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El propósito de tu vida (en 20 minutos)

septiembre 6, 2012 — by Gabriella2

Función vs. propósito

Hace ya algún tiempo hablé en el blog de dos conceptos que se me antojaban muy distintos: función y propósito. Suelo asociar función con una visión teleológica de la realidad que me parece poco productiva (¿para qué estoy aquí? ¿cuál es mi finalidad en esta vida?), más que nada porque tengo la sospecha de que no hay absolutamente ninguna razón preconcebida para que estemos presentes y existentes, y mucho menos un objetivo lógico y causal que explique nuestro destino; considero además que puede ser una noción destructiva para muchos: nos han vendido tanto la idea de que tenemos una meta, una razón de ser, una finalidad, que nos sentimos terriblemente frustrados cuando no terminamos de encontrarla (y oye, que un porcentaje muy grande de los seres humanos nunca será famoso, ni millonario, ni inventará una cura contra el cáncer).

¿Qué es el propósito?

Otra cuestión muy distinta es nuestro propósito. El “oye, ya que estás aquí, ¿qué vas a hacer con tu tiempo? ¿A qué vas a dedicarlo?”. Porque el tiempo, queridos míos, se escapa. Huye de nosotros. Hoy es ayer y mañana es hoy. Y mientras, nos hemos dedicado a levantarnos, desayunar, ir a trabajar, almorzar, fregar los platos, trabajar, lavarnos los dientes y acostarnos y dormir. Y ninguna de esas cosas tiene nada de malo pero… ¿a que no recuerdas nada de cómo te lavabas ayer los dientes? ¿A que el día de trabajo de hoy no ha tenido nada excepcional, a que no ha habido nada que te hiciera pensar FUCK YEAH, qué bien hago mi trabajo? Cuando te quieras dar cuenta habrán pasado 70 años (con suerte) y habrás fregado muchos platos y habrás tenido miles de días exactamente iguales que ese día en el que no hiciste nada excepcional, en el que no pensaste que eras el puto amo de lo que hacías, que no fuiste realmente consciente de lo que llevabas a cabo. Abres los ojos y estás sentado frente al ordenador. Abres los ojos y son las 9 de la noche, y estás cenando y se ha terminado el día. Y así vivimos, en una progresión de acciones insignificantes cuyo proceso nos perdemos. Vivimos de salto en salto. Y con esto no me refiero a que cada día tengas que hacer algo extraordinario, pero tal vez podrías probar a solo estar, estar realmente presente y disfrutar de cada pequeña acción.

Cuando tienes un propósito, cada acción, cada segundo, se mide según lo cerca o lejos que estés de tu propósito. El tiempo no se desvanece, porque es tiempo empleado en acercarte a tu propósito. Considero que es una manera excelente de anclarnos en el tiempo, de echar raíces en la realidad en vez de limitarnos a flotar en un cerebro algodonoso de nada. Como comenté en aquel post anterior, yo tengo un propósito, y a pesar de que es terriblemente sencillo y es algo que en mi fondo más profundo ya conocía, me ha abierto los ojos en muchísimos sentidos, se ha convertido en un punto de partida único y consecuente. Puede que varíe algo a lo largo de los años, pero sospecho que la base permanecerá firme. Un propósito es una manera, una forma de ver las cosas. Para alguien podría ser, por ejemplo, ayudar a los demás. Para otra persona podría ser enseñar, compartir con los demás todo lo que sabe. Para otra, aprender. Para otra, disfrutar de todas las relaciones sexuales que pueda de la mejor forma posible. En cierto modo es una vocación. Es también sincero, no hay que preocuparse de que sea egoísta, bueno o malo, ya que es un tanto amoral (con todo, dudo que el propósito “acabar con la raza humana” sea muy productivo para su propietario ni para sus congéneres).

Buscando mi propósito

Por todo esto flipé un poco cuando buscando por internet encontré que el Sr. Steve Pavlina, gurú de blogueros y loco profesional (famoso por atreverse con el sueño polifásico extremo, el veganismo y el poliamor, entre otras cosas), había encontrado un método para descubrir tu propósito en tan solo veinte minutos.

Ya.

No sé si es de su creación, o si se limitaba a reproducir algo que podría ser muy anterior, pero a efectos prácticos le atribuyo su autoría. Cuando leí de qué iba el método me eché a reír. Era demasiado ridículo, e imposible que funcionara. Pero oye, era gratis y mucha gente decía que le había funcionado y pensé por qué no, y respeto por lo demás muchas de las ideas de este hombre. Afortunadamente, Pavlina comparte sus contenidos de manera total, así que puedo tomarme la libertad de traducirlo para vuestra conveniencia. Sobra decir que todo lo escrito hasta aquí es cosecha mía, pero creo que merece la pena compartir el método en cuestión por si pudiera serle útil a alguien.

Lo he probado con alguna persona, superada la primera oleada de vergüenza que produce decirle a alguien “oye, te veo un tanto desconcertado con tu vida ahora mismo y te voy a pasar un método bastante ridículo y sencillo que te ayudará a saber cuál es tu propósito”. Por lo que he visto los resultados no son siempre claros, ni llevan a ese famoso propósito, pero siempre surgen cosas inesperadas y sorprendentes. Igual alguno de vosotros lo prueba y se queda en las mismas, pero creo que merece la pena, aunque solo sea por curiosidad; es un tema que he comentado con algún que otro lector y que me han solicitado que incluya en el blog. Claro está que exige una sinceridad con uno mismo bastante extrema, y eso es siempre un tanto incómodo.

Método para encontrar el propósito de tu vida en (aproximadamente) veinte minutos:

1.      Coge lápiz y papel o abre un documento de Word (es mejor la opción que te permita escribir más rápido).

2.      Escribe: ¿Cuál es mi verdadero propósito?

3.      Debajo, escribe la primera respuesta que se te venga a la cabeza. No te preocupes por errores gramaticales, faltas, etc. Ni siquiera tiene que tener sentido

4.      Repite el paso 3 hasta que escribas la respuesta que te haga llorar. Esta es la buena.

No hace falta que me digáis lo que estáis pensando. ¿Llorar por una respuesta? Pues menuda gilipollez. Eso pensé yo. Y luego lloré como una imbécil. Y ni siquiera fue haciendo el ejercicio. Fue simplemente leyendo en los comentarios las respuestas que había dado la gente a Pavlina cuando propuso el ejercicio. Hubo una que era la mía. Era tan jodidamente obvio que fue una especie de liberación. Y sí, lloré como una imbécil. Y aunque las cosas cambian y no perduran, mi propósito sigue siendo el mismo: Disfrutar del camino. Sencillo, fácil, evidente. Pero lo que es evidente y simple para uno puede ser determinante para otro, y lo mismo ocurre con todos los propósitos.


¿En cuánto tiempo?

Lo de los 20 minutos no es tan claro como dice el título del post. Algunas personas lo tendrán delante de sus narices en 5 minutos, otras tardarán una hora. La cuestión es perseverar. Si das con una respuesta que no te hace llorar pero que te provoca alguna reacción emocional, fíjate en ella, se acerca a lo que estás buscando. El problema principal radica en que muchos estamos condicionados por lo que los demás esperan de nosotros, por lo que resulta complicado llegar al núcleo auténtico de lo que deseamos en realidad. Si toda la vida te han dicho que tienes que ser médico, y has dedicado la mayor parte de tu existencia a estudiar y practicar medicina, resultará difícil aceptar que tu gran propósito, aquello a lo que quieres dedicar cada segundo de tu tiempo, es estudiar leones en su hábitat natural. Tus primeras respuestas siempre estarán relacionadas con la medicina, y tardarás bastante en moverte de ahí.

