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Dar y recibir

Noviembre 7, 2012 — by Gabriella4

Una de las cosas que más me ha confundido siempre es lo complejo que puede llegar a ser el hecho de dar.

Pongo un ejemplo muy simple. A mí me encanta hacer regalos, de hecho me proporciona mayor placer que recibirlos. Esto no es porque yo sea mejor o peor persona, más o menos altruista, sino porque es parte de mi carácter, es algo que me hace feliz. La emoción de buscar o crear el regalo, de ver cómo reacciona el receptor, me resulta muy gratificante. De cierta manera es un tipo de egoísmo: al realizar el regalo satisfago una necesidad personal. Creo, como decía Joey en aquel episodio de Friends, que ningún acto es plenamente desinteresado.

Y ese es precisamente el problema. Por mucho que me guste hacer un regalo, también hay una parte de mí que espera que el universo recompense este acto de “bondad” con algo recíproco. Por esto, un porcentaje alto de los regalos que recibía me resultaban insatisfactorios, me hacían pensar que la persona que realizaba el regalo lo hacía por obligación, no por amor, y sin ningún interés por lo que a mí realmente me podría gustar. Con el tiempo, resolví este conflicto dándole mensajes muy claros a mis seres queridos de qué cosas me gusta que me regalen. Por otro lado, el experimento Clutterfuck ha cambiado radicalmente mi percepción acerca de muchas cosas materiales. Pero la metáfora sigue valiendo… ¿dónde está la diferencia entre dar por el hecho de dar y dar esperando algo a cambio? Y, más importante, ¿dónde está la diferencia entre hacer felices a los demás con tu comportamiento, con tus actos, y que los demás se aprovechen de esta disposición?

Otro caso parecido ha sido el del Proyecto Poema. Mi idea era llevar a cabo un proyecto artístico que fuera positivo para otras personas y que fuera totalmente gratuito. No obstante, confieso (y me cuesta mucho reconocerlo) que una parte de mí esperaba algo a cambio. Por tanto, si el receptor no expresaba gratitud, o no recompensaba mi gesto de alguna manera, aunque fuera simbólica, me sentía muy frustrada. Esto es absurdo, al fin y al cabo yo misma había especificado que el proyecto era gratuito, lo cual implica que se realizaba por el mero placer de realizarlo. Pero me he dado cuenta de que me había creado ciertas expectativas que además no había comunicado a los que participaban en él. No puedes esperar que los demás sean adivinos y que cuando dices “gratuito” lo que quieres decir realmente es “a cambio me amarás para siempre y además realizarás una donación monetaria generosa”. Pensé que, tal vez, aunque no recibiera nada físico, el proyecto tendría cierta trascendencia y obtendría cierta notoriedad. En el fondo mis motivaciones tenían más que ver con la vanidad y el dinero que con el arte por sí mismo. Me ha llevado un tiempo reconocer esto ante mí misma, darme cuenta de que lo he enfocado mal y plantearme un serio ¿merece la pena seguir con esto? La respuesta, obviamente, es que no, o por lo menos no de la misma forma. Tengo una idea que decidirá la dirección que tomará el proyecto, y en cuanto esté mejor definida la compartiré por aquí.

En cualquier caso, veo que este es un patrón que repito bastante, y no estoy muy segura de cómo salir de él.

Una de las cosas que más me ha costado aprender a hacer (¡y todavía estoy aprendiendo!) es decir no. Cuando tenía la editorial, y cuando estaba muy activa en el mundo del fandom de ci-fi, fantasía y terror, recibía muchos mensajes de autores que querían que leyera su obra para opinar sobre ella. Dedicaba más tiempo a satisfacer los deseos de estas personas que a mi propio trabajo remunerado, lo cual era un desastre. Me producía estrés, y en muchas ocasiones, en vez de decirle claramente que no a alguien, acababa con un lastre de trabajo que no podía llevar a cabo. Si hubiera dicho que no al principio, tal vez habría quedado mal con ese autor. Al decir que sí y no poder llevar a cabo la tarea correspondiente, quedaba incluso peor. A lo largo de los años he ido corrigiendo esto, y generalmente este tipo de peticiones de ayuda se contesta con un presupuesto por un informe de lectura. Que una disfruta ayudando a los demás, pero tiene que comer también.

Y ahí está la gran pregunta. ¿Cómo puedes hacer algo que ayude a los demás, que aporte valor, que haga que el mundo sea un sitio un poco mejor (porque eso es lo que quieres hacer) pero que te permita ganarte la vida con dignidad y que los demás no utilicen tu buena disposición para conseguir servicios gratuitos o a precios ridículos? ¿Dónde está el límite entre el amor por los demás y el respeto por uno mismo?

Supongo que no hay una respuesta clara ni universal. Mientras, seguiré buscando.

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Image courtesy of kibsri / FreeDigitalPhotos.net

 

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El propósito de tu vida (en 20 minutos)

Septiembre 6, 2012 — by Gabriella2

Función vs. propósito

Hace ya algún tiempo hablé en el blog de dos conceptos que se me antojaban muy distintos: función y propósito. Suelo asociar función con una visión teleológica de la realidad que me parece poco productiva (¿para qué estoy aquí? ¿cuál es mi finalidad en esta vida?), más que nada porque tengo la sospecha de que no hay absolutamente ninguna razón preconcebida para que estemos presentes y existentes, y mucho menos un objetivo lógico y causal que explique nuestro destino; considero además que puede ser una noción destructiva para muchos: nos han vendido tanto la idea de que tenemos una meta, una razón de ser, una finalidad, que nos sentimos terriblemente frustrados cuando no terminamos de encontrarla (y oye, que un porcentaje muy grande de los seres humanos nunca será famoso, ni millonario, ni inventará una cura contra el cáncer).

¿Qué es el propósito?

Otra cuestión muy distinta es nuestro propósito. El “oye, ya que estás aquí, ¿qué vas a hacer con tu tiempo? ¿A qué vas a dedicarlo?”. Porque el tiempo, queridos míos, se escapa. Huye de nosotros. Hoy es ayer y mañana es hoy. Y mientras, nos hemos dedicado a levantarnos, desayunar, ir a trabajar, almorzar, fregar los platos, trabajar, lavarnos los dientes y acostarnos y dormir. Y ninguna de esas cosas tiene nada de malo pero… ¿a que no recuerdas nada de cómo te lavabas ayer los dientes? ¿A que el día de trabajo de hoy no ha tenido nada excepcional, a que no ha habido nada que te hiciera pensar FUCK YEAH, qué bien hago mi trabajo? Cuando te quieras dar cuenta habrán pasado 70 años (con suerte) y habrás fregado muchos platos y habrás tenido miles de días exactamente iguales que ese día en el que no hiciste nada excepcional, en el que no pensaste que eras el puto amo de lo que hacías, que no fuiste realmente consciente de lo que llevabas a cabo. Abres los ojos y estás sentado frente al ordenador. Abres los ojos y son las 9 de la noche, y estás cenando y se ha terminado el día. Y así vivimos, en una progresión de acciones insignificantes cuyo proceso nos perdemos. Vivimos de salto en salto. Y con esto no me refiero a que cada día tengas que hacer algo extraordinario, pero tal vez podrías probar a solo estar, estar realmente presente y disfrutar de cada pequeña acción.

Cuando tienes un propósito, cada acción, cada segundo, se mide según lo cerca o lejos que estés de tu propósito. El tiempo no se desvanece, porque es tiempo empleado en acercarte a tu propósito. Considero que es una manera excelente de anclarnos en el tiempo, de echar raíces en la realidad en vez de limitarnos a flotar en un cerebro algodonoso de nada. Como comenté en aquel post anterior, yo tengo un propósito, y a pesar de que es terriblemente sencillo y es algo que en mi fondo más profundo ya conocía, me ha abierto los ojos en muchísimos sentidos, se ha convertido en un punto de partida único y consecuente. Puede que varíe algo a lo largo de los años, pero sospecho que la base permanecerá firme. Un propósito es una manera, una forma de ver las cosas. Para alguien podría ser, por ejemplo, ayudar a los demás. Para otra persona podría ser enseñar, compartir con los demás todo lo que sabe. Para otra, aprender. Para otra, disfrutar de todas las relaciones sexuales que pueda de la mejor forma posible. En cierto modo es una vocación. Es también sincero, no hay que preocuparse de que sea egoísta, bueno o malo, ya que es un tanto amoral (con todo, dudo que el propósito “acabar con la raza humana” sea muy productivo para su propietario ni para sus congéneres).

