Hoy es 1 de diciembre de 2015 y hace exactamente 1095 días que empecé a escribir.

En realidad miento un poco. Escribía desde mucho antes. Lo preciso sería decir que hace 1095 días que empecé a escribir a diario. A tomarme en serio esto de juntar letras. Tres años de hábito.

El otro día leí un esquema que hizo James Altucher basado en todas las personas que había entrevistado en su podcast. Según Altucher, estas personas, todas ellas muy destacadas en sus campos, tenían un camino en común, un camino entregado a un enfoque, a una meta, en el que solía darse este proceso (que he adaptado aquí para nosotros los escritores):

  • Año 1: El primer año. Es tiempo de leer mucho sobre tu oficio y de experimentar con plataformas, de escribir y aprender.
  • Año 2: Practicas a diario, sacas tiempo de donde no lo hay para escribir, leer y comunicarte con otros. Empiezas a reconocer qué personas son influyentes en las esferas que te interesan y a cuáles admiras. Empiezas a hacer contactos y a entender cómo funciona realmente el negocio (para bien o para mal, y es importante aceptar la parte mala).
  • Año 3: Empiezas a ser bueno en lo tuyo. Si has sido persistente y tienes metas claras en mente, aquí ya tienes un seguimiento bola de nieve y tienes ya algún libro o publicación en el mercado. Probablemente es malo y vende poco. No importa.
  • Año 4: Ya obtienes ingresos de aquello que estás haciendo o de actividades relacionadas. Sigues escribiendo, publicando y relacionándote con personas de todas las esferas (insistamos aquí en la importancia de los sistemas abiertos).
  • Año 5: Aquí ya tendrías que haber alcanzado alguna de tus metas importantes.

Obviamente este esquema no es universal y varía mucho según el sector. Pero creo que es interesante para hacernos una idea de cómo aquellos a los que admiramos o aquellos que tienen éxito en su sector pueden llegar a coincidir en mapas de este tipo. Y que es raro que algo de verdadera importancia se consiga en menos de cinco años.

Creo que estoy en ese segundo año, intentando poner un pie en el tercero. Llevo tres años sin parar de escribir, pero solo dos con una obcecación malsana, con la vista puesta en el premio, saliendo constantemente de mi comodidad personal, de mi área de conocimiento y tolerancia, para intentar meter la patita en el siguiente nivel de este gran juego que podríamos llamar The Writing Life: Special Edition.

¿Pero por qué empecé este desafío?

El primer par de años escribía un mínimo de 200 palabras de ficción. Luego fui subiendo las cantidades y me encontré con un efecto embudo: muchas palabras escritas y sin tiempo para corregirlas. Así que reduje esas 200. Ya no hay mínimo, siempre que escriba. Mi condición, simplemente, es escribir antes de que empiece el nuevo día. El miedo a romper la racha es grande.

Empecé porque quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo. No hacía más que empezar proyectos, desafíos y dejarlos a medias. Sabía que si podía con esto, podría con otras cosas. Escribir 200 palabras de ficción al día suena fácil, pero cuando llegan las once de la noche y acabas de terminar de trabajar, lo último que te apetece es ponerte a largar cuento, novela o poesía.

Empecé porque quería enfocar, concentrarme, dejar de dar saltos de un lado a otro y seguir con algo durante el suficiente tiempo como para ver si era lo mío.

Las condiciones cambian. Durante dos años fueron 200 palabras de ficción. Luego fueron menos palabras, para intentar compatibilizarlas con todas las que escribía para el blog, pero seguían siendo de ficción. Ahora que estaré metida en un proyecto de ensayo un par de meses más, sospecho que tendré que concentrarme en palabras de no ficción. Pero seguiré escribiendo todos los días. No me imagino cómo sería no hacerlo.

Lo cual me lleva a la primera lección aprendida, la primera en esta lista que os presento.

Estas son las cosas que yo he aprendido del acto de escribir todos los días durante tres años, sin faltar una sola vez a la cita. Probablemente vosotros no necesitéis enfocar vuestra escritura de esa manera, y seguramente vuestras experiencias serán muy diferentes, pero tal vez esto puede empezar a expresar por qué una acción tan sencilla ha cambiado mi vida entera.

