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El método Eisenhower. Cómo elegir lo que es realmente importante.

abril 30, 2014 — by Gabriella0

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Hace poco estaba leyendo, para variar, a James Clear (podéis leer un artículo suyo que traduje aquí, o ir directamente a su blog aquí), en un artículo en el que hablaba del método Eisenhower. Este es un modo de productividad que, si bien se inspiró en la metodología del presidente americano (imaginad la necesidad de productividad de una persona como Eisenhower, con la que le cayó a ese hombre encima), fue adaptado luego por gurúes de la productividad como Steve Covey (de hecho se menciona este método de pasada en el artículo que le traduje a Niall Doherty, con 69 técnicas de productividad).

Clear insiste en la efectividad de este método para ahorrar tiempo y ser más productivo, pero a mí lo que me llama la atención de esta técnica es su forma brutal de obligarte a elegir entre lo que es y lo que no es prioritario.

El método consiste en crear un cuadro de cuatro cajas, ordenadas por urgencia e importancia. En una va lo urgente e importante, en otra lo urgente pero no importante, en otro va lo importante pero no urgente, y en la última va lo que no es urgente ni importante. A partir de esta división de tareas se efectuarán las cuatro “D”:

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-Do (hacer): En el cuadro de las tareas importantes y urgentes (cuadro 1 del diagrama) solo cabe una acción: hacer, llevarlas a cabo.

-Delegate (delegar): En el cuadro de las tareas que son urgentes pero no importantes (3), uno debe intentar delegar (conseguir que otros hagan estas tareas). Esto es útil, imagino, en un entorno empresarial; para los freelancers se sugiere recurrir al outsourcing, que consiste en pagarle a alguien para que lo haga por ti. En España esto es algo que no es demasiado común, pero tened en cuenta que en EEUU es relativamente común en el mundo de los negocios pagarle a alguien en India para que actúe como asistente virtual. Para el caso de personas con muchísimo email o con tareas repetitivas pero relativamente sencillas, este tipo de asistente puede ahorrarles muchos quebraderos de cabeza.

-Defer (retrasar): Es el cuadro de las tareas importantes pero no urgentes (estas suelen ser tareas relacionadas con metas a largo plazo). Deberemos otorgarles un espacio de cumplimiento, una fecha y hora (o varias, si se trata de tareas grandes) para llevarlas a cabo (2).

-Delete (eliminar): Según este método, las cosas que no son ni urgentes ni importantes deben eliminarse (4). Esta es la parte que impresiona, porque nos hace ser conscientes de la cantidad de tareas que llevamos a cabo por obligación, por costumbre o por alguna visión idealizada de nosotros mismos.

Para dividir nuestras tareas en estas cuatro cajas es importante tener claro cuáles son nuestros objetivos a corto y largo plazo. También nos obliga a decidir qué cosas no son realmente necesarias, para evitar perder el tiempo con esa sensación de que estamos ocupados cuando realmente solo estamos llevando a cabo tareas que no nos aportan gran cosa y que nos quitan tiempo para lo realmente importante. Por tanto, creo que este es un método tremendamente útil para establecer prioridades. Uno podría pensar que lavar la ropa, por ejemplo, no es ni útil ni importante, pero intentar eliminarla de la lista nos probaría lo opuesto: necesitamos ropa limpia (ergo esta tarea no es urgente pero sí importante). También podría parecer que ir a tomar café con un amigo no es urgente ni importante, pero si nuestra vida se reduce a trabajar y necesitamos relajarnos con una vida social más activa, esta tarea es, desde una perspectiva a largo plazo, muy importante. No obstante, jugar al Angry Birds no es urgente ni importante, y a no ser que seas un desarrollador de juegos probando a la competencia, no tiene mucha justificación a largo plazo.

Implementar el método lleva tiempo. Lleva tiempo decidir qué es importante y qué no. Los profesionales aseguran que este tipo de sistema, bien implementado, puede ocuparte hasta una hora diaria, pero que los resultados ofrecen una recuperación de esa inversión más que sobrada, con pingües beneficios.

¿Qué opináis? ¿Es este un método que consideraríais probar? Si lo hacéis, no dejéis de contarme qué tal os ha funcionado.


