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Escribir es bueno para tu salud (y otros recortes literarios)

octubre 9, 2015 — by Gabriella21

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En Nueva Zelanda cogieron a un grupo de 49 personas y les hicieron escribir a diario unos 20 minutos, durante tres días seguidos. Escritura expresiva, lo llaman. Debían escribir sobre hechos o actividades diarias que les molestaban y estresaban. Dos semanas después, se les practicó una biopsia.

No es que se les practicara una biopsia como parte del experimento. Ya se la iban a hacer de todos modos, lo prometo.

Once días después, un 76% del grupo que había escrito esos tres días concretos tenían su lesión totalmente curada, frente al 42% del grupo de control.

Conocemos muchísimas ventajas de la lectura. Pero sí, escribir es bueno, también.

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Tu borrador es perfecto (y otros recortes literarios)

octubre 2, 2015 — by Gabriella11

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Muchos autores y clientes me dicen que se atascan escribiendo. Que no hacen más que colocar las palabras y editarlas, corregirlas sobre la marcha.

Esto no es muy recomendable.

Voy a contaros un secreto:

Tu primer borrador es absolutamente perfecto.

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Tres recursos indispensables en la escritura que estamos usando mal (y otros recortes literarios)

septiembre 25, 2015 — by Gabriella12

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“Describe con los cinco sentidos”, te dicen, y procedes a crear descripciones barrocas, abigarradas, llenas de datos inútiles.

“Haz que el lector se emocione”, comentan, y tu libro rebosa escenas lacrimógenas que hacen que la muerte de Chanquete parezca una fiesta con champán y castillos hinchables en comparación.

“El lector siempre tiene la razón”, dice otro, y acabas escribiendo novelas que en realidad son fanfics entre tu mary sue y el cantante guaperas que está de moda.

“Te falta worldbuilding“, comenta otro más (¿por qué sigues escuchando a esta gente?), y a las 3000 páginas sobre industria, economía, política, gastronomía y especies de polilla, decides que no, que igual no te faltaba.

Todos sabemos que hay consejos y recursos que son armas de doble filo.

Ya he hablado de consejos para escritores que hacen más mal que bien. Pero luego resulta que hay recursos muy necesarios, tan necesarios que los metemos a bocajarro sin pararnos a pensar si los estamos usando bien.

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Cómo planificar tu libro usando el “braindumping” (y otros recortes literarios)

septiembre 18, 2015 — by Gabriella25

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Lo sé, lo sé. Hoy llego tarde. Es lo que tiene vivir en el risco octavo del monte Parnaso y que la electricidad y la luz vayan y vengan como quieran.

Hoy vengo a hablaros del braindumping, del mindmapping y de más cosas en idioma bárbaro que me tendréis que perdonar porque no se me ocurre ahora mismo cómo traducirlas con una mínima elegancia. “Descarga cerebral” y “mapeo mental” no suenan igual de sexis, sorry.

Hemos estado hablando de libros muy útiles estos días. Os traigo otro título con miga: el Book Launch de Chandler Bolt.

En primer lugar, si crees en la dedicación completa al Arte (con mayúscula), en emplear toda tu vida a escribir una gran obra maestra y en que el sucio dinero nunca debe mezclarse con la sagrada experiencia de crear, probablemente esta obra no sea para ti. Sin duda es una obra muy enfocada a la comercialización de un libro, sobre todo a la de un libro de no ficción.

Pero no temáis, muchos de los consejos y guías que se dan aquí sí que pueden aplicarse sin problema a los libros de ficción. Uno de los capítulos que me resultó más interesante fue aquel en el que Bolt explicaba un método destinado a realizar la planificación de un libro desde cero, de la manera más útil y productiva posible. Es un método que será difícil de aplicar a textos con estructuras más experimentales, pero si tu novela es del tipo clásico, con una estructura normal de capítulos y exposición-nudo-desarrollo, este método podría serte de gran ayuda.

Vamos allá. Detenedme si voy demasiado deprisa y paradme si veis que me paso de las 3000 palabras, que vamos con retraso y no tenemos todo el día.

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8 atajos para recuperar la motivación (y otros recortes literarios)

septiembre 4, 2015 — by Gabriella6

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Aburrimiento. Indecisión. Sin metas fijas, sin ilusiones. Sin saber hacia dónde tirar. Sin motivación.

¿Te suena de algo?

La motivación no es determinante para conseguir algo: lo determinante es el trabajo diario y para eso nunca hay motivación suficiente. Aun así la perseguimos, a la busca de la nueva emoción, de ese subidón que nos da comenzar un nuevo proyecto o leer un libro que nos restaura la fe en nosotros mismos.

Hay detonantes, trucos que nos permiten volver a ponernos en el camino adecuado o, por lo menos, en el camino menos nefasto (ese que conduce a la abulia y a la desesperanza). Atajos para recuperar la ilusión.

De eso quiero hablaros hoy.

A riesgo de pisarme con mi artículo sobre cómo volver a enamorarte de la escritura, creo que merece la pena comentar los hacks para recuperar la motivación que propone Steve Pavlina. Más que nada porque no solo sirven para darle un acelerón a tu escritura, sino también a tu vida en general.

Pavlina es un ser polémico y yo misma desconfío de mucho de lo que escribe. En el último par de años se ha vuelto un poco demagógico para mi gusto y tiene salidas new age que a veces huelen a pseudociencia y a espiritualismo exacerbado. Pero eso no quita que, cuando no está hablando de talleres de crecimiento personal, de subjetivismo extremo y de su comunión con el mundo, siga proporcionando contenidos realmente buenos. Recomiendo su blog también por sus experimentos variados, desde el sueño polifásico hasta el poliamor y el BDSM. No se corta un pelo y personalmente admiro mucho su valentía a la hora de enfrentarse a supuestos fundamentos de nuestra vida diaria.

Pero vamos a lo que vamos. Hace poco publicó en su blog un artículo con atajos para volver a encender la chispa de la motivación. Aquí los traigo, calentitos:

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Cómo mejorar tu escritura con la regla de tres (y otros recortes literarios)

agosto 28, 2015 — by Gabriella34

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No, no estoy hablando de una operación matemática, ese truco que nos enseñaron en el colegio y que sigo utilizando a día de hoy para calcular qué porcentajes me llevo por libro vendido, cuánto me debe una editorial y qué cantidad de dinero me queda del presupuesto de este mes para comprar tomos de Hellblazer  (la respuesta a todas estas preguntas siempre es la misma: insuficiente).

Llevo leyendo sobre la regla de tres para escritores ya desde hace tiempo y creo que ha llegado el momento de hablaros de esta herramienta.

La regla de tres puede ser la diferencia entre un ritmo narrativo bueno o uno malo. Creo que estaréis de acuerdo en que una herramienta así merece toda nuestra atención.

No es un concepto que suela ver en las webs para escritores o en los talleres de escritura en nuestro idioma. Tal vez es una regla que funciona mejor en inglés, no lo sé. Tal vez todo el mundo sabe de ella y soy yo la que ha llegado tarde a la fiesta. Pero los ritmos de nuestras lenguas se parecen; la musicalidad de lo que está bien escrito funciona tanto en una como en otra. Y yo creo que es una regla fundamental para aquellos que sufren de “infraescritura” (escribir demasiado poco, saltarse los detalles) y “sobreescritura” (agredir al lector con un repertorio interminable de subordinadas, adjetivos y detalles que no importan absolutamente a nadie).

Como cualquier “regla” para escribir, no es en realidad una regla, sino más bien una guía. No ha de aplicarse siempre, eso sería absurdo. Pero puede ser, como la propia palabra indica, una buena regla de medir, una manera de saber cuándo nos pasamos. Creo que solo hay dos reglas realmente sólidas en el mundo de la escritura: escribe mucho y lee mucho. Sospecho que esas dos son innegociables.

¿Pero qué es la regla de tres?

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Cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros (y otros recortes literarios)

agosto 21, 2015 — by Gabriella10

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En varios artículos he hablado de lo que ocurre cuando comparas tu trabajo con el de otros.

Soy repetitiva a veces, lo sé. Soy repetitiva a veces, lo sé. Pero algunas cosas son tan importantes que tienes la sensación de que tienes que decirlas una y otra vez, con la esperanza de que alguien finalmente lo lea y diga: oye, voy a probar lo que dice esta chica tan repetitiva, a ver si va a ser verdad/útil/práctico. Y así intento ahorraros el rencor, la frustración y la desolación que te acompañan cuando comparas tus textos, resultados y metas personales con los de otros.

Hay una expresión anglosajona que funciona muy bien en estos casos:Been there, done that. Yo he estado ahí, yo he hecho eso. Y es un buen montón humeante de mierda caliente y apestosa que te hará abandonar la escritura (o los bailes de salón, o el levantamiento de peso o la caza de tigres rosas en Plutón, sea lo que sea a lo que te dediques).