También sobra decir que esto puede ser un ejercicio de sugestión, que la fábula que estoy creando alrededor del método sea lo que nos induce a llorar al tocar cualquier fibra sensible en lo que estemos escribiendo. Posiblemente. Pero yo no lo descartaría. Creo que puede ser muy interesante, por lo menos para empezar a saber un poco más acerca de nosotros mismos. Si alguien lo prueba, agradecería que compartiera su experiencia en los comentarios (no tiene por qué compartir el propósito si no lo desea, es más por saber qué ha dado de sí el ejercicio).

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Imágenes por cortesía de: FreeDigitalPhotos.net

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No puedo vs. no quiero

septiembre 4, 2012 — by Gabriella0

Una de las cosas más importantes que he aprendido realmente en este último par de años es que existe una diferencia muy grande entre el “no puedo” y el “no quiero”. A primera vista la diferencia está muy clara, pero solo hace poco tiempo que he aprendido a realmente asumir la distancia tan grande que hay entre una cosa y otra.

“No puedo” solía ser mi excusa favorita. No puedo perder peso, mi metabolismo es lento y mierdoso (que lo es, pero ya veis que eso no ha sido impedimento suficiente). Con frecuencia tendía a asociar los obstáculos grandes con la imposibilidad. Esto implica demasiado esfuerzo, ergo no es posible. Mi metabolismo es lento y mierdoso, ergo no puedo perder peso.

Como dicen los ingleses, caca de vaca. Tengo más difícil que otras personas perder peso, sí. Con las calorías que ingiero un alto porcentaje de la población habría perdido el doble de peso que yo. Hasta me han hecho pruebas por si tenía problemas de tiroides (¡pero no!). Mi metabolismo está tan hartico de tanta dieta milagrosa y cambios repentinos de alimentación que ya no se fía, y cada caloría que entra la hace durar, la guarda con recelo por si vienen nuevos tiempos de carestía. Cada atracón es grasa que hay que acumular para cuando llegue la dieta estricta de nuevo. Mi cuerpo no piensa en estar esbelto, piensa en no morirse de hambre, y guarda todo lo que puede. No digo que esta sea una explicación científica fiable al 100%, pero es una teoría que utilizan algunos dietistas para explicar las dificultades que tienen algunos para adelgazar cuando llevan muchos años cambiando de peso y de alimentación de manera continua. No sé si será cierta pero me parece muy divertida.

En cualquier caso, no es que no pudiera perder peso. Es que no me daba la gana. No quería sacrificarme, cambiar mis hábitos, tener que pararme a pensar en otras maneras de aliviar el estrés y la ansiedad que no fuera comiendo a mansalva. Porque esa es otra, si aparte de modificar nuestros hábitos de alimentación tenemos que pararnos a pensar en toda la carga emocional que hay detrás de lo que comemos, mejor apaga y vámonos, que tenemos para escribir varios libros.

Con el alcohol, más de lo mismo. No puedo dejar de beber. Claro que puedes, lo que pasa es que no quieres. En el fondo lo disfrutas demasiado, te niegas a dejarlo ir. Darme cuenta de eso fue bastante duro, os lo aseguro. Es más fácil pensar que tienes un problema, una condición, a que eres una inútil sin fuerza de voluntad.

Aplíquese a cualquier faceta de tu vida. No puedo decirle esto a esa persona, aunque es necesario (claro que puedes, lo que pasa es que estás acojonada y eres una cobarde). No puedo decirle que no a este proyecto aunque lo odie y me esté asfixiando (claro que puedes, lo que pasa es que consideras que necesitas el dinero y no quieres). No puedo dejar Facebook y Twitter de lado para aprovechar mi día (esta es complicada, lo sé, pero es posible si tiras de programas que bloquean determinadas webs en los horarios que les marques, como hace Chrome Nanny). No puedo deshacerme de todas estas cosas que no me hacen falta porque… ¿y si me hacen falta? Con frecuencia la distancia entre la potencia y la acción es tan inmensa que parece inabarcable. Pero ya hay bastantes límites, bastantes cortapisas a nuestro alrededor para todo para que encima pongamos también los nuestros. A veces es como si quisiéramos que el poco control que tenemos sobre nuestra vida fuera entregado a fuerzas etéreas y poderosas, para que sean ellas las que se responsabilicen de nuestras acciones. No puedo ir al cine hoy porque Pinkie Pie me lo impide. ¿A que suena ridículo? Hmm.

Hay que ser realista, claro. No puedo tirarme de un decimoctavo piso y sobrevivir. Eso ya no es cuestión de querer, es que hay leyes físicas y tal. Pero conforme le vas cogiendo el truco es sorprendente la cantidad de veces en que te das cuenta que puedes sustituir ese “no puedo” por “no quiero”. Y oye, decir de vez en cuando “no es que no pueda, es que no me apetece nada” tampoco tiene nada de malo, siempre que no sea algo habitual (y no hablemos ya del “no es que no pueda, es que no me interesa”, que obtiene puntos dobles por sinceridad y por clutterfuck emocional; ni del “no debo”, que ya es otro tema completamente distinto). Por lo menos estás reconociendo que la limitación es tuya. Y si los obstáculos grandes pueden cambiarse por otros pequeños, es recomendable hacerlo. Ante todo, conciencia y responsabilidad. Menos excusas. Hazlo ahora. Hazlo ya. Porque puedes.

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Imagen por cortesía de wakefielddavid en Flickr mediante licencia Creative Commons.

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Cómo reiniciar tu aburrida existencia en 7 sencillos pasos: el diagrama de tu vida.

agosto 3, 2012 — by Gabriella2

DISCLAIMER: He dudado mucho sobre si publicar o no este post. Quería compartir un ejercicio analítico que a mí me ha sido de mucho ayuda y me ha venido bien, seriamente, para espabilar, analizar mi vida y desarrollar planes de acción que están resultando, por ahora, bastante eficientes. No pretendo guiar a nadie ni dar lecciones de nada. Solo quiero compartir algo que considero que puede ser de utilidad. Si hay alguna persona por ahí que está igual de desamparada y perdida como yo lo estuve en su momento, tal vez esto pueda servir de motivación.

AVISO: Para que este método funcione se exige una honestidad absoluta con uno mismo. Si esto significa que entre paso y paso tienes que tomarte un buen rato para reflexionar sobre lo que realmente buscas y quieres, tómatelo. Por otro lado, es posible que no le funcione a todo el mundo, pero creo que puede ser un buen ejercicio de base para averiguar más sobre uno mismo.

