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14. Un romance eléctrico (relato breve)

junio 4, 2014 — by Gabriella0

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Sobre la peluca rosa de Marie se eleva una escena de lucha naval. Dos grandes buques, de 120 cañones cada uno, batallan sobre olas de algodón. Entre las diminutas figuritas que se sostienen a bordo, destaca una que representa a Louis Antoine de Bougainville,  el primer francés en dar la vuelta al mundo, y el origen del nombre de la planta buganvilla. Y son pétalos rosas y rojas y púrpuras las que decoran los bajos de la peluca, sobre la frente y las orejas de la dama.

Marie porta la peluca más alta y majestuosa, incluso más que la reina, y sospecha que ese será el principio de su fin, de permanecer más tiempo en la corte. Pero no importa; no tiene intención de quedarse más que esta noche. Tiene sus credenciales, sus influencias y sus contactos y, ante todo, tiene su corpiño escotado, su gran falda de Rose Bertin con encaje de Bruselas y su peluca teatral. Todo lo importante.

Los ojos de los asistentes al baile están puestos en su cabeza, en ella y en su elaborado aspecto de cortesana con tierras. Lleva trabajándose la corte ya desde hace meses: el título, la reputación, la dignidad y la belleza. Y mientras, sin dejar de intervenir. Un empujoncito aquí, una palabra suelta allá. Pequeñas inserciones y vacíos en la máquina. Ruedas y engranajes que encajan a la perfección.  Y hoy será su última intervención, el final de su cometido, hora de regresar a casa, todo listo y finiquitado. Solo un par de pequeños movimientos más, un par de codazos metafóricos y golpeteos precisos con el martillo de la diplomacia útil. Solo un par de minúsculas calibraciones, de ajustes necesarios. Y todo encauzado, todo bien.

Todo menos este dichoso factor inconstante. El marqués de Sévigné. Maldito, entrometido y disoluto marqués. Según sus cálculos, tendría que estar en Vichy, acompañando a su anciana madre a los baños termales. Pero no, está aquí. Tiende a hacer este tipo de estropicio, es como un virus inesperado, un bug en la programación, un irritante quebradero de cabeza. Es una pieza cuadrada en una maquinaria redonda y perfecta.

En cuanto lo ve en la sala sabe que tendrá problemas. Se dirige aprisa hacia la condesa de la Bahía, pero no llega a tiempo. Sévigné la intercepta. Su mirada es escalofriante, llena de determinación y tozudez. La maldita pieza cuadrada, vestida de pies a cabeza con ostentación elegante, sus zapatos suaves en punta sobre los pequeños tacones de Marie.

—Me es indispensable hablar con vos, Marie —le susurra el marqués al oído. La llama por su nombre de pila, y esa es una inesperada, y por tanto mala, noticia.

—Ahora mismo no es posible, debo ver a… —Marie intenta zafarse de su voz cálida y peligrosa, pero no lo consigue.

—¡No lo entendéis! Mi vida depende de ello.

Marie enarca una ceja rosa, teñida, peinada y recortada a la perfección. ¿Su vida? ¿Cuánto información se le ha escapado con este ser irruptor, esta criatura empeñada en el desorden y el caos?

—Os escucho —le dice. Debe averiguar qué ocurre, comenzar a trabajar de inmediato en control de daños. La mano, insegura, le tiembla entre los suaves dedos del marqués.

—Debo decíroslo, porque ni duermo ni como ni vivo si no consigo librar mi pecho de esta obsesión que me corroe.

Marie parpadea, sorprendida. ¿Tendrá el marqués un problema de alcoholismo, se habrá aficionado a algún opiáceo o a alguna droga que desconoce? Sus pupilas son ahora enormes, sin duda señal de que está bajo los efectos de alguna sustancia excitante. Algo va mal, de eso está segura. Quiere detenerlo, pero el marqués prosigue:

—No lo entendéis, Marie. No sabéis verlo, pero lo cierto es que mi corazón solo late por vos. Os habéis convertido en mi señora, en la diosa a la que rezo y por la que seguramente iré al infierno, si es que no me hallo ya en algún círculo dantesco, víctima de vuestra indiferencia cruel.

Marie traga saliva de golpe. ¿Qué es esto? ¡Esto no estaba previsto, no estaba programado! Indiferente a las miradas sorprendidas de los que los rodean, el marqués, impulsivo, agarra a Marie y le planta un beso apasionado, fruto de semanas de deseo no expresado, amor lírico y penuria romántica. Marie siente un calor extraordinario, que se inicia con el recorrido de la lengua del marqués en su boca y baja hasta su estómago. Es un calor líquido, desconocido y letal.

Poco a poco, Marie comienza a deshacerse. Las sinapsis de su cerebro de metal se aceleran, hasta provocar cortocircuitos, y el humo comienza a salirle de las orejas. Sus dedos caen al suelo, largas piezas de porcelana recubierta de piel sintética, que se quiebran al chocar contra el mármol. Sus tobillos se astillan y pierde el equilibrio, arrastrando con ella a un sorprendido y horrorizado marqués. De sus muñecas abiertas ruedan engranajes, ruedecillas, muelles, contrapesos y microchips. Marie se vacía. Su procesador explota y las llamas prenden en el encaje de su corpiño. Un desagradable olor a plástico quemado inunda la sala de las arañas de cristal.

Una de las tuercas rueda hasta el pie del duque de Buckingham, donde finalmente se detiene. Boquiabiertos, los presentes están inmóviles, sin saber si gritar es lo adecuado, si responde al protocolo de la corte. El único movimiento está ahora en los dos buques de la peluca de Marie, cuyos cañones siguen disparándose, inmersos en una batalla que ya a nadie le importa.