Buscando mi propósito

Por todo esto flipé un poco cuando buscando por internet encontré que el Sr. Steve Pavlina, gurú de blogueros y loco profesional (famoso por atreverse con el sueño polifásico extremo, el veganismo y el poliamor, entre otras cosas), había encontrado un método para descubrir tu propósito en tan solo veinte minutos.

Ya.

No sé si es de su creación, o si se limitaba a reproducir algo que podría ser muy anterior, pero a efectos prácticos le atribuyo su autoría. Cuando leí de qué iba el método me eché a reír. Era demasiado ridículo, e imposible que funcionara. Pero oye, era gratis y mucha gente decía que le había funcionado y pensé por qué no, y respeto por lo demás muchas de las ideas de este hombre. Afortunadamente, Pavlina comparte sus contenidos de manera total, así que puedo tomarme la libertad de traducirlo para vuestra conveniencia. Sobra decir que todo lo escrito hasta aquí es cosecha mía, pero creo que merece la pena compartir el método en cuestión por si pudiera serle útil a alguien.

Lo he probado con alguna persona, superada la primera oleada de vergüenza que produce decirle a alguien “oye, te veo un tanto desconcertado con tu vida ahora mismo y te voy a pasar un método bastante ridículo y sencillo que te ayudará a saber cuál es tu propósito”. Por lo que he visto los resultados no son siempre claros, ni llevan a ese famoso propósito, pero siempre surgen cosas inesperadas y sorprendentes. Igual alguno de vosotros lo prueba y se queda en las mismas, pero creo que merece la pena, aunque solo sea por curiosidad; es un tema que he comentado con algún que otro lector y que me han solicitado que incluya en el blog. Claro está que exige una sinceridad con uno mismo bastante extrema, y eso es siempre un tanto incómodo.

Método para encontrar el propósito de tu vida en (aproximadamente) veinte minutos:

1.      Coge lápiz y papel o abre un documento de Word (es mejor la opción que te permita escribir más rápido).

2.      Escribe: ¿Cuál es mi verdadero propósito?

3.      Debajo, escribe la primera respuesta que se te venga a la cabeza. No te preocupes por errores gramaticales, faltas, etc. Ni siquiera tiene que tener sentido

4.      Repite el paso 3 hasta que escribas la respuesta que te haga llorar. Esta es la buena.

No hace falta que me digáis lo que estáis pensando. ¿Llorar por una respuesta? Pues menuda gilipollez. Eso pensé yo. Y luego lloré como una imbécil. Y ni siquiera fue haciendo el ejercicio. Fue simplemente leyendo en los comentarios las respuestas que había dado la gente a Pavlina cuando propuso el ejercicio. Hubo una que era la mía. Era tan jodidamente obvio que fue una especie de liberación. Y sí, lloré como una imbécil. Y aunque las cosas cambian y no perduran, mi propósito sigue siendo el mismo: Disfrutar del camino. Sencillo, fácil, evidente. Pero lo que es evidente y simple para uno puede ser determinante para otro, y lo mismo ocurre con todos los propósitos.


¿En cuánto tiempo?

Lo de los 20 minutos no es tan claro como dice el título del post. Algunas personas lo tendrán delante de sus narices en 5 minutos, otras tardarán una hora. La cuestión es perseverar. Si das con una respuesta que no te hace llorar pero que te provoca alguna reacción emocional, fíjate en ella, se acerca a lo que estás buscando. El problema principal radica en que muchos estamos condicionados por lo que los demás esperan de nosotros, por lo que resulta complicado llegar al núcleo auténtico de lo que deseamos en realidad. Si toda la vida te han dicho que tienes que ser médico, y has dedicado la mayor parte de tu existencia a estudiar y practicar medicina, resultará difícil aceptar que tu gran propósito, aquello a lo que quieres dedicar cada segundo de tu tiempo, es estudiar leones en su hábitat natural. Tus primeras respuestas siempre estarán relacionadas con la medicina, y tardarás bastante en moverte de ahí.

También sobra decir que esto puede ser un ejercicio de sugestión, que la fábula que estoy creando alrededor del método sea lo que nos induce a llorar al tocar cualquier fibra sensible en lo que estemos escribiendo. Posiblemente. Pero yo no lo descartaría. Creo que puede ser muy interesante, por lo menos para empezar a saber un poco más acerca de nosotros mismos. Si alguien lo prueba, agradecería que compartiera su experiencia en los comentarios (no tiene por qué compartir el propósito si no lo desea, es más por saber qué ha dado de sí el ejercicio).

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Imágenes por cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

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No puedo vs. no quiero

Septiembre 4, 2012 — by Gabriella0

Una de las cosas más importantes que he aprendido realmente en este último par de años es que existe una diferencia muy grande entre el “no puedo” y el “no quiero”. A primera vista la diferencia está muy clara, pero solo hace poco tiempo que he aprendido a realmente asumir la distancia tan grande que hay entre una cosa y otra.

“No puedo” solía ser mi excusa favorita. No puedo perder peso, mi metabolismo es lento y mierdoso (que lo es, pero ya veis que eso no ha sido impedimento suficiente). Con frecuencia tendía a asociar los obstáculos grandes con la imposibilidad. Esto implica demasiado esfuerzo, ergo no es posible. Mi metabolismo es lento y mierdoso, ergo no puedo perder peso.

Como dicen los ingleses, caca de vaca. Tengo más difícil que otras personas perder peso, sí. Con las calorías que ingiero un alto porcentaje de la población habría perdido el doble de peso que yo. Hasta me han hecho pruebas por si tenía problemas de tiroides (¡pero no!). Mi metabolismo está tan hartico de tanta dieta milagrosa y cambios repentinos de alimentación que ya no se fía, y cada caloría que entra la hace durar, la guarda con recelo por si vienen nuevos tiempos de carestía. Cada atracón es grasa que hay que acumular para cuando llegue la dieta estricta de nuevo. Mi cuerpo no piensa en estar esbelto, piensa en no morirse de hambre, y guarda todo lo que puede. No digo que esta sea una explicación científica fiable al 100%, pero es una teoría que utilizan algunos dietistas para explicar las dificultades que tienen algunos para adelgazar cuando llevan muchos años cambiando de peso y de alimentación de manera continua. No sé si será cierta pero me parece muy divertida.

En cualquier caso, no es que no pudiera perder peso. Es que no me daba la gana. No quería sacrificarme, cambiar mis hábitos, tener que pararme a pensar en otras maneras de aliviar el estrés y la ansiedad que no fuera comiendo a mansalva. Porque esa es otra, si aparte de modificar nuestros hábitos de alimentación tenemos que pararnos a pensar en toda la carga emocional que hay detrás de lo que comemos, mejor apaga y vámonos, que tenemos para escribir varios libros.

Con el alcohol, más de lo mismo. No puedo dejar de beber. Claro que puedes, lo que pasa es que no quieres. En el fondo lo disfrutas demasiado, te niegas a dejarlo ir. Darme cuenta de eso fue bastante duro, os lo aseguro. Es más fácil pensar que tienes un problema, una condición, a que eres una inútil sin fuerza de voluntad.

Aplíquese a cualquier faceta de tu vida. No puedo decirle esto a esa persona, aunque es necesario (claro que puedes, lo que pasa es que estás acojonada y eres una cobarde). No puedo decirle que no a este proyecto aunque lo odie y me esté asfixiando (claro que puedes, lo que pasa es que consideras que necesitas el dinero y no quieres). No puedo dejar Facebook y Twitter de lado para aprovechar mi día (esta es complicada, lo sé, pero es posible si tiras de programas que bloquean determinadas webs en los horarios que les marques, como hace Chrome Nanny). No puedo deshacerme de todas estas cosas que no me hacen falta porque… ¿y si me hacen falta? Con frecuencia la distancia entre la potencia y la acción es tan inmensa que parece inabarcable. Pero ya hay bastantes límites, bastantes cortapisas a nuestro alrededor para todo para que encima pongamos también los nuestros. A veces es como si quisiéramos que el poco control que tenemos sobre nuestra vida fuera entregado a fuerzas etéreas y poderosas, para que sean ellas las que se responsabilicen de nuestras acciones. No puedo ir al cine hoy porque Pinkie Pie me lo impide. ¿A que suena ridículo? Hmm.

