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El poder de la palabra

junio 22, 2011 — by Gabriella5

Recientemente me he descubierto controlando lo que digo. No me refiero a controlar lo que digo por si es inconveniente, ofensivo o simplemente tonto, sino a controlar lo que sale de mi boca en relación a lo que pienso, ya que la palabra es, tantas veces, sintomática de un estado mental.

Esto va en relación, también, con las personas con las que me rodeo. No quiero rodearme más de pesimistas ni de quejicas, del mismo modo que estoy intentando seriamente que no salga nada de mi boca pesimista ni quejica (he dicho intentando, eh, esto no implica que de vez en cuando se me olvide y meta la pata). Las personas pesimistas y quejicas fomentan mi propia tendencia a la carga negativa. Hace poco tuve un momento de esos reveladores, en los que me di cuenta de la frecuencia con la que elegimos a personas que tienden a hundirnos, a ser un reflejo de nuestro peculiar estado de ánimo quejumbroso. Tengo una amiga que, siendo muy joven, es una de las personas más emprendedoras que conozco. Es guapa, simpática y viste estupendamente. También tiene un poco de sobrepeso, o por lo menos lo tiene si nos fijamos en las leyes actuales del canon y etc (vid. post sobre Teer Wayde). Hace unos meses fuimos de compras, y ella se paraba con las faldas más cortas, los shorts más reveladores y… ¡shock!, camisetas de rayas horizontales (sí, las mismas que nuestras mamás nos prohibían porque “las rayas engordan”). Hubo un momento en que me enseñó una minifalda en algún color pastel y me dijo que seguro que me quedaría bien. Mi respuesta, totalmente automatizada, fue “qué va, ese color me queda fatal y las minifaldas me hacen un culo enorme”. Con la mayoría de las chicas que conozco, la reacción habría sido de asentimiento y pasar a la siguiente prenda (de todas formas ninguna de ellas me habría sugerido que me probase algo así), sin embargo en la cara de mi amiga sólo vi una especie de incomprensión, un fruncimiento de ceño como si le hablase en otro idioma. De repente me di cuenta de que estaba hablando con una persona que llevaba puesta una minifalda más corta que la que me enseñaba, y que seguramente tenía el culo más grande que yo. Y a la que le quedaba realmente espectacular.

Esto no tiene nada que ver con que esta chica fuera más grande o más pequeña, más alta o más baja, con el culo del tamaño de un biplaza o más chiquitito que el de una modelo de Victoria’s Secret. Tiene que ver con el hecho de que en su cabeza no entraba el concepto de autocrítica al que saltamos tan deprisa la mayoría de las mujeres. Tenemos miedo a que se nos considere engreídas, y por esto recurrimos a una falsa modestia que, de tanto repetirse, acaba haciéndose cierta en nuestra cabeza. No quiero decir con esto que aprecie a las mujeres que andan todo el día echándose piropos, sobre todo porque en el 90% de los casos se trata de un intento de compensar lo que uno considera que no recibe de los demás. Pero hacía tanto tiempo que no conocía a alguien para quien la falsa modestia o la necesidad de compensación no fuese un hábito, que me hizo plantearme seriamente algunas cosas.

Y la respuesta está en las palabras, en lo que decimos. No es sólo que de lo que pensemos salgan las palabras, sino que también funciona el proceso al revés. Si repetimos las suficientes veces “soy fea”, “soy incapaz”, “soy inútil”, inevitablemente acabaremos pensando precisamente esto. Tampoco es plan de repetirse, cual mantra, “soy guapa”, “soy maravillosa”, “soy genial”, porque simplemente queda artificial y forzado. Creo que se trata más bien de capturar los pensamientos negativos antes de traducirlos a palabras y mordernos la lengua con fuerza. No se trata de tragarse el “soy fea” y sustituirlo por un “soy guapa”, se trata más bien de comprarse esa minifalda en un color horrible y ponérsela con los tacones más altos que tengas, la camiseta más bonita que encuentres, y la sonrisa más deslumbrante que poseas. Lo demás vendrá por sí solo.

