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10 regalos literarios para San Valentín que no encontrarás en las listas de siempre

febrero 9, 2015 — by Gabriella6

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Llegó ese momento del año, adorado por muchos y temido por otros tantos.

14 de febrero. San Valentín.

Nunca me ha gustado sumarme a la moda de las recomendaciones de San Valentín. No es que tenga nada en contra de dedicar un día al amor (aunque es una fiesta comercial, hace sentirse mal a los que no tienen pareja, deberíamos dedicarle al amor todos los días del año y blablablá). Pero sí me cansa ver las listas de siempre en esta época: los regalos perfectos para él, los regalos perfectos para ella (por lo visto no podemos coincidir), los poemas más bonitos, los libros ideales.

Si yo le regalara uno de esos “libros ideales” a mi pareja, no creo que lo hiciera muy feliz. Y si él apareciera con una caja de bombones (no soy muy aficionada al chocolate), un ramo de rosas de precio inflado (con lo bonitas que están plantadas y vivas) y un librito de rimas de Bécquer, andaría ya buscando un sacerdote especializado en exorcismo.

No digo que estas cosas estén mal. Pero sé que hay muchos ahí fuera a quienes no gustan estos regalos típicos ni estas listas anuales. No todas las ideas acerca del amor navegan alrededor de El cuaderno de Noah, ositos rosas de peluche y cajitas de chocolate en forma de corazón.

Así que he intentado ofrecer alguna otra opción para los que empiezan a cansarse de tanto «me gusta cuando callas porque estás como ausente…» (porque cuando quieres a alguien normalmente te interesa lo que tiene que decir). Si estás aquí, leyendo esto, asumo que la persona a la que pretendes agasajar para el 14 (o para cualquier otro día del año) es también amante de la lectura, así que allá van:

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1. En vez de Pablo Neruda, Leopoldo María Panero

Ya que hemos empezado hablando del poeta chileno, sigamos con él. Neruda parece haber sufrido el mismo destino que cualquier canción hermosa pero pegadiza que, de tanto radiarse, acaba por convertirse en parte del elenco pop repetitivo de música de hilo musical de supermercado. Si Pablo todavía hace que las cuerdas de tu corazón vibren, genial, pero, para los que empiezan a cansarse, ¿por qué no recurrir a otros clásicos? ¿Qué hay de los románticos, en el verdadero sentido de la palabra, de ese Byron, de Shelley? ¿Y de los griegos y los romanos: Safo, Catulo, Propercio y compañía? ¿Qué hay de los malditos, de Rilke, de Baudelaire? Y, hablando de malditos, siempre podéis regalar este poema de Panero (dejando claro que no es vuestro, pillines), donde le dice a Mercedes Blanco: “Te aguardo / al final del camino: no te ofrezco / ningún gozo / acompáñame en la tumba”, en una maravillosa y triste reflexión sobre la realidad del recuerdo y la (im)posibilidad del amor eterno. (Poema completo aquí).

2. En vez de Cincuenta sombras de Grey, Historia de O

Vale, Historia de O tampoco es un ejemplo de una relación BDSM sana, pero os puedo asegurar que está bastante mejor escrita. Para aprender más, de una forma más realista, sobre relaciones de D/s (dominación y sumisión), S&M (sadismo y masoquismo) y todo lo relacionado, es muy recomendable la web de La mosca cojonera, sobre todo este post, que sirve como introducción para mujeres que se han podido plantear eso de la sumisión y derivados.

Las obras de Sacher-Masoch y del marqués de Sade tampoco son la mejor manera de acercarse al sadomasoquismo, pero tienen un innegable valor estético e histórico, por lo que se llevan aquí una mención.

3. Y si no te va lo del BDSM…

Lo erótico no tiene por qué ser cutre ni ñoño, terreno exclusivo de la novela rosa menos afortunada. Ahí tenemos los grandes clásicos (Delta de Venus, Trópico de Cáncer, Memorias de una cantante alemana, ¡Las once mil vergas!, y una larga lista más). Y no es la novela el único formato: en la novela gráfica también encontramos maravillas, como vemos en esta lista donde aparecen nombres tan conocidos como Milo Manara. ¿Sabíais además que algunos de los dibujantes y creadores más conocidos tuvieron también una vertiente algo guarrilla?

Pero a veces no es lo explícito lo que más nos excita, sino escenas puntuales, discretas, dentro de una historia creíble. Recuerdo que en la novela de fantasía de Robin McKinley Sunshine (¡una novela de vampiros con un vampiro que no es guapo!) hay una sola escena sexual, en la que además no ocurre nada de nada (los dos protagonistas están encerrados en un espacio mínimo y él no puede evitar tener una erección contra el cuerpo de ella) y, sin embargo, hay más tensión y erotismo en ese breve momento que en muchas otras novelas donde se narran actos de índole sexual de principio a fin. Muchas veces se trata más del “precalentamiento” que del acto en sí.

