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¿Cómo se escribe una novela a cuatro manos?

febrero 2, 2017 — by Gabriella31

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Una bloguera de éxito, un emprendedor, un life coach y un experto en marketing entran en un bar.

El camarero los mira de arriba abajo, admira el Mac nuevo que la bloguera lleva bajo el sobaco y las gafas hipster del emprendedor. Admira las firmes pantorrillas que ha conseguido el life coach tras horas interminables de pesas y yoga (que combina con lecturas de economía avanzada mientras bebe café orgánico). Intenta admirar algo del experto en marketing, porque el camarero es un hombre noble que ama a sus semejantes, pero mira a sus ojos y solo ve las llamas infernales de la codicia. Tampoco ayuda el hecho de que ya conozca a este tipo, y siempre le pide bebidas raras, con nombres en inglés que nadie conoce. ¿Cómo diablos se hace un Inbound Content con tequila?

Pero el camarero es de paciencia suprema, formado en las mejores escuelas de hostelería budista del país. Así que se pone su mejor sonrisa y pregunta:

—¿Qué puedo hacer por ustedes, dama y caballeros?

—No —contestan todos al unísono—, ¿qué podemos hacer nosotros por ti?

autosuperaciónescriturapersonalrecortes

#leoautoresespañoles, Ciotti, Wendig, Magie, Bohr, Pressfield. Recortes de la semana

abril 10, 2015 — by Gabriella11

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recortes literarios

Creí que el viernes no llegaría nunca.

No ha estado mal. Ha sido una semana de pesquisas editoriales, de correcciones, de nadar mucho y de colgarme boca abajo de un columpio.

Arranquemos, pues, con los mejores recortes de esta semana de desquiciamiento mental y físico:

Parente y #leoautoresespañoles

Si no lo conocéis ya, deberíais. Hablo de la iniciativa que surgió de la autora Iria G. Parente para promocionar la lectura de autores nacionales. Aunque llevamos ya un tiempo llenando Twitter con recomendaciones gracias al hashtag #leoautoresespañoles, será el día 18 (el sábado que viene) cuando llegue la celebración definitiva: por todo el territorio nacional escritores españoles liberaremos ejemplares de nuestros libros en nuestras ciudades. Yo soltaré por Málaga un ejemplar o dos de El fin de los sueños, así que estad atentos a este espacio: habrá foto de su ubicación y tal vez alguna pista. Quien lo encuentre, se lo queda.

¿Quién puede participar en esta iniciativa?

Como es evidente, cualquier escritor nacional que quiera promocionar su obra; además pueden sumarse lectores, librerías y medios de comunicación. Toda la información está en la página web. Os dejo aquí el tráiler, que es obra del incombustible David Gambero:

Ciotti y la escritura no egoísta

Cuando hablamos de escribir con frecuencia hablamos de evitar la parafernalia, los fuegos artificiales, el excedente con el que creemos que demostramos ser autores de alto nivel. Gregory Ciotti resume el problema muy bien, a mi entender, en este párrafo:

Gregory Ciotti

Escribe para expresar, no para impresionar

La comunicación es una mezcla de visión y conversación. Has notado algo interesante y ahora buscas dirigir la atención del lector para que pueda verlo con sus propios ojos. Lo que eliges escribir es para el uso de otra persona. Elige siempre de forma no egoísta.

Esto es aplicable, sobre todo, a la comunicación que exige de claridad absoluta: artículos informativos, datos científicos, instrucciones de cualquier tipo, etc. Pero es también fundamental al escribir ficción. Podemos oscurecer y enturbiar la lengua para crear un efecto estético, y sin duda de eso viven los recursos estilísticos. Pero nunca hasta el punto de que significado y significante se separen por completo. Nunca porque sí, para aparentar que somos grandes. Los grandes se expresan con la belleza que suele acompañar a la precisión y a la comunicación eficiente.

Así, el truco está en escribir para el lector. No al principio, claro. Yo abogo por hacer del primer borrador un ejercicio narcisista de despliegue creativo. Pero luego, en la reescritura y la revisión del texto, pensemos en las necesidades del lector: en una comunicación clara, libre de rimbombancias presumidas. Pienso, como Ciotti, que la escritura es un ejercicio que debería estar libre de vanidad. O intentarlo, al menos.

Wendig y contar o no contar palabras

De forma periódica, como una primavera florida o una alergia desagradable, surge en las redes sociales la discusión de siempre: ¿debemos contar las palabras que escribimos?

