main

recortes

Woolf, Friedman, Altucher, Barry, Gaiman, Godin y Hill. Recortes de la semana

febrero 27, 2015 — by Gabriella9

7082185341_70ee06f47b_b.jpg

Chica leyendo

Esta semana ha estado cargadita de lecturas interesantes, y vengo a traeros mis favoritas. Por lo demás, ya sabéis las novedades:

  • Ayer salió a la venta Amanecer, la novela corta de ciencia ficción de José Antonio Cotrina que os he recomendado ya unas mil veces.
  • Mañana Esta tarde saldrá un email a la lista de correo con el ganador o ganadora del sorteo de este mes. Os recuerdo que sorteo dos ebooks: Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza y El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega. Si no te has apuntado todavía a mi lista de correo, igual no llegas ya a tiempo para este sorteo, pero sí para el del mes que viene.

Y ahí van los recortes. Como siempre, las traducciones son mías, y son rápidas e imperfectas, pero servirán:

Virginia Woolf habla de la constante duda del escritor, vía Brain Pickings:

Virginia Woolf

Cualquiera que conozca en lo más mínimo los rigores de la composición no necesitará que le cuente esta historia en detalle; de cómo escribió y parecía bueno; de cómo lo leyó y le pareció horrible; de cómo corrigió y rasgó el papel; recortó; insertó; estuvo en éxtasis; desesperó; tuvo sus noches buenas y sus mañanas malas; se agarró a ciertas ideas y las perdió; vio claramente su libro frente a él y este luego desapareció; interpretó a sus personajes mientras comía; reprodujo sus palabras mientras paseaba; ahora llora; ahora ríe; vaciló entre este estilo y aquel; ahora prefiere lo heroico y pomposo; luego lo claro y sencillo; ahora los valles de Tempe; luego las praderas de Kent o Cornwall; y no pudo decidir si era el genio más divino o el mayor idiota del mundo.

Poco más se puede decir de la tarea de escribir. Creo que Virginia lo resume a la perfección.

Uso del color en las descripciones de American Gods

American Gods

En una habitación de color rojo oscuro ―el color de las paredes se acerca al del hígado crudo― hay una mujer alta vestida de forma caricaturesca, con pantalones cortos de seda apretada, los senos empujados hacia arriba y hacia delante por la blusa amarilla que lleva atada bajo ellos. Su cabello negro se amontona en un nudo alto sobre su cabeza. Junto a ella hay un hombre de baja estatura, con una camiseta aceituna y vaqueros caros y azules.

No hagáis mucho caso del estilo de la traducción (American Gods ya tiene una traducción mucho mejor hecha), solo es un acercamiento rápido para que veáis el uso del color (pongo vaqueros azules, aunque blue jeans en EEUU suele referirse a vaqueros en general, para incluir esa nota cromática en el conjunto). Rojo hígado, amarillo chillón y sedoso, negro (colores fuertes, extravagantes) frente a aceituna, azul elegante (sobriedad, normalidad)…

Gaiman consigue aquí hacer una descripción clásica, tipo retrato, y sin embargo la dota de una vida especial al hacer casi fotográfica su impresión. Ninguno de esos colores está puesto por azar. Es algo que me encanta de la prosa de Gaiman en este libro: una aparente sencillez que esconde mucho más. Como dicen los expertos: conseguir que algo parezca fácil implica muchos, muchos años de práctica.

Seth Godin y por qué gratis no es una obligación de consumo

godinLos bufés (como la vida, organizaciones, proyectos, arte…) no son realmente “todo lo que puedas comer”. Son “todo lo que quieras comer”. Que es algo totalmente distinto. Solo porque puedas tenerlo no significa que quieras. Solo porque hemos pagado por ello no significa que debamos usarlo todo.

Aplíquese a lo que se quiera. A la sal gratis de los restaurantes de comida rápida (el ejemplo que pone Seth), a los ebooks gratuitos que nos descargamos como locos, a todos los canales de televisión disponibles… Prioridades, elección. Tenemos una elección. La libertad puede ser ilusoria, pero ejerzamos la que tenemos.

