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¿Debe el autor ser una marca? 6 preguntas que no nos estamos haciendo

septiembre 29, 2015 — by Gabriella28

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Hoy voy a hacer algo horrible.

Solo espero que, en la generosidad de vuestros bellos corazones, sepáis perdonarme.

Es horrible, en serio.

Hoy voy a hablar de Miley Cyrus.

(Gabriella se agacha para resistir la oleada de tomates y abucheos y alguna que otra mesa maltrecha. ¡Os tengo dicho que botellas de cristal aquí no!).

Miley Cyrus viene muy al caso del tema de hoy, por increíble que parezca. Sí, voy a hablar de branding para escritores.

(Observo, triste, que varios lectores potenciales levantan sus dedos del teclado y están ya a punto, ¡qué cerca!, de cerrar esta pestaña).

Esperad. Os prometo que compensa.

Veréis: hace algún tiempo, leí un artículo en Mundopalabras que despertó conversaciones animadas entre varios compañeros escritores acerca de qué significaba el branding para un artista, de las implicaciones éticas y personales. También salió hace poco un artículo introductorio y muy positivo acerca del tema de la marca personal en Escriviviendo.

Reconozco que soy una rara ave (aunque muy plumosa y multicolor) en esto del mundillo escritor, por aquello de que acepto (y disfruto) del mercadeo como forma de promoción si se hace de manera respetuosa e inteligente, pero a la vez desconfío tremendamente de sus trampas. Es muy fácil, demasiado fácil, empeñarse en vivir solo del arte y renegar del mundo que no entiende tu sublime talento. Del mismo modo, es muy fácil, demasiado fácil, dejarse llevar por los cantos de sirena de lo comercial, y lo que vende, y cómo se vende, y olvidar que, en última instancia, la idea de todo esto era crear algo que mereciera la pena.

Y como ocurre con tantas otras herramientas de mercadeo, acepto el branding y a la vez lo veo muy peligroso. No sé si sabéis que branding viene de to brand, marcar, también en el sentido de marcar a las reses, de señalar a la carne como propia.

Ya, ya, ya me explico. Aquí es donde entra Miley Cyrus.

Cyrus ha sido durante mucho tiempo un ejemplo de lo nocivo que puede ser el branding cuando se aplica de forma fría y calculadora a un producto destinado a consumo cultural. Y sí, Hannah Montana también es un texto cultural, en el sentido más académico y pragmático de la palabra. Es el producto Disney perfecto: que la gente olvide que eres una adolescente a tope de hormonas y disfrute de tu actuación virginal a la vez que te visten con cositas estrechas para realzar tus estupendas curvitas y te maquillan hasta la punta del dedo gordo del pie derecho. Ya lo hemos visto mil veces con Britney Spears y compañía. ¿Mensaje contradictorio? Creo que sí. Mi amiga Libertad analiza de forma curiosa esa paradoja de comunicación cruzada usando a Katy Perry como base.

Cyrus también se marcó un Britney: salió del bonito capullo protector Disney y se lanzó al perreo con artistas de la dignidad y consideración de Robin Thicke. Sinead O’Connor le dijo que se respetara a sí misma; Amanda Palmer le dijo que hiciera lo que le saliera del mismísimo.

¿Resultado?

ESTAMOS VENDIENDO DISCOS DE LA MILEY COMO PEGATINAS MÁGICAS DE ESPINETE*.

Sí, a muchos también os gusta su música. Y no es mi intención ofenderos si sois fans de Miley. ¿Pero dónde está la persona, la artista? ¿Qué es Cyrus para nosotros más que un acto más de espectáculo? Es más, ¿qué hago yo criticando a una persona, a un ser humano, con sus sentimientos, solo por su forma de restregarse contra las bolas (metálicas) de sus videoclips?

Lo hago, en parte, porque Cyrus se ha convertido en un producto tan artificial, tan ajeno, que me cuesta verla como persona.

