Hay una raza aparte que me ha producido siempre un pánico inevitable. Se trata de esa especie que todos hemos conocido, ese conjunto de personas que podríamos definir como «intelectuales», aunque hay variantes en la línea de «poetas», «cultos» o incluso «gafapastas». Iniciar una conversación con un intelectual es un suicidio doble, por un lado contra la autoestima, y por otro contra la decencia del ser humano. Y es que hay algo muy indecente sobre hablar durante horas de manera elevada sobre la existencia humana, las obras inéditas de Lorca o la definición exacta de la palabra «metonimia». A mí no me importa hablar de todo esto, siempre que se aderece con ciertos comentarios que demuestren que el interlocutor no es un Cylon, comentarios en plan «y es que la edición crítica demuestra que… ¡camarero, otra cerveza!». Además, la existencia de una casa donde vivió Cervantes durante tres días antes de largarse a Lepanto no me concierne en demasía, mientras que la posibilidad de utilizar un agujero de gusano para viajar en el tiempo, las interpretaciones psicoanalíticas de la obra de Dan Brown o cualquier comentario que haga referencia a Enjuto Mojamuto me hace muchísima gracia.

Y es lo que pasa cuando una es friqui, pero no intelectual. A mí me gustan mucho los intelectuales, sobre todo durante diez minutos. Pero cuando, al pasar cierto tiempo en su compañía, te das cuenta de que les supone mayor esfuerzo calcular el precio de una litrona, lavarse los calcetines, hablar del tiempo o trivializar por el messenger que averiguar la raíz cúbica de 36,5, enumerar los Reyes Godos o analizar etimológicamente la palabra «esdrújula», una empieza a pensar que tal vez, sólo tal vez, sería mejor dejar de leer sus blogs y/o invitarlos a cañas.