… y una conexión que va y viene. Desde que llegué a Granada el viernes tengo frío en el cuerpo, y cierta sensación de soledad que me acompaña (paradójicamente) desde que empezó la semana. Todo cortesía de esta maravillosa alegría de ser mujer, y que tus hormonas te lo recuerden de manera especialmente virulenta una vez al mes.

Por supuesto mi primera reacción es dejar aquí el tema. Todo esto es, aparentemente, de peor gusto que hablar de política, religión o muerte. Ni siquiera estoy hablando de sangre, coágulos y todas esas cosas, sólo de la tormenta en la que cada 35 días (sí, hasta para eso soy un bicho raro) me veo sumergida. Me deprimo, me asusto,  me enfado (habitualmente con las personas que menos se lo merecen), y en general odio a la raza humana. Mi gato recibe, a su pesar, muchos más achuchones que de costumbre. Duermo abrazada a la almohada o incluso a algún peluche. Y esa es sólo la parte psicológica, prefiero no entrar en la sensación de ser una gran ballena varada a la que le están sacando los órganos con pinzas de depilar, porque incluso yo tengo cierta medida de lo que es y no es conveniente compartir con los demás.

Hombres del mundo, en estos momentos sentaos cómodamente en vuestro sofá y tomaos una inmensa jarra de cerveza (que a vosotros apenas os engorda, hijosdeputa) a mi salud, pletóricos en vuestra salud mental. Vosotros que podéis. E ignorad a la criatura histérica que os grita a toda voz, desde el dormitorio, pidiéndoos otra bolsa de agua caliente y una caja de bombones. Hacedlo por mí.