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Woolf, Friedman, Altucher, Barry, Gaiman, Godin y Hill. Recortes de la semana

febrero 27, 2015 — by Gabriella9

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Chica leyendo

Esta semana ha estado cargadita de lecturas interesantes, y vengo a traeros mis favoritas. Por lo demás, ya sabéis las novedades:

  • Ayer salió a la venta Amanecer, la novela corta de ciencia ficción de José Antonio Cotrina que os he recomendado ya unas mil veces.
  • Mañana Esta tarde saldrá un email a la lista de correo con el ganador o ganadora del sorteo de este mes. Os recuerdo que sorteo dos ebooks: Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza y El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega. Si no te has apuntado todavía a mi lista de correo, igual no llegas ya a tiempo para este sorteo, pero sí para el del mes que viene.

Y ahí van los recortes. Como siempre, las traducciones son mías, y son rápidas e imperfectas, pero servirán:

Virginia Woolf habla de la constante duda del escritor, vía Brain Pickings:

Virginia Woolf

Cualquiera que conozca en lo más mínimo los rigores de la composición no necesitará que le cuente esta historia en detalle; de cómo escribió y parecía bueno; de cómo lo leyó y le pareció horrible; de cómo corrigió y rasgó el papel; recortó; insertó; estuvo en éxtasis; desesperó; tuvo sus noches buenas y sus mañanas malas; se agarró a ciertas ideas y las perdió; vio claramente su libro frente a él y este luego desapareció; interpretó a sus personajes mientras comía; reprodujo sus palabras mientras paseaba; ahora llora; ahora ríe; vaciló entre este estilo y aquel; ahora prefiere lo heroico y pomposo; luego lo claro y sencillo; ahora los valles de Tempe; luego las praderas de Kent o Cornwall; y no pudo decidir si era el genio más divino o el mayor idiota del mundo.

Poco más se puede decir de la tarea de escribir. Creo que Virginia lo resume a la perfección.

Uso del color en las descripciones de American Gods

American Gods

En una habitación de color rojo oscuro ―el color de las paredes se acerca al del hígado crudo― hay una mujer alta vestida de forma caricaturesca, con pantalones cortos de seda apretada, los senos empujados hacia arriba y hacia delante por la blusa amarilla que lleva atada bajo ellos. Su cabello negro se amontona en un nudo alto sobre su cabeza. Junto a ella hay un hombre de baja estatura, con una camiseta aceituna y vaqueros caros y azules.

No hagáis mucho caso del estilo de la traducción (American Gods ya tiene una traducción mucho mejor hecha), solo es un acercamiento rápido para que veáis el uso del color (pongo vaqueros azules, aunque blue jeans en EEUU suele referirse a vaqueros en general, para incluir esa nota cromática en el conjunto). Rojo hígado, amarillo chillón y sedoso, negro (colores fuertes, extravagantes) frente a aceituna, azul elegante (sobriedad, normalidad)…

Gaiman consigue aquí hacer una descripción clásica, tipo retrato, y sin embargo la dota de una vida especial al hacer casi fotográfica su impresión. Ninguno de esos colores está puesto por azar. Es algo que me encanta de la prosa de Gaiman en este libro: una aparente sencillez que esconde mucho más. Como dicen los expertos: conseguir que algo parezca fácil implica muchos, muchos años de práctica.

Seth Godin y por qué gratis no es una obligación de consumo

godinLos bufés (como la vida, organizaciones, proyectos, arte…) no son realmente “todo lo que puedas comer”. Son “todo lo que quieras comer”. Que es algo totalmente distinto. Solo porque puedas tenerlo no significa que quieras. Solo porque hemos pagado por ello no significa que debamos usarlo todo.

Aplíquese a lo que se quiera. A la sal gratis de los restaurantes de comida rápida (el ejemplo que pone Seth), a los ebooks gratuitos que nos descargamos como locos, a todos los canales de televisión disponibles… Prioridades, elección. Tenemos una elección. La libertad puede ser ilusoria, pero ejerzamos la que tenemos.

Esto también se enlaza con el problema del consumo exacerbado, y la adquisición de productos que ni siquiera llegamos a utilizar. Lo cual nos lleva a una producción ridícula para un mercado que ni siquiera compra. Y eso se ve muy bien en los libros, como explica Hoja en blanco al analizar por qué se editan tantos libros si en realidad casi nadie lee.

James Altucher y la importancia de meter la pata

Altucher

Si no estás obsesionado con tus errores, es que no amas tu campo lo suficiente como para mejorar.

Haces preguntas malas: “¿Por qué no sirvo para esto?”, en vez de preguntas buenas: “¿Qué he hecho mal y cómo puedo mejorar?”.

