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Cómo saber si debes abandonar

noviembre 22, 2019 — by Gabriella14

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Explorar o explotar, esa es la cuestión.

No lo digo solo yo. Lo dicen los programadores y también la gente esa tan lista que analiza tendencias de mercado, economía y empresas.

Hay mucha terminología raruna y matemáticas extrañas asociadas al debate de la exploración/explotación, pero es también aplicable a nuestra vida diaria. Por ejemplo: se aplica a nuestros gustos musicales.

Una de las decisiones más complejas a la hora de definir qué música nos gusta es elegir si seguimos explorando o si pasamos ya a la explotación.

 Y esto, a la vez, depende bastante de nuestra fase vital:

  • ¿Cuántos años tienes? Si eres adolescente, es muy posible que estés ahora mismo escuchando muchas cosas distintas. Estás probablemente en una fase de exploración: quieres escuchar lo más posible, porque ¿y si te estás perdiendo cosas realmente buenas?
  • Si estás en la veintena, es muy probable que sigas explorando, pero que ya haya un conjunto relativamente grande de grupos y cantantes a los que recurras con bastante asiduidad, porque te han demostrado de forma repetida que lo que producen a ti te satisface. Cada vez tienes un gusto más definido.
  • Si has pasado los treinta, es muy posible que explores cada vez menos. Explorar cansa, porque hay mucha basura ahí fuera, sobre todo si escuchas Spotify sin ser premium. Crees que nada puede superar a los noventa (olvidas convenientemente la porquería que también teníamos en los noventa) y además tú tienes ya una serie de artistas que no te suelen decepcionar. Hay discos de más de diez o quince años que escuchas una y otra vez.
  • Si pasas los sesenta, es posible que alguien te haya acusado de ser cerrado de mente, de nunca querer escuchar nada nuevo (¿Los Beatles OTRA vez, en serio?). Pero ¿para qué? Tú ya sabes bien lo que te gusta.
debes abandonar la escritura
Tengo millones de canciones al alcance de un simple dedo en mi teléfono móvil, pero escucho el torito enamorao de la luna del Fary en bucle, porque así debe ser.

Este tipo de actitud ante el descubrimiento y el placer es otro de esos puntos donde se crea fricción intergeneracional. Los más mayores no entienden por qué los más jóvenes no saben estarse quietos un minuto, y los más jóvenes no entienden la cerrazón y falta de flexibilidad de sus mayores. Hay símiles políticos también, por los que se teoriza que somos más progresistas cuando jóvenes, y más conservadores conforme nos hacemos mayores.

Pero este es un blog de escritura, no de política (y cuánto me alegro de que así sea), así que vayamos al meollo meollante de nuestra peripecia escritoril:

¿Cómo afecta esta dicotomía a nuestra escritura?

Este enfrentamiento de exploración y explotación se da en la escritura también. Cuando empezamos a escribir, queremos probarlo todo. Queremos hacer endecasílabos gore, citas líricas en Instagram con bebés de fondo, pentalogías épicas con soliloquios shakespearianos. Leemos un montón de cosas distintas y eso hace que queramos emular mil estilos distintos.

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Escribir es una elección (y no entendemos lo que eso implica)

abril 27, 2017 — by Gabriella43

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Si me dieran un euro por cada vez que he empezado a escribir una historia de queja y lamento en la ventanita de Facebook, Twitter o este mismo blog y luego le he dado a borrar en vez de a publicar, os invitaría ahora mismo a todos a una mariscada.

De esas que tienen un montón de bogavante, nécoras, percebes, camarones y un par de bueyes de mar especialmente gordos y lustrosos. Con champán, porque por qué no.

elecciónLo siento, cangrejitos de río, pero sois muy baratos para esta fantasía particular. Volved a casa o marchad a alimentar a alguien con un sentido menos exagerado del apóstrofe y el símil.

A nadie le gustan los quejicas. Pero eso no quita que todos tenemos días malos. O, como cantaban los Rembrandts en la apertura de Friends, semanas malas e incluso años malos.

Tenemos días de oh-por-favor-por-qué-estoy-haciendo-esto. De frustración, envidia, miedo, odio, lágrimas. Y luego hay días en que escribes la frase perfecta o te invitan a un evento que te gusta o aumentan un poquito tus ingresos en Amazon y te das cuenta de lo que has progresado y son de ah-ya-recuerdo-por-qué-hacía-esto.

Quiero hablar de las lágrimas, quiero hablar del sacrificio. Sé que no es un tema tan sexi como cuando hablo de sinopsis, corrección o de las camisetas que llevaba Jennifer Aniston en los noventa, pero sigue sorprendiéndome que tantos de los escritores con los que hablo siguen en negación, rechazando ese sacrificio y buscando la píldora mágica y milagrosa que los llevará al éxito.

(Existe en algún lugar imaginario un mundo donde el hecho de solo hacer lo que te gusta de tu trabajo te llevará a las fiestas de modelos en bikini que siempre soñaste. O tal vez eres más de soñar con modelos en calzoncillos, que de todo tiene que haber en la viña del señor Apolo, las musas lo guarden entre sus bellos y turgentes senos).

Hablaba la semana pasada con un amigo que siempre tuvo mucho talento para el diseño. Llevábamos años sin vernos, así que le hice La Pregunta, ya sabéis, aquella que hace que el destinatario se encoja de frustración, arrepentimiento o vergüenza ajena.

¿Al final perseguiste tu sueño?

No se la hice así, porque detesto esa expresión, como también sabéis muy bien, porque sois muy listos y tenéis una memoria excelente. Además, mi educación anglosajona es muy refinada, que para eso nací en la zona pija de Essex (para quienes no conozcáis la zona, esto me confiere la categoría de “mujer de moral liviana con dicción excelente, que sabe qué cuchillo debe usar en cada ronda de platos”. Que es, estoy segura, exactamente como me imagináis). Creo que le pregunté si se había dedicado al diseño, pero básicamente la pregunta era la misma.