Hay que ser realista, claro. No puedo tirarme de un decimoctavo piso y sobrevivir. Eso ya no es cuestión de querer, es que hay leyes físicas y tal. Pero conforme le vas cogiendo el truco es sorprendente la cantidad de veces en que te das cuenta que puedes sustituir ese “no puedo” por “no quiero”. Y oye, decir de vez en cuando “no es que no pueda, es que no me apetece nada” tampoco tiene nada de malo, siempre que no sea algo habitual (y no hablemos ya del “no es que no pueda, es que no me interesa”, que obtiene puntos dobles por sinceridad y por clutterfuck emocional; ni del “no debo”, que ya es otro tema completamente distinto). Por lo menos estás reconociendo que la limitación es tuya. Y si los obstáculos grandes pueden cambiarse por otros pequeños, es recomendable hacerlo. Ante todo, conciencia y responsabilidad. Menos excusas. Hazlo ahora. Hazlo ya. Porque puedes.

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Imagen por cortesía de wakefielddavid en Flickr mediante licencia Creative Commons.

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Guía para tirar regalos

Agosto 16, 2012 — by Gabriella0

Uno de mis mayores problemas con el clutterfuck, como ya he mencionado, es deshacerme de regalos. No puedo evitar sentirme culpable al considerar que hubo una persona que sentía el suficiente afecto por mí como para molestarse en gastar dinero y tiempo en un presente que pensó que me podría gustar.

El principal problema con los regalos recibidos es que más del 50% de cosas que recibo no son cosas que me gusten especialmente, ni que me hagan mucha falta. Reconozco tener un gusto bastante especial, y hay algunas cosas que suelo dejar claro si me preguntan:

  • Si no sabes qué comprarme no me compres nada. De verdad que no pasa nada. En serio. Para mí es más importante compartir mi tiempo contigo en este día señalado (Navidad, cumpleaños, etc.).
  • Si vas a comprar algo sí o sí, que no sea bisutería ni libros. Lo primero, porque ya hago yo la mía y es la única que me suelo poner (por aquello de que he hecho alguna venta al llevar puestas mis propias creaciones y que la gente se interese por ellas). Con la excepción de anillos. No hago anillos y me encantan (y cuanto más grandes mejor). Gracias a porrones a los que me habéis regalado anillos, me encantan. En cuanto a los libros, es que ya tengo miles, y además tengo un gusto particular. Es muy fácil equivocarse (aunque por suerte los que se arriesgan suelen acertar; será que me conocen lo suficiente) o que usan mi lista de los deseos de Book Depository.
  • Tengo dos grandes vicios: Zapatos y ropa (una 39,5 y una 40-42, graciasss). Es casi imposible meter la pata aquí, en serio. 

Con estas directrices es fácil que los demás acierten (¡ojalá a mí también me lo dejaran así de claro!), pero eso no quita que incluso las cosas que en su momento fueran útiles y amadas hayan llegado a un punto de no retorno. ¿Con qué cara le digo yo a la persona que me ha regalado que voy a deshacerme de su precioso objeto, cuando en su momento fue algo tan valioso?

Creo que en este sentido ayudan las palabras de Dinah Sanders, que en su blog Discardia habla de cómo llevar a cabo de manera más fácil y eficiente esto del clutterfuck (aunque ella no lo llama así; habla de minimalismo y de cosas guais de esas):

How can you part with unwanted gifts without considering it an insult to the giver? 

Give everyone permission not to be able to read your mind and give yourself permission to change. The intent of gift giving is to make someone feel good (and/or to repay a social obligation). Recognize the act and the intent. Perhaps keep the gift around for a courteous amount of time, but on no account lie excessively about how much you like things you don’t – you don’t want to set yourself up for a matching bad gift the next time. Once the necessary niceties have been observed enough to communicate your gratitude for the intent, you should part with unwanted gifts without guilt. Disposing of them may require more discretion than with other things – the yard sale which the giver is likely to attend is a bad method, but the bottom of your Goodwill bag covered by that shirt that doesn’t fit anymore is just dandy. Quietly get rid of it and if the giver asks about it later, say something about your appreciation of the occasion and their thoughtfulness, but that it just didn’t fit with your other things. 

Note: there are some gifts into which a great deal of hard work was put. For these, it is probably best to come clean and let the giver have the opportunity to take back their artistic efforts rather than sneakily disposing of it. Bite the bullet and say “I really appreciate your making me something so special. I am impressed by your thoughtfulness. Unfortunately, this painting just doesn’t fit with the rest of my decor/I don’t wear the color of this hand-knit sweater/I’m allergic to taxidermied animals…” Whatever. It might be a rough conversation, but it’s better than the “You gave away my masterpiece to Goodwill?!!!” one.”

Traducción (mía, hecha volando y no del todo exacta, pero ya os hacéis una idea): 

¿Cómo puedes deshacerte de regalos no deseados sin que sea un insulto para quien te ha hecho el regalo? 

Dale a todo el mundo permiso para NO leerte la mente, y date permiso a ti mismo/a para cambiar. La intención al dar un regalo es hacer que el receptor se sienta bien (o devolver un favor o cumplir con una obligación social, claro). Puedes conservar el regalo durante cierto periodo de tiempo de cortesía, pero no mientas en exceso acerca de cuánto te encantan las cosas que no quieres, puedes acabar recibiendo muchos más regalos de este tipo. Comunica tu gratitud por el intento, pero deshazte del regalo sin ninguna culpa. Ten discreción (no es buena idea, por ejemplo, venderlo en un rastro por donde pueda pasar el que te hizo el regalo), deshazte del regalo sin grandes aspavientos y si luego te preguntan por él simplemente asegúrate de que el donante entienda que aprecias su consideración pero que ya no tenías posibilidad de quedártelo.  

Nota: Hay regalos que implican creatividad y esfuerzo, y en este sentido sería mejor ser sincero/a con el donante y darle la oportunidad de recuperar su regalo en vez de deshacerte de él a escondidas. Hay que desarrollar buenas excusas: “Estoy impresionada por tu esfuerzo y por haber pensado en mí pero… este cuadro no va bien con mi decoración / este jersey no es de mi color / soy alérgica a los animales disecados”. Puede que le siente mal, pero siempre será mejor que “¡cómo que has donado/tirado a la basura mi obra de arte!”. 

Al final me quedo con la idea de que la persona que te ha hecho un regalo, asumiendo que no era por compromiso o algo similar, lo ha hecho con la intención de mejorar tu vida, de que seas un poquito más feliz. Por tanto, tiene todo el sentido del mundo que acabe aceptando que un regalo que ya no te aporta nada, que lo único que hace es ocupar espacio, pueda terminar en manos de otra persona que pueda darle un uso mucho mejor. Y si no, mala suerte. Yo por si acaso no voy a incluir regalos en mi galería pública de clutterfuck, por si las moscas.

P. D.: Hablando de regalos, hoy ha llegado uno atrasado de mis cumpleaños: Los cuatro tomos que me faltaban para completar mi colección de Sandman. Sobra decir que estoy bastante emocionada, y que probablemente me los zampe todos de una vez de puro deleite.

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Leyendo: Las correcciones, de Jonathan Franzen. Lo estoy disfrutando muchísimo, si bien su magnífica prosa hace que me sienta muy muy pequeñita.
Escuchando: Cosas agradables y tranquilas de fondo para trabajar: Chopin y Schubert sobre todo.

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Imagen de regalos de http://www.flickr.com/photos/runytry/ vía Flickr.

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Cómo reiniciar tu aburrida existencia en 7 sencillos pasos: el diagrama de tu vida.

Agosto 3, 2012 — by Gabriella2

DISCLAIMER: He dudado mucho sobre si publicar o no este post. Quería compartir un ejercicio analítico que a mí me ha sido de mucho ayuda y me ha venido bien, seriamente, para espabilar, analizar mi vida y desarrollar planes de acción que están resultando, por ahora, bastante eficientes. No pretendo guiar a nadie ni dar lecciones de nada. Solo quiero compartir algo que considero que puede ser de utilidad. Si hay alguna persona por ahí que está igual de desamparada y perdida como yo lo estuve en su momento, tal vez esto pueda servir de motivación.

AVISO: Para que este método funcione se exige una honestidad absoluta con uno mismo. Si esto significa que entre paso y paso tienes que tomarte un buen rato para reflexionar sobre lo que realmente buscas y quieres, tómatelo. Por otro lado, es posible que no le funcione a todo el mundo, pero creo que puede ser un buen ejercicio de base para averiguar más sobre uno mismo.

