Ya es viernes otra vez, y además seguro que estáis todos en la playa, viendo monumentos chulos, canturreando en un karaoke o salvando al mundo de una invasión tralfamadoriana (¿o tal vez eso fue ayer? ¿O mañana?).

Aun así, hago llamada a los pocos que quedéis trabajando o perdiendo el tiempo delante de la pantalla para que compartáis conmigo algunas de las cosas que he aprendido esta semana.

Y aquí los tenéis: gran parte de los recortes, literarios o no, que me han hecho pensar o disfrutar. Todo vuestros.

el poder de lo aburrido

El poder de lo aburrido, con Belmar y Clear

Isaac Belmar escribió un artículo esta semana llamado El camino a la maestría, donde habla de la importancia del trabajo constante y tedioso. Cita el libro Mastery, de George Leonard, y nos enseña cómo es el verdadero camino hacia el desarrollo superior de una habilidad:

El camino a la maestríaBelmar habla del problema de las llanuras, de ese día a día aburrido que se hace eterno. Ese es el verdadero dragón al que tenemos que vencer, para llegar a un ascenso lento pero eficiente. Concluye en su artículo:

En momentos de adversidad, mucha gente saca fuerzas y motivación. Es en los momentos iguales, es durante todo el año en el que no parece haber peligro ni premio, es cuando tiene mérito seguir haciendo cada día, sin garantías de nada ni falta que hacen.

Y esto enlaza con otro artículo que había leído de James Clear, que en su artículo Do More Of What Already Works (Haz más de lo que ya funciona), termina hablando de la importancia de las soluciones probadas, aunque sean aburridas y repetitivas:

James Clear

Por supuesto, estas respuestas son aburridas. Llegar a dominar lo básico y fundamental no es atractivo, pero funciona. No importa la tarea en la que estés trabajando, hay una lista sencilla de pasos que puedes seguir ahora mismo, fundamentos básicos de los que has sabido desde hace años, que pueden producir resultados inmediatos si los practicas de una forma más constante.

A menudo el progreso se esconde detrás de las soluciones aburridas y las percepciones poco utilizadas. No necesitas más información. No necesitas una estrategia mejor. Solo necesitas hacer más de lo que ya funciona.

Creo que los blogs son un buen ejemplo, al igual que la escritura. Queremos que miles de personas visiten nuestra página web y sabemos lo que le funciona a otros blogueros: actualizar de manera periódica, compartir en redes sociales, relacionarnos con otros blogueros, etc. Y sin embargo no lo hacemos, y seguimos a la espera de un golpe de suerte o alguna técnica nueva milagrosa. Queremos escribir un libro, pero no escribimos todos los días, y nos exasperamos cuando el libro no se acaba nunca.

También se aplica con claridad a otras ambiciones populares, como la pérdida de peso. Seguimos buscando dietas milagrosas en vez de aplicar aquello que ya sabemos que funciona, pero que nos cuesta una barbaridad, porque exige un compromiso diario. Y así todo.

Godin y el peligro del mediocre

En todas las organizaciones y entornos hay alguien así. El que quiere hacer que el producto o servicio sea más igual, más seguro, más de lo que ya tenemos. Y no por precaución, sino por un extraño rencor hacia todo lo que pueda destacar, un miedo exacerbado a salir de lo cotidiano. Todos lo hemos conocido. Es la persona que nos da patadas en la cabeza para que no subamos. El editor que no quiere arriesgarse, porque cree que todo irá bien apegándose a las fórmulas de siempre; el jefe que no quiere perder tiempo buscando soluciones más eficientes a los problemas más acuciantes; el escritor que cree que triunfará siguiendo fórmulas preconcebidas del superventas medio. Algunos incluso hemos sido esa persona en algún momento. Seth Godin describe bien aquí el pensamiento del mediocre:

Seth Godin

En representación de las masas, de los no comprometidos, de aquellos a los que les da igual todo, necesitamos hacer que esto sea menos inteligente, limar las asperezas y hacerlo más para la media. Necesitamos simplificarlo más, hacerlo banal, incluso estúpido. Si no lo hacemos, habrá quien no pille el chiste, no estará satisfecho, o peor, se quejará.

Hace unos artículos, metí un subtítulo irónico que decía “¿cómeto mogoyón de faltas?“. Fue idea de mi querido escritor-pareja, que es nueve años mayor que yo y además ha escrito mucho más libros que yo, así que tiendo a hacerle caso (excepto cuando me dice que deje de recordarle a la gente que tiene nueve años más que yo). No me fiaba de que todos los lectores lo pillaran, así que lo aclaré en el apartado correspondiente, justo debajo de ese título, para que quedara clarísimo que era una falta intencionada.

Hubo una persona que me regañó en los comentarios por escribir mogollón con y (true story).

Es imposible complacer a todo el mundo, por mucho que simplifiques y expliques y te justifiques. Siempre habrá quien lea solo por encima, quien se indigne por cosas compartidas en internet cuya fuente y origen desconoce, quien se crea las noticias del Mundo Today. Y etc.

También está la muy posible posibilidad de que metas la pata, de que te equivoques de cabo a rabo. Es el riesgo que corres.

Los artículos en los que más visitas he tenido son también los que más debates han iniciado, también aquellos donde más quejas he recibido y más comentarios indignados o perplejos en redes sociales. Y claro que también hay gente a la que no le gusta mi libro (¡inconcebible!). Ahí ya no hablamos de mediocridad ni de nada por el estilo: hablamos de que cada persona tiene un gusto diferente. E intentar complacer a todas las personas sí que es signo de mediocridad, no en el sentido chachi aristotélico, sino en el sentido moderno, desagradable.

Todos los días me repito lo mismo: no escribes para todo el mundo. Deja de intentarlo.

Hyatt y la edad ideal para emprender

Leí un artículo de Michael Hyatt hace poco acerca de la edad media de emprendedores de éxito, y la conclusión me pareció digna de mencionar aquí:

Michael Hyatt

Casi el 30% de los estadounidenses con edades entre 45 y 64 años dirigen sus propias empresas, según Scott Shane, citando números de este informe del emprendimiento global de 2011. Para personas de 34 años o menos, no llega ni al 6%.

A pesar de estos números, la gente asume que son los jóvenes los que dirigen la innovación y el crecimiento de empresas. Por esto, los inversores confían su dinero en ejecutivos sin experiencia, mientras las personas que más pueden aportar a veces dudan de que les quede algo que ofrecer.

Con 33 años, he de reconocer que me sentía mayor en esto de emprender nuevos proyectos (vale, no vamos a entrar en el problema de emprender cualquier cosa en España, que es un asunto peliagudo). Nos venden eso de que sales de la universidad (o del colegio, o el instituto, o lo que sea) y ya te comes el mundo. Cuando cerramos la editorial, pensé que ya se había acabado esto de emprender. Que había fracasado, y que eso del triunfo quedaba reservado para los jovenzuelos Zuckerberg del mundo. Pero va a ser que no. Me llevó un tiempo darme cuenta de que lo que yo contaba como fracaso era experiencia y aprendizaje, al igual que tantas otras cosas que me han salido mal y que me han traído hasta aquí. Y quién sabe lo que deparará el mañana. Todavía soy una novata, en realidad.

Altucher y tipos de persona a evitar

En un post reciente de James Altucher, di con un tipo de persona que lleva irritándome y preocupándome a partes iguales desde que me inicié en este extraño y sorprendente mundo de lo laboral y adulto. Es bonito saber que no solo me pasa a mí:

James Altucher

SIN RESPUESTAS. Solo quieres saber UNA cosa. Y la preguntas. Pero no pueden contestar. Te responden con acertijos. O con más preguntas. ¿Qué vas a hacer?

A veces piensas que tienes que ser muy educado o muy listo para conseguir una respuesta. ¿Sabes a lo que me refiero? Como si fueran a enfadarse si les haces una pregunta de la forma equivocada.

Te voy a dar una respuesta: Corre.

