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9 técnicas para que tus lectores se estremezcan de emoción

enero 22, 2018 — by Gabriella30

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Vikram Seth tardó unos diez años en escribir Un buen partido y yo me lo leí en una semana.

Cuán ingrata la labor laboriosa y labrada del autor.

Como lectores, damos por sentado ese trabajo, damos por sentado mucho de lo que nos encontramos en un libro. Podemos fijarnos con facilidad en lo que no nos gusta, pero cuando encontramos un libro que nos apasiona, que nos engancha, no nos preguntamos el porqué. Creemos que eso ocurre por arte de magia, como resultado de una escena de esas de sitcom o de comedia romántica en la que los protagonistas limpian la casa en apenas un batir de pestañas, con una banda sonora chachi de bailoteo de fondo. El autor empieza a escribir y sus dedos hechizados vuelan sobre su teclado chiripitufláutico*.

Damos por sentado lo bueno, lo que no se ve. No somos tan inconscientes con lo malo, con la basura que alguien ha barrido bajo la alfombra. Contra eso no hay música chachi de bailoteo que valga.

¿Alguna vez os habéis preguntado por qué os irrita tanto encontrar cosas que no os convencen, que están mal hechas, en un libro? No hay más que ver las críticas de lectores a un libro que no les parece bueno: son rabiosas, son muy… personales.

emocionar lectoresHe encontrado un gerundio de posteridad en tu libro y ahora necesito averiguar dónde vives para prenderle fuego a tu casa.

Mi teoría es que es por culpa del sueño de ficción. En cualquier texto narrativo, sea una novela, una película, una serie de televisión o un relato ilustrado, entramos en un pacto. Sí, hacemos un pacto con el escritor que viene a ser el siguiente: voy a creerme todo lo que me cuentes a partir de ahora, pero a cambio tú tienes que sumergirme en un estado casi de trance, hipnótico, por el que yo me veré completamente inmerso en el mundo que has creado.

Como en cualquier pacto, si una parte no cumple con lo prometido, la otra se siente traicionada. Y, por desgracia, a los escritores no se nos permite enfadarnos si un lector no ha entrado en nuestro sueño, porque gracias a esa maravilla llamada ley de la oferta y la demanda, es el lector quien tiene todo el poder.

Como escritores, es nuestra obligación inevitable que el pacto funcione. Esto implica dos cosas: 1) no cagarla (o, por lo menos, no cagarla lo bastante como para sacar al lector demasiado de ese trance) y 2) crear el trance, para empezar. Como escritores, en nuestro oficio está entender cómo crear esa magia que los lectores disfrutan igual que un buen truco de prestidigitación. Ellos disfrutan del sentido de la maravilla, pero somos nosotros quienes tenemos que currarnos el truco.

Cuando alguien empieza a escribir, cree que los grandes trucos de magia se realizan con habilidad (¡talento!). No es consciente de las horas de práctica y estudio que hacen falta para que el lector realmente se crea que el conejo ha salido de la chistera o que hemos cortado de verdad de la buena a esa señorita por la mitad, sí, a la del biquini y tacones en dorado y lentejuelas.

Una de las mejores formas para que el lector se crea todo eso de la chistera y las lentejuelas es creando un tono, una ambientación emocional.

Cómo crear un tono emocional

El tono o ambientación emocional es una de esas cosas que se considera que debemos saber hacer de manera intuitiva. Pese a esto, en los años que he trabajado como lectora profesional, correctora y editora, solo he encontrado a un puñadito de escritores que supieran crear el tono necesario para que el lector realmente entrase por completo en la emotividad buscada por el autor. Incluso los autores más experimentados pueden tener problemas con esto.

No hablo solo de crear una respuesta emocional en el lector, que sienta lo que sienten tus personajes: se trata de que cada escena (y la obra en total) sea coherente con el tipo de emoción que pretendemos suscitar.

Por ejemplo: piensa en la última vez que leíste algo que te dio miedo. Algo no da miedo porque de repente salte un monstruo de debajo de la cama. Da miedo porque el monstruo salta en un momento que el autor ha preparado con celo. Da miedo porque a lo largo de toda la obra sabemos que va a ocurrir algo terrible, algo amenazador. No sabemos muy bien por qué: nadie nos lo ha dicho de forma explícita. Estamos en tensión y, cuando el monstruo aparece, saltamos de miedo. Esta es una de las razones por las que Stephen King tiene tanto éxito: sus monstruos no aparecen de repente en una comunidad feliz y relajada; aparecen en un entorno que ya conocemos como enfermizo, turbado. Es la razón por la que siempre que se habla de Clive Barker se habla de un terror perverso, erótico, aunque en realidad en sus novelas no hay un gran contenido sexual al uso: todo en su lenguaje, en su prosa, está teñido de obscenidad.

Esta ambientación y anticipación no se reducen a un famoso fusil de Chéjov. No hemos colgado el arma de un clavo de la pared y punto. Hay un trabajo que va mucho más allá. En lo que he podido comprobar y analizar, depende sobre todo de estos recursos: