva a Irene a restaurantes caros, le compra pulsaras Pandora y la cubre de vestidos largos y vaporosos como la mujer-hada que es. A pesar de sus veinte años, Irene es ingenua, carece de experiencia. Y cuando al fin Simbad la invita a su hogar a enseñarle su colección de rarezas, Irene entra confiada, bailando al son de una música imaginaria y el ritmo del primer amor. Simbad la tumba en su cama king-size y la penetra mientras ella niega con la cabeza y le dice que no, que no está preparada. Tal vez nunca estará preparada, pero Simbad jadea encima como un depredador distraído, uno que se alimenta de la presa sin preocuparse siquiera por rematarla antes. Tiene algo de felino, algo de lagarto. Tiene un par extra de colmillos, que se relame mientras se corre dentro de Irene, mientras le grita palabras arcanas sacadas de algún libro esotérico forrado en piel de raya. Irene es más que una mujer, es un receptáculo. Irene es su experimento, su conjuro, y eso es lo peor. La deja marchar, pero sabe que la semilla sobrevivirá. Tiene que hacerlo.

 

Irene sale al mar, como hace ocho años, con los bolsillos tan llenos de piedras como Virginia Woolf. Ya no volverá a la orilla. De nuevo grita de dolor, su útero se retuerce y la vida busca salir, busca nadar en busca del horizonte, como ya hizo su hermanastro, como hace ocho años. De entre sus piernas surge una estela gris, una criatura angulosa y feroz que se abre paso a dentelladas.

Con veinte años, Irene pare un tiburón. Pero esta vez seguirá a su hijo hasta las profundidades, se perderá para siempre bajo la arena del abismo. Mientras da su última bocanada de aire se pregunta si allí abajo estará el delfín esperándola; si tal vez existe, en una ciudad submarina y olvidada, algún ser mágico que la visitó en su momento, el padre de su primera criatura. Pero no recuerda, no recuerda. Solo sabe que existe entre la tierra y el agua, en ninguna parte, hija de la sal y la nada. Se convierte en espuma de mar, como la sirena de aquel cuento de Christian Andersen.

———————–

¿Te has quedado con ganas de más relatos? compra el libro.
Imagen Gold Fishes por cortesía de basketman / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

15. En el país de los ciegos (relato breve)

Junio 12, 2014 — by Gabriella3

ID-10036032

Javier se quitó las gafas y resopló, cansado. Miró el reloj que tictaqueaba encima del estante: las nueve y media. Llevaba desde las tres sin levantarse de aquel banco más que para ir al servicio o servirse más café. Al mediodía solo había comido un trozo de tarta que le había dejado en la nevera Matilda, la asistenta, un pedazo de pastel de chocolate que había sobrado de su cumpleaños. Ahora sus tripas hacían ruidos que prefería ignorar. Por una vez, se alegró de estar a solas en aquel viejo caserón.

Sabía que era hora de dejarlo, de abandonar el trabajo por hoy. Pero cuando miraba aquel ojo perfecto, aquella órbita blanca de iris dorado y pupilas negras como el carbón que rugía ahora en la estufa, le costaba levantarse. Aquella era, posiblemente, su mejor creación. Había fabricado ya corazones, pulmones, riñones e hígados, todos de una belleza sublime, de una precisión imposible. Pero nada como aquel ojo blanco, negro y dorado. Nada como aquella córnea, aquel cristalino y esa retina, esa retina que le había llevado meses componer. Los materiales eran difíciles de conseguir, y había peleado por carta, teléfono y telegrama con sus proveedores habituales, hasta dar con una pequeña empresa china que tenía un material lo bastante flexible. Una vez conectado el nervio óptico al cuerpo del huésped, aquel ojo sería útil para cualquiera.