Esto también se enlaza con el problema del consumo exacerbado, y la adquisición de productos que ni siquiera llegamos a utilizar. Lo cual nos lleva a una producción ridícula para un mercado que ni siquiera compra. Y eso se ve muy bien en los libros, como explica Hoja en blanco al analizar por qué se editan tantos libros si en realidad casi nadie lee.

James Altucher y la importancia de meter la pata

Altucher

Si no estás obsesionado con tus errores, es que no amas tu campo lo suficiente como para mejorar.

Haces preguntas malas: “¿Por qué no sirvo para esto?”, en vez de preguntas buenas: “¿Qué he hecho mal y cómo puedo mejorar?”.

Cuando siempre te haces buenas preguntas acerca de tu trabajo, te haces mejor que las personas que se paralizan a sí mismas con preguntas malas.

Creo que esto se puede aplicar a cualquier campo, pero es fundamental en la escritura. Si en vez de lamentarnos por las cagadas nos preguntamos cómo nos pueden servir para avanzar, aprenderemos y progresaremos a un ritmo mucho más rápido. Me llevó mucho tiempo entender esto, me temo.

Benjamin Mako Hill y el deporte como puente entre clases sociales

Benjamin Mako Hill

Hace unos años, estuve en una charla que dio Michael Albert en el MIT, donde criticó a los intelectuales estadounidenses por lo que él consideraba un desprecio cultivado hacia los deportes profesionales. Albert sugirió que los deportes reflejan un tema al que siempre recurrimos para hacer conversación ligera y para construir comunicación más allá de clase y contexto. Sugirió que casi todas las personas que usaban el término lucha de la clase obrera eran incapaces de tener una charla intrascendente con miembros de la clase obrera, porque, a diferencia de la mayoría de personas de clase obrera (y la mayoría de la gente en general), las personas con estudios cultivan, de forma sistemática, su ignorancia acerca de los deportes.

Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que lleva rondándome la mente desde hace tiempo. En España, donde hay una mayor diferenciación entre sexos en lo que se refiere al deporte (en EEUU, por ejemplo, muchas más mujeres disfrutan de la cultura del deporte, pero en España verás muchas menos mujeres que hombres en un partido), parece haber dos lenguajes que sirven de puente entre cualquier tipo de persona: el fútbol (o fórmula uno, o baloncesto, el deporte de tu preferencia, pero sobre todo fútbol) para los hombres, y la moda para las mujeres. Digo moda, y no cotilleos tipo Cuore o Sálvame, la otra opción más evidente, porque estos sí pueden incomodar a una persona de cierta clase social e intelectual. A un porcentaje altísimo de las mujeres nos interesa la moda, ya sea respecto a un bolso comprado en los chinos o a unos zapatos Loboutin. Yo misma, en situaciones sociales  con personas con las que realmente no sé qué temas tratar, sé que puedo llenar el silencio ominoso con un cumplido hacia cualquier prenda que lleve otra de las mujeres (que a su vez llenará el silencio ominoso con una explicación pormenorizada de dónde, cuándo y por qué lo compró), y conozco varios casos de hombres que han cultivado interés en el fútbol para poder mantener conversaciones con personas por las que sienten afecto pero con los que tenían pocas aficiones en común (un padre o un hermano, por ejemplo). Hay una tendencia a despreciar determinados temas de conversación por considerarse de una calidad “inferior”, cuando a su vez son salvavidas que pueden unirnos, mostrarnos un punto de encuentro.

Jane Friedman sobre F. Scott Fitzgerald y escribir borracho

IMG_20150218_232551294

“Las historias que escribo cuando estoy sobrio son estúpidas… Razonadas, no sentidas”. De la misma forma en que los escritores pueden producir un trabajo mecánico por darle demasiadas vueltas al texto, también podemos llevar vidas mecánicas por pensarnos demasiado nuestras acciones.

