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14 lecciones que he aprendido en 1095 días de escritura

diciembre 1, 2015 — by Gabriella38

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Hoy es 1 de diciembre de 2015 y hace exactamente 1095 días que empecé a escribir.

En realidad miento un poco. Escribía desde mucho antes. Lo preciso sería decir que hace 1095 días que empecé a escribir a diario. A tomarme en serio esto de juntar letras. Tres años de hábito.

El otro día leí un esquema que hizo James Altucher basado en todas las personas que había entrevistado en su podcast. Según Altucher, estas personas, todas ellas muy destacadas en sus campos, tenían un camino en común, un camino entregado a un enfoque, a una meta, en el que solía darse este proceso (que he adaptado aquí para nosotros los escritores):

  • Año 1: El primer año. Es tiempo de leer mucho sobre tu oficio y de experimentar con plataformas, de escribir y aprender.
  • Año 2: Practicas a diario, sacas tiempo de donde no lo hay para escribir, leer y comunicarte con otros. Empiezas a reconocer qué personas son influyentes en las esferas que te interesan y a cuáles admiras. Empiezas a hacer contactos y a entender cómo funciona realmente el negocio (para bien o para mal, y es importante aceptar la parte mala).
  • Año 3: Empiezas a ser bueno en lo tuyo. Si has sido persistente y tienes metas claras en mente, aquí ya tienes un seguimiento bola de nieve y tienes ya algún libro o publicación en el mercado. Probablemente es malo y vende poco. No importa.
  • Año 4: Ya obtienes ingresos de aquello que estás haciendo o de actividades relacionadas. Sigues escribiendo, publicando y relacionándote con personas de todas las esferas (insistamos aquí en la importancia de los sistemas abiertos).
  • Año 5: Aquí ya tendrías que haber alcanzado alguna de tus metas importantes.

Obviamente este esquema no es universal y varía mucho según el sector. Pero creo que es interesante para hacernos una idea de cómo aquellos a los que admiramos o aquellos que tienen éxito en su sector pueden llegar a coincidir en mapas de este tipo. Y que es raro que algo de verdadera importancia se consiga en menos de cinco años.

Creo que estoy en ese segundo año, intentando poner un pie en el tercero. Llevo tres años sin parar de escribir, pero solo dos con una obcecación malsana, con la vista puesta en el premio, saliendo constantemente de mi comodidad personal, de mi área de conocimiento y tolerancia, para intentar meter la patita en el siguiente nivel de este gran juego que podríamos llamar The Writing Life: Special Edition.

¿Pero por qué empecé este desafío?

El primer par de años escribía un mínimo de 200 palabras de ficción. Luego fui subiendo las cantidades y me encontré con un efecto embudo: muchas palabras escritas y sin tiempo para corregirlas. Así que reduje esas 200. Ya no hay mínimo, siempre que escriba. Mi condición, simplemente, es escribir antes de que empiece el nuevo día. El miedo a romper la racha es grande.

Empecé porque quería demostrarme a mí misma que podía hacerlo. No hacía más que empezar proyectos, desafíos y dejarlos a medias. Sabía que si podía con esto, podría con otras cosas. Escribir 200 palabras de ficción al día suena fácil, pero cuando llegan las once de la noche y acabas de terminar de trabajar, lo último que te apetece es ponerte a largar cuento, novela o poesía.

Empecé porque quería enfocar, concentrarme, dejar de dar saltos de un lado a otro y seguir con algo durante el suficiente tiempo como para ver si era lo mío.

Las condiciones cambian. Durante dos años fueron 200 palabras de ficción. Luego fueron menos palabras, para intentar compatibilizarlas con todas las que escribía para el blog, pero seguían siendo de ficción. Ahora que estaré metida en un proyecto de ensayo un par de meses más, sospecho que tendré que concentrarme en palabras de no ficción. Pero seguiré escribiendo todos los días. No me imagino cómo sería no hacerlo.

Lo cual me lleva a la primera lección aprendida, la primera en esta lista que os presento.

Estas son las cosas que yo he aprendido del acto de escribir todos los días durante tres años, sin faltar una sola vez a la cita. Probablemente vosotros no necesitéis enfocar vuestra escritura de esa manera, y seguramente vuestras experiencias serán muy diferentes, pero tal vez esto puede empezar a expresar por qué una acción tan sencilla ha cambiado mi vida entera.

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Cómo hacer “networking” leyendo un artículo al día (y otros recortes literarios)

octubre 23, 2015 — by Gabriella35

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Networking.

Net (red) + working (trabajar/trabajando). Trabajarse una red.

Uf.

Siempre me suena a gente que se cuela por tu ventana por la noche para robarte el móvil y quedarse con tu agenda de contactos.

¿O eso son vampiros? Nunca me acuerdo.

Me suena a gente que me agrega a LinkedIn para poder llegar a gente a la que tengo agregada en LinkedIn.

¿Malo? No. Pero siempre me hace sentirme un poco… objeto. Como si solo fuera un medio para un fin. Como la chica a la que se le acerca el chico más guapo del baile y se ilusiona y solo era para preguntarle el nombre de su amiga. Aunque esa comparación no es aplicable porque nunca he sido de chicos guapos en los bailes y a mí me encanta decir los nombres de mis amigas, que suelen ser bonitos y te bailan mejor en la lengua que el guapo este pesao. Pero en mi cabeza sonaba bien.

Es fácil volverse un poco paranoica. Alguien te dice que le encanta tu blog y que eres lo mejor que existe bajo el sol desde que murió Freddie Mercury. En un 99% de los casos, el siguiente párrafo empieza con “quiero pedirte un favor”. Eso es algo que nunca te cuentan del blogging, por cierto. Que cuanta más gente te lea más gente te va a pedir favores. Algunos son favores muy chulos, otras veces no. Os creéis que todo esto es jauja y champán y fiestas orgiásticas en castillos escoceses, pero no.

En el 1% de los casos, el segundo párrafo empieza con “he hecho esto para ti”. Esa es la gente de quien suelo acordarme. Esa es la gente a la que intento echarle una mano, si puedo, aunque no me pida nada. La gente que te escribe cosas bonitas y te cuenta cómo les ha afectado algo que has dicho, o cómo han recomendado tu libro a sus amigos.

Eso es networking, amigos. Ser ese 1%.

¿Quieres que alguien con seguimiento comparta tu material? Más te vale que sea bueno, lo primero y más te vale compartir sus cosas, mencionarlo en tus artículos, lo segundo. Y aun así debes entender que esa persona no te debe nada ni tiene ninguna obligación contigo.

Se puede, además, hacer networking del bueno aprendiendo e inspirándose al mismo tiempo. ¿Cómo?, me preguntaréis, porque sois muy preguntones y es una de las cosas que más me gusta de vosotros (eso y vuestro cabello dorado, ondeando al viento, vuestros erguidos pechos y enhiestas figuras que me ciegan con su perfección y brillantez).

Para ello recurro a Altucher. Otra vez, sí. Tú no tienes ni idea de ello, Altucher, pero en España hay una bloguera/escritora/mercenaria de las letras muy pesada que no hace más que citarte porque, qué diantres, a veces dices cosas muy buenas.

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5 consejos de Picasso para afrontar el NaNoWriMo

octubre 13, 2015 — by Gabriella19

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Os habréis dado cuenta de que no siempre hablo de lo que sé.

Con hablar de lo que sé me refiero a hablar de lo que conozco empíricamente. De lo que he probado en mis carnes.

Muchas veces hablo de aquello con lo que he experimentado y os cuento lo que me ha funcionado y lo que no. Otras prefiero hablaros de lo que opinan y piensan personas mucho más inteligentes y con mucha más experiencia que yo.

Hoy voy a hablar un poco del NaNoWriMo, aunque nunca he participado en él. Así es, voy con el disclaimer por delante. Voy a hablar de lo que no tengo conocimiento real.

Pero algo sí sé del NaNoWriMo. Que nos presenta una pregunta conflictiva: ¿calidad o cantidad?

¿Puedes escribir 50000 palabras en un mes?

Por si acabáis de llegar de un viaje interestelar en busca de vida en otros planetas que ha durado quince o dieciséis años, os explico que el NaNoWriMo (National Novel Writing Month) es una iniciativa internacional y anual que desafía a sus participantes a escribir una novela en un mes (concretamente, el mes de noviembre).

¡Una novela en un mes!

Vale, es una novela más bien corta, de 50000 palabras. Aun así, ¡eso son 1666,666666666667 palabras al día! ¿Eres capaz de escribir tantas palabras al día?

Resulta que hay muchísima gente que sí. Termina el mes con una familia que ya no le habla, ojeras del color de las más lindas ciruelas y un orgulloso diploma imprimible con el que presumir ante sus amigos, que tenderán a mirar hacia otro lado y preguntar si pueden irse ya, que hay que acostar al perro y pasear a los niños. Bromas aparte: hay muchos escritores, entregados o aficionados, que obtienen una sensación de satisfacción más que merecida al conseguir algo que, reconozcámoslo, es harto difícil.

El problema, claro, viene después.

Uno de los lemas del NaNoWriMo es The world needs your novel. El mundo necesita tu novela.

¿Pero es verdad eso? En su web, me parece entender que el año pasado 325142 personas terminaron su novela.

Ya estoy viendo a los editores, llevándose las manos a la cabeza con la entrada imparable de manuscritos de 50000+ palabras sin revisar a sus oficinas. Y es que ese es el caso: muchos participantes de iniciativas como estas creen que solo hay que escribir, poner las palabras sobre el papel. Que la revisión la haga otro.

Creo que esa es la mayor crítica que recibe, año tras año, este mes que se acerca, este noviembre de escribir novela.

Es una crítica a tener en cuenta, aunque también es cierto que no es aplicable a todos los participantes. Por lo menos 250 personas que escribieron una novela en noviembre del 2014 pudieron editarla lo suficiente como para convertirla en algo comestible (ahí tenemos el Wool de Hugh Hewey o The Night Circus de Erin Morgenstein, por ejemplo).

Mi crítica no es esa.

Mi crítica es la siguiente:

¿Por qué solo noviembre?

El poder de la cantidad

Fenómenos como el NaNoWriMo son incentivos excelentes para que la gente se ponga a escribir en serio. No sé si obligarte a hacer casi 1667 palabras al día es la mejor forma de implementar un hábito (es mucho más eficiente comenzar con un mínimo muy bajo), pero si consigues seguir escribiendo a diario después de esa experiencia, habrá merecido muchísimo la pena, salga lo que salga de tu boli, disco duro o herramienta de transcripción mental (¿podemos inventar eso ya, por favor?).

Por desgracia, muchos “autores” se dan ese banquete de escritura y luego la abandonan el resto del año. Apartan tiempo para conseguir escribir solo un mes, y muchos ni siquiera se molestan en seguir trabajando aquellas 50000 palabras. Puedes dedicar el resto del año a la revisión, a buscar editorial y etc., pero olvidas algo importante: la escritura es una habilidad y, como tal, debe practicarse. Darte el atracón de escritura una vez al año podría ser, creo yo, el equivalente a correr una maratón de treinta kilómetros y no volver a correr en todo el año. No te va a salir demasiado bien la siguiente maratón, no. Del mismo modo que necesitas ejercitar y preparar a tu cuerpo para aumentar su fuerza, resistencia, velocidad y etc., la escritura es una habilidad que necesita de refuerzo.

Podemos poner ejemplos de autores que escribían un mes al año, del tirón. Y etc. Claro que hay genios, siempre los ha habido. ¿Eres tú uno de ellos?

(Si crees que lo eres, puede que tengas razón. Pero también puedes estar sufriendo el efecto Dunning-Kruger).

Si realmente quieres mejorar como escritor, tienes que escribir un montón. Una pechá. Una jartá. Un huevo, incluso.

Ya os hablé del famoso experimento de las clases de cerámica. Me cito aquí a mí misma:

Va de un profesor de cerámica que dividió a su clase en dos grupos. Todos los que estaban a la izquierda del taller recibirían sus notas basadas en la cantidad de piezas que produjeran; todos los de la derecha las recibirían según la calidad de su obra. Su procedimiento era sencillo: el último día de clase pesaría las piezas de los alumnos del grupo de la izquierda: si había cincuenta libras de peso en obras les daría un sobresaliente, cuarenta libras tendrían un notable, y etc. Sin embargo, aquellos a los que se calificaba por calidad tenían que producir una sola pieza, que debía ser perfecta para obtener la nota máxima.

Cuando llegó el día de poner las notas, ocurrió algo muy curioso: ¡las obras de mayor calidad las habían producido los del grupo a los que se calificaba por peso! Parece ser que mientras los del grupo calificado por cantidad/peso estaban ocupados haciendo un montonazo gordo de jarrones de cerámica, el grupo de calidad dedicó todo su tiempo a teorizar sobre qué era la perfección y cómo conseguirla, y tenían poco más que un montoncito de barro triste.