Si bien me he inspirado en numerosos blogs, manuales y chorradas varias para elaborar esta enumeración (en cuanto a la actitud y forma de ver las cosas y analizarlas), la estructura y proceso del diagrama sale de mi cabecita desordenada. Lo cual no quiere decir que no se les haya podido ocurrir a otros también, claro, al fin y al cabo es muy sencillo. En mi experiencia personal, dediqué bastante tiempo a concentrarme solo en algunos sectores de este diagrama, sin orden, e hice las cosas un poco a lo loco, lo cual no está mal pero acaba siendo poco eficiente. Yo diría que lo que mejor funciona es concentrarse en las áreas más problemáticas e ir microtarea por microtarea, reelaborando el diagrama cada cierto tiempo, ya que nuestra forma de ver las cosas va cambiando. A mí este esquema me ha venido de perlas y es al que acudo siempre que me encuentro un tanto perdida.

1. Dibuja varios círculos con los “sectores” más importantes de tu vida. Podrías poner, por ejemplo, “vida social”, “vida laboral” y “salud”.

2. Haz salir de cada círculo una flecha que apunte a otro círculo más pequeño con subsectores. Por ejemplo, en vida social podrían estar amigos, familia y amantes. En vida laboral, trabajo y dinero. En salud, dieta y ejercicio. Por supuesto cada caso es único y los subsectores pueden variar según lo que sea más importante para ti (a lo mejor en salud tendrías un subsector especial si padeces alguna enfermedad crónica, por ejemplo). Intenta generalizar lo más posible, ya llegaremos a lo específico.

3. De nuevo, haz salir de cada subsector una flecha que apunte a un sub-subsector. Por ejemplo, dentro del subsector “dinero” podrías poner “deudas”, “ingresos” y “gastos”. Aquí os dejo un ejemplo de qué pinta tendría el gráfico (por supuesto los datos los elegís vosotros, esta es solo una idea):

4. Repite de nuevo el proceso, si es necesario, creando más subconjuntos en otro nivel vertical. Si crees que con el paso 3 lo tienes todo cubierto, párate ahí.

5. Ahora viene lo más entretenido. A cada sub-subsector le tienes que poner nota, del 0 al 10, siendo 0 un descontento absoluto con tu vida actual en ese sector y 10 una satisfacción absoluta. Nadie va a leer este diagrama así que puedes ser completamente sincero, hasta contigo mismo.

Si tienes un 10 en algún apartado, enhorabuena, hay una sección de tu vida que te llena como persona. Esta sección es tu fuerza principal, es posible que ya acudas a ella en momentos difíciles o desconcertantes (y si no lo haces, pruébalo. Ayuda).

¿Y si tiene un 8 o un 9? Pues lo mismo, hay un apartado de tu existencia que te llena de orgullo. Podrías hacer algo por mejorarlo, pero casi mejor concentrarse primero en lo malo.

A efectos prácticos, en cuanto al resto de cosas, da un poco igual que hayas puesto un 0 o un 7. Tanto el 0 como el 7 implican que hay algo que no está a tu gusto, al que no estás dándoselo todo, y que por tanto necesita mejorarse, renovarse o directamente ir a la basura.

Bueno, ya tenemos el esqueleto del método, ¿cómo llegamos a la solución?

La solución se halla en la fragmentación, en hacer cada cosa más y más pequeña hasta llegar a una tarea u objetivo con el que podamos lidiar. A veces las soluciones son grandes y evidentes (por ejemplo, en una relación de pareja donde la nota sea un 2, está claro que hace falta o bien una ruptura o bien un replanteamiento completo de la relación), otras veces necesitan de mucha microgestión para llegar a alguna parte. Por cierto que las soluciones grandes y evidentes suelen ser las que nos negamos a ver.

Os pongo otro ejemplo con el gráfico que os mostré antes. Dentro del sector “Salud”, uno de los subsectores era “general” y dentro de éste estaba “Vicios”. Imaginaos que a a “Vicios” le habéis dado un 4: es evidente que se trata de un aspecto de vuestra vida que queréis mejorar. Al desarrollar el subsector se añadió (en este gráfico de muestra que para nada se basa en mi propia vida, ejem) otro más, el del abuso de alcohol. A continuación se detallan ideas para alcanzar la meta relacionada con ese subsector, que será no beber tanto, o incluso dejar de beber. Fijaos que incluso estas ideas se podrían fragmentar (dentro de “evitar a personas y lugares” se podrían indicar personas y lugares concretos). También se asignarían periodos de tiempo durante los cuales se intentará habilitar la costumbre o hábito necesario para alcanzar la meta:

Se trata, al fin y al cabo, de desmenuzar los sectores hasta dividirlos en pasos pequeños, cada vez más concretos, que podamos llevar a cabo poco a poco. Esto no es nada fácil e implica mucho autoanálisis y reflexión. Así que ahora viene lo más complicado:

6. Analiza cada miniapartado y piensa cuáles son tus objetivos. Es importantísimo que los objetivos sean reales, que vengan de tus aspiraciones reales, no de imposiciones sociales o externas sobre cómo deberías comportarte o cómo deberías ser. Para esto ayuda mucho tener muy claro cuál es tu propósito en la vida, pero claro, esa es otra historia. Si no lo sabes, tal vez el diagrama te acabe ayudando: aquellos sectores a los que apliques verdadera pasión en intentar mejorarlos (pasión sincera, no vale querer ser millonario simplemente porque se supone que ser millonario mola) estarán íntimamente relacionados con lo que eres y a lo que aspiras.

7. Desarrolla un plan de acción para cada objetivo. Por ejemplo, imagínate que dentro del apartado “familia” tu objetivo es pasar más tiempo con los tuyos. Deberás averiguar cómo puedes quitarle tiempo a otras cosas, a lo mejor menos importantes, para poder pasar más tiempo con ellos; o a lo mejor te puedes marcar la meta de hacer una salida familiar una vez a la semana; o tal vez pretendas ser más cariñoso, para lo que te pondrás como objetivo tener algún gesto de afecto con algún familiar en concreto cada par de días. Como veis, se trata de planes de acción muy sencillos, pequeños y realistas. Esto último es fundamental, no sirve de nada marcarse como objetivo “estar más con mi familia”, porque al cabo de unos días el mundo real se habrá apoderado de ti y habrás olvidado tu propósito. Crea la meta y desarrolla un hábito. Dale 30 días, o 7, o 45. Mira a ver qué te hace sentir y piensa si merece la pena. Esto último también es muy importante porque si nos obligamos a hacer algo todos los días enseguida nos damos cuenta de si la meta nos importa lo suficiente o si es más bien alguna obligación sin sentido que nos hemos impuesto por factores externos o por algún tipo de inseguridad personal. Si no encuentras un plan de acción para un sector, sigue fragmentándolo, dividiendo en partes más manejables. Una relación de pareja jodida no se arregla con una decisión, ni con la promesa de querer más o portarse mejor, del mismo modo que dejar de fumar va un poco más allá de “venga, este es el último”.

Se llevará a cabo un miniplan de acción a la vez. Concéntrate en el sector que crees que necesita de más atención y elige tu meta. Una vez conseguida, pasa a otra (si hay alguna que no consigas de ninguna manera, piensa si has elaborado bien el plan de acción, o si has definido la meta de forma realista). Si algo sale mal, vuelve a analizar el tema y enfócalo de otra manera: vuelve a empezar. Hay que cagarla mucho para aprender y que las cosas salgan realmente bien. La paciencia en este ejercicio es fundamental.

Ten en cuenta que este diagrama cambiará a lo largo del tiempo, conforme tus prioridades cambien (y es muy posible que tengas que rehacerlo de vez en cuando, y cada vez que lo rehagas te darás cuenta de que la vez anterior no fuiste del todo sincero o realista. Darse cuenta de lo que uno quiere y necesita vs. lo que se supone que tiene que querer o necesitar es jodidamente complicado).

Este diagrama está pensado con un objetivo en mente: la felicidad, que suele acompañar a la autorrealización. Y la felicidad no estriba en conseguir todo lo que te propones. Habrá metas que no consigas. Por ejemplo, si tienes una enfermedad mortal e incurable, está claro que por muchas metas que te propongas lo más seguro es que vayas a morir igual. Pero aquí lo que falla es el enfoque. Tu meta no es no morirse, eso queda descartado. Tu meta es aprovechar al máximo el tiempo que te queda y ser lo más feliz que puedas hasta que mueras. Que es, básicamente, la misma que tenemos todos.