Pero no era para cualquiera, no. Este ojo era para Rebeca, la hija del posadero. Desde el primer momento en que había posado la vista en ella, supo que era la única mujer que amaría. Javier no había amado nunca, así que fue todo un escándalo para su sistema, todo un desencuentro en su psique y su cuerpo que tardó bastante en identificar. De primeras pensó que había caído presa de alguna enfermedad exótica, de esas que tanto le gustaba investigar en sus grandes manuales y compendios de medicina. Tal vez, de tanto pensar en ello, se había manifestado una ceroidolipofuscinosis, o se había gafado a sí mismo de tanto leer acerca del Síndrome de Churg-Strauss. Mas, como buen científico, tras una labor exhaustiva de deducción y frecuentes visitas a la posada del padre de Rebeca, fue descartando opciones y tuvo que enfrentarse a la terrible verdad: ¡él, un hombre meticuloso, objetivo y racional, había caído en las redes de una mujer! Y no de una mujer cualquiera, no. Rebeca era amable, inteligente, sensata y bien parecida; todo lo que no eran otras jóvenes de su edad, que se reunían en la plaza y se reían del pobre fabricante de órganos cuando paseaba por allí con su bata sucia y raída de loco de laboratorio. Rebeca era radiante como el sol de una mañana tras la tormenta, hermosa como una explosión de luz y color. El único defecto físico de Rebeca, la única tara en su lindura de tabernera de cuento, era que había nacido con un solo ojo. Siempre llevaba un parche negro para ocultar su cuenca vacía, para no asustar a los clientes de la taberna. A Javier le habría gustado ver ese agujero, esa ausencia, entender cómo encajarlo a la perfección con su nervio artificial, pero nunca se había atrevido a pedírselo.

Y hoy, emocionado, atravesaba la plaza corriendo, entraba a pasos largos en la taberna y le presentaba su regalo. Ahora que lo veía de nuevo, frente a ella, entendía que era perfecto. Pese al color diferente del iris, este ojo era el ojo ideal para Rebeca. Supo que encajaría como una pieza precisa de relojería, que sería lo que la haría feliz, lo que la haría completa. Esperó unos segundos, analizó la mirada de la hija del posadero, a la espera de gritos, felicidad y agradecimiento entusiasmado.

Pero su reacción no fue así, en absoluto. Rebeca suspiró, irritada.

―Javier ―le dijo―. Me caes bien. A diferencia de otros, creo que eres una buena persona, a tu manera. Y no hay duda de que eres un hombre listo, muy listo. Pero de hombres listos está el mundo lleno.

Le hizo un gesto para que la siguiera, y él obedeció, decepcionado por un lado por su indiferencia; curioso por otro por lo que tendría que enseñarle. Ella abrió una puerta en la parte trasera de la posada y lo condujo por unas escaleras que bajaban al sótano. Javier la siguió, con cuidado de no rozar las paredes mohosas y húmedas, de no tropezar con barriles de cerveza y cajas sueltas. Al final de aquel subsuelo, abrió Rebeca una segunda puerta, pequeña, que conducía a un nuevo almacén. Este era más espacioso, y las cuatro paredes vestían de estantería.

Todos los estantes crujían bajo el peso de incontables cajas, urnas y recipientes de todo tipo. Rebeca le indicó que se sirviera, y Javier abrió una cajita al azar, un joyero de madera tallada con gusto exquisito. Dentro había un precioso ojo de cristal, cuyo iris estaba hecho de zafiros y cuya pupila era de precioso ónice. Contrariado, Javier siguió abriendo recipientes. En una urna, flotando en un líquido amarillento, un ojo perfectamente orgánico, una muestra biológica sin parangón, lo observaba con curiosidad. En otra, un ojo robótico giraba su cámara para enfocarlo mejor.

―Son ojos ―dijo él, maravillado―. ¡Cientos y cientos de ojos!

―Lo siento mucho, Javier ―le dijo Rebeca, y la lástima en su voz parecía sincera, aunque hubiera pronunciado aquellas mismas palabras cientos y cientos de veces―. Pero tus intentos son en vano. Sé muy bien de qué hombre me enamoraré, tal vez el hombre con el que acabe por casarme.

―¿Y quién será ese hombre? ―le preguntó Javier. Su estómago, encogido por los celos, había olvidado el hambre, había olvidado todo lo que no fuera aquel momento de humillación y envidia.

―Aquel que me quiera con un solo ojo ―respondió ella. Con elegancia y dignidad, dio media vuelta y salió de nuevo a la posada, lista para servir cerveza y estofado de ternera a los clientes de siempre.

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen Human Eye por cortesía de dream designs / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

14. Un romance eléctrico (relato breve)

Junio 4, 2014 — by Gabriella0

ID-10042254

Sobre la peluca rosa de Marie se eleva una escena de lucha naval. Dos grandes buques, de 120 cañones cada uno, batallan sobre olas de algodón. Entre las diminutas figuritas que se sostienen a bordo, destaca una que representa a Louis Antoine de Bougainville,  el primer francés en dar la vuelta al mundo, y el origen del nombre de la planta buganvilla. Y son pétalos rosas y rojas y púrpuras las que decoran los bajos de la peluca, sobre la frente y las orejas de la dama.