Muy bien, ¿pero qué tiene que ver Picasso con todo esto. ¡Que Picasso sale en el título!

Tranquilos, no he recurrido a un triste clickbait cualquiera para engañaros y engatusaros. Varias fuentes aseguran que Picasso produjo más de 50000 piezas artísticas en su vida (sí, procesadlo: 50000 creaciones). En el blog de James Altucher, este analiza algunas de las frases de Picasso en relación al trabajo artístico, y creo que a los que escribimos nos pueden venir fenomenal para terminar de entender la dichosa dicotomía calidad/cantidad, que está íntimamente relacionado con el fenómeno NaNoWrimo. Ahí os van las frases que considero más relevantes:

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Tres recursos indispensables en la escritura que estamos usando mal (y otros recortes literarios)

septiembre 25, 2015 — by Gabriella12

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“Describe con los cinco sentidos”, te dicen, y procedes a crear descripciones barrocas, abigarradas, llenas de datos inútiles.

“Haz que el lector se emocione”, comentan, y tu libro rebosa escenas lacrimógenas que hacen que la muerte de Chanquete parezca una fiesta con champán y castillos hinchables en comparación.

“El lector siempre tiene la razón”, dice otro, y acabas escribiendo novelas que en realidad son fanfics entre tu mary sue y el cantante guaperas que está de moda.

“Te falta worldbuilding“, comenta otro más (¿por qué sigues escuchando a esta gente?), y a las 3000 páginas sobre industria, economía, política, gastronomía y especies de polilla, decides que no, que igual no te faltaba.

Todos sabemos que hay consejos y recursos que son armas de doble filo.

Ya he hablado de consejos para escritores que hacen más mal que bien. Pero luego resulta que hay recursos muy necesarios, tan necesarios que los metemos a bocajarro sin pararnos a pensar si los estamos usando bien.

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Las 10 cosas feas que no nos cuentan sobre escribir

agosto 25, 2015 — by Gabriella49

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Dice James Altucher que cuando te conviertes en escritor profesional (si es que eso existe) te ocurren cosas horribles. Para empezar, pierdes a tus amigos.

Es verdad. Os lo prometo. Pierdes a casi todos tus amigos. Porque no tienes vida social. Porque no sales de tu casa, porque cada minuto suelto que tienes lo dedicas a cosas básicas: leer, escribir y mover un poco el culo para que tu columna no se parezca demasiado a la de tu abuela.

Sí, sí, a cambio haces cientos de nuevos amigos. Cada lector que coge tu libro. Cada persona que te comenta en el blog. Cada correo que recibes de alguien para quien tu escritura ha supuesto algo, aunque sea una chispa de ilusión. Y aprendes a darle prioridad a lo que te importa, y dentro de esas prioridades solo dejas entrar a las tres o cuatro personas que saben lidiar con tus modos de ermitaño introspectivo. Así que en realidad no es tan terrible.

En el cole, cuando me decían que tenía talento para escribir, sin saber el flaco favor que me hacían (sin esa idea de que tenía talento, de que desde el principio escribiría cosas fantafabulosas, no habría abandonado la escritura por frustración, una y otra vez), a nadie se le ocurrió decirme que me quedaría sin amigos. No me avisaron. Pero era inevitable. Cuando iba con gente de mi edad a la playa, me aburría (¡y me quemaba!) y me marchaba a alguna roca recóndita para escribir la Gran Novela (una aberración sobre vampiros alienígenas con un personaje principal tan mary sue que haría ruborizarse a todas las maría susanas del mundo mundial). Creo que solo iba a la playa porque así me podía dar el lote con alguien sobre la arena y ya tenía material para otra Gran Novela o, mucho peor, un Gran Poemario. Cuando tienes quince años y eres chica es fácil encontrarse a alguien que quiera darse el lote contigo sobre la arena. Es menos fácil dar con alguien dispuesto a leerse tu Gran Novela o tu Gran Poemario sin una Gran Carcajada.

Luego encontré amigos mejores, o más bien mejores para mí. Y me di cuenta del atajo evidente: si encuentras amigos escritores (o novios/as de escritores, eso también sirve), ellos lo comprenderán. Comprenderán las diez cosas desagradables que nunca te cuentan. Altucher habló de ellas en su web y he decidido darles mi propia perspectiva. Los encabezados son suyos: los comentarios a todo este tinglado son míos, por la sencilla razón de que Altucher es un señor muy ocupado y nunca contesta los emails que le mando, así que no sé si tengo su permiso para traducir sus artículos o no.

Estas son las diez cosas feas que me habría gustado que me contasen sobre escribir:

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¿Eres un escritor pasivo o agresivo? (Y otros recortes literarios)

julio 24, 2015 — by Gabriella23

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La mayoría de la gente que conozco es muy de enfrentamientos.

No es gente violenta, por lo menos no a nivel físico. Es solo que a los humanos nos encanta agarrarnos a opiniones extremas, sentencias indiscutibles, y enfrentarlas a otras. Somos dualistas y duelistas. Es más fácil que intentar entender, qué sé yo, la teoría de los polisistemas o la gestalt expresada por Ted Chiang en su relato Understand,  o el tao o cualquier filosofía integradora.

Los que escribimos también somos muy de enfrentamientos. Entre nosotros, entre nosotros y el establishment, entre nosotros y nuestra metodología.

Cuantos más artículos y libros leo sobre la escritura, más me parece intuir una diferenciación entre dos escuelas de pensamiento.

Los escritores, como tantos artistas, tenemos opiniones muy claras y enfáticas acerca del hecho de escribir. Blanco o negro, parece ser. Enemigos de unos procedimientos; mejores amigos de otros. Esto está bien, porque solo mediante nuestra propia experiencia podemos saber qué funciona para nosotros y qué no. Lo malo es cuando intentamos aplicar nuestras propias experiencias a todos los demás.

Probablemente yo también lo haga y por ello pido disculpas. Probablemente seguiré haciéndolo, porque soy muy despistada y se me va a olvidar enseguida que ese no es mi cometido.

Mi cometido, por lo menos hoy, es hablaros de algunos asuntos que espero que os produzcan tantas chispas en el cerebro como a mí.

Altucher, la escritura pasiva y la escritura agresiva

Las dos escuelas de pensamiento de las que hablaba, y que veo reflejadas no solo en artículos y libros y en reflexiones directas, sino en todos los comentarios que veo en redes sociales, foros y grupos de escritura, las expresa muy bien James Altucher aquí.

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Hay dos maneras de aprender: pasiva y agresivamente.

Pasivamente es cuando analizas tus errores, lees la historia de aquello que estás estudiando, te relacionas con otros del sector, encuentras tu “tribu”, buscas un mentor, etc.

Agresivamente es cuando estás metido de lleno. Estás hasta el cuello, y te llega la pelota de frente: ¿qué vas a hacer?

Pasivamente está en tu cabeza. Agresivamente es notarlo AHORA MISMO y actuar.

Lo que ocurre en tu cabeza es importante. Pero es la ACCIÓN la que crea héroes.

Altucher no habla aquí de escribir, habla de cualquier habilidad que requiere de un proceso de aprendizaje, pero creo que podemos aplicarnos el cuento (nunca mejor dicho. Qué ingeniosa soy).

¿Eres un escritor pasivo? ¿Consideras que la mejor forma de aprender es leyendo y estudiando todo lo que hay que saber sobre la escritura?

¿O eres un escritor agresivo? ¿Crees que solo se puede aprender escribiendo y que todos esos estudios son una pérdida de tiempo?

Si habéis respondido que sí a una de las dos preguntas, es posible que os estéis perdiendo buenas oportunidades en vuestro camino.

En todo el tiempo que he trabajado con escritores, he observado que estos dos tipos, en un estado más o menos puro, progresan a un ritmo lento. Hay escritores que dedican tanto tiempo a estudiar su oficio que este estudio se convierte en procrastinación, en una forma de pereza y cobardía. Y hasta que no apliques los conocimientos a la práctica, hasta que no te hinches de escribir, de poco te servirán esos conocimientos.

Sin embargo, también hay escritores que, con cinco, ocho o veintitrés libros a cuestas, siguen produciendo obras muy mejorables. ¿Por qué? Porque no se han molestado en aprender de los posibles errores que están cometiendo, y por tanto siguen cometiéndolos, una y otra vez.

Dicen que necesitamos 10000 horas de práctica para ser los mejores, 1000 para hacer un trabajo decente. Pero no sirven de nada si no se acompañan de horas de análisis, de deliberación, de conocimiento de nuestro arte. Como dice David Burkus, en un artículo para Forbes:

david burkus

Así que, ¿estás desperdiciando tus 10000 horas? Depende. Aunque el número exacto de horas necesitado para alcanzar un rendimiento experto es algo sobre lo que se sigue debatiendo, lo que nunca se ha debatido es el papel de la práctica deliberada. ¿Estás dedicando tu tiempo a rutinas que ya conoces o experimentas con nuevas técnicas y estudias para desarrollar nuevas habilidades? ¿Estás jugando dentro de tu zona de confort o diseñas ejercicios y proyectos que te impulsan a crecer? Si no estás comprometido con una práctica reflexiva, entonces, con casi toda seguridad, estás desperdiciando tus 10000 horas.

Habrá excepciones, por supuesto. Habrá personas que dediquen toda su vida a estudiar y luego produzcan la obra de arte perfecta. Habrá quienes solo actúen y por intuición vayan desarrollando un estilo perfecto. Pero esto es lo que yo he observado. Considero que uno no debe ser un escritor pasivo ni un escritor agresivo. Considero que uno debe ser esa mediocritas dorada aristotélica y saber integrar ambas facetas en su proceso de aprendizaje, en sus 10000 horas o más. Ya sabéis que ese proceso no acaba nunca.

Además, hay otra parte del proceso que con frecuencia se nos olvida: fuera de la actividad de escribir, y fuera del conocimiento sobre el tema, hay otro elemento importante: desarrollar una mirada de artista y saber darle buen uso.

Penn, Van Gogh y la importancia de saber mirar (y anotar)

Anoche, dando vueltas en la cama, tuve una idea brillante sobre cómo empezar el artículo de hoy. Era ocurrente, inteligente y divertida, o al menos a mí me lo parecía (seguro que también vosotros habéis tenido alguna vez esa sensación, efímera pero seductora —y taaaan mentirosa— de que moláis). Era tan buena mi idea que sabía que era imposible que la olvidara.

Por supuesto, cuando me desperté esta mañana no conseguía recordarla.

Apuntad todas vuestras ideas.

Ya lo dice Joanna Penn:
 joanna penn
No creo en el bloqueo del escritor. Creo que es un síntoma de haber dejado que el pozo de las ideas se seque. Ve a llenarlo, emociónate de nuevo y luego regresa a la página.
Muchas de nuestras ideas nacen del estudio, de la lectura y de la reflexión. Algunas son diminutas explosiones, susurros de musa en el mundo exterior, cuando caminamos y recibimos lo que la vida tiene que ofrecernos. ¿Y si pudiéramos desarrollar la habilidad de mirar, de buscar esos susurros de manera intencionada?
Leí hace poco una reseña que realizó Julian Barnes (si no habéis leído El sentido de un final, os lo recomiendo con todas mis ganas) sobre un par de libros que analizaban la figura de Van Gogh. Barnes siempre es una lectura más que agradable, pero hubo un texto que comentó, un extracto de los papeles del pintor (que escribía, y mucho, entre cartas, diarios y demás), que me llamó especialmente la atención:
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La gente de aquí lleva, por instinto, el azul más hermoso que he visto nunca. Es un lino tosco que tejen ellos mismos, urdimbre negra, trama azul, que crea un patrón de rayas negras y azules. Cuando pierde intensidad por el viento y el clima, es un tono infinitamente apacible, sutil, que hace resaltar los colores carne. En resumen, lo bastante azul como para reaccionar con todos los colores donde haya tonos naranjas ocultos y lo bastante apagado como para no desentonar.
El texto muestra no solo la sensibilidad del artista, su obsesión por sus materiales de trabajo (los colores), sino la habilidad de un escritor. Si queremos transmitir a los demás, tenemos que aprender a ver mejor que nadie, a mirar con ojos distintos. Van Gogh habla de colores, pero es nuestra responsabilidad asimilar con los cinco sentidos, para poder luego saber cómo expresar todas esas sensaciones y crear textos de gran riqueza.
Es además curioso cómo no hace falta utilizar todo lo que percibimos para transmitir esa riqueza al lector: no tenemos que hablar de absolutamente todos los olores que nos rodean; con expresar algunos en particular ofrecemos detalles que ayudan al lector a reconstruir todo lo demás; escribimos con mayor confianza y seguridad en el entorno que estamos creando. Esto se relaciona con teorías como la del iceberg de Hemingway, por la que no tenemos que compartir todos los detalles de una historia, pero sí debemos conocerlos nosotros, para crear esa multiplicación de sentido que suele encontrarse en los textos realmente buenos.
Es difícil eso de mirar. A mí me cuesta muchísimo. Tengo la cabeza siempre tan llena de cosas que no me fijo en lo que me rodea. Ayuda practicar alguna actividad que nos obligue a centrarnos en el momento, desde actividades chorras como apuntar todas las cosas azules que vemos yendo de paseo, hasta las prácticas de más largo alcance, como la meditación o el ejercicio físico, que nos obliga a centrarnos en el silencio, en el ahora de nuestra mente o cuerpo.
Hagáis lo que hagáis, no olvidéis llevar vuestra libreta/app de notas.
No seáis como yo. No dejéis escapar la idea perfecta.
Y recordad que esa mirada de artista tenéis que llevarla a todas partes. Incluso a la lectura. Porque leer es abrir los cerrojos de la mente, como explica Tim Parks.

