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Lectores aéreos ya en preventa

mayo 25, 2015 — by Gabriella10

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Lectores aéreos gabriella campbell

Os prometo que ha habido momentos en que pensé que no llegaría este día.

Casas encantadas, drogadictos surrealistas, mantícoras asesinas, videntes con muy mala leche. Corazones de cristal, magos enamorados, reencarnaciones malditas, amantes en universos paralelos.

Todo está aquí, en Lectores aéreos.

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Lectores aéreos avance

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18. I love Lucy (relato breve)

julio 21, 2014 — by Gabriella4

descargaNos reencontramos en el centro de ciclistas que hacía esquina en la avenida Michigan.Yo no iba a alquilar bici, sino a ver a Lucy, mi prometida, que trabajaba en el bar vendiendo zumos, sándwiches vegetales y otras migas de vida sana, sustento de personas que iban en dos ruedas a trabajar. Lo mismo de todos los miércoles de todas las semanas, desde hacía cuatro años. Pero ese miércoles vi a Clea, mi antigua compañera de banca del instituto.

Tardé un poco en reconocerla, el tiempo no la había tratado con afecto. Estaba muy delgada, reseca, la piel estropeada por el sol. Llevaba el pelo decolorado, teñido de un rubio que hacía daño a la vista, con raíces oscuras ya largas, de un par de centímetros. La carne, fibrosa y pegada al hueso, larga y dura, difería mucho de los contornos suaves que recordaba de las clases de Matemáticas con el sr. Winston, cuando nos reíamos de sus gazapos en la pizarra y nuestros muslos se rozaban casi sin querer. Recordaba muy bien aquella blandura, la suavidad de su vello rubio contra mi piel. Ahora no quedaba vello por ninguna parte. Casi ni tenía cejas, solo dos líneas mal dibujadas que se movían con su frente.

Su sonrisa también había cambiado. Ahora era cerrada, los dientes tan apretados como su carne. Tardé unos segundos en saber quién me hablaba; fue ella la que se acercó a mí, quien con un leve chillido agudo y emocionado me comunicó que aquella mujer había sido, en otros tiempos muy distintos, alguien a quien yo había conocido. Sus manos, largas y nerviosas, gesticulaban mientras me hablaba. Creo que fue así como la reconocí, por las manos. Las manos que me habían hecho una paja en el servicio de chicos hacía quince años, en silencio y con eficiencia rápida. Me había maravillado no tener siquiera que pedírselo, que bajara los dedos hacia la bragueta y la abriera con soltura. Tras quince años de relaciones más o menos estables, entendía que aquella masturbación veloz y práctica no había sido más que una maniobra cumplidora, sin mayor deseo ni interés. A pesar de ser compañeros de banca, yo no era más que uno de la lista, otro peón en los diminutos juegos de poder que se enredaban entre los cerebros bronceados de sus amigas. Pero eso no quitaba que aquel fuera uno de los momentos más interesantes de mi despertar sexual, un grito de fervorosa aclamación de la pubertad. Miraba ahora a Clea con lástima. «Es que he estado enferma», me dijo, como si se disculpara por no estar a la altura de mis recuerdos.

No sé por qué tuve la sospecha. Clea podía ser víctima de la suerte o de sus propias malas decisiones. No tenía por qué ser por las razones de siempre. Cuando la dejé, con la promesa de llamar y una despedida triste en sus ojos, fui a llevarle el almuerzo a Lucy. Aunque trabajaba en un puesto de comida, seguía empeñada en comer de lo que yo le cocinaba en casa. A otra persona tal vez le parecería abusivo, pero a mí me resultaba halagador; nadie antes se había tomado tan en serio mi comida. Para ser sincero, nadie antes se había tomado tan en serio mi persona.

—He visto a Clea. ¿Recuerdas a Clea? —Lucy asintió—. No tenía muy buen aspecto. Dice que ha estado enferma.

Lucy dejó de pasarle un trapo a la barra y me miró, seria.

—Estoy segura de que se lo merece.

