Esta mañana cuando he ido al supermercado he tenido una ilustrativa conversación con la carnicera (lo cual es algo raro, teniendo en cuenta lo horrorosamente antipáticas que son las empleadas de mi supermercado local, será que han cambiado de plantilla). Yo había estado hasta las tantas en una insalubre combinación de trabajo y descargas de The L Word, y a la una y media de la tarde estaba recién levantada, con las sábanas pegadas, el pelo revuelto y los ojos entrecerrados. Tras varios errores (confundir alas de pollo con muslos de pollo, pedirle chuletas cuando lo que quería eran costillas), le digo a la chica «perdona, es que estoy medio dormida». Ella, que obviamente se había levantado bastante antes que yo, me dice: «¿estás medio dormida?» y yo, sin pensar, contesto: «sí, es lo que tiene trabajar de noche». Pensé que la cosa quedaría así, pero no contaba con haber topado con la única chica simpática en todo el mal-folleo generalizado granadino. «¿Es que trabajas en un hotel?», me pregunta, con el habitual desparpajo de aquellos que no saben meterse en sus asuntos. Mi respuesta, también poco pensada y en tono neutro fue: «No, trabajo desde casa».

Tan pronto di la respuesta me di cuenta de mi garrafal error. ¿Quién trabaja desde casa, de noche?

Pues sí. Y es que este pueblo es tan pequeño que pronto sabrá todo el mundo (y mira que somos pocos, y muchos nos conocemos) que soy puta.

La culpa es de Víctor, que desde que trabaja en un pub de noche, me tiene el horario cambiado.

*Hablando de Víctor, pasaos por Tanto gilipollas… (si es que no venís de allí), que hay un artículo acerca de La Caixa que suscribo completamente. Hijos de puta.

**Y hablando de rumores infundados… No tengo 42 años. Mi columna en Tierras de Acero se llama así porque es la respuesta a todo. ¿Es que nadie lee ya a Douglas Adams?