1095 días de escritura

1. Da igual lo que elijas hacer. Lo importante es hacerlo

Algo que he aprendido es que dedicarte a algo con pasión suele implicar tener que dejar otras cosas de lado. ¿Podría haberme dedicado a otras ocupaciones, a otras habilidades? Quién sabe. Ni me lo planteo. He elegido.

En el fondo, podría haber sido cualquier otra cosa. No sé si estamos predestinados a dedicarnos a algo en concreto; no me gusta esa noción de que todos nacemos para algo. Un amigo me dijo una vez algo muy curioso: que no había una media naranja, una pareja perfecta. Que los mismos problemas que tuvieras con una persona podrías acabar teniéndolos con otra. Que las razones para estar con alguien cambiaban con el tiempo. Venía a decir que, a efectos prácticos (y evitando, claro, salir con psicópatas), a la larga daba igual estar con una persona u otra. Pero que tenías que elegir y entregarte, en vez de pensar en todos esos “y si” que nos paralizan tan a menudo.

Podría ser una comparación útil: elige y entrégate. En el fondo, si no haces daño a nadie, no importa a qué. Es tu determinación la que te llevará lejos, no tu talento. Si tienes talento, enhorabuena, claro. Pero no es lo más importante.

2. Dale a tu público lo que quiere

Si quieres vender, mira quién está vendiendo y haz lo mismo que ellos. Si quieres escribir bien, mira quién está escribiendo bien y haz lo mismo que ellos. No digo que copies ni escribas libros iguales que los suyos. Solo digo que te fijes un poco en lo que funciona en tu sector y en lo que no. No vivas del bonito sueño de que escribirás algo genial en apenas un par de años y de que el mundo vendrá a recompensarte por tu esfuerzo con montañas de dinero. Escribir la obra es solo el principio.

Busca a tu público. No vendas lo que tú quieres venderle a personas a quienes no les interesa ese producto. No creas que tú puedes convencer al mundo entero de que tienen que comprarte por amor, generosidad o pena. No sé por qué a veces tenemos (tengo) la venda puesta en los ojos. No esperes aplausos de un público de fantasía por tu novela de romántica. El mercado es el que es.

3. Las oportunidades están en los sitios más inesperados

Tener la mente abierta y flexible puede traerte toda una serie de oportunidades que no te habrías planteado (tener el cuerpo abierto y flexible, también, pero en eso tengo menos experiencia). Lo bueno de tener el blog es que he podido ir probando con diferentes servicios para escritores para ver cuáles encajaban mejor conmigo (y cuáles eran rentables, claro). Y el blog revivió, arrancó con una nueva mentalidad de determinación que llegó cuando me di cuenta de que podía conseguir esas pequeñas metas que me proponía. No sabéis lo que anima conseguir algo tan aparentemente sencillo como escribir 30 días seguidos. Y luego 30 más. Y otros 30.

Estar en contacto con muchas otras personas del mundillo (tanto de la escritura como del blogging) me ha servido para empezar a hacer cosas muy divertidas que me han abierto nuevos caminos. Muchos de los proyectos que tengo apalabrados para el año que viene se corresponden con aventuras que no habría imaginado cuando empecé a escribir.

Todo esto se relaciona con otra idea importante: no hay un camino único para llegar a donde quieres llegar. Incluso puede que descubras que te apetece llegar más ahora a otro sitio, que parece que brilla más el sol y todo está más calentito. Nuestros gustos cambian, nuestras opiniones y perspectivas también. Y no hay una vía única. No te preocupes si de repente te das cuenta de que lo tuyo es montar a caballo desnudo con tu larga melena negra ondeando al viento mientras entonas temazos de Mago de Oz.

Se te pasará, porque a quién se le ocurre.

4. Un trabajo mínimo se acumula si se hace a diario

Aunque me gustan las maratones de escritura, la disciplina necesaria para sentarse a llevarlas a cabo viene de esa obligación de escritura diaria.

“Bah, pero qué chorrada” —pensará alguno que me lea en estos momentos, porque ya sabéis que la telepatía es lo mío—. “Escribir 200 palabras al día… eso está chupado. 1095 días de escritura. Puede hacerlo cualquiera”.