Queda claro que a todo esto le acompaña una voluntad de cambio. No sirve de mucho decir “estoy muy gorda” y negarse en absoluto a cambiar los hábitos diarios de comilonas hobbit y vida sedentaria. No hay soluciones milagrosas. Pero sí que hay pequeñas modificaciones que poco a poco y con mucha paciencia pueden tener resultados milagrosos. Y ante todo, mucha flexibilidad y la mente abierta. Que planear las cosas ayuda mucho pero la vida se encarga de lanzarnos sorpresas que hacen que tengamos que deshacer los planes y rehacerlos una y otra vez. En cualquier caso, yo diría que el diagrama es muy útil para lo que dice el título, para espabilar, para dejar de una vez el “lo pensaré mañana”, analizar realmente qué es lo que falla, qué es lo que nos hace infelices, y poner los medios para arreglarlo.

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Imagen via fdecomite por licencia Creative Commons.

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Un mal día

Julio 13, 2012 — by Gabriella0

NOTA: Esta entrada es libre de imágenes gracias a una conexión terribilis con Telefónica. Disculpen las molestias de tanto texto junto.

Hoy ha sido un día de esos que a veces me gusta definir como “de mierda”.

A mí el calor me afecta, mucho. Me drena por completo. Será por mi genética, por mis orígenes, por mi tipo de piel (de esas pieles que pasan directamente del blanco nuclear al rojo langosta). Nunca he sido la persona más energética del mundo, pero en los últimos meses he tenido serios problemas de astenia. Mi médico, tan eficiente él, dice que es que soy rara, y tras realizarme una analítica con resultados perfectos (parece ser que estoy sanísima) me manda de vuelta a casa con una metafórica palmadita en la espalda. Yo pensaría que hay cosas que una analítica sencilla podría no detectar, pero quién soy yo para discutir. En cualquier caso no parece que tenga ninguna carencia nutricional, que era mi principal preocupación por el hecho de haber cambiado mi alimentación (si bien esta es ahora mucho más sana y completa que antes).

Conseguí solucionar el problema, por lo menos de forma temporal, metiéndome unos zumos naturales de aúpa por las mañanas, inspirándome en la moda crudivegana, que suele tener resultados muy energéticos (he reducido bastante la ingesta de carne, lácteos y de comida cocinada en general) y dejando la cafeína, que crea un círculo vicioso de subida-bajada de energía que prefiero evitar. Funciona, pero creo que el calor puede más que la fructosa y las espinacas y este último par de días me han visto arrastrándome por las esquinas en plan cortesana de la Bella Durmiente. Y con cortesana quiero decir miembro de la corte, no prostituta de altos vuelos. Si fuera prostituta de altos vuelos tampoco tendría energía para satisfacer a mis clientes, así que estaríamos en las mismas.

No tener energía para hacer todo lo que quiero hacer siempre me desanima mucho, sobre todo si son varios días seguidos. Se convierten en patrones de abulia de los que luego me cuesta desperezarme, y que me dan la sensación de que no avanzo. Pero por la mañana he ido a darme una vuelta (bajo un sol de justicia) para estirar las piernas durante una media hora, y por la tarde-noche he hecho la tabla de ejercicios de rigor. Y he trabajado, aunque no ha sido productivo en absoluto (mala conexión a internet que hacía que todo fuera a paso de tortuga; cosas de Miss Cristal que he tenido que deshacer porque no me convencían; un artículo para Lecturalia que he abandonado a medias cuando me he dado cuenta de que se trataba de un tema ya obsoleto y del que, de todas formas, sé poco o nada; una pelea ignorante con diferentes formatos de ebook; un entorno mediático de lo más deprimente donde, una vez más, la realidad tristísima del país en el que vivimos vuelve a hacerse patente… en resumen, mucho tiempo agotador que no me ha conducido a nada. Por si fuera poco me ha invadido una actitud negativa e infantil que he conseguido pagar con las personas que tengo a mi alrededor, algo que me irrita sobremanera). Por lo menos el paseo de la mañana sirvió para reorganizar mis ideas y poder escribir luego un nuevo artículo con alguna coherencia.

Hace un par de años esto sería impensable. Me habría pasado el día en la cama durmiendo o frente al ordenador con algún juego. Sabía que me era físicamente imposible hacer nada (ahora mismo, el simple hecho de teclear me resulta cansado), lo aceptaba y esperaba a que vinieran tiempos mejores. Ahora soy incapaz, debo seguir adelante aunque la gravedad amenace con aplastar a un cuerpo que se me antoja 5 veces más pesado de lo habitual. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué hoy he trabajado, he hecho ejercicio, he respetado una alimentación sana en vez de darme un atracón o meterme una botella de vino autocompasiva en el cuerpo?

La respuesta está en la rutina, en el hábito. Mi cuerpo está ya tan acostumbrado a hacer ejercicio que le resulta más desasosegante la noción de no moverse, de no hacer nada, que el tener que hacer un esfuerzo superior al normal para moverse. Mi cabeza tiene ya tan asumida la idea de que tiene que avanzar, de que tiene que progresar en sus proyectos, que me resulta impensable pasarme el día metida en la cama (o en una oficina delante de una pantalla sin hacer nada de provecho). Por experiencia considero que ceder al agotamiento que proviene de la ansiedad y de la depresión solo sirve para producir más ansiedad y depresión. Por ello es fundamental mantenerse en movimiento, y no frustrarse con los pequeños fracasos, tal vez uno de los objetivos más difíciles de conseguir de entre los que me he marcado. Por no hablar de resistirse a la deliciosa botella de vino que se presentaba, tentadora, en la cocina de mi casa (¡prueba superada!). El vino, como hasta ahora: por copas escasas, con comida y fuera de mi domicilio. No hay nada como el alcohol para terminar de chuparte la energía, la alegría y las ganas de esforzarte.

En resumen: hay que aprovechar los días buenos (y los normales, y los tolerables, y los malos-pero-no-demasiado-malos) para crear hábitos que puedan llevarse a cabo durante los malos. Con esto no quiero decir que tengan que ser del todo repetitivos y llenos de reglas imperturbables. Personalmente me gusta dividir mis días en días de trabajo y días de asueto, que suelen tener una proporción 75% trabajo vs. 25% asueto. En los días de ocio soy más flexible con las reglas, sin pasarme. Durante los días de trabajo procuro adherirme a esa rutina que me permite sobrevivir a los días, como éste, de mierda. Y sí, hay días que tiro la toalla y me tumbo en la cama y no salgo de ahí excepto para comer y navegar por internet sin rumbo fijo. Pero nunca permito que sean más de uno a la vez, y cada vez son menos. Ya no hay espacio para días así.

El hábito se convierte de esta forma en un aliado en vez de en un peligroso enemigo. Sirve para todo: para comer, para trabajar, incluso para amar. Y el truco es elegir hábitos posibles, pequeños, que puedan llevarse a cabo de manera cómoda. No hace falta tirarse de cabeza a la piscina de la existencia perfecta, es suficiente con realizar pequeñas modificaciones a la rutina y al entorno.

Era de eso de lo que quería yo hablar, de los hábitos y de cómo implementarlos. Pero al final me he ido por las ramas y he acabado, como siempre, haciéndole honor al nombre del blog. Estoy segura de que sabréis perdonarme. Al fin y al cabo, he tenido un mal día.

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Rompiendo esquemas mentales

Julio 9, 2012 — by Gabriella6

Hay situaciones desagradables que, si se prolongan lo suficiente, pueden llegar a parecernos normales. De este modo, creo que perpetuamos ciertas nociones en nuestra forma de pensar, ya que no concebimos que el statu quo pueda variar, que las cosas puedan ser de otro modo.

En mi caso estas nociones, como le ocurre a todo el mundo, son muchas, pero he tenido la suerte de poder identificar algunas. Dos de las más importantes eran las que se referían a mi estado de ánimo (hasta que comencé a tomar antidepresivos pensaba que estar deprimido era un estado normal, corriente) y mi aspecto físico, en el sentido de que comenzaba a resignarme a no poder perder peso nunca ni, lo que es más importante, sentirme medianamente saludable y a gusto con mi cuerpo.