Si bien me he inspirado en numerosos blogs, manuales y chorradas varias para elaborar esta enumeración (en cuanto a la actitud y forma de ver las cosas y analizarlas), la estructura y proceso del diagrama sale de mi cabecita desordenada. Lo cual no quiere decir que no se les haya podido ocurrir a otros también, claro, al fin y al cabo es muy sencillo. En mi experiencia personal, dediqué bastante tiempo a concentrarme solo en algunos sectores de este diagrama, sin orden, e hice las cosas un poco a lo loco, lo cual no está mal pero acaba siendo poco eficiente. Yo diría que lo que mejor funciona es concentrarse en las áreas más problemáticas e ir microtarea por microtarea, reelaborando el diagrama cada cierto tiempo, ya que nuestra forma de ver las cosas va cambiando. A mí este esquema me ha venido de perlas y es al que acudo siempre que me encuentro un tanto perdida.

1. Dibuja varios círculos con los “sectores” más importantes de tu vida. Podrías poner, por ejemplo, “vida social”, “vida laboral” y “salud”.

2. Haz salir de cada círculo una flecha que apunte a otro círculo más pequeño con subsectores. Por ejemplo, en vida social podrían estar amigos, familia y amantes. En vida laboral, trabajo y dinero. En salud, dieta y ejercicio. Por supuesto cada caso es único y los subsectores pueden variar según lo que sea más importante para ti (a lo mejor en salud tendrías un subsector especial si padeces alguna enfermedad crónica, por ejemplo). Intenta generalizar lo más posible, ya llegaremos a lo específico.

3. De nuevo, haz salir de cada subsector una flecha que apunte a un sub-subsector. Por ejemplo, dentro del subsector “dinero” podrías poner “deudas”, “ingresos” y “gastos”. Aquí os dejo un ejemplo de qué pinta tendría el gráfico (por supuesto los datos los elegís vosotros, esta es solo una idea):

4. Repite de nuevo el proceso, si es necesario, creando más subconjuntos en otro nivel vertical. Si crees que con el paso 3 lo tienes todo cubierto, párate ahí.

5. Ahora viene lo más entretenido. A cada sub-subsector le tienes que poner nota, del 0 al 10, siendo 0 un descontento absoluto con tu vida actual en ese sector y 10 una satisfacción absoluta. Nadie va a leer este diagrama así que puedes ser completamente sincero, hasta contigo mismo.

Si tienes un 10 en algún apartado, enhorabuena, hay una sección de tu vida que te llena como persona. Esta sección es tu fuerza principal, es posible que ya acudas a ella en momentos difíciles o desconcertantes (y si no lo haces, pruébalo. Ayuda).

¿Y si tiene un 8 o un 9? Pues lo mismo, hay un apartado de tu existencia que te llena de orgullo. Podrías hacer algo por mejorarlo, pero casi mejor concentrarse primero en lo malo.

A efectos prácticos, en cuanto al resto de cosas, da un poco igual que hayas puesto un 0 o un 7. Tanto el 0 como el 7 implican que hay algo que no está a tu gusto, al que no estás dándoselo todo, y que por tanto necesita mejorarse, renovarse o directamente ir a la basura.

Bueno, ya tenemos el esqueleto del método, ¿cómo llegamos a la solución?

La solución se halla en la fragmentación, en hacer cada cosa más y más pequeña hasta llegar a una tarea u objetivo con el que podamos lidiar. A veces las soluciones son grandes y evidentes (por ejemplo, en una relación de pareja donde la nota sea un 2, está claro que hace falta o bien una ruptura o bien un replanteamiento completo de la relación), otras veces necesitan de mucha microgestión para llegar a alguna parte. Por cierto que las soluciones grandes y evidentes suelen ser las que nos negamos a ver.

Os pongo otro ejemplo con el gráfico que os mostré antes. Dentro del sector “Salud”, uno de los subsectores era “general” y dentro de éste estaba “Vicios”. Imaginaos que a a “Vicios” le habéis dado un 4: es evidente que se trata de un aspecto de vuestra vida que queréis mejorar. Al desarrollar el subsector se añadió (en este gráfico de muestra que para nada se basa en mi propia vida, ejem) otro más, el del abuso de alcohol. A continuación se detallan ideas para alcanzar la meta relacionada con ese subsector, que será no beber tanto, o incluso dejar de beber. Fijaos que incluso estas ideas se podrían fragmentar (dentro de “evitar a personas y lugares” se podrían indicar personas y lugares concretos). También se asignarían periodos de tiempo durante los cuales se intentará habilitar la costumbre o hábito necesario para alcanzar la meta:

Se trata, al fin y al cabo, de desmenuzar los sectores hasta dividirlos en pasos pequeños, cada vez más concretos, que podamos llevar a cabo poco a poco. Esto no es nada fácil e implica mucho autoanálisis y reflexión. Así que ahora viene lo más complicado:

6. Analiza cada miniapartado y piensa cuáles son tus objetivos. Es importantísimo que los objetivos sean reales, que vengan de tus aspiraciones reales, no de imposiciones sociales o externas sobre cómo deberías comportarte o cómo deberías ser. Para esto ayuda mucho tener muy claro cuál es tu propósito en la vida, pero claro, esa es otra historia. Si no lo sabes, tal vez el diagrama te acabe ayudando: aquellos sectores a los que apliques verdadera pasión en intentar mejorarlos (pasión sincera, no vale querer ser millonario simplemente porque se supone que ser millonario mola) estarán íntimamente relacionados con lo que eres y a lo que aspiras.

7. Desarrolla un plan de acción para cada objetivo. Por ejemplo, imagínate que dentro del apartado “familia” tu objetivo es pasar más tiempo con los tuyos. Deberás averiguar cómo puedes quitarle tiempo a otras cosas, a lo mejor menos importantes, para poder pasar más tiempo con ellos; o a lo mejor te puedes marcar la meta de hacer una salida familiar una vez a la semana; o tal vez pretendas ser más cariñoso, para lo que te pondrás como objetivo tener algún gesto de afecto con algún familiar en concreto cada par de días. Como veis, se trata de planes de acción muy sencillos, pequeños y realistas. Esto último es fundamental, no sirve de nada marcarse como objetivo “estar más con mi familia”, porque al cabo de unos días el mundo real se habrá apoderado de ti y habrás olvidado tu propósito. Crea la meta y desarrolla un hábito. Dale 30 días, o 7, o 45. Mira a ver qué te hace sentir y piensa si merece la pena. Esto último también es muy importante porque si nos obligamos a hacer algo todos los días enseguida nos damos cuenta de si la meta nos importa lo suficiente o si es más bien alguna obligación sin sentido que nos hemos impuesto por factores externos o por algún tipo de inseguridad personal. Si no encuentras un plan de acción para un sector, sigue fragmentándolo, dividiendo en partes más manejables. Una relación de pareja jodida no se arregla con una decisión, ni con la promesa de querer más o portarse mejor, del mismo modo que dejar de fumar va un poco más allá de “venga, este es el último”.

Se llevará a cabo un miniplan de acción a la vez. Concéntrate en el sector que crees que necesita de más atención y elige tu meta. Una vez conseguida, pasa a otra (si hay alguna que no consigas de ninguna manera, piensa si has elaborado bien el plan de acción, o si has definido la meta de forma realista). Si algo sale mal, vuelve a analizar el tema y enfócalo de otra manera: vuelve a empezar. Hay que cagarla mucho para aprender y que las cosas salgan realmente bien. La paciencia en este ejercicio es fundamental.