Hutchinson y la lista de las cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros

Encontré un artículo donde el escritor y bloguero Bryan Hutchinson lo dice mucho mejor que yo:

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Verás, no es una comparación justa, porque estamos predispuestos por naturaleza a pensar que otros lo están haciendo todo mejor que nosotros, aunque seas el bloguero más fantástico de la historia del blogging.

De hecho, a continuación os dejo una lista detallada de las cosas buenas que te pueden ocurrir cuando comparas tu éxito con el de otra persona:

  1. Nada.

-fin de la lista-

Donde dice bloguear podéis sustituir por escribir, así, en general. De hecho, hay muchos consejos que da Hutchinson para blogueros que son totalmente aplicables a los escritores. Estos son, adaptados para los que escribimos:

  1. Utiliza el freewriting cuando estés bloqueado/a.
  2. Lee a otros escritores.
  3. NO COMPARES.
  4. constante (escribe de manera periódica).
  5. Primero, tú (escribe primero para ti).
  6. Segundo, tus lectores (una vez has escrito, reescribe y trabaja pensando en tu lector objetivo).
  7. Sé genial (este último es importante). Ser la hostia ayuda, ayuda mucho.

Sí, sí, ya me lo estáis gritando: hay momentos en los que sí se puede comparar. Puedes comparar tu trabajo con el de buenos escritores para ver dónde estás fallando. Pero estás comparando técnica con objetivos prácticos; no estás comparando habilidad, talento, etc., porque eso es suicida. Cada uno tiene su propio camino y proceso, y de nada sirve, como bien dice Hutchinson, comparar tu trabajo con el de alguien que lleva mucho más tiempo que tú, que ha invertido más esfuerzo, que se ha trabajado más sus contactos, que ha leído más y etc. Pero hay una comparación que sí os recomiendo. Leed de vez en cuando algún libro realmente malo (o por lo menos unas páginas, tampoco es cuestión de perder demasiado el tiempo). No solo sirve como guía de lo que NO hay que hacer, sino que os hará sentiros realmente bien con vuestra trabajo. De nada.

También puede ser peligroso comparar nuestras rutinas de trabajo con las de otros. Creo firmemente que cada uno tiene que encontrar su propio sistema y rutina. Para ello hay que experimentar mucho, claro, y las rutinas ajenas sí que pueden darnos algunas ideas. Con todo, no sé si es buena idea imitar la rutina de Bukowski:

La rutina de Bukowski

Bukowski pasó muchos años de su vida trabajando en empleos que no le hacían gracia alguna, hasta que un editor generoso comenzó a pagarle un estipendio al mes para que pudiera dedicarse exclusivamente a escribir (si hay alguno en la sala, ejem, señor editor generoso, escríbame al mail de siempre: gabriella.campbell@escritoraconhambre.com. Prometo no gastármelo todo en pequeños ponis de colección). A partir de entonces desarrolló una rutina peculiar que… bueno, a él le funcionaba:

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Nunca tecleo por la mañana. No me levanto por la mañana. Bebo por la noche. Intento quedarme en la cama hasta las doce, eso es mediodía. Normalmente, si tengo que levantarme temprano, no me encuentro bien el resto del día. Miro, si dice que son las doce, entonces me levanto y comienza mi día. Como algo, y entonces normalmente salgo directo a las carreras tras despertarme. Apuesto con los caballos, luego regreso y Linda cocina algo y hablamos un rato, comemos, nos tomamos un par de copas y luego subo a la planta de arriba con un par de botellas y tecleo (empiezo sobre las nueve y media y sigo hasta la una y media o dos y media de la noche). Y eso es todo.

Ya he hablado del poder del alcohol para fomentar el impulso creativo, pero no es necesario que os metáis todo lo que se metía Bukowski. En serio. Parad ahora, mientras todavía podéis.

También en Brain Pickings encontré un gran artículo sobre lo que Bukowski opinaba sobre el arte y la poesía. Hay dos citas realmente maravillosas:

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Pensaría que muchos de nuestros poetas, los que son honestos, confesarán no tener un manifiesto. Es una confesión dolorosa, pero el arte de la poesía lleva sus propios poderes, sin tener que ser deconstruida en listados críticos. No quiero decir con esto que la poesía tenga que ser un payaso chabacano e irresponsable lanzando palabras al vacío. Pero la sensación de un buen poema lleva su propia razón de ser… El Arte es su propia excusa, y es o bien Arte u otra cosa. Es o bien un poema o un trozo de queso.

Bukowski analiza aquí lo que lleva atribulando a los teóricos desde hace siglos: ¿qué hace que algo sea arte? ¿Es, como decía Dámaso Alonso, la intención estética con la que escribimos? ¿O es un ente mágico que se manifiesta por sí mismo, que se desarrolla en el cerebro y el corazón del lector, como sugiere Bukowski? Estas preguntas siguen sin respuesta, pero el simple hecho de hacerlas nos dice mucho acerca de nuestra percepción de lo artístico como productores y como consumidores, como creadores y como receptores.

También habla de ese horrible yo que se nos cuela dentro de nuestros escritos, ese egocentrismo de miradme, miradme, mirad lo que he escrito:

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Casi toda la poesía escrita, pasada y presente, es un fracaso, porque la intención, el enfoque y acento no son como esculpir piedra o comer un buen sándwich o beber una buena bebida, sino más como alguien que dice: “Mira, he escrito un poema… ¡mira mi poema!“.

Bukowski aboga aquí por ese ataque al subconsciente, esa eliminación del ego, por la escritura por sí misma, no como medio de validación, reconocimiento o incluso lectura. Arte por arte. Y personalmente creo que, por lo menos en la primera parte del proceso, en el primer borrador, esta actitud es importante. Liberarnos de nuestros miedos, prejuicios, convicciones, etc., es fundamental para crear algo que realmente importe.

Lo cual no quita que luego pueda hacer falta la edición y revisión para no presentar un desastre ilegible que no va a interesar absolutamente a nadie. No vale usar a las musas, a lo sublime y divino como excusa para no hacer nuestro trabajo. Y de esto sabe bastante Caren Beilin:

Beilin y cómo enfocar la violencia hacia las mujeres en nuestros escritos

Caren Beilin escribió un artículo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace semanas. He tardado ese tiempo en digerir las opiniones e información que presenta; en digerirlo de forma que pueda ahora intentar explicaros mis impresiones.

Pienso a veces en la violencia, como escritora. Mis escritos incluyen violencia y algunos de esos escritos son de género juvenil, es decir, los leen adolescentes. No obstante, me desagrada la violencia en películas y series de televisión. No duermo bien por las noches si veo algo violento, y puedo tener el mismo problema si encuentro algo particularme cruento en una novela.

Me he dado cuenta de que la violencia no me molesta cuando es un recurso simbólico o profundo, cuando expresa algo, o cuando es necesaria como parte de la narración. Tengo un verdadero problema con la violencia gratuita, con ese torture porn que se disfraza de diversión y que se dirige hacia un espectador con el que no consigo identificarme. Empiezo a estar harta de tanta escena de tortura en series de televisión. Sí, me aburre. Últimamente parece que no veo una serie de corte dramático que no contenga alguna. Por no hablar de tiroteos sin sentido, de mutilaciones expresivas. Bonito y espectacular de ver, sin duda. ¿Pero aporta realmente algo al conjunto?

Algo parecido ocurre con la violencia hacia mujeres y hacia minorías étnicas. El desagrado es aún mayor: el ataque se realiza sobre colectivos históricamente abusados, históricamente más débiles.

Pero es ficción, ¿verdad? ¿Qué hay de malo en ello? Yo no creo que por disparar una y otra vez en un FPS una persona se vuelva más violenta. Pero sí que puede haber una insensibilización hacia lo sexual con un exceso de porno, por ejemplo, y la presentación de escenas de tortura una y otra vez, en series, películas y libros, hacen que esta pierda su efecto de choque. Desde un punto de vista meramente práctico, utilizar un elemento que se ha convertido en cliché no es bueno para la narración.

Es posible, como comenta Beilin, profesora de escritura creativa, que el problema esté en que esta violencia (también la violencia sexual) se ha asumido, se ha convertido en parte del patrón, del sistema. Ya no cuesta escribir sobre violencia, ya no es tabú. Por tanto, ha perdido su significado. Beilin observaba horrorizada que, año tras año, sus alumnos le entregaban textos repletos de violencia hacia mujeres y hacia razas diferentes a la suya. “Es ficción”, le decían. El problema, para ella, era que esta ficción se había naturalizado. La violencia se había convertido en un tópico. Había perdido su poder transgresor; Beilin prefería no pensar en por qué a sus alumnos masculinos les resultaba tan natural y sencillo retratar violencia extrema hacia las mujeres en sus escritos: ¿había asumido el sistema esta violencia? Muchas teorías apuntan hacia el hecho de que la violencia en general (y también hacia la mujer) está en declive. ¿Por qué hemos naturalizado entonces esta violencia en lo que escribimos, en lo que representamos? ¿Por qué ya no le damos importancia?