En el primer caso recuerdo que a las dos semanas de tratarme mi vida dio un vuelco asombroso. Muchas personas prefieren prescindir de los antidepresivos porque les proporcionan una felicidad que consideran artificial. En mi caso particular, no fue así. Simplemente, empecé a sentirme normal. Sin ganas de llorar a todas horas. Sin ataques de ansiedad que me dejaban sin respiración por la chorrada más estúpida. Sin odio hacia absolutamente todo lo que me rodeaba, sin ganas de estrangular a conocidos, amigos y familiares. Y lo más importante, sin un absoluto desprecio hacia mí misma y mi propia existencia. No era felicidad, era ausencia de un sufrimiento que había ido creciendo cada vez más, probablemente ya desde la adolescencia. Empecé a ver con otros ojos a los demás. Ellos convivían con esta normalidad, con esta ausencia de dolor intenso, y ahora yo era como ellos. Esto era lo normal, no lo anterior. Haberlo padecido tanto tiempo me había hecho creer que era lo habitual, lo que le pasaba a todo el mundo.

Con el tiempo dejé los antidepresivos. Tenían efectos secundarios que no me gustaban y mi perspectiva ante todo había cambiado de forma radical, tanto que me sentía con fuerza suficiente como para abandonarlos poco a poco. De vez en cuando todavía aparecen días de esos feos, pero ya no son tan terribles por la sencilla razón de que sé que existe una alternativa. Sé que existe la ausencia de dolor, y eso proporciona una esperanza fundamental. Además, aunque las pastillas no me proporcionaban una falsa felicidad, sí que embotaban en cierto modo mis sensaciones. De hecho, la verdadera felicidad llegó después de dejarlas, al igual que un cúmulo de sentimientos, tanto buenos como malos, que había tenido subyugados. Y el sexo, ah, el sexo. Pocas cosas hay tan satisfactorias como follar cuando has dejado de tomar antidepresivos.

Algo parecido me ocurrió con la pérdida de peso. Creo que me había hecho ya una imagen de mí misma, bastante miserable, fea y enfermiza. Y no era porque tuviera sobrepeso, sino porque yo misma me consideraba así, en una eterna lucha entre la resignación y la negación. Culpaba al mundo por no aceptarme así, miserable, fea y enfermiza (y en cierto modo lo sigo haciendo), cuando la única culpa era mía por darme atracones de comida cada vez que algo me ponía nerviosa en vez de intentar atacar esos nervios de raíz, por beber en vez de enfrentarme a mis problemas, por dormir poco y mal para poder dedicar más tiempo a pasatiempos vacíos que no me aportaban nada, por no hacer ejercicio porque era más cómodo quedarme sentada. Desde hace poco de repente han empezado a tirarme los tejos más a menudo, me miran de otro modo por la calle. Me irrita, porque me hace pensar que antes no era así, simplemente porque no encajaba en un estúpido canon estético de delgadez. Pero cabe la posibilidad de que la responsable no sea la pérdida de kilos (que tampoco es que esté hecha una sílfide, solo con menos sobrepeso y en mejor forma), sino mi propia actitud para con mi cuerpo. Por primera vez en… no sé, tal vez nunca, hemos empezado a llevarnos bien. He empezado a cuidarlo. Le dejo dormir bastante. Le doy cosas buenas de comer. Apenas le doy alcohol (y cuando se lo doy le hago caso en cuanto empieza a quejarse). Lo muevo. Hasta he dejado de darle cafeína, y me recompensa de un modo sorprendente. Me responde con un estado de alerta mental y físico que no había tenido nunca. He dejado de usar cremas, potingues y base de maquillaje porque la piel reluce, brilla. Todos estos años echando montones de productos de belleza sobre una piel de mierda y resulta que en cuanto he empezado a comer mejor se han ido hasta las ojeras.

Por lo general nos agarramos a nuestros hábitos con una ferocidad sorprendente. Nos resistimos a los cambios que se nos antojan difíciles, que nos dan miedo, ponemos barreras para esos mismos cambios. Hay muchas nociones más que me intrigan, que quiero cuestionar, y creo que he pasado casi toda mi vida deteniéndome por el terror, por unas limitaciones que yo misma me imponía. Me quedan muchas por delante, pero creo que estoy dando pasos en la dirección adecuada. Es como si le dijera a mi entorno, a mi existencia: ¿qué otras cosas me has estado ocultando? Si he conseguido todo esto cambiando unos cuantos hábitos, ¿qué más cosas puedo conseguir? Son preguntas intrigantes y motivadoras.

Estos han sido, hasta ahora, los bloqueos mentales más importantes que he llegado a cuestionarme y (¡espero!) he empezado a desbloquear:

Es normal estar deprimido, todo el mundo lo está y nadie se queja. No es razón para quejarse y no hay nada que se pueda hacer al respecto: Está claro que no es cierto, tal como pude descubrir al tragarme mi orgullo acumulado de años y pedir ayuda médica.

La única forma de perder peso y ponerse en forma es ejercer una férrea disciplina y fuerza de voluntad (hay que ver cómo me río ahora con esta, y la de quebraderos de cabeza que me ha dado), comer poquísimo y matarse en un gimnasio todos los días: Son las acciones pequeñas, los minúsculos cambios de hábito y, ante todo, una gran paciencia los que hacen la diferencia. La disciplina flaquea; la costumbre y el hábito no.

La fuerza de voluntad es innata; algunas personas la tienen y otras no (otra de esas nociones muy extendidas. Lo más alucinante que he descubierto acerca de la fuerza de voluntad es que es un músculo más: si lo ejercitas se hace cada vez más poderoso).

El amor romántico: todos tenemos una media naranja perfecta de la que caeremos rendida y apasionadamente enamorados y que nos tendrá felices y enchochados hasta que muramos (ah, esta es buena, y daría para otro post sumamente largo en el que entraría en el conflictivo terreno del poliamor y similares). También he descubierto algo que me ha resultado muy sorprendente: que puedes seguir queriendo a alguien incluso después de terminarse una relación; que el amor no se va solo porque la relación ya no sea posible, y que además este amor (y esto me parece alucinante porque va en contra de todo lo que me han enseñado, de todo lo que exhibe la media y el acervo cultural) puedes guardarlo en tu corazón y es totalmente compatible con otro amor, grandioso, nuevo, que te devore hasta las entrañas.

Los amigos/conocidos son amigos/conocidos y hay que soportarlos: En el último par de años se podría decir que he hecho una “purga” de entorno que ha producido cambios extraordinarios. No más quejicas. No más gente negativa. No más emocionalmente mutilados. Es egoísta, tal vez. Pero yo ya he intentado ayudar y apoyar a estas personas como he podido. Solo quiero gente extraordinaria a mi alrededor, personas a quienes respeto, admiro y de quienes puedo aprender. Esta actitud me ha resultado increíblemente productiva. Por supuesto, si eres mi amigo/a y llevas tiempo sin tener contacto conmigo, lo más seguro es que sea porque soy una despistada, y un tanto obsesiva con mi trabajo y aficiones, y a veces hay que sacarme a la calle de los pelos, no porque te haya eliminado de mi vida, ejem.

Ahora toca seguir peleando contra las mencionadas y contra otras por mencionar. Hay muchos tabúes en mi cabeza. Quiero ponerme más retos físicos, ver si soy capaz de hacer cosas que antes consideraba imposibles. Quiero romper algunas barreras de timidez y de miedo. Quiero conseguir que deje de importarme tanto la visión que otros puedan tener de mí. Quiero seguir avanzando con mis proyectos personales, llegar a terminar todo lo que he empezado (o dejarlo atrás sin remordimientos). Quiero comerme el mundo. ¿Y por qué no?

Releo todo esto y me produce pavor. Es demasiado íntimo y honesto, y puede parecer, sin duda, egocéntrico. Pero por otro lado creo que si hay una sola persona ahí fuera que lo lee y piensa que realmente todo puede cambiar, que realmente puede mejorar de una forma significativa su existencia, merece muchísimo la pena. Y la timidez y el miedo a lo que piensen los demás es otra de esas cosas que quiero aprender a dejar de lado, así que por algún lado habrá que ir empezando.

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Escuchando: Tengo a Patrick Wolf con William en la cabeza.
Leyendo: Ted Chiang, Stories of your Life.
Imagen: Propia.

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Euforia

Mayo 27, 2012 — by Gabriella3

Cuando trabajas en cosas que te gustan, o que te intrigan (o ambos), no es trabajo, es ocio, es diversión. Últimamente parece que trabajo en cosas muy interesantes, con ganas sólo de poder relajarme retomando otros trabajos. No todos dan dinero (muy pocos lo hacen). El dinero es, sin duda, una recompensa muy satisfactoria, un plus de lo más motivador. Pero esa fuerza bruta que te impulsa a levantarte por las mañanas, esa curiosidad malsana que bulle con furia en tu interior, que se sobrepone a todo tipo de impedimentos, que vence a la fatiga que asalta de vez en cuando, triplicando el peso de la gravedad (and that’s another story), esa fuerza es el motor que te hace agarrarte al tiempo como si fuera combustible, acción y enemigo en conjunto.

