Es curioso, pero hay una ley inalterable respecto a los gatos y los niños. Siempre se van a por las personas a las que no les gustan los gatos y los niños. Respecto a los gatos, algunos estudiosos del comportamiento felino aseguran que esto se debe a que las personas a las que no les gustan los gatos evitan el contacto visual con ellos, y los gatos, que interpretan el contacto visual como amenaza, se sienten más seguros y se acercan con confianza. Ahora, lo de los niños no tiene ninguna explicación, tal vez sólo mi mala suerte.

O el pelo rojo. Es que flipan con el pelo rojo. Si me dieran un euro por cada niño que me señala, se ríe o me tira del pelo por la calle, le podría comprar una mansión a cada lector del blog. Supongo que tiene cierto encanto, pero llega a ser muy cansino. Con todo, siempre es mejor que los gilipollas que se sienten con derecho a tocarte el pelo en un bar sólo porque es «original», «chulo» o «muy rojo». Pero no importa, porque también se acercan señoritas guapísimas a preguntarme dónde coño he conseguido ese color, ya que es el que llevan buscando toda su vida. Pues nada, mona, voy a hablar con L’Oreal a ver si les vendo la patente.
Escuchando: A wolf at the door, de Radiohead
Leyendo: Nation, de Terry Pratchett, que me está decepcionando bastante.