Mi nueva obsesión es el sueño. No en el sentido onírico, algo que me ha llamado la atención desde siempre, sino en la necesidad y destiempo de éste. Es decir, que llevo una temporada en la que estoy siempre completamente extenuada. La escasa energía con la que cuento durante el día se me va en el paseo de hora y hora y media de paseo o marcha por la mañana, y me quedo agotada para el resto del día. Esto me obliga a dormir durante el día, por lo que luego de noche no puedo conciliar el sueño… y así va la pescadilla que se muerde la cola. Ahora estoy siguiendo un régimen muy estricto de sueño: me levanto, como de costumbre, a las siete de la mañana, y me acuesto como muy tarde a las 22:30/23:00. Evito pese a las ganas dormir siesta ni nada parecido (hace un tiempo me echaba media hora después de comer que me sentaba fenomenal, pero ahora soy incapaz, si cierro los ojos ya no los abro hasta pasadas unas horas). He dejado el alcohol y la cafeína (bueno, lo del alcohol veremos cuánto dura, pero estoy intentando darme un reposo de 30 días), que son las mayores jodiendas para un sueño reparador. En el fondo creo que el truco está en aceptar que necesito más horas de sueño que la mayoría de la gente; las noches que duermo 9 horas me levanto como una rosa. Claro que lo difícil es dormirlos de golpe; siempre he tenido el sueño profundo pero últimamente me despierto con una mosca.

Víctor me pregunta por qué me empeño en levantarme tan temprano a hacer ejercicio. Vosotros también lo haríais si fuera esto lo que os esperase.

Perdonad la mala calidad de las imágenes, están hechas con la cámara del móvil. Pero es que no podía resistirme a enseñaros aunque fuera un ápice de la belleza de estos amaneceres junto al mar.