Ten en cuenta que este diagrama cambiará a lo largo del tiempo, conforme tus prioridades cambien (y es muy posible que tengas que rehacerlo de vez en cuando, y cada vez que lo rehagas te darás cuenta de que la vez anterior no fuiste del todo sincero o realista. Darse cuenta de lo que uno quiere y necesita vs. lo que se supone que tiene que querer o necesitar es jodidamente complicado).

Este diagrama está pensado con un objetivo en mente: la felicidad, que suele acompañar a la autorrealización. Y la felicidad no estriba en conseguir todo lo que te propones. Habrá metas que no consigas. Por ejemplo, si tienes una enfermedad mortal e incurable, está claro que por muchas metas que te propongas lo más seguro es que vayas a morir igual. Pero aquí lo que falla es el enfoque. Tu meta no es no morirse, eso queda descartado. Tu meta es aprovechar al máximo el tiempo que te queda y ser lo más feliz que puedas hasta que mueras. Que es, básicamente, la misma que tenemos todos.

Queda claro que a todo esto le acompaña una voluntad de cambio. No sirve de mucho decir “estoy muy gorda” y negarse en absoluto a cambiar los hábitos diarios de comilonas hobbit y vida sedentaria. No hay soluciones milagrosas. Pero sí que hay pequeñas modificaciones que poco a poco y con mucha paciencia pueden tener resultados milagrosos. Y ante todo, mucha flexibilidad y la mente abierta. Que planear las cosas ayuda mucho pero la vida se encarga de lanzarnos sorpresas que hacen que tengamos que deshacer los planes y rehacerlos una y otra vez. En cualquier caso, yo diría que el diagrama es muy útil para lo que dice el título, para espabilar, para dejar de una vez el “lo pensaré mañana”, analizar realmente qué es lo que falla, qué es lo que nos hace infelices, y poner los medios para arreglarlo.

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Imagen via fdecomite por licencia Creative Commons.

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Cómo vender tropecientos libros y hacerte con un millón de dólares

julio 26, 2012 — by Gabriella4

Hace poco leí un artículo de Claire Kelley, que escribe para el blog de la editorial Melville House, donde apuntaba algunos de los puntos que parecen ser aquellos en los que coinciden autores y libros que acaban arrasando, ya sea por anticipos para publicación tradicional o mediante ventas masivas en Amazon en formato digital. Como el artículo está en inglés pero es interesantísimo, he decidido resumir aquí, de manera sencilla y clara y conveniente para todos vosotros, los trucos del éxito.

Si nos guiamos por los que han triunfado en lo que llevamos de año en el mercado estadounidense (no seamos ilusos, en España no hace un millón de dólares en ventas de libros naide de naide, y si alguien lo hace que me lo indique que vamos a ir todos corriendo a su casa para interrogarlo), parece ser que las siguientes características ayudan bastante:

  • Sé una celebridad y escribe tu biografía (bueno, quien dice escribe dice que te escriban). Ahí tenemos a la mamá de Whitney Houston y a Greg Smith, un señor a quien nadie conocía hasta que se largó de Goldman Sachs y dejó una larga carta bastante acusatoria explicando el porqué. Lo que en un principio fue (o por lo menos parece ser) una decisión ética le ha valido al Sr. Smith una fortuna en anticipo para un libro de memorias que sería publicado por Grand Book Central, que pertenece al Grupo Hachette.
  • Involúcrate en una guerra de pujas. Juguetea con tus editoriales en una subasta que ni Ebay, como ha hecho Matthew Pearl, quien ha obtenido una muy suculenta oferta ganadora de Penguin por su próxima novela histórica, o Neil Gaiman (aunque a Gaiman le sale menos rentable, que lo suyo son cinco libros en vez de uno. Con todo, al ser literatura infantil asumimos que tendrán pocas páginas, igual compensa).
  • Que tu protagonista sea una chica adolescente. Esto le ha venido de perlas a Anton DiSclafani, a Karen Thompson Walker y Hannah Kent, quienes son, además, escritoras que debutan con su primera novela y de quien casi nadie había oído hablar hasta ahora.
  • Auto-publica. Si eres Amanda Hocking, funciona. Tras el rechazo de más de 50 agentes literarios (hmmm, ¿cabe la posibilidad de que el libro sea un poco mierdoso?) Hocking empezó a vender sus libros online a precios mínimos (ahora la publica Planeta al caprichoso precio de 16,95 €, si no me equivoco, lo cual me proporciona cierta satisfacción de esta sarcástica que te hace sentirte calentita por dentro). Como la pobrecita Amanda no podía con tantísima demanda, firmó un acuerdo con St. Martin’s Press, que ahora le llevan edición y administración para ayudarle a saber qué hacer con tanto dinero.
  • Publica por entregas. Esto parece que le ha funcionado muy bien a Mark Z. Danielewski, que ha recibido un anticipio de un millón de dólares de Pantheon para publicar su nueva novela en formato seriado (empezará a publicarse en 2014 y habrá una nueva entrega cada tres meses).
  • Añado otra observación mía, y cito de un artículo que publiqué hace poco en Lecturalia acerca de cómo esto de la autoedición es solo para los más hardcore (incluso en el mejor de los mercados, el de EEUU, un 95 % de los autoeditados se dan un severo batacazo): El género que más dinero hace es el de ficción romántica. Los autores de este género obtuvieron, según el informe, unos ingresos muy superiores a los de otras áreas. Los grandes perdedores son los escritores de ficción en general, que tal vez deberían dedicarse a la ciencia ficción o la fantasía si quieren unas regalías más interesantes. Los escritores que triunfaban eran, sobre todo, de sexo femenino, mujeres cercanas a la cuarentena, con carrera universitaria, que dedicaban, además, más tiempo a la escritura que otros, alrededor de 2000 palabras al día (frente a la media de 1500 palabras de aquellos que no podían llegar a fin de mes con sus libros)”. Así que si eres mujer y escribes mucho, para determinados géneros, tienes más posibilidades de triunfar.

Esto de los anticipos siempre me ha desconcertado un poco, sobre todo teniendo en cuenta que en el mercado editorial anglosajón es muy común que se ofrezcan sobre libros no terminados o ni siquiera empezados, basándose solo en una idea o en el nombre del autor. Lo cual reafirma la noción de que muchos de los libros pueden ser reescritos por negros o correctores* (si no están a la altura de las circunstancias cuando se entregan) y de que en el fondo la calidad y el contenido no importan: solo importa la trama, el género y quién lo firma (y a veces ni eso). Cuanto antes salgamos del concepto romántico de literatura en el mundo editorial, mucho mejor, porque sería francamente ingenuo mantenerlo.

Pero por otro lado siempre queda un atisbo de esperanza. Si todos los autores se dedicaran a obedecer ciegamente al mercado editorial, no habría novedad ni cambio (¡ni calidad!), y, sin embargo, ahí quedan cosas como 50 Sombras de Grey que, sinceramente, no creo que nadie se imaginara como gran éxito del verano. Aunque tal vez no debería hablar de la trilogía Grey como ejemplo de revolución autorial.

