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¿Realmente no tienes tiempo para escribir? (Y otros recortes literarios)

agosto 8, 2015 — by Gabriella15

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Empecé este artículo con un detallado análisis del evento del siglo, que fue mi cumpleaños.

Os hablé de las incontables maravillas, de las gestas inconmensurables, de los momentos que bardos y telecomentaristas narrarán por los milenios de los milenios, hasta que no seamos más que polvo de estrellas en un universo nuevo. Y aun ese polvo recordará, recordará acerca de lo que aconteció el 6 de agosto de 2015.

Pero entonces fui a guardar el borrador en WordPress y me salió una página de error.

Y todo se perdió para siempre.

Así que mejor hablo de literatura y de escribir, que es para lo que habéis venido.

Barr y lo que realmente hacemos con nuestro tiempo

Cuando hablo de productividad, de lo primero que hablo es de prioridades. Si no tienes claro qué es lo más importante para ti, de poco servirán mil técnicas de productividad. No sirve de nada hacer la mayor cantidad de trabajo en la menor cantidad de tiempo si tu trabajo no vale para nada, si no te aporta nada. Si no le aporta nada a los demás.

Si analizamos a lo que dedicamos nuestros días, nos sorprende lo que descubrimos. Pasamos mucho tiempo apagando fuegos en lugar de pasarlo construyendo casas resistentes. Si nuestras casas son de papel, nuestra vida se limita a lidiar con incendios.

Una amiga me preguntó el otro día si no encontraba que, por muchos sistemas de productividad que implementase, había un tiempo limitado al día y sencillamente todo NO se podía hacer. Por supuesto que sí. Me pasa constantemente. Por eso tengo que estar preguntándome siempre qué sobra. Y cuando te deshaces de lo que te sobra llegas, muy poco a poco, a lo importante. Importancia por eliminación.

No es una revelación que venga de golpe, que te cambie la existencia. No es algo que haga que ya puedas recostarte en tu tumbona y olvidarte de todo, feliz con tu nueva vida perfecta.

Antes de nada, como dice Corbett Barr, tenemos que ponernos serios. Tenemos que analizar a qué le estamos dedicando nuestro tiempo.

¿Cuántas veces habéis oído lo de “es que no tengo tiempo para escribir”? O lo habéis pensado. Oh, cuántas veces lo hemos pensado. Y sí, es cierto, muchos no tenemos tiempo para escribir (yo anteayer escribí a las tantas de la mañana, unas líneas zigzagueantes a boli en la libreta, borracha de celebración cumpleañera. Y de alcohol, de alcohol también). Últimamente tengo la sensación de que le robo tiempo al tiempo para ciertas cosas.  Y es bonito (y cómodo) refugiarse en eso. En pensar: “qué agobio, es que no tengo tiempo para nada”.

Hasta que, como también dice Barr, empiezas a medir:

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Me encantaría ponerme en forma, o aprender a tocar la guitarra, o pasar más tiempo con mis niños o aprender otro idioma, pero es que estoy demasiado ocupado.

¿En serio? ¿Cuántas horas de televisión has visto esta semana? ¿Cuánto tiempo has pasado navegando por internet de manera inconsecuente?

Cuando pienso en lo ocupada que estoy, pienso en las veces que me he caído por un agujero Facebook, Twitter o Wikipedia. Ups.

Claro que necesitamos distracciones. Pero creo que deben ser distracciones elegidas. Yo juego al Hay Day en mi tablet. En los tiempos y horarios que yo elijo. Es un juego completamente idiota, sin necesidad de grandes estrategias ni emociones. Me limpia la mente. Lo que no me limpia la mente es andar abriendo y cerrando pestañas y leyendo tonterías, pinchando en clickbait que nada aporta a mi salud mental, metiéndome en guilds del WoW donde se me exigen cinco horas diarias para ir de mazmorras. Dicen que el cerebro necesita 20 minutos para volver a concentrarse en una tarea, una vez lo has interrumpido. No sé si es cierto, me parece un poco exagerado. ¿Pero y si fuera verdad? Da miedo pensarlo. Cada vez que pinchas sin pensar en la pestaña de Facebook, son 20 minutos de tu trabajo que has perdido.