Tiende a comenzar de la siguiente forma:

@tíocabreadoconmuchotiempolibre: “Qué harto estoy de ver a todos los escritores poniendo todos los p***s días lo que han escrito. Un verdadero escritor simplemente escribe, no se lo cuenta a todo el mundo”.

Es verdad verdadera que pueden hacerse cansinos estos escritores que nos llenan Facebook con mensajes tipo “hoy he escrito esto o aquello”. Pero cuando uno está pasando por una situación similar, empieza a entender la necesidad que puede surgir no solo de contabilizar lo escrito, sino de intentar obtener alguna respuesta de apoyo por parte de conocidos y amigos. Escribir es una tarea muy solitaria, que puede tardar meses o años en recibir cualquier tipo de feedback (que además puede ser negativo). Contar palabras es una medición tangible de un esfuerzo que es difícil de explicar y contabilizar en general. Nos permite crearnos pequeñas metas. Cumplidas x palabras, hemos superado una pequeña meta; y si escribes textos largos, que parece que no acabarán nunca (novelas, tesis doctorales, diccionarios de la Real Academia), necesitas esa sensación de que terminas algo, de que has saltado un obstáculo. Creo que aquí Chuck Wendig dice cosas sabias, como ya viene siendo costumbre en este señor:

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Es más, contar palabras tiene valor en el sentido de que mide el esfuerzo.

A veces, escribir puede parecerse más a cavar una zanja que a crear una obra de arte, y eso significa que una mera palada de tierra, no importa qué calidad tenga la tierra o cuán hermoso sea el agujero, no completará el trabajo. Tienes que excavar mucha tierra para hacer la zanja, así que mides el esfuerzo (cantidad) en vez del resultado inmediato (calidad). Sobre todo porque la calidad de las palabras contadas en un primer borrador puede oscilar entre:

ESTO NO ESTÁ DEMASIADO MAL

y

ESTO ES UN ABORTO DEL LENGUAJE Y PODRÍA IR CONTRA LA CONVENCIÓN DE GINEBRA.

Así que, la próxima vez que alguno de vuestros amigos escritores ponga cuántas palabras ha escrito hoy, no lo miréis con odio y frustración, sino con pena, mucha pena. Y pensad, siempre podría ser peor: podría estar compartiendo el texto que ha escrito cada día con vosotros. Y, siguiendo aquella revelación de Sturgeon de que el 90% de todo es mierda, hay un 90% de posibilidades de que os encontraríais a diario frente a frente con esa mierda.

Dejad que escriba y cuente palabras. Se acercará más al 10%.

Elizabeth Magie y las jugadas del capitalismo

Seguramente no os sonará para nada el nombre de Elizabeth Magie, pero seguro que sí os suena el juego Monopoly. Magie fue la creadora de este juego de mesa, aunque fue luego Charles Darrow quien le copió la idea y vendió el proyecto a Parker Brothers, quienes lo convirtieron en el juego de éxito que hoy conocemos. Mary Pilon escribió un artículo sobre Magie para el New York Times, y nos dice de ella:

Elizabeth Magie

Magie vivió una vida muy poco corriente. A diferencia de la mayoría de las mujeres de su tiempo, era autosuficiente y no se casó hasta la avanzada edad de 44 años. Además de trabajar como taquígrafa y como secretaria, escribió poesía y relatos y hacía representaciones cómicas sobre el escenario. También dedicó su tiempo de ocio a crear un juego de tablero que era una expresión de sus creencias políticas.

Ahí está la gracia (o no) del asunto: Magie inventó el juego como protesta contra el monopolio de las empresas de su tiempo. Sí, fue concebido como una crítica al sistema capitalista. Creó un juego con dos tipos de reglas: uno que fomentaba la creación de un monopolio por parte del ganador, quien vencía destruyendo la economía de sus enemigos; y otro que demostraba que un acercamiento cooperativo entre jugadores era más productivo y beneficioso para todos. Adivinad qué sistema de reglas fue más popular.

Niels Bohr y la importancia del error

Sospecho que nunca sabré todo lo que implica la aportación de Niels Bohr, ganador del Premio Nobel de Física en 1922, al estudio del átomo y de la mecánica cuántica. Pero sí soy consciente de la sabiduría que salía, con cierta frecuencia, de su boca. Ya he hablado alguna vez en el blog de la perspectiva del fracaso como proceso científico, y Bohr lo explica muy bien en esta frase:

Niels Bohr

Un experto es una persona que ha averiguado, por su propia dolorosa experiencia, todos los errores que uno puede cometer en un campo muy estrecho.