 

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13. Una historia de amor (relato breve)

mayo 26, 2014 — by Gabriella0

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Marcos abrió los ojos y vio blanco, luz artificial. Tardó unos segundo en distinguir siluetas, formas. Todo aquí estaba tenue, diluido. Bienvenido al mundo real.

Cuando salió a la calle pisó inseguro. «¿De qué estoy hecho?», se preguntó, mientras se examinaba las manos. Hacía tan solo una media hora habían sido manos verdes de mujer, con las que había masturbado a un hombre morsa en las colinas del Desencanto, en el país florido de Oom. Antes habían sido filamentos negros, relucientes, con los que había cabalgado a un escorpión gigante, que lo había llevado de paseo bajo un mar rojo de plasma. Había sido como vadear entre sangre viscosa. No sabía cuánto tiempo había transcurrido en esa habitación, atado a las máquinas y a los sueños. Cada vez la visitaba con mayor frecuencia. Antes iba con Danya, pero ahora ella iba al centro de la calle Viriato. Decía que allí, por el mismo precio, había lujosos sofás de terciopelo y servían champán. Como si eso importase.

«¿De qué estoy hecho?», se preguntó de nuevo. Una vez se había hecho un corte superficial, para comprobarlo. Era peligroso salir de las máquinas en ese estado. ¿Y si un día se despertaba pensando que realmente podía volar?

Danya no podía competir con las mujeres de los sueños, ni con aquel delfín que lo visitaba en ocasiones, sus brillantes escamas de dragón llenas de amor y júbilo. Danya ni siquiera compraba ya nada para comer. Comía en sueños, y luego tragaba un par de pastillas sustitutivas. Ahora estaba muy delgada, casi piel y hueso, y le resultaba repugnante. Hacía tiempo que no dormían en la misma cama y él lo agradecía; agradecía no sentir sus afilados codos, rodillas y caderas contra su cuerpo incómodo. Cada vez costaba más dormir y no era de extrañar. ¿Quién querría dormir en su propio cuarto si podía acudir a las máquinas y llenar el sueño de mundos alados, de prados acuosos y ballenas de relojería?

Ya no trabajaba. Nunca lo había hecho por dinero, sino por autoestima, por dignidad. La herencia había cubierto todas sus necesidades, Danya incluida. Ahora no podía trabajar. Cuando escribía líneas de código, estas se desplazaban, se caían por el borde de la pantalla. Comandos suicidas. Caracteres nihilistas. Habían desaparecido de sus dedos y de su mente. ¿Cómo podía uno crear con un teclado cuando la mente se deslizaba por el aire en sueños, cuando planeaba entre nubes de sabores y astros de purpurina? La consola era una puerta cerrada más entre todas las puertas y pasillos que lo separaban de lo onírico y de su imaginación pura, sin adulterar. Incluso una mala pesadilla era diez veces mejor que el mejor de sus programas, por mucho que sus clientes le prometiesen fama, poder y gloria por cada proyecto acabado. «No hay nada», se decía, «no hay fama ni poder ni gloria sin el delfín de escamas de dragón y el escorpión submarino. No sé de qué estoy hecho aquí, en esta simulación, en esta realidad virtual en la que me encierro. Si me conectara para siempre, nadie me echaría en falta. El mundo a mi alrededor podría caer, deshacerse en la nada. Nada cambiaría».

Pero en aquella habitación había límites, controles impuestos por el gobierno y por Sanidad. No más de 24 horas, y luego un mínimo de tres días de descanso. Y apareció de imprevisto Danya, con su cara macilenta y lágrimas en los ojos y dijo que ya estaba bien, que tenían que dejarlo. Que no se habían visto en dos meses. Que quería recuperar su vida en común, volver a sentir el asombro y la euforia de sus primeros días juntos, de un mundo vacío que ellos pudiesen llenar. Y Marcos se dejó llevar, tal vez por pena y desesperación, en uno de esos tres días prohibidos, e hicieron el amor y antes de parpadear siquiera Danya estaba embarazada. Danya, que siempre había tomado medidas. Danya, que no creía en la familia. Danya, ahora de tres meses y con una orgullosa mirada de madre por llegar.

Marcos hizo todo lo posible, eso tendréis que admitirlo. Se apuntó a grupos de desintoxicación, acudió a programas rehabilitadores. Él no era el único adicto, bien lo sabía, aunque pocas personas sufrían de una dependencia como la suya. Dormían los sueños, vivían lo onírico, se asustaban con alguna pesadilla y no volvían. Seguían regresando al exterior. Marcos lo intentó, os aseguro que lo intentó. Cada día, poco a poco, con la vista puesta en el hijo por llegar y los años por vivir.

Y ayer mismo nos enteramos de que se había tomado un paquete entero de pastillas y se había marchado a dormir para siempre. Estábamos todos muy tristes, porque, aunque no conocíamos a Marcos personalmente, siempre nos entristece que alguien pierda, que se rinda, porque nos recuerda que nosotros estamos muy cerca de perder, de rendirnos.

Lo malo de los sueños inducidos es que vienen de alguna parte. Están las máquinas, claro, pero solo recogen y exaltan lo que uno ya tiene en la cabeza. Y cuando uno regresa al sueño natural, a dormir de forma orgánica, el origen sigue allí. Las imágenes siguen allí. Uno puede dejar las máquinas, pero no deja de soñar.

Suponemos que Marcos murió con esa gran sonrisa en los labios que aparecía en las fotos en todos los medios, esa gran sonrisa de satisfacción. La muerte como sueño eterno. Suponemos que se acercó el delfín, con relucientes escamas de dragón y le dijo «ahora sí. Ahora sí que te tengo para siempre». Una historia de amor, tenga la forma que tenga, sigue siendo una historia de amor.