Esto no es lo que queremos los que escribimos (aunque igual sí, si lo que realmente os gusta es restregaros contra bolas metálicas gigantes, en cuyo caso tenéis todo mi respeto y, posiblemente, mi número de teléfono). Después de todo, escribir es comunicación, es entrega, y la calidad de lo que transmitimos y cómo lo transmitimos dice mucho de nosotros como seres humanos y como artistas.

Visto así, el branding, el convertir a una persona en marca, puede ser muy perjudicial; seguro que todos podéis pensar en algún escritor que represente este lado oscuro de la fuerza. No se trata solo de escritores: hay conferenciantes, coaches y profesionales de la mercadotecnia que han desnaturalizado completamente su discurso al adoptar un esquema de lo que se supone que vende y convence. Reconozco que hay veces que llego por casualidad a algunos de esos artículos de “hazte trillonario vendiendo libros en Amazon” con la típica terminología hueca adaptada del inglés y no puedo evitar estremecerme. Hay otro mundo ahí fuera, os lo prometo. Brrrr.

Y todo esto de la mercadotecnia es muy poco artístico y muy sucio, ¿verdad?

Vamos por puntos. No iremos por partes, porque entonces haré el chiste de “como dijo Jack el Destripador”, y esa persona al fondo de la sala me tirará el último tomate podrido que le quedaba y aterrizará justo en mi coleta, con lo que me había costado hoy hacérmela y mira que me ha quedado perfecta.

(Se frota las manos).

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15 trucos para convertirte en el rey de las redes sociales

septiembre 15, 2015 — by Gabriella50

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Tengo que decir que, en esto de las redes sociales, los escritores somos unos tonticos.

(Algunos agitáis los brazos indignados al leer esto; alzáis el puño y me juráis violencia; otros se acuerdan del aspecto de su timeline de Facebook y asienten, deprimidos por lo que está ahí fuera).

No, no son solo los tuits constantes de “compra mi libro”, los mensajes privados automatizados, los dibujos en la mugre del coche que indican, claramente, un enlace a Amazon. No, no es solo eso.

No es solo que no sepamos mantener una imagen coherente, que no sepamos compartir, que no sepamos comunicarnos con eficiencia (lo cual, por otra parte, es normal, teniendo en cuenta que nos pasamos la vida encerrados en una habitación, delante de un ordenador, en vez de salir por ahí y conocer a gente en carne y hueso, y aprender a socializar como seres humanos).

Es que publicamos a lo loco todas nuestras chorradas y esperamos, ¡abracadabra, pata de cabra!, recibir la atención adoradora del público lector que merecemos. Y estamos bien convencidos de que merecemos, aunque sea, un poquito de atención (¡solo un poquito!).

Como me temo que no puedo solucionar los Problemas Grandes del mundo, pensé que podría empezar por intentar solucionar los pequeños. Y me agarré el libro The Art of Social Media, de Guy Kawasaki y Peg Fitzpatrick, y me puse manos a la obra. Vamos a ver si, por lo menos, podemos cambiar algo este gran barullo de gritos y grafiti en que hemos convertido los autores nuestras redes sociales.

Por si no os suenan los nombres, Fitzpatrick es una bestia parda de la comunicación en plataformas sociales y Kawasaki es el señor que te convenció de empezar a comprar productos Apple, allá en los 80. Además, ahora es el encargado de marketing de Canva, una de mis aplicaciones favoritas.

¿Qué he sacado de este libro? Demasiado, la verdad. No es largo, pero tiene condensada una cantidad increíble de información útil. Así que he decidido quedarme con los consejos que mejor podemos aplicarnos los que realmente necesitamos que nos hagan caso en este mundo de promoción saturada: nosotros, pobres escritores desconocidos. Y es que en la escritura no importa cuán bueno seas, si quieres que te lea alguien aparte de tu madre y ese tipo tan raro que te manda emails guarros a las tres de la mañana, te va a hacer falta un poquito de ayuda de las redes sociales.

Leed el libro entero si podéis, porque no tiene desperdicio. Pero podemos empezar por aquí. Este es un resumen de los mejores puntos del libro, con mis comentarios al respecto. ¿Tenéis lápiz y papel, tableta, archivo de notas, Evernote o un boli y una mascota blanca y tranquila a mano?