main

escriturarelatos

12. Marta tiene un secreto (relato breve)

mayo 23, 2014 — by Gabriella3

ID-100209485

Vinimos al valle desde todas partes del mundo.  Ofrecían casas y dinero para repoblar una diminuta aldea abandonada, perdida en ningún lugar, y todos estábamos desesperados. En mi país no había trabajo; para otros era una aventura, una forma de salir del hoyo primermundista de aburrimiento y hastío que se habían cavado a golpe de universidad y trabajos que les carcomían el alma.

No éramos unos cualesquiera. Médicos, enfermeros, ingenieros agrónomos, profesores, arquitectos, albañiles, fontaneros, electricistas. Un conjunto dispar. Algunos llegaban ya con sus parejas, dispuestos a llenar las calles vacías de niños, niñas y el aroma del crecimiento y la fortuna; otros traían a sus bebés y pequeños a cuestas. Nuestro mayor contacto con el exterior era un camión con víveres, medicamentos y pedidos una vez cada dos semanas, si bien había un servicio de helicóptero para urgencias médicas. Por suerte teníamos wifi, aunque la conexión era lenta y trabajosa, tanto que a veces no merecía la pena.

Supongo que era una suerte de paraíso, un edén primitivo lleno de ilusión y trabajo duro. Había mucho que hacer, mucho que organizar, y a veces las reuniones en la plaza central, mientras terminábamos de ultimar la reconstrucción del ayuntamiento, se hacían largas y pesadas. Mas cuando llegábamos a la conciliación, a un punto de consenso, la frustración se desvanecía para dar paso a una profunda y orgullosa satisfacción. Sentíamos que por primera vez teníamos algún control sobre nuestras vidas.

Yo era una rara avis dentro de aquel zoológico de pájaros peculiares. Marta, la bailarina, cantante, cuentacuentos, animadora sociocultural. Responsable del ocio del pueblo entero. Ahí es nada.  Tenía un portátil, pero la electricidad estaba restringida a ciertas horas de la noche y acababa comprando libros en papel. El espacio en el camión era limitado y tampoco quería abusar: eran más importantes los materiales de construcción, los medicamentos, los pesticidas y las escopetas de caza. O eso me parecía a mí. Pero por las noches, cuando muchos acudían a la plaza a encender una buena hoguera y escuchar unas buenas historias, nunca tenían suficiente. Prescindimos pronto de televisores: los pocos canales que recibíamos en el pueblo nos parecían ridículos, demasiado alejados de nuestra experiencia diaria. Y nuestra conexión de internet, patrocinada por el gobierno, no daba para muchas descargas piratas.

Pese a todo, mi secreto me atormentaba, hacía que me sintiera culpable. Todos estábamos allí para formar una nueva sociedad, para llenar de criaturas las casas y la tierra. Y yo había olvidado decirle a los funcionarios que me examinaron que, aunque mi vientre era perfectamente fértil, no tenía la más mínima intención de usarlo para acoger a un feto. No tenía la más mínima intención de buscarme un macho alfa en la aldea y ponerme a procrear como una de las muchas conejas que guardábamos en jaulas en los jardines. No era solo que no quisiera disfrutar del fruto de un buen polvo; es que no quería un buen polvo, por lo menos no con un hombre. Ya habían comenzado las palabras, los murmullos. Marta la bailarina no mostraba interés por los solteros de la comunidad.  Yo miraba la botella de ginebra que guardaba en el único armarito de mi casa, el que me había regalado Günter, el carpintero, y negaba con la cabeza. Si tenía que ser más casta que mi santa abuela, que en su viudedad se había entregado de pleno a Dios, así sería. Y en el peor de los peores casos, allí estaba la ginebra y allí estaban esas hierbas tan tóxicas, aquellas que crecían en la linde del bosque.

La realidad era que me sentía a gusto en la aldea, sentía que pertenecía a algo mayor que yo, a algo que importaba. Así que la culpabilidad fue en aumento. Yo no quería darles a los demás lo que me pedían. A cambio, les daba lo que necesitaban: historias de amor, historias de esperanza, historias para pasar el temido invierno de nieve y las apacibles noches de verano estrellado. Los enseñé a bailar el tango, y las parejas avanzaban y retrocedían, sudorosas, concentradas, al compás de sus propios cuerpos, por el empedrado de la calle principal. Enseñé a los niños a cantar el abecedario, y con la ayuda de Günter construí un pequeño teatro de marionetas. Escribí poesía, teatro, relatos y canciones. Ya vinieran o no las musas, Marta la bailarina trabajaba creando de sol a sol.

—Creo que eres lo único que queda de nuestra antigua vida —me dijo Helen, la doctora, una noche en que habíamos acabado bebiendo cerveza casera en su porche, viendo como jugaban sus críos con Marly, la gata embarazada que nos había traído el camión para ayudarnos a mantener a raya a los roedores—. Aquí todo es nuevo, todo está pensado para el futuro, para lo que le dejaremos a nuestros hijos. Una mujer soltera, sin hijos… es un lujo de un tiempo pasado. —Me miró con esos ojos marrones y avispados que tenía y, antes de que pudiera responderle, siguió hablando—. Es una auténtica lástima —dijo—, que no puedas tener niños.

—¿Que no pueda tener niños? —pregunté, sin comprender.

—Es terrible, pero ocurre a veces. Una mujer normal, sana, en apariencia fértil. Y luego, de repente, tal vez por estrés o grandes cambios en su entorno, problemas hormonales que causan determinadas… complicaciones en los ovarios. Puede ser algo temporal, o permanente. Puede ser bastante perjudicial a largo plazo, así que tendremos que hacerte chequeos a menudo. Los de Urbanismo se van a mosquear, claro, pero tu presencia aquí es innegociable. Estas son cosas que pasan, y las tienen que tener en cuenta al planificar el crecimiento de población.

No pude sostenerle la mirada.

—Te quiero aquí una vez a la semana —me dijo, sus ojos también lejos de los míos. Tenía las mejillas rojas, encendidas, tal vez tanto como yo—. Los viernes, a las siete. Los niños están en la guardería y Stephen se va de caza con los chicos. Asegúrate de que no esté su chaqueta colgada en la entrada cuando llegues.