Marie porta la peluca más alta y majestuosa, incluso más que la reina, y sospecha que ese será el principio de su fin, de permanecer más tiempo en la corte. Pero no importa; no tiene intención de quedarse más que esta noche. Tiene sus credenciales, sus influencias y sus contactos y, ante todo, tiene su corpiño escotado, su gran falda de Rose Bertin con encaje de Bruselas y su peluca teatral. Todo lo importante.

Los ojos de los asistentes al baile están puestos en su cabeza, en ella y en su elaborado aspecto de cortesana con tierras. Lleva trabajándose la corte ya desde hace meses: el título, la reputación, la dignidad y la belleza. Y mientras, sin dejar de intervenir. Un empujoncito aquí, una palabra suelta allá. Pequeñas inserciones y vacíos en la máquina. Ruedas y engranajes que encajan a la perfección.  Y hoy será su última intervención, el final de su cometido, hora de regresar a casa, todo listo y finiquitado. Solo un par de pequeños movimientos más, un par de codazos metafóricos y golpeteos precisos con el martillo de la diplomacia útil. Solo un par de minúsculas calibraciones, de ajustes necesarios. Y todo encauzado, todo bien.

Todo menos este dichoso factor inconstante. El marqués de Sévigné. Maldito, entrometido y disoluto marqués. Según sus cálculos, tendría que estar en Vichy, acompañando a su anciana madre a los baños termales. Pero no, está aquí. Tiende a hacer este tipo de estropicio, es como un virus inesperado, un bug en la programación, un irritante quebradero de cabeza. Es una pieza cuadrada en una maquinaria redonda y perfecta.

En cuanto lo ve en la sala sabe que tendrá problemas. Se dirige aprisa hacia la condesa de la Bahía, pero no llega a tiempo. Sévigné la intercepta. Su mirada es escalofriante, llena de determinación y tozudez. La maldita pieza cuadrada, vestida de pies a cabeza con ostentación elegante, sus zapatos suaves en punta sobre los pequeños tacones de Marie.

—Me es indispensable hablar con vos, Marie —le susurra el marqués al oído. La llama por su nombre de pila, y esa es una inesperada, y por tanto mala, noticia.

—Ahora mismo no es posible, debo ver a… —Marie intenta zafarse de su voz cálida y peligrosa, pero no lo consigue.

—¡No lo entendéis! Mi vida depende de ello.

Marie enarca una ceja rosa, teñida, peinada y recortada a la perfección. ¿Su vida? ¿Cuánto información se le ha escapado con este ser irruptor, esta criatura empeñada en el desorden y el caos?

—Os escucho —le dice. Debe averiguar qué ocurre, comenzar a trabajar de inmediato en control de daños. La mano, insegura, le tiembla entre los suaves dedos del marqués.

—Debo decíroslo, porque ni duermo ni como ni vivo si no consigo librar mi pecho de esta obsesión que me corroe.

Marie parpadea, sorprendida. ¿Tendrá el marqués un problema de alcoholismo, se habrá aficionado a algún opiáceo o a alguna droga que desconoce? Sus pupilas son ahora enormes, sin duda señal de que está bajo los efectos de alguna sustancia excitante. Algo va mal, de eso está segura. Quiere detenerlo, pero el marqués prosigue:

—No lo entendéis, Marie. No sabéis verlo, pero lo cierto es que mi corazón solo late por vos. Os habéis convertido en mi señora, en la diosa a la que rezo y por la que seguramente iré al infierno, si es que no me hallo ya en algún círculo dantesco, víctima de vuestra indiferencia cruel.

Marie traga saliva de golpe. ¿Qué es esto? ¡Esto no estaba previsto, no estaba programado! Indiferente a las miradas sorprendidas de los que los rodean, el marqués, impulsivo, agarra a Marie y le planta un beso apasionado, fruto de semanas de deseo no expresado, amor lírico y penuria romántica. Marie siente un calor extraordinario, que se inicia con el recorrido de la lengua del marqués en su boca y baja hasta su estómago. Es un calor líquido, desconocido y letal.

Poco a poco, Marie comienza a deshacerse. Las sinapsis de su cerebro de metal se aceleran, hasta provocar cortocircuitos, y el humo comienza a salirle de las orejas. Sus dedos caen al suelo, largas piezas de porcelana recubierta de piel sintética, que se quiebran al chocar contra el mármol. Sus tobillos se astillan y pierde el equilibrio, arrastrando con ella a un sorprendido y horrorizado marqués. De sus muñecas abiertas ruedan engranajes, ruedecillas, muelles, contrapesos y microchips. Marie se vacía. Su procesador explota y las llamas prenden en el encaje de su corpiño. Un desagradable olor a plástico quemado inunda la sala de las arañas de cristal.

Una de las tuercas rueda hasta el pie del duque de Buckingham, donde finalmente se detiene. Boquiabiertos, los presentes están inmóviles, sin saber si gritar es lo adecuado, si responde al protocolo de la corte. El único movimiento está ahora en los dos buques de la peluca de Marie, cuyos cañones siguen disparándose, inmersos en una batalla que ya a nadie le importa.

 

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de Nutdanai Apikhomboonwaroot / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

13. Una historia de amor (relato breve)

Mayo 26, 2014 — by Gabriella0

ID-10064174

Marcos abrió los ojos y vio blanco, luz artificial. Tardó unos segundo en distinguir siluetas, formas. Todo aquí estaba tenue, diluido. Bienvenido al mundo real.

Cuando salió a la calle pisó inseguro. «¿De qué estoy hecho?», se preguntó, mientras se examinaba las manos. Hacía tan solo una media hora habían sido manos verdes de mujer, con las que había masturbado a un hombre morsa en las colinas del Desencanto, en el país florido de Oom. Antes habían sido filamentos negros, relucientes, con los que había cabalgado a un escorpión gigante, que lo había llevado de paseo bajo un mar rojo de plasma. Había sido como vadear entre sangre viscosa. No sabía cuánto tiempo había transcurrido en esa habitación, atado a las máquinas y a los sueños. Cada vez la visitaba con mayor frecuencia. Antes iba con Danya, pero ahora ella iba al centro de la calle Viriato. Decía que allí, por el mismo precio, había lujosos sofás de terciopelo y servían champán. Como si eso importase.

«¿De qué estoy hecho?», se preguntó de nuevo. Una vez se había hecho un corte superficial, para comprobarlo. Era peligroso salir de las máquinas en ese estado. ¿Y si un día se despertaba pensando que realmente podía volar?

Danya no podía competir con las mujeres de los sueños, ni con aquel delfín que lo visitaba en ocasiones, sus brillantes escamas de dragón llenas de amor y júbilo. Danya ni siquiera compraba ya nada para comer. Comía en sueños, y luego tragaba un par de pastillas sustitutivas. Ahora estaba muy delgada, casi piel y hueso, y le resultaba repugnante. Hacía tiempo que no dormían en la misma cama y él lo agradecía; agradecía no sentir sus afilados codos, rodillas y caderas contra su cuerpo incómodo. Cada vez costaba más dormir y no era de extrañar. ¿Quién querría dormir en su propio cuarto si podía acudir a las máquinas y llenar el sueño de mundos alados, de prados acuosos y ballenas de relojería?

Ya no trabajaba. Nunca lo había hecho por dinero, sino por autoestima, por dignidad. La herencia había cubierto todas sus necesidades, Danya incluida. Ahora no podía trabajar. Cuando escribía líneas de código, estas se desplazaban, se caían por el borde de la pantalla. Comandos suicidas. Caracteres nihilistas. Habían desaparecido de sus dedos y de su mente. ¿Cómo podía uno crear con un teclado cuando la mente se deslizaba por el aire en sueños, cuando planeaba entre nubes de sabores y astros de purpurina? La consola era una puerta cerrada más entre todas las puertas y pasillos que lo separaban de lo onírico y de su imaginación pura, sin adulterar. Incluso una mala pesadilla era diez veces mejor que el mejor de sus programas, por mucho que sus clientes le prometiesen fama, poder y gloria por cada proyecto acabado. «No hay nada», se decía, «no hay fama ni poder ni gloria sin el delfín de escamas de dragón y el escorpión submarino. No sé de qué estoy hecho aquí, en esta simulación, en esta realidad virtual en la que me encierro. Si me conectara para siempre, nadie me echaría en falta. El mundo a mi alrededor podría caer, deshacerse en la nada. Nada cambiaría».

