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¿Quieres triunfar como escritor? Busca 100 rechazos

noviembre 4, 2016 — by Gabriella31

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Conozco pocas profesiones que debiliten tanto el ego como esta de escribir.

¿Te imaginas que estuvieras sacando sangre a un paciente y ocho personas entrasen en la sala, enfurecidas, a exigirte que les devuelvas su sangre porque “tu aguja es demasiado larga”, “no me convence el color de tu bata” o “yo creía que esto era una hamburguesería”? ¿Y si le dieras un formulario a un cliente para que lo rellenara y te dijera que, por desgracia, no puede, porque “su boli no está aceptando ese tipo de formularios en ese momento”? ¿O porque “es un formulario con mucho potencial, pero ¿qué te parece si el boli lo pagamos a medias?“.

rechazoEh, tú, sí, tú, el bombero. Ese apagón de fuego nos ha enganchado mucho menos que el que hiciste la semana pasada. 
Deja de lloriquear y a ver si espabilas, que estás tomándonos el pelo a tus rescatados.

No sé si es porque nos educan para ser más o menos competitivos, o porque en algún lugar comenzaron a vender la noción de que las cosas fantásticas se consiguen de golpe, de la noche a la mañana, pero tenemos muy asumido que somos estrellitas especiales y brillantes del firmamento y que todo lo que hacemos es diferente, único, con piruletas de purpurina. Que nuestros textos han llegado para cambiar el mundo literario, forever.

Y sin embargo hay todo un universo ahí fuera que se empeña en decirnos lo contrario.

100 rechazosNo me cansaré nunca de citar a Coelho.

Escribir, sobre todo cuando tiras por la vía de la publicación tradicional, es como estar en el paro siempre. Siempre estás buscando un trabajo: vas de entrevista en entrevista. Y, si tienes suerte, alguno de tus entrevistadores se dignará a contestarte en menos de un año y, con más suerte aún, te dirá por qué no conseguiste el trabajo.

Y llega el momento en que no lo aguantas más y dejas de ir a entrevistas.

Con la vía de la autoedición por lo menos te evitas a esos gatekeepers, esos guardianes de las puertas del maravilloso planeta de felicidad y prestigio que dicen que es publicar. Puede que te canses de las entrevistas de trabajo y te lo montes de tal modo que sean otros los que vengan a ofrecerte trabajo a ti. Aun así, no te libras de reseñas ni de opiniones sobre tu obra. De hecho, si no tienes reseñas ni opiniones sobre tu obra, es que estás haciendo algo mal. Todos sabemos que lo único peor que una mala reseña es ninguna reseña.

100 rechazosO el fin del mundo. El fin del mundo es peor que una mala reseña. Por poco, pero lo es.

Todo esto es terrible, te vapulea. ¿Otra negativa editorial? ¿Otra opinión que te destroza? ¿Otro concurso del que no fuiste ni finalista? ¿Un libro tuyo que han comprado exactamente tres personas (y dos eran de tu familia)?

No, no, no. Siempre te dicen que no. Cuán horribilis.

En esos momentos, piensas que eres un pobre incomprendido o, peor, un inútil.

¿Y si te dijera que, en realidad, es lo mejor que te puede pasar?

Sobre el rechazo útil

En su libro The Successful Author Mindset, Joanna Penn habla de tres tipos de rechazo útil:

  1. El rechazo de un editor o agente. Esto te hará plantearte si estás mandando tu texto a los sitios adecuados, te hará afinar tu puntería. Para algunos, el continuo rechazo editorial puede llevar a la autoedición y a convertirse en escritor emprendedor. Lo cual es muy duro, pero también es fantástico y tiene tropecientas ventajas. No te cierres a un tipo concreto de publicación: en estos momentos creo que lo mejor que puede hacer un escritor es ser híbrido (mezclar autoedición con edición tradicional), y quedarse con las opciones que más interesan en cada momento.
  2. La crítica constructiva de un profesional. Muchas veces no recurrimos a lectores profesionales, editores y correctores por miedo a qué dirán de nuestro libro. Y es que hay que cambiar la perspectiva: les pagas precisamente para que te digan qué puedes mejorar en tu libro. Contar con un buen profesional siempre es una experiencia acelerada de aprendizaje.
  3. Las reseñas de una o dos estrellas en Amazon. Y quien dice Amazon dice Goodreads o cualquier otra plataforma de valoración. Pero en Amazon sobre todo puedes ver si estás enfocando tu libro al público que necesitas y lo estás promocionando de forma correcta (muchas veces las valoraciones muy negativas provienen de expectativas frustradas: ¡imagínate que un lector de terror duro leyera tu libro de romántica! ¿Cuál sería su reacción?). Por otro lado, por mucho que duelan, esas reseñas tan negativas también pueden tener contenido útil.

(Aunque, reconozcámoslo, las reseñas de una estrella nos suelen dejar más perplejos que otra cosa, porque tienden a ser reacciones viscerales. Admito que me cuesta dar con reseñas de una estrella que me indiquen algo de utilidad real sobre un libro, mío o ajeno. A no ser que todas tus reseñas sean negativas porque tu libro tenga fallos realmente garrafales, yo prestaría atención sobre todo a las de tres: al “está bien, pero…”).

Si hacemos caso a la Penn, que sabe mucho de todo esto, asumimos que no todo rechazo es malvado.

¿Pero y si vamos más allá? ¿Y si no nos limitamos a aceptar el rechazo? ¿Y si lo buscamos con todas nuestras fuerzas?