Parks y la lectura como cerradura y llave

En un artículo reciente del siempre elocuente Tim Parks para el New York Review of Books, presenta una metáfora muy reveladora sobre el acto de leer. Leer es la llave para abrir una nueva cerradura en que se ha convertido nuestro cerebro. Mirad:
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Cuando percibimos algo por primera vez no llegamos realmente a percibirlo, porque carecemos de la estructura apropiada que nos permite hacerlo. Nuestro cerebro es como un artesano de cerraduras que crea una cerradura cuando decide que una llave es lo bastante interesante para ello. Pero cuando encontramos una llave por primera vez (por ejemplo, un poema nuevo, o una especie animal nueva), no existe una cerradura lista todavía para tal llave. O, para ser precisos, la llave no es siquiera una llave, ya que todavía no abre nada. Es una llave en potencia. No obstante, el encuentro entre el cerebro y esta llave potencial hace que comience la creación de una cerradura. La siguiente vez en que nos encontremos o percibamos el objeto/llave, abrirá la cerradura preparada a tal efecto en el cerebro.
Esta teoría es del filósofo y psicólogo Riccardo Manzotti, pero Parks la aplica a la lectura de un tipo de libro nuevo, revolucionario. Por eso es tan importante la relectura: solo una vez que se ha fabricado la cerradura, puede la llave abrirnos la puerta a un mundo desconocido de sensaciones e ideas. Con la música ocurre también: pensad en vuestra canción favorita. Es probable que la primera vez no os entusiasmara. A lo mejor pensasteis que era bonita, poco más. Sin saberlo, vuestro cerebro estaba ya creando la cerradura. A la siguiente escucha (o a la siguiente, o a la siguiente), la llave hizo clic, dio vuelta en su agujero y el placer llegó a inundaros.
Así, también, son las buenas lecturas. Nadie puede apreciar en toda su belleza la poesía de Lorca en una primera lectura (a mí me llevó años, mucho odio y unos cuantos cursos especializados). Nadie puede apreciar en todo su sentido el extravagante mareo sensorial y semiótico de Solaris, de Lem. Las buenas lecturas están hechas para rehacerse. No por ansia de control, por manía pedante, por obsesión por desentrañar los misterios de la escritura (así era un poco Nabokov, dice Parks), sino para poder, finalmente, capturar todo lo que no estábamos preparados para capturar.
Lo cual me recuerda que tengo que volver a leer Solaris.
Pero antes quiero hablaros de Derakhshan.

Derakhshan y la internet que tenemos que salvar

Creo que el artículo de Hossein Derakhshan, un bloguero que estuvo años en una cárcel iraní debido, en gran medida, a expresarse libremente en su página web, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos. Su texto es demoledor: tras seis años sin conexión, de repente se ve sumergido en un nuevo mundo virtual que no conoce: un mundo de Facebook y Twitter, donde la expresión escrita se ha vuelto cada vez más visual y más rápida. Seis años no son muchos, pero lo son cuando los ves desde la óptica de un hombre que alcanzó notoriedad ayudando a todo tipo de blogueros iraníes desde su web, cuyas palabras eran leídas y comentadas por personas incontables, y que ahora se lamenta de apenas poder conseguir cuatro o cinco “me gusta” desde su página de Facebook.
A raíz de algunos comentarios y sugerencias, estas últimas semanas he estado pensando en recortar un poco mis artículos. A veces han llegado a superar las 4000 palabras. Esas son muchas palabras para leer por internet.
Pero ¿lo son? ¿O es que estamos tan acostumbrados al formato rápido, a la lectura por encima, al clickbait, al SEO que ofrece frases básicas, casi sin sentido, que cualquier narrativa que nos obligue a dedicar más de dos minutos de nuestro tiempo nos resulta insoportable?
En las webs culturales anglosajonas noto cada vez más preferencia por el longform, por el artículo largo largo, como en un ataque meditado contra la velocidad del crecimiento del culo de Kim Kardashian y los extractos veloces, llenos de gifs animados, de Grey. Aquí, en España, algo vemos, pero incluso los grandes suplementos de cultura parecen querer restringirse a ese consumo limitado, a las-1000-palabras-ya-son-muchas. Más de una vez he leído un artículo de revistas supuestamente de alta vanguardia y he pensado: “Qué buenas ideas; lástima que parece que le ha costado hasta rellenar 500 palabras”.
Y, sí, 500 palabras cuestan cuando hablas del pijama de Belén Esteban. ¿Pero qué pasó con el análisis, con querer ir más allá de lo superficial? Lo sé: al ritmo que hay que publicar contenidos (¡y las tarifas a las que se pagan!), parece que no queda más remedio. Y hay que ofrecer contenidos que no cansen al pobre lector, a ese pobre lector saturado de información y estímulo.
Abogo por decir: “No”. Quiero contenidos de calidad, que se metan en materia. Quiero artículos como el de Derakhshan, como el de Parks, como el de Barnes, como los de Popova o Manson. El truco no es tanto la longitud (se pueden decir grandes verdades con brevedad, que se lo digan a Gracián), sino el no tener miedo a profundizar, a pensar, a analizar y a intentar presentar ideas que sean algo más que un copypaste de lo que están gritando en todas las demás redes de tu sector.
La brevedad es buena y necesaria. Es entretenida. Los artículos cortos, bien hechos, son perfectos para determinadas necesidades y tiempos. Pero démosle también nuestra atención a otro tipo de lectura. El entretenimiento y la inmediatez son elementos que nos distraen también de lo importante, de lo profundo, como diría Morozov (o Bradbury). Vamos a detenernos, a consumir despacio, sin prisa. Recuperemos la internet de antes. Recuperemos los blogs de antes. Decidamos a qué le dedicaremos nuestra lectura en diagonal y a qué le daremos atención plena y lenta. Sobre ello reflexiona Derakhshan:

hossein derakhshan

A veces pienso que igual me estoy haciendo demasiado estricto conforme pasan los años. Puede que esto sea todo una evolución natural de nuestra tecnología. Pero no puedo cerrar los ojos ante lo que está pasando: una pérdida de poder intelectual y de diversidad y todo lo que eso podría significar para estos tiempos tumultuosos. En el pasado, la red era lo bastante poderosa y seria como para que acabaras en la cárcel. Hoy no parece mucho más que entretenimiento. Tanto que incluso Irán no se toma algunas redes lo bastante en serio (Instagram, por ejemplo) como para bloquearlas.

Echo de menos la época en que la gente podía estar expuesta a diferentes opiniones, cuando se molestaban en leer más de un párrafo o 140 caracteres. Echo de menos los días en los que podía escribir algo en mi blog, publicarlo en mi propio dominio, sin tener que tomarme el mismo tiempo para promocionarlo en numerosas redes sociales; cuando a nadie le importaba lo del “me gusta” o “compartir”.

Esa es la red que recuerdo de antes de ir a la cárcel. Esa es la red que tenemos que salvar.

Y, ya que estamos, salvémonos también del leer por leer, de las acumulaciones de títulos leídos porque sí, de las lecturas obligatorias:

Varios autores y los grandes libros que no han leído

En un ejercicio cuyo objetivo se me escapa, un buen puñado de autores de renombre confesaron qué grandes libros nunca se habían leído. Y digo confesaron porque los mencionaban con una especie de culpa que no termino de entender:

libros no leídos

O, para ponerlo de forma más clara: somos nosotros, no él. No es culpa del autor o del texto; es culpa del lector. Alexander Chee comentó que se había mantenido alejado de otro clásico de (Gabriel García) Márquez en parte por su popularidad, que es la misma razón por la que uno de nosotros evita libros recientes que tienen cuentas de Twitter y de los que se habla en el mundillo literario; a veces, es simplemente mejor esperar a que los cumplidos disminuyan, para que el libro pueda leerse en el silencio de los pensamientos de uno.

Estoy de acuerdo con lo de los libros populares. Como ocurre con cualquier elemento mainstream, a veces se nos quitan las ganas de leer un libro precisamente porque todo el mundo habla de él. Pero comprendo las autoacusaciones: “He de confesar que no he leído…”, “me avergúenza decir que…”. Los propios redactores del artículo parecen enorgullecerse de que algunos grandes escritores sean tan humanos como ellos: ¡tampoco se han leído Cómo matar a un ruiseñor! Puede que este artículo sea el equivalente literario a ver que esa modelo o actriz perfecta que tanto envidiamos acaba de salir en la portada de Cuore con las tetas caídas y los muslos llenos de celulitis.

Creo que algunas obras son importantes; leer obras importantes es necesario en nuestro desarrollo como escritores y lectores. Pero si leyéramos todos los grandes libros, no tendríamos tiempo para leer los libros pequeños, aquellos que nos proporcionan el placer de lectura que nos impulsa a seguir abriendo libros. J. K. Rowling y Laura Gallego no pasarán a los anales de la historia como las mejores escritoras de nuestra generación, pero considero que han hecho más por la lectura en general que muchos de los integrados en el canon de Bloom, en el canon de cualquiera que se crea con derecho a decirnos qué debe permanecer en nuestro inconsciente cultural y qué no.

Si estabas leyendo a Harry Potter en vez de a Harper Lee, bien por ti. Bien por todos nosotros. No dejes la buena lectura de lado, ni la que está oficialmente reconocida como tal ni la que no lo está.

Hay que leer a los grandes. En ellos descubrimos lo más espléndido y lo más terrible del espíritu humano. Pero, por favor, que se acabe esta vergüenza por los libros que no hemos leído y las películas que no hemos visto y los discos que no hemos escuchado, como si la vida fuera una lista que hubiera que ir tachando para quedar bien en nuestros círculos habituales.

Así que hoy vamos a enfocarlo de otra forma:

¿Qué supuestos grandes libros no habéis leído y no sentís la más mínima culpa por ello?

 


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7 fórmulas para escribir ficción y destrozar los tópicos

junio 30, 2015 — by Gabriella28

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Leo muchos artículos. Es difícil saber de antemano qué artículos te van a cambiar la vida y cuáles te van a dejar indiferente. Los títulos ayudan, pero cuántas veces nos mienten. Cómo perder diez kilos en un mes sin hacer dieta ni ejercicio. Socorro.

Hay autores que rara vez decepcionan. La Popova, James Clear, Eguaras, Belmar, Austin Kleon… Uno sabe lo que se va a encontrar. Calidad, contenidos útiles e interesantes. Y si no son útiles, por lo menos te divertirás y te emocionarás y asentirás con fuerza.

Y luego hay autores a los que lees sobre todo por el estilo. Me pasa eso con James Altucher. Altucher fue el primer bloguero que me enseñó que escribir artículos no solo tenía que ser funcional, que podía ser divertido. Más aún: que tener voz y estilo propio era válido, aunque hablases de física cuántica o de cómo enganchar anillas para hacer cota de malla bizantina. Y más y más: que esa voz no se obtiene de un día para otro, que viene de forma natural y progresiva y con la práctica, y que aquel profesor de literatura tuvo razón al bajarme la nota al intentar explicarle el contexto de la literatura del XVIII en España a través de un retrato graciosete del petimetre medio.

Bueno, no, no tenía razón. Yo me habría dado un diez. Qué narices, me habría dado una matrícula. Es lo menos que merezco por haberle hecho más amena la tarea de corregir porrones de exámenes en Granada en julio.

A lo que íbamos.