Me levanté, aturdida, cogí mi rebeca de lana y salí de su cabaña con paso inquieto. Tardé un buen rato en darme cuenta de que caminaba en dirección opuesta a mi casa, hacia las afueras del pueblo. Cambié el rumbo y casi me pareció sentir los engranajes, las ruedecillas que daban vueltas en mi cerebro. No me gustaba mentirle a nadie, y menos a los de arriba. Pero qué podíamos hacerle. Todas las aldeas necesitan a un contador de historias.

 

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de stockimages / FreeDigitalPhotos.net

escriturarelatos

11. La curiosidad de Tim (relato breve)

mayo 20, 2014 — by Gabriella2

ID-1001234

Desde Oxen Park hasta Ulverston había 11 kilómetros, Tim lo sabía bien. Era su recorrido diario. Se ataba las zapatillas, metía un botellín de agua en su mochilita y, lo más importante, se ajustaba los cascos y conectaba el reproductor de MP3.

En cuanto pisó la acera comenzó a correr. No tardaría mucho en salir de la aldea, en pasar de largo las casas pintorescas que separaban su hogar de la libertad, del olor del césped mojado tras la lluvia de anoche, y de la mirada indiferente de esas vacas peludas y marrones que abundaban por la zona. Nunca dejaban de sorprenderlo, acostumbrado a las vacas lecheras, gordas y frisonas, blancas y negras, de su pueblo natal. Se aseguró de medir bien el paso y la respiración; aunque el cuerpo le pedía acelerar, darlo todo, sabía que la única manera de llegar a Ulverston de una pieza era reservar fuerzas para el último tramo. Por la tarde regresaría en el autobús, después de pasar el día atendiendo a los usuarios de la biblioteca (y menos mal que en la biblioteca tenían una pequeña ducha en el baño de los empleados, por su propio bien y por el de los usuarios).

El recorrido le llevaba poco más de una hora, una hora intensa que, al principio, había hecho más llevadera gracias a una buena lista de música en el MP3. Pero ahora era diferente. Había encontrado los cascos tirados al lado de una vaca, en un camino perdido por el que se había aventurado un día en que tenía tiempo que matar y una separación amorosa que olvidar. No eran de una marca que conociera (ni siquiera había podido encontrarla por internet), pero eran los mejores auriculares que había tenido nunca.

No era por la calidad del sonido, que era excelente. Era por lo que le ofrecían. No reproducían la lista de canciones de su MP3. Al principio pensó que tenían una memoria integrada, y que reproducían una grabación muy extraña. Pero la grabación cambiaba cada vez que la escuchaba, y no tardó en darse cuenta de lo que estaba escuchando en realidad. Al principio había estado a punto de lanzarlos lejos, de alejarse de aquel instrumento sin duda poseído o maldito. Casi estuvo por buscar a la vaca que se los había regalado y estrellarlos contra su lomo. Pero el contenido era demasiado atractivo, fascinante. Aquellos cascos leían la mente de los demás.

La carretera que unía Ulverston con Oxen Park y las demás aldeas de la zona no tenía mucho tráfico, lo suficiente como para que cada cinco o diez minutos Tim recibiera un flechazo, un mensaje efímero, directo de la mente de un conductor. Después de conocer a Laia, esto era lo mejor que le había pasado nunca. Y después de que Laia lo dejara, necesitaba elementos buenos, interesantes, divertidos en su vida.

Los pensamientos al principio eran inconexos, difíciles de entender. Pero cuanto más usaba aquellos cascos, más claros se volvían, menos le costaba a Tim interpretarlos. A veces se repetían coches, y Tim reconocía patrones: la mujer del Renault rojo que le era infiel a su marido, y que visitaba un caserío cercano para acostarse con un chico veinte años menor que ella (¡un amigo de Tim, sin ir más lejos!), llena de culpabilidad y excitación; el hombre que bebía demasiado y que todas las semanas visitaba Ulverston para entrevistarse con el párroco y pedirle perdón a Dios por sus actos de borracho; la anciana que tenía pánico a quedarse ciega, pero que poco a poco perdía la vista y que desde luego no debería estar conduciendo. A veces Tim sentía la tentación de intervenir, de ayudar a estas personas, de intentar explicarles lo clara que veía él la solución a todos sus problemas. Pero no era tan clara, eso lo entendía. Y no sabría cómo explicarles que conocía el más íntimo de sus secretos.

Lo más duro fue lo del pederasta. Lo captó de pasada, muy rápido, cuando lo adelantó en su Ford azul. Un hombre feliz, exultante, porque venía de visitar a su sobrino favorito. Y no solo de visitarlo. Vio las desagradables imágenes, percibió la lujuria libre y orgullosa de aquel degenerado. Durante mucho tiempo Tim se sintió responsable. ¿Pero qué podía hacer? No conocía a aquel hombre, no sabía su nombre. Ni siquiera se había quedado con la matrícula del Ford azul. Podía investigar entre los habitantes de Oxen Park, que al fin y al cabo no era muy grande, mirar en las aldeas de los alrededores. Pero aun así no tenía forma de demostrar nada: nada más que el pensamiento de un hombre, escuchado a través de unos auriculares mágicos (o tal vez alienígenas, otra opción que Tim había considerado).

Después de aquello estuvo un tiempo sin utilizarlos. Durante un par de semanas corrió con música, y cuando esta se le hizo vacía, insostenible, en silencio. Pero el silencio era ominoso, perturbador. Cada vez que lo adelantaba un vehículo, Tim no podía dejar de preguntarse en qué pensaba el conductor.

Así que volvió a las andadas. Aceptó que no podía actuar, que era un testigo imposible de la intimidad ajena. Le sorprendió lo mucho que los demás pensaban en sexo, y en violencia. Al principio, justo después de los pensamientos inconexos y las palabras sin sentido, todo había sido un ruido fluido de preocupación, de estrés, de inseguridad. Pequeñas desazones, dolores, molestias mentales y físicas. Pero debajo de todo ello surgían, como olas imparables, los gritos de erótica y destrucción. A veces eran tan insistentes que el propio Tim se veía arrastrado, y llegaba a la biblioteca con una erección incómoda, elevada al cielo de lo hermoso y terrible.