En otra ocasión hablaré del complicado arte de recibir cumplidos que, al contrario de lo que la mayoría piensa, es bastante más complejo que recibir insultos. But that’s another story.

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Función vs. propósito

abril 7, 2011 — by Gabriella9

“If you’re going to try, go all the way. Otherwise, don’t even start. This could mean losing girlfriends, wives, relatives and maybe even your mind. It could mean not eating for three or four days. It could mean freezing on a park bench. It could mean jail. It could mean derision. It could mean mockery–isolation. Isolation is the gift. All the others are a test of your endurance, of how much you really want to do it. And, you’ll do it, despite rejection and the worst odds. And it will be better than anything else you can imagine. If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods, and the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is.” 
— Charles Bukowski (Factotum)*

En los comentarios del post anterior, Cocó mencionó algo que me trae a la mente una de las distinciones principales que veo a la hora de dirigir nuestras aspiraciones y, por qué no, existencia. Frecuentemente se nos habla de qué función tenemos en la vida, es decir, para qué estamos aquí. Es posible que esto tenga mucho que ver con un contexto social de influencia judeo-cristiana, que nos presenta como parte de un plan infinito construido por una entidad superior (ojo, que no estoy acusando a nadie de deísmo, sólo intentando analizar de dónde viene esta necesidad de sentir que servimos para algo). Como parte de nuestra actitud frente a nuestra propia y limitada mortalidad, es un alivio inmenso sentir que estamos aquí para cumplir una función, y cuanto más importante, mejor. A todos nos encanta que en la narrativa, sea cinematográfica o literaria, los personajes descubran que están destinados, que cada uno de sus actos tiene un sentido lógico, una finalidad. Lamentablemente, la vida real nos demuestra, una y otra vez, que si tenemos alguna función, ésta no está muy clara. Y siempre está la terrible sospecha de que dicha función no existe y, peor aún, nada tiene sentido. Y caemos en el siempre preocupante terreno del nihilismo.

La pena del nihilismo es que tiene muy mala fama. Tendemos a pensar que, con la ausencia de principios trascendentes, de fundamentos que van más allá de la vida y la muerte (tales como tener un sentido, o una función), no hay razón en absoluto para estar aquí. Personalmente, apuntaría que esa es una razón maravillosa para estar aquí.

Si no hay fundamentos, si no hay funciones, somos libres. Confusos, perdidos, sí, pero libres. Cuando pienso en el nihilismo tiendo a desviarme hacia su aspecto más nietzscheano, el que nos habla de un nihilismo activo, positivo, vitalista. Si no hay nada, puedes empezar a construir las cosas como te dé la gana, como si construyeras tu propia casa. Desde luego ésta se te puede caer (no nacemos sabiendo construir casas), pero siempre tendrás el orgullo de haberla hecho tú mismo, y siempre puedes volver a empezar (está claro que hablo desde la perspectiva del ateísmo, para una persona agnóstica puede que varíe la cosa un poco, y para una persona creyente será, seguramente, muy distinto).

Lo mejor de todo, a mi juicio, no es ver la casa terminada, sino construirla. Y aquí es donde entraría mi noción de propósito, entendida no como función, sino como comportamiento. Mi propósito, mi meta, no es tal, ya que nunca llegaré a dicha meta. No tengo un para qué, ni un por qué. Tengo un cómo. Mi propósito es la manera, aquello que yo elijo, que nadie elige por mí. Mis planos para la casa. Considero importante resaltar que no tiene por qué ser mi modo mejor ni peor que otros. Para muchas personas lo importante es la función, para otras cobra vital importancia el propósito, y frecuentemente ambos conceptos se entremezclan. Creo que lo realmente indispensable es pararse a pensar en cuál es el de cada uno y cómo podemos sacarle el mayor provecho posible.