Otra forma de aprovechar el tiempo es sacarle el máximo rendimiento a la corrección y revisión de tu libro. Si quieres un montón de  trucos e ideas para ello, ya sabes que tengo un libro que solo cuesta 2,99 € en Amazon 😉

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¿Es realmente posible alcanzar una meta si le dedicas el tiempo y el trabajo suficiente?

febrero 7, 2014 — by Gabriella3

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Hace poco más de un año tomé la decisión, seria y algo acojonada, de escribir. Había escrito antes, claro, toda mi vida, pero de una forma insegura, intermitente, valiéndome solo de las musas y la inspiración. La disciplina la dejaba para la edición, que fue, al fin y al cabo, a lo que me dediqué durante casi toda mi vida anterior.

No me lanzaba a la piscina desde el vacío, desde la nada. Siempre he leído bastante, ya fuera por ocio o trabajo, y he pasado muchísimo tiempo trabajando textos ajenos, tanto desde un punto de vista académico como profesional. Corregí, maqueté, valoré, analicé, y casi todo lo que se puede hacer con un texto destinado al público. Me di cuenta de que estaba ocupándome casi por completo, de una manera u otra, del proceso editorial, y eso estaba bien. Estaba ayudando a otros escritores a mejorar su obra, a presentarla de la mejor forma que yo supiera ofrecerles. Una forma que, si bien no era perfecta, era mucho mejor que el manuscrito inicial. Creía (y sigo creyendo) que tenía un pequeño don para sacar lo mejor de un autor. Esto es algo que sigo desarrollando a través de la corrección de estilo, y que me mete en más de un lío, ya que me resulta muy difícil separar mi labor de simple correctora de mi antigua labor de edición: si me encuentro con un texto con agujeros argumentales o incoherencias narrativas, por ejemplo, necesito trabajarlo con el autor, aunque sepa que eso va a complicar y alargar mi trabajo de forma innecesaria.

Todo ese bagaje era importantísimo para comenzar una labor seria como escritora, no solo por la formación que me proporcionaba, sino por todos los contactos que realicé en mi fase de editora, y por todo lo que aprendí de otros profesionales del mundo de la edición, gente a la que aún admiro y a la que ocasionalmente acudo. Creo que hice lo que tenía que hacer, pero por otro lado lamento no haber tenido una meta más específica. El mundo de la edición te exige estar en muchos frentes a la vez, y yo tiendo a la multitarea y al pluriempleo. Hace un año me di cuenta, ya de forma definitiva, de que eso tenía que cambiar. Necesitaba un objetivo claro.

La importancia del trabajo diario

Ya he hablado varias veces en el blog de las 10000 horas, las que se supone que necesitas para dominar una habilidad. No se trata solo de echarle 10000 horas a algo: deben ser horas realmente útiles para tu habilidad, horas de aprendizaje puro, y también hay muchos otros factores que deben cultivarse: redes sociales (no me refiero a Facebook, que también, sino a redes de interacción en general con otras personas de las que puedes aprender). Cerca de esta teoría está la de los 7 años, que es que necesitas 7 años para llegar a algo en algún campo; también está el llamado compromiso de los cinco años, del que leí por primera vez en un artículo de Steve Pavlina, pero que tiene variantes de todo tipo por todas partes.

El compromiso de los cinco años es interesante porque te hace plantearte en serio si lo que estás haciendo es útil para ti. Si tomas una dirección, profesional o personal, ayuda mucho preguntarte: ¿voy a comprometerme a seguir haciendo esto dentro de cinco años? ¿En serio? ¿Pase lo que pase? ¿Todos los días? Son preguntas importantes, si tenemos en cuenta que esos cinco años son lo mínimo que hacen falta para obtener algo de importancia en cualquier campo. Uno no puede rendirse, opinar que todo ha salido mal, cuando solo lleva seis meses haciendo algo. Y muchos argumentarán que interviene la suerte, que hay quien es descubierto de la noche a la mañana, por ejemplo. Pero si uno investiga un poco, descubre que la mayoría de esas personas que han tenido éxito en algún campo, de manera aparentemente afortunada y casual, llevaban ya años desarrollando determinadas habilidades, y que el hecho de que estuvieran en el sitio adecuado en el momento adecuado se debe en gran medida al desarrollo de esas habilidades. La suerte existe, sí, pero es un factor mucho menos determinante de lo que podría parecer.