Todo terminó el día en que lo adelantó el Mini Cooper verde de Laia. En cuanto escuchó su eros y su tanatos: el hombre maduro, fuerte y poderoso con el que fantaseaba, el mismo que la hacía gemir y berrear de formas que Tim nunca había conseguido; la desidia y rencor que le guardaba al propio Tim, el desprecio contra él asentado, ya para siempre, en su cabeza, Tim se detuvo. El corazón le bombeaba en el pecho y amenazaba con reventar allí mismo. Se agachó y dejó caer el sudor de su cuerpo acelerado sobre la hierba mojada de aquella mañana de primavera inglesa.

Echó a andar. No estaba muy lejos del camino perdido, del mismo sendero donde se había desorientado el día posterior a la ruptura. Recorrió la tierra húmeda despacio, sin prisa, como si temiera llegar a su destino.

No tardó en encontrarla. Con fuerza, con rabia, le tiró los cascos malditos a la vaca peluda. Esta ni se inmutó y, en su rostro inexpresivo de rumiante satisfecha, a Tim le pareció ver un brillo de mofa, una mirada burlona.

 

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de James Barker / FreeDigitalPhotos.net

 

escriturarelatos

10. Somos amantes ilícitos (relato breve)

mayo 12, 2014 — by Gabriella1

ID-100130376

El día en que dejé atrás la puerta roja muchas cosas cambiaron en mi vida. O nada cambió, más bien. Me levantaba, me ponía una camisa blanca y una falda negra, unas medias color café y unos zapatos planos de charol. Desayunaba mal y rápido, me pintaba los labios con un color suave, clásico, y corría a pillar el autobús para ir a trabajar. Llegaba al restaurante, montábamos la sala, poníamos los manteles y la cubertería, nos repartíamos las tareas de la jornada y saludábamos con grandes sonrisas falsas a los primeros clientes.

El Boca de Mar siempre estaba lleno. Nunca había un momento de descanso. Supongo que así era mejor: trabajar hasta que los pies me ardían y las manos me pesaban, con la mente llena de pedidos, solicitudes y quejas. Así no pensaba en lo importante. Había decidido renunciar a la puerta roja y este era el precio que debía pagar. El arduo, aburrido y desesperante precio de hacer lo más lógico y correcto.

Yo nunca he sido nadie especial. Dicen que cada ser humano es único, una maravillosa estrellita particular en el firmamento. Y todas las personas con las que hablo, todos los autores a los que leo… todos ellos se consideran diferentes, con mayor derecho a existir que los demás. Y muchos seguramente tendrán razón. Pero yo no. Tengo una estatura media, ni alta ni baja; una belleza anodina, ni guapa ni fea. Me sobran unos kilos, sin llegar a estar gorda. Hasta mi talla de sujetador está en la media. Muy normal. Si me vieras en un cine, en un bar, por la calle, no te girarías para mirarme. No recordarías mi cara.

Decía Go que por eso le gustaba. Que era una muestra perfecta de la raza humana. Una mediocritas dorada, o algo así. Yo siempre me reía cuando decía frases por el estilo.

La noche en que nos conocimos, Go me dijo que él sí era diferente, especial, único, todo un satélite que ardía en el firmamento. Era difícil no creerlo, con ese aspecto. Pero a lo mejor en el sitio del que él viene todos son así. Gloriosos, diría yo. Cuando servía tagliatelle a familias llenas de niños chillones, las espirales y curvas de la pasta me recordaban a sus rizos, a la melena dorada que caía sobre sus hombros y bajaba a sus caderas. Me habría gustado pasar horas tumbada a su lado, deslizando mis dedos (ni largos ni cortos, ni gruesos ni delgados) entre su pelo. Pero eso no era posible.

Había encontrado la puerta donde otros guardaban escobas y cajas de cerveza. No sé por qué su contenido era diferente para ellos, por qué al abrirla solo veían escobas y cerveza. La primera vez la había abierto apenas unos segundos; el susto y la sorpresa habían hecho que regresara deprisa al restaurante. Mis compañeros me habían mirado extrañados, incluso enfadados. Me dijeron que mis mesas estaban sin atender, que dónde me había metido durante el último cuarto de hora.

La segunda vez no pude resistir la curiosidad. Abrí la puerta con tiento justo cuando cerrábamos el local. Pasé dentro cerca de diez minutos, conociendo a Go. «Vete deprisa» —me dijo él, preocupado—. Mi mundo y el tuyo tienen tiempos diferentes». Cuando lo obedecí y abrí de nuevo aquella puerta roja para volver al pasillo trasero del restaurante, era ya de noche y mis compañeros estaban ya durmiendo en sus casas.

La tercera visita la planeé mejor. Esperé a que mis compañeros se marchasen, y volví a colarme por la puerta de atrás, con la llave que me había dado ya hacía años Emilio, el dueño del local, para casos de emergencia. Aquella era una emergencia: si no volvía a ver a Go mi vida seguiría siendo monótona, aburrida, vacía. Así que les dije a todos que me iba unos días de viaje. Se sorprendieron: yo nunca me tomaba vacaciones. Abrí la puerta roja y Go y yo hablamos largo rato y me cogió de la mano y nos besamos, y fue como si todo lo que nunca había ocurrido en mi vida sucediera allí, de golpe. Cuando volví al restaurante había pasado una semana.

Empecé a irme de viaje con frecuencia. Mi familia intentaba sonsacarme razones, sabedora de que ocultaba algo jugoso. Emilio se impacientaba, y me hizo saber que de seguir así tendría que buscarse otra encargada. La decisión era inevitable: no podía seguir viendo a Go, no podía seguir enredando su cabello largo entre mis dedos normales, no podía acariciar su vello rubio ni sentir como se enroscaba su larga y sedosa cola leonina alrededor de mis piernas. El tiempo nos separaba.