 

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12. Marta tiene un secreto (relato breve)

mayo 23, 2014 — by Gabriella3

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Vinimos al valle desde todas partes del mundo.  Ofrecían casas y dinero para repoblar una diminuta aldea abandonada, perdida en ningún lugar, y todos estábamos desesperados. En mi país no había trabajo; para otros era una aventura, una forma de salir del hoyo primermundista de aburrimiento y hastío que se habían cavado a golpe de universidad y trabajos que les carcomían el alma.

No éramos unos cualesquiera. Médicos, enfermeros, ingenieros agrónomos, profesores, arquitectos, albañiles, fontaneros, electricistas. Un conjunto dispar. Algunos llegaban ya con sus parejas, dispuestos a llenar las calles vacías de niños, niñas y el aroma del crecimiento y la fortuna; otros traían a sus bebés y pequeños a cuestas. Nuestro mayor contacto con el exterior era un camión con víveres, medicamentos y pedidos una vez cada dos semanas, si bien había un servicio de helicóptero para urgencias médicas. Por suerte teníamos wifi, aunque la conexión era lenta y trabajosa, tanto que a veces no merecía la pena.

Supongo que era una suerte de paraíso, un edén primitivo lleno de ilusión y trabajo duro. Había mucho que hacer, mucho que organizar, y a veces las reuniones en la plaza central, mientras terminábamos de ultimar la reconstrucción del ayuntamiento, se hacían largas y pesadas. Mas cuando llegábamos a la conciliación, a un punto de consenso, la frustración se desvanecía para dar paso a una profunda y orgullosa satisfacción. Sentíamos que por primera vez teníamos algún control sobre nuestras vidas.

Yo era una rara avis dentro de aquel zoológico de pájaros peculiares. Marta, la bailarina, cantante, cuentacuentos, animadora sociocultural. Responsable del ocio del pueblo entero. Ahí es nada.  Tenía un portátil, pero la electricidad estaba restringida a ciertas horas de la noche y acababa comprando libros en papel. El espacio en el camión era limitado y tampoco quería abusar: eran más importantes los materiales de construcción, los medicamentos, los pesticidas y las escopetas de caza. O eso me parecía a mí. Pero por las noches, cuando muchos acudían a la plaza a encender una buena hoguera y escuchar unas buenas historias, nunca tenían suficiente. Prescindimos pronto de televisores: los pocos canales que recibíamos en el pueblo nos parecían ridículos, demasiado alejados de nuestra experiencia diaria. Y nuestra conexión de internet, patrocinada por el gobierno, no daba para muchas descargas piratas.

Pese a todo, mi secreto me atormentaba, hacía que me sintiera culpable. Todos estábamos allí para formar una nueva sociedad, para llenar de criaturas las casas y la tierra. Y yo había olvidado decirle a los funcionarios que me examinaron que, aunque mi vientre era perfectamente fértil, no tenía la más mínima intención de usarlo para acoger a un feto. No tenía la más mínima intención de buscarme un macho alfa en la aldea y ponerme a procrear como una de las muchas conejas que guardábamos en jaulas en los jardines. No era solo que no quisiera disfrutar del fruto de un buen polvo; es que no quería un buen polvo, por lo menos no con un hombre. Ya habían comenzado las palabras, los murmullos. Marta la bailarina no mostraba interés por los solteros de la comunidad.  Yo miraba la botella de ginebra que guardaba en el único armarito de mi casa, el que me había regalado Günter, el carpintero, y negaba con la cabeza. Si tenía que ser más casta que mi santa abuela, que en su viudedad se había entregado de pleno a Dios, así sería. Y en el peor de los peores casos, allí estaba la ginebra y allí estaban esas hierbas tan tóxicas, aquellas que crecían en la linde del bosque.

La realidad era que me sentía a gusto en la aldea, sentía que pertenecía a algo mayor que yo, a algo que importaba. Así que la culpabilidad fue en aumento. Yo no quería darles a los demás lo que me pedían. A cambio, les daba lo que necesitaban: historias de amor, historias de esperanza, historias para pasar el temido invierno de nieve y las apacibles noches de verano estrellado. Los enseñé a bailar el tango, y las parejas avanzaban y retrocedían, sudorosas, concentradas, al compás de sus propios cuerpos, por el empedrado de la calle principal. Enseñé a los niños a cantar el abecedario, y con la ayuda de Günter construí un pequeño teatro de marionetas. Escribí poesía, teatro, relatos y canciones. Ya vinieran o no las musas, Marta la bailarina trabajaba creando de sol a sol.

—Creo que eres lo único que queda de nuestra antigua vida —me dijo Helen, la doctora, una noche en que habíamos acabado bebiendo cerveza casera en su porche, viendo como jugaban sus críos con Marly, la gata embarazada que nos había traído el camión para ayudarnos a mantener a raya a los roedores—. Aquí todo es nuevo, todo está pensado para el futuro, para lo que le dejaremos a nuestros hijos. Una mujer soltera, sin hijos… es un lujo de un tiempo pasado. —Me miró con esos ojos marrones y avispados que tenía y, antes de que pudiera responderle, siguió hablando—. Es una auténtica lástima —dijo—, que no puedas tener niños.

—¿Que no pueda tener niños? —pregunté, sin comprender.