Beilin comenzó a hacerse algunas preguntas. ¿Por qué no se sentía incómoda cuando leía a Sade, por ejemplo, o American Psycho? En estas obras la violencia es metáfora, es una expresión revolucionaria, un grito de guerra contra el establishment. Sí, Sade era un sádico y etc., y cabe la posibilidad de que se toqueteaba mientras escribía, pero en sus obras la violencia sexual adquiría una fuerza extraordinaria. Del mismo modo, Bret Easton Ellis grita a través de su psicópata estadounidense, se revuelca en la sangre de sus víctimas sin que por ello nadie bata una pestaña, habla de una sociedad frívola, vacía. American Psycho es dura de leer, sí, pero es todo un manifiesto. Los alumnos de Beilin no sabían por qué expresaban esta violencia, no lo pensaban dos veces. Dice Beilin:

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El trabajo duro puede actuar como medida, como filtro para lo que te importa (si no quieres trabajártelo, tal vez no te importan lo bastante las mujeres). Y lo que me preocupa a mí en el aula, lo que estoy intentando desentrañar con mis alumnos, es una falta de trabajo en las escenas de violencia hacia un grupo marginado; es el uso de esta violencia como algo fácil, el cuerpo femenino como lo primero que pueden coger (este fruto terriblemente pesado); es este uso de la violencia que es enteramente, y tristemente, ortodoxo.

Para Beilin la diferencia está en el estilo, en la forma, en el trabajo, en la reflexión detrás de la violencia. Por eso, este año le ha dicho a sus alumnos que si quieren escribir alguna escena que contenga violencia hacia mujeres u otros grupos marginados deberán comentárselo a ella antes, en su despacho. Con esto, pretende que por lo menos tengan que pararse un segundo a analizar lo que van a escribir, por qué y cómo encaja en las normas, en el sistema que se nos impone como escritores.

Su despacho, por lo visto, es bastante difícil de encontrar.

Termino por hoy con algo más ligero, para que marchéis con cabeza y corazón livianos, con un saltito cada tres pasos y un baile bajo la piel. Encontré este truco del escritor y profe de escritores Chandler Bolt, y me pareció que podía sernos útil a todos.

Bolt y los que están dos peldaños por encima de nosotros

Siempre hay cosas interesantes en el blog de Joanna Penn, y hace poco le leí una entrevista a Chandler Bolt de la que saqué unos cuantos puntos interesantes. Se trata de una transcripción de la entrevista que le hizo en su podcast; es algo que me encanta de Penn, que ofrezca también transcripciones para aquellos de nosotros que preferimos leer a ver o escuchar. Esto es sin duda lo que más me gustó:

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Para mí, es difícil muchas veces aprender de alguien que me saca 50 peldaños en la escalera, porque no pueden identificarse conmigo. Cuando les hago una pregunta sobre algo para lo que necesito ayuda, no pueden responderme.

Por eso me encanta aprender de aquellos que están dos pasos por delante de mí, porque pueden decir: “Sí, genial, esto lo hice yo hace seis meses. Aquí está lo que no debes hacer. Este es el error que yo cometí. Este es el proveedor que necesitas. Así es como debes vender estos libros. Como con las campañas de email, no te interesa usar a este proveedor. Necesitas esto”.

Y podrían ahorrarte tanto tiempo… Por eso me encanta hacer eso con alguien así en vez de con alguien que me saca muchísima distancia, porque ya probé a preguntarle a gente así, y era decepcionante cuando decían cosas como: “Oh, sí, tengo a alguien de mi equipo que se ocupa de eso, o “ah, sí. Búscalo en Google, no sé. Eso lo dejé muy atrás”. Es un poco como… bueno, eso ahora mismo no me ayuda para nada. E intento subir de nivel. Estoy como… “bueno, genial. Me sacan dos espacios”. Y entonces me pongo a su altura. Es como… bueno, perfecto. Y ahora, ¿quién es el siguiente? ¿Y el siguiente? 

Todo esto responde a los mismos razonamientos que hay detrás de las teorías que indican que es importante ponerse metas pequeñas, alcanzables, e ir avanzando de esta manera, en vez de intentar hacer algo grande de golpe. Ver que podemos alcanzar a esa persona que solo nos saca un poquito de ventaja implica un esfuerzo posible, y alcanzar esa meta produce una sensación de satisfacción que es adictiva, que nos enseña que podemos hacer lo que nos propongamos.

No sirve de mucho escribirle a un autor multimillonario que ha publicado 48 libros y cuyas obras se han llevado a Hollywood. Esta persona, para empezar, recibirá tantísimos correos que no tendrá tiempo de contestar a todos. Y una persona que esté solo un peldaño por encima de ti en la escalera hacia el éxito no podrá ayudarte demasiado. Pero si das con alguien que esté a un par de peldaños, has dado con la persona ideal: esa es la persona de quien puedes obtener la información más valiosa en estos momentos, porque acaba de pasar por lo que tú estás pasando. Y si llegas a la altura de esa persona, toca buscar a otra que te saque dos peldaños más. Por eso siempre digo que hay que escribir con alguien que escriba mejor que tú; tener lectores cero que sean mejores lectores que tú; preguntarle tus dudas a alguien que esté un poco más adelantado que tú; buscar información en libros escritos por personas que ya han pasado lo mismo que tú. No sirve de mucho preguntarle a un billonario en qué invertir veinte euros, ni a un maestro pianista cómo sentarse ante el piano. Tienen tan asumidas ciertas cosas básicas que no son buenos profesores en este sentido.

Hay un dicho: “Apunta a las estrellas y llegarás a la luna”. Probemos a enfocarlo de otro modo: “Apunta a la luna y de allí puedes saltar de estrella en estrella“.

Por cierto, insisto en que yo estoy varios peldaños por debajo de todos vosotros y por tanto no es necesario que me enviéis ahora miles de emails preguntándome todas vuestras dudas. Más que nada porque mi bandeja de entrada en estos momentos me da un poquito de miedo; esto de estar una semana un tanto desconectada tiene temibles consecuencias.

Dejad este blog. Marchad a buscar a alguien que os saque esa cabeza o dos. Acribilladlo/a a preguntas. Aprended algo y venid a contármelo.

Esos son vuestros deberes para el fin de semana.

 


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¿Realmente no tienes tiempo para escribir? (Y otros recortes literarios)

agosto 8, 2015 — by Gabriella15

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Empecé este artículo con un detallado análisis del evento del siglo, que fue mi cumpleaños.

Os hablé de las incontables maravillas, de las gestas inconmensurables, de los momentos que bardos y telecomentaristas narrarán por los milenios de los milenios, hasta que no seamos más que polvo de estrellas en un universo nuevo. Y aun ese polvo recordará, recordará acerca de lo que aconteció el 6 de agosto de 2015.

Pero entonces fui a guardar el borrador en WordPress y me salió una página de error.

Y todo se perdió para siempre.

Así que mejor hablo de literatura y de escribir, que es para lo que habéis venido.

Barr y lo que realmente hacemos con nuestro tiempo

Cuando hablo de productividad, de lo primero que hablo es de prioridades. Si no tienes claro qué es lo más importante para ti, de poco servirán mil técnicas de productividad. No sirve de nada hacer la mayor cantidad de trabajo en la menor cantidad de tiempo si tu trabajo no vale para nada, si no te aporta nada. Si no le aporta nada a los demás.

Si analizamos a lo que dedicamos nuestros días, nos sorprende lo que descubrimos. Pasamos mucho tiempo apagando fuegos en lugar de pasarlo construyendo casas resistentes. Si nuestras casas son de papel, nuestra vida se limita a lidiar con incendios.

Una amiga me preguntó el otro día si no encontraba que, por muchos sistemas de productividad que implementase, había un tiempo limitado al día y sencillamente todo NO se podía hacer. Por supuesto que sí. Me pasa constantemente. Por eso tengo que estar preguntándome siempre qué sobra. Y cuando te deshaces de lo que te sobra llegas, muy poco a poco, a lo importante. Importancia por eliminación.

No es una revelación que venga de golpe, que te cambie la existencia. No es algo que haga que ya puedas recostarte en tu tumbona y olvidarte de todo, feliz con tu nueva vida perfecta.

Antes de nada, como dice Corbett Barr, tenemos que ponernos serios. Tenemos que analizar a qué le estamos dedicando nuestro tiempo.

¿Cuántas veces habéis oído lo de “es que no tengo tiempo para escribir”? O lo habéis pensado. Oh, cuántas veces lo hemos pensado. Y sí, es cierto, muchos no tenemos tiempo para escribir (yo anteayer escribí a las tantas de la mañana, unas líneas zigzagueantes a boli en la libreta, borracha de celebración cumpleañera. Y de alcohol, de alcohol también). Últimamente tengo la sensación de que le robo tiempo al tiempo para ciertas cosas.  Y es bonito (y cómodo) refugiarse en eso. En pensar: “qué agobio, es que no tengo tiempo para nada”.