Regresé a las mañanas idénticas, a la camisa blanca bien planchada y a la falda negra, al silencio. Lloré hasta que no me quedaron lágrimas y me hice una cuenta en una página de contactos. Adopté un perro pequeño con cara de pocos amigos, tan abandonado y aburrido como yo. Y un día, al mirar por la ventana de mi habitación, vi a Go. Vi a una criatura endeble, frágil, raquítica, que se acercaba con pasos trabajosos hacia mis cortinas bajo la ligera lluvia de otoño. Vi a una criatura que se descomponía, víctima del tiempo acelerado que se le echaba encima feroz, imparable. Para cuando llegó a mi alféizar ya no era más que huesos deshechos y una triste nube de polvo.

——————————-

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de cbenjasuwan / FreeDigitalPhotos.net

relatos

9. Los lectores aéreos (relato breve)

mayo 2, 2014 — by Gabriella0

ID-10080851

Las criaturas cayeron sobre el Fearless con gracia y sigilo. Eran años de práctica, años de aterrizar sobre arena, mar y roca. Nunca vistas, invisibles, excepto en algún evento descuidado que aparecía en programas de madrugada en boca de presentadores trasnochados a quien nadie hacía mucho caso.

—Rodesia —dijo una de ellas, la más alta. Extendió las alas, estiró los brazos y miró a su compañero con los ojos entrecerrados, todavía afectados por el sueño.

Su amiga se encogió de hombros, y con el gesto sus alas, recogidas, se elevaron a la par.

—Algo así. Momentos importantes en la historia de la humanidad, blablablá.

—No estamos aquí para eso. Ni que fuéramos cronistas.

Nadie las vio atravesar la cubierta del buque. Los hombres que vigilaban no eran capaces de percibir el movimiento rápido y silencioso de las bestias. Siempre había sido así, incluso en un tiempo de cámaras y televisión y programas de madrugada con presentadores trasnochados a quien nadie hacía mucho caso.

—¡Date prisa! —susurró la criatura más alta. La presencia de seres humanos siempre la ponía nerviosa. Eran repugnantes, con sus cuerpecillos rosados o negros y esas extremidades finas y ridículas. Se estremeció. La idea de poder entrar en contacto con esa piel suave por error o casualidad hacía que se le levantaran las escamas.

—Ya voy, ya voy. —Su compañera le dio un giro experto al pomo de la cabina y este hizo un ruido casi lastimero. La puerta crujió y les cedió el paso. Dentro, un hombre soñaba y roncaba sobre una cama estrecha, aún de uniforme.

—No lo despiertes. Odio cuando gritan. Me deshace los oídos —susurró la criatura más alta. Su compañera curioseaba en el pequeño pupitre de la cabina, abría cajones y revolvía papeles.

—Tiene que estar por aquí —murmuró—. ¡Ah, ya lo tengo! —Sacó un cuaderno viejo, sobado. Lo abrió y leyó unas líneas—. Ah, no, esto es para un nuevo pacto de independencia. ¡Aburrido, aburrido, aburrido!

—Venga, venga, que no tenemos toda la noche. Y estar aquí dentro me está dando alergia. —La criatura más alta se rascó uno de sus cuatro codos, ansiosa. Podía oler el vapor, oler el movimiento lento y tedioso del buque.

Su compañera siguió buscando. Cayó una carpeta y rebotó en el suelo de madera. El hombre durmiente tembló, como si parte de él supiera que estaban ahí, pero enseguida regresó a los ronquidos y a la paz de un sueño afable.

—¡Está aquí, está aquí! —agitó otro cuaderno, este aún más viejo y sobado que el anterior. En él, versos de pluma llenaban las hojas amarillentas.

—Aquí, en mitad de la nada, el mejor poeta de todos los tiempos —se lamentó la criatura más alta—. Y nadie lo sabrá nunca.

—Nosotros lo sabremos. —Su compañera tomó el cuaderno y lo hojeó. Se estremeció de placer. Cogió a su amiga de la garra y salieron de la cabina. Fuera, la luna crecía sobre aguas plácidas, quietas.

Levantaron el vuelo y se alejaron del buque. Nadie las vio partir. Nadie supo que se llevaban el único cuaderno con los únicos poemas que quedaban de un capitán viejo, pronto olvidado. El mejor poeta de todos los tiempos.

——————————

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de Photokanok / FreeDigitalPhotos.net

relatos

8. Delirio (relato breve)

abril 28, 2014 — by Gabriella2

dream designs

El duque de Sajonia-Coburgo-Saalfeld decía que estaba hecho de cristal. Desde pequeño había tenido este convencimiento, y había evitado cualquier situación de peligro: no jugaba a la pelota con sus primos ni cazaba con su padre, temeroso de tropezar y hacerse pedazos. Decía, además, que era incapaz de sentir ni de amar, ya que su corazón también estaba hecho de vidrio.

Llevaba siempre ropa especial, hecha para él a medida, encargada a los mejores talleres de Coburgo. Sus trajes iban almohadillados y reforzados, para protegerlo de una posible caída. «No quiero convertirme en mil esquirlas», contaba a los que lo rodeaban, que sacudían sus cabezas en privado y asentían, sonrientes, delante del duque.

―Puedo haceros un corazón de carne ―le dijo Elia, una joven que nadie conocía, un día de verano. El verano era terrible para el duque, que sudaba y sudaba. Aseguraba que esto era porque los rayos de sol se recalentaban dentro de su cuerpo de vidrio.

―¿Un corazón de carne? ―al duque se le dibujó una gran sonrisa en el rostro―. ¿Y eso me permitirá amar, sentir, desear?

―Mejor que eso ―respondió Elia―. Os dará coraje, valor, fuerza. La valentía necesaria para lidiar con las emociones que llegan con un corazón: odio, miedo, sospecha.

Aunque sus consejeros desconfiaban de la joven recién llegada, el duque estaba convencido. Quería, no, necesitaba un corazón de carne.

―Solo tenéis que dormir ―explicó Elia―. Y yo os abriré y cambiaré vuestro corazón de cristal por uno de verdad.