Su respuesta fue sincera y práctica: no.

No se dedicó al diseño. Trabajaba como encargado en algún tipo de almacén. Amaba el diseño gráfico y no quería convertirlo en un trabajo, en algo obligatorio que llegase a odiar.

Tengo otra amiga que trabajaba en un periódico local, del que cuenta anécdotas grandes y coloridas. Allí, lo más sofisticado que hacían sus diseñadores era maquetar las noticias más aburridas del mundo y colocar estrellitas de colores que censurasen los pezones de las mujeres que se anunciaban en la sección de Contactos. Ya sabéis, contactos de esos donde quedas con alguien, pasas un buen rato, pero luego tienes que dejarle unos billetes en la mesilla de noche.

(Si hay mesilla de noche).

elecciónPor solo veinte euros más, podemos jugar a "qué objetos de mi habitación son juguetes sexuales y cuáles son elementos decorativos sintomáticos de mi mal gusto".

Mi amigo el encargado de almacén no quería acabar poniéndole estrellitas a prostitutas en los pezones.

Así que se buscó un trabajo estable, que le permitía un sueldo estable, que le permitía poder viajar y disfrutar de su vida. Algo le debía de reconcomer lo del diseño, eso sí, porque justo ahora se ha marchado a otra empresa, donde le pagan mucho menos, pero que tiene un departamento estupendo de diseño gráfico donde planea meter la patita.

Mi amigo racionalizó por completo su pasión. Quería dedicarse a eso, sí, pero con sus condiciones. Prefería trabajar en algo que no tuviera que ver y poder hacer cosas importantes como, por ejemplo, comer y vivir en una casa, antes que colocar estrellitas y terminar por odiar aquello que siempre le había enamorado.

¿Por qué os cuento esto? Aparte de la afición por leerme a mí misma (a veces poniendo voces), sí, esta introducción tiene su sentido. Es que la moraleja de esta historia es doble, creo yo.

escribir es una elección

Tu pasión como una decisión consciente y meditada

Primero está la moraleja de que no tiene nada de malo intentar ser práctico y ganarse la vida con algo que no sea tu pasión, por mucho que nos vendan lo contrario una y otra vez (¡deja tu trabajo aburrido y persigue tus sueños!). Lo importante no es tanto trabajar en tu pasión, sino apasionarte con tu trabajo. Mi admirado Cal Newport lo explica muy bien: habla de la diferencia entre seguir tu pasión y cultivarla.

elección del escritor

Tú defiendes el hecho de cultivar una pasión, en vez de perseguirla. ¿Cuáles son las diferencias clave?

Perseguir implica que descubres primero la pasión, y luego vas y la asocias a un trabajo. Y ahí ya has terminado.

Cultivar implica que vas creando pasión por tu trabajo. Este es un proceso más largo, pero a la larga ofrece resultados mucho mejores. Te exige que consideres tu trabajo con la perspectiva de un artesano. Que mejores tu habilidad y que, una vez hayas acumulado el valor necesario, puedas darle forma a tu vida laboral con la vista puesta en un estilo de vida que te convenza.

Lo malo de buscar una pasión a la que dedicarnos es que no siempre es fácil. Pocas personas tienen una vocación férrea y clarísima acerca de lo que quieren hacer el resto de sus vidas. Cambiamos, probamos, nos descubrimos y nuestra forma de pensar se modifica también.

Por mucho que te guste escribir, escribir está lleno de cosas que probablemente vas a odiar, como por ejemplo los impuestos, las reglas de ortografía y la decimoséptima corrección de tu novela. Y a lo mejor te das cuenta de que a ti lo que realmente te gusta es el proceso de edición y te acabas dedicando a la corrección o a editar libros ajenos, o igual te enamoras tanto de la parte de marketing que te especializas en eso. Quién le diría a Ana González Duque, profesional médico que comenzó escribiendo chick-lit, que acabaría siendo un referente en mercadeo online o a Rosa Morel que acabaría dedicando gran parte de sus esfuerzos de copywriter a ejercer de docente para compartir sus habilidades con otros.

Pongo estos dos ejemplos porque son personas a quienes conozco y respeto, pero seguro que se os ocurren muchos más.

Empiezas escribiendo y quién sabe dónde terminarás.

Como dice Cal, no se trata tanto de tu pasión, de aquello que amas, sino del estilo de vida que quieres para ti.

Y sí, estilo de vida también puede ser fregar platos en un bar de mala muerte en Londres si eso significa ganarte la vida y poder estudiar mientras, o si necesitas mantener a tu familia, a la que quieres. No me refiero solo a ese lifestyle design que nos venden esos coaches, esas piscinas y mariscadas y champán de los que tanto hablo.

elecciónDiría que fantasear es gratis, pero te pones a sumar la electricidad, la lata de Coca-Cola y la tarifa de internet que me ha costado escribir este artículo, y no es del todo cierto.

Vamos ahora a lo realmente crucial de todo este asunto. Como en el caso de mi amigo, es hora de que aceptemos que un estilo de vida consciente, decidido, exige sacrificios. Y esa es la segunda parte de la moraleja.

También es cierto que los sacrificios no son los mismos a lo largo de nuestra vida.

Las cuatro fases vitales de Mark Manson

Según el bloguero Mark Manson, la vida se divide en cuatro etapas. No todo el mundo pasa por las cuatro (y desde luego nadie lo hace del mismo modo).

