A veces me pregunto si es verdad aquello de que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir. Desde luego en mi vida siempre ha sido así. Incluso los momentos más desagradables, las épocas más oscuras, se han revelado luego como piezas de un extraño rompecabezas, como losetas necesarias para escoger el camino más adecuado. Cuando repaso los últimos años, o incluso cuando los repaso todos, van formando un intricado diseño de progresión, una fábula delineada en que cada acción conduce a otra que, a su vez, conduce a otra, hasta llegar a este momento, uno de esos momentos en los que tengo que detenerme un momento a respirar porque llega el punto de inflexión, ese segundo de cambio que se convierte en varios meses o años de esfuerzo en busca de ese punto remoto que se ha clavado como un alfiler gigantesco en un cerebro microscópico. Es como si yo fuera un personaje de un gran juego de estrategia, en el que un jugador muy paciente y muy observador fuera dirigiendo mis pasos para conseguir llegar a su meta. Lo cual, teniendo en cuenta mi ideología nihilista positiva, me jode sobremanera.

Aparecen situaciones negativas. Ese tipo de situaciones negativas que me hacen replantearme la jugada y volver a tirar los dados, ese tipo de situaciones que me impiden estabilizarme, quedarme quieta, no evolucionar. Si la vida sigue empeñada en su gran plan cósmico, entraré en otra fase que me llevará a otra fase que me llevará a otra fase que, con suerte, me llevará a la fase que pudiera preceder algo parecido a los sueños de la niñez, de la adolescencia y del presente. Si el plan de la vida es aplastarme, destrozarme y desvelar que en el fondo yo tenía razón, y que estaríamos mejor todos muertos, aceptaré el cargo con resignación, recurriré al consuelo pseudoprofesional y a las drogas o acompañaré al plan vital con mi propia autodestrucción, ya sea más lenta o más rápida.

Por supuesto, si todo sale bien, adjudicaré el mérito a mí misma y a los que me rodean y apoyan. La vida, al final, es simplemente un camino. Y a veces me doy cuenta de que estoy tan ocupada en seguirlo que se me olvida pararme a coger las flores que nacen entre las losetas amarillas. Tengo 25 años y me siento horriblemente vieja, pero es una sensación que me ha acompañado desde los 7. Siento que no he realizado ni el 5% de los objetivos que me había planteado desde que aprendí a masticar, y al mismo tiempo en algunos aspectos creo que estoy hastiada y saturada de todo, que podría llegar a vomitar. Tal vez esté tan ocupada sobreviviendo que no llegue a poder cumplir mi proyecto de poder explicar el vacío, de expresar esta constante obsesión con el desdoblamiento, con la desorientación, el desapego y la alienación, el exceso de yo, la dimensión paralela que no es más que un agujero negro, el sexo y otras representaciones estéticas. ¿Puede alguien ser un obrero de la nada, del cruce de universos, del traspaso de lo subconsciente, de la sexualidad, de la vida y la muerte a la vez? ¿Y puede ese alguien conseguir mantener una vida social y amorosa coherente, sobrevivir a las exigencias económicas del exterior y mantener una apariencia de posible cordura? Sospecho que no, pero ya puestos, vamos a intentarlo, simplemente por hacerlo todo un poco más interesante.

Creo que este monólogo, en diferentes aspectos y manifestaciones, ha salido de mi boca en varias ocasiones. Recuerdo que una vez intenté explicarle a alguien con quien tenía cierta confianza uno de los temas que me ha aterrado desde niña, la neurosis que acompaña mi convencimiento de que mi cuerpo no es el mío. Quiero decir que no lo controlo directamente, como hacen otros. Es más como una máquina, y lo veo desde fuera, o desde dentro, pero siempre como algo que hay que controlar con precisión, lo cual es un desastre por su falta de naturalidad (nunca me elegían para los equipos de baloncesto) pero también puede ser una ventaja (permite el uso de maniobras conscientes de expresión corporal). Tal vez de ahí venga mi fijación a tratarlo más como una muñeca (decorarlo, intentar moldearlo en lo que debería ser) que como un cuerpo real. Reconozco que esta sensación se ha hecho menos potente con los años (y menos desagradable), pero sigue ahí. Pero las perversiones de la psique no están hechas para ser contadas (que se lo digan a Rose Dunford), es un tema que siempre me ha granjeado miradas de condescendencia o extrañeza. Las personas con las que me he sincerado en este tipo de asuntos, aquellas a quienes he enseñado un pequeño trozo de mí, han dejado de ser personas importantes de mi intimidad, se han alejado y han evitado cualquier nuevo contacto similar.

Por eso, queridos lectores, si habéis llegado hasta aquí y habéis soportado estoicamente mi perorata, tenéis dos opciones: o bien dejar este blog para siempre o bien ignorarlo y seguir leyéndolo como si nada hubiera pasado. Qué queréis, estoy en un punto de inflexión y las posibilidades, para bien o para mal, me marean. Estoy completa y absolutamente aterrada.