—Es terrible, pero ocurre a veces. Una mujer normal, sana, en apariencia fértil. Y luego, de repente, tal vez por estrés o grandes cambios en su entorno, problemas hormonales que causan determinadas… complicaciones en los ovarios. Puede ser algo temporal, o permanente. Puede ser bastante perjudicial a largo plazo, así que tendremos que hacerte chequeos a menudo. Los de Urbanismo se van a mosquear, claro, pero tu presencia aquí es innegociable. Estas son cosas que pasan, y las tienen que tener en cuenta al planificar el crecimiento de población.

No pude sostenerle la mirada.

—Te quiero aquí una vez a la semana —me dijo, sus ojos también lejos de los míos. Tenía las mejillas rojas, encendidas, tal vez tanto como yo—. Los viernes, a las siete. Los niños están en la guardería y Stephen se va de caza con los chicos. Asegúrate de que no esté su chaqueta colgada en la entrada cuando llegues.

Me levanté, aturdida, cogí mi rebeca de lana y salí de su cabaña con paso inquieto. Tardé un buen rato en darme cuenta de que caminaba en dirección opuesta a mi casa, hacia las afueras del pueblo. Cambié el rumbo y casi me pareció sentir los engranajes, las ruedecillas que daban vueltas en mi cerebro. No me gustaba mentirle a nadie, y menos a los de arriba. Pero qué podíamos hacerle. Todas las aldeas necesitan a un contador de historias.

 

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Sobre el bloqueo artístico

mayo 21, 2014 — by Gabriella0

20140520

1.Es raro. Tengo todas estas ideas con las que quiero dibujar y trabajar. ¡Y me siento inspirada! Pero…

2. Empiezo a trabajar en algo y no sale exactamente de la forma que quería. O no consigo las notas que quería. O me lleva mucho más tiempo de lo que pensaba. O pensaba que ganaría el concurso para el que lo dibujé. Y todos estos pequeños obstáculos empiezan a amontonarse.

3. Y de repente ya no quiero hacer nada. Parece fútil. Sin sentido. ¿Para quién estoy haciendo todo esto si yo ya no lo disfruto?

4. ¿Y cómo lo superas?

Sigo dibujando. No sé hacer otra cosa.

Si cambiamos en este texto dibujar por escribir, no podría estar más de acuerdo.

(Traducción de servidora; cómic original de Candi, de Starline Hodge)

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11. La curiosidad de Tim (relato breve)

mayo 20, 2014 — by Gabriella2

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Desde Oxen Park hasta Ulverston había 11 kilómetros, Tim lo sabía bien. Era su recorrido diario. Se ataba las zapatillas, metía un botellín de agua en su mochilita y, lo más importante, se ajustaba los cascos y conectaba el reproductor de MP3.

En cuanto pisó la acera comenzó a correr. No tardaría mucho en salir de la aldea, en pasar de largo las casas pintorescas que separaban su hogar de la libertad, del olor del césped mojado tras la lluvia de anoche, y de la mirada indiferente de esas vacas peludas y marrones que abundaban por la zona. Nunca dejaban de sorprenderlo, acostumbrado a las vacas lecheras, gordas y frisonas, blancas y negras, de su pueblo natal. Se aseguró de medir bien el paso y la respiración; aunque el cuerpo le pedía acelerar, darlo todo, sabía que la única manera de llegar a Ulverston de una pieza era reservar fuerzas para el último tramo. Por la tarde regresaría en el autobús, después de pasar el día atendiendo a los usuarios de la biblioteca (y menos mal que en la biblioteca tenían una pequeña ducha en el baño de los empleados, por su propio bien y por el de los usuarios).

El recorrido le llevaba poco más de una hora, una hora intensa que, al principio, había hecho más llevadera gracias a una buena lista de música en el MP3. Pero ahora era diferente. Había encontrado los cascos tirados al lado de una vaca, en un camino perdido por el que se había aventurado un día en que tenía tiempo que matar y una separación amorosa que olvidar. No eran de una marca que conociera (ni siquiera había podido encontrarla por internet), pero eran los mejores auriculares que había tenido nunca.

No era por la calidad del sonido, que era excelente. Era por lo que le ofrecían. No reproducían la lista de canciones de su MP3. Al principio pensó que tenían una memoria integrada, y que reproducían una grabación muy extraña. Pero la grabación cambiaba cada vez que la escuchaba, y no tardó en darse cuenta de lo que estaba escuchando en realidad. Al principio había estado a punto de lanzarlos lejos, de alejarse de aquel instrumento sin duda poseído o maldito. Casi estuvo por buscar a la vaca que se los había regalado y estrellarlos contra su lomo. Pero el contenido era demasiado atractivo, fascinante. Aquellos cascos leían la mente de los demás.

La carretera que unía Ulverston con Oxen Park y las demás aldeas de la zona no tenía mucho tráfico, lo suficiente como para que cada cinco o diez minutos Tim recibiera un flechazo, un mensaje efímero, directo de la mente de un conductor. Después de conocer a Laia, esto era lo mejor que le había pasado nunca. Y después de que Laia lo dejara, necesitaba elementos buenos, interesantes, divertidos en su vida.

Los pensamientos al principio eran inconexos, difíciles de entender. Pero cuanto más usaba aquellos cascos, más claros se volvían, menos le costaba a Tim interpretarlos. A veces se repetían coches, y Tim reconocía patrones: la mujer del Renault rojo que le era infiel a su marido, y que visitaba un caserío cercano para acostarse con un chico veinte años menor que ella (¡un amigo de Tim, sin ir más lejos!), llena de culpabilidad y excitación; el hombre que bebía demasiado y que todas las semanas visitaba Ulverston para entrevistarse con el párroco y pedirle perdón a Dios por sus actos de borracho; la anciana que tenía pánico a quedarse ciega, pero que poco a poco perdía la vista y que desde luego no debería estar conduciendo. A veces Tim sentía la tentación de intervenir, de ayudar a estas personas, de intentar explicarles lo clara que veía él la solución a todos sus problemas. Pero no era tan clara, eso lo entendía. Y no sabría cómo explicarles que conocía el más íntimo de sus secretos.