En un artículo excelente que cierra el compendio Drinking Diaries, la escritora y ensayista Jane Friedman cita a F. Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby) respecto a escribir bebido y las ventajas que puede tener para acceder de forma menos controlada a nuestro subconsciente. Podrían ser las excusas de un borracho, claro, pero sí que es cierto que escribir con un par de cervezas o un vaso de vino a mí me ha ayudado a superar bloqueos que ni sabía que tenía (el truco está en saber dónde parar. Escribir borracho no sirve de nada; lo suyo es encontrar ese límite justo donde la censura interna comienza a derrumbarse). Es interesante además el artículo de Friedman en cuanto habla del alcohol como de una herramienta de autoconocimiento, de acceso al verdadero yo, frente a las historias anteriores del compendio, de otras autoras, donde el alcohol tiende a aparecer como un demonio, una tentación terrible que conduce a la miseria.

Y que alguien me explique por qué en ese libro la diferencia de precio entre el papel y el ebook es de poco más de un dólar.

Lynda Barry y escribir sin pensar

Lynda Barry

No traduzco esto, lo que dice es lo de menos. Pongo esta imagen por su mero valor estético.

Ya sabéis lo que es la escritura automática o libre (no esa en la que te posee un fantasma, sino freewriting). Suele implicar una escritura rápida, sin pensar. La viñetista y escritora Lynda Barry hace uso de esa escritura al revés: condenadamente lento. Escribe sus manuscritos con pincel, casi dibujando cada palabra, obligándose a pensar y detenerse en todo lo que hace. No sé si el resultado le servirá (los críticos y lectores dicen que sí), pero el proceso es muy hermoso.

Hay mucho más; ha sido una semana intensa (y muy anglosajona, prometo traeros más textos en español para la próxima). Por ahora os dejo con esto, y ya sabéis que para más enlaces y contenidos no tenéis más que seguirme en Twitter o en Facebook.

¡Feliz fin de semana!


Imagen de chica leyendo de Igor Shin Moromisato, en Flickr.

editorialescribirescritoresescrituralibrosliteratura

Siete cosas que muchos creen sobre el mundo editorial y que no son ciertas

junio 19, 2014 — by Gabriella22

baron-munchausen-74024_640.jpg

Ocurre en cualquier sector y en cualquier profesión: es difícil entender como consumidor, desde fuera, exactamente cómo se mueve todo por dentro. Los que no somos profesionales de la medicina no sabemos cómo funciona la industria médica ni cómo es exactamente el oficio del médico; los que no somos arquitectos no sabemos cómo diseñar una casa ni el trabajo que esto implica. Este desconocimiento es lógico: si quisiéramos saberlo y hacerlo todo no conseguiríamos acabar nada nunca. Y el sector de la escritura y de la edición no se libra: hay toda una serie de mitos curiosos sobre el mundo editorial que a veces me pregunto de dónde han salido. Tal vez parte de la culpa sean las películas de Hollywood, tal vez parte de la culpa sea de la propia industria, que gusta de presentar una imagen idealizada de su funcionamiento. Pero la realidad es que cuando alguien me pregunta a qué me dedico, muchas veces digo que soy correctora. ¿Y sabéis por qué? Porque si digo que soy escritora, tiendo a enfrentarme con alguno de estos puntos:

1) El autor vive de escribir:

iosphereSin duda, mi favorito. Creo que a muchos lectores les sorprendería averiguar que incluso ciertos autores que en España se considerarían “superventas” no pueden depender de los ingresos que reciben por sus libros. La mayoría de los escritores complementan su actividad con cursos, conferencias, talleres, y, ¡sí!, escribir libros para otros (los famosos negros); o bien tienen un empleo “normal” (lo que implica levantarse a las cinco de la mañana para conseguir avanzar en tu novela). Tened en cuenta que los porcentajes que reciben los escritores por cada venta son mínimos, que muchas editoriales se retrasan en los pagos (o directamente no pagan), que hay que pagar IRPF y que el mercado español simplemente no es muy grande. Hay pocos lectores, a no ser que consigas que tus obras se traduzcan y se vendan en otros países (muy difícil).