La búsqueda activa del rechazo

Hace poco leí la anécdota de Kim Liao, una autora que un día decidió buscar activamente el rechazo. Ahora, Kim se presenta a todos los concursos que puede, a todas las convocatorias, envía su currículo y manuscritos a todas partes en busca de premios, publicaciones y becas (sí, en Estados Unidos tienen ayudas muy curiosas para escritores). ¿Por qué lo hace? ¿Por qué exponerse a una humillación y decepción constante? Esta es su razón:

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A finales de 2011, una amiga escritora me estaba contando su experiencia de meses de tiempo ininterrumpido para escribir, gracias a sus becas en Millay Colony, Ragdale y Yaddo. Me impresionó el nivel tan alto de aceptación que había tenido. Probablemente tengas tú también alguna amistad así (ya sabes de lo que hablo, ese amigo que es un escritor fantástico, pero que además parece ganarlo todo). Apenas podía creerme que tuviera narices de presentarse a tantas becas y patrocinios (y mucho menos, conseguirlos), incluyendo una beca universitaria de prestigio, y a publicaciones en revistas de las que hasta había oído hablar.

Le pregunté cuál era su secreto y dijo algo que cambiaría mi vida como escritora: “Colecciona rechazos. Ponte metas de rechazo. Conozco a alguien que aspira a conseguir cien rechazos en un año, porque si trabajas lo suficiente como para conseguir tantos rechazos, también te llevarás algún sí”.

Kim le hizo caso a su amiga:

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El año pasado, fui rechazada 43 veces por revistas literarias, patrocinios y becas. Es mi mejor récord después de empezar a buscar cien rechazos al año. Es más duro de lo que suena, pero también más gratificante.

¡Esos son muchos rechazos, qué dolor! Pero de algo le ha debido de servir. Para empezar, publica su artículo en LitHub, una de las webs literarias más conocidas de EEUU. Hizo contactos incontables y recibió cartas de rechazo amables y con contenido útil, incluso con sugerencias de otras publicaciones donde su texto podría encajar mejor (¡y encajó!). Los editores comenzaron a reconocer su nombre, y los rechazos comenzaron a acompañarse de invitaciones a enviar más textos.

El año pasado, Kim fue rechazada 43 veces por revistas literarias, patrocinios y becas. Pero fue aceptada por cinco personas: de ahí obtuvo una beca, una serie de lecturas y tres publicaciones en sitios de prestigio. Que jamás habría conseguido de no haber buscado activamente la negativa.

Cuando el porcentaje de aceptación depende del volumen de tu rechazo, tal vez va siendo hora de dejar de huir. De mandar más, de buscar activamente el no (dando nuestro mejor esfuerzo, claro), de empapelar nuestras paredes, como decía Bradbury, de cartas que atacan a nuestro ego.

Ya sabéis que hace algún tiempo dediqué un año de mi vida a presentar un relato al mes a algún concurso. No gané ninguno, pero acabé con un montón de relatos entre los que elegir. Entre el primero y el último, como os podéis imaginar, hay una gran diferencia. Algo similar ha ocurrido con todos mis libros. Y con todas las publicaciones de blog que nadie leía. Al final, si practicas y aprendes lo suficiente, te leerán.

Para cuando la habitación entera esté empapelada de rechazo, tú y yo seremos verdaderos escritores.


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*La foto utilizada para mi imagen de Paulo Coelho es de Paul Macleod – http://www.mynewsdesk.com/no/bazar-forlag/images/paulo-coelho-210626, CC BY 3.0, Link


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¿Eres un escritor pasivo o agresivo? (Y otros recortes literarios)

julio 24, 2015 — by Gabriella23

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La mayoría de la gente que conozco es muy de enfrentamientos.

No es gente violenta, por lo menos no a nivel físico. Es solo que a los humanos nos encanta agarrarnos a opiniones extremas, sentencias indiscutibles, y enfrentarlas a otras. Somos dualistas y duelistas. Es más fácil que intentar entender, qué sé yo, la teoría de los polisistemas o la gestalt expresada por Ted Chiang en su relato Understand,  o el tao o cualquier filosofía integradora.

Los que escribimos también somos muy de enfrentamientos. Entre nosotros, entre nosotros y el establishment, entre nosotros y nuestra metodología.

Cuantos más artículos y libros leo sobre la escritura, más me parece intuir una diferenciación entre dos escuelas de pensamiento.

Los escritores, como tantos artistas, tenemos opiniones muy claras y enfáticas acerca del hecho de escribir. Blanco o negro, parece ser. Enemigos de unos procedimientos; mejores amigos de otros. Esto está bien, porque solo mediante nuestra propia experiencia podemos saber qué funciona para nosotros y qué no. Lo malo es cuando intentamos aplicar nuestras propias experiencias a todos los demás.

Probablemente yo también lo haga y por ello pido disculpas. Probablemente seguiré haciéndolo, porque soy muy despistada y se me va a olvidar enseguida que ese no es mi cometido.

Mi cometido, por lo menos hoy, es hablaros de algunos asuntos que espero que os produzcan tantas chispas en el cerebro como a mí.

Altucher, la escritura pasiva y la escritura agresiva

Las dos escuelas de pensamiento de las que hablaba, y que veo reflejadas no solo en artículos y libros y en reflexiones directas, sino en todos los comentarios que veo en redes sociales, foros y grupos de escritura, las expresa muy bien James Altucher aquí.

james altucher

Hay dos maneras de aprender: pasiva y agresivamente.

Pasivamente es cuando analizas tus errores, lees la historia de aquello que estás estudiando, te relacionas con otros del sector, encuentras tu “tribu”, buscas un mentor, etc.

Agresivamente es cuando estás metido de lleno. Estás hasta el cuello, y te llega la pelota de frente: ¿qué vas a hacer?

Pasivamente está en tu cabeza. Agresivamente es notarlo AHORA MISMO y actuar.

Lo que ocurre en tu cabeza es importante. Pero es la ACCIÓN la que crea héroes.

Altucher no habla aquí de escribir, habla de cualquier habilidad que requiere de un proceso de aprendizaje, pero creo que podemos aplicarnos el cuento (nunca mejor dicho. Qué ingeniosa soy).

¿Eres un escritor pasivo? ¿Consideras que la mejor forma de aprender es leyendo y estudiando todo lo que hay que saber sobre la escritura?