Y aquí es también donde entra con tanta importancia el sistema ético. Es un método fabuloso para que la casa no se caiga, una especie de cemento metafórico y moral. También podría llamarse sistema de coherencia. En cualquier caso es la masa que la mantiene pegada y entera. No hablo sólo de sistema ético como definir lo que es Bien y lo que es Mal (con la ausencia de fundamentos trascendentes, este tipo de concepto no tiene sentido), sino de pauta de comportamiento y coherencia personal. Y en mi caso particular, el comportamiento constructivo y sincero es el que me sirve de cemento, aunque sólo sea un cemento arquetipo, platónico, que intento emular mezclando arena y desechos, porque si hubiese alcanzado ese arquetipo imposible no estaría aquí, escribiendo en un blog, sino perdida en África alimentando a niños, o en la Antártida salvando ballenas.

Mi propósito es disfrutar del camino. No sé si cambiará, seguramente con el tiempo se irán modificando los detalles, pero dudo que pueda alterarse mucho en general. ¿Cuál es el tuyo?

*Si vas a intentarlo, ve hasta el final, de lo contrario no empieces siquiera. Tal vez suponga perder novias, esposas, família, trabajo y quizá la cabeza. Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días, tal vez suponga helarte en el banco de un parque, tal vez suponga la cárcel, tal vez suponga humillación, tal vez suponga desdén, aislamiento. El aislamiento es el premio. Todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo, y lo harás, a pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades. Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás solo con los dioses, y las noches arderán en llamas. Cabalgarás la vida hasta la risa perfecta.

Es por lo único que vale la pena luchar.

Y si todavía tenéis ganas de leerme después de todo esto, aquí tenéis algo mucho más ligerito: un artículo sobre brujas literarias en Lecturalia.

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A vueltas con la ética (I)

abril 6, 2011 — by Gabriella9

Supongo que, de una manera u otra, la mayoría de nosotros recibe una educación moral. Puede ser religiosa o no, pero suele haber alguien o algo en nuestras vidas que nos dice “esto está mal” y “esto está bien”.

El problema de la ética es que existe la noción de que no es funcional, que no sirve para nada aparte de para no acabar en la cárcel o en el infierno, según tus creencias personales. Realizar una buena acción, si es realmente desinteresada, no suele proporcionarte beneficios, más allá de la satisfacción personal. No sé si recordáis aquel episodio de Friends en el que Joey y Phoebe discuten acerca de la existencia de acciones realmente desinteresadas; en realidad toda acción parece ser interesada.

Una de las cosas que me horrorizaba de pequeña era que una de las críticas que recibía a menudo, por parte de profesores, amigos y familiares, era que era “demasiado buena”. Esto no significa que anduviera con doce años ayudando a los sin techo, sino que mi predisposición a creer en la bondad natural de las personas me hacía quedar como tonta (la edad te espabila, pero no del todo). Pese a mi labia cínica, es una predisposición que aún mantengo, no porque crea realmente que las personas son buenas, sino porque necesito pensar que no soy la única que se ve afectada por principios morales, tal vez como defensa ante una realidad cruel e inhóspita.