―¿Eso no es peligroso? ―preguntó Ana, hija del duque y de su primera esposa.

―Oh, no, en absoluto. Como el duque es de cristal, no sangra ni escapan humores de su cuerpo. Será limpio y rápido.

La corte no parecía muy entusiasmada, pero el duque era tozudo e insistía: se dejaría operar por aquella joven desconocida. Quería su corazón de carne.

Nadie vio la operación, a nadie se le permitió entrada en los aposentos del duque durante un día entero. Familia, amigos y sirvientes recorrían el pasillo desesperados, delante de su puerta, seguros de que encontrarían un cadáver al abrirla. Mas la palabra del duque era ley y debían acatar su mandato.

Al día siguiente, el duque salió de su habitación con las mejillas sonrosadas. No habló a nadie de la operación, ni dio explicación alguna. Solo repetía, algo aturullado, que ahora tenía un corazón de carne. Y lo maravilloso, explicaba, era que la sangre que bombeaba ese corazón poco a poco estaba convirtiendo el cristal de su cuerpo en algo diferente, algo más real. Podía tocar, podía degustar, podía reír y llorar. El duque se estaba haciendo de piel, músculo y hueso.

Al cabo de unas semanas, el hombre de confianza del duque, Martín de Brunswick, pidió audiencia con Elia, a quien el duque había cargado de oro, plata, joyas y tierras.

―Sé lo que eres ―le dijo Martín, y la miró con rabia, con frustración―. Y has roto la ley principal: no interferir.

Elia lo miró con asombro.

―No sé de qué me habláis.

―El duque se ha pasado tres semanas vomitando, no mantiene relaciones ni con su esposa ni con su amante, y ha empezado a quitarse esa ridícula ropa almohadillada. Aquí no hay operación que valga. Lo que ocurre es que lo estás atiborrando de antidepresivos.

Elia parecía realmente confundida.

―Señor Martín, os prometo que no entiendo ni una palabra de lo que me decís.

Martín suspiró, irritado.

―No te hagas la tonta conmigo. Eres lo mismo que yo, una viajera en el tiempo. Y has decidido que ibas a curar al duque gracias a la medicina moderna. No sé cómo ni por qué, pero estoy seguro de que sabes que eso no solo está prohibido, sino que es peligrosísimo para la estabilidad del espacio-tiempo.

Elia abrió la boca y permaneció unos segundos así, en silencio, sus ojos azules brillantes y el cuello rígido. Cerró la boca de golpe, aturdida. Metió la mano debajo de la larga capa de terciopelo que la cubría, y sacó de entre sus telas una cajita de madera.

―Miradlo vos mismo.

Martín abrió la caja y sus piernas temblaron, hasta el punto de que casi perdió el equilibrio. Era imposible, y sin embargo allí estaba, frente a él, dentro de una cajita forrada de seda. Un diminuto corazón de cristal.

————————-

Para los curiosos: el delirio de cristal existió. Fue un fenómeno que se dio entre varios personajes de la alta sociedad europea entre los siglos XV y XVII.
¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de dream designs / FreeDigitalPhotos.net

relatos

7. You can keep your hat on (relato breve)

abril 25, 2014 — by Gabriella0

ID-100183303

Como todos los viernes, Laura subió al monovolumen y se dirigió a Zec de La Croche, al río de San Mauricio. El viaje no era muy largo, lo justo para escuchar la mitad de las canciones de su recopilatorio de Queen. El camino era monótono, casi sin curvas, y era raro encontrarse con viandantes, autoestopistas, o cualquier signo de vida humana. Era mejor así. Laura siempre recorría aquella carretera con angustia, con miedo a ser reconocida.

Se miraba con frecuencia en el espejo retrovisor, nerviosa, para comprobar su maquillaje. En el cruce de los patos, justo después de pasar la estación de La Trenche, se detuvo a pintarse una vez más los labios, de un color fresa intenso. Siempre se ponía un poco melancólica con Bohemian Rhapsody, cuando cantaba Freddie aquello de que acababa de matar a un hombre, cuando le pedía a su madre que no se preocupara por él. Laura pensaba en Michel y en Monique, que se habían quedado con la canguro viendo alguno de esos realities de cantantes. Sarah, la canguro, era más cara que sus compañeras, pero era mejor. Con Sarah en casa siempre estaba más tranquila.

Como todos los viernes, llegó a la planta de Beaumont. La presa ofrecía unas vistas maravillosas, aunque no era tan alta ni tan impresionante como las otras cuatro que había entre La Trenche y La Tuque. No abrían al público por la noche, pero sus medidas de seguridad eran ridículas, y Laura se las había saltado desde que tenía uso de razón. Durante unos segundos se perdió en sus recuerdos; volvieron las imágenes de una Laura pequeña, muy rubia y con coletas, que saltaba aquella valla diminuta para jugar en las alturas y buscar signos de vida entre las aguas. Esta noche, igual que en las noches de su infancia, el cielo estaba cosido a estrellas.

Trepó la valla de madera que cortaba el acceso a la presa. Con los tacones en las manos, avanzó descalza por la pasarela, iluminada de pleno por varios focos encendidos. Laura no sabía por qué dejaban los focos encendidos de noche, con toda la electricidad que eso consumía. A sus hijos siempre les decía que apagaran todas las bombillas tras ellos.

A pesar de haber parido dos veces, Laura mantenía una buena figura y una autoestima saludable. Se calzó los tacones de aguja y se sintió bien, confiada. Una vez empezara el espectáculo se sentiría mejor. Siempre echaba de menos algo de música, pero sabía que no era necesario, y que aquí arriba se perdería el sonido. Comenzó lenta a bailar, entrando en calor. Movió las caderas con suavidad y empezó a deslizar las manos por su cuerpo, a acariciarse la piel, clara y cubierta de pecas. Poco a poco, se levantó el jersey de angora, sin dejar de moverse, sinuosa; debajo llevaba su sujetador favorito, una fantasía en satén rosa con brillantes de colores. Sabía que captaban la luz de los focos y que emitían pequeños destellos irisados.