Por otra parte, la vida comercial de un libro es muy corta: después de apenas unos meses, las librerías comienzan a devolver libros no vendidos para hacer espacio para novedades, por lo que el ciclo de puesta en escena es breve, pero los contratos editoriales pueden ser para muchos años, por lo que puedes tener un libro parado, sin poder moverlo y sin que te esté proporcionando ningún ingreso, durante siete años o más. Cierto es que hay géneros que venden más y otros que venden menos, pero en cualquier caso tienes que producir muchísimo para obtener una mínima rentabilidad por un libro. Hay escritores líderes en su sector que pueden pasar más de un año sin ver un duro en regalías, entre editoriales que cierran, anticipos (muy bajos) que no se cubren y mil razones más. Menos mal que tienen además una profesión “de verdad”, ¿eh? Porque si dependieran de lo que escriben, estos señores no podrían pagar su hipoteca ni alimentar a sus hijos.

2) El autor es un artista bohemio que vive feliz por poder dedicarse a lo que le gusta:

hyena realityEste está relacionado con el punto 1. Para poder sacarle algún rendimiento a su trabajo, el escritor tiene que escribir MUCHO. Haced cuentas. Incluso si es una persona más o menos reconocida, que por lo menos tiene la suerte de tener editoriales medianamente solventes interesadas en su trabajo, no puede cubrir sus necesidades económicas anuales con un anticipo cada par de años y algún ingresillo de regalías. Debe complementar su escritura con otros empleos, como ya hemos dicho. Y este tipo de producción masiva (donde, además, tiene que mantener cierta calidad) requiere de disciplina y de una vida más o menos ordenada. Es fácil criticar a los que producen mucho (y es verdad que la calidad de las obras de los escritores muy prolíficos se ve afectada por esta falta de tiempo para cada producto, como es obvio), pero si eres un artista inspirado que conversa con las musas entre efluvios de alcohol y LSD probablemente veas afectada tu velocidad de producción (con la notable excepción de la generación beat estadounidense, Hemingway, y tal vez Edgar Allan Poe).

Y sí, utilizo palabras como producción y disciplina, que son horriblemente comerciales y frías, y necesarias para sobrevivir para el escritor medio. Por otro lado, el progreso no se obtiene sentándose a esperar a que vengan a visitarte las divinidades de la inspiración, sino currando como una mala bestia.

3) El autor es un robot sin sentimientos

1No deja de sorprenderme que, pese al punto anterior, pese a esa imagen de bohemio artista ultrasensible, el lector tenga a la vez una percepción del escritor como un ente elevado, robótico, más allá de los sentimientos y emociones que aquejan al más común de los mortales. Cuando un escritor tiene una rabieta por una mala crítica, por ejemplo, los lectores se indignan. ¡Tenemos libertad de expresión! ¡Qué derecho tiene este a enfadarse si digo que su obra es una gran montaña de mierda humeante! ¡Yo soy el lector, el consumidor, su único objetivo es complacerme! Del mismo modo, los lectores se sienten con derecho a expresar todo tipo de barbaridades, a opinar sobre la vida privada y las intenciones de los autores, sin que se les pase por la cabeza ni por un segundo que los escritores, como seres humanos particularmente vanidosos, se buscan en Google.

Ah, sí, habéis leído bien. Todos lo hacen. Y algunos, los particularmente sensibles, en vez de lanzarse a su piscina de oro a lo Tío Gilito mientras se ríen de esos pobres que creen que saben de literatura, se van a llorar a una esquina, con las luces apagadas.

Menos yo, claro. Yo dejo las luces encendidas, que soy una valiente.

4) Escribir es fácil

2Cuando leo que alguien tiene “una prosa sencilla”, siempre que no hablemos de prosa simplona, me llama la atención. ¿Sabéis lo difícil que es escribir bien con una prosa sencilla? Cuando somos jóvenes e incautos, todos queremos sorprender al lector con nuestra retórica amplia y extravagante, con nuestro dominio arcaico del lenguaje. Barroquismo y retruécanos, calambures y fuegos artificiales. Y acabamos con un montón de palabrería insulsa que realmente no dice nada.