¿O eres un escritor agresivo? ¿Crees que solo se puede aprender escribiendo y que todos esos estudios son una pérdida de tiempo?

Si habéis respondido que sí a una de las dos preguntas, es posible que os estéis perdiendo buenas oportunidades en vuestro camino.

En todo el tiempo que he trabajado con escritores, he observado que estos dos tipos, en un estado más o menos puro, progresan a un ritmo lento. Hay escritores que dedican tanto tiempo a estudiar su oficio que este estudio se convierte en procrastinación, en una forma de pereza y cobardía. Y hasta que no apliques los conocimientos a la práctica, hasta que no te hinches de escribir, de poco te servirán esos conocimientos.

Sin embargo, también hay escritores que, con cinco, ocho o veintitrés libros a cuestas, siguen produciendo obras muy mejorables. ¿Por qué? Porque no se han molestado en aprender de los posibles errores que están cometiendo, y por tanto siguen cometiéndolos, una y otra vez.

Dicen que necesitamos 10000 horas de práctica para ser los mejores, 1000 para hacer un trabajo decente. Pero no sirven de nada si no se acompañan de horas de análisis, de deliberación, de conocimiento de nuestro arte. Como dice David Burkus, en un artículo para Forbes:

david burkus

Así que, ¿estás desperdiciando tus 10000 horas? Depende. Aunque el número exacto de horas necesitado para alcanzar un rendimiento experto es algo sobre lo que se sigue debatiendo, lo que nunca se ha debatido es el papel de la práctica deliberada. ¿Estás dedicando tu tiempo a rutinas que ya conoces o experimentas con nuevas técnicas y estudias para desarrollar nuevas habilidades? ¿Estás jugando dentro de tu zona de confort o diseñas ejercicios y proyectos que te impulsan a crecer? Si no estás comprometido con una práctica reflexiva, entonces, con casi toda seguridad, estás desperdiciando tus 10000 horas.

Habrá excepciones, por supuesto. Habrá personas que dediquen toda su vida a estudiar y luego produzcan la obra de arte perfecta. Habrá quienes solo actúen y por intuición vayan desarrollando un estilo perfecto. Pero esto es lo que yo he observado. Considero que uno no debe ser un escritor pasivo ni un escritor agresivo. Considero que uno debe ser esa mediocritas dorada aristotélica y saber integrar ambas facetas en su proceso de aprendizaje, en sus 10000 horas o más. Ya sabéis que ese proceso no acaba nunca.

Además, hay otra parte del proceso que con frecuencia se nos olvida: fuera de la actividad de escribir, y fuera del conocimiento sobre el tema, hay otro elemento importante: desarrollar una mirada de artista y saber darle buen uso.

Penn, Van Gogh y la importancia de saber mirar (y anotar)

Anoche, dando vueltas en la cama, tuve una idea brillante sobre cómo empezar el artículo de hoy. Era ocurrente, inteligente y divertida, o al menos a mí me lo parecía (seguro que también vosotros habéis tenido alguna vez esa sensación, efímera pero seductora —y taaaan mentirosa— de que moláis). Era tan buena mi idea que sabía que era imposible que la olvidara.

Por supuesto, cuando me desperté esta mañana no conseguía recordarla.

Apuntad todas vuestras ideas.

Ya lo dice Joanna Penn:
 joanna penn
No creo en el bloqueo del escritor. Creo que es un síntoma de haber dejado que el pozo de las ideas se seque. Ve a llenarlo, emociónate de nuevo y luego regresa a la página.
Muchas de nuestras ideas nacen del estudio, de la lectura y de la reflexión. Algunas son diminutas explosiones, susurros de musa en el mundo exterior, cuando caminamos y recibimos lo que la vida tiene que ofrecernos. ¿Y si pudiéramos desarrollar la habilidad de mirar, de buscar esos susurros de manera intencionada?
Leí hace poco una reseña que realizó Julian Barnes (si no habéis leído El sentido de un final, os lo recomiendo con todas mis ganas) sobre un par de libros que analizaban la figura de Van Gogh. Barnes siempre es una lectura más que agradable, pero hubo un texto que comentó, un extracto de los papeles del pintor (que escribía, y mucho, entre cartas, diarios y demás), que me llamó especialmente la atención:
van gogh
La gente de aquí lleva, por instinto, el azul más hermoso que he visto nunca. Es un lino tosco que tejen ellos mismos, urdimbre negra, trama azul, que crea un patrón de rayas negras y azules. Cuando pierde intensidad por el viento y el clima, es un tono infinitamente apacible, sutil, que hace resaltar los colores carne. En resumen, lo bastante azul como para reaccionar con todos los colores donde haya tonos naranjas ocultos y lo bastante apagado como para no desentonar.
El texto muestra no solo la sensibilidad del artista, su obsesión por sus materiales de trabajo (los colores), sino la habilidad de un escritor. Si queremos transmitir a los demás, tenemos que aprender a ver mejor que nadie, a mirar con ojos distintos. Van Gogh habla de colores, pero es nuestra responsabilidad asimilar con los cinco sentidos, para poder luego saber cómo expresar todas esas sensaciones y crear textos de gran riqueza.
Es además curioso cómo no hace falta utilizar todo lo que percibimos para transmitir esa riqueza al lector: no tenemos que hablar de absolutamente todos los olores que nos rodean; con expresar algunos en particular ofrecemos detalles que ayudan al lector a reconstruir todo lo demás; escribimos con mayor confianza y seguridad en el entorno que estamos creando. Esto se relaciona con teorías como la del iceberg de Hemingway, por la que no tenemos que compartir todos los detalles de una historia, pero sí debemos conocerlos nosotros, para crear esa multiplicación de sentido que suele encontrarse en los textos realmente buenos.
Es difícil eso de mirar. A mí me cuesta muchísimo. Tengo la cabeza siempre tan llena de cosas que no me fijo en lo que me rodea. Ayuda practicar alguna actividad que nos obligue a centrarnos en el momento, desde actividades chorras como apuntar todas las cosas azules que vemos yendo de paseo, hasta las prácticas de más largo alcance, como la meditación o el ejercicio físico, que nos obliga a centrarnos en el silencio, en el ahora de nuestra mente o cuerpo.
Hagáis lo que hagáis, no olvidéis llevar vuestra libreta/app de notas.
No seáis como yo. No dejéis escapar la idea perfecta.
Y recordad que esa mirada de artista tenéis que llevarla a todas partes. Incluso a la lectura. Porque leer es abrir los cerrojos de la mente, como explica Tim Parks.

Parks y la lectura como cerradura y llave

En un artículo reciente del siempre elocuente Tim Parks para el New York Review of Books, presenta una metáfora muy reveladora sobre el acto de leer. Leer es la llave para abrir una nueva cerradura en que se ha convertido nuestro cerebro. Mirad:
tim parks
Cuando percibimos algo por primera vez no llegamos realmente a percibirlo, porque carecemos de la estructura apropiada que nos permite hacerlo. Nuestro cerebro es como un artesano de cerraduras que crea una cerradura cuando decide que una llave es lo bastante interesante para ello. Pero cuando encontramos una llave por primera vez (por ejemplo, un poema nuevo, o una especie animal nueva), no existe una cerradura lista todavía para tal llave. O, para ser precisos, la llave no es siquiera una llave, ya que todavía no abre nada. Es una llave en potencia. No obstante, el encuentro entre el cerebro y esta llave potencial hace que comience la creación de una cerradura. La siguiente vez en que nos encontremos o percibamos el objeto/llave, abrirá la cerradura preparada a tal efecto en el cerebro.
Esta teoría es del filósofo y psicólogo Riccardo Manzotti, pero Parks la aplica a la lectura de un tipo de libro nuevo, revolucionario. Por eso es tan importante la relectura: solo una vez que se ha fabricado la cerradura, puede la llave abrirnos la puerta a un mundo desconocido de sensaciones e ideas. Con la música ocurre también: pensad en vuestra canción favorita. Es probable que la primera vez no os entusiasmara. A lo mejor pensasteis que era bonita, poco más. Sin saberlo, vuestro cerebro estaba ya creando la cerradura. A la siguiente escucha (o a la siguiente, o a la siguiente), la llave hizo clic, dio vuelta en su agujero y el placer llegó a inundaros.
Así, también, son las buenas lecturas. Nadie puede apreciar en toda su belleza la poesía de Lorca en una primera lectura (a mí me llevó años, mucho odio y unos cuantos cursos especializados). Nadie puede apreciar en todo su sentido el extravagante mareo sensorial y semiótico de Solaris, de Lem. Las buenas lecturas están hechas para rehacerse. No por ansia de control, por manía pedante, por obsesión por desentrañar los misterios de la escritura (así era un poco Nabokov, dice Parks), sino para poder, finalmente, capturar todo lo que no estábamos preparados para capturar.
Lo cual me recuerda que tengo que volver a leer Solaris.
Pero antes quiero hablaros de Derakhshan.

Derakhshan y la internet que tenemos que salvar

Creo que el artículo de Hossein Derakhshan, un bloguero que estuvo años en una cárcel iraní debido, en gran medida, a expresarse libremente en su página web, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Su texto es demoledor: tras seis años sin conexión, de repente se ve sumergido en un nuevo mundo virtual que no conoce: un mundo de Facebook y Twitter, donde la expresión escrita se ha vuelto cada vez más visual y más rápida. Seis años no son muchos, pero lo son cuando los ves desde la óptica de un hombre que alcanzó notoriedad ayudando a todo tipo de blogueros iraníes desde su web, cuyas palabras eran leídas y comentadas por personas incontables, y que ahora se lamenta de apenas poder conseguir cuatro o cinco “me gusta” desde su página de Facebook.
A raíz de algunos comentarios y sugerencias, estas últimas semanas he estado pensando en recortar un poco mis artículos. A veces han llegado a superar las 4000 palabras. Esas son muchas palabras para leer por internet.
Pero ¿lo son? ¿O es que estamos tan acostumbrados al formato rápido, a la lectura por encima, al clickbait, al SEO que ofrece frases básicas, casi sin sentido, que cualquier narrativa que nos obligue a dedicar más de dos minutos de nuestro tiempo nos resulta insoportable?
En las webs culturales anglosajonas noto cada vez más preferencia por el longform, por el artículo largo largo, como en un ataque meditado contra la velocidad del crecimiento del culo de Kim Kardashian y los extractos veloces, llenos de gifs animados, de Grey. Aquí, en España, algo vemos, pero incluso los grandes suplementos de cultura parecen querer restringirse a ese consumo limitado, a las-1000-palabras-ya-son-muchas. Más de una vez he leído un artículo de revistas supuestamente de alta vanguardia y he pensado: “Qué buenas ideas; lástima que parece que le ha costado hasta rellenar 500 palabras”.
Y, sí, 500 palabras cuestan cuando hablas del pijama de Belén Esteban. ¿Pero qué pasó con el análisis, con querer ir más allá de lo superficial? Lo sé: al ritmo que hay que publicar contenidos (¡y las tarifas a las que se pagan!), parece que no queda más remedio. Y hay que ofrecer contenidos que no cansen al pobre lector, a ese pobre lector saturado de información y estímulo.
Abogo por decir: “No”. Quiero contenidos de calidad, que se metan en materia. Quiero artículos como el de Derakhshan, como el de Parks, como el de Barnes, como los de Popova o Manson. El truco no es tanto la longitud (se pueden decir grandes verdades con brevedad, que se lo digan a Gracián), sino el no tener miedo a profundizar, a pensar, a analizar y a intentar presentar ideas que sean algo más que un copypaste de lo que están gritando en todas las demás redes de tu sector.
La brevedad es buena y necesaria. Es entretenida. Los artículos cortos, bien hechos, son perfectos para determinadas necesidades y tiempos. Pero démosle también nuestra atención a otro tipo de lectura. El entretenimiento y la inmediatez son elementos que nos distraen también de lo importante, de lo profundo, como diría Morozov (o Bradbury). Vamos a detenernos, a consumir despacio, sin prisa. Recuperemos la internet de antes. Recuperemos los blogs de antes. Decidamos a qué le dedicaremos nuestra lectura en diagonal y a qué le daremos atención plena y lenta. Sobre ello reflexiona Derakhshan:

hossein derakhshan

A veces pienso que igual me estoy haciendo demasiado estricto conforme pasan los años. Puede que esto sea todo una evolución natural de nuestra tecnología. Pero no puedo cerrar los ojos ante lo que está pasando: una pérdida de poder intelectual y de diversidad y todo lo que eso podría significar para estos tiempos tumultuosos. En el pasado, la red era lo bastante poderosa y seria como para que acabaras en la cárcel. Hoy no parece mucho más que entretenimiento. Tanto que incluso Irán no se toma algunas redes lo bastante en serio (Instagram, por ejemplo) como para bloquearlas.

Echo de menos la época en que la gente podía estar expuesta a diferentes opiniones, cuando se molestaban en leer más de un párrafo o 140 caracteres. Echo de menos los días en los que podía escribir algo en mi blog, publicarlo en mi propio dominio, sin tener que tomarme el mismo tiempo para promocionarlo en numerosas redes sociales; cuando a nadie le importaba lo del “me gusta” o “compartir”.

Esa es la red que recuerdo de antes de ir a la cárcel. Esa es la red que tenemos que salvar.

Y, ya que estamos, salvémonos también del leer por leer, de las acumulaciones de títulos leídos porque sí, de las lecturas obligatorias:

Varios autores y los grandes libros que no han leído

En un ejercicio cuyo objetivo se me escapa, un buen puñado de autores de renombre confesaron qué grandes libros nunca se habían leído. Y digo confesaron porque los mencionaban con una especie de culpa que no termino de entender:

libros no leídos

O, para ponerlo de forma más clara: somos nosotros, no él. No es culpa del autor o del texto; es culpa del lector. Alexander Chee comentó que se había mantenido alejado de otro clásico de (Gabriel García) Márquez en parte por su popularidad, que es la misma razón por la que uno de nosotros evita libros recientes que tienen cuentas de Twitter y de los que se habla en el mundillo literario; a veces, es simplemente mejor esperar a que los cumplidos disminuyan, para que el libro pueda leerse en el silencio de los pensamientos de uno.

Estoy de acuerdo con lo de los libros populares. Como ocurre con cualquier elemento mainstream, a veces se nos quitan las ganas de leer un libro precisamente porque todo el mundo habla de él. Pero comprendo las autoacusaciones: “He de confesar que no he leído…”, “me avergúenza decir que…”. Los propios redactores del artículo parecen enorgullecerse de que algunos grandes escritores sean tan humanos como ellos: ¡tampoco se han leído Cómo matar a un ruiseñor! Puede que este artículo sea el equivalente literario a ver que esa modelo o actriz perfecta que tanto envidiamos acaba de salir en la portada de Cuore con las tetas caídas y los muslos llenos de celulitis.

Creo que algunas obras son importantes; leer obras importantes es necesario en nuestro desarrollo como escritores y lectores. Pero si leyéramos todos los grandes libros, no tendríamos tiempo para leer los libros pequeños, aquellos que nos proporcionan el placer de lectura que nos impulsa a seguir abriendo libros. J. K. Rowling y Laura Gallego no pasarán a los anales de la historia como las mejores escritoras de nuestra generación, pero considero que han hecho más por la lectura en general que muchos de los integrados en el canon de Bloom, en el canon de cualquiera que se crea con derecho a decirnos qué debe permanecer en nuestro inconsciente cultural y qué no.

Si estabas leyendo a Harry Potter en vez de a Harper Lee, bien por ti. Bien por todos nosotros. No dejes la buena lectura de lado, ni la que está oficialmente reconocida como tal ni la que no lo está.

Hay que leer a los grandes. En ellos descubrimos lo más espléndido y lo más terrible del espíritu humano. Pero, por favor, que se acabe esta vergüenza por los libros que no hemos leído y las películas que no hemos visto y los discos que no hemos escuchado, como si la vida fuera una lista que hubiera que ir tachando para quedar bien en nuestros círculos habituales.

Así que hoy vamos a enfocarlo de otra forma:

¿Qué supuestos grandes libros no habéis leído y no sentís la más mínima culpa por ello?

 


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Cómo saber si tu libro está listo para publicarse (y otros recortes literarios)

junio 19, 2015 — by Gabriella11

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Por un lado, creemos que somos buenos. Somos mejores que la media, por lo menos (¿verdad? ¡Dime que sí!). A veces escribimos frases de esas que queremos enmarcar y colgar en la entrada de nuestra casa para que cualquier visita tenga que verlas, quiera o no (¿un café? ¿un vino? ¿un poema enmarcado, ilustrado y dedicado para llevarle a tu familia?).

Por otro, estamos profundamente convencidos de que lo que hacemos es caca. Caca muy clarita, apestosa, blanda. Y queremos ocultar lo que escribimos, matarlo y enterrarlo bajo el manzano al fondo del jardín. Sí, ahí, en el mismo sitio donde enterraste a tus ocho exnovios y a ese señor de la pescadería que una vez te miró mal.

Y en algún sitio intermedio está el mundo real, ese mundo supuestamente objetivo que va a considerar si lo que hemos escrito tiene algún valor o no. Y muchos esperamos, nerviosos, arrancándonos el pelo poco a poco, queriendo que un extraño nos diga la verdad; que nos diga si esto merece la pena. Si estaba o no estaba listo para publicarse.