No quiero decir con esto que yo sea una persona buena, en el sentido moral de la palabra. Intento hacer lo correcto, y muchas veces no lo consigo. Generalmente por omisión (creo que nunca he hecho nada con auténtica maldad), pero esa no es una excusa válida. Lo que me aturde y fascina es que muchas de las personas que conozco no lo intentan siquiera; o a lo mejor tienen un código moral totalmente diferente al mío. Supongo que depende de cómo estamos calibrados; a lo mejor para otras personas mi vida sexual, por ejemplo, resultaría repugnante, y a mí me resultaría inaceptable su costumbre de hurtar pequeños objetos en los supermercados. Sea como sea, la idea de que otra persona sufra me resulta repulsiva (a no ser, claro, que esto le excite sexualmente, ahí ya entramos en un terreno muy distinto pero mucho más divertido). Mi empatía es enfermiza: hay misiones del World of Warcraft que me cuesta llevar a cabo porque hay que matar a seres inocentes. Sin embargo estoy segura de que hay personas que se han visto afectadas negativamente por mis acciones, sin que yo me haya dado cuenta siquiera.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que mi código ético tiene un significado muy diferente del que yo sospechaba. Cumplir el código me produce bienestar, me hace sentir que soy sincera conmigo misma, que hay cierta solidez en este universo de locos. Aunque a corto plazo mis decisiones puedan parecer estúpidas e ingenuas, hasta el punto de hacerme perder dinero, tiempo y aparentes oportunidades, a largo plazo me proporcionan una paz que no puede pagarse con dinero, tiempo ni oportunidad ninguna. A fin de cuentas es un código muy sencillo: no hagas daño, ni por activa ni por pasiva, a no ser que sea para evitar un daño mayor.

Al ser consciente de mi código, surgen otras preocupaciones. Soy consciente de mi hipocresía, ya que uno no puede aplicar el código para lo que le conviene, y no aplicarlo para otras cosas. Una de mis mayores preocupaciones, ahora y siempre, es el tema de la alimentación. Comer carne, y las connotaciones morales que esto tiene. No me malinterpretéis, no tengo ningún problema con comer carne. El ser humano no es precisamente herbívoro. Mi problema es con los métodos, la cría de animales en condiciones horribles sólo para proporcionarnos carne de ínfima calidad. Es algo a lo que llevo tiempo dando vueltas y sobre lo que hablaré más en profundidad más adelante. Con todo, si hay vegetarianos, veganos o flexíboros (creo que esa fue la palabra que empleó V. cuando hablé con él de este tema, y me hizo tanta gracia que me la apropio) flexitarianos (gracias, V., por la aclaración) en la sala, agradecería su opinión.

Otra cuestión, de la que ya he hablado aquí otras veces, es preguntarme qué exactamente aporto al mundo. No se trata sólo de no hacer daño, sino de aportar cosas positivas. Hay tanta mierda en el mundo, tantísima mentira y fealdad, que uno llega a sentir que su contribución es insignificante. A veces me siento así. Bueno, más bien casi siempre. Dije en su momento que quiero hacer pequeñas inyecciones de belleza, y lo sigo sintiendo, más que nunca. Ahí entra, por ejemplo, el Proyecto Poema, aunque me pregunto si realmente aporta algo que merezca la pena. Una mentalidad práctica diría que es absurdo dedicar tantas horas de mi tiempo a realizar algo que a lo mejor sólo proveerá a su receptor de una pequeña sonrisa. Sigo sin saber la respuesta, pero llevar a cabo la tarea me produce satisfacción, que es más de lo que puedo decir de algunas tareas que en teoría me son mucho más rentables.

Llevo un tiempo en el que no puedo parar de pensar. Pensar en serio, no darle vueltas a lo que echan esta noche en la tele. Pensar en mí, en lo que me rodea y en todo ese inmenso vacío que es mi desconocimiento y mi tendencia a ponerme en autopiloto. Algunos de vosotros ya sabéis que hay algunos cambios significativos en mi vida personal. Pues creo que esto va a ser un proceso largo y complejo. No os perdáis el próximo episodio.

P.D.: Creo que este es el post más largo que he escrito nunca, y sin embargo se me queda muy corto.