Pensad en lo siguiente: cuantos más concursos no ganéis, cuantas más veces os rechacen un manuscrito, cuantas más veces os critiquen vuestros textos, más cerca estaréis de ser expertos. No sé si en escribir o en fracasar, pero la cosa es que seréis expertos.

Es broma. Expertos en fracasar creo que ya somos casi todos. Es gracias a los errores, fracaso tras glorioso fracaso, que podemos ir descartando todo lo que está mal, todo lo que no nos sirve, hasta quedarnos con la brillante solución victoriosa.

Y lo de “campo estrecho” no es gratuito. Cuanto más enfoquemos, cuanto más evitemos la multitarea, más podremos avanzar en un área. Lo cual no quita que el estudio y acercamiento a otras áreas nos sirvan para ofrecerle perspectivas originales y productivas al campo original.

PRESSFIELD, el bloqueo y la resistencia

Leí hace poco este artículo, que habla de los diez tipos de bloqueo del escritor. Hay artículos como este a montones. Hablan del miedo al fracaso, del crítico interno y de problemas técnicos. Ni ahí ni en la mayoría de artículos sobre este tema se habla de otro tipo de bloqueo: el bloqueo personal, aquel que ni siquiera sabemos que tenemos.

En una entrevista reciente que le hizo Joanna Penn a Steven Pressfield, él apuntó hacia eso mismo, hacia los miedos muy concretos que nos hacen formar resistencia. Penn le preguntó acerca de su último libro, donde trata la guerra de los Seis Días:

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Así que, para mí, meterme de lleno en este libro, sabiendo que iba a entrevistar a setenta personas y viviendo allí y todo, pensé: “Esto me va a obligar a enfrentarme a mis propias emociones acerca de ser judío y ser un judío seglar: ¿debería mudarme a Israel, debería empezar a estudiar hebreo; es mi vida una mentira, porque yo nunca…”, ya sabes, todo ese tipo de cosas. Así que esa es la razón por la que he estado evitando escribir este libro, a lo largo de los años.

Es fácil atribuir el síndrome de la hoja en blanco a pereza, falta de talento, mala planificación o a mil posibilidades muy lógicas dentro de nuestra cabeza. Pero escribir, cuando se trata de hacerlo bien, puede ser una expulsión de vísceras, ¿y quién quiere expulsar vísceras? Hay cosas de las que no queremos hablar. A veces se trata de tabúes culturales o sociales (no queremos hablar de algo que se considera repugnante o de mal gusto), otras veces se trata de una vulnerabilidad personal. Como la mayoría de las personas tienen un acuerdo tácito acerca de no mencionar lo prohibido a nivel cultural, lo que realmente suelen paralizarnos son los tabúes personales.

Escribir se ha convertido para mí en el máximo ejercicio en esta búsqueda del tabú propio. Es una práctica donde se inserta todo lo cognitivo, toda la estética de la que es capaz el cerebro, inmerso a la vez en el conglomerado social que lo impulsa a crear, no solo para él mismo, sino para compartir y comunicarse. Pero escribir también es un medio para analizar y romper (si esto es necesario y positivo, claro) nuestras barreras personales.

Los autores hablan de lo que les ha costado matar a tal o cual personaje. Entiendo que da pena matarlos. Les has cogido cariño. Pero pocas veces hablan de cómo les temblaba la mano al escribir la palabra lengua, al describir una herida sanguinolenta, al contar ese momento en que los dedos del padre se detienen demasiado tiempo en el hombro del niño. Cada uno de nosotros tiene sus miedos y sus manías, y lo que es aburrido y cotidiano para unos es sobrenatural para otros. Un autor probablemente no te cuente la escena que en realidad le costó escribir, porque estaría mostrándote sus debilidades. Y muchos autores todavía no han llegado a identificar sus resistencias y bloqueos, mucho menos superarlos.

No se me había ocurrido lo unificados que están, para este tipo de cosas, cuerpo y mente. Por razones también culturales, religiosas o lo que sea, tendemos a separarlos, como si fueran entidades completamente independientes. De una forma subrepticia, recibimos mensajes constantes de separación: belleza física contra inteligencia; fuerza muscular contra fuerza moral; disciplina física contra fuerza de voluntad.