  1. Una etapa de aprendizaje, en la que imitamos lo que hacen los que nos rodean para entender y aprender cómo funciona la sociedad en la que vivimos. Esta etapa sería la infancia y parte de la adolescencia, sobre todo, aunque es evidente, como apunta Mark, que hay adultos que se han quedado aquí clavaditos, obsesionados por hacer siempre lo que los demás esperan de ellos.
  2. Una etapa de independencia, en la que comenzamos a darnos cuenta de que podemos tener nuestras propias opiniones y tomar decisiones fuera de las convenciones sociales. Puede ser una etapa de rebelión y autodescubrimiento: es una etapa en la que probamos muchas cosas diferentes porque todavía no tenemos muy claro qué queremos. Al igual que con la primera etapa, hay personas que se quedan para siempre en esta fase, obsesionados por una búsqueda constante de algo mejor, más interesante.
  3. Una etapa de decisión, en la que somos por fin conscientes de que nuestro tiempo es limitado y que tenemos que tomar una serie de elecciones y sacrificios para poder hacer lo que es importante para nosotros. Por eso es la etapa en la que la gente tiene que enfrentarse a la decisión de tener o no tener hijos, si casarse o no, si cambiar de carrera, etc.
  4. Una etapa de finalización, donde nos preocupamos sobre todo por asegurarnos de que se perpetúe nuestro legado. Suele corresponderse con la jubilación.

Hay muchos matices en estas cuatro etapas que no caben aquí, es evidente. Y el paso de una a otra no es siempre limpio ni claro. Pero me gustaría que nos fijásemos ahora en esa tercera etapa, ya que el paso de la segunda a la tercera suele resultar de lo más problemática.

Sobre todo porque exige una serie de sacrificios que no esperábamos en la segunda. Cuando somos jóvenes, pensamos que siempre hay tiempo de experimentar y de probarlo todo, y que siempre podemos cambiar de opinión.

Hasta que llegamos a la tienda.

La tienda horripilante de Jon Morrow

Yo hablé hace poco de todo lo que tenemos que abandonar para dedicarnos a la escritura, pero en realidad era un artículo optimista, que hablaba del abandono de malos hábitos y formas de pensar. Pero luego está la otra cara de la moneda: las cosas que queremos y amamos y que debemos abandonar. En definitiva, los sacrificios.

Otro bloguero al que admiro, Jon Morrow, lo explicó a las mil maravillas hace poco. En un artículo excelente, creó una metáfora sobre el precio del éxito que me parece tan escalofriante como realista.

Morrow nos pide que imaginemos una tienda. Es una tienda mágica, con estanterías repletas de todo aquello que queremos y deseamos. El desagradable truco está en que en esta tienda no podemos comprar con euros, dólares, bitcoin ni doblones neptunianos. Compramos con sacrificios.

Por ejemplo, imagínate que quieres “comprar” ser un emprendedor de éxito:

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¿Quieres convertirte en un emprendedor de éxito?

Puedes “comprarlo” al precio de 10-20 años en los que estarás al borde de la bancarrota, solo dormirás 4-6 horas por noche, escucharás como todo el mundo te llama idiota y te pelearás en silencio con tus miedos y ansiedad, sabiendo que no puedes revelarle a tus empleados e inversores lo asustado/a que estás, porque dependen de ti para tener confianza.

“Eso es horrible —dices—. El precio es demasiado alto”.

Así que buscas algún “producto” que te parezca más razonable: una familia que te quiere.

Puedes “comprarlo” al precio de 30-50 años en los que antepones sus necesidades a las tuyas, te preocupes por su seguridad, coges trabajos que pagan bien en vez de coger trabajos que te hagan sentirte realizado/a, luchas contra el tráfico durante una hora todos los días para ir al trabajo porque vives en las afueras, ignoras a cada persona que te atraiga, y mueres con la pregunta callada y secreta de cómo habría sido tu vida si hubieses elegido quedarte soltero/a y perseguir tu pasión”.

“Eeeeh… esta tienda apesta”, dices. Y es cierto, pero la verdad terrible es que es totalmente real.

No podemos tenerlo todo, como decía aquel poema de Silvia Plath y como dijo James Clear en su teoría de los cuatro fuegos. Para hacerlo aún peor: si no elegimos nada, paralizados por la indecisión, todos los frutos de la higuera que describe Plath se marchitan; todos los fuegos de Clear se apagan.

A veces suspiro un poco, porque amo muchas cosas y tal vez, solo tal vez, podría haberlas elegido. La música, el arte y demás. ¿Podría haber sido cantante? ¿Artista? ¿Joyera o artesana? ¿Podría haber vivido de esas cosas? Nunca lo sabré y tampoco importa. Lo importante es que tomé mi decisión.

Mi decisión es escribir, y el coste de esa decisión en la tienda de Morrow ha sido elevado.

Está siendo elevado. Siempre será elevado.

Empero…

(Tenemos que usar más esa palabra).

Pese al trabajo, la pelea económica, la desesperación, la frustración cuando un proyecto no sale adelante, cuando hay malas críticas o cuando las ventas no acompañan, nunca había estado tan segura de algo. Nunca había estado tan orgullosa de una decisión. Y es que el dolor que trae una decisión difícil es mejor que el dolor que trae no decidir.

Sí, podría haber sido cualquier otra decisión, cualquier otro camino.

Si ya has entrado en la tercera fase de tu vida, te toca elegir.

¿Quieres escribir? Puedes, igual que puedes elegir cualquier otra cosa. Puedes escribir por gusto, como afición. Escribir por puro amor al arte es maravilloso.

Empero…

Si quieres grandes resultados, sabes que eso no es suficiente.

Sé consciente de los sacrificios, del precio en la tienda de tu vida.

¿Estás dispuesto/a a pagarlo?

¿O vas a quedarte sentado quejándote, como todos los demás?

Seth Godin y la culpa que siempre es de “ellos”

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No existe “el sector”

Es fácil decir que “la culpa es del sector” o que “es que el sector no lo entiende”.

Pero como no hay nadie al mando, como no hay un método de imposición coherente, esto no es más que una manera de decir las cosas. No existen el sector ni la economía ni el mercado. Solo personas.

Y las personas… las personas pueden pasar a la acción si algo les importa.

Me cansan los que se quejan de lo mal que está el sector, de lo difícil que es todo. No digo que no tengamos que ser críticos (eso es distinto), pero casi nunca veo que los que se quejan tanto anden haciendo algo por conseguir los cambios que necesitamos, por pasar a esa acción que dice Godin. Llevo más de diez años aportando, peleando por esos cambios, y me siento mucho más optimista que ellos, pese a todo lo que está en nuestra contra.