Y hablando de vampiros…

4. En vez de Crepúsculo, El diario secreto de Laszlo, conde Drácula

Probablemente si lo leyera ahora, El diario secreto de Roderick Anscombe, me parecería bastante ligero y mojigato, pero era muy jovencita cuando cayó en mis manos. Esto fue antes de la explosión de Anne Rice y sus vampiros omnisexuales, así que fue todo un descubrimiento. No es el único ejemplo, claro: el mismísimo Drácula de Stoker tiene un contenido sensual indiscutible, al igual que narraciones tan antiguas como El vampiro, de Polidori (basado en la figura de Lord Byron) o Carmilla, de Sheridan Le Fanu, donde la relación entre vampirismo y sexualidad tabú (en este caso, lesbianismo), es evidente. Y, hablando de sexualidad no normativa:

5. En vez de pareja, trío (o lo que quieras)

San Valentín perpetúa la noción de relación monógama que estamos acostumbrados a ver en todas partes. Por suerte, poco a poco esto empieza a cambiar, haciéndose más inclusivo. San Valentín no tiene que ser solo para un hombre y una mujer, ni para una pareja. Si te apetece leer un poco sobre formas diferentes de concebir las relaciones, Ética promiscua, publicado en España por la editorial Melusina, es un lugar interesante donde empezar.

Aunque tal vez algunas de las nociones y términos estén ya un poco anticuados, también tenéis aquí este pequeño artículo introductorio que escribí sobre el tema del poliamor.

En cuanto a lo no heteronormativo…

6. En vez de Romeo y Julieta, Nadan dos chicos

Aunque Romeo y Julieta, como cualquier obra de Shakespeare, es de lo más recomendable, no solo de la unión de hombre y mujer vive la literatura. Ya me habréis oído hablar de Nadan dos chicos, la maravillosa obra de Jamie O’Neill, pero nunca me cansaré de recomendarla. ¿Queréis tragedia sobre un fondo histórico? Con los dos chicos del título tenéis de sobra, creedme. Tiene que haber sido difícil traducir la complejísima prosa de O’Neill (leí el original en inglés), pero, según me cuentan, Pre-textos ha hecho una labor estupenda. Y si queréis chicas, Sarah Waters es una de las grandes favoritas; su historia sobre dos jóvenes enamoradas en la Inglaterra victoriana El lustre de la perla (ejem), le ha valido críticas realmente excelentes. Para más obras de temática no heterosexual, Estandarte ofrece una lista incompleta, pero interesante para empezar, y aquí hay otra más larga (en inglés) y aquí hay otra, también en inglés, muy muy larga.

7. En vez de libros, objetos relacionados con libros

Que tu amado/a adore los libros probablemente significa que adora todo tipo de cosas relacionadas con los libros. En sitios como Etsy, Artesanio o Dawanda podrás encontrar muchísimos regalos hechos a mano especialmente para aquellos que aman los libros. Como por ejemplo este pañuelo de Alicia en el país de las maravillas, este póster con una tabla periódica con las grandes obras de la literatura o tapas para lectores electrónicos que hacen que parezcan libros tradicionales. Y puede ir uno más allá: resulta que hay velas con el olor a libro que decimos que echamos de menos.

Si falla la imaginación, yo creo que hay una solución muy atractiva: busca el libro favorito de tu pareja, encuentra una imagen a buena resolución de la portada y encarga a una copistería o imprenta (física u online) que te lo saque en un tamaño adecuado para enmarcarlo y ofrecerlo como regalo decorativo.

8. En vez de lo fácil… lo facilísimo

¿Sabéis qué es aún más fácil que comprar los libros consabidos por San Valentín? Un libro que a ella (o a él, ¡o a ellos!) realmente le guste. Si tiene lista de los deseos en Amazon, Bookdepository y similar, lo tienes muy sencillo. Si no lo tiene, aún mejor, propongo un juego:

Pídele a tu amado/a que cree una lista de los deseos. Que escriba una lista de treinta libros que quiere tener. O cuarenta. Cuantos más mejor. Como si son cien.

Luego, cómprale uno de esos libros. O dos. O tres. Los que te permita tu presupuesto. También cuantos más mejor. Puede parecer que esto no es genial, porque no es una sorpresa, ¡ahí te equivocas! Primero, por la sorpresa de qué libros habrás elegido de todos los que sabes que él/ella quiere. Segundo, porque con cada libro irá una nota con la explicación de por qué lo elegiste.

No solo compras algo que él o ella realmente quiere, algo que conservará siempre, sino que le demuestras que te importa lo suficiente como para realmente reflexionar sobre cómo y por qué es importante ese regalo. Y si encima te trabajas la presentación, mejor (una caja gigante llena de papeles y libros; un envío intermitente desde Amazon, con notas por email de por qué has elegido cada libro; ¡incluso una caza del tesoro con libros escondidos y pistas!).

9. ¿En vez de un texto ajeno, uno propio?

En los consejos para San Valentín es frecuente leer aquello del poema o la carta romántica. Escríbela del corazón, dicen. Se derretirá, dicen.

No todos tenemos talento para eso de escribir cosas románticas sin parecer unos empalagosos. Dicen que la carta de amor nunca pasará de moda, sobre todo si está manuscrita, y que hasta el poema más ridículo puede ser hermoso a ojos del amante.

Solo que… no, no lo es. Sigue siendo ridículo, y si tu amado o amada es un lector ferviente, sabrá reconocer un mal poema a kilómetros de distancia.