Y para terminar os dejo con la lista de consejos para vender tropecientos libros de la escritora Alexa Young, que me ha hecho bastante gracia. Mis apuntes van en cursiva:

  1. Escribe un libro que les gustaría a los fans de la Meyer (empieza con algo de amor prohibido entre un humano y algún ser raro o no-muerto).
  2. Diseña una cubierta raruna (árboles, ramas u hojas retorcidas, algo así).
  3. Haz que tu libro esté disponible para descargarse (esto es muy importante porque los grandes superventas ya han escrito libros gordos y pesados que ocupan demasiado espacio en las estanterías de tus lectores potenciales).
  4. Vende tu libro a 99 céntimos. Sí, todo el mundo se atreve a comprar cosas que solo cuestan 99 céntimos (excepto en España, donde mucha gente no sabe ni de la existencia de Paypal. En España venderás más que la media, pero aun así no esperes hacerte millonario, sobre todo teniendo en cuenta las comisiones de Amazon y similares).
  5. Hazte fan de los unicornios (si no lo eres ya). Personalmente añadiría dragones, hadas y pequeños ponis (este último es opcional, pero es que molan mucho).

Cachondeo aparte, me quedo con las ideas de siempre: Vende tu libro al extranjero, promociónate en las redes sociales (sin ser cansino), sé humilde y encantador pero hazte autobombo a la vez y véndete como profesor de talleres de escritura, columnista, comentarista social, lo que haga falta. En el género que más rentable sea, claro. Y si no, siempre te quedarán tus sueños, tus escritos de pequeño, tu amor por lo literario. Pero no confundamos una cosa con la otra, que a estas alturas queda muy feo.

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*Curioso cómo se intercambian, a veces, estos dos términos. Y es que a veces los correctores deberían cobrar más regalías que el “autor”, teniendo en cuenta el trabajo que hay que meterle a algunas obras.

P. D.: Si prefieres leer una entrada más útil con verdaderas herramientas para escritores, tal vez te interese mi artículo sobre el freewriting o escritura libre.

Image: FreeDigitalPhotos.net

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Rompiendo esquemas mentales

julio 9, 2012 — by Gabriella6

Hay situaciones desagradables que, si se prolongan lo suficiente, pueden llegar a parecernos normales. De este modo, creo que perpetuamos ciertas nociones en nuestra forma de pensar, ya que no concebimos que el statu quo pueda variar, que las cosas puedan ser de otro modo.

En mi caso estas nociones, como le ocurre a todo el mundo, son muchas, pero he tenido la suerte de poder identificar algunas. Dos de las más importantes eran las que se referían a mi estado de ánimo (hasta que comencé a tomar antidepresivos pensaba que estar deprimido era un estado normal, corriente) y mi aspecto físico, en el sentido de que comenzaba a resignarme a no poder perder peso nunca ni, lo que es más importante, sentirme medianamente saludable y a gusto con mi cuerpo.

En el primer caso recuerdo que a las dos semanas de tratarme mi vida dio un vuelco asombroso. Muchas personas prefieren prescindir de los antidepresivos porque les proporcionan una felicidad que consideran artificial. En mi caso particular, no fue así. Simplemente, empecé a sentirme normal. Sin ganas de llorar a todas horas. Sin ataques de ansiedad que me dejaban sin respiración por la chorrada más estúpida. Sin odio hacia absolutamente todo lo que me rodeaba, sin ganas de estrangular a conocidos, amigos y familiares. Y lo más importante, sin un absoluto desprecio hacia mí misma y mi propia existencia. No era felicidad, era ausencia de un sufrimiento que había ido creciendo cada vez más, probablemente ya desde la adolescencia. Empecé a ver con otros ojos a los demás. Ellos convivían con esta normalidad, con esta ausencia de dolor intenso, y ahora yo era como ellos. Esto era lo normal, no lo anterior. Haberlo padecido tanto tiempo me había hecho creer que era lo habitual, lo que le pasaba a todo el mundo.

Con el tiempo dejé los antidepresivos. Tenían efectos secundarios que no me gustaban y mi perspectiva ante todo había cambiado de forma radical, tanto que me sentía con fuerza suficiente como para abandonarlos poco a poco. De vez en cuando todavía aparecen días de esos feos, pero ya no son tan terribles por la sencilla razón de que sé que existe una alternativa. Sé que existe la ausencia de dolor, y eso proporciona una esperanza fundamental. Además, aunque las pastillas no me proporcionaban una falsa felicidad, sí que embotaban en cierto modo mis sensaciones. De hecho, la verdadera felicidad llegó después de dejarlas, al igual que un cúmulo de sentimientos, tanto buenos como malos, que había tenido subyugados. Y el sexo, ah, el sexo. Pocas cosas hay tan satisfactorias como follar cuando has dejado de tomar antidepresivos.

Algo parecido me ocurrió con la pérdida de peso. Creo que me había hecho ya una imagen de mí misma, bastante miserable, fea y enfermiza. Y no era porque tuviera sobrepeso, sino porque yo misma me consideraba así, en una eterna lucha entre la resignación y la negación. Culpaba al mundo por no aceptarme así, miserable, fea y enfermiza (y en cierto modo lo sigo haciendo), cuando la única culpa era mía por darme atracones de comida cada vez que algo me ponía nerviosa en vez de intentar atacar esos nervios de raíz, por beber en vez de enfrentarme a mis problemas, por dormir poco y mal para poder dedicar más tiempo a pasatiempos vacíos que no me aportaban nada, por no hacer ejercicio porque era más cómodo quedarme sentada. Desde hace poco de repente han empezado a tirarme los tejos más a menudo, me miran de otro modo por la calle. Me irrita, porque me hace pensar que antes no era así, simplemente porque no encajaba en un estúpido canon estético de delgadez. Pero cabe la posibilidad de que la responsable no sea la pérdida de kilos (que tampoco es que esté hecha una sílfide, solo con menos sobrepeso y en mejor forma), sino mi propia actitud para con mi cuerpo. Por primera vez en… no sé, tal vez nunca, hemos empezado a llevarnos bien. He empezado a cuidarlo. Le dejo dormir bastante. Le doy cosas buenas de comer. Apenas le doy alcohol (y cuando se lo doy le hago caso en cuanto empieza a quejarse). Lo muevo. Hasta he dejado de darle cafeína, y me recompensa de un modo sorprendente. Me responde con un estado de alerta mental y físico que no había tenido nunca. He dejado de usar cremas, potingues y base de maquillaje porque la piel reluce, brilla. Todos estos años echando montones de productos de belleza sobre una piel de mierda y resulta que en cuanto he empezado a comer mejor se han ido hasta las ojeras.

Por lo general nos agarramos a nuestros hábitos con una ferocidad sorprendente. Nos resistimos a los cambios que se nos antojan difíciles, que nos dan miedo, ponemos barreras para esos mismos cambios. Hay muchas nociones más que me intrigan, que quiero cuestionar, y creo que he pasado casi toda mi vida deteniéndome por el terror, por unas limitaciones que yo misma me imponía. Me quedan muchas por delante, pero creo que estoy dando pasos en la dirección adecuada. Es como si le dijera a mi entorno, a mi existencia: ¿qué otras cosas me has estado ocultando? Si he conseguido todo esto cambiando unos cuantos hábitos, ¿qué más cosas puedo conseguir? Son preguntas intrigantes y motivadoras.

Estos han sido, hasta ahora, los bloqueos mentales más importantes que he llegado a cuestionarme y (¡espero!) he empezado a desbloquear:

Es normal estar deprimido, todo el mundo lo está y nadie se queja. No es razón para quejarse y no hay nada que se pueda hacer al respecto: Está claro que no es cierto, tal como pude descubrir al tragarme mi orgullo acumulado de años y pedir ayuda médica.