Y sin embargo, siempre que he llevado grupos de escritura de un tipo u otro, resultaba muy difícil para los participantes. La vida se mete por medio. Hay días malos, días cansados, días en los que parece que se nos caerá el cielo encima. Todos quieren empezar escribiendo 2000 palabras diarias. Y luego muchos prefieren abandonar antes que limitarlas a 100.

200 palabras al día son una novela en un año. ¡Una novela! Y conseguir superar esa pequeña meta diaria te da confianza para alcanzar otras, mucho más difíciles.

Intenta hacer algo todos los días. Solo hacen falta veinte minutos. Intenta elegir algo que normalmente no harías a diario. Algo que pueda acumularse y traerte sorpresa tras sorpresa.

Algo que pueda hacerte feliz.

A mí me ha funcionado.

5. Nada es tan valioso como tu tiempo

Muchos días tenía que sacar minutos de donde no había para poder escribir. Lo ideal era hacerlo a primera hora: era la tarea que había elegido como más importante y por ello era mejor escribir antes de quedarme sin fuerza de voluntad, antes de que vinieran otras tareas a robarme energía mental, a distraerme.

Pero no siempre se puede. Hay mil proyectos, mil artículos de blog, mil libros que leer, mil correos que contestar y… ¿dónde se fue el día?

Cuando son las diez de la noche, llevas en pie desde las seis de la mañana y tienes una migraña, una parte de ti se pregunta por qué ha perdido dos horas intentando resolver un problema que nada tenía que ver contigo. Por qué ha dedicado sesenta minutos a esa discusión de Facebook donde lo único que parece importar es descubrir quién es más listo. Por qué enviaste un email interminable a alguien que rogaba desesperadamente tu ayuda pero de quien nunca volverás a saber nada.

De vez en cuando alguien me dice que debo quedar con él o ella o quién sabe (no sé, igual era un tigre siberiano, un árbol o una tetera) para responder a todas sus preguntas vitales. En persona (o tigre, o árbol o tetera).

Nop. Tengo que escribir.

6. Solo puede quedar uno en la economía de la atención

Bueno, eso no es cierto. Pueden quedar varios. Pero la lucha será encarnizada en cuanto tú, querido lector/consumidor, mires en esta dirección.

El usuario medio de Internet apenas pasa más de unos segundos en cada página que visita. O le ofreces algo que enganche o se marchará enseguida. Escribir y escribir y escribir (y publicar) me enseñó que al lector hay que agarrarlo por las gónadas (¡lo siento, nunca quise haceros daño ahí abajo!). El perfil del lector medio de novela cada vez está más unido al del usuario de Internet: cada vez cuesta más llamar su atención, cada vez es más difícil ese clic de conversión a ventas. Ya sabéis, ventas. Esas cosas despiadadas y traicioneras con las que nos alimentamos los que escribimos: esas metas rastreras por las que os ofrecemos tanto material gratuito (y pedazos enteros de nuestro cuerpo y alma).

Lo del cuerpo no es coña. ¿Veis esta vértebra jodida? ¿La veis?

*enseña radiografía*

Ay. Esa vértebra es vuestra.

7. El pecado no es hacer algo transgresor, sino algo aburrido

Tendemos a pensar que juntar palabras puede ser un acto de revolución. Sin duda lo es. La contracultura también nace en los libros.

Puedes contar la historia más revolucionaria del mundo. Pero ya puede ser bella, ya puede ser gloriosa, ya puede ser, ante todo, divertida. Tienes que hacernos llorar y reír a la vez hasta que nos salgan los mocos por las orejas. Si no, toda tu transgresión, tu supuesta contracultura, puede quedarse en un leve encogimiento de hombros.

Del mismo modo, puedes crear la obra de arte más hermosa y perfecta del mundo. Vas a necesitar un buen community manager para que salga del salón de tu casa.