A continuación, se desabrochó la falda de tubo y la hizo descender, lenta, por sus muslos. Tras pasar las rodillas, cayó al suelo y, de una patada certera, Laura la alejó de ella. Ya en ropa interior, se sintió liberada. Recordaba que las primeras veces se había sentido expuesta, vulnerable, pero ahora todo era diferente. Pensó que no podía haber nada más hermoso ahora mismo que su cuerpo semidesnudo, contoneándose bajo la luz blanca de los focos.

Dio media vuelta y se desabrochó el sujetador. Lo dejó caer al suelo en un solo movimiento grácil. Tarareaba para sí misma, divertida, la canción de Nueve semanas y media. «Puedes dejarte puesto el sombrero», se dijo, pero no había traído sombrero. Tal vez para otra ocasión. Ahora solo le quedaban las bragas, una monada rosa a juego con el sujetador.

«A estas las echaré de menos», pensó, cuando las lanzó al agua. Aunque la iluminación aquí arriba era potente, abajo la visibilidad era menor, y solo alcanzaba a intuir cierto movimiento, cierta corriente irregular. Sí vio la mano que asomó de entre la espuma y atrapó, feliz, las bragas rosas. También le pareció ver algo de cabello rojizo, una cabeza que subía y bajaba entre el caudal del agua. Y ahora otra, allí, unos metros más cerca de la presa, una cabeza morena y un brillo huidizo de ojos claros; un brazo amable que la saludaba, que abría y cerraba la mano en una señal acordada desde hacía años. Laura sonrió, ya estaba todo listo.

Al terminar, siempre tenía cierta sensación de abandono, de nostalgia, como si toda la adrenalina que la había acompañado durante el baile ahora la dejase vacía, apagada. Era mejor salir de allí cuanto antes, regresar a casa y a la canguro y a los niños.

Abandonó la pasarela y abandonó la presa. Trepó de nuevo por la valla de entrada, con los tacones en una mano y los restos de su vestuario en otra. Junto a esta, encontró el pago de siempre, una bolsa de saco llena de alhajas y monedas. Anillos perdidos en la playa, pulseras desaparecidas en el río, monedas de barcos olvidados. Una pequeña fortuna para una madre soltera y sola.

Como todos los viernes, Laura se rio. No había nada como bailar para las sirenas.

———————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de yingyo / FreeDigitalPhotos.net

relatos

6. Lección de Geografía (relato breve)

abril 21, 2014 — by Gabriella1

KROMKRATHOG

—Egipto es un país transcontinental —dijo Cándida y se detuvo. Pudo escuchar algo lejano, un siseo de música en el aula. Una voz rítmica masculina de fondo—. Esto significa que está en más de un continente, ya que ocupa la esquina noreste de África —se giró en su asiento y les indicó la ubicación en el mapa que había dibujado en la pizarra, tras ella. Tal vez algo de hip hop, sí eso era. Miró a los alumnos; pocos la escuchaban, ojos perdidos por la ventana o en la nada más absoluta— y la esquina suroeste de Asia. —Volvió a señalar en el mapa, pero no tenía mucho sentido. Aquel rumor de música, si es que podía llamarse música, la estaba volviendo loca—. Roberto, dame eso. Sí, no me mires así, quítate los auriculares y dame tu móvil, tu mp3, lo que sea.

Roberto puso cara de víctima inocente, de injusto acusado. Cándida pensó que era muy posible que hoy acabara asesinando a uno de sus alumnos, que tal vez hoy mismo saliera en televisión. Roberto se cruzó de brazos y negó con la cabeza.

—Yo no tengo nada, señorita.

Cándida no soportaba que mintieran. Que la mirasen a los ojos y le dijeran palabras que no eran ciertas, como si la retasen a demostrar que su realidad no era la misma. Apoyó los codos sobre la mesa y se llevó los dedos a las sienes. Una migraña llevaba amenazando con explotar desde el principio de la clase, y Cándida se preguntó cómo aguantaría hasta la hora de comer. Ni siquiera se había traído las pastillas, y sabía bien que en la salita de profesores no había nada que pudiera lidiar con sus migrañas, ni siquiera la botella de ron para emergencias que guardaba el jefe de estudios en uno de los cajones de su armarito.

Miró a Roberto, cansada y sin saber muy bien qué decir. «Ojalá desaparezcas ―pensó―, ojalá dejaras de existir. El mundo no perdería nada, no, sería un lugar mejor. El día de mañana habrá un sociópata menos en el entorno laboral, un agresor menos en casa, un hijo de puta menos en el barrio. Lárgate con tus muertos, con tus antepasados, con todos aquellos que han cedido sus genes de mierda para crear a un ser tan despreciable como tú».

Y Roberto desapareció. Simplemente dejó de estar allí. A su alrededor, varios de sus compañeros dejaron escapar murmullos de confusión.

—¿Dónde está? —preguntó Kika, su compañera de banca—. Estaba ahí, sentado, estaba…

Cándida miró a Kika. «Desaparece tú también ―pensó―, con tu pintalabios barato y tu falda cinturón. Quiero que desaparezca esa manera estúpida que tienes de ponerle las tetas en la cara a tus compañeros, esa forma chabacana de menear el culo cuando crees que te está mirando un profesor».

Varios de los alumnos gritaron. Kika también había desaparecido. Las sillas chillaron al arrastrarse contra el suelo: los alumnos se levantaban, corrían hacia la mesa vacía, intentaban atrapar en el aire el recuerdo de un cuerpo físico, la impronta de una presencia. Cándida supo que había hecho algo horrible. ¿Dónde habían ido a parar? ¿Realmente había sido ella? Y a pesar de su horror, del conocimiento, de la seguridad de que todo aquello no podría traer nada bueno, no pudo resistirse a probar de nuevo. Buscó entre los alumnos, intentó concentrarse entre las exclamaciones, las voces de los que suplicaban su atención, de los que gritaban su nombre. Al fondo del aula, una sola persona permanecía quieta, tranquila. Juan Hernández sonreía, con aquella pequeña sonrisa inteligente que le producía escalofríos. Lo imaginó de nuevo. Deseó que aquel chico estudioso y obediente, aquella joven promesa del instituto, desapareciera. No sabía muy bien por qué. Nunca le había gustado. Siempre que pasaba a su lado en los exámenes, siempre que se acercaba a su mesa, la recorría una corriente desagradable, una sensación de repulsa que trepaba por su espalda. No sabía si el mundo sería un lugar mejor sin Juan Hernández, pero desde luego lo sería para ella.