La única forma de perder peso y ponerse en forma es ejercer una férrea disciplina y fuerza de voluntad (hay que ver cómo me río ahora con esta, y la de quebraderos de cabeza que me ha dado), comer poquísimo y matarse en un gimnasio todos los días: Son las acciones pequeñas, los minúsculos cambios de hábito y, ante todo, una gran paciencia los que hacen la diferencia. La disciplina flaquea; la costumbre y el hábito no.

La fuerza de voluntad es innata; algunas personas la tienen y otras no (otra de esas nociones muy extendidas. Lo más alucinante que he descubierto acerca de la fuerza de voluntad es que es un músculo más: si lo ejercitas se hace cada vez más poderoso).

El amor romántico: todos tenemos una media naranja perfecta de la que caeremos rendida y apasionadamente enamorados y que nos tendrá felices y enchochados hasta que muramos (ah, esta es buena, y daría para otro post sumamente largo en el que entraría en el conflictivo terreno del poliamor y similares). También he descubierto algo que me ha resultado muy sorprendente: que puedes seguir queriendo a alguien incluso después de terminarse una relación; que el amor no se va solo porque la relación ya no sea posible, y que además este amor (y esto me parece alucinante porque va en contra de todo lo que me han enseñado, de todo lo que exhibe la media y el acervo cultural) puedes guardarlo en tu corazón y es totalmente compatible con otro amor, grandioso, nuevo, que te devore hasta las entrañas.

Los amigos/conocidos son amigos/conocidos y hay que soportarlos: En el último par de años se podría decir que he hecho una “purga” de entorno que ha producido cambios extraordinarios. No más quejicas. No más gente negativa. No más emocionalmente mutilados. Es egoísta, tal vez. Pero yo ya he intentado ayudar y apoyar a estas personas como he podido. Solo quiero gente extraordinaria a mi alrededor, personas a quienes respeto, admiro y de quienes puedo aprender. Esta actitud me ha resultado increíblemente productiva. Por supuesto, si eres mi amigo/a y llevas tiempo sin tener contacto conmigo, lo más seguro es que sea porque soy una despistada, y un tanto obsesiva con mi trabajo y aficiones, y a veces hay que sacarme a la calle de los pelos, no porque te haya eliminado de mi vida, ejem.

Ahora toca seguir peleando contra las mencionadas y contra otras por mencionar. Hay muchos tabúes en mi cabeza. Quiero ponerme más retos físicos, ver si soy capaz de hacer cosas que antes consideraba imposibles. Quiero romper algunas barreras de timidez y de miedo. Quiero conseguir que deje de importarme tanto la visión que otros puedan tener de mí. Quiero seguir avanzando con mis proyectos personales, llegar a terminar todo lo que he empezado (o dejarlo atrás sin remordimientos). Quiero comerme el mundo. ¿Y por qué no?

Releo todo esto y me produce pavor. Es demasiado íntimo y honesto, y puede parecer, sin duda, egocéntrico. Pero por otro lado creo que si hay una sola persona ahí fuera que lo lee y piensa que realmente todo puede cambiar, que realmente puede mejorar de una forma significativa su existencia, merece muchísimo la pena. Y la timidez y el miedo a lo que piensen los demás es otra de esas cosas que quiero aprender a dejar de lado, así que por algún lado habrá que ir empezando.

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Escuchando: Tengo a Patrick Wolf con William en la cabeza.
Leyendo: Ted Chiang, Stories of your Life.
Imagen: Propia.

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Las guerras son como los glaciares

junio 6, 2012 — by Gabriella0

“Al paso de los años, la gente que he conocido me ha preguntado muchas veces en qué trabajo, y por lo general yo he contestado que la obra más importante que tengo entre manos es un libro sobre Dresde.
Una vez le dije eso a Harrison Starr, el productor de cine, y él levantó las cejas inquiriendo:
−¿Es un libro anti-guerra?
−Sí −contesté−. Me parece que sí.
−¿Sabes lo que les digo a las personas que están escribiendo libros anti-guerra?
−No. ¿Qué les dices, Harrison Starr?
−Les digo, ¿por qué no escriben ustedes un libro anti-glaciar en lugar de eso?
Lo que quería decir es que siempre habría guerras y que serían tan difíciles de eliminar como lo son los glaciares. Desde luego, también yo lo creo.
Además, aunque las guerras no siguieran siendo como los glaciares, seguirás siendo llorada, vieja muerte.”

de Matadero cinco, de Kurt Vonnegut

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Madrid

junio 5, 2012 — by Gabriella7

Siempre me gusta ir a Madrid, aunque en esta ocasión haya acabado en una gastroenteritis que me tuvo pegada a la cama durante unas 24 horas bastante desagradables con su consiguiente estancia alargada de hotel. Es imposible no quedarse con las cosas buenas, que suelen derivar de la fantástica compañía de la gente excelente que conozco en la capital.

Aquellos que me conocéis muy de cerca sabéis que soy bastante tímida, aunque a veces procure esconderlo con una buena dosis de extroversión excesiva. Y además tengo cierto pánico a la gente más o menos famosa. Parece que últimamente me ha tocado una cuota más de lo habitual de este tipo de persona: desde un Álex de la Iglesia que apareció en una cena en Barcelona hace un mes hasta formar parte de una mesa redonda hace unas semanas en Málaga en la que participaba José Carlos Somoza. Pues no es para tanto, diréis vosotros, son personas como cualquiera. Yo qué se, padezco de starphobia o algo por el estilo.

Pero el otro día, en la feria del libro de Madrid, me crucé con la Infanta Elena. Quiero decir, literalmente, que pasó justo a mi lado, saliendo de entre las casetas con un grupo de acompañantes, justo hacia donde estaba yo. Me di cuenta de que era la Infanta al cabo de unos segundos, tras esa sensación rara de “conozco a esa señora, ¿de qué la conozco?” (eso y el tipo altísimo, cuadrado y bien vestido que iba unos pasos detrás de ella eran signos inequívocos de avistamiento de realeza).

Y me importó poco, de hecho nada. No porque sea antimonárquica (que también), sino porque en esos momentos yo andaba lloriqueando de la emoción de tener un libro* firmado por el mismísimo Miguel Ángel Martín, que además había tenido la amabilidad de hablar conmigo mientras me hacía un dibujito, aunque debió de pensar que era tarada perdida, debido a mi incapacidad para expresar nada que fuera mínimamente coherente. He llorado de felicidad como una niña chica que se ha comprado la Barbie más grande y guapa de la tienda. Qué le vamos a hacer, siempre he sido más de escritores gore que de princesas, y si no que se lo pregunten a mi pareja, también creador de monstruos y fantasmagorias, al que saqué de su propia caseta para abrazarlo como una gilipollas, alejándolo, a su vez, de su tarea de firmarle a gente que ha crecido con sus libros, libros que han marcado sus sueños, inspiraciones y pesadillas. Como me ocurrió a mí cuando leí por primera vez Rubber Flesh, en el Víbora, hace ya más de diez años.