Los fines de semana no existen, y ni siquiera he probado el Diablo III. Lo dicho, distraction is boredom. Boredom is distraction. Apenas tengo vida social, porque la que tengo la determino y elijo y está repleta de personas que de alguna extraña manera consiguen romper la estúpida barrera de vacío que existe en mi corazón.

Podría vivir mil años y no sería suficiente.

El 2 de junio estaré en la Feria del Libro de Madrid. Luego, tal vez regrese a casa unas semanas para desintoxicarme de tanta tontería y escribir alguna entrada racional en el blog, donde podría hablaros, por ejemplo, de una sesión maravillosa de fotos que hicimos en La Línea de la Concepción para Miss Cristal (en cuanto regrese de Madrid tendré ocasión de editar las fotos y terminar de prepararlas para la página de Facebook y la tienda de Etsy). Que el tiempo no os devore mientras tanto.

(En la foto, la mesa de venta de Miss Cristal en una merienda-tienda de lo más elegante que tuvimos en La Línea, con té y pastas y una vista de primera del Peñón de Gibraltar. También me regalaron una Barbie inspirada en Klimt y un amigurumi del pequeño pony Confetti, juntarse con Cocó es lo que tiene).

Desafío 30 díasejercicioverbofagia

La dieta del hacker (1)

Febrero 4, 2012 — by Gabriella6

No sé muy bien por dónde empezar porque este tema va para largo, así que disculpadme desvaríos, desórdenes y tendencia a andarme por las ramas.

Allá por los 90 salió la primera edición de un libro llamado La dieta del hacker, escrito por John Walker, un programador de éxito (si os suena el nombre, es el señor que creó Autodesk, responsable de productos como el Autocad). Hubo varias ediciones más, pero nunca fue un superventas (de hecho, ahora Walker lo ofrece de gratis en su web), y creo que es por una muy sencilla razón: no ofrece formas milagrosas de perder peso, ni da trucos para estar en forma de manera fácil, simplemente analiza la pérdida de peso desde el punto de vista de un ingeniero informático. Por esto, el libro no es atractivo para las masas, ni para nadie que pretende adelgazar de manera rápida y sencilla.

Lo que sí ofrece es una serie de herramientas MUY útiles para medir la pérdida real de peso y un método muy eficiente, por lo menos a mi juicio, de crear hábitos de alimentación y ejercicio diarios que permiten mantenerse en forma de manera paulatina, sin gran esfuerzo pero exigiendo una completa perseverancia. Admitámoslo, no vende tanto como el “pierda 15 kgs en 15 semanas de la dieta Dunkan” (WTF?), pero es bastante más realista y eficiente. Lo interesante es que Walker no es nutricionista ni dietista, sino informático, y programa una pérdida de peso como programaría cualquier otra cosa, utilizando sus recursos de ingeniero para solucionar un problema de peso como solucionaría cualquier problema en un sistema informático. Precisamente por esto en su libro no se incluyen sugerencias de nutrición (Walker da por entendido que el lector buscará esto por otro lado), sino más bien programas de acción y cálculos matemáticos para realizar una medida del peso real.

La dieta Dukan parte de una premisa similar a la de la dieta Atkins y otras similares: medir hidratos de carbono en vez de calorías. Puedes ponerte hasta el culo de cosas bajas en hidratos como carne, pescado, huevos, pero tienes que evitar cosas como el arroz, el pan o la pasta. Yo hice la dieta Atkins durante unos años y os aseguro que funciona: al faltarle hidratos que quemar, el cuerpo entra en ketosis y quema grasa de una manera rápida y bruta. Eso sí, es una dieta muy estricta (en el momento en que te pasas con los hidratos el cuerpo sale de ketosis y el ciclo tarda en reiniciarse) y nunca ha quedado muy claro si es del todo beneficioso para la salud. Lo reconozco, a mí me gustaba por dos razones:

a) Quita el hambre. Yo comía en exceso por ansiedad, y Atkins elimina de manera sorprendente la necesidad de comer tanto, la sensación de apetito.
b) Te permite tomar alcohol. El alcohol es bajo en carbohidratos. Lo peligroso es que a mayor gradación de alcohol, menos carbohidratos. Aunque la dieta lo desaconseja, la realidad del asunto es que podrías combinar tu menú diario con bebidas con cero carbohidratos como, por ejemplo, un vodka con red-bull light.

A esto se sumaba que los alimentos prohibidos eran alimentos que, a excepción del pan y la pasta, a mí tampoco me volvían loca, como los dulces. Los primeros meses de Atkins perdí bastante peso. Después, hacía una versión de mantenimiento de la dieta y me mantenía en el mismo peso. Al cabo de un tiempo empecé a salirme de la dieta y cuanto más me salía, más me costaba volver a perder peso cuando volvía a ella. Por otro lado, las publicaciones de expertos acerca de la conveniencia (o no) de este tipo de dietas me daban mucho que pensar. Cierto es que Atkins tiene mala fama porque un gran porcentaje de los que la siguen no tienen en cuenta todas las indicaciones de la dieta (que son MUCHAS), pero a largo plazo una dieta que tiene al cuerpo en ketosis constante no puede ser muy buena. Todo esto se resume en que la forma clásica y más saludable, según la mayoría de los expertos, de enfocar la pérdida de peso (que es como la enfoca Walker) es la siguiente:

-El cuerpo ingiere X calorías
-El cuerpo quema X calorías
-Si se ingieren más calorías de las que se queman, uno gana grasa. Si se queman más calorías de las que ingiere, el cuerpo debe quemar grasa, por lo que se pierde grasa.

Podríamos traducir lo de ganar grasa y perder grasa por ganar y perder peso, pero esto puede complicarse debido a que el músculo pesa más que la grasa, por lo que a veces perdemos volumen, por ejemplo, pero no peso, si estamos haciendo ejercicio y desarrollando músculo. Pero por hacer las cosas más fáciles, digamos “perder peso” y “ganar peso”, que vosotros ya entendéis que por medio hay un montón de variables.

Por supuesto hay otras formas de enfocar la pérdida de peso. Hay miles de dietas de diferentes tipos de alimentos. Pero yo quiero una dieta que pueda hacer siempre, no que me haga perder 15 kg en 15 semanas si al terminar esas 15 semanas vuelvo a mi forma de comer anterior y recupero todo el peso perdido.

El método de Walker se basa en dos cosas fundamentales:

-Ejercicio. Para esto Walker sugiere el 5BX, un método que lleva practicándose desde los años 60 en el ejército del aire canadiense, pensado para que se mantenga en forma el personal que no tiene tiempo de seguir un régimen intensivo de ejercicio. Hay métodos diferentes para hombres y mujeres, pero Walker aplica el mismo para ambos sexos (si encontráis por ahí el manual original de los 60 para mujeres, es divertidísimo, con ejercicios específicos destinados a “mejorar la postura” y cosas por el estilo). Es un manual que el ejército utilizó hasta el 2004, año en el que lo actualizaron para mejorar algunos de los ejercicios (el de abdominales, por ejemplo, ya que hoy en día conocemos formas mucho más eficientes y sanas de realizarlos más allá del “me tumbo y me siento” de nuestra infancia).

Yo llevo siguiendo la tabla que propone Walker desde hace más de dos meses, aunque confieso que durante las navidades y a mediados de enero estuve unas semanas sin hacerla. Es fundamental hacerla todos los días (si fallas uno solo realmente notas la diferencia), y lo fantástico que tiene es que, aunque avanzas muy lento, tienes una sensación de progresión, y jamás te vas a lesionar ni a hacer nada que te duela o cueste. La idea es realizar ejercicios muy básicos, y cada cuatro o cinco días (o cuando sientas que este nivel es demasiado fácil para ti), ir “subiendo de nivel” en la tabla, es decir, hacer un par más de flexiones, un par más de abdominales, etc. Está pensado para poder hacerse en cualquier sitio y no necesitas ningún tipo de accesorio. Yo suelo hacerlos en mi habitación. La diferencia de cuando empecé es realmente notable, no es que me hayan salido supermúsculos ni nada así, pero mi espalda está mucho más fuerte (de repente ando más recta), puedo hacer flexiones de las de verdad (jamás había podido hacer ni una, ahora puedo hacer tres o cuatro), y soy bastante más flexible (no os contaré en qué he notado esto, pero tenéis mi permiso para imaginároslo). No soy una supermujer, sigo siendo una enclenque, pero en comparación con lo ultradebilucha que solía ser, es todo un avance. En el siguiente artículo os enseñaré la tabla, pero si tenéis curiosidad y prisa aquí hay una explicación bastante buena en español con enlaces a los .pdfs originales.

