Sí, por fin pude ver la adaptación cinematográfica. ¿Y sabéis qué os digo? Vaya mierda.

Puedo entender que la historia varíe del libro para poder adaptarlo al medio audiovisual. Pero limpiarse el culo con el libro ya es otro cantar. ¿Por qué la hippy estudiante Lily se ha transformado en una pintora de éxito con un peinado horrible? ¿Puede ser porque era alcohólica y promiscua en la obra original, y esta película es para todos los públicos? ¿Por qué la prota ha estudiado Derecho y ahora se quiere dedicar al periodismo? La prota del libro era licenciada en Literatura (o cualquier equivalente yanqui con cursos de esos de «enfrentamiento con el texto», donde la subjetividad del lector es lo único que cuenta) y lo que quería era escribir, no ser periodista. ¿Por qué en la película el famoso escritor que la encandila es tan feo? ¿Por qué la Miranda Priestly de la película parece una santa y buena persona en comparación con la del libro (sin menospreciar a la fantástica Meryl Streep)? ¿Por qué desde el principio de la película Anne Hathaway nos quiere convencer de que «no está flaca»?

No es que me ofenda la adaptación. Son medios diferentes y es inevitable (y necesario, excepto en el caso de Sin City). Me ofende el tufo a película hollywoodense con argumento típico hollywoodense y personajes típicos hollywoodenses que desprende una obra cinematográfica que puede hacer pensar a los espectadores que el libro en el que se basa es igual de insulso y moralista. Porque, aunque tiene su moralina particular (¿por qué no dejan a la pobre Andrea ser una fashion-victim de éxito, y por qué su novio y sus amigos la dejan de lado en vez de apoyarla por perseguir su sueño?), la obra de Lauren Weisberger es divertida e ingeniosa. La adaptación fílmica, sin embargo, y obviando esas maravillosas imágenes de trapitos de diseño que todas quisiéramos tener (aunque mejor en una talla un poco más grande), peca de mediocridad e incluso, a partir de la segunda mitad, de francamente aburrida.