Es la primera vez en bastante tiempo que por aquí no brilla el sol. Y es que, exceptuando los días de nieve y lluvia, a pesar del frío el pueblo ha estado lo suficientemente iluminado como para que mi gato se suba a la bombona de butano del balcón, levante el morro hacia arriba y cierre los ojos con expresión de haber entrado en éxtasis a lo Santa Teresa. Yo me he levantado tarde, he apartado las Crónicas de Terramar (un intento fallido de curar mi reciente insomnio) y he pensado en la nada. Dentro de menos de una semana es San Valentín, y me he dado cuenta, como en todas las fechas reconocibles, de que el tiempo está pasando demasiado deprisa. Tengo miles de recuerdos y sensaciones empaquetados en el embalaje de los 15-17, sin embargo entre los 18 y los 25 parece que ha pasado un huracán de rutina y vacío, a pesar de todo lo que ha ocurrido, todo lo que he encontrado, y todo lo que he perdido (entre ello parte de mi gloriosa autoestima) y ganado (entre ello parte de mi gloriosa autoestima). Es como si esos años los hubiera soñado. Siento que estoy dejando pasar, que me estoy dejando llevar por mi propia existencia, en vez de marcarla a mi ritmo, como parecía poder hacer antes, cuando todo era nuevo e intenso y mis miedos eran muy distintos.

A mí también me gustaría sentarme en la bombona de butano a mirar el sol.