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Cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros (y otros recortes literarios)

agosto 21, 2015 — by Gabriella10

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En varios artículos he hablado de lo que ocurre cuando comparas tu trabajo con el de otros.

Soy repetitiva a veces, lo sé. Soy repetitiva a veces, lo sé. Pero algunas cosas son tan importantes que tienes la sensación de que tienes que decirlas una y otra vez, con la esperanza de que alguien finalmente lo lea y diga: oye, voy a probar lo que dice esta chica tan repetitiva, a ver si va a ser verdad/útil/práctico. Y así intento ahorraros el rencor, la frustración y la desolación que te acompañan cuando comparas tus textos, resultados y metas personales con los de otros.

Hay una expresión anglosajona que funciona muy bien en estos casos:Been there, done that. Yo he estado ahí, yo he hecho eso. Y es un buen montón humeante de mierda caliente y apestosa que te hará abandonar la escritura (o los bailes de salón, o el levantamiento de peso o la caza de tigres rosas en Plutón, sea lo que sea a lo que te dediques).

Hutchinson y la lista de las cosas buenas que ocurren cuando te comparas con otros

Encontré un artículo donde el escritor y bloguero Bryan Hutchinson lo dice mucho mejor que yo:

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Verás, no es una comparación justa, porque estamos predispuestos por naturaleza a pensar que otros lo están haciendo todo mejor que nosotros, aunque seas el bloguero más fantástico de la historia del blogging.

De hecho, a continuación os dejo una lista detallada de las cosas buenas que te pueden ocurrir cuando comparas tu éxito con el de otra persona:

  1. Nada.

-fin de la lista-

Donde dice bloguear podéis sustituir por escribir, así, en general. De hecho, hay muchos consejos que da Hutchinson para blogueros que son totalmente aplicables a los escritores. Estos son, adaptados para los que escribimos:

  1. Utiliza el freewriting cuando estés bloqueado/a.
  2. Lee a otros escritores.
  3. NO COMPARES.
  4. constante (escribe de manera periódica).
  5. Primero, tú (escribe primero para ti).
  6. Segundo, tus lectores (una vez has escrito, reescribe y trabaja pensando en tu lector objetivo).
  7. Sé genial (este último es importante). Ser la hostia ayuda, ayuda mucho.

Sí, sí, ya me lo estáis gritando: hay momentos en los que sí se puede comparar. Puedes comparar tu trabajo con el de buenos escritores para ver dónde estás fallando. Pero estás comparando técnica con objetivos prácticos; no estás comparando habilidad, talento, etc., porque eso es suicida. Cada uno tiene su propio camino y proceso, y de nada sirve, como bien dice Hutchinson, comparar tu trabajo con el de alguien que lleva mucho más tiempo que tú, que ha invertido más esfuerzo, que se ha trabajado más sus contactos, que ha leído más y etc. Pero hay una comparación que sí os recomiendo. Leed de vez en cuando algún libro realmente malo (o por lo menos unas páginas, tampoco es cuestión de perder demasiado el tiempo). No solo sirve como guía de lo que NO hay que hacer, sino que os hará sentiros realmente bien con vuestra trabajo. De nada.

También puede ser peligroso comparar nuestras rutinas de trabajo con las de otros. Creo firmemente que cada uno tiene que encontrar su propio sistema y rutina. Para ello hay que experimentar mucho, claro, y las rutinas ajenas sí que pueden darnos algunas ideas. Con todo, no sé si es buena idea imitar la rutina de Bukowski:

La rutina de Bukowski

Bukowski pasó muchos años de su vida trabajando en empleos que no le hacían gracia alguna, hasta que un editor generoso comenzó a pagarle un estipendio al mes para que pudiera dedicarse exclusivamente a escribir (si hay alguno en la sala, ejem, señor editor generoso, escríbame al mail de siempre: gabriella.campbell@escritoraconhambre.com. Prometo no gastármelo todo en pequeños ponis de colección). A partir de entonces desarrolló una rutina peculiar que… bueno, a él le funcionaba:

bukowski

Nunca tecleo por la mañana. No me levanto por la mañana. Bebo por la noche. Intento quedarme en la cama hasta las doce, eso es mediodía. Normalmente, si tengo que levantarme temprano, no me encuentro bien el resto del día. Miro, si dice que son las doce, entonces me levanto y comienza mi día. Como algo, y entonces normalmente salgo directo a las carreras tras despertarme. Apuesto con los caballos, luego regreso y Linda cocina algo y hablamos un rato, comemos, nos tomamos un par de copas y luego subo a la planta de arriba con un par de botellas y tecleo (empiezo sobre las nueve y media y sigo hasta la una y media o dos y media de la noche). Y eso es todo.