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Antes de morir

marzo 21, 2011 — by Gabriella5

En Nueva Orleans, la diseñadora Candy Chang creó una especie de pizarra gigante donde la gente podía pararse a escribir lo que quería hacer antes de morir. Le dio nueva vida a un edificio abandonado, y seguramente también a muchos de sus visitantes. Pensar en las cosas que queremos hacer antes de que termine nuestro tiempo nos da una nueva sensación de urgencia, de querer aprovechar lo que tenemos. Personalmente no hay nada que quiera hacer antes de morir, per se. Como mi propósito absoluto es disfrutar del camino, ya estoy haciendo, o por lo menos intentando hacer, las cosas que quiero hacer antes de que llegue mi hora.
Y tú, ¿cuál es esa cosa importante que quieres hacer antes de morir?

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Algunas habilidades fuera de lo común

febrero 23, 2011 — by Gabriella3

Dicen, haciendo uso de otras de esas sentencias que se repiten hasta la saciedad pero cuya validez pocas veces nos paramos a cuestionar, que todo el mundo tiene un don. Vamos, que todos tenemos algo, por lo menos una cosa, que se nos da especialmente bien, casi de una manera mágica.
Lo que no dicen, y tal vez eso sea bueno, es que no todos estos dones son especialmente útiles. Algunas personas tienen un don para intuir, de manera inmediata, cuándo sonará el teléfono. Otras, conocen con exactitud los nombres completos, años de nacimiento y alergias alimenticias de todos los jugadores que han pasado por su equipo de fútbol favorito. El mío es la sorprendente y manifiesta habilidad de encontrar gangas.
Si hay un vestido rebajado al 90%, se cruzará en mi camino. Y será del color que me gusta, en mi talla. Algunos creen que lo que te ocurre en la vida responde a tu propia apreciación subjetiva de lo que te rodea. Debo de emitir vibraciones muy poderosas que le dejan claro a la realidad y a mi entorno que todas las ofertas de este tipo me pertenecen. Es posible que este don se limite a las rebajas de ropa y calzado, pero creo voy a tener que empezar a ampliarlo y utilizarlo, a ver si puede dársele un uso más extenso.
También poseo el don de encontrar restaurantes y bares estupendos y nada caros. Está claro que mi destino está íntimamente relacionado con la buena vida, la felicidad, y un exceso de Rioja y botas de tacón.

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Nueva reflexión sobre la personalidad múltiple

diciembre 12, 2009 — by Gabriella12

Últimamente hago más equilibrismo de lo habitual. Quiero decir que voy haciendo balance sobre una cuerdecilla muy fina y algo resbaladiza entre dos terrenos. Por un lado están las cosas positivas, las que me hacen feliz y me alegran el día. Por el otro lado están las negativas, las que me deprimen, me estresan y perjudican mi salud. Desafortunadamente durante el último par de meses el lado negativo ha desarrollado a una especie de entidad viva y cabrona que no hace más que agarrarme de los tobillos y tirarme hacia su lado. Y es que el monstruo de ese lado tiene razones de peso muy pesadas; pero yo, como soy muy tozuda, rebusco entre los restos del otro lado desesperadamente buscando cualquier tontería para revolucionar mi existencia. De una manera casi estúpida parece que las cosas más importantes (la familia, las amistades, etc.) no aportan lo suficiente, así que me quedo en chorradas superficiales, que por lo menos son puntos de agarre visuales y fáciles de materializar para momentos duros. Me gustaría mucho ampliar todo esto y desahogarme en condiciones pero me temo que ha llegado el momento en que el blog comienza a perder esa función, al haberse convertido en un gran enemigo público que coarta mis confidencias y tendencia exhibicionista (he ahí su razón de existencia). Así que cada vez me atrae más la idea de jubilarlo y crear otro recuperando mi antiguo mundo pseudónimo. Por supuesto seríais todos muy bienvenidos, sólo tendríais que solicitarme invitación por e-mail. Lo que quiero evitar es convertirme en cuadro de exposición para familiares de familiares, clientes, contactos profesionales y demás. Me guste o no, soy una persona poco convencional, y no quiero que mi actitud o mis posicionamientos personales influyan en mi vida profesional, que para algo me da de comer (o no).

Y mira que me jode.