Este consejo es un arma de doble filo. Si no sabes absolutamente al 100% que tu amado/a adora todo lo que le escribes, mejor no arriesgarse. Después de todo, mira que es difícil y frustrante sonreír y fingir que te ha gustado un regalo cuando no ha sido así. Pero si aun así quieres seguir adelante, ahí van algunos puntos para asegurarte de no fastidiarla demasiado:

  • Los poemas no tienen que rimar. De hecho, a no ser que lo tuyo sea el verso alejandrino avanzado, mejor evita la rima y punto.
  • Los tópicos aburren. Si has leído un símil o una metáfora antes más de una vez, no la uses.
  • Usa vuestro lenguaje, esas palabras y expresiones que son solo vuestras: huye del artificio.
  • NUNCA uses papel perfumado. A no ser que seas una dama decimonónica de clase alta, en cuyo caso, adelante. Y de color lila.
  • Acompaña el escrito con un buen regalo (cualquiera de los especificados en los puntos anteriores sirve). Por si acaso.

Y, para terminar, mi “en vez de” favorito:

10. En vez de un libro, el tiempo para compartir libros

Tal vez es porque mi pareja y yo vivimos lejos, y para mí lo más valioso es tener tiempo juntos. Cualquier inversión en regalos prefiero realizarlas en billetes de avión, tren u hotel. Pero pocas cosas tan románticas hay como estar en la misma habitación acurrucados, leyendo juntos. Compartiendo los párrafos que nos gustan, comentando todo aquello que nos parece genial.

Si tu pareja es, como tú, un lector, qué mejor que compartir un buen rato de lectura. Apartar un tiempo para leer, solo para vosotros.


Y nada más, que disfrutéis del 14 cuando llegue y que convirtáis todo ese afán consumista y ñoño y rosa y rojo en algo solo vuestro. O el 15, o el 13, o cuando queráis.

Nunca he estado muy de acuerdo con aquello de ponerse triste en San Valentín si estás solo/a, por cierto. Una fiesta es una fiesta, y yo soy muy de aprovechar las fiestas. ¿Qué mejor manera para celebrar tu amor con la persona a la que más quieres en el mundo?

Sí, eso es. A ti mismo/a.

Bonus: 11. En vez de sentirse solo y lloriquear, esto:

94635-Reading-And-Wine(Que además puede hacerse dentro de una bañera con agua caliente y espuma. Casi nada).

¿Y vosotros? ¿Cuál creéis que es el mejor libro para San Valentín?

 

 

 

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La delgada línea entre promoción y pesadez

mayo 28, 2014 — by Gabriella8

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Una vez superado el obstáculo de la publicación (ya sea mediante edición tradicional, coedición o autoedición), llega ese nuevo gran monstruo, esa bestia que determina el auténtico éxito de tu libro, más allá incluso de la propia calidad de la obra. ¿Cómo conseguir que tu libro llegue al mayor público posible?

Durante mis años como editora, me di cuenta de lo poco que sabe realmente el escritor de cómo funciona el mercado editorial, la cantidad de nubes y películas bonitas y bandas sonoras épicas que se cogen de la mano en la mente del aficionado, quien, inocente, nunca ha tenido que lidiar con el mundo ultracompetitivo del producto artístico. Sí, hay blogs y webs muy informativas al respecto, pero pocos se molestan en leerlos, y por otro lado estamos rodeados de información idealista o incluso mentirosa.

¡Magia!
¡Magia!

Esto es lógico. La información que proporcionan los editores está condicionada por sus propios intereses (nuestros libros venden fenomenal, todo va perfecto, todos nos quieren), y la de los escritores a menudo está tocada por la vergüenza (¿quién quiere admitir lo realmente poco que ha vendido su libro?).

Uno de los aspectos que los escritores dan por sentado es el de la promoción. Hay una fantasía común de que un libro, por simple virtud de estar en librerías, de tener una distribución más o menos maja, va a vender como churros calientes a la salida de una feria a las seis de la mañana. Y es que ese es el problema.

¿Por qué venden los churros calientes a la salida de una feria a las seis de la mañana? Porque los que salen de una feria a esa hora están borrachos, o incluso ya salen de la euforia alcohólica y entran en el peligroso terreno de la resaca. Necesitan grasa, necesitan comer. Y el vendedor de churros, o de hamburguesas o de kebabs, está ahí para ellos, para darles justo lo que necesitan justo cuando y donde lo necesitan. Un nicho de mercado satisfecho, oiga usted. Mercadotecnia fabulosa.

Por desgracia, un libro no es un churro (bueno, los hay que sí, pero en eso mejor entramos en otro momento). Y tiene que competir con muuuchos otros libros. Y el comprador medio no compra lo que le parece más bonito y mejor escrito en una librería, sino lo que le han recomendado, lo que le suena, algo que pertenece a un género muy concreto que le atrae, o algo de alguien a quien ya ha leído y de quien ya sabe qué esperar.