Ya he hablado del poder del alcohol para fomentar el impulso creativo, pero no es necesario que os metáis todo lo que se metía Bukowski. En serio. Parad ahora, mientras todavía podéis.

También en Brain Pickings encontré un gran artículo sobre lo que Bukowski opinaba sobre el arte y la poesía. Hay dos citas realmente maravillosas:

bukowski

Pensaría que muchos de nuestros poetas, los que son honestos, confesarán no tener un manifiesto. Es una confesión dolorosa, pero el arte de la poesía lleva sus propios poderes, sin tener que ser deconstruida en listados críticos. No quiero decir con esto que la poesía tenga que ser un payaso chabacano e irresponsable lanzando palabras al vacío. Pero la sensación de un buen poema lleva su propia razón de ser… El Arte es su propia excusa, y es o bien Arte u otra cosa. Es o bien un poema o un trozo de queso.

Bukowski analiza aquí lo que lleva atribulando a los teóricos desde hace siglos: ¿qué hace que algo sea arte? ¿Es, como decía Dámaso Alonso, la intención estética con la que escribimos? ¿O es un ente mágico que se manifiesta por sí mismo, que se desarrolla en el cerebro y el corazón del lector, como sugiere Bukowski? Estas preguntas siguen sin respuesta, pero el simple hecho de hacerlas nos dice mucho acerca de nuestra percepción de lo artístico como productores y como consumidores, como creadores y como receptores.

También habla de ese horrible yo que se nos cuela dentro de nuestros escritos, ese egocentrismo de miradme, miradme, mirad lo que he escrito:

bukowski

Casi toda la poesía escrita, pasada y presente, es un fracaso, porque la intención, el enfoque y acento no son como esculpir piedra o comer un buen sándwich o beber una buena bebida, sino más como alguien que dice: “Mira, he escrito un poema… ¡mira mi poema!“.

Bukowski aboga aquí por ese ataque al subconsciente, esa eliminación del ego, por la escritura por sí misma, no como medio de validación, reconocimiento o incluso lectura. Arte por arte. Y personalmente creo que, por lo menos en la primera parte del proceso, en el primer borrador, esta actitud es importante. Liberarnos de nuestros miedos, prejuicios, convicciones, etc., es fundamental para crear algo que realmente importe.

Lo cual no quita que luego pueda hacer falta la edición y revisión para no presentar un desastre ilegible que no va a interesar absolutamente a nadie. No vale usar a las musas, a lo sublime y divino como excusa para no hacer nuestro trabajo. Y de esto sabe bastante Caren Beilin:

Beilin y cómo enfocar la violencia hacia las mujeres en nuestros escritos

Caren Beilin escribió un artículo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde hace semanas. He tardado ese tiempo en digerir las opiniones e información que presenta; en digerirlo de forma que pueda ahora intentar explicaros mis impresiones.

Pienso a veces en la violencia, como escritora. Mis escritos incluyen violencia y algunos de esos escritos son de género juvenil, es decir, los leen adolescentes. No obstante, me desagrada la violencia en películas y series de televisión. No duermo bien por las noches si veo algo violento, y puedo tener el mismo problema si encuentro algo particularme cruento en una novela.

Me he dado cuenta de que la violencia no me molesta cuando es un recurso simbólico o profundo, cuando expresa algo, o cuando es necesaria como parte de la narración. Tengo un verdadero problema con la violencia gratuita, con ese torture porn que se disfraza de diversión y que se dirige hacia un espectador con el que no consigo identificarme. Empiezo a estar harta de tanta escena de tortura en series de televisión. Sí, me aburre. Últimamente parece que no veo una serie de corte dramático que no contenga alguna. Por no hablar de tiroteos sin sentido, de mutilaciones expresivas. Bonito y espectacular de ver, sin duda. ¿Pero aporta realmente algo al conjunto?

Algo parecido ocurre con la violencia hacia mujeres y hacia minorías étnicas. El desagrado es aún mayor: el ataque se realiza sobre colectivos históricamente abusados, históricamente más débiles.

