Tras un tiempo algo convulso, empiezo a reencontrar la tranquilidad que estaba obteniendo justo antes de tener que mudarme de casa. He vuelto a meditar, lo que es tremendamente positivo para mi equilibrio mental, si bien por ahora no lo encuentro positivo para escribir, ya que vaciar la mente tiene el inconveniente ese de, bueno, vaciar la mente. Cuando una medita en la playa, sentada en medio loto o como se llame en la orilla, es muy difícil plantearse una línea que no incluya las palabras «gaviota», «azul» y «barco pesquero». Al final es muy probable que por fin alcance notoriedad y cuantiosas regalías a base de publicar libritos de haikus o poemas marinos de esos que tanto gustan a ancianitas y adolescentes becquerianos. Lo malo de la felicidad es que no aporta nada interesante que contar. Lo bueno es que todo el mundo te saluda y sonríe, aunque no los conozcas. Puede que levantarse a las 7 de la mañana es algo que nos hermana en el masoquismo; desde luego para mí ahora mismo es necesario, necesito conseguir un ritmo normal de sueño, tal vez así llegue a un estado de energía de esos que la gente habitualmente considera normal.

Leyendo: La era del diamante, de Neal Stephenson. ¿Qué le daban de comer a Stephenson de pequeño?
Escuchando: It’s Nice To Know You Work Alone, de Silversun Pickups.