Esto es especialmente efectivo con comerciales, editores (por ejemplo: una de las primeras pistas de que te has encontrado con una editorial de coedición disfrazada de editorial tradicional es que responde a tus preguntas con más preguntas) y con ofertas de trabajo. Si no responden a tu primera pregunta con absoluta claridad, haz caso de Altucher y corre como alma que lleva Jorge Javier Vázquez.

Eguaras y el maligno copy-paste

Mariana Eguaras, de la que ya sabéis que soy groupie, escribió un interesante artículo acerca de cómo deben citarse y utilizarse los contenidos ajenos en blogs y webs en general:

Hay formas sutiles de reutilizar contenido ajeno: coger unos párrafos de la entrada que te gusta y desarrollarlos en tu blog; dar una opinión en tu blog sobre lo escrito por otra persona en el suyo; recuperar parte de la entrada que te gusta y “darle una vuelta” en tu blog (ejemplo). Si tanto te interesan los contenidos que encuentras en un determinada bitácora, recomiéndala (ejemplo).

De vez en cuando me llegan mensajes de blogueros y creadores de contenido que me piden permiso para incluir algo mío en boletines, ebooks, artículos, etc. De entrada no tengo ningún problema, muy al contrario; creo que todos ganamos: tú metes contenido relevante en tu texto y yo obtengo tráfico hacia mi blog. Lo que sí me produce resquemor es algo que me pasaba una y otra vez en Lecturalia, cuando determinadas webs, que se dedicaban simplemente a reutilizar contenido ajeno, llenaban sus páginas con artículos nuestros completos (y no hablo de webs desconocidas: compañeros míos lo han sufrido con grandes periódicos nacionales). Una cosa es que tengas un acuerdo de publicación concreto con alguna web o empresa, otra muy distinta es que otros se nutran de tus artículos. Y no hablo de que no cites la fuente, o que firmes un artículo ajeno con tu nombre, que eso ya es el acabóse. No se trata solo de citar la fuente y enlazarla. Se trata de entender que lo ético es redirigir el interés de tus lectores hacia esa fuente. Siempre que he traducido artículos completos de autores estadounidenses ha sido con su permiso, con la comprensión mutua de que mis lectores disfrutan del artículo porque les resulta más cómodo en español. Pero jamás se me ocurriría hacer un copy-paste de un artículo al completo en nuestra idioma, porque si mis lectores lo pueden leer entero en mi web, ¿para qué van a visitar a la fuente? Y es la fuente la que ha hecho todo el trabajo.

Aparte de lo que ya hemos citado, me quedo con el método más común, que recomienda Mariana:

En estos casos solicito un requisito —uno solo—: que no se copie el contenido íntegro (un corta-pega “a saco”) sino que se extraiga la primera parte del texto y se coloque un enlace hacia mi entrada del estilo “Seguir leyendo”.

 Jon Acuff y la otra fase del miedo

El escritor Jon Acuff dice que en el miedo hay dos fases, y que la gente suele olvidarse de la segunda:

Jon Acuff

Ese paso es crítico. Tienes que hacer esa cosa, sí, pero en realidad hay dos pasos dentro de la valentía:

1. Hacerlo.

2. Decirle a la gente que lo has hecho.

Si ese segundo paso te parece fácil, es que nunca has creado algo que fuera realmente importante para ti. No puedo explicarlo, pero cuanto más importante algo es para ti, más cuesta hablarle a los demás de ello.

Oh, sí, Acuff, oh, sí. Puedes estar muy orgulloso de algo, y lo enseñas al mundo. Y el mundo te dice que está genial, y te das cuenta de que el mundo se compone de tu familia y dos amigos y el gato. Y entonces haces otra cosa, y lo enseñas a más gente. Y viene alguien y te dice que bueno, que se puede mejorar. Eso es duro. Pero entonces haces algo que hace que tiembles, algo que hace que tu corazón lata mucho más deprisa. Y se lo enseñas a mucha más gente y sabes, porque es así, lo sabes, que alguien vendrá y te dirá que lo que has hecho es una mierda gigante.

Intenta volver a enseñar algo por lo que realmente te emocionas. Siente el miedo.

Sabes que te van a destrozar. Pero ahí, ahí está la valentía de verdad.

 


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