Cuando me colgué boca abajo de aquel columpio (algún día, cuando tengamos más confianza, os contaré cómo y por qué esto fue importante) sentí algo muy parecido a cuando hablé de deseo por primera vez en un poema. Cuando siento el agua alrededor, cuando floto en la piscina, todo me envuelve y nada más existe, como cuando dos personajes se dan cuenta de que nunca más se volverán a ver. Cuando rompo un bloqueo físico, cuando supero el miedo, estoy aprendiendo a hacer lo mismo frente a la hoja en blanco. Taladrar la resistencia, saltar la zanja.

No es mens sana in corpore sano. No se trata de estar en forma, de llevar una vida saludable (aunque eso ayuda). Se trata de que escribir puede ir más allá de la obsesión. Puede convertirse en una entidad compleja que bebe no solo de nuestra percepción mental, sino de nuestras experiencias físicas. Aquellos que dicen que para escribir bien tienes que haber vivido no se refieren a que tienes que haber viajado mucho y haberte tirado de cabeza al Niágara. Sí se refieren a que has tenido que haber recibido impactos emocionales y físicos (y sí, algunos buscados a propósito) que luego te permitan liberarte frente al papel (o la pantalla).

Escribir, comunicarse con belleza y claridad, es mucho más que colocar una palabra detrás de otra. Eso ya lo sabíamos. Pero a veces llega esa realidad y te azota en la cara. Tu personaje protagonista se gira, te guiña el ojo y te dice: “Hoy has comido bien, has descansado, acabas de superar un tremendo desafío personal y además tienes agujetas. Está bien, podemos empezar”.

O tal vez solo me pasa a mí. Después de todo, mi protagonista es una descarada.

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¿Dónde y cómo escribimos? 18 autores nos dan su respuesta en imágenes

diciembre 9, 2014 — by Gabriella16

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Creo que no soy la única a la que le obsesionan los procesos de creación de los demás.

He hablado en alguna ocasión del mío, sobre todo en lo que se refiere a mi afición a dibujar mis textos. Aunque no es naaada productivo, a mí me encanta escribir a mano, y últimamente casi todos mis textos cortos (relatos y poesía) salen de un cuaderno. Algunos autores se lo toman como un reto experimental, como Isaac Belmar, que se pasó un mes escribiendo a mano y contó sus sensaciones y conclusiones al respecto en su blog. Para otros es parte del proceso de construcción: para apuntes, esquemas y escaletas. Otros, sin embargo, son profesionales del Scrivener y de otros programas de escritura especializados.

Así que me puse a preguntar a conocidos, amigos y contactos en las redes sociales acerca de cómo escribimos. Al principio solo había cri-cris de grillos, luego llegaron un par de respuestas de escritores que me ofrecían ayuda, y de repente, todo un aluvión de imágenes y comentarios. Por supuesto, estoy muy agradecida a todos los que se han prestado a participar, que son muchos más de los que me esperaba, y ya veréis qué experiencias tan variadas y dispares. No solo aparecen los formatos de escritura en sí, sino lugares de trabajo que dicen mucho de la personalidad de cada autor.

1. Una de mis favoritas en este sentido es Carlota Echevarría, ya que es arquitecta y siempre me cuenta anécdotas interesantes acerca de cómo aplica parte de su interés por el diseño y lo matemático a sus libros de la serie infantil Princesas al ataque (podéis ver además una entrevista relámpago que le hice aquí, en el blog). Ella dice: “Cuando estoy empezando un libro, hago los esquemas y escribo los argumentos en papel, pero siempre uso el ordenador para redactar (¡a mano no escribo tan deprisa!). Construyo las historias por capas: la primera idea ocupa una línea o dos, luego hago un breve resumen, una línea del tiempo, fichas de personajes, otro resumen, esta vez de varias páginas… y finalmente me lanzo a escribir el primer borrador, al que sé que todavía le daré varias vueltas más”.