Cuando siempre te haces buenas preguntas acerca de tu trabajo, te haces mejor que las personas que se paralizan a sí mismas con preguntas malas.

Creo que esto se puede aplicar a cualquier campo, pero es fundamental en la escritura. Si en vez de lamentarnos por las cagadas nos preguntamos cómo nos pueden servir para avanzar, aprenderemos y progresaremos a un ritmo mucho más rápido. Me llevó mucho tiempo entender esto, me temo.

Benjamin Mako Hill y el deporte como puente entre clases sociales

Benjamin Mako Hill

Hace unos años, estuve en una charla que dio Michael Albert en el MIT, donde criticó a los intelectuales estadounidenses por lo que él consideraba un desprecio cultivado hacia los deportes profesionales. Albert sugirió que los deportes reflejan un tema al que siempre recurrimos para hacer conversación ligera y para construir comunicación más allá de clase y contexto. Sugirió que casi todas las personas que usaban el término lucha de la clase obrera eran incapaces de tener una charla intrascendente con miembros de la clase obrera, porque, a diferencia de la mayoría de personas de clase obrera (y la mayoría de la gente en general), las personas con estudios cultivan, de forma sistemática, su ignorancia acerca de los deportes.

Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que lleva rondándome la mente desde hace tiempo. En España, donde hay una mayor diferenciación entre sexos en lo que se refiere al deporte (en EEUU, por ejemplo, muchas más mujeres disfrutan de la cultura del deporte, pero en España verás muchas menos mujeres que hombres en un partido), parece haber dos lenguajes que sirven de puente entre cualquier tipo de persona: el fútbol (o fórmula uno, o baloncesto, el deporte de tu preferencia, pero sobre todo fútbol) para los hombres, y la moda para las mujeres. Digo moda, y no cotilleos tipo Cuore o Sálvame, la otra opción más evidente, porque estos sí pueden incomodar a una persona de cierta clase social e intelectual. A un porcentaje altísimo de las mujeres nos interesa la moda, ya sea respecto a un bolso comprado en los chinos o a unos zapatos Loboutin. Yo misma, en situaciones sociales  con personas con las que realmente no sé qué temas tratar, sé que puedo llenar el silencio ominoso con un cumplido hacia cualquier prenda que lleve otra de las mujeres (que a su vez llenará el silencio ominoso con una explicación pormenorizada de dónde, cuándo y por qué lo compró), y conozco varios casos de hombres que han cultivado interés en el fútbol para poder mantener conversaciones con personas por las que sienten afecto pero con los que tenían pocas aficiones en común (un padre o un hermano, por ejemplo). Hay una tendencia a despreciar determinados temas de conversación por considerarse de una calidad “inferior”, cuando a su vez son salvavidas que pueden unirnos, mostrarnos un punto de encuentro.

Jane Friedman sobre F. Scott Fitzgerald y escribir borracho

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“Las historias que escribo cuando estoy sobrio son estúpidas… Razonadas, no sentidas”. De la misma forma en que los escritores pueden producir un trabajo mecánico por darle demasiadas vueltas al texto, también podemos llevar vidas mecánicas por pensarnos demasiado nuestras acciones.

En un artículo excelente que cierra el compendio Drinking Diaries, la escritora y ensayista Jane Friedman cita a F. Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby) respecto a escribir bebido y las ventajas que puede tener para acceder de forma menos controlada a nuestro subconsciente. Podrían ser las excusas de un borracho, claro, pero sí que es cierto que escribir con un par de cervezas o un vaso de vino a mí me ha ayudado a superar bloqueos que ni sabía que tenía (el truco está en saber dónde parar. Escribir borracho no sirve de nada; lo suyo es encontrar ese límite justo donde la censura interna comienza a derrumbarse). Es interesante además el artículo de Friedman en cuanto habla del alcohol como de una herramienta de autoconocimiento, de acceso al verdadero yo, frente a las historias anteriores del compendio, de otras autoras, donde el alcohol tiende a aparecer como un demonio, una tentación terrible que conduce a la miseria.

Y que alguien me explique por qué en ese libro la diferencia de precio entre el papel y el ebook es de poco más de un dólar.

Lynda Barry y escribir sin pensar

Lynda Barry

No traduzco esto, lo que dice es lo de menos. Pongo esta imagen por su mero valor estético.

Ya sabéis lo que es la escritura automática o libre (no esa en la que te posee un fantasma, sino freewriting). Suele implicar una escritura rápida, sin pensar. La viñetista y escritora Lynda Barry hace uso de esa escritura al revés: condenadamente lento. Escribe sus manuscritos con pincel, casi dibujando cada palabra, obligándose a pensar y detenerse en todo lo que hace. No sé si el resultado le servirá (los críticos y lectores dicen que sí), pero el proceso es muy hermoso.

Hay mucho más; ha sido una semana intensa (y muy anglosajona, prometo traeros más textos en español para la próxima). Por ahora os dejo con esto, y ya sabéis que para más enlaces y contenidos no tenéis más que seguirme en Twitter o en Facebook.

¡Feliz fin de semana!


Imagen de chica leyendo de Igor Shin Moromisato, en Flickr.

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¿Cuándo tiene que cortarse el escritor de literatura juvenil? Los expertos opinan

octubre 29, 2014 — by Gabriella11

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imagesUno de los problemas con los que me encontré en El fin de los sueños, en la novela que he terminado hace poco e incluso en la que he empezado a escribir ahora, fue el de los límites del propio género. ¿Hasta dónde podemos hablar de sexo y violencia, por ejemplo? ¿Hasta dónde podemos hablar de depresión, de suicidio o de pérdida? Es algo que, en lo que respecta al juvenil, nunca he tenido nada claro. No me gusta tratar a los lectores jóvenes como si fueran pobres corderillos y soy bastante consciente de que esta generación está bastante más expuesta a la sexualidad, a la violencia y a tantas otras cosas.

En una charla sobre coherencia en los mundos de fantasía a la que asistí en el Festival de Fantasía de Fuenlabrada, el escritor Emilio Bueso dijo que a él no le gustaría que su propio hijo leyera sus libros en estos momentos; no tanto por componentes de sexo o violencia, sino por una visión tremebunda del mundo que nadie desea para alguien que todavía disfruta de cierta inocencia e idealismo. Aunque Bueso no es escritor de juvenil, ofrecía una visión que es clave para muchos autores que sí lo son. Así, hay muchos límites que rodean al género, límites que además varían según hablemos del juvenil tradicional o del más reciente New Adult, que se dirige a un público algo más mayor.

¿Cómo marcar esos límites? ¿Cuáles deben ser? Decidí que haría lo mejor que puede hacerse en estos casos, que es preguntar a los expertos. Así que reuní a un grupo excelente de autores, editores y lectores de juvenil, y les pedí su opinión. Como podréis ver, hay observaciones dispares, pero todas inteligentes y bien razonadas.

Alfredo Álamo

(escritor y coordinador de Lecturalia)

Creo que el “nivel” de ¿sordidez? debe ir acorde con la historia que estás contando y de si hay implícitos valores morales adicionales o no. Creo que lo que debe sobrar siempre es la gratuidad, algo que es aceptable en narrativas más complejas pero a nivel juvenil adulto no tienen sentido. También habría que discutir cómo de explícito puedes ser antes de caer en lo pornográfico o en el regodeo por la violencia. Yo creo que el sentido común existe, así como la coartada que te permite el arte para saltártelo, así que un equilibrio entre ambos sería lo mejor

Carlos García Miranda

(escritor y guionista):

Cuando escribí mi primera novela me salté esos límites. El libro chorreaba violencia y tenía unas cuantas páginas con sexo explícito. Lo hice porque la historia lo pedía, y porque no me parecía que fuera a escandalizar a nadie; nada de lo que había escrito era algo que no se le hubiera pasado antes por la cabeza a un lector adolescente. Pero el caso es que, al publicarse, hubo bastante revuelo… Por lo visto, había escrito sobre cosas que no solían leerse en los libros juveniles. Lo más sorprendente, al menos para mí, fue que las “protestas” las causó la parte sexual. De la violencia no dijo nadie ni mu.

No sé si me ayudó o perjudicó saltarme las normas no escritas sobre lo que debe incluir un libro YA. De lo que estoy seguro es de que volvería a hacerlo si la historia lo pide

César Mallorquí

(escritor)

En principio, creo que la literatura juvenil no debería tener ningún límite; o, mejor dicho, los mismos límites que pueda tener la literatura en general, si es que los tiene. Pero el caso es que, de hecho, sí que existen ciertos límites “sociales”; es decir, comúnmente aceptados. Personalmente he dedicado una buena parte de mi obra juvenil a explorar esos límites y comprobar hasta dónde podía transgredirlos. Por ejemplo, el lenguaje; el uso de palabras malsonantes.

En la primera novela juvenil que escribí, algunos personajes (skinheads, en concreto) usaban tacos en sus diálogos. La editorial me sugirió que los eliminara, y yo me negué, porque los consideraba necesarios para definir la personalidad de esos personajes. La novela se publicó tal cual y no pasó nada. Luego, dando charlas a jóvenes lectores, algunos se extrañaban por el uso de las palabrotas, porque no estaban acostumbrados a verlas por escrito. Pero lo entendían cuando les explicaba que, si quería describir a un skinhead verosímil, no podía hacerle exclamar “caray”, “córcholis”  o “jopé”.

El límite de la violencia en realidad no existe. En muchas de mis novelas hay escenas de violencia (en algunas de gran violencia), y nunca nadie me ha comentado nada al respecto. Hay violencia en muchísimas obras juveniles.

En cuanto al sexo, ahí sí que hay un poderoso límite social y cultural, como si los jóvenes no tuvieran sexo (cuando precisamente es uno de los asuntos que más les interesan). No obstante, ese límite va relajándose poco a poco, y ya puede hablarse de sexo en los textos juveniles… siempre y cuando no sea sexo explícito. Personalmente eso no me supone un gran problema, porque el sexo explícito, en literatura, siempre me ha parecido artificial, generalmente innecesario y, con frecuencia, un tanto ridículo. Pero el tabú del sexo sigue existiendo en la literatura juvenil, y deberíamos procurar acabar lo antes posible con él.

¿Creo que la literatura juvenil debería tener algún límite? Rotundamente no; salvo los derivados de la ética personal del autor (pero eso podría aplicarse también a todo tipo de literatura, ¿no?).

Sofía Rhei

(escritora):

Yo creo que la LIJ no es un género literario, sino un nivel lector, del mismo modo que la literatura infantil. Dentro de ella caben casi todos los géneros. 
 
Las diferencias con la literatura para adultos, son, efectivamente, las cantidades de sexo y violencia, pero también las menciones a drogas y otros temas socialmente controvertidos, el terror extremo, y desarrollos excesivamente académicos que sí pueden tratarse en libros para adultos. En general la LIJ tiene un rango de vocabulario menos extenso, pero existen numerosas excepciones a todo esto. 
 
Yo creo que las editoriales tienen una responsabilidad hacia los padres y los adolescentes cuando etiquetan un libro como apto para ellos. Por supuesto, padres, educadores y los propios adolescentes son muy libres de leer o de proponer leer lo que les venga en gana, pero la LIJ me parece una etiqueta útil para las personas que prefieren no encontrarse con sorpresas que les puedan resultar desagradables. De hecho, es el único motivo de su existencia.

Irina C. Salabert

(editora de Nocturna Ediciones):

Creo que los límites deben, en todo caso, separar lo gratuito de lo necesario. A mí no me preocupa lo más mínimo que una novela juvenil tenga sexo o violencia, siempre y cuando eso aporte algo a la historia o a los personajes. Por ejemplo, en Nocturna publicamos Cenizas, de Ilsa J. Bick, una trilogía que comparte bastantes características con The Walking Dead. Claro que tiene escenas violentas, pero sirven para ilustar el contexto, para hacer reflexionar a los protagonistas sobre hasta qué punto estarían dispuestos a sobrevivir. En El señor de las moscas, Golding describe con mucha crudeza la muerte de Piggy. Pero ¿es gratuito? En absoluto, ya que ese momento representa el fin de la civilización.
 
Lo que me resulta muy curioso de este asunto es que, ahora mismo, la violencia sea más aceptable en la literatura juvenil que el sexo. Mientras que en series como Los juegos del hambreEl corredor del laberinto Divergente pueden darse situaciones un tanto cruentas (y muchas de las propuestas que nos llegan van en la misma línea), hay un puritanismo de lo más extraño en todas las cuestiones sexuales. Y no es que me interesen las novelas que dependan del sexo a lo Cincuenta sombras de Grey ni mucho menos, pero no creo que sea lógico explotar tanto la violencia y seguir considerando el sexo un tabú. Para mí, en esta materia todo lo censurado es tan negativo como lo gratuito.

Miriam Malagrida

(editora de la colección Neo de Plataforma Editorial)

Los límites en juvenil solo puede marcarlos el lector. Para mí, como lectora y editora, un libro es juvenil cuando refleja los intereses, las inquietudes o las preocupaciones de los jóvenes, y al mismo tiempo es capaz de atraparlos y de despertar en ellos nuevas emociones y reflexiones. Y esto puede hacerse desde muchos subgéneros y tratando temas muy diversos, que van mucho más allá de la violencia o el sexo. Una novela juvenil romántica es buena cuando el autor consigue captar y transmitir la esencia del primer amor, del mismo modo que una distopía para adolescentes lo será si logra crear un escenario envolvente y creíble y despertar la conciencia social de los lectores.

Si un autor quiere escribir juvenil, solo debe pensar en su público y sobre todo alejarse de los tópicos que a veces recaen sobre este género. No es casual que los libros que normalmente menos gustan a los jóvenes son los que están infestados de clichés y no reflejan la verdadera complejidad de sus mundos y sus preocupaciones. Quizá el único límite admisible dentro del género (y seguro que en ocasiones encontraríamos motivos para transgredirlo) es que los personajes exploren cualquier tema de interés para los jóvenes, y esto es tan amplio como la vida misma…. Y tal vez por eso cada vez más adultos se confiesan lectores de literatura juvenil.

Vanesa Pérez-Sauquillo

(escritora, poeta; fue editora de Alfaguara)

La adolescencia es uno de los períodos más conflictivos de la vida, y el editor de literatura juvenil debe ser consciente de que sus lectores están todavía en una etapa de formación, muy vulnerable. Es cierto que a esas edades se leen ya libros para adultos, y grandes clásicos (sin adaptación), pero el editor especializado en juvenil tiene una responsabilidad con su público sobre los contenidos que publica. 

Siempre se discute el hecho de reducir la violencia, el sexo, las drogas… Yo creo que hay algo más importante, y es la necesidad de transmitir esperanza. No debe haber cabida para el suicidio del protagonista en un libro juvenil, ya que es precisamente en esta etapa donde se dan las estadísticas más elevadas. En la LIJ, siempre tiene que haber superación de los problemas. El lector debe confiar en que todo se resolverá en la narración, y también en su vida, como en los cuentos de hadas: si te enfrentas al peligro, podrás encontrar la salvación dentro de ti mismo (bien a través de tu ingenio o de tu buen corazón, ¡hay tanto por descubrir dentro de uno!), o gracias a algún agente externo (tal vez alguien que te dé la clave, como por arte de varita mágica).

La esperanza es un mensaje necesario para la formación del ser humano. A mi parecer, es uno de los valores claves que te pueden transmitir los libros. Montserrat Sarto escribió: “El que lee no está haciendo algo, se está haciendo alguien”. Y sobre todo durante las primeras etapas de la vida, tan hermosas, pero a la vez, tan llenas de interrogantes y de dificultades.

Y, por último, vamos a ver qué opinan los lectores:

Ruth Pérez de San Macario

(lectora y bloguera)

Hace un par de semanas me leí los dos primeros libros de una trilogía titulada Penryn and the End of Days. Está considerada como literatura YA pero el nivel de violencia y escenas/descripciones macabras es bastante alto. Personalmente me gustó, pero tal vez a alguien con un estómago más flojo no le gustaría (estoy casi segura de que los padres de un chico o una chica de 15 años dirían que no es lo adecuado). El problema de estos libros es que si le quitas la violencia, perderían la esencia de lo que es la historia en cuestión (es una distopía, lo mismo le ocurriría a Los juegos del hambre y a todas las novelas consideradas como tal).

Con esto quiero decir que dentro del género juvenil te puedes encontrar un sinfín de subgéneros que van a contener aquello que el lector está buscando. Creo que cerrarle la entrada a los libros con violencia en este ámbito de la literatura es algo ilógico porque ¿qué gracia tendría una historia apocalíptica o épica sin ella? Con esto se perdería parte de la acción y los jóvenes estamos ansiosos de encontrar escenas trepidantes en libros así.

Los lectores de YA estamos más que preparados para leer historias violentas sin sentirnos conmocionados, porque cuando elegimos un libro ya sabemos qué nos vamos a encontrar. Por lo tanto, no, no creo que los autores deban cortarse a la hora de escribir respecto a esto si el libro necesita escenas fuertes.

Por otra parte, está el asunto del sexo. Me parece que no he encontrado ninguna novela YA que se atreva a tratar el tema de forma abierta más allá de los de Federico Moccia (y no, tampoco es nada para tirar cohetes). Y creo que es algo ilógico: somos jóvenes, con plena revolución de hormonas, tenemos acceso no restringido a internet y, en ocasiones, parecemos saber más de ese asunto que algunos mayores.

Es decir: no nos asustamos fácilmente ya. Quizás en otra época el género debería ser más cerrado, ¿pero ahora? Tampoco estoy hablando de que se acepten novelas eróticas, porque no es plan, pero, de verdad, no es necesario hacer un corte radical en las escenas cuando los personajes pasan a algo más allá de los besos inocentes. Si los protagonistas son jóvenes deben actuar como jóvenes (solos, en casa, sin nada que hacer, con la tensión del momento…). Si los autores quieren que los lectores se sientan identificados no deben tratar el tema del sexo como un tabú, porque entre nosotros no lo hacemos. Los comentarios salidos de tono, las gracias con referencias sexuales y cosas parecidas no nos asustan. Es más, es precisamente eso uno de los detalles que más acercan la novela al lector porque es algo real.

En resumen, tampoco veo necesario que los escritores se comporten como mojigatos cuando escriben sus libros, a pesar de que sean juveniles. (Dentro de lo normal, obvio, no vas a meter escenas BDSM porque ahí sí que podrías conmocionar a alguien).

En mi opinión, los límites de la literatura juvenil son muy difusos. Lo más básico para poder clasificar a una novela como tal es que el lector de entre 15 y 20 años (aproximadamente, ya sabemos todos cómo es esto de los gustos literarios) se sienta identificado con los personajes, sin importar si es una distopía, una historia épica, de ciencia ficción, etc. Deben pensar como nosotros, y para ello el autor no nos puede ver como críos de 5 años con ningún tipo de preparación psicológica o intelectual para afrontar hechos “fuertes”. Somos personas inteligentes, tenemos nuestros estudios y vamos aprendiendo poco a poco cada día, vemos las noticias y estamos enterados de lo que pasa en el mundo. Los personajes deben actuar en consecuencia. Es más un límite de conceptos que de temas (por poner varios ejemplos: conocemos el funcionamiento de la justicia, pero no puede haber un montón de descripciones de leyes porque no estamos dentro de ese ámbito y eso nos aburriría; puede haber escenas de sexo pero tampoco necesitamos una descripción íntegra porque el resto nos lo imaginamos, aceptamos las muertes y heridas de los personajes sin tener que leer cómo dejan de funcionar los órganos uno a uno y por qué, ya que eso paraliza la acción del momento…).

Miguel Trujillo

(lector, traductor y bloguero):

Personalmente, opino que las editoriales en general y las españolas en particular pecan demasiado de subestimar a sus lectores en cuanto a estos dos temas en concreto. Creo también que hay cierto miedo bastante evidente en según qué editoriales, quizás a las posibles opiniones de los padres o profesores, quizás a una posible polémica; o quizás se trata simplemente de que muchas siguen tratando de aleccionar a sus lectores sin darse cuenta de que lo que venden no es literatura prescriptiva, sino literatura juvenil. 
 
Aunque en otras temáticas sí que ha habido una clara evolución, en todo lo relativo al sexo y a la violencia parece que sigamos estancados en la censura impuesta hace cincuenta años. Y eso es absurdo, porque un adolescente de hoy en día ha visto mucho más sexo y violencia que uno de hace cincuenta años. En televisión, videojuegos y periódicos se nos bombardea constantemente (no es un secreto que el sexo y la violencia venden), así pues, ¿por qué no incluir estos dos aspectos tan reales de la vida en la literatura? No se trata de hacer apología de la violencia ni mucho menos, sino todo lo contrario: normalmente, la violencia en la literatura juvenil la ocasiona algún personaje malvado o algún enemigo que hay que derrotar. ¿No sería esta una ocasión perfecta para explorar las consecuencias de la violencia, de conseguir que los lectores comprendan su innecesariedad sin resultar abiertamente aleccionadores (esto sería un error tan grande como omitirla)? Evidentemente, no estoy hablando de una violencia gráfica y desmesurada que pueda herir sensibilidades, sino de presentar una realidad sin maquillarla ni camuflarla. Los lectores no son tontos, por muy jóvenes que sean, y son los primeros que se dan cuenta de que los escritores o editores se autocensuran a la hora de narrar según qué escenas. Y esto, lógicamente, no les gusta.
 
Lo mismo pasa con el sexo. Por supuesto, no estoy hablando de llenar de escenas sexuales un libro destinado a un público de, digamos, doce años, pero sí que creo que a partir de los catorce o quince años un lector es lo bastante maduro como para comprender lo que lee. Obviamente, no creo que en un libro juvenil sea apropiado incluir escenas propias de un libro de romántica o erótica adulta, pero tampoco veo adecuado ocultar esta realidad y contribuir a que siga siendo un tabú. Después de todo, el sexo y la sexualidad son una parte importante muy de la adolescencia, y estigmatizarla no hace ningún favor a los jóvenes, más bien al contrario. Nuevamente, entramos en las innumerables posibilidades que ofrece la literatura. Con la cantidad de sexo gratuito que aparece continuamente en televisión, ¿no sería la literatura el lugar perfecto para explorar este campo, nuevamente sin caer en el error de tratar de aleccionar al lector? ¿No sería un medio perfecto para tratar de deshacer tabúes innecesarios? Pasa lo mismo con la homosexualidad, otro gran tabú en la literatura juvenil. Personalmente, me sorprende que sea mucho más fácil ver a dos hombres o a dos mujeres besándose en televisión que leer una escena de este tipo en una novela juvenil. ¿Acaso la televisión no llega a un público más amplio y, por lo tanto, es más susceptible a posibles controversias o reacciones negativas por parte de los espectadores? ¿Acaso los jóvenes no están (en general) mucho más abiertos a esto que, digamos, un público más adulto o anciano? ¿Qué sentido tiene ocultar la realidad?
 
En definitiva, yo creo que el error de las editoriales (y quizás los autores) está aquí en la poca disposición a normalizar una realidad de la que los jóvenes ya son perfectamente conscientes: nuevamente, no estamos hablando de hace cincuenta años, sino de ahora. No, no es necesario caer en el sexo y la violencia innecesarios y gratuitos, pero un error tan grave como ese es tratar de maquillar su existencia.

Pablo

(lector y bloguero):

Creo que depende de si se quiere vender como juvenil o YA, porque el público es distinto y es evidente que una persona de catorce no ve la vida igual que una de dieciocho. Pero en general creo que no hay que cortarse, hasta cierto punto, sino que hay que tratarlo desde la perspectiva de una persona de la edad a la que está enfocada el libro. 
 
Quiero decir, no hay que recrearse en esos temas, sino mostrar que son una parte de la vida de un joven de dieciséis-dieciocho años y contarlo un poco desde esa perspectiva.
¿Qué opináis vosotros, queridos lectores? ¿Dónde creéis que están los límites, de haberlos, de la literatura juvenil? Me interesan sobre todo las opiniones de los que seáis padres y/o profesores, ¡pero todas me valen!

*Nota: La pregunta exacta que se le hizo a todos los entrevistados fue la siguiente: 

Al hablar de literatura juvenil y de ponerle límites al young adult, lo primero en que piensa uno es en sexo y violencia, parámetros por los que se miden, aparentemente, cine, videojuegos y otras formas de ocio. ¿Crees que los libros de juvenil deben limitarse en este sentido (es decir, ¿deben cortarse los autores?) o crees que los límites deben ser otros?


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¿Es realmente posible alcanzar una meta si le dedicas el tiempo y el trabajo suficiente?

febrero 7, 2014 — by Gabriella3

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Hace poco más de un año tomé la decisión, seria y algo acojonada, de escribir. Había escrito antes, claro, toda mi vida, pero de una forma insegura, intermitente, valiéndome solo de las musas y la inspiración. La disciplina la dejaba para la edición, que fue, al fin y al cabo, a lo que me dediqué durante casi toda mi vida anterior.

No me lanzaba a la piscina desde el vacío, desde la nada. Siempre he leído bastante, ya fuera por ocio o trabajo, y he pasado muchísimo tiempo trabajando textos ajenos, tanto desde un punto de vista académico como profesional. Corregí, maqueté, valoré, analicé, y casi todo lo que se puede hacer con un texto destinado al público. Me di cuenta de que estaba ocupándome casi por completo, de una manera u otra, del proceso editorial, y eso estaba bien. Estaba ayudando a otros escritores a mejorar su obra, a presentarla de la mejor forma que yo supiera ofrecerles. Una forma que, si bien no era perfecta, era mucho mejor que el manuscrito inicial. Creía (y sigo creyendo) que tenía un pequeño don para sacar lo mejor de un autor. Esto es algo que sigo desarrollando a través de la corrección de estilo, y que me mete en más de un lío, ya que me resulta muy difícil separar mi labor de simple correctora de mi antigua labor de edición: si me encuentro con un texto con agujeros argumentales o incoherencias narrativas, por ejemplo, necesito trabajarlo con el autor, aunque sepa que eso va a complicar y alargar mi trabajo de forma innecesaria.

Todo ese bagaje era importantísimo para comenzar una labor seria como escritora, no solo por la formación que me proporcionaba, sino por todos los contactos que realicé en mi fase de editora, y por todo lo que aprendí de otros profesionales del mundo de la edición, gente a la que aún admiro y a la que ocasionalmente acudo. Creo que hice lo que tenía que hacer, pero por otro lado lamento no haber tenido una meta más específica. El mundo de la edición te exige estar en muchos frentes a la vez, y yo tiendo a la multitarea y al pluriempleo. Hace un año me di cuenta, ya de forma definitiva, de que eso tenía que cambiar. Necesitaba un objetivo claro.

La importancia del trabajo diario

Ya he hablado varias veces en el blog de las 10000 horas, las que se supone que necesitas para dominar una habilidad. No se trata solo de echarle 10000 horas a algo: deben ser horas realmente útiles para tu habilidad, horas de aprendizaje puro, y también hay muchos otros factores que deben cultivarse: redes sociales (no me refiero a Facebook, que también, sino a redes de interacción en general con otras personas de las que puedes aprender). Cerca de esta teoría está la de los 7 años, que es que necesitas 7 años para llegar a algo en algún campo; también está el llamado compromiso de los cinco años, del que leí por primera vez en un artículo de Steve Pavlina, pero que tiene variantes de todo tipo por todas partes.

El compromiso de los cinco años es interesante porque te hace plantearte en serio si lo que estás haciendo es útil para ti. Si tomas una dirección, profesional o personal, ayuda mucho preguntarte: ¿voy a comprometerme a seguir haciendo esto dentro de cinco años? ¿En serio? ¿Pase lo que pase? ¿Todos los días? Son preguntas importantes, si tenemos en cuenta que esos cinco años son lo mínimo que hacen falta para obtener algo de importancia en cualquier campo. Uno no puede rendirse, opinar que todo ha salido mal, cuando solo lleva seis meses haciendo algo. Y muchos argumentarán que interviene la suerte, que hay quien es descubierto de la noche a la mañana, por ejemplo. Pero si uno investiga un poco, descubre que la mayoría de esas personas que han tenido éxito en algún campo, de manera aparentemente afortunada y casual, llevaban ya años desarrollando determinadas habilidades, y que el hecho de que estuvieran en el sitio adecuado en el momento adecuado se debe en gran medida al desarrollo de esas habilidades. La suerte existe, sí, pero es un factor mucho menos determinante de lo que podría parecer.

Primeros resultados

Tras el primer año realmente dirigido, de esos cinco a los que me he comprometido, puedo decir que los resultados han sido favorables: tengo un libro a las puertas (El fin de los sueños, junto con José Antonio Cotrina, que saldrá publicado el 20 de marzo con Plataforma Neo); tengo otra obra finalizada, en proceso de corrección, que pronto empezará a hacer la ronda por editoriales; y escribí 90000 palabras de una novela que, por muchas razones, me he visto obligada a reiniciar por completo, pero que espero poder terminar antes de que acabe el 2014. Pero todo esto no viene solo de sentarse a escribir a diario: si yo no hubiera pasado ocho años de mi vida de congreso en congreso, de convención en convención, hablando con escritores y editores, nunca habría conocido a las personas adecuadas para aprender a navegar en el complejísimo mundo de la edición. Si no me hubiera hecho un currículo, publicado otras cosas, nadie habría creído en mis posibilidades. Si no hubiera tenido cierta habilidad mínima para empezar, mi coautor no habría considerado compartir portada conmigo (y os puedo asegurar que es una persona tremendamente exigente y meticulosa). Así, repetimos: esas 10000 horas no son solo de escribir, leer, corregir y escribir de nuevo. También son de socializar con gente del gremio, de estar en todas partes, de dar y asistir a charlas y conferencias que de primeras podrían parecer inconsecuentes (todas estas acciones que, para una persona de naturaleza introvertida como yo, son agotadoras). Incluso son de escribir cientos y cientos de artículos sobre literatura para una página web. Todo está relacionado.

Contra viento y marea

Todo esto ha exigido una reestructuración mental muy grande por mi parte. Para empezar, decidí dirigirme a un nicho de mercado más productivo, que antes no había considerado: la literatura juvenil. He intentado tragarme la timidez y atreverme con ciertas cosas a pesar del miedo. He aceptado la disciplina diaria de escribir, y no he fallado ni un solo día. Escribir se ha convertido en una prioridad absoluta, por encima de comer, dormir o incluso pasar tiempo con mi familia o mi pareja. Todo esto compaginado con horas y horas de otros trabajos para intentar obtener algún ingreso. No soy muy fan de Almudena Grandes, por ejemplo, pero sí soy muy fan del hecho de que durante años se levantara a las cinco de la mañana para poder escribir, antes de llevar a los niños al colegio o ponerse a trabajar. Esas son las cosas que nunca nos cuentan de la glamurosa vida del escritor.

Hay muchos días que me levanto desalentada y me pregunto si algo de esto merece la pena. Los ingresos, tanto por mi trabajo como escritora como por mis demás ocupaciones laborales, son ínfimos (hace un par de años volví a casa de mis padres porque ya no podía permitirme alquilar un piso y pagar las facturas. Sigo sin poder permitírmelo). Trabajo mucho, e intento hacerlo lo mejor posible. Pero desde hace un tiempo siento que, a pesar de la ocasional desesperación, mi vida está llena de cosas maravillosas, de experiencias alucinantes y de posibilidades mágicas. Y tengo algo que mucha gente no tiene: un compromiso para cinco años. No puedo esperar a ver qué me deparan los cuatro siguientes.

Conclusión

Todo esto nos lleva a una única pregunta: ¿Es verdad lo que nos venden? ¿Es posible entonces desarrollar una habilidad y llegar a algún sitio con ella en el espacio de cinco años de trabajo constante y teledirigido?

No lo sé, pero pienso averiguarlo.