Hoy es una de esas mañanas en las que, a pesar de haber dormido bien, te levantas sin tener muy claro qué pie hay que mover primero para no caerte redonda al levantarte de la cama. Ayer estuve sin poder respirar media tarde con una ansiedad que hacía tiempo que no tenía, curioso porque no estoy especialmente ansiosa, aunque tengo motivos sobrados para estarlo (dinero, cómo no, o la falta de él). La oferta de trabajo que recibí en su momento y que va a «resolver-todos-mis-problemas-económicos-y-comprarle-a-Víctor-un-coche» no tiene pinta de materializarse hasta final de año, y de cualquier forma yo soy muy escéptica con las cosas que parecen demasiado buenas para ser verdad. Es en momentos como éstos en los que me acuerdo de inspirar llenando el abdomen, contar hasta tres y soltar el aire lentamente por la boca. Hasta cierto punto, funciona. Ya sólo me faltan las clases de Tai-Chi (a partir de septiembre, con suerte). Amo el Tai-Chi, independientemente de chorradas varias sobre el chi y esas movidas, me proporciona cierta estabilidad física y mental que no he tenido la oportunidad de disfrutar desde que tuve que dejarlo en su momento. No había encontrado otra clase hasta ahora, así que a ver si hay suerte y me toca un profesor pragmático y no un flipado del Pilates y del pseudo-budismo.

Una amiga comentaba recientemente en su fotolog que las cosas bellas son como retoques de Photoshop sobre una realidad bastante más fea y desagradable. Como cuando miras una pared porque no quieres darte la vuelta y ver la masacre que se desarrolla a tu alrededor. Estoy tan pegada a la pared que me duele la nariz. El momento menos pensado me va a caer una hostia de esas de aúpa.

Escuchando: When you were young, de The Killers. Lo malo es que cuando la escucho veo teclas y colores del Guitar Hero.
Leyendo: Un manuscrito que es tremendamente políticamente incorrecto y a la vez tremendamente fabuloso.