Hasta que, como también dice Barr, empiezas a medir:

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Me encantaría ponerme en forma, o aprender a tocar la guitarra, o pasar más tiempo con mis niños o aprender otro idioma, pero es que estoy demasiado ocupado.

¿En serio? ¿Cuántas horas de televisión has visto esta semana? ¿Cuánto tiempo has pasado navegando por internet de manera inconsecuente?

Cuando pienso en lo ocupada que estoy, pienso en las veces que me he caído por un agujero Facebook, Twitter o Wikipedia. Ups.

Claro que necesitamos distracciones. Pero creo que deben ser distracciones elegidas. Yo juego al Hay Day en mi tablet. En los tiempos y horarios que yo elijo. Es un juego completamente idiota, sin necesidad de grandes estrategias ni emociones. Me limpia la mente. Lo que no me limpia la mente es andar abriendo y cerrando pestañas y leyendo tonterías, pinchando en clickbait que nada aporta a mi salud mental, metiéndome en guilds del WoW donde se me exigen cinco horas diarias para ir de mazmorras. Dicen que el cerebro necesita 20 minutos para volver a concentrarse en una tarea, una vez lo has interrumpido. No sé si es cierto, me parece un poco exagerado. ¿Pero y si fuera verdad? Da miedo pensarlo. Cada vez que pinchas sin pensar en la pestaña de Facebook, son 20 minutos de tu trabajo que has perdido.

Si crees que estás demasiado ocupado/a para escribir, y crees que realmente quieres escribir, usa RescueTime para analizar tu uso de programas, aplicaciones e internet. Somos optimistas al pensar en nuestros progresos y a lo que dedicamos nuestro tiempo. La realidad suele ser una buena llamada de atención. Y medir lo que hacemos, como dice James Clear, es una suerte de estetoscopio para ser más conscientes del latido de nuestra propia pereza y distractibili… distraccionabili… habilidad para distraernos.

Y repito lo de ¿realmente quieres escribir? Cómo cualquier otra habilidad o afición, hay tres razones para practicarla:

  1. Para divertirte y pasar el rato.
  2. Para divertirte y pasar el rato y ser el mejor escritor de todos los tiempos.
  3. Para ligar.

Si buscas el 2, lo siento mucho. Tendrás que eliminar todo aquello que no sea primordial. Todo aquello que no te haga mejor escritor/a, de forma directa o indirecta. Y eso es duro.

(El 3 también funciona, pero tienes que ser muy bueno también. Copiar a Bécquer o escribir horteradas en el muro de Facebook de tu amada no sirve).

¿Suena muy extremo? Entonces quédate con el 1. Pero no vengas quejándote porque nadie te publica/nadie te lee/el mundo es injusto y otros escritores han llegado más lejos que tú. Los demás estamos demasiado ocupados intentando ser el mejor escritor de todos los tiempos (o ligando) como para hacerle mucho caso a tu lloriqueo.

Por cierto, una de las cosas que más tiempo quitan a un escritor son las giras: las lecturas, presentaciones y etc. Independientemente de que sirvan de algo o no, pueden dar anécdotas curiosas. John Williams ha recopilado unas cuantas para el New York Times, y esto fue, para mí, lo mejor:

Gary Shteyngart y la importancia de cada lector

Al principio, cuando somos nadie, cada lector es un descubrimiento, un milagro. Luego, si las ventas crecen un poco, si tenemos la suerte de dar con distribución nacional o alguna barbaridad de esas, los lectores se convierten en algo más informe, una masa lectora y crítica con la que mantenemos una extraña relación de amor y odio. Por eso me gustó esta cita de Shteyngart. Habló de sus terribles experiencias leyendo su libro ante grandes salones vacíos, inmensas estancias llenas de sillas y vacías de personas. Eso es algo que se le ha quedado grabado a lo largo de su carrera literaria:

Gary Shteyngart

La lección que aprendí de inmediato fue que si estás lo bastante loco como para querer escribir ficción literaria, tienes que adorar a tus lectores, no al revés. Hoy veo a cada uno de mis lectores como un unicornio dorado con un cronut colgándole del cuerno. Firmo mis libros, me hago un selfie con el unicornio y regreso a mi hotel con lágrimas en los ojos, porque sé que alguien en este universo todavía tiene tiempo para lo que hago.

Antes había una imagen del autor como entidad lejana, intocable, casi mesiánica. Hoy en día creo que tener cierta cercanía con tus lectores es indispensable. No tanto cercanía del tipo “¿sabes cuánto tiempo estuve metida en el baño ayer después de comer?”, sino cercanía a la hora de expresar agradecimiento, de mantener un contacto mínimo, de enseñar a los que te leen que para ellos su participación en el proceso comunicativo de tu obra es importante. Y ese proceso se realiza al leer tu libro. Un blog, por ejemplo, permite una interacción rápida, fugaz. Uno puede leer un artículo, decir “ah, está bien”, pero no volver nunca. Pero si alguien lee un libro invierte horas, invierte una serie de emociones (¡aunque sean de asco y aburrimiento, son emociones!) y esfuerzo en comunicarse con la historia que le ofreces. Eso no tiene precio.

Si ese lector además disfruta de tu libro, mejor que mejor. Y una buena forma de que se involucre es mediante un tipo de personaje que personalmente me encanta: el antihéroe.

 Wenstrom y cómo construir un gran antihéroe

Emily Wenstrom se dio un atracón de Dexter y comenzó a plantearse por qué le caía tan bien un tipo que se dedicaba a torturar y asesinar a la gente. Dio con unas cuantas claves:

  1. Los antihéroes siguen su propio código moral. Para que nos caiga bien el antihéroe, tiene que tener un aspecto redentor, un código moral que, por lo menos a sus ojos, lo redima de sus acciones.
  2. Los antihéroes son expertos en algún campo. A los mejores antihéroes se les suele dar algo excepcionalmente bien, y esto los hace más interesantes; tendemos a admirar a los que tienen grandes habilidades, aunque sean para hacer cosas horribles.
  3. Los antihéroes tienen su lado tierno. Serán asesinos, mentirosos compulsivos o ladrones de guante blanco, pero tienen un lado humano, una debilidad. Puede tratarse de un familiar, de una mascota, pero lo que más nos gusta, sospecho, es que se enamoren.
  4. Cuando los antihéroes son malos, son lo peor. Cuando realmente se les va la olla, se les va de verdad. Y eso nos gusta: nos gusta que nos horroricen, que cometan actos terribles, porque durante un tiempo nos engañaron con lo del código moral y el lado humano y se nos olvidó que estábamos ante un monstruo.

El buen antihéroe es, ante todo, un ser hecho de paradoja. Como dice Wenstrom:

emily wenstrom

Un buen antihéroe tiene un propósito doble para sus fans. Deja salir nuestro lado oscuro, al mismo tiempo que resalta el abismo que queda entre nosotros y el monstruo, lo que reafirma nuestra humanidad.

Para poder hacer esto de un modo que sea empático y atractivo, un antihéroe debe ser a la vez humano y monstruo.

Y por esto nos gustan tanto los monstruos simpáticos, tiernos; los villanos con sentido del humor y los asesinos en serie que solo matan a asesinos. Si estabas planteándote meter un malo interesante en tu obra, o un héroe que no es tan héroe, échale un ojo a los principios que he mencionado. Le darás mucho más cuerpo y volumen.

Un buen sitio donde meter a antihéroes es en un escenario apocalíptico, por ejemplo. Cogemos a seres humanos normales y los ponemos en situaciones tan extremas que acaban cometiendo barbaridades que nunca considerarían en un entorno normal. ¿Pero serán diferentes los actos, y diferentes las narraciones, si ese escenario lo describen autores masculinos y femeninos?

Crosley y el apocalipsis femenino

De nuevo encontré una joya en el New York Times: el análisis que hace Sloane Crosley sobre qué diferencias hay en las narraciones apocalípticas realizadas por hombres y mujeres. Según Crosley, haberlas haylas, y suelen tener una separación muy clara. No se trata de que las mujeres sean menos violentas (al fin y al cabo, muchas mujeres han escrito sobre violencia), pero parece ser que, mientras que los hombres se centran en la violencia en sí: canibalismo, violación, tortura, todo en nombre de la supervivencia o de la crueldad inherente de seres que ya no están civilizados, las mujeres se enfrentan a otro tipo de amenaza: la pérdida de la memoria, de la identidad.

Dice Margaret Atwood que lo que las mujeres más temen es a la violencia y los hombres a lo que más temen es a la humillación. No sé si esto es cierto, pero a nivel biológico y genético podría tener sentido: las mujeres temen a las violaciones, por ejemplo, porque a nivel biológico es una catástrofe tremenda ser invadidas por el material genético de alguien a quien no han elegido (de manera inconsciente, elegimos a las personas que genéticamente son mejores para tener descendencia con ellas; una violación no es solo un trauma psicológico, es un trauma genético); los hombres temen a la humillación porque los hace descender en la escala de deseabilidad como machos alfa: perjudica su posición en la jerarquía social y por tanto pierden posibilidades de procrear con las mejores hembras. Si lo vemos todo desde una óptica de procreación y supervivencia genética, estaría de acuerdo con Atwood.