Pero en aquella habitación había límites, controles impuestos por el gobierno y por Sanidad. No más de 24 horas, y luego un mínimo de tres días de descanso. Y apareció de imprevisto Danya, con su cara macilenta y lágrimas en los ojos y dijo que ya estaba bien, que tenían que dejarlo. Que no se habían visto en dos meses. Que quería recuperar su vida en común, volver a sentir el asombro y la euforia de sus primeros días juntos, de un mundo vacío que ellos pudiesen llenar. Y Marcos se dejó llevar, tal vez por pena y desesperación, en uno de esos tres días prohibidos, e hicieron el amor y antes de parpadear siquiera Danya estaba embarazada. Danya, que siempre había tomado medidas. Danya, que no creía en la familia. Danya, ahora de tres meses y con una orgullosa mirada de madre por llegar.

Marcos hizo todo lo posible, eso tendréis que admitirlo. Se apuntó a grupos de desintoxicación, acudió a programas rehabilitadores. Él no era el único adicto, bien lo sabía, aunque pocas personas sufrían de una dependencia como la suya. Dormían los sueños, vivían lo onírico, se asustaban con alguna pesadilla y no volvían. Seguían regresando al exterior. Marcos lo intentó, os aseguro que lo intentó. Cada día, poco a poco, con la vista puesta en el hijo por llegar y los años por vivir.

Y ayer mismo nos enteramos de que se había tomado un paquete entero de pastillas y se había marchado a dormir para siempre. Estábamos todos muy tristes, porque, aunque no conocíamos a Marcos personalmente, siempre nos entristece que alguien pierda, que se rinda, porque nos recuerda que nosotros estamos muy cerca de perder, de rendirnos.

Lo malo de los sueños inducidos es que vienen de alguna parte. Están las máquinas, claro, pero solo recogen y exaltan lo que uno ya tiene en la cabeza. Y cuando uno regresa al sueño natural, a dormir de forma orgánica, el origen sigue allí. Las imágenes siguen allí. Uno puede dejar las máquinas, pero no deja de soñar.

Suponemos que Marcos murió con esa gran sonrisa en los labios que aparecía en las fotos en todos los medios, esa gran sonrisa de satisfacción. La muerte como sueño eterno. Suponemos que se acercó el delfín, con relucientes escamas de dragón y le dijo «ahora sí. Ahora sí que te tengo para siempre». Una historia de amor, tenga la forma que tenga, sigue siendo una historia de amor.

 

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de mack2happy / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

12. Marta tiene un secreto (relato breve)

Mayo 23, 2014 — by Gabriella3

ID-100209485

Vinimos al valle desde todas partes del mundo.  Ofrecían casas y dinero para repoblar una diminuta aldea abandonada, perdida en ningún lugar, y todos estábamos desesperados. En mi país no había trabajo; para otros era una aventura, una forma de salir del hoyo primermundista de aburrimiento y hastío que se habían cavado a golpe de universidad y trabajos que les carcomían el alma.

No éramos unos cualesquiera. Médicos, enfermeros, ingenieros agrónomos, profesores, arquitectos, albañiles, fontaneros, electricistas. Un conjunto dispar. Algunos llegaban ya con sus parejas, dispuestos a llenar las calles vacías de niños, niñas y el aroma del crecimiento y la fortuna; otros traían a sus bebés y pequeños a cuestas. Nuestro mayor contacto con el exterior era un camión con víveres, medicamentos y pedidos una vez cada dos semanas, si bien había un servicio de helicóptero para urgencias médicas. Por suerte teníamos wifi, aunque la conexión era lenta y trabajosa, tanto que a veces no merecía la pena.

Supongo que era una suerte de paraíso, un edén primitivo lleno de ilusión y trabajo duro. Había mucho que hacer, mucho que organizar, y a veces las reuniones en la plaza central, mientras terminábamos de ultimar la reconstrucción del ayuntamiento, se hacían largas y pesadas. Mas cuando llegábamos a la conciliación, a un punto de consenso, la frustración se desvanecía para dar paso a una profunda y orgullosa satisfacción. Sentíamos que por primera vez teníamos algún control sobre nuestras vidas.

Yo era una rara avis dentro de aquel zoológico de pájaros peculiares. Marta, la bailarina, cantante, cuentacuentos, animadora sociocultural. Responsable del ocio del pueblo entero. Ahí es nada.  Tenía un portátil, pero la electricidad estaba restringida a ciertas horas de la noche y acababa comprando libros en papel. El espacio en el camión era limitado y tampoco quería abusar: eran más importantes los materiales de construcción, los medicamentos, los pesticidas y las escopetas de caza. O eso me parecía a mí. Pero por las noches, cuando muchos acudían a la plaza a encender una buena hoguera y escuchar unas buenas historias, nunca tenían suficiente. Prescindimos pronto de televisores: los pocos canales que recibíamos en el pueblo nos parecían ridículos, demasiado alejados de nuestra experiencia diaria. Y nuestra conexión de internet, patrocinada por el gobierno, no daba para muchas descargas piratas.