Todo nuestro trabajo en manos de alguien a quien ni conocemos. ¿No os parece alucinante? Ridículo, también. Pero alucinante.

Hay escritores que no viven con esta batalla, o que no dependen, en absoluto, de una validación exterior. Para ellos el lector definitivo es uno mismo. Yo envidio un poco a esos escritores. Otros muchos fingen ser como esos escritores, diciendo que las opiniones sobre su trabajo no les importan. Pero creo que hasta cierto punto las opiniones de los lectores, de los intermediarios y de los críticos sí deben importar, porque nos sirven (repito: hasta cierto punto) de veleta, para ver hacia dónde sopla el viento de nuestro trabajo y determinación.

Por todo esto, el miedo a publicar, a liberar nuestra obra, es grande. ¿Y si no está lista? ¿Y si hago el más espantoso ridículo? Yo creo que está bien, pero… ¿hay alguna forma objetiva de saberlo? Si uno se autoedita, por ejemplo, no pasa por el filtro de una editorial. No ha habido ningún portero de discoteca que te haya mirado de arriba abajo y haya considerado que sí, que tus pintas están lo bastante bien como para entrar en este club exclusivo (por suerte, en Fuengirola, meca del turismo más lucido, de eso tenemos poco. Llevar camiseta ya te hace merecedor del aprecio de todo el local).

Para intentar responder a alguna de estas preguntas, recurro a una entrevista que leí hace poco, en la que la escritora y especialista en autoedición Joanna Penn hablaba con Jen Blood, su correctora de estilo y también autora de éxito.

Blood y cómo saber si tu libro está listo

jen blood

Con el nuevo modelo, en el que tenemos que escogernos a nosotros mismos, ¿cómo sabe la gente si su libro es lo bastante bueno como para publicarlo?

Jen: Esa es una pregunta difícil. Definitivamente, es difícil. Ahí es donde vienen muy bien los lectores cero, porque hablamos de gente que está empezando. Una vez tienes ya un libro o dos ya publicados, obviamente tienes un poco más de experiencia y sabes que puedes hacerlo. Al principio se trata de tener uno o dos lectores cero, y un editor/corrector en quien puedas confiar, a quien no le dé miedo decirte: “¿Sabes qué? Creo que no estás preparado todavía para lanzar esto”. Realmente es un acto de fe.

Se trata de decidir: “Vale, pues esto es lo que quiero, y lo quiero con tanta fuerza que estoy dispuesto/a a asumir el riesgo. Porque todo escritor, da igual lo bueno que sea, si es un autor autoeditado, va a tener esas dudas. Es cuestión de dar ese salto y ver qué pasa desde ahí, pero antes de dar el salto: lectores cero, un editor/corrector en quien confíes y ya avanzas a partir de ahí.

Creo que ya he hablado alguna vez de lo útiles que son los lectores cero, pero también es importante (sobre todo al principio, y sobre todo si te autoeditas) tener alguna figura profesional, ya sea un editor, asesor, lector editorial o corrector de estilo, que pueda guiarte. Necesitas a alguien que pueda señalar tus errores más frecuentes de estilo, que pueda decirte dónde fallan tus estructuras, qué debes mejorar y, lo más importante, si tu libro está en condiciones de publicarse.

Blood habla de editor, pero lo he traducido como editor/corrector, para daros una idea más práctica de aquello a lo que se refiere. Blood hace line editing, corrección de estilo, y también es editora en el sentido antiguo: edita, es correctora de contenidos; busca todo lo que puede mejorarse en la estructura y los contenidos de una obra. Con un mercado de autoedición cada vez mayor en EEUU, cada vez se recurre más a profesionales como Blood, que ocupan el espacio que tienen editor y corrector de estilo en las editoriales tradicionales.

Muchos ya sabéis que durante un tiempo realicé informes de lectura, tanto para editoriales como para particulares, que eran una suerte de recopilatorios de edición y sugerencias de corrección, todo condensado en unas 5-10 páginas. Realizaba también una valoración comercial dentro del informe, y más de una vez he comentado con algún cliente que sería recomendable subsanar determinados errores y carencias antes de plantearse el envío a editoriales (sobre todo trabajaba con personas que buscaban publicación en el mercado tradicional, aunque también he trabajado con algún autoeditado). Creo que un informe es ideal para tener una idea en conjunto, como mínimo. Obviamente, en un mundo perfecto todos los autores invertirían también en una buena edición estructural y en una corrección de estilo, pero no estamos en un mundo perfecto y las correcciones suponen una inversión importante. Así que, si tenéis la suerte de contar con buenos lectores cero, aprovechadlos, y si podéis invertir un poco de dinero en informes y/o correcciones, realmente lo recomiendo. (Como es evidente, este consejo podría parecer algo interesado, pero podréis ver que internet está lleno de lectores profesionales con muy buenos precios. Obviamente no recomiendo ir al más barato, pero podéis obtener buenos informes a precios más que razonables). Creo que esos dos filtros son importantes para:

  • Saber si vuestra obra ya puede compartirse con el mundo y, en caso negativo, qué podéis hacer para que lo esté, y
  • Solucionar todos los errores objetivos de trama y estilo para ofrecer un producto lo más perfecto posible a vuestros lectores.

Una última nota respecto a los informes de lectura: recordad que un informe es un texto objetivo, donde no debería entrar en gran medida la valoración subjetiva del lector. Desconfiad de lectores supuestamente profesionales que os digan que vuestra obra es lo mejor que se ha escrito desde el Ulises. Cada vez veo más casos donde editoriales de coedición y similares interesadas en vender sus servicios utilizan los informes de lectura como cebo. Lo cual no tiene nada de malo si producen informes útiles, pero recordad que el que alaben vuestro texto es muy satisfactorio, pero poco útil.

Parks y la unión de autor y texto

tim parks

Recuerdo haber conocido a Coetzee, después de haber leído sus libros durante muchos años, y sentirme asombrado por la sensación de reconocimiento; la atmósfera inducida en su conversación, la extraña conciencia de tanto austeridad como calidez por su parte, alejamiento y apertura, era exactamente la misma sensación que uno tiene al leer sus novelas. Fue después de esa reunión que se me ocurrió que el genio literario es la capacidad de integrar a los lectores en el mundo de sensaciones de uno mismo, con todos sus matices y complejidad, y forzarlos a posicionarse en relación a ti.

En un artículo brillante para The New York Review of Books, llamado The Writer’s Shadow (La sombra del escritor), Tim Parks habla del acercamiento a los autores mediante sus textos. De las distancias cortas entre escritor y lector, y de los parecidos entre textos y autores.

Creo que alguna vez os hablé de cómo me gustaba buscar al autor en los textos. Sus emociones, reflexiones, personalidad, sus traumas. No hablo de lo evidente, esa presencia vulgar de la filosofía y opinión (incluso moralidad) de un mal escritor en su libro. No, hablo de la voz. Esa voz que escuchas, que resulta que sí, que es su voz cuando conoces al escritor o escritora en cuestión. Y no solo la voz: los movimientos (mentales, casi físicos), los miedos, lo que perturba a un escritor. Si un autor es valiente, si es bueno, mostrará todas sus carnes abiertas para ti. No me extraña, en cierta manera, que algunos autores huyan del contacto con sus lectores. A mí me recorre un escalofrío cuando alguien pone el dedo en la llaga, cuando alguien dice: “Pero aquí, esta lucha de este personajes, este momento de…”. Temo ese momento, temo ser descubierta. Es mucho más que desnudarse. Es desnudarse haciendo algo terriblemente vergonzoso y que luego, vestida, con la cabeza bien levantada y digna, llegue alguien y te diga: “Te he visto cuando hacías eso”. E igual esa persona sonríe, o está muy seria, y tú solo quieres que se abra la tierra y disolverte en magma.

Filipacchi y la diferencia entre las fotos de autor y de autora

El mundo de las fotos de autor es fascinante. Esas poses que se repiten, esas miradas al vacío, ese ceño fruncido de chico malo, esos labios coquetos y seductores… Nunca me lo había planteado, pero cuanto más lo pienso, más empiezo a verlo: las fotos de hombres y mujeres son muy diferentes cuando son para las solapas de un libro. Ya de por sí nuestro lenguaje gestual es distinto, pero hay todo un conjunto de baremos y reglas para cómo debe ser una foto de autor y cómo debe ser una de autora. Al fin y al cabo, ¿qué estamos vendiendo? Si eres un escritor de poesía oscura y maldita, no te pega una foto de piernas cruzadas y sonriente. Si eres escritora de romántica, tu foto te mostrará muy mona, muy maquillada y muy femenina. Y así todo, por lo menos para las editoriales lo bastante grandes como para que su departamento de marketing se llene la boca con palabras como branding y target y posicionamiento.

Algo así debió de pensar la escritora Amanda Filipacchi cuando decidió que se haría una foto de autor, de escritor. Es decir: iba a posar como un hombre.

En el New York Times explica por qué. Contó toda su experiencia, incluida la confusión de su fotógrafa, acostumbrada a tratar con clientes que tenían muy claro su rol: sobrio y serio para los hombres; leve flirteo y feminidad exaltada para las mujeres. Amanda razona aquí su decisión:

amanda filipacchi

En un pasaje de su novela El mundo deslumbante, Siri Hustvedt habla del Estudio Goldberg, un experimento real que se llevó a cabo por primera vez en 1968, que descubrió que las estudiantes valoraban un ensayo o un producto artístico con mayor severidad cuando se les adjudicaba un autor femenino. Los trabajos eran idénticos, pero a las estudiantes les gustaban más si los había creado un hombre. El experimento se repitió quince años más tarde, esta vez con estudiantes de ambos sexos, y produjo los mismos resultados.

Me pregunto cuál sería el resultado de ese experimento ahora, en el 2015. ¿Seguimos siendo más permisivos con las obras creadas por hombres? ¿Hay tal sesgo negativo hacia la mujer (en particular, la mujer creadora)? Para Filipacchi, había el suficiente como para plantearse de qué manera afectaría a sus lectores ver una fotografía donde la autora adoptara poses típicamente masculinas (rigidez, puño cerrado, semblante serio). Tal vez pensaba que así vendería más libros. Supongo que no hay manera realista de saber cómo influirá esto en sus lectores, pero desde luego es una propuesta interesante. Hablamos de cómo crear personajes femeninos y nos preguntamos si los nuestros serán más que bonitos objetos decorativos, pero puede que nos estemos olvidando de algo también importante: ¿estamos condicionando, separando, también a los autores por sexo? ¿Damos tanto por sentado lo que busca el público que nos empeñamos en presentar a las escritoras como sex-symbols, a los escritores como gamberros, misteriosos o intelectuales? Según varios estudios, los hombres se sienten más atraídos por mujeres que los miran de frente y sonríen, ¿es ese un impulso comercial suficiente como para que todas las que escribimos tengamos que mostrarnos así ante nuestros posibles lectores? ¿Y hasta qué punto influye la foto de autor, de todos modos?

Creando mundos nuevos con Pinker y Hofstede

Lecturonauta publicó un claro e instructivo artículo sobre el modelo de las cinco dimensiones de Gerard Hendrik Hofstede. Este tipo de psicología social es muy útil para aquellos que quieran trabajar con sociedades nuevas, ficticias:

El Modelo de las Cinco Dimensiones de Hofstede puede utilizarse para muchas cosas en la escritura: cimentar la esencia de una sociedad ficticia, caracterizar personajes según la cultura a la que pertenecen, comprender y reflejar la conducta de culturas ajenas, diferenciar la forma de vida de dos culturas distintas… Como todo escritor sabe, la información es poder.

