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Escribir es una elección (y no entendemos lo que eso implica)

abril 27, 2017 — by Gabriella41

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Si me dieran un euro por cada vez que he empezado a escribir una historia de queja y lamento en la ventanita de Facebook, Twitter o este mismo blog y luego le he dado a borrar en vez de a publicar, os invitaría ahora mismo a todos a una mariscada.

De esas que tienen un montón de bogavante, nécoras, percebes, camarones y un par de bueyes de mar especialmente gordos y lustrosos. Con champán, porque por qué no.

elecciónLo siento, cangrejitos de río, pero sois muy baratos para esta fantasía particular. Volved a casa o marchad a alimentar a alguien con un sentido menos exagerado del apóstrofe y el símil.

A nadie le gustan los quejicas. Pero eso no quita que todos tenemos días malos. O, como cantaban los Rembrandts en la apertura de Friends, semanas malas e incluso años malos.

Tenemos días de oh-por-favor-por-qué-estoy-haciendo-esto. De frustración, envidia, miedo, odio, lágrimas. Y luego hay días en que escribes la frase perfecta o te invitan a un evento que te gusta o aumentan un poquito tus ingresos en Amazon y te das cuenta de lo que has progresado y son de ah-ya-recuerdo-por-qué-hacía-esto.

Quiero hablar de las lágrimas, quiero hablar del sacrificio. Sé que no es un tema tan sexi como cuando hablo de sinopsis, corrección o de las camisetas que llevaba Jennifer Aniston en los noventa, pero sigue sorprendiéndome que tantos de los escritores con los que hablo siguen en negación, rechazando ese sacrificio y buscando la píldora mágica y milagrosa que los llevará al éxito.

(Existe en algún lugar imaginario un mundo donde el hecho de solo hacer lo que te gusta de tu trabajo te llevará a las fiestas de modelos en bikini que siempre soñaste. O tal vez eres más de soñar con modelos en calzoncillos, que de todo tiene que haber en la viña del señor Apolo, las musas lo guarden entre sus bellos y turgentes senos).

Hablaba la semana pasada con un amigo que siempre tuvo mucho talento para el diseño. Llevábamos años sin vernos, así que le hice La Pregunta, ya sabéis, aquella que hace que el destinatario se encoja de frustración, arrepentimiento o vergüenza ajena.

¿Al final perseguiste tu sueño?

No se la hice así, porque detesto esa expresión, como también sabéis muy bien, porque sois muy listos y tenéis una memoria excelente. Además, mi educación anglosajona es muy refinada, que para eso nací en la zona pija de Essex (para quienes no conozcáis la zona, esto me confiere la categoría de “mujer de moral liviana con dicción excelente, que sabe qué cuchillo debe usar en cada ronda de platos”. Que es, estoy segura, exactamente como me imagináis). Creo que le pregunté si se había dedicado al diseño, pero básicamente la pregunta era la misma.

Su respuesta fue sincera y práctica: no.

No se dedicó al diseño. Trabajaba como encargado en algún tipo de almacén. Amaba el diseño gráfico y no quería convertirlo en un trabajo, en algo obligatorio que llegase a odiar.

Tengo otra amiga que trabajaba en un periódico local, del que cuenta anécdotas grandes y coloridas. Allí, lo más sofisticado que hacían sus diseñadores era maquetar las noticias más aburridas del mundo y colocar estrellitas de colores que censurasen los pezones de las mujeres que se anunciaban en la sección de Contactos. Ya sabéis, contactos de esos donde quedas con alguien, pasas un buen rato, pero luego tienes que dejarle unos billetes en la mesilla de noche.

(Si hay mesilla de noche).

elecciónPor solo veinte euros más, podemos jugar a "qué objetos de mi habitación son juguetes sexuales y cuáles son elementos decorativos sintomáticos de mi mal gusto".

Mi amigo el encargado de almacén no quería acabar poniéndole estrellitas a prostitutas en los pezones.

Así que se buscó un trabajo estable, que le permitía un sueldo estable, que le permitía poder viajar y disfrutar de su vida. Algo le debía de reconcomer lo del diseño, eso sí, porque justo ahora se ha marchado a otra empresa, donde le pagan mucho menos, pero que tiene un departamento estupendo de diseño gráfico donde planea meter la patita.

Mi amigo racionalizó por completo su pasión. Quería dedicarse a eso, sí, pero con sus condiciones. Prefería trabajar en algo que no tuviera que ver y poder hacer cosas importantes como, por ejemplo, comer y vivir en una casa, antes que colocar estrellitas y terminar por odiar aquello que siempre le había enamorado.

¿Por qué os cuento esto? Aparte de la afición por leerme a mí misma (a veces poniendo voces), sí, esta introducción tiene su sentido. Es que la moraleja de esta historia es doble, creo yo.

escribir es una elección

Tu pasión como una decisión consciente y meditada

Primero está la moraleja de que no tiene nada de malo intentar ser práctico y ganarse la vida con algo que no sea tu pasión, por mucho que nos vendan lo contrario una y otra vez (¡deja tu trabajo aburrido y persigue tus sueños!). Lo importante no es tanto trabajar en tu pasión, sino apasionarte con tu trabajo. Mi admirado Cal Newport lo explica muy bien: habla de la diferencia entre seguir tu pasión y cultivarla.

elección del escritor

Tú defiendes el hecho de cultivar una pasión, en vez de perseguirla. ¿Cuáles son las diferencias clave?

Perseguir implica que descubres primero la pasión, y luego vas y la asocias a un trabajo. Y ahí ya has terminado.

Cultivar implica que vas creando pasión por tu trabajo. Este es un proceso más largo, pero a la larga ofrece resultados mucho mejores. Te exige que consideres tu trabajo con la perspectiva de un artesano. Que mejores tu habilidad y que, una vez hayas acumulado el valor necesario, puedas darle forma a tu vida laboral con la vista puesta en un estilo de vida que te convenza.

Lo malo de buscar una pasión a la que dedicarnos es que no siempre es fácil. Pocas personas tienen una vocación férrea y clarísima acerca de lo que quieren hacer el resto de sus vidas. Cambiamos, probamos, nos descubrimos y nuestra forma de pensar se modifica también.

Por mucho que te guste escribir, escribir está lleno de cosas que probablemente vas a odiar, como por ejemplo los impuestos, las reglas de ortografía y la decimoséptima corrección de tu novela. Y a lo mejor te das cuenta de que a ti lo que realmente te gusta es el proceso de edición y te acabas dedicando a la corrección o a editar libros ajenos, o igual te enamoras tanto de la parte de marketing que te especializas en eso. Quién le diría a Ana González Duque, profesional médico que comenzó escribiendo chick-lit, que acabaría siendo un referente en mercadeo online o a Rosa Morel que acabaría dedicando gran parte de sus esfuerzos de copywriter a ejercer de docente para compartir sus habilidades con otros.

Pongo estos dos ejemplos porque son personas a quienes conozco y respeto, pero seguro que se os ocurren muchos más.

Empiezas escribiendo y quién sabe dónde terminarás.

Como dice Cal, no se trata tanto de tu pasión, de aquello que amas, sino del estilo de vida que quieres para ti.

Y sí, estilo de vida también puede ser fregar platos en un bar de mala muerte en Londres si eso significa ganarte la vida y poder estudiar mientras, o si necesitas mantener a tu familia, a la que quieres. No me refiero solo a ese lifestyle design que nos venden esos coaches, esas piscinas y mariscadas y champán de los que tanto hablo.

elecciónDiría que fantasear es gratis, pero te pones a sumar la electricidad, la lata de Coca-Cola y la tarifa de internet que me ha costado escribir este artículo, y no es del todo cierto.

Vamos ahora a lo realmente crucial de todo este asunto. Como en el caso de mi amigo, es hora de que aceptemos que un estilo de vida consciente, decidido, exige sacrificios. Y esa es la segunda parte de la moraleja.

También es cierto que los sacrificios no son los mismos a lo largo de nuestra vida.

Las cuatro fases vitales de Mark Manson

Según el bloguero Mark Manson, la vida se divide en cuatro etapas. No todo el mundo pasa por las cuatro (y desde luego nadie lo hace del mismo modo).

  1. Una etapa de aprendizaje, en la que imitamos lo que hacen los que nos rodean para entender y aprender cómo funciona la sociedad en la que vivimos. Esta etapa sería la infancia y parte de la adolescencia, sobre todo, aunque es evidente, como apunta Mark, que hay adultos que se han quedado aquí clavaditos, obsesionados por hacer siempre lo que los demás esperan de ellos.
  2. Una etapa de independencia, en la que comenzamos a darnos cuenta de que podemos tener nuestras propias opiniones y tomar decisiones fuera de las convenciones sociales. Puede ser una etapa de rebelión y autodescubrimiento: es una etapa en la que probamos muchas cosas diferentes porque todavía no tenemos muy claro qué queremos. Al igual que con la primera etapa, hay personas que se quedan para siempre en esta fase, obsesionados por una búsqueda constante de algo mejor, más interesante.
  3. Una etapa de decisión, en la que somos por fin conscientes de que nuestro tiempo es limitado y que tenemos que tomar una serie de elecciones y sacrificios para poder hacer lo que es importante para nosotros. Por eso es la etapa en la que la gente tiene que enfrentarse a la decisión de tener o no tener hijos, si casarse o no, si cambiar de carrera, etc.
  4. Una etapa de finalización, donde nos preocupamos sobre todo por asegurarnos de que se perpetúe nuestro legado. Suele corresponderse con la jubilación.

Hay muchos matices en estas cuatro etapas que no caben aquí, es evidente. Y el paso de una a otra no es siempre limpio ni claro. Pero me gustaría que nos fijásemos ahora en esa tercera etapa, ya que el paso de la segunda a la tercera suele resultar de lo más problemática.

Sobre todo porque exige una serie de sacrificios que no esperábamos en la segunda. Cuando somos jóvenes, pensamos que siempre hay tiempo de experimentar y de probarlo todo, y que siempre podemos cambiar de opinión.

Hasta que llegamos a la tienda.

La tienda horripilante de Jon Morrow

Yo hablé hace poco de todo lo que tenemos que abandonar para dedicarnos a la escritura, pero en realidad era un artículo optimista, que hablaba del abandono de malos hábitos y formas de pensar. Pero luego está la otra cara de la moneda: las cosas que queremos y amamos y que debemos abandonar. En definitiva, los sacrificios.

Otro bloguero al que admiro, Jon Morrow, lo explicó a las mil maravillas hace poco. En un artículo excelente, creó una metáfora sobre el precio del éxito que me parece tan escalofriante como realista.

Morrow nos pide que imaginemos una tienda. Es una tienda mágica, con estanterías repletas de todo aquello que queremos y deseamos. El desagradable truco está en que en esta tienda no podemos comprar con euros, dólares, bitcoin ni doblones neptunianos. Compramos con sacrificios.

Por ejemplo, imagínate que quieres “comprar” ser un emprendedor de éxito:

elección del escritor

¿Quieres convertirte en un emprendedor de éxito?

Puedes “comprarlo” al precio de 10-20 años en los que estarás al borde de la bancarrota, solo dormirás 4-6 horas por noche, escucharás como todo el mundo te llama idiota y te pelearás en silencio con tus miedos y ansiedad, sabiendo que no puedes revelarle a tus empleados e inversores lo asustado/a que estás, porque dependen de ti para tener confianza.

“Eso es horrible —dices—. El precio es demasiado alto”.

Así que buscas algún “producto” que te parezca más razonable: una familia que te quiere.

Puedes “comprarlo” al precio de 30-50 años en los que antepones sus necesidades a las tuyas, te preocupes por su seguridad, coges trabajos que pagan bien en vez de coger trabajos que te hagan sentirte realizado/a, luchas contra el tráfico durante una hora todos los días para ir al trabajo porque vives en las afueras, ignoras a cada persona que te atraiga, y mueres con la pregunta callada y secreta de cómo habría sido tu vida si hubieses elegido quedarte soltero/a y perseguir tu pasión”.

“Eeeeh… esta tienda apesta”, dices. Y es cierto, pero la verdad terrible es que es totalmente real.

No podemos tenerlo todo, como decía aquel poema de Silvia Plath y como dijo James Clear en su teoría de los cuatro fuegos. Para hacerlo aún peor: si no elegimos nada, paralizados por la indecisión, todos los frutos de la higuera que describe Plath se marchitan; todos los fuegos de Clear se apagan.

A veces suspiro un poco, porque amo muchas cosas y tal vez, solo tal vez, podría haberlas elegido. La música, el arte y demás. ¿Podría haber sido cantante? ¿Artista? ¿Joyera o artesana? ¿Podría haber vivido de esas cosas? Nunca lo sabré y tampoco importa. Lo importante es que tomé mi decisión.

Mi decisión es escribir, y el coste de esa decisión en la tienda de Morrow ha sido elevado.

Está siendo elevado. Siempre será elevado.

Empero…

(Tenemos que usar más esa palabra).

Pese al trabajo, la pelea económica, la desesperación, la frustración cuando un proyecto no sale adelante, cuando hay malas críticas o cuando las ventas no acompañan, nunca había estado tan segura de algo. Nunca había estado tan orgullosa de una decisión. Y es que el dolor que trae una decisión difícil es mejor que el dolor que trae no decidir.

Sí, podría haber sido cualquier otra decisión, cualquier otro camino.

Si ya has entrado en la tercera fase de tu vida, te toca elegir.

¿Quieres escribir? Puedes, igual que puedes elegir cualquier otra cosa. Puedes escribir por gusto, como afición. Escribir por puro amor al arte es maravilloso.

Empero…

Si quieres grandes resultados, sabes que eso no es suficiente.

Sé consciente de los sacrificios, del precio en la tienda de tu vida.

¿Estás dispuesto/a a pagarlo?

¿O vas a quedarte sentado quejándote, como todos los demás?

Seth Godin y la culpa que siempre es de “ellos”

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No existe “el sector”

Es fácil decir que “la culpa es del sector” o que “es que el sector no lo entiende”.

Pero como no hay nadie al mando, como no hay un método de imposición coherente, esto no es más que una manera de decir las cosas. No existen el sector ni la economía ni el mercado. Solo personas.

Y las personas… las personas pueden pasar a la acción si algo les importa.

Me cansan los que se quejan de lo mal que está el sector, de lo difícil que es todo. No digo que no tengamos que ser críticos (eso es distinto), pero casi nunca veo que los que se quejan tanto anden haciendo algo por conseguir los cambios que necesitamos, por pasar a esa acción que dice Godin. Llevo más de diez años aportando, peleando por esos cambios, y me siento mucho más optimista que ellos, pese a todo lo que está en nuestra contra.

Lo dice mucho Joanna Penn, junto con otros grandes indies, y estoy de acuerdo: es el mejor momento para ser escritor. Precisamente por los grandes cambios que entre todos estamos propiciando en el sector, en la industria.

Dejemos de lamentarnos y seamos nosotros las personas que creen nuevo territorio y produzcan los cambios que necesitamos. Formemos pequeñas editoriales, grupos y talleres; seamos híbridos; negociemos nuestros contratos; paguemos a otros profesionales como nosotros; ayudemos a los que lo merecen; abandonemos la mentalidad de cultura gratis que nos invade y exijamos un pago digno por nuestro trabajo (y por el trabajo de los demás); exploremos nuevas formas de promoción, de expansión, de enseñanza y aprendizaje…

Apoyémonos entre nosotros. Produzcamos calidad, produzcamos belleza imposible de ignorar. Compartamos nuestro conocimiento, en vez de guardarnos nuestros secretitos de mentes pequeñas y celosas.

Dejemos de quejarnos por los terrible sacrificios que nadie nos ha obligado a asumir. Otros ya tienen sus propios sacrificios: han tomado elecciones distintas.

Nadie me ha puesto una pistola en la sien y me ha obligado a redactar este post. Nadie me ha torturado con canciones de Alejandro Sanz en bucle para forzarme a ser escritora. Tampoco me dijeron qué involucraría, pero ahora lo sé y lo acepto.

Entré en esa tienda y señalé hacia ese objeto brillante de la estantería alta.

Cada día, poco a poco, lo tengo más cerca.

Quién sabe, a lo mejor nunca lo alcanzo. La estantería es alta de cojones narices. Pero menudo camino. Menudo proceso.

Escribir en serio es una elección. Es mi elección.

¿Es la tuya? Y, lo más importante:

Espero que seas consciente de todo lo que implica.

 

P.D.: ¿Todavía estás cantando la canción de Friends en tu cabeza?


el cielo rotoBajo el segador había otro cruzado. Las espinas del monstruo lo habían perforado, pero su cabeza estaba intacta: serviría. Adra se acuclilló junto al cuerpo y se quitó el guante izquierdo. La mano que quedó a la vista estaba despellejada, recubierta de sangre seca; podía intuirse el entramado venoso entre los músculos y tendones. Arrancó la cota de mallas al cadáver y le desgarró la túnica para después colocar la palma de su mano sobre el corazón.

Este volvió a latir al instante.

(De Crónicas del fin, Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina).

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8 atajos para recuperar la motivación (y otros recortes literarios)

septiembre 4, 2015 — by Gabriella6

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Aburrimiento. Indecisión. Sin metas fijas, sin ilusiones. Sin saber hacia dónde tirar. Sin motivación.

¿Te suena de algo?

La motivación no es determinante para conseguir algo: lo determinante es el trabajo diario y para eso nunca hay motivación suficiente. Aun así la perseguimos, a la busca de la nueva emoción, de ese subidón que nos da comenzar un nuevo proyecto o leer un libro que nos restaura la fe en nosotros mismos.

Hay detonantes, trucos que nos permiten volver a ponernos en el camino adecuado o, por lo menos, en el camino menos nefasto (ese que conduce a la abulia y a la desesperanza). Atajos para recuperar la ilusión.

De eso quiero hablaros hoy.

A riesgo de pisarme con mi artículo sobre cómo volver a enamorarte de la escritura, creo que merece la pena comentar los hacks para recuperar la motivación que propone Steve Pavlina. Más que nada porque no solo sirven para darle un acelerón a tu escritura, sino también a tu vida en general.

Pavlina es un ser polémico y yo misma desconfío de mucho de lo que escribe. En el último par de años se ha vuelto un poco demagógico para mi gusto y tiene salidas new age que a veces huelen a pseudociencia y a espiritualismo exacerbado. Pero eso no quita que, cuando no está hablando de talleres de crecimiento personal, de subjetivismo extremo y de su comunión con el mundo, siga proporcionando contenidos realmente buenos. Recomiendo su blog también por sus experimentos variados, desde el sueño polifásico hasta el poliamor y el BDSM. No se corta un pelo y personalmente admiro mucho su valentía a la hora de enfrentarse a supuestos fundamentos de nuestra vida diaria.

Pero vamos a lo que vamos. Hace poco publicó en su blog un artículo con atajos para volver a encender la chispa de la motivación. Aquí los traigo, calentitos: