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13. Una historia de amor (relato breve)

mayo 26, 2014 — by Gabriella0

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Marcos abrió los ojos y vio blanco, luz artificial. Tardó unos segundo en distinguir siluetas, formas. Todo aquí estaba tenue, diluido. Bienvenido al mundo real.

Cuando salió a la calle pisó inseguro. «¿De qué estoy hecho?», se preguntó, mientras se examinaba las manos. Hacía tan solo una media hora habían sido manos verdes de mujer, con las que había masturbado a un hombre morsa en las colinas del Desencanto, en el país florido de Oom. Antes habían sido filamentos negros, relucientes, con los que había cabalgado a un escorpión gigante, que lo había llevado de paseo bajo un mar rojo de plasma. Había sido como vadear entre sangre viscosa. No sabía cuánto tiempo había transcurrido en esa habitación, atado a las máquinas y a los sueños. Cada vez la visitaba con mayor frecuencia. Antes iba con Danya, pero ahora ella iba al centro de la calle Viriato. Decía que allí, por el mismo precio, había lujosos sofás de terciopelo y servían champán. Como si eso importase.

«¿De qué estoy hecho?», se preguntó de nuevo. Una vez se había hecho un corte superficial, para comprobarlo. Era peligroso salir de las máquinas en ese estado. ¿Y si un día se despertaba pensando que realmente podía volar?

Danya no podía competir con las mujeres de los sueños, ni con aquel delfín que lo visitaba en ocasiones, sus brillantes escamas de dragón llenas de amor y júbilo. Danya ni siquiera compraba ya nada para comer. Comía en sueños, y luego tragaba un par de pastillas sustitutivas. Ahora estaba muy delgada, casi piel y hueso, y le resultaba repugnante. Hacía tiempo que no dormían en la misma cama y él lo agradecía; agradecía no sentir sus afilados codos, rodillas y caderas contra su cuerpo incómodo. Cada vez costaba más dormir y no era de extrañar. ¿Quién querría dormir en su propio cuarto si podía acudir a las máquinas y llenar el sueño de mundos alados, de prados acuosos y ballenas de relojería?

Ya no trabajaba. Nunca lo había hecho por dinero, sino por autoestima, por dignidad. La herencia había cubierto todas sus necesidades, Danya incluida. Ahora no podía trabajar. Cuando escribía líneas de código, estas se desplazaban, se caían por el borde de la pantalla. Comandos suicidas. Caracteres nihilistas. Habían desaparecido de sus dedos y de su mente. ¿Cómo podía uno crear con un teclado cuando la mente se deslizaba por el aire en sueños, cuando planeaba entre nubes de sabores y astros de purpurina? La consola era una puerta cerrada más entre todas las puertas y pasillos que lo separaban de lo onírico y de su imaginación pura, sin adulterar. Incluso una mala pesadilla era diez veces mejor que el mejor de sus programas, por mucho que sus clientes le prometiesen fama, poder y gloria por cada proyecto acabado. «No hay nada», se decía, «no hay fama ni poder ni gloria sin el delfín de escamas de dragón y el escorpión submarino. No sé de qué estoy hecho aquí, en esta simulación, en esta realidad virtual en la que me encierro. Si me conectara para siempre, nadie me echaría en falta. El mundo a mi alrededor podría caer, deshacerse en la nada. Nada cambiaría».

Pero en aquella habitación había límites, controles impuestos por el gobierno y por Sanidad. No más de 24 horas, y luego un mínimo de tres días de descanso. Y apareció de imprevisto Danya, con su cara macilenta y lágrimas en los ojos y dijo que ya estaba bien, que tenían que dejarlo. Que no se habían visto en dos meses. Que quería recuperar su vida en común, volver a sentir el asombro y la euforia de sus primeros días juntos, de un mundo vacío que ellos pudiesen llenar. Y Marcos se dejó llevar, tal vez por pena y desesperación, en uno de esos tres días prohibidos, e hicieron el amor y antes de parpadear siquiera Danya estaba embarazada. Danya, que siempre había tomado medidas. Danya, que no creía en la familia. Danya, ahora de tres meses y con una orgullosa mirada de madre por llegar.

Marcos hizo todo lo posible, eso tendréis que admitirlo. Se apuntó a grupos de desintoxicación, acudió a programas rehabilitadores. Él no era el único adicto, bien lo sabía, aunque pocas personas sufrían de una dependencia como la suya. Dormían los sueños, vivían lo onírico, se asustaban con alguna pesadilla y no volvían. Seguían regresando al exterior. Marcos lo intentó, os aseguro que lo intentó. Cada día, poco a poco, con la vista puesta en el hijo por llegar y los años por vivir.

Y ayer mismo nos enteramos de que se había tomado un paquete entero de pastillas y se había marchado a dormir para siempre. Estábamos todos muy tristes, porque, aunque no conocíamos a Marcos personalmente, siempre nos entristece que alguien pierda, que se rinda, porque nos recuerda que nosotros estamos muy cerca de perder, de rendirnos.

Lo malo de los sueños inducidos es que vienen de alguna parte. Están las máquinas, claro, pero solo recogen y exaltan lo que uno ya tiene en la cabeza. Y cuando uno regresa al sueño natural, a dormir de forma orgánica, el origen sigue allí. Las imágenes siguen allí. Uno puede dejar las máquinas, pero no deja de soñar.

Suponemos que Marcos murió con esa gran sonrisa en los labios que aparecía en las fotos en todos los medios, esa gran sonrisa de satisfacción. La muerte como sueño eterno. Suponemos que se acercó el delfín, con relucientes escamas de dragón y le dijo «ahora sí. Ahora sí que te tengo para siempre». Una historia de amor, tenga la forma que tenga, sigue siendo una historia de amor.

 

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Imagen por cortesía de mack2happy / FreeDigitalPhotos.net

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Cómo hackear las webs de contactos. O cómo conseguir pareja como un matemático

abril 23, 2014 — by Gabriella3

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¿Es posible hackear las webs de contactos? No me refiero al hacking ilegal, destructivo. Me refiero, más bien, al tipo de atajo ingenioso que solemos asociar al lifehacking.

No sé si habréis oído hablar de eso del lifehacking, que a mi juicio forma parte de lo que he dado en llamar autoayuda 2.0 (escribí un artículo doble sobre la evolución de la autoayuda para Lecturalia, podéis leerlo aquí). El verbo to hack suele asociarse a cosas negativas (por aquello de los hackers o piratas informáticos), pero también puede ser positivo: hack es tomar atajos, es encontrar soluciones más eficientes para un problema (también significa cargarse algo a hachazos, que de forma metafórica tiene cierto sentido).

El lifehacking intenta dar con atajos o trampas que nos faciliten las cosas del día a día. Es parte de todo un movimiento racionalista y analítico que propone aplicar muchas de las soluciones que ofrece el mundo de la programación y la informática, de la ciencia del comportamiento, del análisis de datos y de muchos otros campos. También integra teorías matemáticas y sociales en boga, como la teoría de juegos (aplicada a la mercadotecnia) y la ludificación (aplicada a la creación de hábitos y a la productividad). En resumen: cualquier teoría que tenga aplicaciones prácticas para mejorar nuestro día a día y hacérnoslo más fácil entra dentro del saco lifehacking.

¿Así que por qué no aplicar conocimientos de estadística, programación y matemáticas a algo tan subjetivo y emocional como las relaciones de pareja? Hay por lo menos dos personas que han sabido hacerlo. Uno, Chris McKinlay, para ver cifras de compatibilidad y discernir qué mujeres eran ideales para él. Otra, Amy Webb, para hacerse más atractiva para citas potenciales y encontrar al hombre ideal. Dos maneras diferentes de dar con el amor de tu vida a través de webs de citas como Meetic, EHarmony y similares.

Amy, acostumbrada al análisis de datos, aplicó su experiencia al mundo de JDate, una web de citas enfocada a la comunidad judía que es tremendamente popular en Estados Unidos. Amy tenía muy claro lo que buscaba en un hombre (quería casarse y tener hijos; quería una pareja estable, alguien responsable y con un estatus social y económico determinado), pero apenas recibía visitas a su perfil en JDate, y cuando conseguía interés de algún tipo, solía resultar en desastre. Se dio cuenta de que necesitaba una cantidad mayor de candidatos para poder tener más posibilidades de encontrar a un hombre que le gustase. Así que estudió a las mujeres más populares de la web. Se creó diez perfiles falsos con diferentes tipos de hombres e interactuó con estas mujeres para estudiar sus respuestas, sus reacciones, su lenguaje. También se fijó en las fotos y perfiles: eran muy distintos a los de Amy, cuyo perfil, larguísimo, casi parecía un currículo laboral. Uno podría pensar que las más populares eran las más guapas, pero Amy encontró otro tipo de elementos en común. Algunas de sus conclusiones fueron obvias, otras no tanto:

  • Las mujeres populares tenían una descripción corta en su perfil, donde aparecían con frecuencia palabras como girl (chica) o fun (diversión/divertida). Ofrecían una imagen de mujer desenfadada, de espíritu joven, que no hablaba demasiado sobre sí misma, alguien con quien sería fácil conversar.
  • Las mujeres populares solían tomar la iniciativa. No daban demasiada información, solían abrir conversaciones con mensajes simples como «hola» o «qué tal».
  • Las mujeres populares no tenían más de cinco fotos (según Amy, esto se debía a que una vez que tienes más de cinco fotos, la media de belleza es más baja). Casi todas tenían el pelo liso y largo.
  • Las mujeres mienten sobre su altura, más que sobre su peso (¡!). Gran parte de las mujeres con las que interactuó Amy aseguraban ser más bajitas de lo que eran (por simple estadística, era imposible que todas fueran tan bajas; además, en muchas fotos era evidente que eran más altas de lo que afirmaban).
  • La gente no está muy interesada en tu trabajo. Es más efectivo empezar hablando en tu perfil de tus aficiones e intereses. La mayoría de los hombres parecían algo asustados de mujeres con éxito profesional.
  • Es difícil ser graciosa por escrito. Muchas personas sarcásticas o irónicas parecen antipáticas en sus perfiles.
  • Las mujeres populares contestaban a los mensajes online de forma casi inmediata, pero esperaban entre 20 y 23 horas para contestar a los primeros emails.

Con toda la información recopilada, Amy se hizo un superperfil, con las características de los perfiles y comportamiento de las mujeres populares con las que había interactuado. Empezó a recibir atención masculina de inmediato, y de entre todos los hombres que interactuaron con ella, no tuvo problema para encontrar al que ahora es su pareja.

En todo esto hay bastantes cosas que me preocupan, pero destaca una sobre las demás: ¿tenemos tan asumido que todo el mundo miente por internet que nos parece aceptable crear un perfil falso y mentirle directamente a otros seres humanos para recopilar datos?

El caso de Chris McKinlay es un poco más honesto. Al ver que era casi invisible en las webs de citas estadounidenses, Chris, un matemático de talento (ya sabéis, de esos que van a los casinos en Las Vegas y hacen dinero contando cartas), creó bots para analizar las preguntas de perfil a las que más respondía el tipo de mujer que le interesaba y crear grupos estadísticos. Como OKCupid, la web que utilizó, tiene sistemas para evitar este tipo de bots automatizados, Chris utilizó los datos de uso de un amigo suyo (velocidad de click, frecuencia de uso, etc.) para “humanizar” a sus bots. Y los resultados fueron más que efectivos. Dio con los grupos que le interesaban (un grupo de chicas más jóvenes con tendencias artísticas, y otro grupo de chicas más mayores, con profesiones creativas. Se creó dos perfiles, ambos reales y sinceros, pero con los datos ligeramente diferentes, cada uno enfocado a un grupo en particular. La idea era similar a la de presentar un currículum en una empresa: destacamos ciertos detalles y damos más información sobre determinadas experiencias según el sector en el que trabaje la empresa que nos interesa.

