Hay un maravilloso rincón de felicidad en Fuengirola donde te ponen una tabla de ibéricos espectacular por 14 €, donde el vino por defecto siempre es un Rioja crianza fabuloso y donde el camarero tiene tres gatos (lo cual automáticamente lo convierte en una persona especial). Es un reducto de alegría, un sitio donde sentirme contenta antes de lanzarme a los depravados brazos de la noche alcoholizada malagueña.

Por alguna razón cuando vuelvo andando a casa con Víctor nos suele parar la policía. ¿Somos la única pareja de borrachos que vuelve a casa a horas intempestivas? ¿O realmente están los pobres tan aburridos que es su forma de pasar el rato? En cierto modo me hace gracia, se detienen y nos preguntan si estamos bien. Esto me hace sospechar que la zona donde vivimos es peor de lo que creemos, que hay psicópatas asesinos y violadores en serie a la vuelta de cada esquina. Los barrios tranquilos pueden ser muy traicioneros.

Escuchando: Sorted for E’s and Whizz, de Pulp.
Leyendo: Sigo con Nation, de Terry Pratchett.