La calle está levantada formando surcos intransitables y mosaicos deshechos. El cielo brilla. Tú y yo nos besamos junto a las madres que beben café. El Passat mercurio tiene las ventanas traseras tintadas en un amago de seguridad. La pastelería está cerrada. Reímos. Cada gesto muestra una arruga de miedo del uno hacia el otro. Espera un día más sin nubes pero con algo de lluvia. Yo sueño y los colores se transforman.

En algún lugar hay un momento libre, un segundo desencadenado, que nos enseña nuestra verdadera esencia. Depende de los grados de alcohol por sangre, y de nuestro propio conocimiento de nuestra debilidad. En algún lugar me recuesto y sonrío, fingiendo que existimos en una dimensión real. Tal vez ese día nunca llegue y luego nos enfrentemos desnudos a la nada. Por si acaso me pellizco, buceando en este páramo de frontera.