Me está volviendo, literalmente, loca. Un poemario no debería significar un estado anímico, debería significar arte (o ausencia de éste), debería significar técnica, ritmo, orgullo o sacrificio, estética. Pero no debería significar este profundo odio que me está corroyendo. Happy Pills está escrito desde el odio, y lo peor de todo es que también odio cómo está quedando. Es demasiado íntimo, es demasiado yo y, precisamente por ello, es escandalosamente malo e insignificante. Después de El árbol del dolor, poemario del que disfruté mucho y cuyo resultado no me dejó del todo insatisfecha, no consigo recuperar esa objetividad, ese amor por la música y por la esencia que llevaba acompañando mis versos los últimos dos años. De repente vuelvo a la adolescencia. De repente vuelvo a escribir con las entrañas, con la vergüenza, y el resultado es ofensivo, nefasto, es autocomplaciente, es egotista, es siniestro. No hay adjetivos ni metáforas que sirvan para disimular la falta de talento estético que acompañe sus versos. No hay máscaras, tal vez ese sea el problema.