Me marché, sin despedirme. Tenía que llegar al apartamento lo antes posible. No era la primera vez. Ese camino en metro de regreso se me hizo interminable; cada parada era una meta a superar para llegar a mi destino, un obstáculo sobre el que saltar para satisfacer mi curiosidad malsana. No tenía por qué hacerlo, no tenía por qué abrir su armario y revolver en sus cajones. No tenía que buscar ese doble fondo en su joyero grande, aquel que había abierto ya tres veces. Dicen que a la tercera va la vencida, pero tal vez esta cuarta sería la que me haría cambiar de opinión, la que me obligaría a abandonar a Lucy para siempre. Sabía lo que encontraría, y aun así no pude evitar que me recorriera un escalofrío cuando saqué el pequeño muñeco de tela, con sus diminutos mechones de cabello humano primorosamente cosidos a su cabeza, con esos tres alfileres que atravesaban de parte a parte su exterior de saco, relleno de algodón. De las punzadas de los alfileres asomaban pequeños hilos rojos, atados con delicadeza como si fuera regueros exquisitos de sangre. No tuve valor siquiera de retirarlos, ¿qué valor tendría entonces para dejarla, para dejar aquel piso y emprender una vida a solas? Para emprender una vida sin mi prometida, sin un muñeco que se parecía, con sus diminutas y exactas vestimentas, sospechosamente a Clea.

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17. Vacaciones (relato breve)

julio 6, 2014 — by Gabriella6

ID-100195643Como todos los veranos, llegó Gala desde Córdoba y nos fuimos juntas, como ya era tradición, a comprarnos un bañador a la tienda de la señora Carmen. A mi abuela no le gustaba que fuéramos a la playa del matadero a tomar el sol; decía que lo único más asqueroso que ver bajar la sangre hacia el océano era que dos señoritas se vistieran como fulanas. En aquellos años todavía no decían nada de cáncer de piel ni de cremas solares, y nosotras, una blanca como la leche y la otra cubierta de lunares, nos tumbábamos en la arena a partir de las cinco, que era la hora buena, en la que hacía menos calor y no te ponías langosta después de diez minutos.

No recuerdo por qué elegíamos aquella playa. La de la Herradura, que estaba más cerca de mi casa, era más grande y bonita. Seguramente era porque nadie quería ir a la del matadero y casi siempre estaba vacía. Nadie quería ver el reguero interminable que se arrastraba hasta el agua, ni escuchar el grito de los cerdos. También por eso íbamos por las tardes, cuando los animales ya no se quejaban y, ya muertos, le ofrecían su sangre a las olas y su carne a las tiendas de la ciudad.

Recuerdo que lo primero que nos venía al cuerpo era el olor, esa peste a orgánico y violencia. Creo que hoy en día no podría soportarlo, pero nosotras nos encogíamos de hombros, tendíamos nuestras toallas en la arena y corríamos a remojarnos los pies en el agua, aquí transparente, donde todavía no llegaba el rojo. Era como tener una playa privada; ocultas por las rocas, grandes y resplandecientes por el beso del agua. A veces nos bajábamos el bañador para enseñar nuestros pezones asustados al sol, tal y como habíamos visto hacer a las nórdicas en la playa del Jurel. Ahora que lo pienso, creo que ese fue el primer acto transgresor que llevó a lo otro, pero en ese momento era inocente, desvinculado de la llamada del matadero.

Ocurrió al cabo de dos semanas. No entiendo la diferencia, ya que llevábamos cuatro años visitando aquella calita. Tal vez fue el calor, que aquel agosto era pegajoso y lento, como si solo por pisar la calle la tensión ya fuera descendiendo poco a poco, hasta dejarnos inertes sobre nuestras toallas, para luego ir activándonos conforme el sol se despedía. Ese día el agua tenía un brillo especial, como si reaccionara con gusto a la luz. La sangre olía más que de costumbre y también relucía de un modo distinto, extrañamente hipnótico.

Y yo no sé cómo empezó todo. El calor, las chiribitas del sol sobre el carmesí, el blanco de la piel de Gala que ahora empezaba a dorarse, y el rosa de la carne descubierta. Por primera vez nos acercamos a la sangre desde la orilla, la miramos confundidas, como si la viéramos por primera vez. Gala hizo lo impensable e introdujo un pie en el agua espumosa y encarnada, y se estremeció, aunque no estaba fría. Subió el pie hacia la arena y pronto estaba allí, con los dos pies descalzos metidos de lleno en el río de sangre, y yo con ella. Introdujo la mano y la sacó encendida, viscosa. Dibujó un pequeño círculo alrededor de mi ombligo.

Lo demás que recuerdo es a ráfagas, por imágenes inconexas. Sé que en el resto de mi vida no he sentido nunca nada parecido, nada que se acercase a aquella mezcla de excitación, de desespero. Sé que nos mordimos, que pataleamos y que arañamos, porque cuando llegué a mi casa estaba llena de moratones y heridas. La abuela estaba convencida de que algún hombre me había atacado y me tuvo encerrada en casa el resto del verano. Pero no había sido un hombre, sino Gala, y yo a ella, mientras nos restregamos la una sobre la otra y sobre la sangre y sobre el rojo y gritamos y gemimos y nos quejamos porque hiciéramos lo que hiciéramos sobre la sangre nunca sería suficiente para contener aquella angustia, aquella necesidad animal de morir y gozar al mismo tiempo.

Gala no regresó al verano siguiente. Ni siquiera se explicó por carta; me enteré por su prima Yolanda de que sus padres habían decidido probar suerte en Santa Pola. No me sentí decepcionada, ni enfadada. Yo tampoco quería verla. No podría mirarla a la cara y ver en sus ojos aquella misma fiereza, aquella parte de mí reflejada en sus pupilas.

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Imagen Walking por cortesía de usamedeniz / FreeDigitalPhotos.net

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16. Black Magic Woman (relato breve)

junio 22, 2014 — by Gabriella6

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Cuando tenía doce años, Irene parió un delfín. Ella no recuerda ahora nada, lo sabe porque se lo han contado sus padres, porque lo presenció media ciudad y porque salió en las noticias de las dos.

Le contaron que aquella mañana de playa se metió en el agua y dio a luz. Gritó, lloró y su madre corrió al mar, asustada. Pero ya había ocurrido: fue rápido y lo vieron los bañistas. Alrededor de Irene la sangre tiñó la superficie de rojo y los peces pequeños nadaron hacia ella, atraídos por el sabor de sus entrañas. De su interior escapó un mamífero plateado y ojos inteligentes, una criatura brillante y sinuosa que surgió de su vientre y se perdió en la bruma y las olas. Nadó lejos, hacia el horizonte, e Irene nunca volvió a verlo. Una chica en bikini rojo lo grabó todo con la cámara de su teléfono móvil, y los medios de comunicación analizaron las imágenes al milímetro.

El mundo científico decidió que era imposible y que debía de tratarse de un aborto natural, acompañado de engañosos efectos ópticos, o de un montaje. Después de todo, las niñas de doce años no dan a luz a delfines.

Irene no recuerda haber estado embarazada. Recuerda haber tenido dolores de estómago, y haber estado un tanto hinchada, como si tuviera gases. Nada sabe ahora del parto en sí, como si fuera un mal sueño olvidado al despertar. Pero la ciudad recuerda. La ciudad lo vio. A los seis meses del incidente, tuvo que dejar el colegio. Hasta su mejor amiga desapareció. Se marchó a otra ciudad, se desvaneció como el delfín. Irene se quedó sola.

Se educó en casa, como pudo. Sus únicos amigos estaban en Internet, personas que no sabían que Irene había parido un delfín. Aun así, cuando conseguía verlos en persona, en ciudades ajenas, en pueblos distantes, con solo mirarla, lo sabían. Sabían que Irene estaba tocada por algo extraordinario. Se excusaban, la abandonaban con cualquier frase insignificante.

Pero ahora es diferente. Ahora ha conocido a Simbad, y algo le dice que este será distinto. Simbad tiene una habitación llena de parafernalia mística, de imágenes de sirenas y centauros. Simbad es asesor financiero, pero sus intereses vuelan con los OVNI y los chemtrails. Simbad no ha parado hasta encontrar a la chica que parió un delfín en una ciudad pequeña, casi desconocida, rodeada de mar y de superstición, de callada irritación hacia la niña bruja que los hizo quedar como mentirosos y farsantes. Ningún hombre la ha tocado desde entonces. ¿Quién puede competir con el hombre que preñó a una niña para que pariera un delfín?  ¿Quién puede competir con un ser diabólico, ya sea de la tierra o los infiernos?