No ocurrió nada. Juan seguía allí, con su mirada clavada y su pequeña sonrisa desquiciante. ¿Cómo estaba él tan tranquilo, tan seguro, mientras sus compañeros corrían como salvajes, gritaban y buscaban, frenéticos?

—¡Es una broma pesada! —gritó Celia, otra de esas alumnas basura que sin duda en un par de años ya tendría un crío bajo el brazo y un trabajo en el ultramarinos de sus padres—. ¡Tiene que serlo!

Cándida arrugó el ceño y Celia también desapareció. Pero Juan seguía allí, sus ojos azules, tan claros que no parecían humanos, fijos en los suyos. Cándida volvió a estremecerse, por un instante le pareció que la desnudaba con la mirada, que buscaba con su visión radiográfica el color de su ropa interior, la constelación de los lunares de su barriga.

Salió corriendo del aula. Avanzó por el pasillo a grandes zancadas, en dirección a la salita de profesores, con los gritos que la perseguían, el ruido infernal del caos en sus oídos. Fue directa al armarito del jefe de estudios, abrió el cajón de la botella. Pero en lugar del ron solo había un sobre. Un sobre dirigido a Cándida Parra.

Lo abrió. Dentro había una nota. Una hoja de papel con la letra estilizada, girada levemente a la derecha, de Juan Hernández. Solo había dos palabras.

«De nada», decía.

 

————————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de KROMKRATHOG / FreeDigitalPhotos.net

relatos

5. En buena compañía (relato breve)

abril 18, 2014 — by Gabriella0

ID-10072430.jpg
ID-10072430

La centralita era el orgullo de la empresa, y uno de los edificios sobresalientes de Colombo, pero Ravi la odiaba. Odiaba el pequeño cubículo donde escuchaba las quejas de los clientes, día tras día. Odiaba el gran bidón de agua tibia donde se reunía con sus compañeros para escapar de las quejas de los clientes y hablar del tiempo o de algún partido de voleibol. Y más que nada odiaba a sus colegas, a esos trepas que se creían occidentales solo porque Louboutin y Hugo Boss hubieran llegado a Colombo, gente vacía que solo aspiraba a mudarse a Kotte y enviar a sus hijos a estudiar a Estados Unidos. No había nada como la forma que hacían sus bocas cuando parloteaban sobre la beca que había conseguido su primogénito para el MIT, sobre la tesis que haría su niña en Harvard. Y para qué, se preguntaba Ravi, si luego vienen aquí y paren como conejas y nos llenan Colombo de más trepas que se creen occidentales y que se gastan el sueldo en ropa de diseño y alquileres absurdos en Kotte.

Ravi no siempre había sido tan negativo. Parte de la culpa la tenía la muerte de su prometida, Upulee, hacía un par de años. En vida no la había apreciado demasiado; Upulee había sido un paso más, una fase vital que debía atravesar para cumplir con las expectativas de su madre y de su empresa. Pero con su muerte se había instalado una ausencia en el piso y en el corazón de Ravi, un hueco en su vida coloreado del tono de su cabello, del brillo de sus ojos y de la suavidad de sus rodillas. Upulee era reflexiva y callada, generosa y amable, muy diferente al mundo que ahora habitaba Ravi. Y además ahora estaba el problema de Bakasur, que le llenaba el oído de quejas y lamentos, día y noche.

Bakasur había aparecido una noche de tormenta de mayo, cuando el monzón que mojaba las calles desde marzo lo trajo a su ventana. Ravi no se había asustado, tuvo la sensación de que conocía a Bakasur, de que lo había visto antes en sueños o fantasías. Era como un recuerdo que su cerebro hubiera mantenido oculto y que ahora liberaba. Del mismo modo que Upulee era una ausencia constante, un agujero doloroso, Bakasur era una presencia eterna, un elemento que siempre había estado allí, en algún lugar. La primera noche se bebió toda su leche y devoró la carne cruda del congelador, todavía dura, roja y helada. Los dientes de Bakasur eran largos y afilados.

Lo acompañaba ahora siempre, y eso a veces era bueno y a veces era malo. Lo distraía en el trabajo y Ravi tenía miedo de que lo despidieran, ya que cuando estaba Bakasur a su lado le salían palabras desagradables, vocablos nefastos que se escapaban de su boca y acababan en el oído de sus clientes. Por ahora no lo habían pillado, nadie se había indignado lo suficiente como para presentar una queja formal, pero Ravi sabía que ocurriría, tarde o temprano. Así que vivía irritado: irritado con el mundo, irritado con Bakasur y sobre todo irritado consigo mismo, porque seguía atrapado en este entorno de centralita, sobre esta alfombra marrón deshilachada con calvas, entre estas paredes sucias del color de las ilusiones muertas. Pero no sabía cómo decirle a Bakasur que se marchase. Era su único amigo.

Un día en el que estaba más frustrado que de costumbre, Bakasur intentó hacer algo por él. Le trajo un regalo.

―¿Te gusta? ―le preguntó. Arrugó el hocico, como solía hacer cuando intentaba entender a Ravi, captar sus reacciones. No se le daba demasiado bien.

Ravi observó el anillo. Era de oro blanco con una gran piedra roja. Se preguntó si sería un rubí o un granate. Fuera como fuera podría sacar un buen precio en la tienda de Prasad.

―¿Has estado… comiendo fuera otra vez?

Bakasur lo miró sin pestañear, de ese modo que solo Bakasur sabía mirarlo, como si lo examinara célula a célula. Sus intensos ojos rasgados eran de un perturbador color amarillo.

―No, no te preocupes, esto es del cementerio.

