A raíz de una conversación en Facebook reciente, me puse a pensar en lo difícil que es definirnos como mujeres. Sí, por supuesto que el ser humano tiene un dilema de identidad constante, pero es posible que las mujeres lo tengamos aún más complicado por todas las etiquetas que nos rondan y las propias expectativas de mercado que generamos y nos genera esta extraña sociedad post-post-moderna. Y si una mujer además tiene que definir su sexualidad, que es una sexualidad que históricamente ha sido reprimida y deformada, la cosa se complica hasta límites insospechados.

Un señor muy inteligente llamado Kinsey inventó una escala, una especie de recta en la que el elemento inicial (0) representaría una heterosexualidad total y absoluta, y el elemento final (6), una completa homosexualidad. Así, en vez de entrar en definiciones ya tan demodé como gay, straight, bi, podríamos hablar de un «4 en la escala Kinsey», «2 y medio en la escala Kinsey», etc. Esto es interesante partiendo de la base de que es muy difícil que alguien sea absoluta y completamente heterosexual u homosexual (hasta el macho más macho puede tener un sueño con componentes homosexuales, actuando de forma menos heterosexual aunque sólo sea a nivel subconsciente). Pero claro, si cruzamos con estos factores de identidad la identidad social, encontramos paradojas como que si una mujer de 1 en la escala Kinsey gusta de vestir con vaqueros y arreglar coches, la percepción de la mujer posiblemente sea, ante la sociedad, de 5 en la escala Kinsey. Y así entramos en lo que cariñosamente me (y a otros) gusta llamar el Genderfuck.

Es posible que, debido a nuestra afición por la moda y el disfraz, las mujeres podamos jugar con el género más que los hombres. Pero también es significativa la existencia de cada vez más tendencias donde los hombres también juegan con el género (véase el emo-core, por ejemplo), sin que ello influya directamente en sus preferencias sexuales. Sin embargo, a pesar de nuestros juguetes textiles, nuestra imagen, nuestra búsqueda de lo bello y de nosotros mismos, hay aspectos más complejos que afectan a nuestro día a día de manera mucho más intensa. Los roles que interpretamos van más allá de nuestro vestuario (si bien se ven intrínsecamente vinculados). La expectativa Cosmo exige a una mujer trabajadora, madre, compañera sexual, femme-fatale, inteligente, poderosa, hábil y triunfadora, pero al mismo tiempo solidaria y comprometida. La expectativa «mi barrio» exige cosas muy diferentes, como por ejemplo llegar a fin de mes, superar diversos baches, sobrevivir al fracaso amoroso, y todo esto sin perder ni un ápice de dignidad ni engordar un gramo.

Digamos que la mezcla explosiva de identidad sexual, social y personal lleva a una bomba de relojería compleja que, con cierta dosis de hormonas sobreexcitadas, podría conducirnos hasta la histeria.

Pensad en ello, queridos padres, hermanos, novios, maridos, la próxima vez que os tiremos un zapato.