Chris creó otro programa que efectuaba visitas a miles de perfiles al día. Como OKCupid te avisa de visitas a tu perfil, esto despertaba el interés de muchísimas mujeres. Chris empezó a quedar con mujeres con gran frecuencia (llegó a tener más de una cita el mismo día). Pronto se dio cuenta de que conectaba mejor con el grupo B de mujeres, aquellas un poco más mayores con trabajos creativos.

A pesar de sus datos, análisis y estadística, Chris tuvo más de ochenta citas antes de dar con la mujer ideal. En cuanto la conoció supo que aquello era especial. A pesar de las compatibilidades con todas las demás, era la primera vez que realmente sentía la conexión química que necesitaba. A día de hoy, y aunque mantienen una relación a distancia, están prometidos.

Podéis leer más sobre la experiencia de Chris aquí, y de Amy aquí (en inglés). ¿Qué opináis sobre sus métodos? ¿Habéis utilizado alguna vez de este tipo de redes para buscar pareja? ¿Cuáles han sido los resultados?

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Acerca del poliamor, el swinging, las relaciones abiertas y otros tipos de interacciones amorosas poco convencionales

octubre 4, 2012 — by Gabriella13

Recuerdo que hace tiempo leí en algún blog un post muy interesante donde su autora, una mujer lesbiana y activista feminista, decía que se veía obligada en su entorno laboral a elegir en qué sentidos “saldría del armario” y en cuáles no. Era consciente de que, en un entorno en el que muchos de sus compañeros eran bastante conservadores, el funcionar de manera plena, identificar de manera pública su estilo de vida al completo, no era práctico (aparte de que se trataba de una persona que mantenía una distinción muy marcada entre su vida laboral y personal, a diferencia de otros, que conjugan su vida laboral con la personal y social, al tener amistades entre sus compañeros de trabajo). Buscando evitar roces y conflictos innecesarios, decidió seleccionar cuáles eran los aspectos de su vida que no podía ocultar en este entorno. Seleccionó, en primer lugar, nunca ocultar su homosexualidad, una parte crucial de su identidad. En segundo lugar, y teniendo en cuenta el carácter marcadamente machista de algunos de sus compañeros (y compañeras), eligió dejar claro desde el principio su actitud en cuanto a la igualdad de sexos. Ambos eran temas que creaban conflicto: cotilleo, rumores, enfrentamientos directos… si bien intentaba tomárselo todo con bastante tranquilidad y solo recurrir a estos aspectos de su vida cuando no tenía más remedio.

Hubo un tercer aspecto de su identidad, sin embargo, que decidió guardar para sí misma. Era poliamorosa, con lo que quiero decir que mantenía relaciones amorosas (no solo sexuales) con más de una persona a la vez.

He de decir que entiendo muy bien esta decisión. Declarar de forma abierta una sexualidad no heteronormativa empieza a hacerse relativamente común, pero hablar de un comportamiento de pareja fuera de lo ordinario… aah, esa es otra cuestión. Aunque todo el mundo acepta que existen parejas con relaciones abiertas, por ejemplo, suelen asociarse exclusivamente con el ámbito de lo privado (don’t ask, don’t tell), y por alguna extraña razón siempre se les imagina como personas de determinada edad, con atuendos estrambóticos y demasiado reveladores, que pasan los fines de semana en bares de intercambio. Decirle a un grupo de personas que tienes una relación que salga de los cánones de lo establecido puede producir mayor impacto incluso que salir del armario; además, es políticamente incorrecto escandalizarse por la homosexualidad, pero muy aceptable ponerse gilipollas porque alguien tenga más de una pareja.

Por otra parte, tendemos a meterlo todo en el mismo saco. Uno asume que una relación abierta, por ejemplo, está abierta a todo tipo de personas y en todas las condiciones. Asume que es siempre una cuestión de sexo, asume que tarde o temprano los miembros del triángulo, cuadrilátero, loquesea amoroso acabarán eligiendo, aprendiendo de sus errores y terminarán en una relación monógama bilateral clásica. Así que antes de nada vamos a dejar claras algunas nociones. Según el entorno o ambiente estas definiciones pueden variar, pero creo que por lo general coinciden en algunas cosas.

No es lo mismo polyamory (poliamor) que swinging, pero pueden ir cogidos de la mano: Una pareja, o un miembro de la pareja, puede elegir acostarse con otras personas. Pueden establecerse normas y límites (a veces puede haber reglas que limiten el número de veces que uno puede acostarse con una persona de fuera de la pareja, o deberán pedirle permiso a la pareja para poder acostarse con alguien, o el sexo se limitará a miembros de determinado sexo, etc.). Aquí estaríamos hablando de swinging (sexo con personas de fuera de la pareja, con el consentimiento de la pareja). No obstante, dentro del swinging pueden desarrollarse relaciones muy íntimas con personas de fuera de la pareja, que rocen el poliamor. Si el swinging se produce por parte de ambos miembros de una pareja, solemos hablar de tener una relación abierta.

El poliamor va un paso más allá, y se trata de relaciones amorosas consentidas entre más de dos personas. Hay muchas maneras de enfocar el poliamor, al igual que ocurre con el swinging: puede haber una pareja primaria y una secundaria, que todos estén al mismo nivel, que haya interacción amorosa entre todos o que sea solo entre determinados miembros… Aquí pueden entrar también las relaciones D/s (Dominante/sumiso/a), donde es bastante frecuente que una persona dominante tenga una pareja principal y algún sumiso o sumisa por otro lado (o viceversa, que un sumiso/a tenga pareja principal y por otro lado mantega una relación D/s con un amo/a). El amor significa un extra muy especial para cualquier relación D/s, por lo que incluso puede darse el caso de un amo/a que tenga una relación muy íntima con un sumiso o sumisa, algo perfectamente aceptable para su pareja “oficial”, que puede intervenir o no en dicha relación (que no tiene por qué incluir sexo propiamente dicho). Es, además, un acuerdo muy provechoso para parejas donde uno de los miembros tiene tendencias sumisas o dominantes que el otro no puede complacer o con las que no se siente cómodo.

-Otra noción que a muchos les cuesta entender es que el poliamor y el swinging pueden ser una elección vital. Es decir, uno puede ser poliamoroso o swinger incluso si no tiene pareja, es una actitud. De este modo, es muy probable que con cualquier persona con la que acabe teniendo una relación acabará intentando que dicha relación siga parámetros poliamorosos o abiertos. Lo cual no quita, por ejemplo, que por las circunstancias que sea acabe en una relación monógama cerrada.

No confundamos una elección vital con la religión. El hecho de que determinadas culturas y religiones puedan imponer (u ofrecer como opción) un matrimonio polígamo es algo totalmente diferente. Estamos hablando de conceptos que surgen de una elección personal, sin ningún tipo de influencia cultural o religiosa.

¿Qué hace falta para que una relación poliamorosa o una relación abierta funcionen? ¿Cómo pueden superarse los celos? Personalmente diría (y creo que muchos estarán de acuerdo conmigo) que los dos aspectos más importantes son la confianza y la honestidad o, en otras palabras, autoestima y comunicación. Hace falta mucha seguridad en uno mismo, y en la pareja, para permitir la entrada de otras personas en ese entorno íntimo, ya sea de manera plena o solo sexual. Muchas veces el problema radica en la tercera persona, que percibe la relación como una manera de acercarse a uno de los dos miembros de la pareja y “robársela” al otro. Es un riesgo más común de lo que podría parecer, pero si la pareja tiene muy claro lo que quiere puede superar este problema, y puede servir para, de hecho, reforzar su unión. En cualquier caso es fundamental plantear las reglas del juego desde el principio, mantener una comunicación abierta y, sobre todo, sincera, a lo largo de toda la relación. Las reglas son importantes, pero pueden modificarse según evolucione todo.

En cuanto a los celos, son siempre un síntoma notable, ya sea de inseguridad personal o de falta de confianza en la relación, y deben tratarse como tales. Esa tercera persona no es la razón de los celos, es tan solo un factor que exacerba la propia inseguridad en uno mismo y en la relación. Opino que es necesario considerar algo fundamental: lo que entendemos como enamoramiento y pasión dura solo un tiempo limitado. Más allá de ese tiempo nos queda el cariño, el respeto, la confianza… en resumen, todo lo que tradicionalmente conocemos como amor. Y el amor no es una cosa limitada, que tengamos que cargar exclusivamente sobre una sola persona; podemos sentir cariño, respeto, confianza y mil cosas más por otras personas. De este modo, en cuanto a las relaciones abiertas, creo con toda firmeza que uno puede mantener una relación totalmente sana con alguien mientras experimenta a nivel sexual con otras personas. En lo que se refiere al poliamor, todo se complica mucho más, claro: tener una sola pareja ya exige una cantidad determinada de tiempo, atención y esfuerzo, ¡como para vérselas con dos!

Esto no es para todo el mundo: Tengo bastante claro, tanto por experiencia personal como por aquellos swingers y poliamorosos que he tenido el honor de conocer, que el poliamor en todas sus formas, ya sea amorosa, sexual, etc., exige un alto nivel de discreción, honestidad y respeto que lamentablemente no abunda. Del mismo modo, he conocido a personas que se declaran, a pesar de sus propias fantasías, totalmente incapaces a nivel emocional de soportar el estrés de compartir a su pareja (¿cuántas veces habéis oído aquello de “mi mayor fantasía es tener un trío con otra mujer, pero no podría soportar ver a mi novio con otra”?).  Lo curioso es que considero que abrir una relación le quita un estrés muy importante a la pareja: el de la represión sexual. Como he comentado antes, pasado determinado tiempo nos acostumbramos a nuestra pareja y nuestro cuerpo cambia a nivel químico, perdemos determinados impulsos sexuales para con ella. Lo malo es que esos impulsos siguen ahí, por no hablar de la maravilla de poder conocer sexualmente a más personas, algo que es siempre un acto tremendo de descubrimiento tanto de los demás como de nosotros mismos. Por lo general esta necesidad de seguir satisfaciendo este impulso se soluciona mediante la infidelidad, algo que personalmente encuentro muy dañino: me parece un golpe a la confianza de la pareja, una infracción a las reglas del juego que la propia pareja se ha impuesto. Es, en otras palabras, una mentira, y la mentira no ayuda precisamente a crear una relación estable y feliz.

-Y por último, que una persona sea swinger o poliamorosa no significa que sea fácil o especialmente promiscua, del mismo modo que a un hombre gay no le gustan todos los hombres ni a una persona bisexual le gustan todos los seres humanos del planeta y algún que otro perro (en este sentido al hablar de swinging casi prefiero no usar el término liberal, que parece que es que te da igual ocho que ochenta). Una pareja puede tener una relación abierta y nunca llevarlo a la práctica, simplemente porque no encuentra otras personas que le ofrezcan la suficiente atracción y confianza. Pero el saber que puedes marca una diferencia impresionante. A veces lo que más nos ahoga es la prohibición, la restricción. Y puede ser una boa constrictor temible.

Termino este artículo y me doy cuenta de que me he dejado mil cosas fuera. Podríamos hablar durante muuuchos caracteres más de los tipos de poliamor, sobre si swinging es una palabra con muchas connotaciones negativas y poco y mal entendida, de las fronteras entre lo sexual y lo sentimental (si las hay) y de millones de aspectos más que influyen en este complicado tema que son las relaciones no convencionales. He intentado que esto sirviera, sobre todo, como pequeño acto introductorio. Para todo lo demás, hay libros a patadas (aunque tal vez no los suficientes en español) y recomiendo encarecidamente La mosca cojonera, para todo lo no convencional en materia de sexo, identidad, relaciones, etc.

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Leyendo: A punto de empezar London Fields, de Martin Amis
Escuchando: Theatre is Evil, de Amanda Palmer & The Grand Theft Orchestra. Por ahora destacan Bottom Feeder y The Killing Type, ambas excelentes.

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Imágenes por cortesía de t0zz y AKARAKINGDOMS, deFreeDigitalPhotos.net