Ravi volvió a mirar el anillo. Todavía tenía el dedo puesto. Era un dedo fino de mujer, con la uña pintada de magenta. Ya estaba blanco y reseco, debía de llevar cierto tiempo enterrado, en un ataúd bajo tierra, una fosa común, un mausoleo o quién sabía qué.

Una vez más, Ravi se preguntó si Bakasur no sería una mala influencia. Examinó más de cerca el anillo. Aunque fuera un granate, con esto tendría por lo menos para unas cervezas en el Rakshasa. Tal vez, pensó, tal vez sería mejor decirle a Bakasur que volviera a marcharse por la ventana por la que había venido, que se largara con el monzón y desapareciera bajo la lluvia. Antes de que los dedos se multiplicasen, antes de que trajera piezas más grandes, piezas vivas, extremidades retorcidas cubiertas de sangre fresca.

Pero no podía hacer eso. Bakasur era su único amigo.

 

——————————–

¿Te has quedado con ganas de más? Pincha aquí para leer más relatos de gratis, o compra mi libro.
Imagen por cortesía de Victor Habbick / FreeDigitalPhotos.net

relatos

4. Llegada a meta (relato breve)

abril 17, 2014 — by Gabriella0

Comencé a grabar a Dora como exorcismo, creo. Me encantaba ver sus piernas de piel oscura, sus orejas diminutas, la sombra de vello que asomaba bajo sus axilas. No me hacía mucho caso, acostumbrada a mis extravagancias, pero Sasha se reía, nerviosa, cada vez que acababa delante de la cámara, atrapada en el escenario de Dora.

relatos

3. Hora de cierre (relato breve)

abril 14, 2014 — by Gabriella2

478px-SophieAndersonTakethefairfaceofWoman

 

Laura veía hadas en el edificio Howes. La primera vez pensó que se trataba de un insecto, algún tipo de libélula iluminada contra la oscuridad del pasillo cuando apagaba las luces y cerraba con llave la puerta de acceso a la tercera planta. La segunda vez pudo acercarse un poco más antes de que desapareciera y distinguió con claridad la silueta humana que se retorcía en el aire, brillante y esbelta, gracias a un par de alas translúcidas, largas, rápidas y elegantes.

No llevaba mucho tiempo trabajando allí, y pensó que un fenómeno así sería evidente, que sus compañeros hablarían de ello. Pero nadie decía nada, y ella temía mencionarlo por si pensaban que estaba loca. No quería perder su puesto de guarda.

Tampoco le dijo nada a Tim. No hablaban mucho ahora. Él también trabajaba, y Luisa cuidaba de los gemelos. Casi los estaba criando ella, y sabía que eso a Tim no le gustaba, que pensaba que el lugar de Laura estaba con ellos en casa. Pero un trabajo era un trabajo, y querían mandar a los gemelos a la universidad. A Laura le habría gustado ir a la universidad, pero su madre se había quedado en casa a cuidarla y proporcionarle amor en vez de salir a trabajar.

Llegó un momento en que Laura veía hadas casi todas las noches. No parecía que la buscasen, pero tampoco huían si veían asomar su cabeza tras las verjas de cierre de la segunda planta o si escuchaban sus pisadas cuando hacía la ronda por el ático, allí donde se concentraban las tiendas más bonitas y caras. Una vez vio a una parada frente al escaparate de Lacy’s, donde los anillos de diamantes. Lo entendía bien, a ella también la fascinaba el brillo de aquellas sortijas para ricos. Como siempre, el hada desapareció antes de que ella llegase al cristal de tienda, pero estaba allí, la había visto.

Pensó que tal vez podría fotografiarlas, para demostrarle al mundo y a ella misma que no había perdido el juicio. Pero las cámaras eran caras y ni Tim ni ella se las podían permitir. Se le cruzó la idea traviesa de coger una prestada de la tienda de fotografía de la primera planta. Sería fácil: se colaría a última hora, mientras los dependientes se cambiaban en el cuarto trasero, confiados en la honestidad de Laura. Pero ella no había robado, ni cogido nada prestado, en su vida, y no iba a empezar ahora.

Cada vez había más. Volaban inquietas por los pasillos, se perdían en la inmensidad de la sala de reuniones, jugaban a chapotear en los restos de café de los empleados. No eran muy grandes, apenas del tamaño del dedo meñique de Laura. Sus cuerpos eran casi transparentes, como si estuvieran fabricadas en una tela sedosa y finísima, o un cristal maleable, casi líquido. Parecían capaces de aparecer y desaparecer a su antojo, incluso de atravesar paredes y todo tipo de objetos sólidos. En una ocasión una voló a través del hombro de Laura. Durante días sintió allí un leve dolor sordo, como si algo en su carne se hubiera desajustado.

Pero el día en que Momo, el gato que solía rondar por la zona de restaurantes, tuvo una entre sus garras, parecía muy real, muy sólida. Laura se había aburrido de intentar echar a Momo; el felino parecía tener más habilidades para colarse en recintos cerrados que las propias hadas. Cuando vio a la pequeña criatura enganchada a sus uñas, cuando vio el líquido azulado que escapaba de su cuerpo, el minúsculo brazo que colgaba, hecho jirones, del cuerpo mutilado del hada, supo que no se había vuelto loca, que por lo menos los gatos veían también a aquellas criaturas. No sabía qué hacer. Aquello no era un pájaro o una lagartija. ¿Cómo salvaba uno a un hada moribunda?

La tiró por uno de los váteres de los servicios de la segunda planta. Al igual que los peces que tuvieron los gemelos, o el canario verde que Tim rescató de debajo de un árbol pero que murió de todos modos, unos días después.

Nunca volvió a ver un hada. Pero todas las noches tiene sueños acuáticos, en los que nada entre peces de colores tropicales, corales inmensos y tiburones afables. A su alrededor, miles de hadas bailan y ejecutan un número musical, a veces ridículo, a veces hermoso, a veces trágico. Y luego se lanzan todas en picado hacia ella y clavan sus diminutos y afilados dientes en su piel expuesta, y Laura se despierta gritando, aterrada, helada de frío y dolor.