Describir algo de forma precisa y fluida es difícil, j*****mente difícil. Muchas veces el exceso y el rococó son cortinas de humo para ocultar una ausencia. Esa prosa fácil de leer, amena y grácil, probablemente tenga un gran trabajo detrás (por no hablar de una buena maquetación). Del mismo modo, ciertos géneros menospreciados por ser, en apariencia, facilones, tienen toda una ciencia. La “alta literatura” siempre ha arrugado la nariz ante la space opera, por ejemplo, al considerarla simple evasión sin calidad literaria. Pero me gustaría a mí ver a alguno de esos autores de alta literatura escribir un párrafo sobre motores de taquiones, viaje hiperespacial y el ciclo reproductivo de determinadas razas alienígenas. Y lo mismo ocurre con el infantil, con el policíaco y, sí, hasta con el romántico (aunque todavía no se me ocurre ninguna excusa para lo de 50 sombras de Grey).

Por otra parte, hay una muy curiosa tendencia a pensar que una novela superventas de doscientas mil palabras se escribe sin experiencia previa, en un par de noches insomnes, con una botella de alcohol, una cafetera y un cenicero lleno de colillas. Gracias otra vez, Hollywood.

5) Los libros buenos se venden solos:

3Si un libro es bueno, los lectores se lo recomendarán entre sí y venderá a un ritmo desenfrenado. Por desgracia, no es así. Como ya hemos hablado por aquí, hay libros muy buenos que no llegan a los mil ejemplares en ventas, y libros catastróficos que venden como si con cada compra te regalasen un chalé en la playa. Detrás de los libros hay grandes (y minúsculos) esfuerzos de promoción, distribución y etc. No es casualidad que los libros de grandes editoriales vendan más que los libros de editoriales pequeñas. ¿Significa esto que los libros de las grandes son mejores? De hecho, no. Es solo que a) una marca reconocible le ofrece mayor confianza al consumidor, b) la promoción hace que el título sea reconocible y c) una gran tirada y una gran distribución consiguen que un libro llegue a más puntos de venta. Claro que hay libros buenos que venden mucho más de lo esperado, y libros que superan esa vida tan corta de la que hablábamos y se convierten en productos de largo recorrido que ofrecen ingresos a largo plazo.  Pero son minoría. Si escucháis (otra vez) la frase “es un libro que ha arrasado sin publicidad ninguna”, es muy probable que esa frase sea, precisamente, el eslogan publicitario para ese libro, ideado por una editorial de peso. Todo esto, por supuesto, está cambiando en cierta medida con el libro digital y el mercado de la autoedición vía Amazon, pero yo diría que es pronto para saber hasta qué punto.

6) Los libros son caros:

ID-100228277En España los libros son muy caros” es una frase que he escuchado una y otra vez. En cierto modo este es un círculo vicioso, ya que la gente no compra libros con la excusa de que son caros y, al no haber demanda, hay pocas ventas, se producen tiradas más bajas y el producto se encarece. En un mercado como el británico, donde el libro es barato, se produce el efecto contrario: los lectores compran libros tirados de precio en grandes superficies que se hacen la competencia de forma atroz y consumen este tipo de ocio a una escala mucho mayor, por lo que las editoriales producen tiradas más grandes y los ejemplares son más baratos. Claro que hay muchísimos factores más (personalmente sospecho que el mal clima de Inglaterra hace que tengas más ganas de quedarte en casa leyendo en vez de salir a la calle a echarte una tapa con tus amigos, por ejemplo), y el mercado del libro en el Reino Unido ya no es el que era, pero es un ejemplo interesante.

Imaginad un libro que cuesta 20 euros. De esos 20 euros, una parte se va a impuestos, otra se va al autor, otra se va a la editorial, otra se va a la distribuidora y otra al punto de venta. Dentro del porcentaje de la editorial, esta debe pagar a lectores, editores, traductores, correctores, maquetadores, portadistas, diseñadores e imprenta. Solo entre distribuidora y punto de venta se está yendo entre un 40% y un 65% de esa venta. Una editorial media hará una tirada, con suerte, de 2000-3000 unidades, que rara vez se venderá completa (y que en ocasiones puede ser un fracaso total y vender menos de 500 ejemplares).

¿Os sigue pareciendo igual de caro ese libro de 20 euros?