Si crees que estás demasiado ocupado/a para escribir, y crees que realmente quieres escribir, usa RescueTime para analizar tu uso de programas, aplicaciones e internet. Somos optimistas al pensar en nuestros progresos y a lo que dedicamos nuestro tiempo. La realidad suele ser una buena llamada de atención. Y medir lo que hacemos, como dice James Clear, es una suerte de estetoscopio para ser más conscientes del latido de nuestra propia pereza y distractibili… distraccionabili… habilidad para distraernos.

Y repito lo de ¿realmente quieres escribir? Cómo cualquier otra habilidad o afición, hay tres razones para practicarla:

  1. Para divertirte y pasar el rato.
  2. Para divertirte y pasar el rato y ser el mejor escritor de todos los tiempos.
  3. Para ligar.

Si buscas el 2, lo siento mucho. Tendrás que eliminar todo aquello que no sea primordial. Todo aquello que no te haga mejor escritor/a, de forma directa o indirecta. Y eso es duro.

(El 3 también funciona, pero tienes que ser muy bueno también. Copiar a Bécquer o escribir horteradas en el muro de Facebook de tu amada no sirve).

¿Suena muy extremo? Entonces quédate con el 1. Pero no vengas quejándote porque nadie te publica/nadie te lee/el mundo es injusto y otros escritores han llegado más lejos que tú. Los demás estamos demasiado ocupados intentando ser el mejor escritor de todos los tiempos (o ligando) como para hacerle mucho caso a tu lloriqueo.

Por cierto, una de las cosas que más tiempo quitan a un escritor son las giras: las lecturas, presentaciones y etc. Independientemente de que sirvan de algo o no, pueden dar anécdotas curiosas. John Williams ha recopilado unas cuantas para el New York Times, y esto fue, para mí, lo mejor:

Gary Shteyngart y la importancia de cada lector

Al principio, cuando somos nadie, cada lector es un descubrimiento, un milagro. Luego, si las ventas crecen un poco, si tenemos la suerte de dar con distribución nacional o alguna barbaridad de esas, los lectores se convierten en algo más informe, una masa lectora y crítica con la que mantenemos una extraña relación de amor y odio. Por eso me gustó esta cita de Shteyngart. Habló de sus terribles experiencias leyendo su libro ante grandes salones vacíos, inmensas estancias llenas de sillas y vacías de personas. Eso es algo que se le ha quedado grabado a lo largo de su carrera literaria:

Gary Shteyngart

La lección que aprendí de inmediato fue que si estás lo bastante loco como para querer escribir ficción literaria, tienes que adorar a tus lectores, no al revés. Hoy veo a cada uno de mis lectores como un unicornio dorado con un cronut colgándole del cuerno. Firmo mis libros, me hago un selfie con el unicornio y regreso a mi hotel con lágrimas en los ojos, porque sé que alguien en este universo todavía tiene tiempo para lo que hago.

Antes había una imagen del autor como entidad lejana, intocable, casi mesiánica. Hoy en día creo que tener cierta cercanía con tus lectores es indispensable. No tanto cercanía del tipo “¿sabes cuánto tiempo estuve metida en el baño ayer después de comer?”, sino cercanía a la hora de expresar agradecimiento, de mantener un contacto mínimo, de enseñar a los que te leen que para ellos su participación en el proceso comunicativo de tu obra es importante. Y ese proceso se realiza al leer tu libro. Un blog, por ejemplo, permite una interacción rápida, fugaz. Uno puede leer un artículo, decir “ah, está bien”, pero no volver nunca. Pero si alguien lee un libro invierte horas, invierte una serie de emociones (¡aunque sean de asco y aburrimiento, son emociones!) y esfuerzo en comunicarse con la historia que le ofreces. Eso no tiene precio.

Si ese lector además disfruta de tu libro, mejor que mejor. Y una buena forma de que se involucre es mediante un tipo de personaje que personalmente me encanta: el antihéroe.

 Wenstrom y cómo construir un gran antihéroe

Emily Wenstrom se dio un atracón de Dexter y comenzó a plantearse por qué le caía tan bien un tipo que se dedicaba a torturar y asesinar a la gente. Dio con unas cuantas claves:

  1. Los antihéroes siguen su propio código moral. Para que nos caiga bien el antihéroe, tiene que tener un aspecto redentor, un código moral que, por lo menos a sus ojos, lo redima de sus acciones.
  2. Los antihéroes son expertos en algún campo. A los mejores antihéroes se les suele dar algo excepcionalmente bien, y esto los hace más interesantes; tendemos a admirar a los que tienen grandes habilidades, aunque sean para hacer cosas horribles.
  3. Los antihéroes tienen su lado tierno. Serán asesinos, mentirosos compulsivos o ladrones de guante blanco, pero tienen un lado humano, una debilidad. Puede tratarse de un familiar, de una mascota, pero lo que más nos gusta, sospecho, es que se enamoren.
  4. Cuando los antihéroes son malos, son lo peor. Cuando realmente se les va la olla, se les va de verdad. Y eso nos gusta: nos gusta que nos horroricen, que cometan actos terribles, porque durante un tiempo nos engañaron con lo del código moral y el lado humano y se nos olvidó que estábamos ante un monstruo.

El buen antihéroe es, ante todo, un ser hecho de paradoja. Como dice Wenstrom:

emily wenstrom

Un buen antihéroe tiene un propósito doble para sus fans. Deja salir nuestro lado oscuro, al mismo tiempo que resalta el abismo que queda entre nosotros y el monstruo, lo que reafirma nuestra humanidad.

Para poder hacer esto de un modo que sea empático y atractivo, un antihéroe debe ser a la vez humano y monstruo.

Y por esto nos gustan tanto los monstruos simpáticos, tiernos; los villanos con sentido del humor y los asesinos en serie que solo matan a asesinos. Si estabas planteándote meter un malo interesante en tu obra, o un héroe que no es tan héroe, échale un ojo a los principios que he mencionado. Le darás mucho más cuerpo y volumen.

Un buen sitio donde meter a antihéroes es en un escenario apocalíptico, por ejemplo. Cogemos a seres humanos normales y los ponemos en situaciones tan extremas que acaban cometiendo barbaridades que nunca considerarían en un entorno normal. ¿Pero serán diferentes los actos, y diferentes las narraciones, si ese escenario lo describen autores masculinos y femeninos?

Crosley y el apocalipsis femenino

De nuevo encontré una joya en el New York Times: el análisis que hace Sloane Crosley sobre qué diferencias hay en las narraciones apocalípticas realizadas por hombres y mujeres. Según Crosley, haberlas haylas, y suelen tener una separación muy clara. No se trata de que las mujeres sean menos violentas (al fin y al cabo, muchas mujeres han escrito sobre violencia), pero parece ser que, mientras que los hombres se centran en la violencia en sí: canibalismo, violación, tortura, todo en nombre de la supervivencia o de la crueldad inherente de seres que ya no están civilizados, las mujeres se enfrentan a otro tipo de amenaza: la pérdida de la memoria, de la identidad.

Dice Margaret Atwood que lo que las mujeres más temen es a la violencia y los hombres a lo que más temen es a la humillación. No sé si esto es cierto, pero a nivel biológico y genético podría tener sentido: las mujeres temen a las violaciones, por ejemplo, porque a nivel biológico es una catástrofe tremenda ser invadidas por el material genético de alguien a quien no han elegido (de manera inconsciente, elegimos a las personas que genéticamente son mejores para tener descendencia con ellas; una violación no es solo un trauma psicológico, es un trauma genético); los hombres temen a la humillación porque los hace descender en la escala de deseabilidad como machos alfa: perjudica su posición en la jerarquía social y por tanto pierden posibilidades de procrear con las mejores hembras. Si lo vemos todo desde una óptica de procreación y supervivencia genética, estaría de acuerdo con Atwood.

Siguiendo la teoría de Atwood, y si partiéramos de la base de que al concebir situaciones extremas colocamos a los seres humanos en las situaciones que a nosotros más nos repelen, las que nos parecen peores, tiene cierto sentido que los hombres escriban sobre tortura, violación y canibalismo. No van a hablar de humillación, porque eso es a lo que están acostumbrados a temer; eso es lo que viven día a día. Una situación apocalíptica es extraordinaria y exige miedos extraordinarios, desconocidos, diferentes. De la misma manera, las mujeres no van a hablar de violación y abuso porque eso es para ellas un temor constante, también un hecho cotidiano. Por tanto, buscan miedos diferentes, a gran escala: el miedo a perder la identidad. No es el miedo a la violación física, sino al vacío que queda para poder olvidar esa violación. El vacío que queda en una sociedad cuando ha tenido que enfrentarse a lo terrible.

Dice Crosley:

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Al presentar el peligro de violencia como algo que se da por hecho y no como el evento principal de la historia, estas autoras pueden mover los focos a otros lugares, pueden crear historias multicapa. Después de todo, cuando venga el apocalipsis, es posible que tengas o no tengas que matar (o ser matado/a), pero desde luego tendrás que ser tú. Y estas novelas se preocupan del cómo. “Hay una parte de nuestra historia que no sabemos cómo contarnos —teoriza Joy en Find Me—, y procuraremos ignorar su existencia durante tanto tiempo que finalmente nuestro cerebro acepta un pacto: yo te permitiré olvidar esto, pero ya nunca te sentirás completa“.

Imagino que la realidad del asunto será mucho más compleja; al fin y al cabo entran en juego muchísimos factores biológicos y culturales dentro de la percepción del hombre y de la mujer cuando se detienen a crear arte (y seguro que viene alguien en los comentarios a explicármelo todo; como siempre ocurre en cualquier artículo en que se hable de escritura femenina o de escritura sobre mujeres). Pero como teoría me parece curiosa y quería compartirla con vosotros.

También quiero compartir esto:

el fin de los sueños

Sí, es un lienzo de mil por mil de la portada de El fin de los sueños. La proporción no queda muy clara en la foto: solo os digo que es casi tan alto como yo.

Ya os dije que el cumpleaños fue épico.

 


Si te ha gustado este artículo, acuérdate de compartirlo. Y si te gusta el contenido del blog en general, prueba a leer alguno de mis libros:

Lectores aéreos gabriella campbellLectores aéreos (relatos con toques de fantasía tenebrosa): Disponible en Amazon y Lektu (¡solo 2,99 €!). Puedes leer un avance gratuito (para ver si te gusta el estilo y tipo de relato) aquí.

 

el fin de los sueñosEl fin de los sueños (novela posapocalíptica de ci-fi/fantasía juvenil): Disponible en digital y en papel en la página de la editorial (y puede pedirse en cualquier librería).

 

 

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¿Leerías Guerra y paz en el móvil? (Y otros recortes literarios)

julio 17, 2015 — by Gabriella12

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En una esquina del ring: un reluciente Kindle de última generación, apenas 200 gramos de peso. Repleto de cientos de libros, cargado de intención y promesa.

En la esquina contraria: un libro tradicional, recién salido de imprenta, con ese olorcillo a papel nuevo que hace que te estremezcas de anticipación. Repleto de horas y horas de tranquila lectura acurrucado/a en el sofá.

AAAAAND… FIGHT!

streetfighter

No sé a vosotros, pero a mí la lucha entre el libro digital y el libro físico hace tiempo ya que me resulta cansina. ¿Por qué nos empeñamos en enfrentarlos? Pueden ser dos cosas complementarias: leo en mi tablet cuando me resulta más práctico (si estoy de viaje, por ejemplo), y en un libro físico si estoy acurrucada en la cama. Debido a que asocio una pantalla con trabajo, suelo usar la tablet para todo lo relacionado con el trabajo (artículos, libros de ensayo, novelas de clientes) y los libros tradicionales para leer novela por gusto.

Todos tenemos nuestros preferidos, y muchos discutiríais conmigo eso de que ambos son geniales. ¿Pero y si introdujéramos otro participante nuevo en la contienda?

¿Y si leyéramos en el móvil? No me refiero a leer algo que ya solamos leer en la pantallita, esas lecturas que tan bien vienen por cuestiones prácticas (yo lo uso a veces para echarle un ojo al Instapaper), sino para leer algo asociado por completo al libro físico: un gran (y contundente) clásico literario.

Eso fue precisamente lo que se planteó Clive Thompson. Y luego habló largo y tendido sobre su experiencia en Book Riot.

Thompson y cómo leer Guerra y paz en el móvil

De entrada, el proyecto parece absurdo. Casi pensaba lo mismo el propio Thompson, leyendo cachito a cachito en su iPhone, en esa ventanita a cincuenta años de historia rusa. Se desesperó al ver que, tras 17 minutos leyendo, solo había llegado a la marca del 2%, según su aplicación Kindle. Calculó que iba a necesitar 27 horas de lectura para terminar con la tarea. 27 horas de lectura en una pantallita de móvil son muchas horas de lectura.

Thompson empezó citando los típicos estudios de digital vs. papel y etc., contraponiendo su experiencia a la de la lectura en papel. El móvil salía perdiendo. Pero, poco a poco, conforme se metía en la novela, comenzó a descubrir algunas cosas de lo más interesantes.

Por lo visto, una de las razones por las que muchos preferimos leer novela en papel es porque el libro físico lleva prestigio asociado.

clive thompson

Esto parece una tontería, y pretencioso. ¡Y lo era! Pero un poco de pretensión ha resultado ser útil a nivel cognitivo. Hay nuevas investigaciones sobre la lectura que sugieren que una razón por la que recordamos más de los libros impresos que de los digitales es porque tenemos la expectativa de que lo impreso es intelectualmente más exigente. Nos acercamos a esa lectura con una actitud de “esto es algo serio”, de una manera que no hacemos en pantalla.

Tiene mucho que ver con lo que comentaba yo antes de asociar la pantalla con el trabajo y otras actividades. Si usamos pantallas para trabajar y jugar, no tanto para leer en profundidad, al coger una tablet, un eReader o un móvil no leeremos con la misma atención ni gravedad.

clive thompson

¿Pero qué ocurre si tratamos a las pantallas digitales con el mismo romance, con esa misma intensidad de enfoque? Los estudios sugieren que la disonancia cognitiva desaparece: aprendemos lo mismo y retenemos lo mismo que en papel. Como informó el periodista Ferris Jabr para el Scientific American, las diferencias intelectuales entre el papel y los bytes podrían deberse a la actitud que tenemos para con ellos. Cuando creemos que leer en la pantalla de un teléfono es igual de “serio” que leer en papel, interiorizamos esa lectura con la misma profundidad.

El propio Thompson descubrió que, conforme iba leyendo y se acostumbraba al formato del móvil, sus prejuicios se desvanecían y la experiencia de lectura cambiaba. Su concentración fue en aumento y comenzó realmente a disfrutar de la novela. Las ventajas eran cada vez más evidentes: a diferencia del tochaco que es un Guerra y paz impreso, su móvil iba siempre con él, y podía robarle minutos a los ratos muertos para enterarse de la suerte de tanto pobre soldado ruso y francés. Enseguida comenzó a usar notas de audio para grabar sus reflexiones y dudas, una función que le permitía tomar notas sin perder el hilo de la lectura. Pero su revolución tecnológica no terminó ahí. Cuando terminó el libro, convirtió sus notas de audio a texto, y luego a acudió a una máquina de impresión a demanda que hay en una librería de Nueva York, se imprimió el documento en formato libro y tuvo su propio War in Pieces:

War in pieces

Thompson realizó una comparación, a mi parecer, bastante acertada. Dijo que uno de los problemas del enfrentamiento del digital y el papel es que creemos que la lectura en digital, tal y como la conocemos, es algo acabado, definitivo, y la juzgamos según esa noción. La compara a los primeros libros impresos por Gutenberg: no eran cómodos de leer, todavía no existía una tipografía que diera una experiencia agradable de lectura como hoy en día. Para Thompson, pasa igual con el digital: todavía son tiempos pioneros. Falta bastante para que demos con formatos y máquinas realmente adaptadas a nuestras necesidades de comodidad lectora. Compara, de hecho, su pantalla de móvil con las páginas de libros de otros tiempos, más reducidas, como el libro en octavo (o incluso duodécimo) de hace siglos, diseñado para poder leerse cómodamente en cualquier lugar. Es más, compara la portabilidad de su lectura y el formato del texto en pantalla con la experiencia de lectura en las tabletas cuneiformes, esos depositarios de información (y, sí, también historias) de hace mucho, mucho tiempo, que podían caber fácilmente en las manos, justo como un teléfono móvil.

Concluye encantado con la experiencia. Aunque seguirá con el papel para novelas ligeras y otro tipo de lecturas, ha decidido que los niveles de concentración y comodidad alcanzados en el Kindle de su móvil son ideales para leer tochacos, y ya se ha leído unos cuantos más, aunque dice que hasta el móvil tiene sus límites. Proust, por lo visto, no lo termina de enganchar.

No sé yo si me comería un Tolstoi en mi Motorola. Pero la próxima vez que ande aburrida en un aeropuerto o en la sala de espera del médico, quién sabe, igual es hora de abrirse un Ulises o El molino del Floss, o cualquiera de esos libros que por partes me encantan pero en los que me resisto a sumergirme por completo. Y es que hay días en los que no hay ni un momento para leer, y otros en los que hay montones de huecos por donde robarle páginas al tiempo*.

Cada día, como vamos a ver ahora, es diferente. ¿Pero qué tiene eso que ver con la escritura?

Emily Wenstrom y en qué se parece la escritura al yoga

Vale, vale, admito que el yoga es un poco como el crossfit o la dieta paleo: quienes lo practican no dejan de darte el peñazo con el tema. Ya estáis cansados de que os cuente los paralelismos constantes que encuentro entre el proceso mental que exige el yoga y el que exige la escritura. Aun así, no me resisto a contaros lo que opina al respecto Emily Wenstrom, a quien ya he citado en alguna otra ocasión por sus excelentes artículos en The Write Practice (y a quien he colocado en mi lista de “mujeres con las que me voy a casar en poliamorosa armonía, aunque ellas todavía no lo saben”, justo debajo de la Popova). Creo que le vais a encontrar un uso inmediato:

wenstrom

En esa misma línea, quizás ayer te salieron 3000 palabras del tirón y te encantó cada una de ellas, pero hoy eres incapaz de escribir tres seguidas. Eso está bien. Es todo parte del proceso.

No te fuerces a ser el escritor que fuiste ayer. Sé el mejor escritor que puedas ser hoy.

En el yoga pasa una cosa muy curiosa, y es que cuanto más te fijes en lo que hacen los demás, peor te va a salir a ti. Es inútil intentar guiarte por lo que otros han conseguido, porque, para empezar, exige un proceso de práctica increíblemente largo. Uno puede aprender a nadar en el espacio de meses, puede aprender técnica para hacer un buen crawl en unos meses más. A primera vista, no va a haber tanta diferencia entre un nadador novato y uno profesional, aparte de la velocidad y la postura. Ambos nadan, colocan el cuerpo de forma similar. (Ahora vendrán miles de expertos en natación a llevarme la contraria, pero creo que pilláis por dónde voy: para el ojo novato, no hay tanta diferencia formal entre el que lleva nadando un par de años y el que lleva toda la vida: los gestos son los mismos). Pero pon a un principiante de yoga al lado de un maestro y a ver cuál de los dos coloca los pies detrás de las orejas. En el yoga hay personas que llevan toda su vida practicando a diario y hay posturas que todavía no les salen bien. La curva de aprendizaje se eleva con tal alevosía que en ocasiones parece un ascensor espacial.

La escritura por suerte, no tiene una curva tan desesperante. Pero la distancia entre el escritor novato y el veterano es abismal. Así que uno tiene que aprender, como en el yoga, o como en cualquier otra disciplina de aprendizaje lento, a dejar de mirar lo que hacen los demás (¡incluso lo que hacías tú mismo!) y concentrarse solo en hoy, en la práctica de ahora. Además, ocurre que en la escritura, como en el yoga, aprendemos con lo que los anglosajones llaman breakthroughs (todavía no he dado con una traducción exacta de este concepto a nuestro idioma). No es un proceso fluido, de aprendizaje equitativo. De repente, encuentras que un día te puedes sentar en medio loto. Y otro día te puedes sentar en loto completo. Con la escritura pasa igual. De repente, un día, descubres que te salen las escenas de acción. O das con la frase perfecta. O encuentras tu voz. Nuestra voz se esconde, va y viene, es escurridiza, al igual que el vacío mental necesario para realizar bien una postura. En la escritura, igual que en el yoga, esos grandes momentos vienen por la práctica.

Imagino que debe de ser igual para quien levanta pesas. Un día te das cuenta de que eres capaz de levantar cierto número de kilos. Y al siguiente apenas puedes levantar lo de siempre. Pero sigues yendo al gimnasio. Porque sin los días malos, sin esa constancia de aparecer por ahí, aunque creas que vas a hacerlo fatal, es la que hace que existan los días buenos. Los días en los que te colocas el pie en la oreja, levantas 200 kilos o terminas la gran novela española (o algo).

Hay días en los que sentimos que no podríamos escribir ni aunque nos pusieran una pistola en la cabeza. Hace poco, Juande Garduño comentó en Facebook que se había puesto a escribir cierto día sin ganas y que solo le había salido un churro, y me pareció que se preguntaba si merecía la pena escribir en los días en los que uno no está inspirado. Yo creo que sí es necesario. Ese día de práctica es parte del complejo entramado de nuestro aprendizaje, aunque no lo parezca. Primero, porque reafirma el hábito (escribe, pase lo que pase) y segundo: son las palabras malas, las que tiramos, las que nos han llevado hasta donde estamos.

Y eso lo explica muy bien Laura Dave, que tiró su novela a la basura.

Laura Dave y la felicidad de tirar tu novela a un contenedor

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Y aun así. A todas esas personas que dicen que las cosas las ven venir: yo no tenía ni idea de que lo que se me venía encima eran 18 meses laboriosos, 97000 palabras y 500 páginas de documentación; ni de que acabaría por tirarlo todo en un conteneder de reciclaje en el norte de California, al lado de la Autopista 12.

¿Os imagináis lo que debe de ser tirar 97000 palabras a la basura? No, ni idea. Al fin y al cabo, yo solo me deshice de 90000. Por suerte, cuando escribes fantasía juvenil, la documentación no se te acumula tanto (siempre que no seas Ursula K. Le Guin). Y yo lo que hice fue empezar de nuevo con la misma historia (más o menos). Pero Dave no. Dave lo tiró para siempre. Para Dave, fue más una cuestión de rendirse a la evidencia: esa novela no le apasionaba a ella y esa novela no le iba a apasionar a sus lectores. Tenía unas notas que había escrito a mano, corriendo, para otra novela. Esas notas con el tiempo se convertirían en su siguiente libro, una obra que le entusiasmó desde el principio.

laura dave

En un mundo de ordenadores y nubes, tirar mi novela era un gesto sobre todo simbólico (aunque no lo sentí como tal).

Me quedé allí sentada, sin respiración, y esperé a que llegara la desesperación.

En vez de eso llegó otra cosa. Dieciocho meses. 97000 palabras. Era más como un silencio.

Se me ocurrió en ese momento algo que hace tiempo mantengo como cierto: lo que tiramos nos hace tan escritores como lo que guardamos.

¿Pero cómo sabemos que lo que no nos apasiona debemos tirarlo? Cuando uno se atranca, cuando uno llega a ese horrible límite de las 30000 palabras (por decir alguna cifra), donde cruza el puente de “pero menuda mierda estoy escribiendo” para llegar a la orilla del “pues esto no está tan mal; casi mejor lo termino” en vez de ahogarse en las aguas del río Desesperación, la tentación de abandonar es poderosa, por mucho que nos guste lo que andamos escribiendo.

Dave lo explica bien:

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Lo mejor que he escrito nunca podría estar en la basura.

Aun así, creo que es una apuesta crucial. Que, a pesar de lo que puede quedarse atrás, a veces deshacerse de algo es la única manera en la que llego a las historias que tengo que escribir, las historias que me proporcionan felicidad al escribirlas.

Y algunos días, creer eso es lo que hace que siga adelante. Porque también creo que eso que has escrito vuelve a ti de formas que no podrías haber planificado (…).

Lo que abandonamos. Lo que tiramos. Misterios sin misterio. Nueve frases en el bloc de notas de un hotel. 97000 palabras a lo largo de 18 meses dolorosos. Importa. Es práctica. Es prólogo. Y todo eso, parte de eso, un germen de eso, lo sacaremos de entre los desechos, en una fecha posterior, cuando estemos, de alguna manera, más preparados para ello.

Lo digo siempre (lo sé, soy una cansina): hagamos caso a Sturgeon. El 90% de todo es mierda.

Deshagámonos del 90% que nos sobra para producir un 10% maravilloso. Pero para eso hay que escribirlo: hay que producir un buen montón de asquerosa y humeante mierda. No se desperdicia, en realidad. Ese será tu prólogo.

Como dice Mantel, siempre somos principiantes. Y lo que nos queda, al final, es el coraje de seguir escribiendo.

Mantel y miles de cosas interesantes que no caben aquí. Porque hilary no puede abrir la boca sin decir algo profundo e importante. y porque ya son las cuatro de la tarde y quiero publicar esto algún día

Termino hoy este artículo de recortes (que, como siempre, se ha alargado demasiado), con esta cita de otro de mis ídolos, Hilary Mantel, una mujer que muchos conoceréis por haber llamado “princesa de plástico” a la futura reina de Inglaterra, y a la que otros conoceréis (espero), por sus impresionantes novelas históricas. La entrevista que concedió al Paris Review está llena de maravillas, pero me quedo con esto:

hilary mantel

(…) Entre los escritores, la pregunta no es quién te influye, sino qué personas te dan coraje. Cuando yo empecé, la escritora que me dio coraje, de entre nuestros contemporáneos, fue Beryl Bainbridge. No escribo como Beryl y nunca lo he hecho, pero cuando empecé a leer su obra, sus libros eran tan distintos, tan divertidos de un modo oscuro (…) que pensé que si ella podía salirse con la suya con eso, yo también podría.

Lo importante no es tanto quién te influye (en estilo, estructura, temas…), sino quién te da coraje. Hilary me dio el coraje de creer que pueden confeccionarse cosas diferentes y hermosas y aun así encontrar un público para ello, tejiendo una historia cautivadora. Por lo menos sé que esa posibilidad existe, llegue o no llegue.

Tal vez deberíamos preguntar eso en las entrevistas a escritores. No tanto quién te ha influido, a quién copiaste en tu juventud, sino quién te hizo darte cuenta de que eso se podía hacer. Quién te hizo atreverte a hacer lo que haces.

No sé que opináis. Para mí sería bastante más interesante.

 


*Editando: Me cuentan en los comentarios (¡gracias, Juan Antonio!) que ahora hay carcasas especiales para convertir tu móvil en un lector electrónico. Eso ayudaría un poco al problema de la vista cuando nos pongamos a zambullirnos en nuestro próximo gran clásico tocho ruso.