Siguiendo la teoría de Atwood, y si partiéramos de la base de que al concebir situaciones extremas colocamos a los seres humanos en las situaciones que a nosotros más nos repelen, las que nos parecen peores, tiene cierto sentido que los hombres escriban sobre tortura, violación y canibalismo. No van a hablar de humillación, porque eso es a lo que están acostumbrados a temer; eso es lo que viven día a día. Una situación apocalíptica es extraordinaria y exige miedos extraordinarios, desconocidos, diferentes. De la misma manera, las mujeres no van a hablar de violación y abuso porque eso es para ellas un temor constante, también un hecho cotidiano. Por tanto, buscan miedos diferentes, a gran escala: el miedo a perder la identidad. No es el miedo a la violación física, sino al vacío que queda para poder olvidar esa violación. El vacío que queda en una sociedad cuando ha tenido que enfrentarse a lo terrible.

Dice Crosley:

sloane crosley

Al presentar el peligro de violencia como algo que se da por hecho y no como el evento principal de la historia, estas autoras pueden mover los focos a otros lugares, pueden crear historias multicapa. Después de todo, cuando venga el apocalipsis, es posible que tengas o no tengas que matar (o ser matado/a), pero desde luego tendrás que ser tú. Y estas novelas se preocupan del cómo. “Hay una parte de nuestra historia que no sabemos cómo contarnos —teoriza Joy en Find Me—, y procuraremos ignorar su existencia durante tanto tiempo que finalmente nuestro cerebro acepta un pacto: yo te permitiré olvidar esto, pero ya nunca te sentirás completa“.

Imagino que la realidad del asunto será mucho más compleja; al fin y al cabo entran en juego muchísimos factores biológicos y culturales dentro de la percepción del hombre y de la mujer cuando se detienen a crear arte (y seguro que viene alguien en los comentarios a explicármelo todo; como siempre ocurre en cualquier artículo en que se hable de escritura femenina o de escritura sobre mujeres). Pero como teoría me parece curiosa y quería compartirla con vosotros.

También quiero compartir esto:

el fin de los sueños

Sí, es un lienzo de mil por mil de la portada de El fin de los sueños. La proporción no queda muy clara en la foto: solo os digo que es casi tan alto como yo.

Ya os dije que el cumpleaños fue épico.

 


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Piensa, planifica, escribe, edita. Repite hasta morir. (Y otros recortes literarios)

julio 31, 2015 — by Gabriella12

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En inglés hay una expresión que me encanta. No sé si hay una traducción directa a nuestro idioma.

Control freak.

Una friki del control. Alguien que necesita controlarlo todo, una micromanager.

Yo soy eso.

Ser una friki del control tiene su lado bueno y su lado malo. Es estresante. Es imposible hacerlo todo. No delegas. Es, también, señal de que no confías en nadie.

Os voy a confesar un terrible secreto: cuando delego, las cosas no se hacen como quiero que se hagan.

Horrible, ¿verdad?

Por eso me gusta tanto esto de autoeditarse. Vale, no tienes tu libro en todas las estanterías del país, por lo que probablemente vas a vender menos. Tienes que ocuparte de asuntos de los que normalmente se ocupa una editorial. Pero cada venta que ves sabes de dónde proviene, sabes a qué esfuerzos responde. Sabes qué está funcionando y qué no.

Eso es lo bueno. Lo malo, repito, es que te obsesionas. Te preocupas demasiado. Me gusta tener dos libros en movimiento: uno autoeditado y otro publicado por una editorial competente. De uno me despreocupo, más o menos. Hasta ahora mi experiencia con la editorial ha sido muy positiva (¿y cuántos autores pueden decir eso?). Con el otro me desespero: es virtualmente imposible hacer todo lo que se supone que tengo que hacer para conseguir más ventas.

Y se supone que estamos aquí para escribir. Esa era la idea.

Chuck Wendig nos lo explica muy mascadito:

Wendig y el ciclo del escritor

Con tanta promoción, interacción con lectores, blogging, networking y todas las palabras inglesas absurdas que se te ocurran, a veces se nos olvida respirar un poco y recordar para qué hemos venido a este valle de lágrimas, cocodrilos y dinosaurios que es la escritura.

Wendig lo resume bien:

chuck wendig

Piensa, planifica, escribe, edita, repite. Cada etapa lleva el tiempo que lleva. No hay reloj, no hay una pistola en tu cabeza*. Es cosa tuya decidir cuánto tiempo necesitas. Pero tómate ese tiempo. Róbale ese tiempo a otras actividades. Esfuérzate. Sé activo. Empuja, urge, gruñe, lucha, folla, escupe, consigue hacer las cosas. No te detengas. No languidezcas. No cedas a la inercia o al tedio. No caigas ante la duda o el miedo. No te pases demasiado tiempo analizando la industria. Sé un artífice, un creador, un narrador, un hacedor.

Demasiadas veces veo a escritores tirándose de los pelos porque las editoriales no responden a sus manuscritos, porque su libro no está vendiendo o porque se han atascado en una novela. No. No pares. Escribe, escribe, escribe. Para cuando esa editorial te conteste a ti ya debería darte igual porque tienes ocho manuscritos en manos de otras. Si nos quedamos en una esquina sentados y llorando a la espera de milagros, respuestas, superventas, nos estamos atascando en una parte imprescindible del proceso. Venderán los libros que menos te esperes, los relatos que escribas entre otros relatos serán los que ganen los premios. El cabrón de Murphy es así.

Varios lectores me han confesado que le roban tiempo a su trabajo para escribir. Casi parecen sentirse culpables por ello.

Todos tus compañeros están robándole tiempo a su trabajo. Para jugar al Candy Crush, para mirar Facebook, para cotillear sobre quién se está acostando con quién en la oficina, sobre quién ha matado más pterodáctilos en la salida semanal de caza. Por lo menos tu robo podría culminar en algo positivo para la humanidad (aunque eliminar pterodáctilos cuenta, creo).

Recuerda el mantra:

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Piensa.

Planifica.

Escribe.

Edita.

Repite.

Infinitas veces, hasta morir.

Todo esto encaja muy bien con la filosofía de Austin Kleon.

Kleon y cómo ser verbo en lugar de sustantivo

kleonNos cuesta mucho decir aquello de “soy escritor”. Para muchos, ni es una profesión ni es nada. Pero es taaanto más fácil decir que hacer. Decir “algún día escribiré una novela”. “Cuando termine este relato lo mandaré a un concurso”. “Mañana me pongo, seguro”.

Mejor, tal vez, simplemente callarnos y escribir.

austin kleon

Mucha gente quiere ser el sustantivo sin hacer el verbo. Quieren el título de su oficio sin hacer el trabajo.

“Olvídate de ser un Escritor —dice la novelista Ann Packer—. Haz caso al impulso de escribir”.

Libérate de aquello que intentas ser (el sustantivo) y concéntrate en el trabajo que necesitas hacer (el verbo).

Hacer el verbo te llevará a un lugar más lejano y mucho más interesante que si simplemente quieres el sustantivo.

Yo lo veo como un puente entre querer y hacer, entre potencia y acción. Ese puente puede ser intransitable, con aquello de la procrastinación, la falta de voluntad y las dudas. Pero se construye mediante la acción constante.

Decir que eres escritor tiene su importancia. Es una forma de gritarle al mundo que ahora tu prioridad es otra. Lo veo un paso decisivo. Pero más importante es hacer el trabajo, sufrir ese camino aburrido, rutinario y a veces desesperante de la entrega diaria, de la rutina amada, para alcanzar metas mucho más interesantes y lejanas, como dice Kleon.

¿Eres verbo? ¿O eres sustantivo?

Si nos concentramos en el ser por encima del hacer, a veces nos quedamos atrapados en nuestro propio ego, en nuestra propia luz. Y para eso os traigo a Aldous Huxley.

Huxley y cómo quitarte de tu propia luz

A Huxley me lo ha traído esta semana mi adorada Maria Popova, que parece que siempre sabe qué decirme, qué contarme en momentos de duda, pereza y desaliento.

aldous huxley

Tenemos que aprender, digamos, a quitarnos de en medio de nuestra propia luz, porque con nuestro ser personal (este ser que adoramos de manera idólatra) estamos siempre de pie en la luz de este ser más amplio (este no ser, si preferís), que se asocia con nosotros y al que impedimos pasar al permanecer de pie en la luz. Eclipsamos la iluminación que viene de dentro. Y en todas las actividades de la vida, desde las actividades físicas más simples hasta las actividades intelectuales y espirituales más elevadas, todo nuestro esfuerzo debería estar digirido a salirnos de nuestra propia luz.