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2. También me mandó fotos Iria G. Parente, que se define como “estudiante de Literatura General y Comparada, apasionada del mundo de la edición y juntaletras”, y que es autora junto a Selene M. Pascual de Cuentos de la luna llena. Iria me dice: “Te envío estas tres, que resumen muy bien mi proceso de escritura en general: algo de planificación previa, escritura con una buena taza de té y música al lado, y por último mucha pero mucha corrección”:

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3. Victoria Álvarez, autora de Tu nombre después de la lluvia, comparte mi fijación por los cuadernos PaperBlanks, y cuenta lo siguiente: “(…) Tengo docenas de ellos repartidos por toda la casa y me paso horas mirándolos y ordenándolos. Normalmente, cuando surge la idea de una nueva novela, corro a comprar un cuaderno, que queda inmediatamente asignado a esa historia. Suelo empezar a trabajar en ella apuntando a mano las primeras cosas (datos cronológicos, orden de las subtramas, árboles genealógicos, mapas improvisados), y solo meses más tarde, cuando ya me he hecho con la historia, comienzo a trabajar con el ordenador. En algunos casos estos cuadernos me sirven para varios proyectos a la vez; por ejemplo, el de la Esmeralda de Mucha, en el que apunto todos los nombres curiosos que encuentro para futuros bautismos. Y otras veces, simplemente, ¡no puedo resistirme a comprarlos cuando los veo!”:

Victoria Alvarez

4. Francisco Jota-Pérez, autor de Aceldama, al que también entrevisté aquí en el blog, me dice: “El proceso varía muchísimo dependiendo de la obra, del medio y demás. Para relatos y novelas, por lo general, tomo apuntes a partir de la idea de partida, luego hago esquemas y, a continuación, me arremango a escribir; aunque, en ocasiones, empiezo a redactar ya a partir de los apuntes y voy haciendo los esquemas sobre la marcha, o empiezo con la idea y los apuntes no son necesarios… Como he dicho, depende. Lo que no se ve en las fotos (y quizá debería haber incorporado de algún modo) son el puñado de libretas que llevo siempre encima, para tomar apuntes en cualquier momento (en el metro, en el bar…). En cuanto a la dependencia del medio, cuando estoy guionizando un cómic o un película, en el escritorio tengo siempre o bien una libreta grande para dibujar el storyboard con el esquema de páginas y viñetas, o el iPad para ver videoclips, escenas de otros films y etcétera para obligarme a pensar en secuencias y cortes de imagen, y buscar ideas sobre transiciones y escenas. Otra cosa bastante importante en mi escritorio, sobre todo durante la redacción de mis últimas dos novelas, es la bola de cristal de roca que tengo ahí siempre, y que uso durante los “descansos” en el proceso de redacción como elemento de alteración sensorial leve, para meterme en el subconsciente y “desatascar” ideas o momentos concretos, o simplemente “perderme” un rato en otro plano, lejos de la pantalla”:

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5. Cristian Cano es otro de mis favoritos, ya que me manda fotos de escritura en hoteles, algo que a mí me ha tocado más de una vez (y más de diez). Me dice por email: “Escribo ficción, y cuando estoy en casa siempre lo hago en un laptop. También uso el pc en algún café. Pero cuando tengo que salir de Bahía Blanca me llevo unos cuadernitos espiralados que son muy útiles. Lo hago un poco como para caer en ese tiempo hermoso que existe en escribir a mano. No hay que olvidarse de eso”.

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6. Carlos G. de Marcos, escritor y anfitrión de la legendaria Casa de Atrás, nos envía el caos (sic) que va en su cartera:

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7. Virginia Pérez de la Puente, autora de obras como El sueño de los muertos, me manda tres fotos de lo más interesantes (perdóname por citar directamente de nuestros emails personales, querida): “Te paso un trío: la de mi mesa, una de “escritora con pelos congelada en invierno”, y la que he subido de la maquetación, por si te sirve, aunque es una chorrada, pero para ilustrar el estado Juan Palomo De Escritor Que Tiene Que Aprender A Hacérselo Él Mismo…”:

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8. Otra de las habituales en mis entrevistas y menciones, la simpar Susana Vallejo, tiende a compartir imágenes de su entorno y proceso en Facebook, por lo que no me resistí a pedirle unas cuantas. He tenido la suerte de visitar su casa estos días en Barcelona, aprovechando la MiRCon, y puedo decir que es una mezcla de friquerío, bohemia y espacio que debe de ser absolutamente genial para escribir:

Susana Vallejo

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9. Ana Campoy, que fue además la flamante ganadora del sorteo de mi lista de correo el mes pasado, tiene un sistema bastante llamativo: “Muchos guionistas usan tarjetas. Yo uso post-it. Así, si una escena cambia de orden la puedo variar sin problema. Los voy pegando en hojas de folio. De esa manera puedo transportar las escenas ordenadas donde yo quiero. Cada libro me sale por unas 6 o 7 hojas de folio con escenas (la foto que te mando la hice para una charla sobre cómo estructurar novelas de misterio y corresponde a las tres primeras hojas de El pianista que sabía demasiado, la cuarta aventura de Alfred y Agatha). Después de los post-it redacto la escaleta (unas 5 hojas). Y de ahí me pongo a escribir”.

