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Las 10 cosas feas que no nos cuentan sobre escribir

agosto 25, 2015 — by Gabriella49

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Dice James Altucher que cuando te conviertes en escritor profesional (si es que eso existe) te ocurren cosas horribles. Para empezar, pierdes a tus amigos.

Es verdad. Os lo prometo. Pierdes a casi todos tus amigos. Porque no tienes vida social. Porque no sales de tu casa, porque cada minuto suelto que tienes lo dedicas a cosas básicas: leer, escribir y mover un poco el culo para que tu columna no se parezca demasiado a la de tu abuela.

Sí, sí, a cambio haces cientos de nuevos amigos. Cada lector que coge tu libro. Cada persona que te comenta en el blog. Cada correo que recibes de alguien para quien tu escritura ha supuesto algo, aunque sea una chispa de ilusión. Y aprendes a darle prioridad a lo que te importa, y dentro de esas prioridades solo dejas entrar a las tres o cuatro personas que saben lidiar con tus modos de ermitaño introspectivo. Así que en realidad no es tan terrible.

En el cole, cuando me decían que tenía talento para escribir, sin saber el flaco favor que me hacían (sin esa idea de que tenía talento, de que desde el principio escribiría cosas fantafabulosas, no habría abandonado la escritura por frustración, una y otra vez), a nadie se le ocurrió decirme que me quedaría sin amigos. No me avisaron. Pero era inevitable. Cuando iba con gente de mi edad a la playa, me aburría (¡y me quemaba!) y me marchaba a alguna roca recóndita para escribir la Gran Novela (una aberración sobre vampiros alienígenas con un personaje principal tan mary sue que haría ruborizarse a todas las maría susanas del mundo mundial). Creo que solo iba a la playa porque así me podía dar el lote con alguien sobre la arena y ya tenía material para otra Gran Novela o, mucho peor, un Gran Poemario. Cuando tienes quince años y eres chica es fácil encontrarse a alguien que quiera darse el lote contigo sobre la arena. Es menos fácil dar con alguien dispuesto a leerse tu Gran Novela o tu Gran Poemario sin una Gran Carcajada.

Luego encontré amigos mejores, o más bien mejores para mí. Y me di cuenta del atajo evidente: si encuentras amigos escritores (o novios/as de escritores, eso también sirve), ellos lo comprenderán. Comprenderán las diez cosas desagradables que nunca te cuentan. Altucher habló de ellas en su web y he decidido darles mi propia perspectiva. Los encabezados son suyos: los comentarios a todo este tinglado son míos, por la sencilla razón de que Altucher es un señor muy ocupado y nunca contesta los emails que le mando, así que no sé si tengo su permiso para traducir sus artículos o no.

Estas son las diez cosas feas que me habría gustado que me contasen sobre escribir:

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Cómo seguir centrado cuando te aburres trabajando en tus metas (traducción de un artículo de James Clear)

abril 15, 2014 — by Gabriella3

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Hoy os traigo otro artículo de uno de mis blogueros favoritos, James Clear. Clear se especializa en ciencia del comportamiento, e intenta adaptar los estudios científicos de esta área al día a día, concentrándose en temas como productividad y superación personal; también habla de muchas de sus experiencias personales y hace uso del conocimiento de diferentes expertos de todo tipo de sectores. Este artículo en concreto me pareció importante: ¿cuántas veces habéis iniciado un proyecto de forma apasionada y enseguida os habéis hartado? Puede ser muy difícil eso de la constancia, de seguir trabajando cuando lo diario es aburrido y las metas parecen lejanas e inalcanzables, cuando un proyecto pierde su brillo inicial. Para mí era casi imposible, pero poco a poco empiezas a hacerlo con cosas muy pequeñas, y un día algo cambia en tu cabeza, en tu forma de pensar. Es difícil, sí, pero no imposible. 

La traducción, por supuesto, se ha realizado con permiso de Clear. A partir de aquí todo el texto es suyo, la traducción es mía. Este artículo se publicó inicialmente en JamesClear.com. Espero que lo disfrutéis y que os resulte útil.

Cómo seguir centrado cuando te aburres trabajando en tus metas

me aburro en el trabajo

Todos tenemos metas y sueños, pero a veces es difícil ser fieles a nuestros objetivos.

Todas las semanas, me escribe gente que dice cosas como: «Empiezo con buenas intenciones, pero no consigo ser constante durante periodos largos de tiempo­».

O me dicen: «Tengo un problema de resistencia mental. Empiezo pero no consigo mantenerme concentrado durante mucho tiempo».

No os preocupéis. A mí me pasa lo mismo. Por ejemplo: empiezo un proyecto, trabajo en él durante un rato, luego pierdo el enfoque y empiezo con otra cosa diferente. Y entonces pierdo concentración en esa meta nueva y empiezo con otra. Y así siempre. Al final, he parado y reiniciado tantas veces que apenas he progresado en nada.

A lo mejor tú también te has sentido así.

Este problema me recuerda a algo que aprendí un día en el gimnasio…

El mito de la pasión y la motivación

Un día en el gimnasio vino de visita un entrenador que había trabajado con miles de atletas a lo largo de su carrera; algunos eran competidores a nivel nacional u olímpico.

Yo acababa de terminar de entrenar; me acerqué y le pregunté: «¿Cuál es la diferencia entre los mejores atletas y todos los demás? ¿Qué es lo que hace la gente de éxito que los demás no hacen?».

Él mencionó de pasada todas las cosas que eran de esperar: genética, suerte, talento…

Pero entonces dijo algo que no me esperaba.

«Llega un momento en que todo se reduce a quién puede soportar el aburrimiento de entrenar todos los días, levantar las mismas pesas una y otra vez».

Este consejo me sorprendió, porque es una forma muy distinta de pensar en cuanto a la ética del trabajo.

La gente casi siempre habla de motivarse para poder trabajar en sus metas. Ya sean negocios, deportes o arte, es común escuchar a gente que dice: «Todo se reduce a tener pasión por lo que haces».

Debido a esto, creo que muchas personas se deprimen cuando pierden enfoque o motivación, ya que creen que la gente de éxito debe de tener una pasión imparable y una fuerza de voluntad que a ellos les falta. Pero eso no es lo que decía este entrenador, de hecho era lo contrario.

Él decía que la gente de éxito siente el mismo aburrimiento y falta de motivación que el resto. No tienen una pastillita mágica que los prepare e inspire todos los días. La diferencia está en que las personas que se comprometen con sus metas no dejan que sus emociones condicionen sus acciones. Aquellos que ofrecen un mayor rendimiento encuentran la manera de hacer acto de presencia, lidiar con el aburrimiento y aceptar la práctica diaria necesaria para alcanzar sus metas.

Según este entrenador, la habilidad para llevar a cabo el trabajo diario cuando no es fácil es lo que separa a los máximos exponentes de un campo de todos los demás. Es la diferencia entre profesionales y aficionados.

Trabajar cuando el trabajo no es fácil

Cualquiera puede trabajar cuando se siente motivado.

Cuando era atleta, me encantaba ir a entrenar después de una victoria. ¿A quién no? Tu entrenador está contento, tus compañeros están emocionados y sientes que puedes con cualquiera. Como emprendedor, me encanta trabajar cuando me sobran los clientes y las cosas van bien. Los buenos resultados tienden a empujarte hacia delante.

¿Pero qué hay de cuando estás aburrido? ¿Qué hay de cuando el trabajo no es fácil? ¿Qué hay de cuando sientes que nadie te está haciendo caso o no estás consiguiendo los resultados que querías?

¿Estás dispuesto a trabajar durante diez años de silencio? (Nota de Gabriella: Aquí Clear se refiere a esas 10000 horas de las que tanto hemos hablado en este blog, de esos años de trabajo constante y sin recompensa que hacen falta para destacar en cualquier campo).

Lo que realmente marca la diferencia es tu habilidad para trabajar cuando el trabajo no es fácil.

No se trata del evento, sino del proceso

Con demasiada frecuencia tendemos a pensar que las metas solo son el resultado. Vemos el éxito como un evento que puede ser alcanzado y completado.

Aquí tenemos algunos ejemplos comunes:

  • Mucha gente ve la salud como un evento: «Si pierdo nueve kilos, estaré en forma».
  • Mucha gente ve ser emprendedor como un evento: «Si conseguimos que nuestro negocio salga en el New York Times, ya hemos triunfado».
  • Mucha gente ve el arte como un evento: «Si consiguiera que mi trabajo se expusiera en una galería más grande, conseguiría el prestigio que necesito».

Esta son algunas de las muchas maneras en las que limitamos el éxito a un solo evento.

Pero si te fijas en la gente que alcanza sus metas de forma habitual, empiezas a darte cuenta de que no son los eventos o los resultados los que hacen diferentes a esas personas. Es su compromiso para con el proceso. Se enamoran de su práctica diaria, no del evento individual.

Lo gracioso, claro, es que este amor por el proceso es lo que te permite disfrutar de buenos resultados.

Si quieres ser un gran escritor, tener un libro superventas es maravilloso. Pero la única forma de llegar a eso es enamorarte del proceso de escribir.

Si quieres que el mundo conozca tu empresa, claro que sería genial salir en la revista Forbes. Pero la única forma de conseguir ese resultado es enamorarse del proceso de promoción.

Si quieres estar más en forma que nunca, es posible que sí, que te haga falta perder nueve kilos. Pero la única forma de conseguirlo es enamorarte del proceso de comer sano y hacer ejercicio de forma periódica.

Si quieres mejorar de forma notable en cualquier aspecto, tienes que enamorarte del proceso. Tienes que enamorarte de la construcción de la identidad de alguien que lleva a cabo ese trabajo diario, en vez de limitarte a soñar con los resultados que deseas.

En otras palabras:

Enamórate del aburrimiento. Enamórate de la repetición y la práctica. Enamórate del proceso de lo que haces y deja que los resultados vengan solos.

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James Clear writes at JamesClear.com, where he uses behavior science to share ideas for mastering your habits, improving your health, and increasing your creativity. To get useful ideas on improving your mental and physical performance, join his free newsletter.

James Clear escribe en JamesClear.com, donde utiliza la ciencia del comportamiento para compartir ideas que puedan servir para controlar tus hábitos, mejorar tu salud y aumentar tu creatividad. Si buscas ideas útiles para mejorar tu rendimiento mental y físico, apúntate a su boletín gratuito (en inglés).

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Imagen por cortesía de bplanet / FreeDigitalPhotos.net

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Los diez demonios del escritor

marzo 27, 2014 — by Gabriella3

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Sí, todos sabemos ya cuál es el auténtico enemigo del escritor, o de cualquier persona que haya juntado varias palabras de forma bonica sobre un papel y haya osado considerarlo literario. La gran dificultad consiste en publicar, y muchos consideran que todo lo que haya antes (o después) de alcanzar esa meta no es importante. Pero todos tenemos nuestros miedos, nuestras ambiciones y nuestras debilidades, esos problemas que se nos ponen, maléficos, por delante cuando intentamos escribir. Hace poco se me ocurrió preguntar en Facebook entre mis contactos cuál era su mayor complicación a la hora de escribir, ya que muchos de ellos son escritores (profesionales o aficionados; de ficción o ensayo; de prosa o poesía). Y muchas de las respuestas, cómo no, se repetían y entrecruzaban. Y aquí os dejo, del 10 al 1, los mayores demonios del escritor:

10. Los diálogos. Así, en general. No nos gustan nada. Es una labor delicada la de escribir diálogos que no queden artificiales y ñoños. Esta labor se ve influida además por elementos externos llenos de diálogo cliché como son muchas series de televisión o gran parte del cine comercial.

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9. La falta de tiempo. Ah, el tiempo, ese bastardo. Tenemos vida familiar, tenemos trabajo (por si alguien no se ha enterado todavía, es casi imposible vivir de la escritura), tenemos miles de cosas por hacer. El problema, además, es que tendemos a pensar en la escritura como algo que se realiza en grandes bloques, como esos escritores famosos que alquilan una habitación de hotel y se tiran tres meses sin salir de ella, escribiendo y consumiendo drogas. Sin embargo, la realidad es que solo diez minutos diarios de nuestro tiempo podrían significar una gran diferencia en la calidad y cantidad de nuestra escritura.

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8. Aspectos formales. La ortografía y la gramática son dos grandes enemigos, y otras cuestiones de estilo nos avasallan también: repeticiones de palabras, la búsqueda del adjetivo exacto, el exceso de puntos suspensivos, la descripción de temas peliagudos…

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7. La extensión. Una vez hemos comenzado, todo son ganas y alegría y admiración por la obra de arte que estamos creando. No obstante, conforme avanza el texto y la cosa se nos hace larga, perdemos un poco el norte y el amor por el texto. Las obras largas son difíciles, no hay duda; y cuanto más difíciles, más complicado es mantener la ilusión por lo que escribimos.

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6. El ritmo. La transición entre escenas, los cambios de estados de ánimos de los personajes, la fluidez de los diálogos… Como bien apuntaban mis amigos escritores, todo esto compone la música del texto, y si falla alguno de estos aspectos, falla todo.

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5. Constancia. Este está íntimamente relacionado con el punto 1. Tendemos a creer que escribir es algo que ocurre cuando bajan las musas del monte Parnaso y nos tocan con sus delicadas manos mágicas, pero la realidad es que las ideas brillantes provienen de sentarse de forma periódica delante del ordenador o del cuaderno para soltar nuestro rollo. Hay muchas más posibilidades de conseguir algo maravilloso de 500 intentonas pequeñas que de 5 intentonas grandilocuentes (más sobre esto y sobre la regla de las 10000 horas aquí).

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4. Corregir. Y corregir, y corregir otra vez. No solo es aburrido, sino que corremos el riesgo de acabar odiando tanto nuestro texto que acabe en la basura. La corrección es necesaria, pero la reescritura obsesiva puede llevarnos al oscuro abismo de la desesperación (como atestigua mi manuscrito abandonado de 90000 palabras. Que estoy reescribiendo).

No obstante, por favor no seáis de esos “autores” que no revisan sus obras para “no perder la frescura del texto original”. Los ojos de vuestros lectores os lo agradecerán.

Y si necesitáis una ayudita, tengo un libro (tirado de precio, además) que escribí especialmente para eso.

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3. Empezar. Ese terror a la página o a la pantalla en blanco nos bloquea, evita que lo intentemos siquiera. Ya sea miedo, desidia o ansiedad, resulta que lo que nos cuesta, ante todo, es ponernos.

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2. La concentración. Parece ser que a todos nos falta enfoque. Cualquier distracción nos sirve: nuestra familia, las redes sociales o, incluso, como apuntó un amigo que parece querer revelar la verdadera razón por la que trabajan los escritores: “las groupies pidiendo sexo”.

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1. La pereza. La ganadora por goleada. Ya sea por procrastinación o simple dejadez, parece ser que lo que nos falta es fuerza de voluntad.

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Personalmente, creo que la fuerza de voluntad, o la ausencia de esta, no es realmente la responsable. Ya he hablado en el blog de los pequeños hábitos y de lo que se puede conseguir con estos, y seguramente seguiré hablando del tema (podéis empezar con este megapost sobre productividad, por ejemplo). Pero implementar un hábito exige dedicación y tiempo, y por tanto deberíamos concentrarnos en implementar aquellos que realmente van a producir un cambio importante en nuestras vidas, aquellos que responden a prioridades vitales. Si tu mayor demonio en la escritura es la pereza, tal vez conviene analizar cuáles son tus prioridades y decidir si merece la pena establecer un plan de acción. Y, más importante, llevarlo a cabo. Para el aficionado o el escritor ocasional, esto probablemente no compense. Pero para cualquier persona que pretenda mejorar la calidad de su escritura o avanzar en algún proyecto literario, la constancia es determinante. Y es la única forma de vencer a ese demonio nº 1.

Con la escritura, como con el ejercicio, yo pensaba que todo era ponerse, que me faltaba disciplina y voluntad. Y lo intentaba, una y otra vez, sin obtener resultados. Tuve que darme cuenta de que es una cuestión mucho más compleja, donde intervienen las costumbres, el entorno o la hora del día, entre otros muchos factores. Así que si realmente buscas constancia y disciplina, merece más la pena analizar estos factores y modificarlos de forma eficiente que intentar conseguirlo a golpe de vara. Aunque la vara también puede venir bien, sobre todo si llevas a cabo algo por miedo a una penalización (uno de mis contactos escritores utiliza un sistema de “apuestas”. Si no consigue alcanzar una meta de escritura a tiempo, deberá pagarle 50 € a su amigo, y viceversa. También se puede utilizar un sistema de recompensa, pero hay personas a las que la vara les sienta la mar de bien).

Por otro lado, me parece muy curioso que apenas se hayan mencionado algunos aspectos que, como lectora y correctora, encuentro en la mayoría de mis clientes, sobre todo en el ámbito formal. ¿Es posible que muchos veamos complicaciones donde no las hay, y sin embargo no veamos aquellas que los demás consideran evidentes? Este es otro tema que trataré más adelante.

En próximos artículos, voy a intentar ir atacando algunos de estos puntos y ofrecer soluciones prácticas. Se agradecen sugerencias, comentarios y, por supuesto, que me digáis por aquí cuáles son vuestros diablillos particulares.


 

Editando: Desde que escribí este artículo he profundizado bastante en el tema de la disciplina para escribir. En este artículo ofrezco 9 maneras de conseguir algo cuando no tienes fuerza de voluntad.

Y si queréis seguir leyendo sobre grandes tragedias de escritor y cómo superarlas, echadle un ojo también a este post.


 

Imágenes por cortesía de bplanet, jesadaphorn, surachai, metrue, ponsuwan, supakitmod, FrameAngel, Stuart Miles, Charisma,  anekoho / FreeDigitalPhotos.net

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¿Es realmente posible alcanzar una meta si le dedicas el tiempo y el trabajo suficiente?

febrero 7, 2014 — by Gabriella3

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Hace poco más de un año tomé la decisión, seria y algo acojonada, de escribir. Había escrito antes, claro, toda mi vida, pero de una forma insegura, intermitente, valiéndome solo de las musas y la inspiración. La disciplina la dejaba para la edición, que fue, al fin y al cabo, a lo que me dediqué durante casi toda mi vida anterior.

No me lanzaba a la piscina desde el vacío, desde la nada. Siempre he leído bastante, ya fuera por ocio o trabajo, y he pasado muchísimo tiempo trabajando textos ajenos, tanto desde un punto de vista académico como profesional. Corregí, maqueté, valoré, analicé, y casi todo lo que se puede hacer con un texto destinado al público. Me di cuenta de que estaba ocupándome casi por completo, de una manera u otra, del proceso editorial, y eso estaba bien. Estaba ayudando a otros escritores a mejorar su obra, a presentarla de la mejor forma que yo supiera ofrecerles. Una forma que, si bien no era perfecta, era mucho mejor que el manuscrito inicial. Creía (y sigo creyendo) que tenía un pequeño don para sacar lo mejor de un autor. Esto es algo que sigo desarrollando a través de la corrección de estilo, y que me mete en más de un lío, ya que me resulta muy difícil separar mi labor de simple correctora de mi antigua labor de edición: si me encuentro con un texto con agujeros argumentales o incoherencias narrativas, por ejemplo, necesito trabajarlo con el autor, aunque sepa que eso va a complicar y alargar mi trabajo de forma innecesaria.

Todo ese bagaje era importantísimo para comenzar una labor seria como escritora, no solo por la formación que me proporcionaba, sino por todos los contactos que realicé en mi fase de editora, y por todo lo que aprendí de otros profesionales del mundo de la edición, gente a la que aún admiro y a la que ocasionalmente acudo. Creo que hice lo que tenía que hacer, pero por otro lado lamento no haber tenido una meta más específica. El mundo de la edición te exige estar en muchos frentes a la vez, y yo tiendo a la multitarea y al pluriempleo. Hace un año me di cuenta, ya de forma definitiva, de que eso tenía que cambiar. Necesitaba un objetivo claro.

La importancia del trabajo diario

Ya he hablado varias veces en el blog de las 10000 horas, las que se supone que necesitas para dominar una habilidad. No se trata solo de echarle 10000 horas a algo: deben ser horas realmente útiles para tu habilidad, horas de aprendizaje puro, y también hay muchos otros factores que deben cultivarse: redes sociales (no me refiero a Facebook, que también, sino a redes de interacción en general con otras personas de las que puedes aprender). Cerca de esta teoría está la de los 7 años, que es que necesitas 7 años para llegar a algo en algún campo; también está el llamado compromiso de los cinco años, del que leí por primera vez en un artículo de Steve Pavlina, pero que tiene variantes de todo tipo por todas partes.

El compromiso de los cinco años es interesante porque te hace plantearte en serio si lo que estás haciendo es útil para ti. Si tomas una dirección, profesional o personal, ayuda mucho preguntarte: ¿voy a comprometerme a seguir haciendo esto dentro de cinco años? ¿En serio? ¿Pase lo que pase? ¿Todos los días? Son preguntas importantes, si tenemos en cuenta que esos cinco años son lo mínimo que hacen falta para obtener algo de importancia en cualquier campo. Uno no puede rendirse, opinar que todo ha salido mal, cuando solo lleva seis meses haciendo algo. Y muchos argumentarán que interviene la suerte, que hay quien es descubierto de la noche a la mañana, por ejemplo. Pero si uno investiga un poco, descubre que la mayoría de esas personas que han tenido éxito en algún campo, de manera aparentemente afortunada y casual, llevaban ya años desarrollando determinadas habilidades, y que el hecho de que estuvieran en el sitio adecuado en el momento adecuado se debe en gran medida al desarrollo de esas habilidades. La suerte existe, sí, pero es un factor mucho menos determinante de lo que podría parecer.

Primeros resultados

Tras el primer año realmente dirigido, de esos cinco a los que me he comprometido, puedo decir que los resultados han sido favorables: tengo un libro a las puertas (El fin de los sueños, junto con José Antonio Cotrina, que saldrá publicado el 20 de marzo con Plataforma Neo); tengo otra obra finalizada, en proceso de corrección, que pronto empezará a hacer la ronda por editoriales; y escribí 90000 palabras de una novela que, por muchas razones, me he visto obligada a reiniciar por completo, pero que espero poder terminar antes de que acabe el 2014. Pero todo esto no viene solo de sentarse a escribir a diario: si yo no hubiera pasado ocho años de mi vida de congreso en congreso, de convención en convención, hablando con escritores y editores, nunca habría conocido a las personas adecuadas para aprender a navegar en el complejísimo mundo de la edición. Si no me hubiera hecho un currículo, publicado otras cosas, nadie habría creído en mis posibilidades. Si no hubiera tenido cierta habilidad mínima para empezar, mi coautor no habría considerado compartir portada conmigo (y os puedo asegurar que es una persona tremendamente exigente y meticulosa). Así, repetimos: esas 10000 horas no son solo de escribir, leer, corregir y escribir de nuevo. También son de socializar con gente del gremio, de estar en todas partes, de dar y asistir a charlas y conferencias que de primeras podrían parecer inconsecuentes (todas estas acciones que, para una persona de naturaleza introvertida como yo, son agotadoras). Incluso son de escribir cientos y cientos de artículos sobre literatura para una página web. Todo está relacionado.

Contra viento y marea

Todo esto ha exigido una reestructuración mental muy grande por mi parte. Para empezar, decidí dirigirme a un nicho de mercado más productivo, que antes no había considerado: la literatura juvenil. He intentado tragarme la timidez y atreverme con ciertas cosas a pesar del miedo. He aceptado la disciplina diaria de escribir, y no he fallado ni un solo día. Escribir se ha convertido en una prioridad absoluta, por encima de comer, dormir o incluso pasar tiempo con mi familia o mi pareja. Todo esto compaginado con horas y horas de otros trabajos para intentar obtener algún ingreso. No soy muy fan de Almudena Grandes, por ejemplo, pero sí soy muy fan del hecho de que durante años se levantara a las cinco de la mañana para poder escribir, antes de llevar a los niños al colegio o ponerse a trabajar. Esas son las cosas que nunca nos cuentan de la glamurosa vida del escritor.

Hay muchos días que me levanto desalentada y me pregunto si algo de esto merece la pena. Los ingresos, tanto por mi trabajo como escritora como por mis demás ocupaciones laborales, son ínfimos (hace un par de años volví a casa de mis padres porque ya no podía permitirme alquilar un piso y pagar las facturas. Sigo sin poder permitírmelo). Trabajo mucho, e intento hacerlo lo mejor posible. Pero desde hace un tiempo siento que, a pesar de la ocasional desesperación, mi vida está llena de cosas maravillosas, de experiencias alucinantes y de posibilidades mágicas. Y tengo algo que mucha gente no tiene: un compromiso para cinco años. No puedo esperar a ver qué me deparan los cuatro siguientes.

Conclusión

Todo esto nos lleva a una única pregunta: ¿Es verdad lo que nos venden? ¿Es posible entonces desarrollar una habilidad y llegar a algún sitio con ella en el espacio de cinco años de trabajo constante y teledirigido?

No lo sé, pero pienso averiguarlo.