Cuando el escritor se hace consciente por fin de este fenómeno, cuando se da cuenta de que solo colocar un libro en librerías (bastante difícil de por sí) no es suficiente, es cuando comienza a plantearse lo de la promoción. En este sentido, la autoedición y la edición tradicional tienen sus ventajas y desventajas: una gran editorial tiene un poder de promoción que no tiene un autoeditado; pero el autoeditado tiene control absoluto sobre su sistema de promoción (por no hablar de que los porcentajes de ingreso por cada venta son muy superiores). El punto intermedio puede estar en la coedición y en las editoriales tradicionales pequeñas, donde la relación con el autor tiende a ser más personal y colaboradora.

Y es aquí, amigos míos, donde el que escribe se encuentra con la desagradable realidad de que tiene que definirse, de que tiene que tomar decisiones que no sabía que tendría que tomar. Y todo se reduce a la siguiente pregunta:

¿Soy un escritor puro, un artista, o soy un despreciable vendedor, un elemento más de este mercado capitalista?

Rara vez puede uno salir ganando en ambos aspectos. Si elige lo primero, si se atiene a sus principios más sagrados, deberá responsabilizarse del resultado. Es decir, su libro no será un producto, sino una obra de arte. Las ventas serán ínfimas, pero este no es un problema, ya que las intenciones no eran monetarias, ¿verdad? Eran puras y nobles como rayos de sol por la mañana.

Si eliges este camino, eres un héroe. En serio. Yo también he estado ahí. Pero por favor no te dediques luego a lloriquear sobre la pobre vida del escritor. Es tu elección. Has decidido crear algo diferente, algo bueno, algo que esté a la altura de tu exigencia contigo mismo y con tu experiencia artística. Eso es maravilloso y tú eres la base del sistema. Tú eres quien inspirará a los demás, quien atacará a lo establecido con toda la saña de un brillante perro rabioso. Tú eres mi héroe.

Si, por otra parte, eres un artista que desea monetizar su creación, y eres honesto contigo mismo, eso tampoco tiene nada de malo. Al contrario, ¿no debería poder vivir de algo el artista? ¿No se merece algo más que mendigar, que vivir en la calle, que tener que compaginar su creación con un trabajo que le dé de comer, hasta el punto de apenas dormir cinco horas diarias? No me parece justo demonizar a este artista. Lo que sí me parece justo es demonizar al artista que lleva la promoción hasta sus niveles más… ¿cuál es la palabra? Ah, sí, coñazo.

¿Hay caminos intermedios? Los hay. Hay libros de gran calidad que han sabido colarse en el mercado y convertirse en churros hechos con harina de calidad superior. Pero son pocos, pocos. Y demasiados queremos ese pedazo minúsculo del pastel: el amor de la crítica, el amor de los lectores y el amor que uno siente al poder comer tres veces al día y pagar el alquiler.

Los consejos más frecuentes de las webs para escritores se concentran en medios de promoción o bien obsoletos o bien poco eficientes. Redes sociales, sí. Facebook y Twitter. Pero a no ser que lleves un año o más trabajándote una buena plataforma, una red grande dirigida hacia tu nicho lector, no vas a llegar más que a tus amigos y familia, a la gente que ya te conoce y quiere. Y a lo mejor tienes más contactos, contactos a los que ahora te dedicas a bombardear con publicidad de tu obra. Pero si ellos ya reciben publicidad de ese tipo por todas partes, si no tienen una relación personal contigo, ¿por qué habrían de hacerte caso?

Yo no tengo ni idea de promoción. Pero sí llevo unos años viendo lo que NO funciona. Las presentaciones de libros están bien para reafirmar lazos con conocidos y a lo mejor vender un buen puñado de ejemplares en una librería (y si tienes suerte, crear presencia en una cadena), pero las que realmente funcionan son las que tienen una buena lista de contactos de prensa y ofrecen incentivos atractivos a los asistentes (canapés, bebida, etc.), o que disponen de un público fiel a la editorial. Por supuesto esto cuesta dinero y tiempo, una inversión que solo compensará a algunas editoriales o autores. Las entrevistas en medios han perdido bastante: ahora muchos lectores se mueven por internet, y una extrema digitalización y una falta de concentración absoluta hacen muy difícil que el que se mencione tu nombre en radio o televisión vaya a proporcionarte más ventas, a no ser que consigas salir en Sálvame. Las reseñas y las críticas están muy bien, pero no tienen el poder de convocatoria que uno podría pensar. He visto libros vapuleados que han vendido de forma obscena y libros adorados por todos que acumulan polvo en los almacenes de las distribuidoras.

No dejo de darle vueltas a este tema. A veces me encuentro con casos de libros de la misma editorial, con la misma promoción clásica, y una experiencia de venta muy diferente. ¿Cuál es la diferencia? El libro con mayor número de ventas tiene un género muy definido (generalmente un género con mayor demanda y menor oferta), para un sector muy específico. El autor de este libro tiene contacto y buena relación con muchos otros escritores de este mismo género, y no se corta en publicitar a sus colegas de profesión, lo que le suele conseguir un buen puñado de recomendaciones. Publica en redes sociales sobre muchos temas, no solo sobre su libro. En resumen, tiene más que ofrecer. Y, además, y esto odio decirlo, tiene una obra donde la funcionalidad, el atractivo del argumento, prima muy por encima de la forma. Por no hablar de una portada que se dirige al público al que se tiene que dirigir. Este libro tiene una imagen. Como cualquier producto de éxito, no vende solo el interior, sino todo un conjunto de emociones y de representaciones con las que el consumidor se identifica. ¡Vende un estilo de vida!

¿Y no deberíamos estar todos escribiendo en vez de preocuparnos tanto por la promoción?, preguntaréis muchos, como bien señaló Alfredo Álamo en este artículo de Lecturalia. Por supuesto que sí. Pero si queremos entrar en el mercado no podemos escapar de su dictadura, o por lo menos yo no veo forma de hacerlo. Y muchas veces es complicado discernir hasta qué punto estamos dispuestos a formar parte de este juego. ¿Debo escribir para un género que no me convence si ese género vende más? ¿Debo cambiar mi registro o modificar mi temática para atraer a otro tipo de lector? ¿Debo salir en un medio que ideológicamente me produce urticaria si es una posibilidad de vender mi libro (aquí recomiendo un post interesantísimo de Layla Martínez sobre por qué le dijo que no a la revista Glamour)?

Es complicado andar en el terreno que se abre entre los extremos, entre el arte por amor/obsesión y el arte comercial, cualquiera que haya creado algo alguna vez lo sabe bien. Yo intento mantenerme en el tembloroso punto medio. Y os puedo asegurar que es jodidamente difícil.

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Primera imagen por cortesía de Feelart / FreeDigitalPhotos.net

Actualizando: Unos meses después escribí este artículo, muy relacionado: 15 cosas que los escritores estamos haciendo fatal en las redes sociales.

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Cómo hackear las webs de contactos. O cómo conseguir pareja como un matemático

abril 23, 2014 — by Gabriella3

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¿Es posible hackear las webs de contactos? No me refiero al hacking ilegal, destructivo. Me refiero, más bien, al tipo de atajo ingenioso que solemos asociar al lifehacking.

No sé si habréis oído hablar de eso del lifehacking, que a mi juicio forma parte de lo que he dado en llamar autoayuda 2.0 (escribí un artículo doble sobre la evolución de la autoayuda para Lecturalia, podéis leerlo aquí). El verbo to hack suele asociarse a cosas negativas (por aquello de los hackers o piratas informáticos), pero también puede ser positivo: hack es tomar atajos, es encontrar soluciones más eficientes para un problema (también significa cargarse algo a hachazos, que de forma metafórica tiene cierto sentido).

El lifehacking intenta dar con atajos o trampas que nos faciliten las cosas del día a día. Es parte de todo un movimiento racionalista y analítico que propone aplicar muchas de las soluciones que ofrece el mundo de la programación y la informática, de la ciencia del comportamiento, del análisis de datos y de muchos otros campos. También integra teorías matemáticas y sociales en boga, como la teoría de juegos (aplicada a la mercadotecnia) y la ludificación (aplicada a la creación de hábitos y a la productividad). En resumen: cualquier teoría que tenga aplicaciones prácticas para mejorar nuestro día a día y hacérnoslo más fácil entra dentro del saco lifehacking.

¿Así que por qué no aplicar conocimientos de estadística, programación y matemáticas a algo tan subjetivo y emocional como las relaciones de pareja? Hay por lo menos dos personas que han sabido hacerlo. Uno, Chris McKinlay, para ver cifras de compatibilidad y discernir qué mujeres eran ideales para él. Otra, Amy Webb, para hacerse más atractiva para citas potenciales y encontrar al hombre ideal. Dos maneras diferentes de dar con el amor de tu vida a través de webs de citas como Meetic, EHarmony y similares.

Amy, acostumbrada al análisis de datos, aplicó su experiencia al mundo de JDate, una web de citas enfocada a la comunidad judía que es tremendamente popular en Estados Unidos. Amy tenía muy claro lo que buscaba en un hombre (quería casarse y tener hijos; quería una pareja estable, alguien responsable y con un estatus social y económico determinado), pero apenas recibía visitas a su perfil en JDate, y cuando conseguía interés de algún tipo, solía resultar en desastre. Se dio cuenta de que necesitaba una cantidad mayor de candidatos para poder tener más posibilidades de encontrar a un hombre que le gustase. Así que estudió a las mujeres más populares de la web. Se creó diez perfiles falsos con diferentes tipos de hombres e interactuó con estas mujeres para estudiar sus respuestas, sus reacciones, su lenguaje. También se fijó en las fotos y perfiles: eran muy distintos a los de Amy, cuyo perfil, larguísimo, casi parecía un currículo laboral. Uno podría pensar que las más populares eran las más guapas, pero Amy encontró otro tipo de elementos en común. Algunas de sus conclusiones fueron obvias, otras no tanto:

  • Las mujeres populares tenían una descripción corta en su perfil, donde aparecían con frecuencia palabras como girl (chica) o fun (diversión/divertida). Ofrecían una imagen de mujer desenfadada, de espíritu joven, que no hablaba demasiado sobre sí misma, alguien con quien sería fácil conversar.
  • Las mujeres populares solían tomar la iniciativa. No daban demasiada información, solían abrir conversaciones con mensajes simples como «hola» o «qué tal».
  • Las mujeres populares no tenían más de cinco fotos (según Amy, esto se debía a que una vez que tienes más de cinco fotos, la media de belleza es más baja). Casi todas tenían el pelo liso y largo.
  • Las mujeres mienten sobre su altura, más que sobre su peso (¡!). Gran parte de las mujeres con las que interactuó Amy aseguraban ser más bajitas de lo que eran (por simple estadística, era imposible que todas fueran tan bajas; además, en muchas fotos era evidente que eran más altas de lo que afirmaban).
  • La gente no está muy interesada en tu trabajo. Es más efectivo empezar hablando en tu perfil de tus aficiones e intereses. La mayoría de los hombres parecían algo asustados de mujeres con éxito profesional.
  • Es difícil ser graciosa por escrito. Muchas personas sarcásticas o irónicas parecen antipáticas en sus perfiles.
  • Las mujeres populares contestaban a los mensajes online de forma casi inmediata, pero esperaban entre 20 y 23 horas para contestar a los primeros emails.

Con toda la información recopilada, Amy se hizo un superperfil, con las características de los perfiles y comportamiento de las mujeres populares con las que había interactuado. Empezó a recibir atención masculina de inmediato, y de entre todos los hombres que interactuaron con ella, no tuvo problema para encontrar al que ahora es su pareja.

En todo esto hay bastantes cosas que me preocupan, pero destaca una sobre las demás: ¿tenemos tan asumido que todo el mundo miente por internet que nos parece aceptable crear un perfil falso y mentirle directamente a otros seres humanos para recopilar datos?

El caso de Chris McKinlay es un poco más honesto. Al ver que era casi invisible en las webs de citas estadounidenses, Chris, un matemático de talento (ya sabéis, de esos que van a los casinos en Las Vegas y hacen dinero contando cartas), creó bots para analizar las preguntas de perfil a las que más respondía el tipo de mujer que le interesaba y crear grupos estadísticos. Como OKCupid, la web que utilizó, tiene sistemas para evitar este tipo de bots automatizados, Chris utilizó los datos de uso de un amigo suyo (velocidad de click, frecuencia de uso, etc.) para “humanizar” a sus bots. Y los resultados fueron más que efectivos. Dio con los grupos que le interesaban (un grupo de chicas más jóvenes con tendencias artísticas, y otro grupo de chicas más mayores, con profesiones creativas. Se creó dos perfiles, ambos reales y sinceros, pero con los datos ligeramente diferentes, cada uno enfocado a un grupo en particular. La idea era similar a la de presentar un currículum en una empresa: destacamos ciertos detalles y damos más información sobre determinadas experiencias según el sector en el que trabaje la empresa que nos interesa.

Chris creó otro programa que efectuaba visitas a miles de perfiles al día. Como OKCupid te avisa de visitas a tu perfil, esto despertaba el interés de muchísimas mujeres. Chris empezó a quedar con mujeres con gran frecuencia (llegó a tener más de una cita el mismo día). Pronto se dio cuenta de que conectaba mejor con el grupo B de mujeres, aquellas un poco más mayores con trabajos creativos.

A pesar de sus datos, análisis y estadística, Chris tuvo más de ochenta citas antes de dar con la mujer ideal. En cuanto la conoció supo que aquello era especial. A pesar de las compatibilidades con todas las demás, era la primera vez que realmente sentía la conexión química que necesitaba. A día de hoy, y aunque mantienen una relación a distancia, están prometidos.

Podéis leer más sobre la experiencia de Chris aquí, y de Amy aquí (en inglés). ¿Qué opináis sobre sus métodos? ¿Habéis utilizado alguna vez de este tipo de redes para buscar pareja? ¿Cuáles han sido los resultados?

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Acerca del poliamor, el swinging, las relaciones abiertas y otros tipos de interacciones amorosas poco convencionales

octubre 4, 2012 — by Gabriella13

Recuerdo que hace tiempo leí en algún blog un post muy interesante donde su autora, una mujer lesbiana y activista feminista, decía que se veía obligada en su entorno laboral a elegir en qué sentidos “saldría del armario” y en cuáles no. Era consciente de que, en un entorno en el que muchos de sus compañeros eran bastante conservadores, el funcionar de manera plena, identificar de manera pública su estilo de vida al completo, no era práctico (aparte de que se trataba de una persona que mantenía una distinción muy marcada entre su vida laboral y personal, a diferencia de otros, que conjugan su vida laboral con la personal y social, al tener amistades entre sus compañeros de trabajo). Buscando evitar roces y conflictos innecesarios, decidió seleccionar cuáles eran los aspectos de su vida que no podía ocultar en este entorno. Seleccionó, en primer lugar, nunca ocultar su homosexualidad, una parte crucial de su identidad. En segundo lugar, y teniendo en cuenta el carácter marcadamente machista de algunos de sus compañeros (y compañeras), eligió dejar claro desde el principio su actitud en cuanto a la igualdad de sexos. Ambos eran temas que creaban conflicto: cotilleo, rumores, enfrentamientos directos… si bien intentaba tomárselo todo con bastante tranquilidad y solo recurrir a estos aspectos de su vida cuando no tenía más remedio.