*El libro en cuestión es Playlove, muy muy bien editado por Rey Lear, y os lo recomiendo. Tal vez el prólogo de Hernán Migoya no sea el más adecuado (en mi opinión es un tanto simplista y pierde un poco de vista la tristeza y abandono de la historia para dar sus propias opiniones sobre la determinación de los sexos). A mí me ha resultado una experiencia melancólica, no tanto acerca de la diferencia entre hombres y mujeres y el significado de la (in)fidelidad, sino sobre los diferentes discursos que usamos para relacionarnos y el narcisismo que subyace en ambos sexos, a veces, bajo la aparente felicidad de los sentimientos y la satisfacción física. A Martín no le hacen falta máscaras de gas ni imágenes de penes mutilados para impactar (aunque claro, eso siempre ayuda).

O a lo mejor es que soy un bicho extraño y no puedo identificarme con esas mujeres necesitadas y monógamas de las que habla Migoya, ni conozco a ningún macho alfa de esos a los que tanto se refiere (en el fondo, los que he conocido que más se han acercado a ese concepto han sido seres inseguros, tambaleantes, heridos, que sólo tenían éxito con mujeres inseguras, tambaleantes, heridas). Tampoco creo que ninguno de los personajes de Martín encaje del todo en esas categorías. Las mujeres de Playlove son egoístas, a la vez que asumen y esperan el engaño. El macho alfa es un superhombre solitario que encuentra placer en el juego de la violencia, al mismo tiempo que procura otorgarle a cada mujer aquello que esta realmente cree que necesita. No puedo empatizar con ninguno de ellos, pero, a la vez, qué frío y serio se queda el mundo cuando el libro acaba. Cuánto hay detrás de ese dibujo y guión sencillo y aséptico. Tal vez ahí radique el secreto.

Creo que con el tiempo me cuesta cada vez más reconocerme en lo que todos quieren definir como mujer, y me cuesta más identificar lo que todos quieren definir como hombre. Reconozco los paradigmas, sí, los modelos. Hay muchas mujeres que encajan a la perfección con los estereotipos, y muchos hombres. Creo que me rodeo de personas que se alejan, poco a poco, de esas clasificaciones. No digo que el sexo se difumine, en una especie de androginia artificial, sino que cada vez nos importan menos determinadas convenciones. No lo sé. Tal vez sólo sea eso, mi propia percepción en un mundo cerrado de personas que me hacen feliz. En cualquier caso, comprad el libro y juzgad por vosotros mismos. En el peor de los casos, le estáis dando de comer a un artista.

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Euforia

mayo 27, 2012 — by Gabriella3

Cuando trabajas en cosas que te gustan, o que te intrigan (o ambos), no es trabajo, es ocio, es diversión. Últimamente parece que trabajo en cosas muy interesantes, con ganas sólo de poder relajarme retomando otros trabajos. No todos dan dinero (muy pocos lo hacen). El dinero es, sin duda, una recompensa muy satisfactoria, un plus de lo más motivador. Pero esa fuerza bruta que te impulsa a levantarte por las mañanas, esa curiosidad malsana que bulle con furia en tu interior, que se sobrepone a todo tipo de impedimentos, que vence a la fatiga que asalta de vez en cuando, triplicando el peso de la gravedad (and that’s another story), esa fuerza es el motor que te hace agarrarte al tiempo como si fuera combustible, acción y enemigo en conjunto.

Los fines de semana no existen, y ni siquiera he probado el Diablo III. Lo dicho, distraction is boredom. Boredom is distraction. Apenas tengo vida social, porque la que tengo la determino y elijo y está repleta de personas que de alguna extraña manera consiguen romper la estúpida barrera de vacío que existe en mi corazón.

Podría vivir mil años y no sería suficiente.

El 2 de junio estaré en la Feria del Libro de Madrid. Luego, tal vez regrese a casa unas semanas para desintoxicarme de tanta tontería y escribir alguna entrada racional en el blog, donde podría hablaros, por ejemplo, de una sesión maravillosa de fotos que hicimos en La Línea de la Concepción para Miss Cristal (en cuanto regrese de Madrid tendré ocasión de editar las fotos y terminar de prepararlas para la página de Facebook y la tienda de Etsy). Que el tiempo no os devore mientras tanto.

(En la foto, la mesa de venta de Miss Cristal en una merienda-tienda de lo más elegante que tuvimos en La Línea, con té y pastas y una vista de primera del Peñón de Gibraltar. También me regalaron una Barbie inspirada en Klimt y un amigurumi del pequeño pony Confetti, juntarse con Cocó es lo que tiene).

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El verdadero valor de las cosas

enero 15, 2012 — by Gabriella6

Una de las cosas que más me ha llamado la atención desde que me he introducido en el fascinante mundo de lo hecho a mano, y que se aplica no sólo a éste, sino al comercio en todos sus aspectos, es el tema de los precios. Con el comercio general, no nos paramos mucho a considerar aspectos como el valor añadido, simplemente nos dejamos llevar por lo que nos ofrece la constante batalla de oferta y demanda: queremos un producto de la mayor calidad posible al menor precio posible. En principio, claro.

Porque en el fondo no siempre es así. No tenemos problema en adquirir productos de ínfima calidad si el precio es también ínfimo (léase Vidal, léase supermercados low-cost o incluso vuelos de avión tipo Ryanair). Nos quejamos, sí, pero sabemos que seguiremos adquiriendo estos productos porque queremos ahorrar dinero. Y también funciona al revés: no nos importa adquirir productos de precios muy elevados si consideramos que la calidad lo merece. Hablo de grandes marcas de diseño, aunque ahí también interviene el factor del prestigio de marca, o de productos de precios muy altos pero demostrada calidad (equipos de música Bang & Olufsen, televisores Sony, turrón 1880*).

¿Pero qué ocurre con lo hecho a mano? Se trata de un híbrido extraño. Por un lado responde a las leyes de mercado como todos los productos, pero por otro lado se mueve en el farragoso terreno del valor añadido, de una manera similar a cómo lo hacen marcas de calidad media que pueden permitirse precios elevados por el prestigio de marca (en el fondo uno no paga el producto, sino sus costosísimas campañas de promoción y su atractivo diseño): Tous, Benetton, etc. Del mismo modo, lo hecho a mano vende, por un lado, el producto, y por otro dos valores muy importantes: primero, que esto lo ha hecho a mano alguien, que no han intervenido máquinas, procesos de montaje y salarios injustos en el tercer mundo; segundo, que por las propias características de lo hecho a mano, es imposible crear en masa, y cada producto será, aunque levemente, distinto. Por tanto, obtienes exclusividad. O eso nos cuentan, sobre todo desde Etsy y otras empresas que hacen su agosto con la artesanía.

Un momento, ¿con esto quiero decir que lo hecho a mano no tiene salarios injustos?

Consideremos, por un momento, una evaluación idealista del producto hecho a mano, tomando como ejemplo un caso real. Llevo siete horas trabajando en un collar, y estimo que tardaré unas dos horas más en terminarlo. Pongamos que me adjudico un salario, tirando por lo bajo, que resultaría en unos 6 € por hora (eso si estuviéramos en una situación óptima en la que absolutamente todo lo que produzco se vende). También tengo que pagar Seguridad Social, impuestos, y etc, así que vamos a subirlo a 8 € la hora. Si tengo un local, tengo que pagar alquiler, facturas y etc, pero por ahora vamos a dejar eso de lado, ya que trabajo desde casa y afortunadamente no tengo que pagar facturas al estar en el hogar familiar.