Pero es ficción, ¿verdad? ¿Qué hay de malo en ello? Yo no creo que por disparar una y otra vez en un FPS una persona se vuelva más violenta. Pero sí que puede haber una insensibilización hacia lo sexual con un exceso de porno, por ejemplo, y la presentación de escenas de tortura una y otra vez, en series, películas y libros, hacen que esta pierda su efecto de choque. Desde un punto de vista meramente práctico, utilizar un elemento que se ha convertido en cliché no es bueno para la narración.

Es posible, como comenta Beilin, profesora de escritura creativa, que el problema esté en que esta violencia (también la violencia sexual) se ha asumido, se ha convertido en parte del patrón, del sistema. Ya no cuesta escribir sobre violencia, ya no es tabú. Por tanto, ha perdido su significado. Beilin observaba horrorizada que, año tras año, sus alumnos le entregaban textos repletos de violencia hacia mujeres y hacia razas diferentes a la suya. “Es ficción”, le decían. El problema, para ella, era que esta ficción se había naturalizado. La violencia se había convertido en un tópico. Había perdido su poder transgresor; Beilin prefería no pensar en por qué a sus alumnos masculinos les resultaba tan natural y sencillo retratar violencia extrema hacia las mujeres en sus escritos: ¿había asumido el sistema esta violencia? Muchas teorías apuntan hacia el hecho de que la violencia en general (y también hacia la mujer) está en declive. ¿Por qué hemos naturalizado entonces esta violencia en lo que escribimos, en lo que representamos? ¿Por qué ya no le damos importancia?

Beilin comenzó a hacerse algunas preguntas. ¿Por qué no se sentía incómoda cuando leía a Sade, por ejemplo, o American Psycho? En estas obras la violencia es metáfora, es una expresión revolucionaria, un grito de guerra contra el establishment. Sí, Sade era un sádico y etc., y cabe la posibilidad de que se toqueteaba mientras escribía, pero en sus obras la violencia sexual adquiría una fuerza extraordinaria. Del mismo modo, Bret Easton Ellis grita a través de su psicópata estadounidense, se revuelca en la sangre de sus víctimas sin que por ello nadie bata una pestaña, habla de una sociedad frívola, vacía. American Psycho es dura de leer, sí, pero es todo un manifiesto. Los alumnos de Beilin no sabían por qué expresaban esta violencia, no lo pensaban dos veces. Dice Beilin:

caren beilin

El trabajo duro puede actuar como medida, como filtro para lo que te importa (si no quieres trabajártelo, tal vez no te importan lo bastante las mujeres). Y lo que me preocupa a mí en el aula, lo que estoy intentando desentrañar con mis alumnos, es una falta de trabajo en las escenas de violencia hacia un grupo marginado; es el uso de esta violencia como algo fácil, el cuerpo femenino como lo primero que pueden coger (este fruto terriblemente pesado); es este uso de la violencia que es enteramente, y tristemente, ortodoxo.

Para Beilin la diferencia está en el estilo, en la forma, en el trabajo, en la reflexión detrás de la violencia. Por eso, este año le ha dicho a sus alumnos que si quieren escribir alguna escena que contenga violencia hacia mujeres u otros grupos marginados deberán comentárselo a ella antes, en su despacho. Con esto, pretende que por lo menos tengan que pararse un segundo a analizar lo que van a escribir, por qué y cómo encaja en las normas, en el sistema que se nos impone como escritores.

Su despacho, por lo visto, es bastante difícil de encontrar.

Termino por hoy con algo más ligero, para que marchéis con cabeza y corazón livianos, con un saltito cada tres pasos y un baile bajo la piel. Encontré este truco del escritor y profe de escritores Chandler Bolt, y me pareció que podía sernos útil a todos.

Bolt y los que están dos peldaños por encima de nosotros

Siempre hay cosas interesantes en el blog de Joanna Penn, y hace poco le leí una entrevista a Chandler Bolt de la que saqué unos cuantos puntos interesantes. Se trata de una transcripción de la entrevista que le hizo en su podcast; es algo que me encanta de Penn, que ofrezca también transcripciones para aquellos de nosotros que preferimos leer a ver o escuchar. Esto es sin duda lo que más me gustó:

chandler bolt

Para mí, es difícil muchas veces aprender de alguien que me saca 50 peldaños en la escalera, porque no pueden identificarse conmigo. Cuando les hago una pregunta sobre algo para lo que necesito ayuda, no pueden responderme.

Por eso me encanta aprender de aquellos que están dos pasos por delante de mí, porque pueden decir: “Sí, genial, esto lo hice yo hace seis meses. Aquí está lo que no debes hacer. Este es el error que yo cometí. Este es el proveedor que necesitas. Así es como debes vender estos libros. Como con las campañas de email, no te interesa usar a este proveedor. Necesitas esto”.

Y podrían ahorrarte tanto tiempo… Por eso me encanta hacer eso con alguien así en vez de con alguien que me saca muchísima distancia, porque ya probé a preguntarle a gente así, y era decepcionante cuando decían cosas como: “Oh, sí, tengo a alguien de mi equipo que se ocupa de eso, o “ah, sí. Búscalo en Google, no sé. Eso lo dejé muy atrás”. Es un poco como… bueno, eso ahora mismo no me ayuda para nada. E intento subir de nivel. Estoy como… “bueno, genial. Me sacan dos espacios”. Y entonces me pongo a su altura. Es como… bueno, perfecto. Y ahora, ¿quién es el siguiente? ¿Y el siguiente? 

Todo esto responde a los mismos razonamientos que hay detrás de las teorías que indican que es importante ponerse metas pequeñas, alcanzables, e ir avanzando de esta manera, en vez de intentar hacer algo grande de golpe. Ver que podemos alcanzar a esa persona que solo nos saca un poquito de ventaja implica un esfuerzo posible, y alcanzar esa meta produce una sensación de satisfacción que es adictiva, que nos enseña que podemos hacer lo que nos propongamos.

No sirve de mucho escribirle a un autor multimillonario que ha publicado 48 libros y cuyas obras se han llevado a Hollywood. Esta persona, para empezar, recibirá tantísimos correos que no tendrá tiempo de contestar a todos. Y una persona que esté solo un peldaño por encima de ti en la escalera hacia el éxito no podrá ayudarte demasiado. Pero si das con alguien que esté a un par de peldaños, has dado con la persona ideal: esa es la persona de quien puedes obtener la información más valiosa en estos momentos, porque acaba de pasar por lo que tú estás pasando. Y si llegas a la altura de esa persona, toca buscar a otra que te saque dos peldaños más. Por eso siempre digo que hay que escribir con alguien que escriba mejor que tú; tener lectores cero que sean mejores lectores que tú; preguntarle tus dudas a alguien que esté un poco más adelantado que tú; buscar información en libros escritos por personas que ya han pasado lo mismo que tú. No sirve de mucho preguntarle a un billonario en qué invertir veinte euros, ni a un maestro pianista cómo sentarse ante el piano. Tienen tan asumidas ciertas cosas básicas que no son buenos profesores en este sentido.

Hay un dicho: “Apunta a las estrellas y llegarás a la luna”. Probemos a enfocarlo de otro modo: “Apunta a la luna y de allí puedes saltar de estrella en estrella“.

Por cierto, insisto en que yo estoy varios peldaños por debajo de todos vosotros y por tanto no es necesario que me enviéis ahora miles de emails preguntándome todas vuestras dudas. Más que nada porque mi bandeja de entrada en estos momentos me da un poquito de miedo; esto de estar una semana un tanto desconectada tiene temibles consecuencias.

Dejad este blog. Marchad a buscar a alguien que os saque esa cabeza o dos. Acribilladlo/a a preguntas. Aprended algo y venid a contármelo.

Esos son vuestros deberes para el fin de semana.

 


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recortes

Woolf, Friedman, Altucher, Barry, Gaiman, Godin y Hill. Recortes de la semana

febrero 27, 2015 — by Gabriella9

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Chica leyendo

Esta semana ha estado cargadita de lecturas interesantes, y vengo a traeros mis favoritas. Por lo demás, ya sabéis las novedades:

  • Ayer salió a la venta Amanecer, la novela corta de ciencia ficción de José Antonio Cotrina que os he recomendado ya unas mil veces.
  • Mañana Esta tarde saldrá un email a la lista de correo con el ganador o ganadora del sorteo de este mes. Os recuerdo que sorteo dos ebooks: Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza y El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega. Si no te has apuntado todavía a mi lista de correo, igual no llegas ya a tiempo para este sorteo, pero sí para el del mes que viene.

Y ahí van los recortes. Como siempre, las traducciones son mías, y son rápidas e imperfectas, pero servirán:

Virginia Woolf habla de la constante duda del escritor, vía Brain Pickings:

Virginia Woolf

Cualquiera que conozca en lo más mínimo los rigores de la composición no necesitará que le cuente esta historia en detalle; de cómo escribió y parecía bueno; de cómo lo leyó y le pareció horrible; de cómo corrigió y rasgó el papel; recortó; insertó; estuvo en éxtasis; desesperó; tuvo sus noches buenas y sus mañanas malas; se agarró a ciertas ideas y las perdió; vio claramente su libro frente a él y este luego desapareció; interpretó a sus personajes mientras comía; reprodujo sus palabras mientras paseaba; ahora llora; ahora ríe; vaciló entre este estilo y aquel; ahora prefiere lo heroico y pomposo; luego lo claro y sencillo; ahora los valles de Tempe; luego las praderas de Kent o Cornwall; y no pudo decidir si era el genio más divino o el mayor idiota del mundo.

Poco más se puede decir de la tarea de escribir. Creo que Virginia lo resume a la perfección.

Uso del color en las descripciones de American Gods

American Gods

En una habitación de color rojo oscuro ―el color de las paredes se acerca al del hígado crudo― hay una mujer alta vestida de forma caricaturesca, con pantalones cortos de seda apretada, los senos empujados hacia arriba y hacia delante por la blusa amarilla que lleva atada bajo ellos. Su cabello negro se amontona en un nudo alto sobre su cabeza. Junto a ella hay un hombre de baja estatura, con una camiseta aceituna y vaqueros caros y azules.

No hagáis mucho caso del estilo de la traducción (American Gods ya tiene una traducción mucho mejor hecha), solo es un acercamiento rápido para que veáis el uso del color (pongo vaqueros azules, aunque blue jeans en EEUU suele referirse a vaqueros en general, para incluir esa nota cromática en el conjunto). Rojo hígado, amarillo chillón y sedoso, negro (colores fuertes, extravagantes) frente a aceituna, azul elegante (sobriedad, normalidad)…

Gaiman consigue aquí hacer una descripción clásica, tipo retrato, y sin embargo la dota de una vida especial al hacer casi fotográfica su impresión. Ninguno de esos colores está puesto por azar. Es algo que me encanta de la prosa de Gaiman en este libro: una aparente sencillez que esconde mucho más. Como dicen los expertos: conseguir que algo parezca fácil implica muchos, muchos años de práctica.

Seth Godin y por qué gratis no es una obligación de consumo

godinLos bufés (como la vida, organizaciones, proyectos, arte…) no son realmente “todo lo que puedas comer”. Son “todo lo que quieras comer”. Que es algo totalmente distinto. Solo porque puedas tenerlo no significa que quieras. Solo porque hemos pagado por ello no significa que debamos usarlo todo.

Aplíquese a lo que se quiera. A la sal gratis de los restaurantes de comida rápida (el ejemplo que pone Seth), a los ebooks gratuitos que nos descargamos como locos, a todos los canales de televisión disponibles… Prioridades, elección. Tenemos una elección. La libertad puede ser ilusoria, pero ejerzamos la que tenemos.

Esto también se enlaza con el problema del consumo exacerbado, y la adquisición de productos que ni siquiera llegamos a utilizar. Lo cual nos lleva a una producción ridícula para un mercado que ni siquiera compra. Y eso se ve muy bien en los libros, como explica Hoja en blanco al analizar por qué se editan tantos libros si en realidad casi nadie lee.

James Altucher y la importancia de meter la pata

Altucher

Si no estás obsesionado con tus errores, es que no amas tu campo lo suficiente como para mejorar.

Haces preguntas malas: “¿Por qué no sirvo para esto?”, en vez de preguntas buenas: “¿Qué he hecho mal y cómo puedo mejorar?”.

Cuando siempre te haces buenas preguntas acerca de tu trabajo, te haces mejor que las personas que se paralizan a sí mismas con preguntas malas.

Creo que esto se puede aplicar a cualquier campo, pero es fundamental en la escritura. Si en vez de lamentarnos por las cagadas nos preguntamos cómo nos pueden servir para avanzar, aprenderemos y progresaremos a un ritmo mucho más rápido. Me llevó mucho tiempo entender esto, me temo.

Benjamin Mako Hill y el deporte como puente entre clases sociales

Benjamin Mako Hill

Hace unos años, estuve en una charla que dio Michael Albert en el MIT, donde criticó a los intelectuales estadounidenses por lo que él consideraba un desprecio cultivado hacia los deportes profesionales. Albert sugirió que los deportes reflejan un tema al que siempre recurrimos para hacer conversación ligera y para construir comunicación más allá de clase y contexto. Sugirió que casi todas las personas que usaban el término lucha de la clase obrera eran incapaces de tener una charla intrascendente con miembros de la clase obrera, porque, a diferencia de la mayoría de personas de clase obrera (y la mayoría de la gente en general), las personas con estudios cultivan, de forma sistemática, su ignorancia acerca de los deportes.

Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que lleva rondándome la mente desde hace tiempo. En España, donde hay una mayor diferenciación entre sexos en lo que se refiere al deporte (en EEUU, por ejemplo, muchas más mujeres disfrutan de la cultura del deporte, pero en España verás muchas menos mujeres que hombres en un partido), parece haber dos lenguajes que sirven de puente entre cualquier tipo de persona: el fútbol (o fórmula uno, o baloncesto, el deporte de tu preferencia, pero sobre todo fútbol) para los hombres, y la moda para las mujeres. Digo moda, y no cotilleos tipo Cuore o Sálvame, la otra opción más evidente, porque estos sí pueden incomodar a una persona de cierta clase social e intelectual. A un porcentaje altísimo de las mujeres nos interesa la moda, ya sea respecto a un bolso comprado en los chinos o a unos zapatos Loboutin. Yo misma, en situaciones sociales  con personas con las que realmente no sé qué temas tratar, sé que puedo llenar el silencio ominoso con un cumplido hacia cualquier prenda que lleve otra de las mujeres (que a su vez llenará el silencio ominoso con una explicación pormenorizada de dónde, cuándo y por qué lo compró), y conozco varios casos de hombres que han cultivado interés en el fútbol para poder mantener conversaciones con personas por las que sienten afecto pero con los que tenían pocas aficiones en común (un padre o un hermano, por ejemplo). Hay una tendencia a despreciar determinados temas de conversación por considerarse de una calidad “inferior”, cuando a su vez son salvavidas que pueden unirnos, mostrarnos un punto de encuentro.

Jane Friedman sobre F. Scott Fitzgerald y escribir borracho

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“Las historias que escribo cuando estoy sobrio son estúpidas… Razonadas, no sentidas”. De la misma forma en que los escritores pueden producir un trabajo mecánico por darle demasiadas vueltas al texto, también podemos llevar vidas mecánicas por pensarnos demasiado nuestras acciones.

En un artículo excelente que cierra el compendio Drinking Diaries, la escritora y ensayista Jane Friedman cita a F. Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby) respecto a escribir bebido y las ventajas que puede tener para acceder de forma menos controlada a nuestro subconsciente. Podrían ser las excusas de un borracho, claro, pero sí que es cierto que escribir con un par de cervezas o un vaso de vino a mí me ha ayudado a superar bloqueos que ni sabía que tenía (el truco está en saber dónde parar. Escribir borracho no sirve de nada; lo suyo es encontrar ese límite justo donde la censura interna comienza a derrumbarse). Es interesante además el artículo de Friedman en cuanto habla del alcohol como de una herramienta de autoconocimiento, de acceso al verdadero yo, frente a las historias anteriores del compendio, de otras autoras, donde el alcohol tiende a aparecer como un demonio, una tentación terrible que conduce a la miseria.

Y que alguien me explique por qué en ese libro la diferencia de precio entre el papel y el ebook es de poco más de un dólar.

Lynda Barry y escribir sin pensar

Lynda Barry

No traduzco esto, lo que dice es lo de menos. Pongo esta imagen por su mero valor estético.

Ya sabéis lo que es la escritura automática o libre (no esa en la que te posee un fantasma, sino freewriting). Suele implicar una escritura rápida, sin pensar. La viñetista y escritora Lynda Barry hace uso de esa escritura al revés: condenadamente lento. Escribe sus manuscritos con pincel, casi dibujando cada palabra, obligándose a pensar y detenerse en todo lo que hace. No sé si el resultado le servirá (los críticos y lectores dicen que sí), pero el proceso es muy hermoso.

Hay mucho más; ha sido una semana intensa (y muy anglosajona, prometo traeros más textos en español para la próxima). Por ahora os dejo con esto, y ya sabéis que para más enlaces y contenidos no tenéis más que seguirme en Twitter o en Facebook.

¡Feliz fin de semana!


Imagen de chica leyendo de Igor Shin Moromisato, en Flickr.