Y sí, el modelo de las cinco dimensiones nos proporciona toda una suerte de contenidos útiles para determinar cómo se relacionan entre sí los habitantes de la sociedad que estamos creando, ya sea una sociedad basada en realidad histórica o una completamente nueva, fantástica, alienígena o lo que sea. Por otro lado, me gusta mucho este cuadro que encontré de Stephen Pinker, donde expone varios de los modelos relacionales más conocidos (podéis encontrar buenas explicaciones de cada modelo en su obra, que siempre recomiendo, Los ángeles que llevamos dentro). Entre la información de Hofstede y los modelos de estos grandes sociólogos y antropólogos, podemos elegir con ganas cómo será nuestra sociedad: la base de su relación social será lo que nos indicará todo lo demás. Podremos construir religiones, costumbres, motivaciones de personajes… Lo que ahora se llama worldbuilding, pero a lo bruto:

modelos relacionales

Si todo esto os parece mucho trabajo, siempre podéis tomar como base alguna sociedad existente. Momentos históricos como la Revolución Industrial, la Guerra Civil española o la caída del Imperio Romano pueden ser bases apasionantes para crear sociedades coherentes, verosímiles y, ante todo, interesantes (es lo que tiene estar al borde del caos). El límite, después de todo, es nuestra imaginación, pero es crucial entender cómo suelen operar las relaciones sociales para crear grupos funcionales y creíbles.

Cain y las terribles obligaciones de la libertad

Una de las cosas curiosas de ser escritora es que adquieres una obsesión extraordinaria con el lenguaje, sobre todo con tu lenguaje, el que sale de tu boca y el que hace bailoteos obscenos en tu cerebro. Hace ya un par de años decidí modificar mi forma de hablar, hacerlo cómplice de mi forma de pensar. Ya bastaba de pensamientos que no llevaban a ninguna parte. Ya bastaba de emitir quejas y hablar por hablar (lo de hablar por hablar lo sigo haciendo mucho; me gustaría pensar que voy mejorando). Uno de los cambios más importantes que he realizado es el de procurar modificar el “no puedo” por el “no quiero”. Sí, hay veces que realmente no puedes hacer algo (no puedes salir de casa si ha caído un meteorito que bloquea la puerta). Otras, te engañas. No quiero salir de casa. No hay ningún meteorito. No quiero escribir hoy todo lo que tengo que escribir. Ah, mierda, no, esa nunca me sirve. Hoy siempre hay que escribir.

En un artículo de David Cain, muy bien llamado You Are Free, Like it or Not (Eres libre, te guste o no) leí sobre el concepto de mala fe (bad faith). La mala fe es el encogimiento de hombros, esa confianza absoluta en algo que, simplemente, no es verdad:

david cain

Esto es mala fe: cuando nos convencemos de que somos menos libres de lo que realmente somos, para no tener que sentirnos responsables de aquello en lo que nos vamos convirtiendo. Realmente parece que tienes que levantarte a las 7 cada lunes, porque hay constricciones como tu trabajo, el horario de tu familia, y tus necesidades físicas no te ofrecen más posibilidades. Pero no es verdad: puedes poner el despertador para la hora que quieras, y eres libre de explorar qué es lo que cambia en tu vida cuando lo haces. No tienes que hacer las cosas de la manera en las que las has hecho siempre, y eso es verdad en cada momento en que estés con vida. Y sin embargo tenemos la sensación de que casi siempre avanzamos por una vía bastante rígida.

Las decisiones conllevan una terrible responsabilidad, y tantas veces es más fácil echarle la culpa a condicionantes externos para no hacer aquello que en realidad queremos hacer. O nos desligamos de las decisiones que hemos tomado, quejándonos de nuestra vida como si fuera fruto solo de la suerte y de las acciones de otros. No queremos (ni sabemos) ser responsables de nuestra existencia.

Con escribir pasa algo parecido. Hay tantos escritores que quieren ser, que quieren conseguir, que se quejan y lamentan y se rasgan las vestiduras por el terrible estado del sector editorial y de un público injusto que prefiere comprar los libros de Dan Brown en vez de los suyos. Sería muy fácil para mí decir “es que no puedo llegar a nada en este mercado”. Pero lo cierto es que no quiero: no quiero llenar los muros y timelines de todos mis amigos con grito tras grito para que compren mi libro, no quiero escribir sobre aquello que le gusta a la mayoría, no quiero ser todo eso que se supone que debe ser un superventas. Y a la vez no quiero, no, no quiero invertir más horas de esfuerzo en escribir, aprender, leer (¡más!) para mejorar a pasos agigantados. Voy a mi ritmo, pasito a pasito. “Poco a poco” es mi mantra, mi consuelo cuando no obtengo las ventas, el éxito, las reacciones que quiero.

Poco a poco.

Paso a paso.

Pero cada paso es mío, de nadie más:

david cain

En esencia, todas las situaciones de mala fe son actuaciones de algún tipo, en las que actuamos como si nuestras manos estuvieran atadas. Intentamos convencernos (a menudo a través de nuestro intento de persuasión para otros) de que realmente no podemos hacer lo correcto, cuando en realidad simplemente no queremos.

¿Y si dejásemos de actuar?

 



el cielo roto"—¿Quieres que hable con él? ¿Es eso? ¿Quieres que lo resucite? 

El galgo batió la cola con más fuerza y se tumbó ante el chico, entre los cadáveres de una anciana y un niño de seis o siete años con ojos de tiburón. 

Winston esperaba un nuevo truco de magia".

(Engánchate ya a El cielo roto, de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina).

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Anima tu diálogo con la sexposición y una tortilla (y otros recortes literarios)

abril 17, 2015 — by Gabriella0

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Como todos los viernes, tengo mucho que contaros. Así que vamos directos a lo que vamos. A los mejores recortes de esta semana.