Protégeme de todo lo que quiero, como diría Brian Molko. Tal vez lo más hermoso del deseo sea el deseo en sí mismo, ya que cuando obtenemos lo que queremos nunca resulta ser tanto como nos habíamos figurado. Como el preludio al orgasmo, que es el momento más importante, ya que es el anuncio de lo que está por venir; o el hambre voraz de la carne en sus formas más versátiles: tierna e inocente, esperando ser maltratada y marcada; fibrosa y potente, a la espera de ser maltratadora y terrible; o hermosa como la tuya, vital y brillante, blanca y comunicativa.

En el deseo se desatan partes que se intentan ocultar por todos los medios, características que se relatan en voz baja o disfrazadas mediante palabras sin sentido.

Sea como sea, algunos deseos son más fáciles de satisfacer que otros. Como hoy, que me apetece comerme un trozo de chocolate y tal vez lo consiga. Empecemos por las cosas pequeñas.