Hubo un tercer aspecto de su identidad, sin embargo, que decidió guardar para sí misma. Era poliamorosa, con lo que quiero decir que mantenía relaciones amorosas (no solo sexuales) con más de una persona a la vez.

He de decir que entiendo muy bien esta decisión. Declarar de forma abierta una sexualidad no heteronormativa empieza a hacerse relativamente común, pero hablar de un comportamiento de pareja fuera de lo ordinario… aah, esa es otra cuestión. Aunque todo el mundo acepta que existen parejas con relaciones abiertas, por ejemplo, suelen asociarse exclusivamente con el ámbito de lo privado (don’t ask, don’t tell), y por alguna extraña razón siempre se les imagina como personas de determinada edad, con atuendos estrambóticos y demasiado reveladores, que pasan los fines de semana en bares de intercambio. Decirle a un grupo de personas que tienes una relación que salga de los cánones de lo establecido puede producir mayor impacto incluso que salir del armario; además, es políticamente incorrecto escandalizarse por la homosexualidad, pero muy aceptable ponerse gilipollas porque alguien tenga más de una pareja.

Por otra parte, tendemos a meterlo todo en el mismo saco. Uno asume que una relación abierta, por ejemplo, está abierta a todo tipo de personas y en todas las condiciones. Asume que es siempre una cuestión de sexo, asume que tarde o temprano los miembros del triángulo, cuadrilátero, loquesea amoroso acabarán eligiendo, aprendiendo de sus errores y terminarán en una relación monógama bilateral clásica. Así que antes de nada vamos a dejar claras algunas nociones. Según el entorno o ambiente estas definiciones pueden variar, pero creo que por lo general coinciden en algunas cosas.

No es lo mismo polyamory (poliamor) que swinging, pero pueden ir cogidos de la mano: Una pareja, o un miembro de la pareja, puede elegir acostarse con otras personas. Pueden establecerse normas y límites (a veces puede haber reglas que limiten el número de veces que uno puede acostarse con una persona de fuera de la pareja, o deberán pedirle permiso a la pareja para poder acostarse con alguien, o el sexo se limitará a miembros de determinado sexo, etc.). Aquí estaríamos hablando de swinging (sexo con personas de fuera de la pareja, con el consentimiento de la pareja). No obstante, dentro del swinging pueden desarrollarse relaciones muy íntimas con personas de fuera de la pareja, que rocen el poliamor. Si el swinging se produce por parte de ambos miembros de una pareja, solemos hablar de tener una relación abierta.

El poliamor va un paso más allá, y se trata de relaciones amorosas consentidas entre más de dos personas. Hay muchas maneras de enfocar el poliamor, al igual que ocurre con el swinging: puede haber una pareja primaria y una secundaria, que todos estén al mismo nivel, que haya interacción amorosa entre todos o que sea solo entre determinados miembros… Aquí pueden entrar también las relaciones D/s (Dominante/sumiso/a), donde es bastante frecuente que una persona dominante tenga una pareja principal y algún sumiso o sumisa por otro lado (o viceversa, que un sumiso/a tenga pareja principal y por otro lado mantega una relación D/s con un amo/a). El amor significa un extra muy especial para cualquier relación D/s, por lo que incluso puede darse el caso de un amo/a que tenga una relación muy íntima con un sumiso o sumisa, algo perfectamente aceptable para su pareja “oficial”, que puede intervenir o no en dicha relación (que no tiene por qué incluir sexo propiamente dicho). Es, además, un acuerdo muy provechoso para parejas donde uno de los miembros tiene tendencias sumisas o dominantes que el otro no puede complacer o con las que no se siente cómodo.

-Otra noción que a muchos les cuesta entender es que el poliamor y el swinging pueden ser una elección vital. Es decir, uno puede ser poliamoroso o swinger incluso si no tiene pareja, es una actitud. De este modo, es muy probable que con cualquier persona con la que acabe teniendo una relación acabará intentando que dicha relación siga parámetros poliamorosos o abiertos. Lo cual no quita, por ejemplo, que por las circunstancias que sea acabe en una relación monógama cerrada.

No confundamos una elección vital con la religión. El hecho de que determinadas culturas y religiones puedan imponer (u ofrecer como opción) un matrimonio polígamo es algo totalmente diferente. Estamos hablando de conceptos que surgen de una elección personal, sin ningún tipo de influencia cultural o religiosa.

¿Qué hace falta para que una relación poliamorosa o una relación abierta funcionen? ¿Cómo pueden superarse los celos? Personalmente diría (y creo que muchos estarán de acuerdo conmigo) que los dos aspectos más importantes son la confianza y la honestidad o, en otras palabras, autoestima y comunicación. Hace falta mucha seguridad en uno mismo, y en la pareja, para permitir la entrada de otras personas en ese entorno íntimo, ya sea de manera plena o solo sexual. Muchas veces el problema radica en la tercera persona, que percibe la relación como una manera de acercarse a uno de los dos miembros de la pareja y “robársela” al otro. Es un riesgo más común de lo que podría parecer, pero si la pareja tiene muy claro lo que quiere puede superar este problema, y puede servir para, de hecho, reforzar su unión. En cualquier caso es fundamental plantear las reglas del juego desde el principio, mantener una comunicación abierta y, sobre todo, sincera, a lo largo de toda la relación. Las reglas son importantes, pero pueden modificarse según evolucione todo.