Lo más duro fue lo del pederasta. Lo captó de pasada, muy rápido, cuando lo adelantó en su Ford azul. Un hombre feliz, exultante, porque venía de visitar a su sobrino favorito. Y no solo de visitarlo. Vio las desagradables imágenes, percibió la lujuria libre y orgullosa de aquel degenerado. Durante mucho tiempo Tim se sintió responsable. ¿Pero qué podía hacer? No conocía a aquel hombre, no sabía su nombre. Ni siquiera se había quedado con la matrícula del Ford azul. Podía investigar entre los habitantes de Oxen Park, que al fin y al cabo no era muy grande, mirar en las aldeas de los alrededores. Pero aun así no tenía forma de demostrar nada: nada más que el pensamiento de un hombre, escuchado a través de unos auriculares mágicos (o tal vez alienígenas, otra opción que Tim había considerado).

Después de aquello estuvo un tiempo sin utilizarlos. Durante un par de semanas corrió con música, y cuando esta se le hizo vacía, insostenible, en silencio. Pero el silencio era ominoso, perturbador. Cada vez que lo adelantaba un vehículo, Tim no podía dejar de preguntarse en qué pensaba el conductor.

Así que volvió a las andadas. Aceptó que no podía actuar, que era un testigo imposible de la intimidad ajena. Le sorprendió lo mucho que los demás pensaban en sexo, y en violencia. Al principio, justo después de los pensamientos inconexos y las palabras sin sentido, todo había sido un ruido fluido de preocupación, de estrés, de inseguridad. Pequeñas desazones, dolores, molestias mentales y físicas. Pero debajo de todo ello surgían, como olas imparables, los gritos de erótica y destrucción. A veces eran tan insistentes que el propio Tim se veía arrastrado, y llegaba a la biblioteca con una erección incómoda, elevada al cielo de lo hermoso y terrible.

Todo terminó el día en que lo adelantó el Mini Cooper verde de Laia. En cuanto escuchó su eros y su tanatos: el hombre maduro, fuerte y poderoso con el que fantaseaba, el mismo que la hacía gemir y berrear de formas que Tim nunca había conseguido; la desidia y rencor que le guardaba al propio Tim, el desprecio contra él asentado, ya para siempre, en su cabeza, Tim se detuvo. El corazón le bombeaba en el pecho y amenazaba con reventar allí mismo. Se agachó y dejó caer el sudor de su cuerpo acelerado sobre la hierba mojada de aquella mañana de primavera inglesa.

Echó a andar. No estaba muy lejos del camino perdido, del mismo sendero donde se había desorientado el día posterior a la ruptura. Recorrió la tierra húmeda despacio, sin prisa, como si temiera llegar a su destino.

No tardó en encontrarla. Con fuerza, con rabia, le tiró los cascos malditos a la vaca peluda. Esta ni se inmutó y, en su rostro inexpresivo de rumiante satisfecha, a Tim le pareció ver un brillo de mofa, una mirada burlona.

 

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9. Los lectores aéreos (relato breve)

mayo 2, 2014 — by Gabriella0

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Las criaturas cayeron sobre el Fearless con gracia y sigilo. Eran años de práctica, años de aterrizar sobre arena, mar y roca. Nunca vistas, invisibles, excepto en algún evento descuidado que aparecía en programas de madrugada en boca de presentadores trasnochados a quien nadie hacía mucho caso.

—Rodesia —dijo una de ellas, la más alta. Extendió las alas, estiró los brazos y miró a su compañero con los ojos entrecerrados, todavía afectados por el sueño.

Su amiga se encogió de hombros, y con el gesto sus alas, recogidas, se elevaron a la par.

—Algo así. Momentos importantes en la historia de la humanidad, blablablá.

—No estamos aquí para eso. Ni que fuéramos cronistas.

Nadie las vio atravesar la cubierta del buque. Los hombres que vigilaban no eran capaces de percibir el movimiento rápido y silencioso de las bestias. Siempre había sido así, incluso en un tiempo de cámaras y televisión y programas de madrugada con presentadores trasnochados a quien nadie hacía mucho caso.

—¡Date prisa! —susurró la criatura más alta. La presencia de seres humanos siempre la ponía nerviosa. Eran repugnantes, con sus cuerpecillos rosados o negros y esas extremidades finas y ridículas. Se estremeció. La idea de poder entrar en contacto con esa piel suave por error o casualidad hacía que se le levantaran las escamas.

—Ya voy, ya voy. —Su compañera le dio un giro experto al pomo de la cabina y este hizo un ruido casi lastimero. La puerta crujió y les cedió el paso. Dentro, un hombre soñaba y roncaba sobre una cama estrecha, aún de uniforme.

—No lo despiertes. Odio cuando gritan. Me deshace los oídos —susurró la criatura más alta. Su compañera curioseaba en el pequeño pupitre de la cabina, abría cajones y revolvía papeles.

—Tiene que estar por aquí —murmuró—. ¡Ah, ya lo tengo! —Sacó un cuaderno viejo, sobado. Lo abrió y leyó unas líneas—. Ah, no, esto es para un nuevo pacto de independencia. ¡Aburrido, aburrido, aburrido!

—Venga, venga, que no tenemos toda la noche. Y estar aquí dentro me está dando alergia. —La criatura más alta se rascó uno de sus cuatro codos, ansiosa. Podía oler el vapor, oler el movimiento lento y tedioso del buque.