Primeros resultados

Tras el primer año realmente dirigido, de esos cinco a los que me he comprometido, puedo decir que los resultados han sido favorables: tengo un libro a las puertas (El fin de los sueños, junto con José Antonio Cotrina, que saldrá publicado el 20 de marzo con Plataforma Neo); tengo otra obra finalizada, en proceso de corrección, que pronto empezará a hacer la ronda por editoriales; y escribí 90000 palabras de una novela que, por muchas razones, me he visto obligada a reiniciar por completo, pero que espero poder terminar antes de que acabe el 2014. Pero todo esto no viene solo de sentarse a escribir a diario: si yo no hubiera pasado ocho años de mi vida de congreso en congreso, de convención en convención, hablando con escritores y editores, nunca habría conocido a las personas adecuadas para aprender a navegar en el complejísimo mundo de la edición. Si no me hubiera hecho un currículo, publicado otras cosas, nadie habría creído en mis posibilidades. Si no hubiera tenido cierta habilidad mínima para empezar, mi coautor no habría considerado compartir portada conmigo (y os puedo asegurar que es una persona tremendamente exigente y meticulosa). Así, repetimos: esas 10000 horas no son solo de escribir, leer, corregir y escribir de nuevo. También son de socializar con gente del gremio, de estar en todas partes, de dar y asistir a charlas y conferencias que de primeras podrían parecer inconsecuentes (todas estas acciones que, para una persona de naturaleza introvertida como yo, son agotadoras). Incluso son de escribir cientos y cientos de artículos sobre literatura para una página web. Todo está relacionado.

Contra viento y marea

Todo esto ha exigido una reestructuración mental muy grande por mi parte. Para empezar, decidí dirigirme a un nicho de mercado más productivo, que antes no había considerado: la literatura juvenil. He intentado tragarme la timidez y atreverme con ciertas cosas a pesar del miedo. He aceptado la disciplina diaria de escribir, y no he fallado ni un solo día. Escribir se ha convertido en una prioridad absoluta, por encima de comer, dormir o incluso pasar tiempo con mi familia o mi pareja. Todo esto compaginado con horas y horas de otros trabajos para intentar obtener algún ingreso. No soy muy fan de Almudena Grandes, por ejemplo, pero sí soy muy fan del hecho de que durante años se levantara a las cinco de la mañana para poder escribir, antes de llevar a los niños al colegio o ponerse a trabajar. Esas son las cosas que nunca nos cuentan de la glamurosa vida del escritor.

Hay muchos días que me levanto desalentada y me pregunto si algo de esto merece la pena. Los ingresos, tanto por mi trabajo como escritora como por mis demás ocupaciones laborales, son ínfimos (hace un par de años volví a casa de mis padres porque ya no podía permitirme alquilar un piso y pagar las facturas. Sigo sin poder permitírmelo). Trabajo mucho, e intento hacerlo lo mejor posible. Pero desde hace un tiempo siento que, a pesar de la ocasional desesperación, mi vida está llena de cosas maravillosas, de experiencias alucinantes y de posibilidades mágicas. Y tengo algo que mucha gente no tiene: un compromiso para cinco años. No puedo esperar a ver qué me deparan los cuatro siguientes.

Conclusión

Todo esto nos lleva a una única pregunta: ¿Es verdad lo que nos venden? ¿Es posible entonces desarrollar una habilidad y llegar a algún sitio con ella en el espacio de cinco años de trabajo constante y teledirigido?

No lo sé, pero pienso averiguarlo.