Cuanto más intento aprender a escribir más aprendo también a escribir para los demás. Esto no lo digo en el sentido negativo. Sigo escribiendo para mí, más que nunca. Pero al fin he entendido (espero), que nadie va a leerme por mi cara bonita, por mucho que me haga los selfies en contrapicado. Puedes transgredir, puedes revolucionar, puedes hacer Arte, con mayúscula, pero juntar esas miles de palabras no te sirve de nada si no sabes contarle al mundo dónde está la transgresión y dónde está el Arte.

No os importa que yo llore o ría. Lo que os importa es que os haga llorar o reír a vosotros.

Esta lección creo que es la más dura, por lo menos para mí.

8. El mejor marketing sirve de poco con un mal contenido

Dicho todo lo del punto 7, no sirve de nada saber venderse si vendes porquería. Hay porquería que se vende con buen mercadeo, porque es una porquería relativa, de esa que nos da a todos un poco de urticaria pero que sabe apelar a ciertas emociones e intrigas del ser humano. Pero hay mucha más porquería que no se vende ni con todas las agencias de publicidad del multiverso.

Escribir mucho hace que escribas mejor, sobre todo si lo acompañas de la teoría correspondiente y de una concienzuda lectura de los grandes.

Escribe mejor, para que cuando tengas algunas de esas sinopsis ridículas de contraportada que digan cosas como “viene a revolucionar el mundo de la romántica” o “llega a abanderar el género negro” o “una novela de fantasía que no te dejará indiferente”, el lector pueda decir: “Madre mía, por una vez esto era cierto”.

9. Los gatekeepers pueden ser vencidos

Esa es otra de esas palabras inglesas tan de moda ahora. Gatekeeper es, literalmente, el que guarda una puerta o entrada. Tradicionalmente se ha llamado así a los que procuraban los filtros editoriales: lectores profesionales, editores, críticos.

gatekeeper

Imagen de un gatekeeper medio. Que su imagen mona y adorable no os confunda. Si veis a uno, evitad hacer contacto visual y alejaos con pasos lentos y seguros, con vuestro manuscrito a buen recaudo. En caso de ataque, podéis intentar una maniobra de distracción arrojándole un vial con lágrimas de autores noveles. Suerte.

Con la autoedición y la hibridación de la industria editorial, estos guardianes ya no tienen el poder de antaño. Ya no son los que determinan si podemos cruzar o no esas puertas hacia la publicación.

¿Eso es bueno? Por un lado, sí. Por otro significa que entrar en Amazon es encontrar un montón de productos de dudoso contenido, sin información nutricional. El otro día alguien lo asemejaba a un gran supermercado, por aquello del escaparate inmenso que ofrece. Puede que sea más como una gran tienda del todo a cien donde nada ha pasado las regulaciones de la Comunidad Europea.

Lo bueno, claro, es que en esta tienda de todo a cien particular se esconden diamantes magníficos.

¿Nadie quiere publicar tu libro? “No es el momento para un libro así”; “no tenemos espacio para esto ahora mismo en nuestra colección” o “el dinoporno no vende” son todas frases que podrían ser muy ciertas o podrían ser simples formas de decir “nadie quiere leer tus textos repugnantes sobre damiselas en apuros y velocirraptores”. No te preocupes, puedes seguir buscando o puedes guisártelo tú mismo. Es tu decisión.

¿Para qué pasar años saltando de editorial en editorial buscando quien me publicara un libro de relatos, por ejemplo? Qué pereza.

10. Lo que se tira a la basura también es importante

Habréis oído mil veces eso de recorta, edita, mata a tus cariños y etc.

No es un mal consejo. Una de las partes fundamentales de entender que también escribes para otros es saber sacrificar los veintiocho adjetivos que pensabas que quedaban fenomenal en esa escena de sexo wookie.

No te lamentes de lo que recortas, no lamentes lo que tiras. Todas esas palabras de pura bazofia eran las que te tenías que quitar de encima para poder escribir ambrosía pura. Lamenta lo que no has escrito todavía: la ambrosía llegará cuando hayas recortado suficiente basura.

En esta misma línea, creo que es importante saber dejar ir a los polluelos del pasado, que vayan volando del nido. ¿Malas reseñas de tu novela, escasa aceptación? ¿Y? ¡Puedes escribir otra!

Los libros del pasado ya no son tuyos, son de tus lectores y de esa señora tan agradable que te sonríe en la carnicería de tu barrio pero luego siempre te pone un 1 en Goodreads.

11. Musas, qué musas

Cuando escribes a diario se te olvida pronto qué es eso de las musas. A mí la mejor inspiración me viene cuando llevo más de una hora escribiendo sin parar. Flow y creatividad y todo lo necesario: pero para eso tiene que estar el culo en la butaca del ordenador.

Y cuando escribes a diario, el cerebro está atento, siempre receptivo, y la inspiración está en todas partes. Os lo prometo. Anoche tuve una pesadilla horrible. No puedo ni contaros por qué era tan horrible; era un concepto muy extraño, casi lovecraftiano. De esas pesadillas que abres los ojos y ves parpadear la luz del módem y canturreas “ya están aquíii” y te preguntas si esa sombra tan rara de la esquina estaba ahí antes de que te metieras en la cama. Por supuesto encendí la luz y corrí a apuntar como pude la pesadilla para poder usarla en una historia.

Y apagué la luz y me volví a dormir.

Está bien, está bien. Lo confieso. Dejé la luz encendida. Por si acaso.

12. Los demás tienen derecho a opinar, pero tú tienes derecho a seguir escribiendo

Cuando empiezo a escribir, me tiemblan un poco los dedos. ¿Cómo puedo atreverme siquiera a decir lo que pienso, a intentar que me lean? ¿Y si tienen razón las personas a las que no gusto o a las que… dioses… les soy indiferente? Luego me pierdo en mi propio mundo de locuras y tonterías y metatexto y los dedos ya no tiemblan, y soy muy feliz (hasta el encuentro con la próxima persona que considere que no valgo para esto). La costumbre de escribir todos los días hace que escribas pase lo que pase, estés contenta, insegura, satisfecha, ansiosa o despedazada por algún lector hambriento de sangre y tiernas vísceras de autora sensible.

Admitámoslo, nada de lo que hagamos va a gustar a todo el mundo. Imagino que si gustase a todo el mundo, habría que preocuparse. Ni siquiera la tarta de queso le gusta a todo el mundo.

Qué digo. Ni siquiera el QUESO le gusta a todo el mundo.

(Breve interrupción para que Gabriella fantasee con una fondue gigante y una tabla variada e internacional de un par de metros de diámetro).

Lo bueno de escribir a diario, ya lo hemos dicho, es que acumulas muchas palabras y que además vas mejorando. Y conviene enseñarle al mundo algo de lo que hagas, por aquello de que el feedback y las reseñas y opiniones pueden ayudarte a entender qué puedes hacer para ser mejor.

Siempre va a haber gente que opine que no deberías ni salir a la calle si no llevas puestos los zapatos de tacón, la melena sin un pelo fuera de su sitio y las uñas de colorines a juego con el traje de Chanel. También habrá quien critique que lleves zapatos de tacón o quien te diga que te queda mejor el pelo alborotado y las medias de color.

Del mismo modo, hay quien cree que la meta última del escritor es dedicar veinte años de su vida a escribir la obra perfecta. Claro que es difícil escribir la obra perfecta en veinte años, porque pasas mucho tiempo corrigiendo y editando cuando podrías estar avanzando a pasos agigantados escuchando qué tienen que decir tus lectores, saliendo de esa burbuja de escritura igualada en la que nos encerramos a veces los que escribimos. A algunos escritores les ha funcionado aquello de dedicar veinte años a la obra perfecta, pero por lo general el resto necesitamos que venga alguien de vez en cuando a reventar la burbuja y hacer que nos esforcemos por evolucionar.

Lo importante es recordar que no importa cuántas veces te revienten la burbuja, todos tenemos jabón para hacernos otra.

Y esa es, posiblemente, la peor comparación que yo haya hecho en este blog jamás.

Menos mal que estáis todos ahí fuera para decírmelo.

13. Todo lleva mucho más tiempo del que crees

Puede que alguno de vosotros esté hoy especialmente aburrido y se haya puesto a echar cuentas y me diga: “Pero, Gabriella, si llevas tres años escribiendo a diario palabras de ficción, cómo es que solo tienes una novela (de la cual tú solo has escrito la mitad de las palabras, además) y un libro de relatos en el mercado? ¡Has escrito muchas palabras!”.

Ya he dicho antes que muchas palabras van a la basura, jopelines, que es que no me leéis con atención. Pero si apunto esta pregunta hipotética es porque todo autor sabe la de proyectos paralizados que pueden darse y la de libros que viven en el limbo de las respuestas editoriales.

Sí, esto lleva mucho tiempo. Todo el mundo editorial es lentísimo, por muchas razones, y ese es parte del atractivo de la autoedición. Puedes tener una obra maquetada, corregida y lista para publicación en mucho menos tiempo (otra cosa es que la tengas bien maquetada, corregida y lista, pero para entrar en ese agujero de fango y recriminaciones mejor montamos un blog aparte). No solemos asumir esto: nos desesperamos por tener que esperar respuestas editoriales, fallos de concursos, opiniones de nuestros lectores cero y etc.

Escribir todos los días te da una sensación más real del progreso. Puede que tarde mucho en ver mi novela en la calle, pero como estoy trabajando mientras en otra cosa, ¿qué importa? Puede que mi tratado sobre la conspiración que se esconde tras las señoras que se cuelan siempre en el Mercadona nunca vea la luz (y puede, solo puede, que la industria editorial no esté preparada para la combinación aterradora de Illuminati, homeópatas y hombres-lagarto que se nos viene encima). Pero mientras siempre puedo trabajar en mi libro de canciones tradicionales vikingas para niños. ¡La gloria me espera!

Creo que la escritura a diario me ha ayudado a mirar más hacia adelante. Y aunque he insistido en esas palabras de ficción, tengo muy claro que el blog y sus actualizaciones periódicas me han enseñado también unas cuantas lecciones muy valiosas.

Pero eso será para otro artículo. Esto tiene que acabar en algún momento.

14. Escribir es un trabajo solitario, Pero no tenemos que hacerlo solos

Nada puede sustituir a esa relación especial y única entre tú y tu hoja en blanco. Escribir es algo solitario.

Pero la buena noticia es que no tienes que luchar con ella totalmente solo.

Muchos escribimos, tal vez demasiados. Muchos sabemos a lo que nos enfrentamos, lo que hemos sacrificado para poder dedicar a esto nuestro tiempo y esfuerzo. Muchas veces nos preguntamos si merece la pena. Estos tres años me han enseñado algo importante: no estamos solos. Olvidar las comparaciones (o por lo menos intentarlo) es lo mejor que he hecho desde que decidí concentrarme en mi propia escritura y que los demás se ocupasen de lo suyo. Por el camino he descubierto que donde antes solo veía competidores ahora veo compañeros; donde antes solo veía a personas que disfrutaban de un éxito injusto ahora veo a personas trabajadoras, espabiladas e inteligentes.

Por supuesto que hay idiotas. De eso hay en todos lados.

Y quejicas. ¿Por qué hay tantos escritores quejicas? ¿Creen que harán más amigos? ¿Que los lectores les comprarán por pena o empatía hacia su indignación, su rabia? Lo digo porque yo también he sido una escritora quejica. A veces todavía lo soy.

Porque alguien haya publicado más y mejor que tú no significa que sea idiota. Significa, tal vez, que va más avanzado en el mapa del que hablábamos al principio. O que haya estudiado mejor las posibilidades de su sector, de su público, que haya analizado a su competencia en vez de escupirles con el ceño fruncido.

O que sea idiota, sí. También pasa.

Pero ese es su problema. El tuyo es escribir. Más y mejor.

No sé si querrás escribir 1095 días o si te traerá lecciones parecidas a las mías. Dejemos las excusas para otro día, analicemos las razones reales detrás de la sensación de días que pasan vacíos, sin andar en ninguna dirección.

Creo que eso es lo mejor que ha salido de estos tres años. La sensación de enfoque, de saber hacia dónde ando. No tengo ni idea de qué está hecho ese horizonte, pero os prometo que pienso averiguarlo.

Si está hecho de queso, traed uvas, apio y galletitas sin gluten.

Fiesta en mi casa, dentro de dos años.

 


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