Son las 23:22 y sigo despierta… sí, lo confieso, me he echado siesta después de comer. Soy débil.

Y aunque algo ha adelantado ya mi compi en Tanto Gilipollas acerca de los desajustes de la publicidad, creo que cada vez las agencias publicitarias pierden más el norte. Últimamente no hago más que ver anuncios que, en vez de incitarme a consumir un producto, me producen asco físico y consiguen el efecto contrario. Hace poco he visto un spot en el que una chica se quitaba la nariz para usar un vapor de esos que despejan las vías respiratorias (o lo que sea) y luego se lo volvía a poner. El mensaje es obvio: el medicamento tiene algún tipo de ajuste para que el sabor del mismo no pase de la nariz a la boca, ¿pero era necesario enseñar algo tan poco atractivo? Hablo del anuncio que tengo más reciente, pero parece que cada vez abundan más estos anuncios feístas, que tras la excusa de ser «frescos» y «divertidos» acaban produciendo rechazo.

Tampoco entiendo determinadas estrategias, tendréis que explicármelas. Cuando Petit-Suisse (ahora Danonino) se había asegurado maximizar sus ventas con aquello del «a mí me daban dos», una campaña inteligente y codiciosa donde las haya, decide sacar el mismo producto también en un formato «maxi». ¿Por qué? La gracia del petit-suisse es que siempre te quedas insatisfecho (y por ende, te comes otro). Me imagino que para la empresa que una familia compre veinte danoninos pequeños es más rentable que el que compre diez danoninos grandes… así que no lo entiendo, definitivamente.

Y otra cosa… ¿por qué todos los anuncios de Sanex tienen que incluir a gente desnuda? ¿Es necesario estar en pelotillas para echarse desodorante? Buf, sólo de pensarlo, con el frío que hace en mi casa… No me quejo, pero es un know-how curioso. La sexualidad gratuita vende, por supuesto, si bien se ha suavizado en los últimos años (parece que, como nos globalizamos, es decir, nos volvemos estadounidenses, también nos volvemos más puritanos). Todavía recuerdo un anuncio de hace años que presentaba un producto para fortalecer cabello y uñas y salía una mujer en top-less. Tampoco se quejó nadie del petardo spot de Rover que mostraba un coche que al pasar levantaba las faldas de dos hermosas transeúntes (además, si mal no recuerdo, no llevaban ropa interior).

Sea como sea, el mundo de la publicidad es fascinante y ridículo a la vez. No me importa. Nada importa, porque ya se ha estrenado en EEUU la cuarta temporada de The L Word, y puedo volver a verle los pezo… digo, la ropa de marca a Katherine Moennig. ¿Cómo puede un ser humano emanar tanta sexualidad? ¡Que a través de la tele no se huelen las feromonas!