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Por qué los propósitos de año nuevo no funcionan

enero 2, 2013 — by Gabriella3

Todos los años, lo mismo. Nos hacemos mil propósitos, los cumplimos durante un par de semanas y luego los abandonamos, hasta el año que viene. ¿Y esto por qué? ¿Por qué nos duran tan poco estas buenas intenciones, estos New Year resolutions famosos? Pues resulta que hay bastantes motivos, pero yo los resumiría en tres:

Porque no son realistas: Por alguna extraña razón tendemos a pensar que la llegada de un nuevo año lo cambiará todo; que seremos mejores: más fuertes, más disciplinados, más organizados. Caemos en la trampa del calendario, le otorgamos propiedades mágicas. Pero la realidad del asunto es que si intentaste dejar de fumar en septiembre de 2012 y no lo conseguiste, es muy probable que en enero del 2013 tampoco lo hagas, máxime si sigues el mismo método (que suele consistir en confiar en tu fuerza de voluntad, sin tener en cuenta que tu fuerza de voluntad puede fallar y que, en el momento en que falla, sueles rendirte).

Porque no son concretos: Somos ambiciosos, y abstractos. “Quiero comer sano”, por ejemplo. ¿En qué sentido? ¿Cómo va a cambiar tu dieta, qué alimentos vas a comprar, qué recetas vas a utilizar? ¿Cuál es tu plan diario? Si nos guiamos por un acercamiento genérico de “ya veré lo que hago”, hay muchas más posibilidades de fracaso: olvidaremos enseguida nuestra meta y con que surja el más mínimo inconveniente abandonaremos nuestros buenos propósitos.

Porque pensamos a corto plazo: Lo queremos todo YA. Si nuestro propósito es perder peso, o ponernos en forma, por ejemplo, nos imaginamos al cabo de dos semanas con el cuerpo de nuestros sueños. Cuando la realidad del asunto aparece (que conseguir ese objetivo lleva muchísimo tiempo y esfuerzo), nos desanimamos y nos rendimos.

¿Cómo solucionarlo? 

  • No te concentres en metas genéricas y abstractas, tipo “tengo que hacer más ejercicio”. Tienes que desarrollar un plan de acción que sea sencillo, y ante todo práctico. Piensa en qué acciones puedes llevar a cabo todos los días que te acerquen a tu meta. Y piensa en cómo llevarías a cabo esas acciones en tus peores días, esos en los que no te apetece nada. Piensa siempre en tu momento más bajo, más vago, más ocupado, etc. Las acciones que planifiques deberías poder realizarlas incluso en esos momentos, sin un gran esfuerzo. Así, tendrás garantizado el éxito. Un ejemplo muy claro de esto es el proyecto 1 push up (una flexión). Al autor de ese blog se le ocurrió que iba a hacer una flexión al día, todos los días, sin excusa. Una flexión no cuesta nada. Claro que a la hora de ponerse a hacerla por lo general hacía bastante más… muchísimo más. Pero el saber que tu mínimo es algo casi ridículo, facilísimo, hace que te animes a llevarlo a cabo incluso en los días en los que menos te apetece (la misma filosofía es la que me ha permitido escribir todos los días, sin excusa, durante los últimos 33 días**). No pienses en lo que puedes hacer en tu momento óptimo, piensa en lo que puedes hacer en tu peor momento, en la peor de las situaciones.
  • Si ya has probado mil veces a conseguir lo mismo (ya sea dejar de fumar, de beber, adelgazar, hacer ejercicio…), va siendo hora de intentar enfocarlo de otro modo y cambiar de método. Es hora de identificar los patrones. Todos los años, desde que tenía unos 20, mi propósito para año nuevo era perder peso. No soportaba la idea de que al finalizar el año siguiente me viera con más peso que el anterior. Y todos los años, ocurría. Conseguía perder algo de peso durante el año, gracias a alguna dieta ridícula, y al final del año (sobre todo gracias a las fiestas navideñas), no solo lo había recuperado, sino que había aumentado. La única excepción a este patrón fue el par de años que perdí muchísimo peso por temas de salud. Esa no es una buena razón para perder peso, y lo pasé tan mal en aquel tiempo que ni siquiera tuve tiempo de alegrarme por el peso perdido. No tardé nada en recuperarlo en cuanto empecé a encontrarme mejor. Lo extraordinario es que, aunque me considero una persona inteligente, reincidía. Una vez tras otra, probaba cosas que sabía que no iban a funcionar. ¿Por qué esta vez iba a tener más fuerza de voluntad que otras? Por mucho que me deprimiera engordar cada año, era incapaz de salir de ese ciclo de eterno retorno.

