Estuve escribiendo ayer en uno de esos raros arranques de inspiración al más puro estilo decimonónico (si obviamos el uso de un ordenador), preparando unos poemas para un proyecto conjunto con Víctor Miguel Gallardo para Ediciones Efímeras. Salieron cuatro o cinco de golpe, rápidos. Seguramente hoy los releeré y cambiaré mil cosas, pero ha sido una experiencia extraña, teniendo en cuenta que normalmente me lleva mucho tiempo (y sufrimiento) terminar uno.

Probablemente sea porque esos arranques de “inspiración” suelen darme en los sitios más inconvenientes (en el almuerzo, en el baño, en el autobús, en el coche, durante una conversación, por la mañana medio dormida o por la noche medio despierta) y, aunque ir a todas partes con una libreta y un bolígrafo queda muy chic y muy bohemio, también me parece algo presuntuoso y arrogante. Ya tuve mi época de escribir en cafeterías y descubrí que a) que la gente me mirara me cortaba el rollo y b) ya no me sirve escribir en papel.

Sea como sea todavía estoy lejos de convertir la escritura en un acto de gran trascendencia y, menos aún, en algo que disfrute lo más mínimo. Los exorcismos nunca son agradables.