Ya seas externalista o internalista** con esto de la conciencia y el ser, me gusta leer a Huxley desde la perspectiva de quien busca producir arte. Cualquiera que haya creado, cualquier escritor o artista, reconoce la importancia del subconsciente, de aquello que asoma bajo nuestro rígido control. Muchos hemos escrito textos derivados de nuestros sueños, de nuestras fantasías (¿acaso no es toda ficción una gran fantasía?). Todos hablamos de apagar al editor interno para escribir, no solo para poder avanzar sin que la duda nos paralice, sino porque queremos acceder a la musa, a aquello que se esconde dentro de nosotros, para poder comunicarnos que aquello que se esconde dentro de los demás. De poco nos sirve esa vocecilla repelente diciéndonos: “Gabriella, ya está bien de meter personajes LGTB en todos tus relatos, vas a aburrir a los lectores hetero” o “Gabriella, qué asco, no, no, esa cosa de sangre y tripas no la puedes poner” o “Gabriella, no, no puedes hablar de ESO. ¿Y si se dan cuenta? ¿Y si alguien se cosca de que ESO eres tú, es una parte de ti?”. Quien dice diciéndonos dice diciéndome. Qué pesadez de vocecilla, en serio. Qué ganas a veces de sacarla al patio de atrás y meterle un balazo entre ceja y… (“Gabriella, no, no puedes decir eso que van a pensar que eres una persona violenta, tú, que llorabas cuando se te moría de hambre el Tamagochi, tú que odias a las cucarachas pero no puedes matarlas porque te dan pena”).

Salgamos de nuestra propia luz. A la mierda la vocecilla, a la mierda el ego. Mente en blanco. Nada, no hay nada. Solo el tú que nadie más sabe que existe. Solo tú y la hoja en blanco.

El raciocinio dejémoslo para la planificación, la edición y los juegos a los que nos gusta jugar con nuestras tramas y personajes.

Hablando de personajes…

McGann y la técnica del parche

Hace poco di con este artículo de Kellie McGann sobre caracterización de personajes que me encantó. Siempre he dicho que me gustan los personajes que tienen algo que los defina, algo diferente. Aunque muchos de los gestos acabamos eliminándolos por concisión, en El fin de los sueños les asignamos ciertos rasgos y gestos a nuestros personajes. Anna, por ejemplo, siempre se está tocando las manos. Lleva un anillo y juega con él. El anillo es importante porque es de madera, un bien escaso en el mundo en el que vive: el anillo representa su estatus social y, a la vez, la diferencia entre ella y nuestro mundo, el que conocemos, un mundo donde un anillo de madera cuesta dos euros. Anna se coge de las manos, estira los dedos, le da vueltas al anillo. También podríamos haber usado ese anillo como parte de un misterio: ¿de dónde viene, quién se lo regaló? En el caso de Anna, sabemos que es algo heredado de su abuela (de nuevo, no recuerdo si eso lo dejamos en el libro o recortamos: madre mía la de cosas que recortamos para no convertir aquello en un tratado arquitectónico-deontológico-social de un mundo posapocalíptico), pero lo podríamos haber usado para realizar la técnica del parche. McGann nos lo explica así:

kellie mcgann

El misterio es vital en cualquier historia. Podemos empezar un libro que tenga una premisa o trama interesante, pero cuando la historia falla porque le falta misterio, lo más probable es que lo dejemos.

Darle a tu personaje un secreto o un rasgo misterioso hará que el lector siga pasando las páginas.

Un parche en el ojo no es solo algo que te haga mirar dos veces, es algo que hace que te preguntes por el trasfondo del personaje.

Trabajamos duro para intentar que esos pasados sean interesantes, pero las historias no importarán si los lectores no tienen curiosidad por ello desde el principio.

Cuando era una niña, tenía un tío que tenía un ojo de cristal. Cada vez que le preguntaba me contaba una historia diferente. A día de hoy todavía no conozco la historia real, pero sigo preguntando.

Es algo que me gusta del Joker dirigido por Nolan: siempre cuenta una historia diferente acerca de cómo obtuvo esa dantesca y espeluznante sonrisa. Es algo en lo que estoy trabajando ahora mismo con un personaje: cuenta varias historias diferentes acerca de un hecho misterioso que interesa al lector. Siempre me han gustado los narradores mentirosos (pena que ahora se hayan puesto tan de moda, ¡pierdo puntos de originalidad!). Pero no es necesario trabajar con un narrador poco fiable: solo con darle a tu personaje un detalle físico o psicológico que haga que el lector se pregunte, que quiera saber más, ya has conseguido mucho. Uno de mis ejemplos favoritos es el ojo de Ariadna en La canción secreta del mundo (ya, sí, nepotismo y enchufe, para eso tengo un blog): tiene un ojo completamente negro, nada de iris ni blanco ni nada: todo el globo ocular es oscuro. Ariadna intenta disimularlo de mil maneras, ni ella misma sabe por qué es así su ojo; el lector se muere de ganas de saber. Es una manera muy eficiente de crear intriga.

Por último, cierro con uno de mis temas favoritos. Creo que a vosotros también os gusta: productividad para escritores.

Con el maestro James Clear, cómo no.

Clear y el método Ivy Lee

Esto empieza con una anécdota. En 1918, el magnate Charles M. Schwab, presidente de una corporación bruta de productores de acero, tuvo una reunión con el respetado asesor de productividad (sí, eso existía en 1918) Ivy Lee, pionero sobre todo en el campo de las relaciones públicas. Dicen que Schwab le solicitó una manera de que su equipo “consiguiera hacer más cosas“. Lee le pidió quince minutos con cada uno de sus ejecutivos y le dijo que no le cobraría nada: que al cabo de tres meses Schwab podía pagarle lo que considerase justo.

No es una forma muy inteligente de hacer negocios, creo, y tal vez sea embellecimiento de la historia. Pero cuando tienes esta mirada sabes que nadie escapa de tus redes, nunca:

ive lee
Ivy Lee, acojonando a ejecutivos desde principios del siglo pasado.

A los tres meses, Schwab, bastante alucinado con los resultados, le pagó 20000 dólares de entonces, equivalentes a unos 365000 euros de ahora (según Clear, de mis matemáticas no os fiéis. Nunca).

Este fue el método que propuso Ivy Lee:

  1. Al final de cada día de trabajo, apunta las seis cosas más importantes que necesitas hacer al día siguiente. No escribas más de seis tareas.
  2. Ordena estas seis tareas por orden de importancia.
  3. Al llegar trabajo al día siguiente, concéntrate solo en la primera tarea. Termina la primera tarea antes de pasar a la segunda.
  4. Trata del mismo modo el resto de la lista. Al final del día, pon cualquier tarea no terminada en la lista de seis tareas para el día siguiente.
  5. Repite este proceso cada día laboral.

La eficiencia de este sistema se basa en su simplicidad, en su carácter limitador y en la importancia que le da a la monotarea y al enfoque. Al final, como veis, se trata de una cuestión de prioridades. Si quieres escribir, tendrás que convertirlo en una prioridad. Y te las vas a ver y desear para decidir qué eliminas de esa lista para que entre la escritura. Vas a tener que aprender a eliminar lo superficial, a decir que no, a dejar de preocuparte por lo que no te atañe.

Suena fácil, ¿verdad?

Todos sabemos que no lo es.

También insiste Ivy Lee en concentrarse en una sola tarea. Justo lo que no estoy haciendo yo, escribiéndoos y mirando Twitter y Facebook y el email y agobiándome por no saber a qué hora acabaré.

No hagáis como yo; haced lo que yo os digo. Una cosa a la vez. Solo las cosas importantes. Las que merecen la pena.

Pensar, planificar, escribir, editar.

Así, hasta la muerte.

 


*Aunque la hay, siempre la hay.

**No he encontrado buenos enlaces en español para explicar el tema del externalismo y el internalismo desde el punto de vista de la cognición. Si leéis en inglés, la Wikipedia tiene un resumen bastante más locuaz aquí.


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¿Eres un escritor pasivo o agresivo? (Y otros recortes literarios)

julio 24, 2015 — by Gabriella23

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La mayoría de la gente que conozco es muy de enfrentamientos.

No es gente violenta, por lo menos no a nivel físico. Es solo que a los humanos nos encanta agarrarnos a opiniones extremas, sentencias indiscutibles, y enfrentarlas a otras. Somos dualistas y duelistas. Es más fácil que intentar entender, qué sé yo, la teoría de los polisistemas o la gestalt expresada por Ted Chiang en su relato Understand,  o el tao o cualquier filosofía integradora.

Los que escribimos también somos muy de enfrentamientos. Entre nosotros, entre nosotros y el establishment, entre nosotros y nuestra metodología.

Cuantos más artículos y libros leo sobre la escritura, más me parece intuir una diferenciación entre dos escuelas de pensamiento.

Los escritores, como tantos artistas, tenemos opiniones muy claras y enfáticas acerca del hecho de escribir. Blanco o negro, parece ser. Enemigos de unos procedimientos; mejores amigos de otros. Esto está bien, porque solo mediante nuestra propia experiencia podemos saber qué funciona para nosotros y qué no. Lo malo es cuando intentamos aplicar nuestras propias experiencias a todos los demás.