Pese a todo, mi secreto me atormentaba, hacía que me sintiera culpable. Todos estábamos allí para formar una nueva sociedad, para llenar de criaturas las casas y la tierra. Y yo había olvidado decirle a los funcionarios que me examinaron que, aunque mi vientre era perfectamente fértil, no tenía la más mínima intención de usarlo para acoger a un feto. No tenía la más mínima intención de buscarme un macho alfa en la aldea y ponerme a procrear como una de las muchas conejas que guardábamos en jaulas en los jardines. No era solo que no quisiera disfrutar del fruto de un buen polvo; es que no quería un buen polvo, por lo menos no con un hombre. Ya habían comenzado las palabras, los murmullos. Marta la bailarina no mostraba interés por los solteros de la comunidad.  Yo miraba la botella de ginebra que guardaba en el único armarito de mi casa, el que me había regalado Günter, el carpintero, y negaba con la cabeza. Si tenía que ser más casta que mi santa abuela, que en su viudedad se había entregado de pleno a Dios, así sería. Y en el peor de los peores casos, allí estaba la ginebra y allí estaban esas hierbas tan tóxicas, aquellas que crecían en la linde del bosque.

La realidad era que me sentía a gusto en la aldea, sentía que pertenecía a algo mayor que yo, a algo que importaba. Así que la culpabilidad fue en aumento. Yo no quería darles a los demás lo que me pedían. A cambio, les daba lo que necesitaban: historias de amor, historias de esperanza, historias para pasar el temido invierno de nieve y las apacibles noches de verano estrellado. Los enseñé a bailar el tango, y las parejas avanzaban y retrocedían, sudorosas, concentradas, al compás de sus propios cuerpos, por el empedrado de la calle principal. Enseñé a los niños a cantar el abecedario, y con la ayuda de Günter construí un pequeño teatro de marionetas. Escribí poesía, teatro, relatos y canciones. Ya vinieran o no las musas, Marta la bailarina trabajaba creando de sol a sol.

—Creo que eres lo único que queda de nuestra antigua vida —me dijo Helen, la doctora, una noche en que habíamos acabado bebiendo cerveza casera en su porche, viendo como jugaban sus críos con Marly, la gata embarazada que nos había traído el camión para ayudarnos a mantener a raya a los roedores—. Aquí todo es nuevo, todo está pensado para el futuro, para lo que le dejaremos a nuestros hijos. Una mujer soltera, sin hijos… es un lujo de un tiempo pasado. —Me miró con esos ojos marrones y avispados que tenía y, antes de que pudiera responderle, siguió hablando—. Es una auténtica lástima —dijo—, que no puedas tener niños.

—¿Que no pueda tener niños? —pregunté, sin comprender.

—Es terrible, pero ocurre a veces. Una mujer normal, sana, en apariencia fértil. Y luego, de repente, tal vez por estrés o grandes cambios en su entorno, problemas hormonales que causan determinadas… complicaciones en los ovarios. Puede ser algo temporal, o permanente. Puede ser bastante perjudicial a largo plazo, así que tendremos que hacerte chequeos a menudo. Los de Urbanismo se van a mosquear, claro, pero tu presencia aquí es innegociable. Estas son cosas que pasan, y las tienen que tener en cuenta al planificar el crecimiento de población.

No pude sostenerle la mirada.

—Te quiero aquí una vez a la semana —me dijo, sus ojos también lejos de los míos. Tenía las mejillas rojas, encendidas, tal vez tanto como yo—. Los viernes, a las siete. Los niños están en la guardería y Stephen se va de caza con los chicos. Asegúrate de que no esté su chaqueta colgada en la entrada cuando llegues.

Me levanté, aturdida, cogí mi rebeca de lana y salí de su cabaña con paso inquieto. Tardé un buen rato en darme cuenta de que caminaba en dirección opuesta a mi casa, hacia las afueras del pueblo. Cambié el rumbo y casi me pareció sentir los engranajes, las ruedecillas que daban vueltas en mi cerebro. No me gustaba mentirle a nadie, y menos a los de arriba. Pero qué podíamos hacerle. Todas las aldeas necesitan a un contador de historias.

 

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de stockimages / FreeDigitalPhotos.net