¿Qué fue lo que cambió?

Un día decidí que iba a dejar de caer en la trampa de las metas a corto plazo. Si algo te importa lo suficiente, tienes que pensar en ello no solo con vistas a dos semanas, sino a cinco años. Tienes que aceptar que los resultados no serán rápidos. Así, empecé poco a poco a cambiar los hábitos, a modificar esas cosas que hacían que cogiera peso. Paso a paso, nada de hacerlo todo de golpe. ¿Lo primero? Disminuí de forma radical mi ingesta de alcohol (desarrollé hábitos y reglas para cuándo beber y cuándo no, y me funciona a las mil maravillas). Luego llegó la reducción del tamaño de mis porciones (de cualquier forma, descubrí que al dejar de beber mi relación con la comida también cambió bastante), y me concentré en diferentes formas de reducir la ansiedad que me impulsaba a comer de manera compulsiva. A eso le fui añadiendo el ejercicio, primero de forma mínima y luego ya más en serio. Y últimamente estoy descubriendo algo muy útil, llamado mindful eating* (alimentación consciente), de lo que hablaré más adelante con más tranquilidad.

Estas Navidades, peso unos 13 kilos menos que las Navidades pasadas. A pesar de las celebraciones, he seguido aplicando mis reglas y hábitos (con excepciones planificadas y contadas: Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo. Y aun en esos días todo ha sido bastante tranquilo, ya que ya no siento la necesidad de ponerme hasta arriba de comida y bebida). ¿El truco? Dejé de obsesionarme por cuánto quería perder y me concentré en la manera de perderlo. Antes, habría querido perder esos 13 kilos en apenas unos meses; ahora, no tengo prisa. Lo importante es disfrutar de la comida, darme pequeños caprichos de forma organizada y mantener los hábitos saludables. Ya no me aterra recuperar ese peso; sé que mientras siga con ciertas costumbres positivas, no tiene que pasar lo de antes: perdía y recuperaba, con más kilos que cuando empezaba. Lo que nos lleva a uno de los puntos más importantes:

  • No tengas prisa: Ya llegará. No pienses en lo que quieres para mañana, sino para el 2020. Trabaja, a diario, para conseguirlo. Ponte metas pequeñitas, que alcances con facilidad (perder un kilo en un mes no es complicado, y cuando lo consigas te sentirás orgulloso de ti mismo. Esa sensación de satisfacción hará que el mes siguiente sea más fácil. Y kilo a kilo se pierden muchos kilos, como puedo atestiguar).

¿Qué otras cosas creéis que nos influyen para no cumplir nuestros propósitos de año nuevo? ¿Qué creéis que debemos hacer para que nos duren? Si queréis una lista de propósitos de año nuevo un poco diferentes, sugiero estos buenos propósitos informáticos de Softonic. No obstante, considero que algunos, como el número 4, son irrealizables. O también podéis crear propósitos literarios, como sugiero en este artículo que escribí para Lecturalia.

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*Si tenéis enlaces a artículos en condiciones (más o menos serios, nada de palabrería New Age) sobre este tema que estén en español, pasádmelos y los incluiré también.
**Actualizado a 27/03/14: Básicamente he perdido la cuenta de cuántos días llevo escribiendo. Pero no he parado ni un día desde que empecé, allá por diciembre del 2012).

Imagen tomada de Cuánta razón. Si sabéis de quién es originalmente vendría bien saberlo para enlazarle.

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Acerca de las metas (3) y otras actualizaciones

octubre 23, 2012 — by Gabriella2

Y aquí estoy de nuevo para ponerme al día con todo lo que ha estado sucediendo durante las últimas semanas, que no ha sido poco. En primer lugar, me toca hacer una actualización respecto al estado actual de mis metas y desafíos.

