Algunos días me da miedo salir de mi casa. No sé por qué, simplemente evito pisar la calle, y si no puedo evitarlo, salgo mirando al suelo, rápido, sosteniendo el aliento, intentando volver lo antes posible, temiendo que me dirijan la palabra. Es una especie de pánico donde el miedo es hacia las personas que me rodean, no hacia el espacio en sí (aunque éste tampoco me gusta un pelo). Afortunadamente sólo me ocurre de vez en cuando, días en los que me envuelvo en ropa hasta parecer una especie de bola andante, me despreocupo de mi aspecto, ignoro el teléfono y me resguardo en la cama lo más posible. Normalmente rompo este esquema obligándome a abandonar las almohadas, dedicar más de dos minutos a elegir la ropa y coger la puerta.

Inspiro. Hoy lo voy a conseguir. Espiro. La putada es que tengo que ir por el lado más transitado de la ciudad para llegar a mi destino, en vez de recorrer el menos bullicioso paseo marítimo como es mi costumbre.