Anoche tuve un par de sueños de esos vibrantes que se recuerdan. En uno participaba en una especie de encuentro en el que había muchísima gente en diferentes habitaciones de hotel (excepto los religiosos, que se alojaban en barcos). Por alguna razón me costaba andar con naturalidad y tenía unas ganas tremendas de orinar, me reencontraba con antiguas compañeras de colegio y la novia de Raúl me ofrecía una botella de cerveza (no preguntes, Raúl, yo tampoco lo entiendo). En el otro sueño me rajaba entera una especie de monstruo de tres bocas cuyas extremidades eran horribles cuchillas (creo que era porque intentaba mantener relaciones sexuales con su pareja). Recuerdo perfectamente el miedo y la sensación falsa de dolor que dan los sueños, pero al mismo tiempo el goce estético de ver a esa criatura con ese rojo y blanco tan vibrante, del que me intentaba esconder en un dormitorio donde un chico acababa de tener un gatillazo frente a una hermosa mujer verde de grandes senos.

Sí, por eso a veces apunto mis sueños. Porque son un material de cuento excelente.