Si Altucher sacara un libro sobre los hábitos reproductores de la hormiga de fuego, yo me lo leería. Publica muy a menudo en su blog y envía mails a su lista de correo casi a diario (por cierto: entre ayer y hoy envié mi email especial a todos los suscritos a la lista de correo. Si estás suscrito/a y no te ha llegado, asegúrate de mirar en tu carpeta de spam o promociones). A veces sus artículos son repetitivos; a veces no dicen gran cosa. Pero vuelvo a ellos por las joyas. Como algo que publicó hace poco.

Altucher habla de un concepto que me encanta, que es el idea math. Lo leía y asentía; leía y asentía. Aquí os dejo el enlace, pero no vayáis todavía. Id al final, cuando terminéis con este artículo. Si no, no tiene mucho sentido todo lo que os voy a contar.

Tras leer el artículo, caí. Todo estaba muy bien. Muy útil para empresarios y emprendedores. ¿Pero qué ocurriría si lo aplicásemos a la escritura? No ya a la escritura de ensayo, donde las aplicaciones son evidentes, sino a la ficción. ¿Cómo podríamos revolucionar las convenciones de cada género, los tópicos y los clichés?

Voy a intentarlo. No sé si terminará de salir del todo (lo de aplicar las ideas de Altucher en este artículo, no lo de revolucionar las convenciones de cada género, que suena muy cansado), así que sed pacientes. Ahí va.

7 fórmulas para escribir ficción y destrozar los tópicos

destrozar los tópicos

1. Suma de ideas

Dice aquí Altucher:

Take an old idea. One that is big and popular. Maybe millions of people love it. Believe it. It’s like a religion. Add something to it.

Coge una idea vieja. Una que sea grande y popular. A lo mejor a un millón de personas les encanta. Creen en ella. Es como una religión. Añade algo.

Los clichés existen porque funcionan. Hay temas que son viejos como la vida misma, y siguen funcionando dentro de la narración. Sexo. Muerte. El hermano pequeño que engaña al mayor para quedarse con la herencia. La chica virgen y un poco idiota que entra en una casa encantada. Cuanto más grande y manida sea la idea, más posibilidades tienes de construir sobre ella. Aporta algo nuevo a una religión, a una historia básica y antigua. Sé Neil Gaiman en American Gods. Coge El señor de los anillos y reescríbelo desde la perspectiva de los orcos. A Kiril Yeskov le funcionó muy bien. Agarra a un par de vampiros purpurinos y enfréntalos a la acojonante industria del confeti. Convierte un triángulo amoroso en un dodecaedro. Etc. Etc.

Suma y sigue.

2. Resta de ideas

Take an idea that seems impossible. Take the execution. Subtract the reason you can’t.

(Coge una idea que parezca imposible. Mira su ejecución. Réstale la razón por la que no sea posible).

¿Quieres escribir una saga tremebunda con miles de personajes entrelazados, pero sabes que no la terminarías nunca? Intenta escribirla en un relato de una página. Lo peor que te puede pasar es que acabes con una sinopsis bastante decente. ¿Quieres escribir sobre una colonia en Marte, pero todo el aspecto de las interacciones sociales en entornos hostiles se te escapa de las manos? Deja a un hombre solo, escribe El marciano. Elimina personajes, elimina escenario, elimina sentido, espera a Godot. En las restricciones a veces está el éxito, lo verdaderamente original. Ya lo sabía el Dr. Seuss, escritor infantil, cuando su editor le propuso crear un libro usando un vocabulario de solo cincuenta palabras. El resultado, Green Eggs and Ham, sigue siendo uno de los libros infantiles más vendidos en el mundo. Ya lo sabe Belmar, y qué jarticos debéis de estar de que enlace a ese hombre.

Piensa en lo que quieres escribir, en lo que estás escribiendo. Mira las complicaciones, los obstáculos. Si te estás volviendo loco con el wordbuilding, prueba a hacer que toda la acción se desarrolle en una sola habitación. Si los personajes secundarios se te están yendo de las manos, elimínalos o, mejor, mátalos de forma interesante y divertida. Creo que el relato es especialmente versátil para este tipo de cosas: nos permite experimentar sin perder años de nuestras vidas ni arrancarnos demasiado pelo (¿sabíais que todos los novelistas en realidad somos calvos? Sí. Pelucas. Todos).

Elimina los obstáculos y mira a ver con qué te quedas. Los resultados podrían sorprenderte.

3. Ideas exponenciales

Idea Exponentials can lead to a book being written in five days.

(Las ideas exponenciales pueden llevar a un libro escrito en cinco días).

Erm, bueno, ya, Altucher, no te pases. Si lo tuyo son eBooks de 15000 palabras con títulos chachis para ventas rápidas en Amazon, estupendo. Pero nosotros somos novelistas serios. (¿Lo somos?).

Pero esto no quita lo interesante del método. Altucher piensa en ensayo y no ficción, pero si escribimos narrativa, bien podría funcionar como una variante divertida del copo de nieve. Creo que hacerlo con ideas aleatorias (no relacionadas en principio) podría dar resultados realmente espectaculares.

La versión básica sería esta:

  1. Escribe diez ideas, que puedan ser el esquema de tu libro
  2. Al día siguiente, escribe diez ideas para cada una de esas ideas iniciales.
  3. Al día siguiente, diez ideas para cada una de esas diez ideas.
  4. Rellena los huecos entre ideas.

Casi me pican los dedos de las ganas de intentarlo. Pero repito: creo que podría ser aún más divertido si las diez ideas iniciales fueran completamente aleatorias, sin relación aparente entre sí. De la creación de un hilo unificador podría salir una historia extraordinaria.

Pero también podéis hacerlo a la vieja usanza, simplemente desarrollando una historia con un orden narrativo clásico.

Que sería lo más lógico, fácil y normal.

4. Ideas negativas

Idea negatives challenge me to be open-minded. Challenge me to carve out new space in the world.

Sí, las ideas negativas nos obligan a ser más abiertos de miras, nos desafían a crear nuevos espacios en el mundo. Nos obligan a mirar un problema desde una óptica diferente.

Por ejemplo, imagínate que has escrito un relato sobre un asesino en serie que se dedica a ir persiguiendo jovencitas para violarlas y matarlas. Ahora escribes esa historia de nuevo, pero esta vez sobre un hombre que persigue a jovencitas para obligarlas, a punta de pistola, a que lo violen a él, e intentar conseguir que alguna de ellas lo mate, que es su fantasía suprema. ¿Retorcido? Oh, sí. Y un desafío, un giro de tuerca, que probablemente no te habrías planteado.

O tal vez tienes una historia de fantasía en la que el héroe tiene que encontrar un objeto mágico para salvar su mundo. ¿Y si no encuentra ese objeto, y el mundo se va a la mierda, y el héroe tiene que lidiar con el peso de su responsabilidad, con la creación de un grupo de resistencia al nuevo Imperio tiránico cuando ya nadie confía en él? ¿Y si resulta que el Imperio no es tan tiránico como parecía; es el héroe el que resulta ser un terrorista desquiciado?

Coge una idea típica, conocida, y mírala desde el otro lado. Encuentra su negativo y explótalo.

5. División de ideas

First divide so much that you are a monopoly, then build.

Divide tanto que seas un monopolio, luego construye.

Creo que esta noción es aplicable a lo que entendemos como nicho. Puedes crear un género tú solo: concebir algo tan sumamente extraño que nadie lo haya concebido nunca.

Un buen ejemplo es la literatura erótica con dinosaurios.

¿Totalmente absurdo? Tal vez. Pero Christie Sims se está haciendo de oro vendiendo novelitas cortas de un tema tan escandalosamente concreto y absurdo que a nadie se le habría ocurrido probarlo. Y, una vez constituida su franquicia, la chica escribe, escribe, escribe, publica, publica. Si te levantas un día y piensas oye, hoy lo que necesito es una buena dosis de porno con velocirraptores (lo que nos pasa a todos a diario), sabes que Sims es tu dinochica.

Nada es lo bastante raro o reducido en el actual mundo literario. Puedes intentar gustar un poco a todo el mundo o puedes intentar gustar mucho a un grupo muy muy especializado.

Pero no pruebes con el porno de dinosaurios. Ese nicho ya está copado.

Tampoco le des a la novela negra de ci-fi victoriana concebida para hombres muy machos amantes de un buen pastel de carne y de los corsés demasiado apretados en combinaciones de encaje rojo y negro (no steampunk). Ese ya me lo he pedido yo. Y Neal Stephenson, pero para eso están los duelos a muerte entre escritores.

Esto nos lleva a la siguiente fórmula.

6. Multiplicación de ideas

Taking one idea and replicating it. Scaling.

(Coger una idea y duplicarla. Escalar).

Una vez vemos qué funciona, qué nichos responden mejor a nuestros escritos, podemos empezar a jugar de verdad y a probar cuán profunda es el agua, cuáles son nuestros límites. ¿A tus lectores les gustan tus relatos románticos? ¿Cómo reaccionarán si subes un poco la temperatura e introduces más escenas eróticas? ¿Qué les parecerá que el siguiente cuento se desarrolle en un entorno de fantasía? ¿Y si a los personajes los enfrentas a situaciones más duras (ejem) para subir el nivel de tensión? Puedes ir tanteando, comprobando cómo abrir tu nicho a otros, ir viendo cómo lo que funciona puede ser un gancho para más tipos de lectores.

Se trata de coger esa idea sencilla, aquello que has conseguido mediante la resta y/o la división, y ver cómo puede ir creciendo, modificándose, a partir de ahí.

7. Sexo de ideas

Idea sex is hard to fail. When you take two good ideas and merge them into one.

(El sexo de ideas es difícil que falle. Cuando coges dos buenas ideas y las unes en una sola).

Hablando de cosas escandalosamente absurdas y concretas…

Este es, sin duda, mi punto favorito. Si tienes la costumbre de apuntar todas tus ideas (y si no la tienes, tal vez va siendo hora de planteárselo), tendrás a mano una libreta, app o baúl mágico que podrás abrir en cualquier momento al azar.

No hay nada como coger dos ideas de forma aleatoria y probar a ver qué pasa cuando las unes.

Dinosaurios + porno.

Un triángulo amoroso + zombis. Y que dos del triángulo sean zombis. Y que el tercero sea sacerdote. O vampiro. O pterodáctilo.

Guerra encarnizada entre el bien y el mal + un bocadillo de jamón serrano. Una batalla épica protagonizada por hormigas de dos facciones, aparentemente maniqueas (aunque al final se revelará que no tanto) por los restos de un bocadillo abandonado y la supervivencia de su hormiguero.

Bueno, dije que las ideas tenían que ser buenas. Igual el bocadillo de jamón no fue la mejor que pude encontrar en la libreta.

Igual solo tenía hambre.


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El método de Bradbury para lidiar con el rechazo editorial (y otros recortes de la semana)

abril 24, 2015 — by Gabriella14

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Creo que para mí el mejor momento de la semana es el viernes a mediodía, cuando compongo el artículo de recortes para el blog y me tomo la primera cerveza del finde.

Es como hacer un repaso sesudo de lo más interesante que has leído en los últimos siete días, mientras te aseguras de ir mermando poco a poco tus capacidades intelectuales. Es un poco como rendirse y decir “ya está, ya lo he dado todo. Ahí tenéis todo lo que he pensado desde el lunes. Ahora ya no tengo que pensar más“.

Como todas, ha sido una semana intensa, de trabajar mucho y de realizar una serie de enfrentamientos físicos y emocionales que me han dejado exhausta. Se suponía que esto de enfrentarte a tus temores te hacía más fuerte, ¿no? A mí siempre me deja temblando. Desde hace un tiempo tengo la idea de que si algo es difícil, razón de más para hacerlo. Ya sabéis, lo que dicen en todos los libros de autoayuda. Hay otra cosa que no te dicen los libros de autoayuda: el 90% de las veces te vas a llevar la hostia. Las razones por las que tenemos miedos muchas veces son lógicas. Las cosas son difíciles porque son difíciles, si no, las haríamos sin pensar.

Pero creo que el 10% de veces que no te llevas la hostia ocurren hechos sorprendentes. Y así no me quedo nunca sin ideas para relatos y siempre tengo algo que contarle a la gente en reuniones de esas incómodas en las que pasa un ángel y nadie tiene nada interesante que decir.

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Anima tu diálogo con la sexposición y una tortilla (y otros recortes literarios)

abril 17, 2015 — by Gabriella0

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Como todos los viernes, tengo mucho que contaros. Así que vamos directos a lo que vamos. A los mejores recortes de esta semana.

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El poder de lo aburrido (y otros recortes literarios)

abril 3, 2015 — by Gabriella12

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Ya es viernes otra vez, y además seguro que estáis todos en la playa, viendo monumentos chulos, canturreando en un karaoke o salvando al mundo de una invasión tralfamadoriana (¿o tal vez eso fue ayer? ