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Todo lo que nos dejamos en el camino: El difícil arte de decidir qué hacer con nuestras vidas

junio 11, 2014 — by Gabriella2

ID-10082769Este fin de semana pasado, como sabéis ya requetebién, he estado en la Feria del Libro de Madrid. Este año iba a promocionar el libro que tengo a medias con José Antonio Cotrina, El fin de los sueños, lo cual sabéis también. Solo teníamos una firma: dos horas en la caseta de la editorial, lo cual nos hacía suponer que habría más gente a la espera que si tuviéramos varias firmas dispersas; por otra parte, la firma coincidía con la Blogger Lit Con, un encuentro masivo entre blogueros  y aficionados a la literatura juvenil (este año han superado los 400 asistentes), y sabíamos que muchos tenían nuestro libro, así que esperábamos que se pasaran unos cuantos a que les firmásemos.

El resultado final fue mucho más de lo que habríamos podido esperar. Las firmas estaban programadas para empezar a las seis y media y terminar a las ocho y media; desde las cinco y media hubo gente haciendo cola, y no terminamos hasta cerca de las diez. Os podéis imaginar la impresión que le produce esto a una persona que, como mucho, habrá firmado quince libros seguidos en alguna presentación. Es una mezcla de asombro, incredulidad y maravilla. También era un poco agobiante, ya que tanto a José Antonio y a mí nos gusta dedicarle tiempo a cada firma, a cada persona. Nos encanta escribirles dedicatorias, hacerles dibujos y charlar sobre lo que el libro ha significado para ellos. Y cuando tienes una cola larga a la espera y eres consciente de que la gente lleva dos horas esperando, te planteas hacer algo más aséptico y rápido. Pero eso es imposible. Cada una de esas personas se ha leído tu libro, o planea hacerlo. Esa persona se merece, como mínimo, un poco de atención.

El dedicar un espacio de tiempo breve a cada lector tiene consecuencias curiosas. Debes meter en apenas cinco o diez minutos toda la conversación que te gustaría tener con cada uno. Y muchos son muy conscientes de esto. No se limitan a hablar del tiempo, oh no. Ellos van directo a lo que importa. Te preguntan cosas profundas, importantes. Quieren tu opinión sobre temas fundamentales para ellos (¿mi opinión, en serio?). Y tú tienes que proporcionarles respuestas válidas en un tiempo récord, cuando tu cabeza está funcionando a medias porque llevas tres horas de pie dibujando sin gafas (por supuestísimo me las dejé en el hotel) y el subidón de adrenalina que tienes te ha dejado bastante atontada.

Entre estas preguntas, hubo una que se repitió y que me llamó muchísimo la atención, porque es una pregunta que yo misma me he hecho en múltiples ocasiones. Me la hacían personas de menos de 20 años, cuando yo, que tengo 32, he tardado años y años en empezar siquiera a responderla.

La pregunta, aunque se formulaba de muchas maneras, venía a ser la siguiente:

¿Cómo sé a qué dedicarme si me gustan muchas cosas?

Cuando tienes 17 o 18 años y estás considerando estudiar una carrera, esta es una pregunta muy importante. De lo que muchos no se dan cuenta es de que esa pregunta seguirá presente en su vida, con bastante seguridad, muchísimos años más. Muy pocos se despiertan un día diciendo: “ya lo sé, voy a ser ingeniera termonuclear sexadora de pollos”, porque la vida no funciona de esa manera. No es como en las películas, cuando una niña sabe desde los tres años que quiere ser analista de sistemas, o un niño de cinco tiene clarísimo que lo suyo es la repostería vanguardista. Con suerte, la niña sabrá que le gustan los ordenadores, y el niño que lo de mancharse las manos amasando pan es divertido.

Creo que lo único que podemos hacer es sentarnos a considerar las opciones y elegir aquella sin la cual no podríamos vivir. A mí me gusta dibujar, me gusta hacer bisutería y me gusta (bueno, creo, nuestra relación amor-odio todavía no se ha definido del todo) escribir. Pero podría vivir sin dibujar, mal que me pesara. Podría vivir sin Miss Cristal (de hecho, por desgracia, estoy teniendo que hacerlo). Pero no podría vivir sin expresarme por escrito. Y al final uno ha de elegir aquello que va a tener que hacer cada día de su vida, por lo menos durante un periodo suficientemente largo como para alcanzar cierto grado de maestría. Y seguramente tendrá que conformarse con trabajos remunerados relacionados (edición, corrección, redacción, etc.), porque, atención atención, sorpresa sorpresa, escribir no da de comer (corregir y redactar tampoco, pero esa es otra historia).

Es muy difícil decirle a una chica de diecisiete años que tiene que buscarse una carrera con salidas, o por lo menos una variante de lo que le gusta que le permita pagar un alquiler y tres comidas diarias. Es descorazonador a veces ser práctico y realista. Pero también creo que es perjudicial este idealismo barato que nos venden, este “persigue tu sueño y se cumplirá”. Porque los sueños muchas veces no se cumplen, sobre todo si son abstractos y no tenemos muy claros exactamente cuáles son ni el camino que hace falta para llegar hasta ellos, que suele ser largo y repleto de obstáculos desagradables. Van contra las leyes de la estadística, simplemente. Todos los escritores no pueden ser superventas, no hay suficientes lectores para ello. Todos los ilustradores no pueden ser megafamosos dibujantes de cómics, porque no hay suficientes compradores de cómics diferentes. Los sueños están muy bien, pero al mercado le importan poco. Creo que tenemos que intentar ser inteligentes, perseguir nuestros objetivos sin dejar de lado los fríos y terribles datos, la fría y terrible realidad. Y la industria editorial, por alguna razón que desconozco, ha promocionado desde siempre la noción romántica de escribir, la visión glamurosa del autor de éxito. Ha vendido escribir como algo bonito. Muchos estaréis en desacuerdo conmigo (sé que hay personas que disfrutan escribiendo y de todo lo que el acto implica), pero si tuviera que definir con una sola palabra el hecho de escribir, bonito sería la última que utilizaría. Bonito es hablar con lectores en una caseta de la feria del libro. Pero antes de eso (y después) hay un proceso tortuoso del que muchos no son conscientes.

Esto es lo que me habría gustado decirles a las personas que me preguntaron aquel sábado en la caseta 168 de la Feria del Libro. Probablemente dije alguna chorrada sin mucho sentido y estoy segura de que sabrán perdonarme. Sea como sea, espero que disfruten de El fin de los sueños. Porque va siendo hora de dejar atrás los sueños y empezar a pelear como locos porque la realidad nos ceda un pequeño espacio propio, un espacio donde podamos conseguir lo que nos propongamos de una manera justa, donde podamos llevar con orgullo las medallas de lo que hemos tenido que sacrificar para llegar hasta donde estamos, donde nos demos cuenta de que lo importante es el proceso, no la meta en sí.

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Imagen por cortesía de Ventrilock / FreeDigitalPhotos.net

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Horario de firmas de la feria del libro de Madrid

junio 3, 2014 — by Gabriella3

Para los que no lo hayáis visto compartido hasta la saciedad en mi Facebook, en Twitter y en la página de Facebook del libro, ahí os dejo el horario de firmas que tenemos José Antonio Cotrina y yo para la Feria del Libro de Madrid de este año:

Sábado 7 de junio, caseta 168 (Plataforma): 18:30-20:30.

Ahí lo tenéis. Este año tendremos menos movimiento de casetas pero mucho más rato para sentarnos tranquilamente y estropearos vuestro ejemplar de El fin de los sueños con dedicatorias y dibujitos. Y os daremos marcapáginas chulos como este:

Marcapaginaseditorial2

Por lo demás, estaremos también la mañana del sábado dando vueltas por la feria y cotilleando casetas (y probablemente comprando más de lo que nos podemos permitir), así que ya sabéis, si nos veis no os cortéis y saludad y pedidnos firmas o lo que queráis (menos a nuestros gatos). ¡Ah! Además, no sé si lo he dicho ya por aquí, pero el libro ahora está también disponible en digital, ya sea .epub o .mobi (kindle). Una opción más barata y más cómoda para los que gustáis de leer en pantalla.

¡Nos vemos en Madrid!

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Lo mejor de mi semana

junio 16, 2012 — by Gabriella1

Esta ha sido una semana muuuy larga. Más que nada porque apenas he pisado la calle (aunque al final logré convencer al ilustre creador de ZasBaideFeis para que me acompañara a echar unas tapas al bar de turno. Y ya sé que no debí comer el chili, pero maemía qué rico y picante hacen el chili).

Pero es sábado, y como estáis todos por ahí de juerga mientras yo estoy aquí encerrada trabajando, me voy a dedicar a llenar un post de todas las cosas que me han llamado la atención esta semana. Sin hablar de política (algunas cosas me resultan demasiado deprimentes ahora mismo). Creo que por lo demás mi semana se puede resumir en esta ilustración de la gran Vireta:

Moda:

Como marca, Norma Kamali no me llama mucho la atención, pero tengo que reconocer que su línea de bañadores es… bueno… es chulísima. No es la mejor palabra para describir un conjunto de prendas pero es mi blog y me lo follo como quiero:

También me quedo con algunos de los vestidos-arnés de Max Aria para Herve Leger. Que sí, que salieron ya en febrero, pero yo los he descubierto hace poco:

Y, para finalizar, Anormalmag.cl vuelve a acertar de lleno con un reportaje de creatividad y moda de la mano de Antonio Guzzardo inspirado en la figura de la hechicera o reina malvada, que hace uso de los colores para hacer su magia. Espectacular:

Libros:

Esta semana ha estado marcada, para mí, por el cierre de DVD Ediciones. Estoy escribiendo un artículo de homenaje que aparecerá en Lecturalia muy pronto, pero por ahora esto ha sido lo que hemos tratado desde el lunes:

-Hemos hablado del destino curioso de algunos documentos inéditos de Kafka: http://www.lecturalia.com/blog/2012/06/12/el-destino-kafkiano-de-los-documentos-de-kafka/

-También he realizado una crónica ya más oficiosa de mi estancia en la Feria del Libro de Madrid:
http://www.lecturalia.com/blog/2012/06/13/feria-del-libro-de-madrid-2012-una-pequena-cronica/

-¿Qué tal se te da leer mientras caminas?: http://www.lecturalia.com/blog/2012/06/14/leer-mientras-caminas/

-Alfredo Álamo reflexiona sobre las motivaciones que podemos tener para escribir: http://www.lecturalia.com/blog/2012/06/15/escribir-como-desafio/

En otras webs, es interesantísimo el artículo que publica Yorokobu sobre el trabajo de traducción que hay detrás de Los Simpsons. Enhorabuena a su autor, Juanjo Villalba, y a la traductora María José Aguirre de Cárcer por su excelente trabajohttp://www.yorokobu.es/traduciendo-los-simpson-o-la-inventora-de-del-fresisuis/

En cuanto a mi biblioteca personal, ha caído Her Fearful Symmetry (Una inquietante simetría), de Audrey Niffeneger, una obra que prometía mucho pero que, por desgracia, no cumple con las expectativas que marca la primera mitad del libro. Toda una serie de ideas magníficas que quedan en nada o que se transforman en líneas de acción un tanto ridículas y muy poco creibles; algo que me sorprende después de la cuidadosa distribución de su conocidísima novela La mujer del viajero en el tiempo. El libro en sí salió de una pequeña tienda de compraventa de libros de segunda mano que he descubierto escondida cerca de mi casa, así que apenas me costó 3 ó 4 €.

Y, para terminar, aunque apenas he tenido tiempo para nada de Miss Cristal, dejo por aquí unos pendientes recién salidos del horno. La mano de madera, que me encanta, es un regalo del Demiurgo.

¡Feliz fin de semana para todos!

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Madrid

junio 5, 2012 — by Gabriella7

Siempre me gusta ir a Madrid, aunque en esta ocasión haya acabado en una gastroenteritis que me tuvo pegada a la cama durante unas 24 horas bastante desagradables con su consiguiente estancia alargada de hotel. Es imposible no quedarse con las cosas buenas, que suelen derivar de la fantástica compañía de la gente excelente que conozco en la capital.

Aquellos que me conocéis muy de cerca sabéis que soy bastante tímida, aunque a veces procure esconderlo con una buena dosis de extroversión excesiva. Y además tengo cierto pánico a la gente más o menos famosa. Parece que últimamente me ha tocado una cuota más de lo habitual de este tipo de persona: desde un Álex de la Iglesia que apareció en una cena en Barcelona hace un mes hasta formar parte de una mesa redonda hace unas semanas en Málaga en la que participaba José Carlos Somoza. Pues no es para tanto, diréis vosotros, son personas como cualquiera. Yo qué se, padezco de starphobia o algo por el estilo.

Pero el otro día, en la feria del libro de Madrid, me crucé con la Infanta Elena. Quiero decir, literalmente, que pasó justo a mi lado, saliendo de entre las casetas con un grupo de acompañantes, justo hacia donde estaba yo. Me di cuenta de que era la Infanta al cabo de unos segundos, tras esa sensación rara de “conozco a esa señora, ¿de qué la conozco?” (eso y el tipo altísimo, cuadrado y bien vestido que iba unos pasos detrás de ella eran signos inequívocos de avistamiento de realeza).

Y me importó poco, de hecho nada. No porque sea antimonárquica (que también), sino porque en esos momentos yo andaba lloriqueando de la emoción de tener un libro* firmado por el mismísimo Miguel Ángel Martín, que además había tenido la amabilidad de hablar conmigo mientras me hacía un dibujito, aunque debió de pensar que era tarada perdida, debido a mi incapacidad para expresar nada que fuera mínimamente coherente. He llorado de felicidad como una niña chica que se ha comprado la Barbie más grande y guapa de la tienda. Qué le vamos a hacer, siempre he sido más de escritores gore que de princesas, y si no que se lo pregunten a mi pareja, también creador de monstruos y fantasmagorias, al que saqué de su propia caseta para abrazarlo como una gilipollas, alejándolo, a su vez, de su tarea de firmarle a gente que ha crecido con sus libros, libros que han marcado sus sueños, inspiraciones y pesadillas. Como me ocurrió a mí cuando leí por primera vez Rubber Flesh, en el Víbora, hace ya más de diez años.

*El libro en cuestión es Playlove, muy muy bien editado por Rey Lear, y os lo recomiendo. Tal vez el prólogo de Hernán Migoya no sea el más adecuado (en mi opinión es un tanto simplista y pierde un poco de vista la tristeza y abandono de la historia para dar sus propias opiniones sobre la determinación de los sexos). A mí me ha resultado una experiencia melancólica, no tanto acerca de la diferencia entre hombres y mujeres y el significado de la (in)fidelidad, sino sobre los diferentes discursos que usamos para relacionarnos y el narcisismo que subyace en ambos sexos, a veces, bajo la aparente felicidad de los sentimientos y la satisfacción física. A Martín no le hacen falta máscaras de gas ni imágenes de penes mutilados para impactar (aunque claro, eso siempre ayuda).

O a lo mejor es que soy un bicho extraño y no puedo identificarme con esas mujeres necesitadas y monógamas de las que habla Migoya, ni conozco a ningún macho alfa de esos a los que tanto se refiere (en el fondo, los que he conocido que más se han acercado a ese concepto han sido seres inseguros, tambaleantes, heridos, que sólo tenían éxito con mujeres inseguras, tambaleantes, heridas). Tampoco creo que ninguno de los personajes de Martín encaje del todo en esas categorías. Las mujeres de Playlove son egoístas, a la vez que asumen y esperan el engaño. El macho alfa es un superhombre solitario que encuentra placer en el juego de la violencia, al mismo tiempo que procura otorgarle a cada mujer aquello que esta realmente cree que necesita. No puedo empatizar con ninguno de ellos, pero, a la vez, qué frío y serio se queda el mundo cuando el libro acaba. Cuánto hay detrás de ese dibujo y guión sencillo y aséptico. Tal vez ahí radique el secreto.

Creo que con el tiempo me cuesta cada vez más reconocerme en lo que todos quieren definir como mujer, y me cuesta más identificar lo que todos quieren definir como hombre. Reconozco los paradigmas, sí, los modelos. Hay muchas mujeres que encajan a la perfección con los estereotipos, y muchos hombres. Creo que me rodeo de personas que se alejan, poco a poco, de esas clasificaciones. No digo que el sexo se difumine, en una especie de androginia artificial, sino que cada vez nos importan menos determinadas convenciones. No lo sé. Tal vez sólo sea eso, mi propia percepción en un mundo cerrado de personas que me hacen feliz. En cualquier caso, comprad el libro y juzgad por vosotros mismos. En el peor de los casos, le estáis dando de comer a un artista.