Probablemente yo también lo haga y por ello pido disculpas. Probablemente seguiré haciéndolo, porque soy muy despistada y se me va a olvidar enseguida que ese no es mi cometido.

Mi cometido, por lo menos hoy, es hablaros de algunos asuntos que espero que os produzcan tantas chispas en el cerebro como a mí.

Altucher, la escritura pasiva y la escritura agresiva

Las dos escuelas de pensamiento de las que hablaba, y que veo reflejadas no solo en artículos y libros y en reflexiones directas, sino en todos los comentarios que veo en redes sociales, foros y grupos de escritura, las expresa muy bien James Altucher aquí.

james altucher

Hay dos maneras de aprender: pasiva y agresivamente.

Pasivamente es cuando analizas tus errores, lees la historia de aquello que estás estudiando, te relacionas con otros del sector, encuentras tu “tribu”, buscas un mentor, etc.

Agresivamente es cuando estás metido de lleno. Estás hasta el cuello, y te llega la pelota de frente: ¿qué vas a hacer?

Pasivamente está en tu cabeza. Agresivamente es notarlo AHORA MISMO y actuar.

Lo que ocurre en tu cabeza es importante. Pero es la ACCIÓN la que crea héroes.

Altucher no habla aquí de escribir, habla de cualquier habilidad que requiere de un proceso de aprendizaje, pero creo que podemos aplicarnos el cuento (nunca mejor dicho. Qué ingeniosa soy).

¿Eres un escritor pasivo? ¿Consideras que la mejor forma de aprender es leyendo y estudiando todo lo que hay que saber sobre la escritura?

¿O eres un escritor agresivo? ¿Crees que solo se puede aprender escribiendo y que todos esos estudios son una pérdida de tiempo?

Si habéis respondido que sí a una de las dos preguntas, es posible que os estéis perdiendo buenas oportunidades en vuestro camino.

En todo el tiempo que he trabajado con escritores, he observado que estos dos tipos, en un estado más o menos puro, progresan a un ritmo lento. Hay escritores que dedican tanto tiempo a estudiar su oficio que este estudio se convierte en procrastinación, en una forma de pereza y cobardía. Y hasta que no apliques los conocimientos a la práctica, hasta que no te hinches de escribir, de poco te servirán esos conocimientos.

Sin embargo, también hay escritores que, con cinco, ocho o veintitrés libros a cuestas, siguen produciendo obras muy mejorables. ¿Por qué? Porque no se han molestado en aprender de los posibles errores que están cometiendo, y por tanto siguen cometiéndolos, una y otra vez.

Dicen que necesitamos 10000 horas de práctica para ser los mejores, 1000 para hacer un trabajo decente. Pero no sirven de nada si no se acompañan de horas de análisis, de deliberación, de conocimiento de nuestro arte. Como dice David Burkus, en un artículo para Forbes:

david burkus

Así que, ¿estás desperdiciando tus 10000 horas? Depende. Aunque el número exacto de horas necesitado para alcanzar un rendimiento experto es algo sobre lo que se sigue debatiendo, lo que nunca se ha debatido es el papel de la práctica deliberada. ¿Estás dedicando tu tiempo a rutinas que ya conoces o experimentas con nuevas técnicas y estudias para desarrollar nuevas habilidades? ¿Estás jugando dentro de tu zona de confort o diseñas ejercicios y proyectos que te impulsan a crecer? Si no estás comprometido con una práctica reflexiva, entonces, con casi toda seguridad, estás desperdiciando tus 10000 horas.

Habrá excepciones, por supuesto. Habrá personas que dediquen toda su vida a estudiar y luego produzcan la obra de arte perfecta. Habrá quienes solo actúen y por intuición vayan desarrollando un estilo perfecto. Pero esto es lo que yo he observado. Considero que uno no debe ser un escritor pasivo ni un escritor agresivo. Considero que uno debe ser esa mediocritas dorada aristotélica y saber integrar ambas facetas en su proceso de aprendizaje, en sus 10000 horas o más. Ya sabéis que ese proceso no acaba nunca.

Además, hay otra parte del proceso que con frecuencia se nos olvida: fuera de la actividad de escribir, y fuera del conocimiento sobre el tema, hay otro elemento importante: desarrollar una mirada de artista y saber darle buen uso.

Penn, Van Gogh y la importancia de saber mirar (y anotar)

Anoche, dando vueltas en la cama, tuve una idea brillante sobre cómo empezar el artículo de hoy. Era ocurrente, inteligente y divertida, o al menos a mí me lo parecía (seguro que también vosotros habéis tenido alguna vez esa sensación, efímera pero seductora —y taaaan mentirosa— de que moláis). Era tan buena mi idea que sabía que era imposible que la olvidara.

Por supuesto, cuando me desperté esta mañana no conseguía recordarla.

Apuntad todas vuestras ideas.

Ya lo dice Joanna Penn:
 joanna penn
No creo en el bloqueo del escritor. Creo que es un síntoma de haber dejado que el pozo de las ideas se seque. Ve a llenarlo, emociónate de nuevo y luego regresa a la página.
Muchas de nuestras ideas nacen del estudio, de la lectura y de la reflexión. Algunas son diminutas explosiones, susurros de musa en el mundo exterior, cuando caminamos y recibimos lo que la vida tiene que ofrecernos. ¿Y si pudiéramos desarrollar la habilidad de mirar, de buscar esos susurros de manera intencionada?
Leí hace poco una reseña que realizó Julian Barnes (si no habéis leído El sentido de un final, os lo recomiendo con todas mis ganas) sobre un par de libros que analizaban la figura de Van Gogh. Barnes siempre es una lectura más que agradable, pero hubo un texto que comentó, un extracto de los papeles del pintor (que escribía, y mucho, entre cartas, diarios y demás), que me llamó especialmente la atención:
van gogh
La gente de aquí lleva, por instinto, el azul más hermoso que he visto nunca. Es un lino tosco que tejen ellos mismos, urdimbre negra, trama azul, que crea un patrón de rayas negras y azules. Cuando pierde intensidad por el viento y el clima, es un tono infinitamente apacible, sutil, que hace resaltar los colores carne. En resumen, lo bastante azul como para reaccionar con todos los colores donde haya tonos naranjas ocultos y lo bastante apagado como para no desentonar.
El texto muestra no solo la sensibilidad del artista, su obsesión por sus materiales de trabajo (los colores), sino la habilidad de un escritor. Si queremos transmitir a los demás, tenemos que aprender a ver mejor que nadie, a mirar con ojos distintos. Van Gogh habla de colores, pero es nuestra responsabilidad asimilar con los cinco sentidos, para poder luego saber cómo expresar todas esas sensaciones y crear textos de gran riqueza.
Es además curioso cómo no hace falta utilizar todo lo que percibimos para transmitir esa riqueza al lector: no tenemos que hablar de absolutamente todos los olores que nos rodean; con expresar algunos en particular ofrecemos detalles que ayudan al lector a reconstruir todo lo demás; escribimos con mayor confianza y seguridad en el entorno que estamos creando. Esto se relaciona con teorías como la del iceberg de Hemingway, por la que no tenemos que compartir todos los detalles de una historia, pero sí debemos conocerlos nosotros, para crear esa multiplicación de sentido que suele encontrarse en los textos realmente buenos.
Es difícil eso de mirar. A mí me cuesta muchísimo. Tengo la cabeza siempre tan llena de cosas que no me fijo en lo que me rodea. Ayuda practicar alguna actividad que nos obligue a centrarnos en el momento, desde actividades chorras como apuntar todas las cosas azules que vemos yendo de paseo, hasta las prácticas de más largo alcance, como la meditación o el ejercicio físico, que nos obliga a centrarnos en el silencio, en el ahora de nuestra mente o cuerpo.
Hagáis lo que hagáis, no olvidéis llevar vuestra libreta/app de notas.
No seáis como yo. No dejéis escapar la idea perfecta.
Y recordad que esa mirada de artista tenéis que llevarla a todas partes. Incluso a la lectura. Porque leer es abrir los cerrojos de la mente, como explica Tim Parks.