Ana Campoy

10. Meritxell Terrón Paz es una escritora, doctorando de Comunicación, a la que tuve el placer de conocer en la Wizard Con y con la que pude hablar de nuevo este finde en Montcada. Junto a su socio lleva un proyecto muy chulo, El libro del escritor, que se lanzará en breve y que creo que nos va a interesar mucho a todos los que escribimos. Fue una de las primeras en contestar a mi petición y me envió esta muestra de su trabajo con su novela El suicidio del escorpión:

Meritxell Terron Paz

11. A Paty C. Marín también la conocí en la WizardCon (podéis seguirla en Twitter como @patycmarin), y me llamó muchísimo la atención el libro en el que estaba trabajando: un librojuego erótico. Nos enseña cómo funciona su proceso: “El esquema de un librojuego es muy simple, en cada tarjeta se escribe una sinopsis de la escena en cuestión y se señalan con un número las escenas en las que se divide (por ejemplo, si voy por la puerta derecha, pongo 1; si voy por la izquierda, pongo 2). En las siguientes tarjetas se escribe el número de la escena que se corresponde y se escribe una nueva sinopsis, volviendo a marcar con números las escenas en las que se dividen y así con cada escena nueva. Luego se marca el camino sobre el corcho con la chincheta del color correspondiente (que puede ir desde dos colores hasta cinco porque no tengo más). En realidad es como ir formando un árbol ya que cada escena se divide en nuevas escenas y todo crece de manera exponencial. Llega un momento en que las escenas convergen hacia el mismo final o hacia el mismo desenlace, basta con señalarla con dos chinchetas con los colores necesarios”:

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12. Con José Puente estuve hablando de los lugares para escribir. Escribe en la cama, así que me preguntó si podía mandarme una foto de su cama. Cómo no. No creo que sea el único que escriba allí. Como él mismo dice: “Escribir y borrar y volver a escribir y volver a borrar y volver a escribir hasta conseguir un muro más o menos recto o una figura reconociblemente humana. La cama como sinónimo de lugar seguro para”.

José Puente

13. Fernando Alcalá, autor de Carlos, Paula y compañía, me dice:Aquí te envío el esquema a medias y muy recién comenzado del proyecto que tengo ahora entre manos”. Para ello usa Scapple, “es de los creadores de Scrivener. Es super sencillito y tampoco tiene mucho, pero a mí siempre me es muy útil”:

Fer Alcalá

14. Gerardo Guaza, poeta, me envía una foto de su cuaderno. Gerardo también se apunta a la escritura hecha a mano:

Gerardo Guaza

15. Alejandro Castroguer, uno de nuestros “autores Z” por excelencia, me envía unas imágenes geniales de sus apuntes en agenda. Alejandro, como yo, compagina la escritura a mano y a ordenador dependiendo de la velocidad de la inspiración. Me dice: “Son dos capítulos, el Dos y el Veinticuatro de la novela en la que he estado trabajando este año. Como verás usé una agenda con portadas de viejos elepés”.

Alejandro Castroguer

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16. Gloria T. Dauden, a la que también entrevisté en el blog (qué de entrevistas hago), es también una aficionada a los cuadernos bonitos:Notas manuscritas para novela en libretas bonitas, taza de té y un entorno agradable”:

Gloria T Dauden

Gloria T Dauden2

17. José Luis Zárate, a quien todos conoceréis por sus geniales microcuentos, me envía una imagen de sus dinosaurios. Si os fijáis con atención, veréis que en la pantalla de su ordenador se ve reflejada la pizarra que tiene detrás, con apuntes y órdenes para el día (cosas como “no entrar en Facebook”, uno de los grandes mandamientos del escritor actual):

Jose Luis Zarate

18. Y por último os dejo con la imagen de un auténtico tecnófilo, Luis Ángel Cofiño, autor de culto de ciencia ficción y amante apasionado de Linux:

Luis Ángel Cofiño

 ¿Y vosotros, dónde y cómo escribís?

Así es como INTENTO yo escribir después de volver de viaje:

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Puedes ver la segunda parte de este artículo aquí.


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