Lo dice mucho Joanna Penn, junto con otros grandes indies, y estoy de acuerdo: es el mejor momento para ser escritor. Precisamente por los grandes cambios que entre todos estamos propiciando en el sector, en la industria.

Dejemos de lamentarnos y seamos nosotros las personas que creen nuevo territorio y produzcan los cambios que necesitamos. Formemos pequeñas editoriales, grupos y talleres; seamos híbridos; negociemos nuestros contratos; paguemos a otros profesionales como nosotros; ayudemos a los que lo merecen; abandonemos la mentalidad de cultura gratis que nos invade y exijamos un pago digno por nuestro trabajo (y por el trabajo de los demás); exploremos nuevas formas de promoción, de expansión, de enseñanza y aprendizaje…

Apoyémonos entre nosotros. Produzcamos calidad, produzcamos belleza imposible de ignorar. Compartamos nuestro conocimiento, en vez de guardarnos nuestros secretitos de mentes pequeñas y celosas.

Dejemos de quejarnos por los terrible sacrificios que nadie nos ha obligado a asumir. Otros ya tienen sus propios sacrificios: han tomado elecciones distintas.

Nadie me ha puesto una pistola en la sien y me ha obligado a redactar este post. Nadie me ha torturado con canciones de Alejandro Sanz en bucle para forzarme a ser escritora. Tampoco me dijeron qué involucraría, pero ahora lo sé y lo acepto.

Entré en esa tienda y señalé hacia ese objeto brillante de la estantería alta.

Cada día, poco a poco, lo tengo más cerca.

Quién sabe, a lo mejor nunca lo alcanzo. La estantería es alta de cojones narices. Pero menudo camino. Menudo proceso.

Escribir en serio es una elección. Es mi elección.

¿Es la tuya? Y, lo más importante:

Espero que seas consciente de todo lo que implica.

P.D.: ¿Todavía estás cantando la canción de Friends en tu cabeza?



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También tengo una lista que es solo para lectores de género fantástico.

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¿Qué aporta tu libro al mundo?

noviembre 2, 2016 — by Gabriella9

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Hablamos siempre del enfrentamiento entre sistema y arte; del encontronazo entre verdad, belleza y dinero. Y cuando mencionamos la palabra valor, parece que es que si nuestra obra no revoluciona el mundo literario, trayendo un apocalipsis de renovación y destrucción de todo lo que conocíamos hasta ahora, no tiene derecho a existir en las estanterías.

Últimamente reflexiono mucho sobre eso, porque resulta que hay muchos libros que para mí no funcionan, que sin embargo son objetos mágicos de deseo para muchísimas personas.

¿Tengo yo más razón que el resto? Desde un punto puramente técnico, es posible que pueda tener algo más de razón que alguien que no haya dedicado tantas horas de su vida a estudiar y analizar textos literarios (y tampoco tengo absoluta seguridad sobre eso). ¿Pero es eso realmente importante si una obra proporciona un valor positivo e innegable a tantas personas? Puede que reduzca la media de calidad de libros que se publican y eso sí es digno de tener en cuenta. Pero ¿tenemos realmente derecho a decirle a alguien: “ese valor no es real”?

Sospechamos algunos que nada es tan sencillo, que no hay que hacerle mucho caso a los defensores del blanco y del negro. Los libros, creo, entran en los grises. Pero incluso dentro de esos grises, un libro sí debe aportar algo para llegar a ser leído, aunque sea por la razón más frívola y banal (como los programas de televisión que se traga mi madre porque se aburre por las tardes).

El valor es algo sutil. Según Seth Godin, surge en esta escala. Como veis, en la venta de productos, todo sigue la siguiente dinámica: función-conexión-estilo-ahora:

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Godin pone algunos ejemplos, pero yo voy a aplicar esta escala a preguntas sobre nuestra obra. ¿Somos capaces de contestar a ellas?

  • ¿Cuál es la función de tu libro? ¿Para qué sirve? (¿Y sirve para algo que no sea inflar tu propio ego?).
  • ¿Cómo conecta tu libro con la gente? ¿Lo asocian contigo? ¿Se crea complicidad con otros lectores? (Reconozco que esta es mi parte favorita).
  • ¿Es tu libro un objeto de estilo, un diseño deseado? ¿Es algo hermoso, que otros quieren adquirir porque los hace sentirse más inteligentes, con mejor gusto, más interesantes?
  • ¿Tiene inmediatez tu obra, urgencia? Es decir, ¿hay alguna oferta o situación que haga que tus compradores lo deseen ahora mismo, en este instante, antes de que sea tarde?

Godin dice que tenemos que cumplir una o varias de esas condiciones para que nuestra obra funcione, para que sea leída.

Hasta que llegue, claro, alguien que cambie lo más básico: la propia función. Que llegue alguien que redefina cómo funciona un libro (como hizo el eBook en su momento). Como hacen aquellos que redefinen los géneros y las modas. Esos trendsetters o bellwethers (si no habéis leído Oveja mansa, de Connie Willis, hacedlo), que se desvían en el punto justo del camino para que todos los antecedentes se pongan en marcha y todos tiremos en una dirección diferente.

No todos seremos ese alguien revolucionario (aunque sí podemos ser antecedentes, influencias, partícipes en la revolución).

Pero si partimos de lo más importante, la función de nuestra obra (aunque esta solo sea divertir, agradar, proporcionar ocio) y desarrollamos la jerarquía de valor, ofreciendo conexión para con los demás (y entre ellos mismos) y estilazo del bueno, si aumentamos el deseo hacia nuestro libro ofreciéndole una sensación de urgencia (una oferta especial que caduca, una edición limitada, una serie firmada…) llegaremos a vender un objeto mágico.

¿Vuestro libro es, también, un objeto de valor?