Parks y la lectura como cerradura y llave

En un artículo reciente del siempre elocuente Tim Parks para el New York Review of Books, presenta una metáfora muy reveladora sobre el acto de leer. Leer es la llave para abrir una nueva cerradura en que se ha convertido nuestro cerebro. Mirad:
tim parks
Cuando percibimos algo por primera vez no llegamos realmente a percibirlo, porque carecemos de la estructura apropiada que nos permite hacerlo. Nuestro cerebro es como un artesano de cerraduras que crea una cerradura cuando decide que una llave es lo bastante interesante para ello. Pero cuando encontramos una llave por primera vez (por ejemplo, un poema nuevo, o una especie animal nueva), no existe una cerradura lista todavía para tal llave. O, para ser precisos, la llave no es siquiera una llave, ya que todavía no abre nada. Es una llave en potencia. No obstante, el encuentro entre el cerebro y esta llave potencial hace que comience la creación de una cerradura. La siguiente vez en que nos encontremos o percibamos el objeto/llave, abrirá la cerradura preparada a tal efecto en el cerebro.
Esta teoría es del filósofo y psicólogo Riccardo Manzotti, pero Parks la aplica a la lectura de un tipo de libro nuevo, revolucionario. Por eso es tan importante la relectura: solo una vez que se ha fabricado la cerradura, puede la llave abrirnos la puerta a un mundo desconocido de sensaciones e ideas. Con la música ocurre también: pensad en vuestra canción favorita. Es probable que la primera vez no os entusiasmara. A lo mejor pensasteis que era bonita, poco más. Sin saberlo, vuestro cerebro estaba ya creando la cerradura. A la siguiente escucha (o a la siguiente, o a la siguiente), la llave hizo clic, dio vuelta en su agujero y el placer llegó a inundaros.
Así, también, son las buenas lecturas. Nadie puede apreciar en toda su belleza la poesía de Lorca en una primera lectura (a mí me llevó años, mucho odio y unos cuantos cursos especializados). Nadie puede apreciar en todo su sentido el extravagante mareo sensorial y semiótico de Solaris, de Lem. Las buenas lecturas están hechas para rehacerse. No por ansia de control, por manía pedante, por obsesión por desentrañar los misterios de la escritura (así era un poco Nabokov, dice Parks), sino para poder, finalmente, capturar todo lo que no estábamos preparados para capturar.
Lo cual me recuerda que tengo que volver a leer Solaris.
Pero antes quiero hablaros de Derakhshan.

Derakhshan y la internet que tenemos que salvar

Creo que el artículo de Hossein Derakhshan, un bloguero que estuvo años en una cárcel iraní debido, en gran medida, a expresarse libremente en su página web, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Su texto es demoledor: tras seis años sin conexión, de repente se ve sumergido en un nuevo mundo virtual que no conoce: un mundo de Facebook y Twitter, donde la expresión escrita se ha vuelto cada vez más visual y más rápida. Seis años no son muchos, pero lo son cuando los ves desde la óptica de un hombre que alcanzó notoriedad ayudando a todo tipo de blogueros iraníes desde su web, cuyas palabras eran leídas y comentadas por personas incontables, y que ahora se lamenta de apenas poder conseguir cuatro o cinco “me gusta” desde su página de Facebook.
A raíz de algunos comentarios y sugerencias, estas últimas semanas he estado pensando en recortar un poco mis artículos. A veces han llegado a superar las 4000 palabras. Esas son muchas palabras para leer por internet.
Pero ¿lo son? ¿O es que estamos tan acostumbrados al formato rápido, a la lectura por encima, al clickbait, al SEO que ofrece frases básicas, casi sin sentido, que cualquier narrativa que nos obligue a dedicar más de dos minutos de nuestro tiempo nos resulta insoportable?
En las webs culturales anglosajonas noto cada vez más preferencia por el longform, por el artículo largo largo, como en un ataque meditado contra la velocidad del crecimiento del culo de Kim Kardashian y los extractos veloces, llenos de gifs animados, de Grey. Aquí, en España, algo vemos, pero incluso los grandes suplementos de cultura parecen querer restringirse a ese consumo limitado, a las-1000-palabras-ya-son-muchas. Más de una vez he leído un artículo de revistas supuestamente de alta vanguardia y he pensado: “Qué buenas ideas; lástima que parece que le ha costado hasta rellenar 500 palabras”.
Y, sí, 500 palabras cuestan cuando hablas del pijama de Belén Esteban. ¿Pero qué pasó con el análisis, con querer ir más allá de lo superficial? Lo sé: al ritmo que hay que publicar contenidos (¡y las tarifas a las que se pagan!), parece que no queda más remedio. Y hay que ofrecer contenidos que no cansen al pobre lector, a ese pobre lector saturado de información y estímulo.
Abogo por decir: “No”. Quiero contenidos de calidad, que se metan en materia. Quiero artículos como el de Derakhshan, como el de Parks, como el de Barnes, como los de Popova o Manson. El truco no es tanto la longitud (se pueden decir grandes verdades con brevedad, que se lo digan a Gracián), sino el no tener miedo a profundizar, a pensar, a analizar y a intentar presentar ideas que sean algo más que un copypaste de lo que están gritando en todas las demás redes de tu sector.
La brevedad es buena y necesaria. Es entretenida. Los artículos cortos, bien hechos, son perfectos para determinadas necesidades y tiempos. Pero démosle también nuestra atención a otro tipo de lectura. El entretenimiento y la inmediatez son elementos que nos distraen también de lo importante, de lo profundo, como diría Morozov (o Bradbury). Vamos a detenernos, a consumir despacio, sin prisa. Recuperemos la internet de antes. Recuperemos los blogs de antes. Decidamos a qué le dedicaremos nuestra lectura en diagonal y a qué le daremos atención plena y lenta. Sobre ello reflexiona Derakhshan:

hossein derakhshan

A veces pienso que igual me estoy haciendo demasiado estricto conforme pasan los años. Puede que esto sea todo una evolución natural de nuestra tecnología. Pero no puedo cerrar los ojos ante lo que está pasando: una pérdida de poder intelectual y de diversidad y todo lo que eso podría significar para estos tiempos tumultuosos. En el pasado, la red era lo bastante poderosa y seria como para que acabaras en la cárcel. Hoy no parece mucho más que entretenimiento. Tanto que incluso Irán no se toma algunas redes lo bastante en serio (Instagram, por ejemplo) como para bloquearlas.

Echo de menos la época en que la gente podía estar expuesta a diferentes opiniones, cuando se molestaban en leer más de un párrafo o 140 caracteres. Echo de menos los días en los que podía escribir algo en mi blog, publicarlo en mi propio dominio, sin tener que tomarme el mismo tiempo para promocionarlo en numerosas redes sociales; cuando a nadie le importaba lo del “me gusta” o “compartir”.

Esa es la red que recuerdo de antes de ir a la cárcel. Esa es la red que tenemos que salvar.

Y, ya que estamos, salvémonos también del leer por leer, de las acumulaciones de títulos leídos porque sí, de las lecturas obligatorias:

Varios autores y los grandes libros que no han leído

En un ejercicio cuyo objetivo se me escapa, un buen puñado de autores de renombre confesaron qué grandes libros nunca se habían leído. Y digo confesaron porque los mencionaban con una especie de culpa que no termino de entender:

libros no leídos

O, para ponerlo de forma más clara: somos nosotros, no él. No es culpa del autor o del texto; es culpa del lector. Alexander Chee comentó que se había mantenido alejado de otro clásico de (Gabriel García) Márquez en parte por su popularidad, que es la misma razón por la que uno de nosotros evita libros recientes que tienen cuentas de Twitter y de los que se habla en el mundillo literario; a veces, es simplemente mejor esperar a que los cumplidos disminuyan, para que el libro pueda leerse en el silencio de los pensamientos de uno.

Estoy de acuerdo con lo de los libros populares. Como ocurre con cualquier elemento mainstream, a veces se nos quitan las ganas de leer un libro precisamente porque todo el mundo habla de él. Pero comprendo las autoacusaciones: “He de confesar que no he leído…”, “me avergúenza decir que…”. Los propios redactores del artículo parecen enorgullecerse de que algunos grandes escritores sean tan humanos como ellos: ¡tampoco se han leído Cómo matar a un ruiseñor! Puede que este artículo sea el equivalente literario a ver que esa modelo o actriz perfecta que tanto envidiamos acaba de salir en la portada de Cuore con las tetas caídas y los muslos llenos de celulitis.

Creo que algunas obras son importantes; leer obras importantes es necesario en nuestro desarrollo como escritores y lectores. Pero si leyéramos todos los grandes libros, no tendríamos tiempo para leer los libros pequeños, aquellos que nos proporcionan el placer de lectura que nos impulsa a seguir abriendo libros. J. K. Rowling y Laura Gallego no pasarán a los anales de la historia como las mejores escritoras de nuestra generación, pero considero que han hecho más por la lectura en general que muchos de los integrados en el canon de Bloom, en el canon de cualquiera que se crea con derecho a decirnos qué debe permanecer en nuestro inconsciente cultural y qué no.

Si estabas leyendo a Harry Potter en vez de a Harper Lee, bien por ti. Bien por todos nosotros. No dejes la buena lectura de lado, ni la que está oficialmente reconocida como tal ni la que no lo está.

Hay que leer a los grandes. En ellos descubrimos lo más espléndido y lo más terrible del espíritu humano. Pero, por favor, que se acabe esta vergüenza por los libros que no hemos leído y las películas que no hemos visto y los discos que no hemos escuchado, como si la vida fuera una lista que hubiera que ir tachando para quedar bien en nuestros círculos habituales.

Así que hoy vamos a enfocarlo de otra forma:

¿Qué supuestos grandes libros no habéis leído y no sentís la más mínima culpa por ello?