Su compañera siguió buscando. Cayó una carpeta y rebotó en el suelo de madera. El hombre durmiente tembló, como si parte de él supiera que estaban ahí, pero enseguida regresó a los ronquidos y a la paz de un sueño afable.

—¡Está aquí, está aquí! —agitó otro cuaderno, este aún más viejo y sobado que el anterior. En él, versos de pluma llenaban las hojas amarillentas.

—Aquí, en mitad de la nada, el mejor poeta de todos los tiempos —se lamentó la criatura más alta—. Y nadie lo sabrá nunca.

—Nosotros lo sabremos. —Su compañera tomó el cuaderno y lo hojeó. Se estremeció de placer. Cogió a su amiga de la garra y salieron de la cabina. Fuera, la luna crecía sobre aguas plácidas, quietas.

Levantaron el vuelo y se alejaron del buque. Nadie las vio partir. Nadie supo que se llevaban el único cuaderno con los únicos poemas que quedaban de un capitán viejo, pronto olvidado. El mejor poeta de todos los tiempos.

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8. Delirio (relato breve)

abril 28, 2014 — by Gabriella2

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El duque de Sajonia-Coburgo-Saalfeld decía que estaba hecho de cristal. Desde pequeño había tenido este convencimiento, y había evitado cualquier situación de peligro: no jugaba a la pelota con sus primos ni cazaba con su padre, temeroso de tropezar y hacerse pedazos. Decía, además, que era incapaz de sentir ni de amar, ya que su corazón también estaba hecho de vidrio.

Llevaba siempre ropa especial, hecha para él a medida, encargada a los mejores talleres de Coburgo. Sus trajes iban almohadillados y reforzados, para protegerlo de una posible caída. «No quiero convertirme en mil esquirlas», contaba a los que lo rodeaban, que sacudían sus cabezas en privado y asentían, sonrientes, delante del duque.

―Puedo haceros un corazón de carne ―le dijo Elia, una joven que nadie conocía, un día de verano. El verano era terrible para el duque, que sudaba y sudaba. Aseguraba que esto era porque los rayos de sol se recalentaban dentro de su cuerpo de vidrio.

―¿Un corazón de carne? ―al duque se le dibujó una gran sonrisa en el rostro―. ¿Y eso me permitirá amar, sentir, desear?

―Mejor que eso ―respondió Elia―. Os dará coraje, valor, fuerza. La valentía necesaria para lidiar con las emociones que llegan con un corazón: odio, miedo, sospecha.

Aunque sus consejeros desconfiaban de la joven recién llegada, el duque estaba convencido. Quería, no, necesitaba un corazón de carne.

―Solo tenéis que dormir ―explicó Elia―. Y yo os abriré y cambiaré vuestro corazón de cristal por uno de verdad.

―¿Eso no es peligroso? ―preguntó Ana, hija del duque y de su primera esposa.

―Oh, no, en absoluto. Como el duque es de cristal, no sangra ni escapan humores de su cuerpo. Será limpio y rápido.

La corte no parecía muy entusiasmada, pero el duque era tozudo e insistía: se dejaría operar por aquella joven desconocida. Quería su corazón de carne.

Nadie vio la operación, a nadie se le permitió entrada en los aposentos del duque durante un día entero. Familia, amigos y sirvientes recorrían el pasillo desesperados, delante de su puerta, seguros de que encontrarían un cadáver al abrirla. Mas la palabra del duque era ley y debían acatar su mandato.

Al día siguiente, el duque salió de su habitación con las mejillas sonrosadas. No habló a nadie de la operación, ni dio explicación alguna. Solo repetía, algo aturullado, que ahora tenía un corazón de carne. Y lo maravilloso, explicaba, era que la sangre que bombeaba ese corazón poco a poco estaba convirtiendo el cristal de su cuerpo en algo diferente, algo más real. Podía tocar, podía degustar, podía reír y llorar. El duque se estaba haciendo de piel, músculo y hueso.

Al cabo de unas semanas, el hombre de confianza del duque, Martín de Brunswick, pidió audiencia con Elia, a quien el duque había cargado de oro, plata, joyas y tierras.

―Sé lo que eres ―le dijo Martín, y la miró con rabia, con frustración―. Y has roto la ley principal: no interferir.

Elia lo miró con asombro.

―No sé de qué me habláis.

―El duque se ha pasado tres semanas vomitando, no mantiene relaciones ni con su esposa ni con su amante, y ha empezado a quitarse esa ridícula ropa almohadillada. Aquí no hay operación que valga. Lo que ocurre es que lo estás atiborrando de antidepresivos.

Elia parecía realmente confundida.

―Señor Martín, os prometo que no entiendo ni una palabra de lo que me decís.

Martín suspiró, irritado.

―No te hagas la tonta conmigo. Eres lo mismo que yo, una viajera en el tiempo. Y has decidido que ibas a curar al duque gracias a la medicina moderna. No sé cómo ni por qué, pero estoy seguro de que sabes que eso no solo está prohibido, sino que es peligrosísimo para la estabilidad del espacio-tiempo.

Elia abrió la boca y permaneció unos segundos así, en silencio, sus ojos azules brillantes y el cuello rígido. Cerró la boca de golpe, aturdida. Metió la mano debajo de la larga capa de terciopelo que la cubría, y sacó de entre sus telas una cajita de madera.

―Miradlo vos mismo.

Martín abrió la caja y sus piernas temblaron, hasta el punto de que casi perdió el equilibrio. Era imposible, y sin embargo allí estaba, frente a él, dentro de una cajita forrada de seda. Un diminuto corazón de cristal.