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¿Estás trabajando en una paradoja o en un problema?

abril 30, 2016 — by Gabriella13

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Dice Seth Godin:

paradoja

Si has estado trabajando en una situación, dándole vueltas, echándole todo lo que tienes, puede que no sea un problema. Puede que hayas inventado una paradoja, que hayas creado tantos límites que nunca llegarás a ninguna parte.

También dice:

paradoja y problema

No tiene sentido trabajar en una paradoja. Abandónala y sigue con tu vida. Aún mejor: averigua qué límites debes eliminar y conviértela en un problema.

Estoy trabajando en otro artículo muy largo (con una versión gratuita en el blog y otra versión ampliada a 0,99 €, como hice con este otro artículo). Pero os echo de menos. Echo de menos compartir y hablar con vosotros. Así que hoy solo vengo a preguntaros esto: ¿estáis trabajando en una paradoja o en un problema?

Y si es una paradoja, ¿por qué? ¿Dónde están vuestros límites?

Si puedes derribar tus límites y si sabes que eso te traerá polémica, complicaciones, más trabajo, has creado un problema.

(Los problemas tienen soluciones).

Escribir siempre es un problema. Escribir como expresión artística personal y profunda, quiero decir, no escribir por pasar el rato.

Si tu escritura no te resulta problemática, es posible que no estés ofreciendo algo importante, algo que derribe los límites de la paradoja.

 

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11 excusas para no escribir (y cómo demolerlas)

marzo 18, 2016 — by Gabriella55

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Hoy no haré un artículo de recortes normal, como los de viernes normal.

Tal vez este tema de hoy sea un único y gran recorte (gran por lo de extenso; la calidad ya la juzgáis vosotros).

Viene de un artículo que leí hace poco de Yolanda González Mesa, donde reflexionaba sobre los espacios que usamos para crear y de las excusas que utilizamos para procrastinar un poco más. Nos podemos atar tanto a nuestras manías y rituales que nos decimos que sin ellos no podemos trabajar: olvidamos que son herramientas, no razones. Nos mentimos. Es más fácil decir que no tienes el despacho perfecto que decir que no te apetece, que te da miedo, que estás cansado/a y que no ves futuro para este laberinto de dieciocho mil salidas en falso en que te has metido por mucho que tu madre te pregunte por qué. Por qué, hija, por qué.

(Gracias, a todo esto, mamá, por nunca hacer esa pregunta en alto).

El artículo de Yolanda se llama No uses la falta de espacio como excusa.

Hay muchas otras cosas que usamos como excusa. Mi bandeja de correo y mi memoria están llenas de personas que me cuentan, semana tras semana, por qué lo tienen tan difícil para escribir.

Eh, yo no voy a juzgar a nadie. En muchos sentidos, lo tengo más fácil que otras personas. Y muchas de esas “excusas” que damos son excusas reales, razones de imposibilidad, de peso muy pesado.

excusas para no escribirAlgunas excusas son perfectamente válidas. "Mi pelo ha tomado conciencia de sí mismo y me he levantado que parezco el tipo ese de Hellraiser" es una de mis favoritas.

Muchas otras veces no lo son. Y la falta de sinceridad que tenemos para con nosotros mismos (sí, claro que me incluyo) nunca deja de sorprenderme.

He enumerado las once excusas que creo que son más comunes, las que más escucho, y ofrezco algunas sugerencias para analizar si son excusas reales o falsas, para intentar demolerlas de una vez por todas.

Empezamos con aquella que inspiró este artículo: la falta de un espacio adecuado.

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Qué podemos aprender los escritores de una foto perfecta (y otros recortes literarios)

noviembre 27, 2015 — by Gabriella32

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Estoy segura de que habéis visto ya esta foto. Es una foto perfecta, de una zambullida perfecta, de un pájaro perfecto en el instante perfecto.

Lo más sorprendente, y lo que ha hecho que esta foto sea noticia, es que es el resultado de seis años de trabajo y 720000 intentos.

Nunca pensamos en eso, creo. Miramos la foto, nos maravillamos, pinchamos en otra cosa. Pocas veces nos paramos a reflexionar sobre esos 720000 intentos.

Creo que el mensaje para todos los que creamos es bastante claro. Diría que de esta foto podemos extraer tres conceptos muy útiles:

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Anima tu diálogo con la sexposición y una tortilla (y otros recortes literarios)

abril 17, 2015 — by Gabriella0

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Como todos los viernes, tengo mucho que contaros. Así que vamos directos a lo que vamos. A los mejores recortes de esta semana.

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El poder de lo aburrido (y otros recortes literarios)

abril 3, 2015 — by Gabriella12

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Ya es viernes otra vez, y además seguro que estáis todos en la playa, viendo monumentos chulos, canturreando en un karaoke o salvando al mundo de una invasión tralfamadoriana (¿o tal vez eso fue ayer? ¿O mañana?).

Aun así, hago llamada a los pocos que quedéis trabajando o perdiendo el tiempo delante de la pantalla para que compartáis conmigo algunas de las cosas que he aprendido esta semana.

Y aquí los tenéis: gran parte de los recortes, literarios o no, que me han hecho pensar o disfrutar. Todo vuestros.

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Martínez, Godin, Pressfield, Wendig y Ruiz Robles. Recortes de la semana.

marzo 6, 2015 — by Gabriella0

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Pues sí que ha tardado en llegar el viernes.

Esta semana me ha traído menos lecturas y movimiento en general. Ha sido una de esas semanas en las que te inundan pequeños acontecimientos, tanto buenos como malos, que se van comiendo tu tiempo y concentración casi sin darte cuenta.