Alcohol: No sé si merece la pena seguir hablando de esto, ya que puede hacerse repetitivo. Apenas bebo. Bebo cuando salgo, nunca en casa (una regla que me funciona bastante bien). Mis resacas además son crueles, así que tengo que tener mucho cuidado con no pasarme. Se acabaron las borracheras legendarias para mí. No digo que no tenga tentaciones de vez en cuando, pero por ahora he conseguido evitar las que no eran convenientes, y eso me enorgullece. Cuando comparo mi productividad de antes con la de ahora, la diferencia es bastante notable. Por no hablar de los efectos en mi dieta: perder peso sin haber dejado de beber habría sido imposible. Lo cual nos lleva al…

Peso: Mi peso lleva más de un mes un tanto extraño. En el último par de meses he perdido volumen de manera notable (sobre todo barriga), pero mi peso se ha mantenido más o menos estable, a pesar de estar comiendo de manera bastante sana (del modo que hasta ahora me ha hecho perder peso). Tal vez sea un poco atrevido decir que he creado una cantidad importante de músculo en tan solo un mes de gimnasio, pero creo que esta es la explicación más coherente, y desde luego veo cambios significativos en mi aspecto (¡hasta hay una sombra de abdominales!). Por las mismas razones, no me fío mucho de mi BMI (índice de masa corporal), ya que al calcularlo en un programa simple de peso/altura no se tiene en cuenta la proporción grasa-músculo, pero puede decir que estoy en 25.9, no muy lejos de bajar de la categoría de sobrepeso (25).

Por lo general mi dieta es bastante variada, y procuro invertir las calorías en cosas saludables como fruta o harina integral, abundante pescado y verduras. Tengo mis pequeños caprichos (el camembert light de Lidl con tostada se está convirtiendo en un desayuno habitual) y rutinas diarias (no suele faltar el zumo o smoothie por la mañana hecho en batidora con montones de frutas diferentes). Uno podría pensar que debería encontrarme con una salud maravillosa, pero la realidad no es exactamente así. Tengo una migraña que parece que se ha quedado a vivir en mi cabeza, que nunca se va, solo se difumina un poco para coger impulso y volver de forma vengativa. En cuanto a niveles de energía, siguen sin ser óptimos, pero han mejorado bastante gracias al ejercicio físico, lo que nos lleva al siguiente punto.

Ejercicio: Como ya he comentado en posts anteriores, me he apuntado a un gimnasio. Alterno algo de cardio diario con clases de pilates dos o tres veces a la semana. La diferencia ha sido grande, sobre todo a niveles de liberación de estrés, tonificación y aumento de energía en general (por no hablar de flexibilidad y resistencia en… erm, en quehaceres diarios). Estoy bastante contenta con esta decisión, a pesar de que de vez en cuando el pilates me deje completamente inútil al día siguiente (tengo pesadillas, como muchos sabréis, con pelotas suizas).

Miss Cristal: Mi eterno quebradero de cabeza. Tenía el firme propósito de dedicarle bastante tiempo este mes, y así ha sido, aunque no tanto como habría querido (había otros proyectos prioritarios porque… bueno, porque son pagados). El resultado ha sido muy decepcionante. Sospecho que las más recientes modificaciones de Facebook, que es donde realizo la mayor parte de mis ventas, tienen bastante que ver. Observo que mis publicaciones parecen llegar solo a un número pequeño de personas, aquellas que ya seguían con bastante atención la página. Facebook, claro está, te ofrece “promocionar” tus publicaciones. Pagando. Tampoco ayuda que la gente no tenga dinero para comprar cosas, como es obvio, pero lo del movimiento de “me gusta” y similares es bastante más limitado que antes; como digo, parece estar restringido a aquellas personas que ya eran seguidores habituales, y necesito abrir mi círculo de compradores potenciales.

Me he debatido, como llevo haciendo ya meses, entre aumentar el tiempo dedicado a Miss Cristal, reducirlo y dedicarlo a cosas más rentables, abandonarlo por un tiempo (no puedo decir de manera definitiva, la realidad es que me gusta demasiado) o intentar llegar a canales de difusión más productivos. Si alguien tiene ideas en este sentido, alguna sugerencia para ampliar mi público o realizar promoción útil, me encantaría escucharlas.

En cuanto al desafío de 30 días más reciente, podéis leer más en el post anterior, sobre el tema de la meditación.