De nuevo, el proceso cambia con el formato digital. Pero si quieres que tu libro esté bien visible, le estás dando más de la mitad de tu ingreso a la plataforma de venta. Vale, no tienes que pagar a una distribuidora ni a una imprenta, pero los demás profesionales intermediarios siguen ahí, siempre que quieras un producto con una calidad y estética aceptables. Es posible que si tu libro esté a 1,99 euros en Amazon vendas más ejemplares, pero también es muy posible que no, por falta de visibilidad y porque, ahí estamos otra vez, el mercado español es pequeño. Incluso un superventas del digital estará obteniendo unos ingresos escasos.

7) Las editoriales son ONG

ID-10013130Lo cual nos lleva al último punto. Si habéis hecho cálculos, habréis podido comprobar que las editoriales tampoco se están haciendo de oro con este negocio. Muchas editoriales sobreviven gracias al ocasional bombazo, a esa gallina de los huevos de oro que explota y alimenta el resto de sus inversiones durante varios años. Otras se especializan en formatos y géneros que les son rentables en ese momento (libros de texto, manuales técnicos, coleccionables, libros de viajes, etc.). También hay (había) un buen puñado de editoriales modestas que podían permitirse hacer un trabajo de lujo con títulos de baja rentabilidad comercial (poesía, relato, literatura experimental, mixed media, etc.) gracias a subvenciones. Constantemente cierran editoriales y sin embargo siguen fundándose editoriales nuevas, fruto del amor de unos cuantos por un trabajo que puede ser, seamos sinceros, bastante chulo. Las editoriales no son las malas de toda esta historia. Son empresas y, como tales, buscan beneficio (o por lo menos sobrevivir), hasta el punto de que con frecuencia tienen que rechazar obras realmente interesantes porque consideran que no serán rentables. Este comportamiento de empresa no excusa determinadas prácticas (de la misma forma que no son excusables en cualquier otro tipo de compañía), pero tampoco son el gran demonio que nos venden a veces. Es solo que entre autor y editorial suele producirse un enfrentamiento inevitable, ya que uno es el poseedor de una obra con la que tiene una vinculación emocional profunda, y para otro es, al fin y al cabo, un producto que tiene que proporcionarles ingresos (más allá del afecto que pueda sentir por este). El desencuentro es, cómo no, problemático.

¿Qué opináis? ¿Estáis de acuerdo con estos puntos? ¿Hay alguna otra creencia generalizada respecto al oficio de escribir y el mundo editorial que os toque especialmente las narices? No dejéis de comentar y/o compartir el artículo.


Editando a 1 de junio de 2015 (¡escribiendo desde el futuro!): Desde que escribí este artículo hace ya casi un año, y mis experiencias y percepción han cambiado en algunos aspectos y se han reforzado en otros.

Respecto al punto 1), he conocido, para mi sorpresa, autores que sí viven de escribir. Pero también os puedo decir que son muy pocos, que dependen de determinadas circunstancias (como, por ejemplo, colocar libros como ventas obligatorias en colegios e institutos o vender derechos al extranjero) y que con el estado actual del sector sus ingresos (tanto en ventas como en anticipos) son cada vez más bajos. Lo más común sigue siendo que dichos escritores complementen las regalías con trabajo de asesoría, docencia, edición, redacción y mil actividades más.

Por otro lado, he visto muy reforzadas mis impresiones del punto 5). He visto un caso concreto de un libro con un boca a boca brutal (comentarios, opiniones y reseñas extremadamente positivas por toda internet, recomendaciones de editores y profesionales del sector, etc.), que sin embargo no se ha traducido en las ventas que cabría esperar de dicho movimiento. No sé si esto se debe a la piratería (sé que muchos de los lectores entusiastas, paradójicamente, recurrían a versiones digitales de baja calidad descargadas de internet) o a que el seguimiento de un sector no tiene por qué realizar conversión en ventas, pero la conclusión, para mí, es que son raros los fenómenos donde un libro se mueva exclusivamente por el boca a boca. Para realizar las ventas necesarias hace falta el respaldo potente de una buena promoción, distribución y mil factores más.


Imágenes por cortesía de iosphere, hyena reality, Simon Howden,  photostock, jannoon028, renjith krishnan, Michal Marcol / FreeDigitalPhotos.net