-Dieta. La idea es comer de una manera que sea cómoda para uno mismo, simplemente sin pasarse de las calorías adjudicadas. Walker diseñó un gráfico en el que anotas tu peso diario. Como fluctuamos de peso de un día para otro (más agua, excrementos, lo que sea), no es fiable medir tu peso de un modo diario, pero el gráfico calcula la tendencia de tu peso, es decir, una media de cuánto pierdes (y cuánto perderás) consumiendo determinado número de calorías. Este es mi gráfico desde el uno de enero. En las últimas dos semanas me he tomado más en serio lo de perder peso (más ejercicio, menos calorías consumidas), pero he tenido una tendencia de pérdida desde el principio, que eran 83 kg (algunos de los que me conocéis diréis lo que me dice todo el mundo: “tú no pesas 83 kg ni de coña”. Por alguna razón siempre he pesado mucho más de lo que aparento, no sé si me pesarán más los huesos o algo así). Esta mañana pesaba 80 kg, así que el gráfico quedaría tal que así (si pincháis en la imagen lo veréis en grande):

-La línea azul representa mi progreso en la tabla de ejercicios (ahora mismo estoy en el nivel 9, donde se corta la línea son los días que no hice la tabla).

-La roja representa mi pérdida de peso (cada diamantito son los pesos diarios). Como podéis ver, hubo una racha en la que el peso no varió (coincidió con los días de “vacaciones” en los que me salté un poco la dieta ya que estaba por ahí de picos pardos y además el periodo de menstruación, que siempre suma un kg. o así por retención de líquidos).

-La línea discontinua amarilla es una análisis predictivo de cómo irá la media de mi peso (basado en los resultados desde el 1 de enero hasta hoy). Este gráfico es tremendamente útil porque te ayuda a ver más allá de los pesos individuales (que como veis varían muchísimo), animándote al ver esa línea roja que baja y baja, y por lo demás analiza, basándose en los datos que le das, la media de calorías que estás consumiendo. Yo tengo una media de déficit de -379 calorías (que baja cada día debido a que últimamente hago más ejercicio y consumo menos calorías, en la última semana mi déficit es de media unas -800 calorías). Mientras mi índice de calorías siga en negativo, seguiré perdiendo peso. Por esto, hay días en los que puedo consumir más calorías de lo que suelo, siempre que no entre en positivo.

*El dato de “26% flagged” hace referencia a los días que he señalado que he llevado a cabo alguna actividad física más allá de la tabla, como por ejemplo, las largas caminatas que me doy de vez en cuando. Como podéis ver, la bajada de línea roja es mucho más consistente y pronunciada en estas últimas dos semanas, que es cuando he estado haciendo más ejercicio y consumiendo menos calorías.

Con este tipo de datos por delante, es mucho más fácil calcular la ingesta de calorías que necesitas realmente para perder peso. O a lo mejor, como a mí, simplemente te encantan las gráficas. Soluciona un problema que he tenido siempre, que es el desanimarme cuando, tras perder bastante peso de golpe, de repente recupero algo de peso; o cuando mi peso sigue estable una semana aunque me mate a hacer ejercicio y a comer lo mínimo. Al ver la gráfica al completo, y ver que aunque tu peso suba un poco o se niegue a bajar, la línea roja sigue bajando, sabes que vas por buen camino.

Diréis que tres kgs. no es mucha pérdida en un mes de dieta. Sin embargo, por un lado hay que tener en cuenta que la pérdida de volumen es más significativa, ya que estoy desarrollando más músculo, lo que hace que pese más.Y la pérdida de volumen la noto, sobre todo en la ropa. Y lo más importante, prefiero perder poco siguiendo un régimen que podría mantener siempre, a perder mucho de golpe y recuperarlo en cuanto me fallase la fuerza de voluntad.


Actualizando: Dani Bishop también le dedica un artículo explicativo muy completo (y en español) a la dieta del hacker aquí.

El tema sigue en la segunda parte del artículo: http://y-el-exhibicionismo.blogspot.com.es/2012/05/acerca-de-las-metas-2-y-la-dieta-del.html

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(Más) cosas que cambian

Febrero 1, 2012 — by Gabriella4

Esta mañana fui a graduarme la vista. Como ya he comentado en ocasiones anteriores, recientemente he estado sufriendo bastantes más migrañas de lo normal, y sospechaba que podía deberse a un trabajo intensivo fijando la vista (dibujos, bisutería, ordenador, lectura…). Durante unos años llevé gafas, cuando era muy jovencita (entre los 12 y 18 años, más o menos, usándolas de manera casual en la facultad), ya que era miope y el fijar la vista de lejos (pizarra) me producía dolores de cabeza casi diarios. Las migrañas han ido y venido de manera intermitente a lo largo de los años (sobre todo en momentos de estrés), pero últimamente eran tan frecuentes como en aquella época pre-gafas de mi infancia/preadolescencia. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que la miopía había desaparecido casi por completo y, por otro lado, ahora tengo 0.75 en cada ojo de astigmatismo. Poca cosa, pero lo suficiente para joderme cada vez que me ponga delante del ordenador o de una ilustración. Me ha hecho bastante ilusión elegir unas gafas, aunque sólo sean para usar en casa mientras trabajo. Esta tarde iré a recogerlas; qué suerte que, a diferencia de cuando era una niña, ahora las haya tan baratas y con tanto donde elegir.

Con el paso del tiempo, el cuerpo cambia de tantas maneras que resulta curioso pasar de tener problemas para ver de lejos a tener problemas para ver de cerca; de tener la piel horriblemente grasa a tenerla demasiado seca; de tener un metabolismo activo y cierta constitución a estar siempre falta de energía y con sobrepeso. Lo curioso es que en el último par de años han variado tantas cosas importantes que cambiar las pequeñas ya no resulta tan difícil. Llevo 36 días sin beber y de repente, por primera vez en años, ya no tengo que beber, ya no lo necesito. Es increíblemente liberador. De repente me sobra energía, hago un montón de ejercicio, y el peso sobrante empieza a desaparecer por sí solo. A diferencia de cuando era una adolescente, cuando mi apetito y peso se regulaban solos, sin esfuerzo, ahora me produce mayor satisfacción. Estoy consiguiendo, por fin, algo que consideraba imposible durante años, y además siento que puedo mantener estos nuevos hábitos todo el tiempo que haga falta, que no me suponen un esfuerzo excesivo. En el fondo siempre se reduce a eso, crear hábitos saludables que puedas implementar sin problema en tu vida diaria (además, no tener todas esas calorías extra de alcohol ayudan muchísimo). Cenar ligero, ir andando a todas partes, tener un régimen de ejercicio, aunque sea mínimo, diario (ya haré otro post dedicado a la tabla de ejercicios que os mencionaba, que funciona de manera fantástica para gente vaga y en poca forma como servidora). Y el truco definitivo es llevarlo a cabo con otra persona, preferiblemente alguien con más disciplina que tú.
Es extraño. Toda la vida he considerado que no tenía fuerza de voluntad. Y a estas alturas me doy cuenta de que no es cuestión de tenerla o no tenerla, de tener más o menos, sino de saber cómo usarla. He empezado a analizar mis propias tendencias y ritmos: sé que si tengo que hacer algo que no me guste demasiado tengo que hacerlo a primera hora de la mañana, si no no lo haré nunca. He aprendido que comer ligero al mediodía evita que tenga sueño después del almuerzo, por lo que no necesito siestas y recupero horas que antes no tenía. Me he dado cuenta de que tengo que ser total y absolutamente estricta con mi horario de sueño, que saltármelo un solo día suele dejarme KO (¿fase retrasada del sueño, anyone?). Que eso de ser saludable suena muy muy aburrido, pero esto de sustituir las juergas nocturnas y un trabajo a trompicones por una hiperactividad productiva durante el día no está tan mal como lo pintan.
Ahora sólo me queda desvelar ese otro gran misterio: el dinero. Hmmm.