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Para los curiosos: el delirio de cristal existió. Fue un fenómeno que se dio entre varios personajes de la alta sociedad europea entre los siglos XV y XVII.
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6. Lección de Geografía (relato breve)

abril 21, 2014 — by Gabriella1

KROMKRATHOG

—Egipto es un país transcontinental —dijo Cándida y se detuvo. Pudo escuchar algo lejano, un siseo de música en el aula. Una voz rítmica masculina de fondo—. Esto significa que está en más de un continente, ya que ocupa la esquina noreste de África —se giró en su asiento y les indicó la ubicación en el mapa que había dibujado en la pizarra, tras ella. Tal vez algo de hip hop, sí eso era. Miró a los alumnos; pocos la escuchaban, ojos perdidos por la ventana o en la nada más absoluta— y la esquina suroeste de Asia. —Volvió a señalar en el mapa, pero no tenía mucho sentido. Aquel rumor de música, si es que podía llamarse música, la estaba volviendo loca—. Roberto, dame eso. Sí, no me mires así, quítate los auriculares y dame tu móvil, tu mp3, lo que sea.

Roberto puso cara de víctima inocente, de injusto acusado. Cándida pensó que era muy posible que hoy acabara asesinando a uno de sus alumnos, que tal vez hoy mismo saliera en televisión. Roberto se cruzó de brazos y negó con la cabeza.

—Yo no tengo nada, señorita.

Cándida no soportaba que mintieran. Que la mirasen a los ojos y le dijeran palabras que no eran ciertas, como si la retasen a demostrar que su realidad no era la misma. Apoyó los codos sobre la mesa y se llevó los dedos a las sienes. Una migraña llevaba amenazando con explotar desde el principio de la clase, y Cándida se preguntó cómo aguantaría hasta la hora de comer. Ni siquiera se había traído las pastillas, y sabía bien que en la salita de profesores no había nada que pudiera lidiar con sus migrañas, ni siquiera la botella de ron para emergencias que guardaba el jefe de estudios en uno de los cajones de su armarito.

Miró a Roberto, cansada y sin saber muy bien qué decir. «Ojalá desaparezcas ―pensó―, ojalá dejaras de existir. El mundo no perdería nada, no, sería un lugar mejor. El día de mañana habrá un sociópata menos en el entorno laboral, un agresor menos en casa, un hijo de puta menos en el barrio. Lárgate con tus muertos, con tus antepasados, con todos aquellos que han cedido sus genes de mierda para crear a un ser tan despreciable como tú».

Y Roberto desapareció. Simplemente dejó de estar allí. A su alrededor, varios de sus compañeros dejaron escapar murmullos de confusión.

—¿Dónde está? —preguntó Kika, su compañera de banca—. Estaba ahí, sentado, estaba…

Cándida miró a Kika. «Desaparece tú también ―pensó―, con tu pintalabios barato y tu falda cinturón. Quiero que desaparezca esa manera estúpida que tienes de ponerle las tetas en la cara a tus compañeros, esa forma chabacana de menear el culo cuando crees que te está mirando un profesor».

Varios de los alumnos gritaron. Kika también había desaparecido. Las sillas chillaron al arrastrarse contra el suelo: los alumnos se levantaban, corrían hacia la mesa vacía, intentaban atrapar en el aire el recuerdo de un cuerpo físico, la impronta de una presencia. Cándida supo que había hecho algo horrible. ¿Dónde habían ido a parar? ¿Realmente había sido ella? Y a pesar de su horror, del conocimiento, de la seguridad de que todo aquello no podría traer nada bueno, no pudo resistirse a probar de nuevo. Buscó entre los alumnos, intentó concentrarse entre las exclamaciones, las voces de los que suplicaban su atención, de los que gritaban su nombre. Al fondo del aula, una sola persona permanecía quieta, tranquila. Juan Hernández sonreía, con aquella pequeña sonrisa inteligente que le producía escalofríos. Lo imaginó de nuevo. Deseó que aquel chico estudioso y obediente, aquella joven promesa del instituto, desapareciera. No sabía muy bien por qué. Nunca le había gustado. Siempre que pasaba a su lado en los exámenes, siempre que se acercaba a su mesa, la recorría una corriente desagradable, una sensación de repulsa que trepaba por su espalda. No sabía si el mundo sería un lugar mejor sin Juan Hernández, pero desde luego lo sería para ella.

No ocurrió nada. Juan seguía allí, con su mirada clavada y su pequeña sonrisa desquiciante. ¿Cómo estaba él tan tranquilo, tan seguro, mientras sus compañeros corrían como salvajes, gritaban y buscaban, frenéticos?

—¡Es una broma pesada! —gritó Celia, otra de esas alumnas basura que sin duda en un par de años ya tendría un crío bajo el brazo y un trabajo en el ultramarinos de sus padres—. ¡Tiene que serlo!

Cándida arrugó el ceño y Celia también desapareció. Pero Juan seguía allí, sus ojos azules, tan claros que no parecían humanos, fijos en los suyos. Cándida volvió a estremecerse, por un instante le pareció que la desnudaba con la mirada, que buscaba con su visión radiográfica el color de su ropa interior, la constelación de los lunares de su barriga.

Salió corriendo del aula. Avanzó por el pasillo a grandes zancadas, en dirección a la salita de profesores, con los gritos que la perseguían, el ruido infernal del caos en sus oídos. Fue directa al armarito del jefe de estudios, abrió el cajón de la botella. Pero en lugar del ron solo había un sobre. Un sobre dirigido a Cándida Parra.