A 8 € la hora, el collar ya tendría un coste de 72 €. Los materiales me han costado unos 15 €**, y eso también tirando por lo bajo (cuentas, pintura, barniz, fornituras). El resultado, sin meternos en IVA y etc., sería de un precio para el collar de 87 €. El comprador tendrá también que pagar gastos de envío, entre 4 y 5 € por correo certificado. En resumen, estamos hablando de una pieza que le costará más de 90 €, y ni siquiera está hecho de plata de ley, que es lo que el cliente suele exigir cuando se encuentra con piezas de ese precio (algo desternillante teniendo en cuenta el coste actual de la plata).

El collar seguramente se pondrá a la venta rondando los 60-70 €, y habrá quien, estando totalmente enamorado del collar, se queje del precio. Esto se debe a dos factores:
-el cliente no acepta el coste del valor añadido, es decir, espera un producto hecho a mano a precio de producto manufacturado.
-el cliente observa que otros vendedores de productos artesanales ofrecen precios mucho más bajos. El cliente no es consciente de que estos vendedores no intentan vivir de su trabajo, sino que son personas cuyo hobby es realizar productos artesanales y no les importa perder dinero con tal de tener la satisfacción de que alguien adquiera su creación. Generalmente estos suelen ser, por otra parte, generadores de productos de baja calidad (por falta de experiencia, falta de motivación económica, etc.), pero de vez en cuando te encuentras con casos escandalosos como increíbles collares de pedrería bordada (que podría estimarse perfectamente en 30 horas de trabajo, o más) por poco más de 100 €.

No critico esta actitud, ni mucho menos, al final es ese cliente el que manda, el mercado no entiende de moral o retribución justa. Pero pensad en ello la próxima vez que adquiráis un producto hecho a mano, valorad realmente cuánto tiempo se ha invertido en éste, y el coste material de su fabricación (ojo, que esto también lo digo en el sentido contrario, ¿realmente quieres gastarte 40 € en un collar “hecho a mano” que consiste en una cadena con una piedra colgando, de los cuales hay ocho mil exactamente iguales por todas las redes de supuesta artesanía?). Tal vez llegó la hora de comprar menos pero mejor, de reducir la basura que nos rodea para adquirir objetos únicos, maravillosos, que nos duren mucho tiempo y que despierten la admiración y curiosidad de los que nos rodean. Y está claro que hablo desde mi propio interés (ahí tengo mi página de Etsy, de Artesanio y de Facebook), pero también en el de tantos creadores alucinantes, auténticos artistas, que tienen que vender a precios de risa sus productos hasta conseguir que su marca alcance cierto prestigio que justifique unos precios que, de hecho, están más que justificados (si lo consiguen, claro).

*Para todos los escépticos: Probadlo.
**Aquí caigo en la contradicción. Me cuestan 15 € porque son materiales de calidad media, hechos en cadena, en masa, que intento optimizar. Si comprara materiales de óptima calidad, hechos y cortados a mano, serían más bien 50 €. Poco a poco procuro adquirir cada vez más materiales de este tipo, pero estamos en las mismas, se elevaría el coste de manera inaceptable para el comprador.

filosofando

El poder de la palabra

junio 22, 2011 — by Gabriella5

Recientemente me he descubierto controlando lo que digo. No me refiero a controlar lo que digo por si es inconveniente, ofensivo o simplemente tonto, sino a controlar lo que sale de mi boca en relación a lo que pienso, ya que la palabra es, tantas veces, sintomática de un estado mental.

Esto va en relación, también, con las personas con las que me rodeo. No quiero rodearme más de pesimistas ni de quejicas, del mismo modo que estoy intentando seriamente que no salga nada de mi boca pesimista ni quejica (he dicho intentando, eh, esto no implica que de vez en cuando se me olvide y meta la pata). Las personas pesimistas y quejicas fomentan mi propia tendencia a la carga negativa. Hace poco tuve un momento de esos reveladores, en los que me di cuenta de la frecuencia con la que elegimos a personas que tienden a hundirnos, a ser un reflejo de nuestro peculiar estado de ánimo quejumbroso. Tengo una amiga que, siendo muy joven, es una de las personas más emprendedoras que conozco. Es guapa, simpática y viste estupendamente. También tiene un poco de sobrepeso, o por lo menos lo tiene si nos fijamos en las leyes actuales del canon y etc (vid. post sobre Teer Wayde). Hace unos meses fuimos de compras, y ella se paraba con las faldas más cortas, los shorts más reveladores y… ¡shock!, camisetas de rayas horizontales (sí, las mismas que nuestras mamás nos prohibían porque “las rayas engordan”). Hubo un momento en que me enseñó una minifalda en algún color pastel y me dijo que seguro que me quedaría bien. Mi respuesta, totalmente automatizada, fue “qué va, ese color me queda fatal y las minifaldas me hacen un culo enorme”. Con la mayoría de las chicas que conozco, la reacción habría sido de asentimiento y pasar a la siguiente prenda (de todas formas ninguna de ellas me habría sugerido que me probase algo así), sin embargo en la cara de mi amiga sólo vi una especie de incomprensión, un fruncimiento de ceño como si le hablase en otro idioma. De repente me di cuenta de que estaba hablando con una persona que llevaba puesta una minifalda más corta que la que me enseñaba, y que seguramente tenía el culo más grande que yo. Y a la que le quedaba realmente espectacular.

Esto no tiene nada que ver con que esta chica fuera más grande o más pequeña, más alta o más baja, con el culo del tamaño de un biplaza o más chiquitito que el de una modelo de Victoria’s Secret. Tiene que ver con el hecho de que en su cabeza no entraba el concepto de autocrítica al que saltamos tan deprisa la mayoría de las mujeres. Tenemos miedo a que se nos considere engreídas, y por esto recurrimos a una falsa modestia que, de tanto repetirse, acaba haciéndose cierta en nuestra cabeza. No quiero decir con esto que aprecie a las mujeres que andan todo el día echándose piropos, sobre todo porque en el 90% de los casos se trata de un intento de compensar lo que uno considera que no recibe de los demás. Pero hacía tanto tiempo que no conocía a alguien para quien la falsa modestia o la necesidad de compensación no fuese un hábito, que me hizo plantearme seriamente algunas cosas.

Y la respuesta está en las palabras, en lo que decimos. No es sólo que de lo que pensemos salgan las palabras, sino que también funciona el proceso al revés. Si repetimos las suficientes veces “soy fea”, “soy incapaz”, “soy inútil”, inevitablemente acabaremos pensando precisamente esto. Tampoco es plan de repetirse, cual mantra, “soy guapa”, “soy maravillosa”, “soy genial”, porque simplemente queda artificial y forzado. Creo que se trata más bien de capturar los pensamientos negativos antes de traducirlos a palabras y mordernos la lengua con fuerza. No se trata de tragarse el “soy fea” y sustituirlo por un “soy guapa”, se trata más bien de comprarse esa minifalda en un color horrible y ponérsela con los tacones más altos que tengas, la camiseta más bonita que encuentres, y la sonrisa más deslumbrante que poseas. Lo demás vendrá por sí solo.

En otra ocasión hablaré del complicado arte de recibir cumplidos que, al contrario de lo que la mayoría piensa, es bastante más complejo que recibir insultos. But that’s another story.