Entrevista a Rodolfo Martínez

res21Lo cual no quiere decir que no haya estado ocupada. Ayer, como todos los jueves, hubo entrevista relámpago, pero también entrevisté a Rodolfo Martínez para LEKTU, sobre el proceso creativo, la edición digital y todo lo demás. Es una entrevista bastante completa, y os recomiendo que le echéis un vistazo. Es un escritor con una lista impresionante de obras, y ahora también es editor: fundó y dirige la editorial Sportula. Siempre tiene cosas interesantes que decir, pero me quedo con esta, en respuesta a mi pregunta sobre cómo ve en estos momentos (y en el futuro) el panorama de la edición digital:

Respecto a su futuro: ni idea, así de sencillo. Creo, además, que cualquiera que diga que sabe cómo será el futuro editorial o miente o se engaña a sí mismo. Nos movemos en un terreno que es desconocido para todos y ni los gurús de lo digital ni los adalides de lo impreso saben realmente lo que va a pasar. Eso responde un poco a la primera parte de la pregunta también, porque el momento presente es de una incertidumbre total, absoluta. Eso, que puede causarles pánico a algunos (y a buena parte de la industria editorial tradicional parece que se lo causa y mucho) puede ser una oportunidad para otros. Todo depende de cómo te lleves con el caos y, sobre todo, de que abandones cualquier esperanza de controlar el proceso. Lo único que conseguirás con eso, me temo, es ser destrozado por el tsunami.

Y otra vez Godin

Sí, ya sé que la semana pasada también cité a Seth Godin, pero qué le vamos a hacer si el hombre tiene tendencia a soltar sentido común y sabiduría por esa boquita.

Godin

Cuando las cosas mejoran un poquito cada día, damos las buenas noticias por sentado. Una mejora no tarda nada en convertirse en una expectativa, y la expectativa no tarda nada en darse también por sentado.

Pero cuando las cosas empeoran, no podemos dejar de pensar en la pérdida; extrapolamos este patrón hasta lo terrible, y luego vivimos con lo terrible mucho antes de que realmente llegue.

Hay un fallo en el sistema de nuestra cultura, pero eso no significa que no podamos trabajar para solventarlo. Cuando filtramos lo que recibimos de los medios (y cuando filtramos lo que emitimos), y cuando decidimos qué historia contarnos a nosotros mismos (en vez de aceptar la historia de alguien que tiene objetivos diferentes a los nuestros), podemos reprogramar nuestras entradas y cómo las procesamos.

Los mismos hechos, experiencias diferentes. A propósito.

Esto es algo que aprendí hace un par de años y que no puedo dejar de recomendar. No digo que haya que ignorar todo lo que pasa ahí fuera, eso sería absurdo. Pero sí podemos elegir qué mensajes recibimos (qué contactos tenemos en las redes sociales, e incluso en la vida real) para intentar crear una alimentación mediática y textual no solo positiva, sino constructiva.  Una entrada constante de noticias negativas, lamentos e imágenes grotescas afecta de manera también constante a nuestro ánimo. Por pura supervivencia, el ser humano tiene tendencia a darle mayor importancia a los hechos negativos que a los positivos. No dejes que los negativos se pasen todo el día, todos los días, comiéndote la moral.

Stephen Pressfield y qué hacer con las malas reseñas

En una entrevista reciente, Stephen Pressfield, escritor especialista en creación artística, dijo lo siguiente acerca de las reseñas:

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Un escritor profesional (o un actor, o director, o atleta) no lee sus reseñas. A mí no me importa una mierda lo que opine la gente de mí. El propio Hemingway dijo en una ocasión que no puedes leer las reseñas de tus libros porque “si las crees cuando te dicen que eres genial, tendrás que creerlas cuando te digan que eres un inútil“.

Aquí creo que es importante distinguir entre reseña crítica o técnica y reseña subjetiva, de simple y llama opinión. A las segundas no habría que hacerles mucho caso, por lo mismo que dice Hemingway. De las primeras es de las que, en teoría, se aprende para mejorar.

Hay un fenómeno curioso que he observado con las reseñas en general, y es que tienden a alimentarse unas a otras. Creo que si tienes treinta reseñas, con leer las primeras cinco ya has leído todo lo que tienes que leer. Las otras veinticinco no van a aportar mucho más. Creo que es porque nos condicionan las opiniones de otros, por mucho que intentemos ser objetivos, así que un reseñador o crítico no habla desde la nada, desde una percepción completamente limpia. Dale ese mismo libro tuyo a treinta personas que no se conozcan entre sí y que nunca hayan leído una reseña del libro y puedo asegurar que encontrarás muchas opiniones muy distintas. Lo cual, a su vez, me hace preguntarme acerca de la validez de las reseñas para un escritor. ¿A cuál de esas treinta opiniones diferentes deberías hacerle caso?

La crítica que deberíamos leer todos es la que tiene más semejanza con un informe de lectura: un análisis elaborado y frío de las características técnicas de una obra. Por desgracia, de ese tipo de crítica hay poco, como es lógico. Exige bastante esfuerzo y conocimiento. Ojalá pudiéramos saber, antes incluso de leer una reseña, si nos compensará o no. Si nos enseñará algo importante o si simplemente nos dejará, heridos en nuestro orgullo, doloridos para el resto del día.

Chuck Wendig y por qué el talento es lo de menos

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Los escritores no nacen, se hacen. Gracias a la fuerza de voluntad, al trabajo. Se hacen de iteración, ideación, reiteración. Se hacen gracias al aprendizaje, el aprendizaje que viene de la práctica, de la lectura y de los profesores que ayudan a guiarte a través de todas estas cosas para darle contexto a tus esfuerzos.

No, no todo el mundo triunfará, porque en esta vida nada está garantizado.

Pero tu falta de éxito no tiene nada que ver con cómo naciste.

Los escritores no son una casta. No son los elegidos.

Trabajamos por lo que queremos. Esculpimos nuestras historias de la piedra, en tinta de nuestra propia sangre.

Sí, también hablo demasiado de Chuck Wendig, pero es que muchas de sus palabras son oro puro (sí, incluso aquellas en las que habla de trabajar sin pantalones y de caca y pis y pedos y su pene). El otro día soltó un artículo magnífico acerca de como, en el fondo, el talento es lo de menos. Sin trabajo no vale absolutamente de nada. Y toda esa ocurrencia de que tienes que ser un genio para conseguir algo en cualquier campo es, in my humble opinion, muy nociva.

Ángela Ruiz Robles y los preludios del libro electrónico

Ángela Ruiz RoblesAntes, mucho antes del ebook, en 1949, ya andaba una profesora e inventora pergeñando la enciclopedia mecánica, un artilugio tal que así:

“Abierta, consta de dos partes. En la de la izquierda lleva una serie de abecedarios automáticos, en todos los idiomas: con una ligerísima presión sobre un pulsador se presentan las letras que se deseen, formando palabras, frases, lección o tema y toda clase de escritos. En la parte superior de los abecedarios lleva a la derecha una bobina con toda clase de dibujo lineal, y en la de la izquierda otra con dibujo de adorno y figura. En la parte inferior de los abecedarios, un plástico para escribir, operar o dibujar. En la parte interior, un estuche para guardar asignaturas. En la parte de la derecha van las asignaturas, pasando por debajo de una lámina transparente e irrompible, pudiendo llevar la propiedad de aumentos, pueden ser estos libros luminosos e iluminados para poder leerlos sin luz. A la derecha e izquierda de la parte por donde pasan las materias lleva dos bobinas, donde se colocar los libros que se desee leer en cualquier idioma; por un movimiento de los misma van pasando todos los temas, haciendo las paradas que se quieran o queda recogido. Las bobinas son automáticas y puede desplazarse del estuche de la Enciclopedia y extenderse, quedando toda la asignatura a la vista; puede estar sobre una mesa (como los libros actuales) o perpendicular, facilitando comodidad al lector, evitando con ello gran número de esfuerzos intelectuales y físicos. Todas las piezas son recambiables. Cerrado, queda del tamaño de un libro corriente y de facilísimo manejo. Para autores y editores el coste de sus obras se aminora considerablemente, por no necesitar ni pasta ni encuadernado y queda impresa de una tirada, o cada una de sus partes (si consta de varias), resultando este procedimiento un bien general”.

¡Y eso es todo, amigos! Que tengáis un muy espectacular y fantafabuloso fin de semana.

recortes

Woolf, Friedman, Altucher, Barry, Gaiman, Godin y Hill. Recortes de la semana

febrero 27, 2015 — by Gabriella9

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Chica leyendo

Esta semana ha estado cargadita de lecturas interesantes, y vengo a traeros mis favoritas. Por lo demás, ya sabéis las novedades:

  • Ayer salió a la venta Amanecer, la novela corta de ciencia ficción de José Antonio Cotrina que os he recomendado ya unas mil veces.
  • Mañana Esta tarde saldrá un email a la lista de correo con el ganador o ganadora del sorteo de este mes. Os recuerdo que sorteo dos ebooks: Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza y El final del duelo, de Alejandro Marcos Ortega. Si no te has apuntado todavía a mi lista de correo, igual no llegas ya a tiempo para este sorteo, pero sí para el del mes que viene.

Y ahí van los recortes. Como siempre, las traducciones son mías, y son rápidas e imperfectas, pero servirán:

Virginia Woolf habla de la constante duda del escritor, vía Brain Pickings:

Virginia Woolf

Cualquiera que conozca en lo más mínimo los rigores de la composición no necesitará que le cuente esta historia en detalle; de cómo escribió y parecía bueno; de cómo lo leyó y le pareció horrible; de cómo corrigió y rasgó el papel; recortó; insertó; estuvo en éxtasis; desesperó; tuvo sus noches buenas y sus mañanas malas; se agarró a ciertas ideas y las perdió; vio claramente su libro frente a él y este luego desapareció; interpretó a sus personajes mientras comía; reprodujo sus palabras mientras paseaba; ahora llora; ahora ríe; vaciló entre este estilo y aquel; ahora prefiere lo heroico y pomposo; luego lo claro y sencillo; ahora los valles de Tempe; luego las praderas de Kent o Cornwall; y no pudo decidir si era el genio más divino o el mayor idiota del mundo.

Poco más se puede decir de la tarea de escribir. Creo que Virginia lo resume a la perfección.

Uso del color en las descripciones de American Gods

American Gods

En una habitación de color rojo oscuro ―el color de las paredes se acerca al del hígado crudo― hay una mujer alta vestida de forma caricaturesca, con pantalones cortos de seda apretada, los senos empujados hacia arriba y hacia delante por la blusa amarilla que lleva atada bajo ellos. Su cabello negro se amontona en un nudo alto sobre su cabeza. Junto a ella hay un hombre de baja estatura, con una camiseta aceituna y vaqueros caros y azules.

No hagáis mucho caso del estilo de la traducción (American Gods ya tiene una traducción mucho mejor hecha), solo es un acercamiento rápido para que veáis el uso del color (pongo vaqueros azules, aunque blue jeans en EEUU suele referirse a vaqueros en general, para incluir esa nota cromática en el conjunto). Rojo hígado, amarillo chillón y sedoso, negro (colores fuertes, extravagantes) frente a aceituna, azul elegante (sobriedad, normalidad)…

Gaiman consigue aquí hacer una descripción clásica, tipo retrato, y sin embargo la dota de una vida especial al hacer casi fotográfica su impresión. Ninguno de esos colores está puesto por azar. Es algo que me encanta de la prosa de Gaiman en este libro: una aparente sencillez que esconde mucho más. Como dicen los expertos: conseguir que algo parezca fácil implica muchos, muchos años de práctica.

Seth Godin y por qué gratis no es una obligación de consumo

godinLos bufés (como la vida, organizaciones, proyectos, arte…) no son realmente “todo lo que puedas comer”. Son “todo lo que quieras comer”. Que es algo totalmente distinto. Solo porque puedas tenerlo no significa que quieras. Solo porque hemos pagado por ello no significa que debamos usarlo todo.

Aplíquese a lo que se quiera. A la sal gratis de los restaurantes de comida rápida (el ejemplo que pone Seth), a los ebooks gratuitos que nos descargamos como locos, a todos los canales de televisión disponibles… Prioridades, elección. Tenemos una elección. La libertad puede ser ilusoria, pero ejerzamos la que tenemos.

Esto también se enlaza con el problema del consumo exacerbado, y la adquisición de productos que ni siquiera llegamos a utilizar. Lo cual nos lleva a una producción ridícula para un mercado que ni siquiera compra. Y eso se ve muy bien en los libros, como explica Hoja en blanco al analizar por qué se editan tantos libros si en realidad casi nadie lee.

James Altucher y la importancia de meter la pata

Altucher

Si no estás obsesionado con tus errores, es que no amas tu campo lo suficiente como para mejorar.

Haces preguntas malas: “¿Por qué no sirvo para esto?”, en vez de preguntas buenas: “¿Qué he hecho mal y cómo puedo mejorar?”.

Cuando siempre te haces buenas preguntas acerca de tu trabajo, te haces mejor que las personas que se paralizan a sí mismas con preguntas malas.

Creo que esto se puede aplicar a cualquier campo, pero es fundamental en la escritura. Si en vez de lamentarnos por las cagadas nos preguntamos cómo nos pueden servir para avanzar, aprenderemos y progresaremos a un ritmo mucho más rápido. Me llevó mucho tiempo entender esto, me temo.

Benjamin Mako Hill y el deporte como puente entre clases sociales

Benjamin Mako Hill

Hace unos años, estuve en una charla que dio Michael Albert en el MIT, donde criticó a los intelectuales estadounidenses por lo que él consideraba un desprecio cultivado hacia los deportes profesionales. Albert sugirió que los deportes reflejan un tema al que siempre recurrimos para hacer conversación ligera y para construir comunicación más allá de clase y contexto. Sugirió que casi todas las personas que usaban el término lucha de la clase obrera eran incapaces de tener una charla intrascendente con miembros de la clase obrera, porque, a diferencia de la mayoría de personas de clase obrera (y la mayoría de la gente en general), las personas con estudios cultivan, de forma sistemática, su ignorancia acerca de los deportes.

Esto me ha hecho reflexionar sobre algo que lleva rondándome la mente desde hace tiempo. En España, donde hay una mayor diferenciación entre sexos en lo que se refiere al deporte (en EEUU, por ejemplo, muchas más mujeres disfrutan de la cultura del deporte, pero en España verás muchas menos mujeres que hombres en un partido), parece haber dos lenguajes que sirven de puente entre cualquier tipo de persona: el fútbol (o fórmula uno, o baloncesto, el deporte de tu preferencia, pero sobre todo fútbol) para los hombres, y la moda para las mujeres. Digo moda, y no cotilleos tipo Cuore o Sálvame, la otra opción más evidente, porque estos sí pueden incomodar a una persona de cierta clase social e intelectual. A un porcentaje altísimo de las mujeres nos interesa la moda, ya sea respecto a un bolso comprado en los chinos o a unos zapatos Loboutin. Yo misma, en situaciones sociales  con personas con las que realmente no sé qué temas tratar, sé que puedo llenar el silencio ominoso con un cumplido hacia cualquier prenda que lleve otra de las mujeres (que a su vez llenará el silencio ominoso con una explicación pormenorizada de dónde, cuándo y por qué lo compró), y conozco varios casos de hombres que han cultivado interés en el fútbol para poder mantener conversaciones con personas por las que sienten afecto pero con los que tenían pocas aficiones en común (un padre o un hermano, por ejemplo). Hay una tendencia a despreciar determinados temas de conversación por considerarse de una calidad “inferior”, cuando a su vez son salvavidas que pueden unirnos, mostrarnos un punto de encuentro.

Jane Friedman sobre F. Scott Fitzgerald y escribir borracho

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“Las historias que escribo cuando estoy sobrio son estúpidas… Razonadas, no sentidas”. De la misma forma en que los escritores pueden producir un trabajo mecánico por darle demasiadas vueltas al texto, también podemos llevar vidas mecánicas por pensarnos demasiado nuestras acciones.

En un artículo excelente que cierra el compendio Drinking Diaries, la escritora y ensayista Jane Friedman cita a F. Scott Fitzgerald (autor de El gran Gatsby) respecto a escribir bebido y las ventajas que puede tener para acceder de forma menos controlada a nuestro subconsciente. Podrían ser las excusas de un borracho, claro, pero sí que es cierto que escribir con un par de cervezas o un vaso de vino a mí me ha ayudado a superar bloqueos que ni sabía que tenía (el truco está en saber dónde parar. Escribir borracho no sirve de nada; lo suyo es encontrar ese límite justo donde la censura interna comienza a derrumbarse). Es interesante además el artículo de Friedman en cuanto habla del alcohol como de una herramienta de autoconocimiento, de acceso al verdadero yo, frente a las historias anteriores del compendio, de otras autoras, donde el alcohol tiende a aparecer como un demonio, una tentación terrible que conduce a la miseria.

Y que alguien me explique por qué en ese libro la diferencia de precio entre el papel y el ebook es de poco más de un dólar.

Lynda Barry y escribir sin pensar

Lynda Barry

No traduzco esto, lo que dice es lo de menos. Pongo esta imagen por su mero valor estético.

Ya sabéis lo que es la escritura automática o libre (no esa en la que te posee un fantasma, sino freewriting). Suele implicar una escritura rápida, sin pensar. La viñetista y escritora Lynda Barry hace uso de esa escritura al revés: condenadamente lento. Escribe sus manuscritos con pincel, casi dibujando cada palabra, obligándose a pensar y detenerse en todo lo que hace. No sé si el resultado le servirá (los críticos y lectores dicen que sí), pero el proceso es muy hermoso.

Hay mucho más; ha sido una semana intensa (y muy anglosajona, prometo traeros más textos en español para la próxima). Por ahora os dejo con esto, y ya sabéis que para más enlaces y contenidos no tenéis más que seguirme en Twitter o en Facebook.

¡Feliz fin de semana!


Imagen de chica leyendo de Igor Shin Moromisato, en Flickr.