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Imagen de http://www.freedigitalphotos.net

 

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El propósito de tu vida (en 20 minutos)

septiembre 6, 2012 — by Gabriella2

Función vs. propósito

Hace ya algún tiempo hablé en el blog de dos conceptos que se me antojaban muy distintos: función y propósito. Suelo asociar función con una visión teleológica de la realidad que me parece poco productiva (¿para qué estoy aquí? ¿cuál es mi finalidad en esta vida?), más que nada porque tengo la sospecha de que no hay absolutamente ninguna razón preconcebida para que estemos presentes y existentes, y mucho menos un objetivo lógico y causal que explique nuestro destino; considero además que puede ser una noción destructiva para muchos: nos han vendido tanto la idea de que tenemos una meta, una razón de ser, una finalidad, que nos sentimos terriblemente frustrados cuando no terminamos de encontrarla (y oye, que un porcentaje muy grande de los seres humanos nunca será famoso, ni millonario, ni inventará una cura contra el cáncer).

¿Qué es el propósito?

Otra cuestión muy distinta es nuestro propósito. El “oye, ya que estás aquí, ¿qué vas a hacer con tu tiempo? ¿A qué vas a dedicarlo?”. Porque el tiempo, queridos míos, se escapa. Huye de nosotros. Hoy es ayer y mañana es hoy. Y mientras, nos hemos dedicado a levantarnos, desayunar, ir a trabajar, almorzar, fregar los platos, trabajar, lavarnos los dientes y acostarnos y dormir. Y ninguna de esas cosas tiene nada de malo pero… ¿a que no recuerdas nada de cómo te lavabas ayer los dientes? ¿A que el día de trabajo de hoy no ha tenido nada excepcional, a que no ha habido nada que te hiciera pensar FUCK YEAH, qué bien hago mi trabajo? Cuando te quieras dar cuenta habrán pasado 70 años (con suerte) y habrás fregado muchos platos y habrás tenido miles de días exactamente iguales que ese día en el que no hiciste nada excepcional, en el que no pensaste que eras el puto amo de lo que hacías, que no fuiste realmente consciente de lo que llevabas a cabo. Abres los ojos y estás sentado frente al ordenador. Abres los ojos y son las 9 de la noche, y estás cenando y se ha terminado el día. Y así vivimos, en una progresión de acciones insignificantes cuyo proceso nos perdemos. Vivimos de salto en salto. Y con esto no me refiero a que cada día tengas que hacer algo extraordinario, pero tal vez podrías probar a solo estar, estar realmente presente y disfrutar de cada pequeña acción.

Cuando tienes un propósito, cada acción, cada segundo, se mide según lo cerca o lejos que estés de tu propósito. El tiempo no se desvanece, porque es tiempo empleado en acercarte a tu propósito. Considero que es una manera excelente de anclarnos en el tiempo, de echar raíces en la realidad en vez de limitarnos a flotar en un cerebro algodonoso de nada. Como comenté en aquel post anterior, yo tengo un propósito, y a pesar de que es terriblemente sencillo y es algo que en mi fondo más profundo ya conocía, me ha abierto los ojos en muchísimos sentidos, se ha convertido en un punto de partida único y consecuente. Puede que varíe algo a lo largo de los años, pero sospecho que la base permanecerá firme. Un propósito es una manera, una forma de ver las cosas. Para alguien podría ser, por ejemplo, ayudar a los demás. Para otra persona podría ser enseñar, compartir con los demás todo lo que sabe. Para otra, aprender. Para otra, disfrutar de todas las relaciones sexuales que pueda de la mejor forma posible. En cierto modo es una vocación. Es también sincero, no hay que preocuparse de que sea egoísta, bueno o malo, ya que es un tanto amoral (con todo, dudo que el propósito “acabar con la raza humana” sea muy productivo para su propietario ni para sus congéneres).

Buscando mi propósito

Por todo esto flipé un poco cuando buscando por internet encontré que el Sr. Steve Pavlina, gurú de blogueros y loco profesional (famoso por atreverse con el sueño polifásico extremo, el veganismo y el poliamor, entre otras cosas), había encontrado un método para descubrir tu propósito en tan solo veinte minutos.

Ya.

No sé si es de su creación, o si se limitaba a reproducir algo que podría ser muy anterior, pero a efectos prácticos le atribuyo su autoría. Cuando leí de qué iba el método me eché a reír. Era demasiado ridículo, e imposible que funcionara. Pero oye, era gratis y mucha gente decía que le había funcionado y pensé por qué no, y respeto por lo demás muchas de las ideas de este hombre. Afortunadamente, Pavlina comparte sus contenidos de manera total, así que puedo tomarme la libertad de traducirlo para vuestra conveniencia. Sobra decir que todo lo escrito hasta aquí es cosecha mía, pero creo que merece la pena compartir el método en cuestión por si pudiera serle útil a alguien.

Lo he probado con alguna persona, superada la primera oleada de vergüenza que produce decirle a alguien “oye, te veo un tanto desconcertado con tu vida ahora mismo y te voy a pasar un método bastante ridículo y sencillo que te ayudará a saber cuál es tu propósito”. Por lo que he visto los resultados no son siempre claros, ni llevan a ese famoso propósito, pero siempre surgen cosas inesperadas y sorprendentes. Igual alguno de vosotros lo prueba y se queda en las mismas, pero creo que merece la pena, aunque solo sea por curiosidad; es un tema que he comentado con algún que otro lector y que me han solicitado que incluya en el blog. Claro está que exige una sinceridad con uno mismo bastante extrema, y eso es siempre un tanto incómodo.

Método para encontrar el propósito de tu vida en (aproximadamente) veinte minutos:

1.      Coge lápiz y papel o abre un documento de Word (es mejor la opción que te permita escribir más rápido).

2.      Escribe: ¿Cuál es mi verdadero propósito?

3.      Debajo, escribe la primera respuesta que se te venga a la cabeza. No te preocupes por errores gramaticales, faltas, etc. Ni siquiera tiene que tener sentido

4.      Repite el paso 3 hasta que escribas la respuesta que te haga llorar. Esta es la buena.

No hace falta que me digáis lo que estáis pensando. ¿Llorar por una respuesta? Pues menuda gilipollez. Eso pensé yo. Y luego lloré como una imbécil. Y ni siquiera fue haciendo el ejercicio. Fue simplemente leyendo en los comentarios las respuestas que había dado la gente a Pavlina cuando propuso el ejercicio. Hubo una que era la mía. Era tan jodidamente obvio que fue una especie de liberación. Y sí, lloré como una imbécil. Y aunque las cosas cambian y no perduran, mi propósito sigue siendo el mismo: Disfrutar del camino. Sencillo, fácil, evidente. Pero lo que es evidente y simple para uno puede ser determinante para otro, y lo mismo ocurre con todos los propósitos.


¿En cuánto tiempo?

Lo de los 20 minutos no es tan claro como dice el título del post. Algunas personas lo tendrán delante de sus narices en 5 minutos, otras tardarán una hora. La cuestión es perseverar. Si das con una respuesta que no te hace llorar pero que te provoca alguna reacción emocional, fíjate en ella, se acerca a lo que estás buscando. El problema principal radica en que muchos estamos condicionados por lo que los demás esperan de nosotros, por lo que resulta complicado llegar al núcleo auténtico de lo que deseamos en realidad. Si toda la vida te han dicho que tienes que ser médico, y has dedicado la mayor parte de tu existencia a estudiar y practicar medicina, resultará difícil aceptar que tu gran propósito, aquello a lo que quieres dedicar cada segundo de tu tiempo, es estudiar leones en su hábitat natural. Tus primeras respuestas siempre estarán relacionadas con la medicina, y tardarás bastante en moverte de ahí.

También sobra decir que esto puede ser un ejercicio de sugestión, que la fábula que estoy creando alrededor del método sea lo que nos induce a llorar al tocar cualquier fibra sensible en lo que estemos escribiendo. Posiblemente. Pero yo no lo descartaría. Creo que puede ser muy interesante, por lo menos para empezar a saber un poco más acerca de nosotros mismos. Si alguien lo prueba, agradecería que compartiera su experiencia en los comentarios (no tiene por qué compartir el propósito si no lo desea, es más por saber qué ha dado de sí el ejercicio).

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