Lo abrió. Dentro había una nota. Una hoja de papel con la letra estilizada, girada levemente a la derecha, de Juan Hernández. Solo había dos palabras.

«De nada», decía.

 

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5. En buena compañía (relato breve)

abril 18, 2014 — by Gabriella0

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La centralita era el orgullo de la empresa, y uno de los edificios sobresalientes de Colombo, pero Ravi la odiaba. Odiaba el pequeño cubículo donde escuchaba las quejas de los clientes, día tras día. Odiaba el gran bidón de agua tibia donde se reunía con sus compañeros para escapar de las quejas de los clientes y hablar del tiempo o de algún partido de voleibol. Y más que nada odiaba a sus colegas, a esos trepas que se creían occidentales solo porque Louboutin y Hugo Boss hubieran llegado a Colombo, gente vacía que solo aspiraba a mudarse a Kotte y enviar a sus hijos a estudiar a Estados Unidos. No había nada como la forma que hacían sus bocas cuando parloteaban sobre la beca que había conseguido su primogénito para el MIT, sobre la tesis que haría su niña en Harvard. Y para qué, se preguntaba Ravi, si luego vienen aquí y paren como conejas y nos llenan Colombo de más trepas que se creen occidentales y que se gastan el sueldo en ropa de diseño y alquileres absurdos en Kotte.

Ravi no siempre había sido tan negativo. Parte de la culpa la tenía la muerte de su prometida, Upulee, hacía un par de años. En vida no la había apreciado demasiado; Upulee había sido un paso más, una fase vital que debía atravesar para cumplir con las expectativas de su madre y de su empresa. Pero con su muerte se había instalado una ausencia en el piso y en el corazón de Ravi, un hueco en su vida coloreado del tono de su cabello, del brillo de sus ojos y de la suavidad de sus rodillas. Upulee era reflexiva y callada, generosa y amable, muy diferente al mundo que ahora habitaba Ravi. Y además ahora estaba el problema de Bakasur, que le llenaba el oído de quejas y lamentos, día y noche.

Bakasur había aparecido una noche de tormenta de mayo, cuando el monzón que mojaba las calles desde marzo lo trajo a su ventana. Ravi no se había asustado, tuvo la sensación de que conocía a Bakasur, de que lo había visto antes en sueños o fantasías. Era como un recuerdo que su cerebro hubiera mantenido oculto y que ahora liberaba. Del mismo modo que Upulee era una ausencia constante, un agujero doloroso, Bakasur era una presencia eterna, un elemento que siempre había estado allí, en algún lugar. La primera noche se bebió toda su leche y devoró la carne cruda del congelador, todavía dura, roja y helada. Los dientes de Bakasur eran largos y afilados.

Lo acompañaba ahora siempre, y eso a veces era bueno y a veces era malo. Lo distraía en el trabajo y Ravi tenía miedo de que lo despidieran, ya que cuando estaba Bakasur a su lado le salían palabras desagradables, vocablos nefastos que se escapaban de su boca y acababan en el oído de sus clientes. Por ahora no lo habían pillado, nadie se había indignado lo suficiente como para presentar una queja formal, pero Ravi sabía que ocurriría, tarde o temprano. Así que vivía irritado: irritado con el mundo, irritado con Bakasur y sobre todo irritado consigo mismo, porque seguía atrapado en este entorno de centralita, sobre esta alfombra marrón deshilachada con calvas, entre estas paredes sucias del color de las ilusiones muertas. Pero no sabía cómo decirle a Bakasur que se marchase. Era su único amigo.

Un día en el que estaba más frustrado que de costumbre, Bakasur intentó hacer algo por él. Le trajo un regalo.

―¿Te gusta? ―le preguntó. Arrugó el hocico, como solía hacer cuando intentaba entender a Ravi, captar sus reacciones. No se le daba demasiado bien.

Ravi observó el anillo. Era de oro blanco con una gran piedra roja. Se preguntó si sería un rubí o un granate. Fuera como fuera podría sacar un buen precio en la tienda de Prasad.

―¿Has estado… comiendo fuera otra vez?

Bakasur lo miró sin pestañear, de ese modo que solo Bakasur sabía mirarlo, como si lo examinara célula a célula. Sus intensos ojos rasgados eran de un perturbador color amarillo.

―No, no te preocupes, esto es del cementerio.

Ravi volvió a mirar el anillo. Todavía tenía el dedo puesto. Era un dedo fino de mujer, con la uña pintada de magenta. Ya estaba blanco y reseco, debía de llevar cierto tiempo enterrado, en un ataúd bajo tierra, una fosa común, un mausoleo o quién sabía qué.

Una vez más, Ravi se preguntó si Bakasur no sería una mala influencia. Examinó más de cerca el anillo. Aunque fuera un granate, con esto tendría por lo menos para unas cervezas en el Rakshasa. Tal vez, pensó, tal vez sería mejor decirle a Bakasur que volviera a marcharse por la ventana por la que había venido, que se largara con el monzón y desapareciera bajo la lluvia. Antes de que los dedos se multiplicasen, antes de que trajera piezas más grandes, piezas vivas, extremidades retorcidas cubiertas de sangre fresca.

Pero no podía hacer eso. Bakasur era su único amigo.

 

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4. Llegada a meta (relato breve)

abril 17, 2014 — by Gabriella0

Comencé a grabar a Dora como exorcismo, creo. Me encantaba ver sus piernas de piel oscura, sus orejas diminutas, la sombra de vello que asomaba bajo sus axilas. No me hacía mucho caso, acostumbrada a mis extravagancias, pero Sasha se reía, nerviosa, cada vez que acababa delante de la cámara, atrapada en el escenario de Dora.