Simbad corteja a una Irene de veinte años, sorprendida y halagada por su interés. Irene es una virgen prohibida, una doncella que no es doncella. A veces se imagina como la dama perfecta, madre e inocente a la vez, y para Simbad es además un objeto de veneración, una María oscura. Lleva a Irene a restaurantes caros, le compra pulsaras Pandora y la cubre de vestidos largos y vaporosos como la mujer-hada que es. A pesar de sus veinte años, Irene es ingenua, carece de experiencia. Y cuando al fin Simbad la invita a su hogar a enseñarle su colección de rarezas, Irene entra confiada, bailando al son de una música imaginaria y el ritmo del primer amor. Simbad la tumba en su cama king-size y la penetra mientras ella niega con la cabeza y le dice que no, que no está preparada. Tal vez nunca estará preparada, pero Simbad jadea encima como un depredador distraído, uno que se alimenta de la presa sin preocuparse siquiera por rematarla antes. Tiene algo de felino, algo de lagarto. Tiene un par extra de colmillos, que se relame mientras se corre dentro de Irene, mientras le grita palabras arcanas sacadas de algún libro esotérico forrado en piel de raya. Irene es más que una mujer, es un receptáculo. Irene es su experimento, su conjuro, y eso es lo peor. La deja marchar, pero sabe que la semilla sobrevivirá. Tiene que hacerlo.

 

Irene sale al mar, como hace ocho años, con los bolsillos tan llenos de piedras como Virginia Woolf. Ya no volverá a la orilla. De nuevo grita de dolor, su útero se retuerce y la vida busca salir, busca nadar en busca del horizonte, como ya hizo su hermanastro, como hace ocho años. De entre sus piernas surge una estela gris, una criatura angulosa y feroz que se abre paso a dentelladas.

Con veinte años, Irene pare un tiburón. Pero esta vez seguirá a su hijo hasta las profundidades, se perderá para siempre bajo la arena del abismo. Mientras da su última bocanada de aire se pregunta si allí abajo estará el delfín esperándola; si tal vez existe, en una ciudad submarina y olvidada, algún ser mágico que la visitó en su momento, el padre de su primera criatura. Pero no recuerda, no recuerda. Solo sabe que existe entre la tierra y el agua, en ninguna parte, hija de la sal y la nada. Se convierte en espuma de mar, como la sirena de aquel cuento de Christian Andersen.

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Imagen Gold Fishes por cortesía de basketman / FreeDigitalPhotos.net

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15. En el país de los ciegos (relato breve)

junio 12, 2014 — by Gabriella3

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Javier se quitó las gafas y resopló, cansado. Miró el reloj que tictaqueaba encima del estante: las nueve y media. Llevaba desde las tres sin levantarse de aquel banco más que para ir al servicio o servirse más café. Al mediodía solo había comido un trozo de tarta que le había dejado en la nevera Matilda, la asistenta, un pedazo de pastel de chocolate que había sobrado de su cumpleaños. Ahora sus tripas hacían ruidos que prefería ignorar. Por una vez, se alegró de estar a solas en aquel viejo caserón.

Sabía que era hora de dejarlo, de abandonar el trabajo por hoy. Pero cuando miraba aquel ojo perfecto, aquella órbita blanca de iris dorado y pupilas negras como el carbón que rugía ahora en la estufa, le costaba levantarse. Aquella era, posiblemente, su mejor creación. Había fabricado ya corazones, pulmones, riñones e hígados, todos de una belleza sublime, de una precisión imposible. Pero nada como aquel ojo blanco, negro y dorado. Nada como aquella córnea, aquel cristalino y esa retina, esa retina que le había llevado meses componer. Los materiales eran difíciles de conseguir, y había peleado por carta, teléfono y telegrama con sus proveedores habituales, hasta dar con una pequeña empresa china que tenía un material lo bastante flexible. Una vez conectado el nervio óptico al cuerpo del huésped, aquel ojo sería útil para cualquiera.

Pero no era para cualquiera, no. Este ojo era para Rebeca, la hija del posadero. Desde el primer momento en que había posado la vista en ella, supo que era la única mujer que amaría. Javier no había amado nunca, así que fue todo un escándalo para su sistema, todo un desencuentro en su psique y su cuerpo que tardó bastante en identificar. De primeras pensó que había caído presa de alguna enfermedad exótica, de esas que tanto le gustaba investigar en sus grandes manuales y compendios de medicina. Tal vez, de tanto pensar en ello, se había manifestado una ceroidolipofuscinosis, o se había gafado a sí mismo de tanto leer acerca del Síndrome de Churg-Strauss. Mas, como buen científico, tras una labor exhaustiva de deducción y frecuentes visitas a la posada del padre de Rebeca, fue descartando opciones y tuvo que enfrentarse a la terrible verdad: ¡él, un hombre meticuloso, objetivo y racional, había caído en las redes de una mujer! Y no de una mujer cualquiera, no. Rebeca era amable, inteligente, sensata y bien parecida; todo lo que no eran otras jóvenes de su edad, que se reunían en la plaza y se reían del pobre fabricante de órganos cuando paseaba por allí con su bata sucia y raída de loco de laboratorio. Rebeca era radiante como el sol de una mañana tras la tormenta, hermosa como una explosión de luz y color. El único defecto físico de Rebeca, la única tara en su lindura de tabernera de cuento, era que había nacido con un solo ojo. Siempre llevaba un parche negro para ocultar su cuenca vacía, para no asustar a los clientes de la taberna. A Javier le habría gustado ver ese agujero, esa ausencia, entender cómo encajarlo a la perfección con su nervio artificial, pero nunca se había atrevido a pedírselo.

Y hoy, emocionado, atravesaba la plaza corriendo, entraba a pasos largos en la taberna y le presentaba su regalo. Ahora que lo veía de nuevo, frente a ella, entendía que era perfecto. Pese al color diferente del iris, este ojo era el ojo ideal para Rebeca. Supo que encajaría como una pieza precisa de relojería, que sería lo que la haría feliz, lo que la haría completa. Esperó unos segundos, analizó la mirada de la hija del posadero, a la espera de gritos, felicidad y agradecimiento entusiasmado.

Pero su reacción no fue así, en absoluto. Rebeca suspiró, irritada.

―Javier ―le dijo―. Me caes bien. A diferencia de otros, creo que eres una buena persona, a tu manera. Y no hay duda de que eres un hombre listo, muy listo. Pero de hombres listos está el mundo lleno.

Le hizo un gesto para que la siguiera, y él obedeció, decepcionado por un lado por su indiferencia; curioso por otro por lo que tendría que enseñarle. Ella abrió una puerta en la parte trasera de la posada y lo condujo por unas escaleras que bajaban al sótano. Javier la siguió, con cuidado de no rozar las paredes mohosas y húmedas, de no tropezar con barriles de cerveza y cajas sueltas. Al final de aquel subsuelo, abrió Rebeca una segunda puerta, pequeña, que conducía a un nuevo almacén. Este era más espacioso, y las cuatro paredes vestían de estantería.

Todos los estantes crujían bajo el peso de incontables cajas, urnas y recipientes de todo tipo. Rebeca le indicó que se sirviera, y Javier abrió una cajita al azar, un joyero de madera tallada con gusto exquisito. Dentro había un precioso ojo de cristal, cuyo iris estaba hecho de zafiros y cuya pupila era de precioso ónice. Contrariado, Javier siguió abriendo recipientes. En una urna, flotando en un líquido amarillento, un ojo perfectamente orgánico, una muestra biológica sin parangón, lo observaba con curiosidad. En otra, un ojo robótico giraba su cámara para enfocarlo mejor.

―Son ojos ―dijo él, maravillado―. ¡Cientos y cientos de ojos!

―Lo siento mucho, Javier ―le dijo Rebeca, y la lástima en su voz parecía sincera, aunque hubiera pronunciado aquellas mismas palabras cientos y cientos de veces―. Pero tus intentos son en vano. Sé muy bien de qué hombre me enamoraré, tal vez el hombre con el que acabe por casarme.

―¿Y quién será ese hombre? ―le preguntó Javier. Su estómago, encogido por los celos, había olvidado el hambre, había olvidado todo lo que no fuera aquel momento de humillación y envidia.

―Aquel que me quiera con un solo ojo ―respondió ella. Con elegancia y dignidad, dio media vuelta y salió de nuevo a la posada, lista para servir cerveza y estofado de ternera a los clientes de siempre.

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Imagen Human Eye por cortesía de dream designs / FreeDigitalPhotos.net