En cuanto a los celos, son siempre un síntoma notable, ya sea de inseguridad personal o de falta de confianza en la relación, y deben tratarse como tales. Esa tercera persona no es la razón de los celos, es tan solo un factor que exacerba la propia inseguridad en uno mismo y en la relación. Opino que es necesario considerar algo fundamental: lo que entendemos como enamoramiento y pasión dura solo un tiempo limitado. Más allá de ese tiempo nos queda el cariño, el respeto, la confianza… en resumen, todo lo que tradicionalmente conocemos como amor. Y el amor no es una cosa limitada, que tengamos que cargar exclusivamente sobre una sola persona; podemos sentir cariño, respeto, confianza y mil cosas más por otras personas. De este modo, en cuanto a las relaciones abiertas, creo con toda firmeza que uno puede mantener una relación totalmente sana con alguien mientras experimenta a nivel sexual con otras personas. En lo que se refiere al poliamor, todo se complica mucho más, claro: tener una sola pareja ya exige una cantidad determinada de tiempo, atención y esfuerzo, ¡como para vérselas con dos!

Esto no es para todo el mundo: Tengo bastante claro, tanto por experiencia personal como por aquellos swingers y poliamorosos que he tenido el honor de conocer, que el poliamor en todas sus formas, ya sea amorosa, sexual, etc., exige un alto nivel de discreción, honestidad y respeto que lamentablemente no abunda. Del mismo modo, he conocido a personas que se declaran, a pesar de sus propias fantasías, totalmente incapaces a nivel emocional de soportar el estrés de compartir a su pareja (¿cuántas veces habéis oído aquello de “mi mayor fantasía es tener un trío con otra mujer, pero no podría soportar ver a mi novio con otra”?).  Lo curioso es que considero que abrir una relación le quita un estrés muy importante a la pareja: el de la represión sexual. Como he comentado antes, pasado determinado tiempo nos acostumbramos a nuestra pareja y nuestro cuerpo cambia a nivel químico, perdemos determinados impulsos sexuales para con ella. Lo malo es que esos impulsos siguen ahí, por no hablar de la maravilla de poder conocer sexualmente a más personas, algo que es siempre un acto tremendo de descubrimiento tanto de los demás como de nosotros mismos. Por lo general esta necesidad de seguir satisfaciendo este impulso se soluciona mediante la infidelidad, algo que personalmente encuentro muy dañino: me parece un golpe a la confianza de la pareja, una infracción a las reglas del juego que la propia pareja se ha impuesto. Es, en otras palabras, una mentira, y la mentira no ayuda precisamente a crear una relación estable y feliz.

-Y por último, que una persona sea swinger o poliamorosa no significa que sea fácil o especialmente promiscua, del mismo modo que a un hombre gay no le gustan todos los hombres ni a una persona bisexual le gustan todos los seres humanos del planeta y algún que otro perro (en este sentido al hablar de swinging casi prefiero no usar el término liberal, que parece que es que te da igual ocho que ochenta). Una pareja puede tener una relación abierta y nunca llevarlo a la práctica, simplemente porque no encuentra otras personas que le ofrezcan la suficiente atracción y confianza. Pero el saber que puedes marca una diferencia impresionante. A veces lo que más nos ahoga es la prohibición, la restricción. Y puede ser una boa constrictor temible.

Termino este artículo y me doy cuenta de que me he dejado mil cosas fuera. Podríamos hablar durante muuuchos caracteres más de los tipos de poliamor, sobre si swinging es una palabra con muchas connotaciones negativas y poco y mal entendida, de las fronteras entre lo sexual y lo sentimental (si las hay) y de millones de aspectos más que influyen en este complicado tema que son las relaciones no convencionales. He intentado que esto sirviera, sobre todo, como pequeño acto introductorio. Para todo lo demás, hay libros a patadas (aunque tal vez no los suficientes en español) y recomiendo encarecidamente La mosca cojonera, para todo lo no convencional en materia de sexo, identidad, relaciones, etc.

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Leyendo: A punto de empezar London Fields, de Martin Amis
Escuchando: Theatre is Evil, de Amanda Palmer & The Grand Theft Orchestra. Por ahora destacan Bottom Feeder y The Killing Type, ambas excelentes.

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Imágenes por cortesía de t0zz y AKARAKINGDOMS, deFreeDigitalPhotos.net

 

amorescritores

Murió.

mayo 18, 2009 — by Gabriella1

Benedetti fue uno de los primeros autores que desvió mi atención de los clásicos y los románticos, junto a otros como Huidobro y Octavio Paz. Era grande, y vivió un tiempo extenso y artísticamente pleno, por lo que no siento mucha pena. Ojalá pueda decirse lo mismo tras mi muerte: no siento pena por su muerte, porque su vida mereció la pena.

Así que recurro a lo que suelo recurrir en momentos de agridulzura. Toma suricatas. Todo es mejor con un suricata, o dos.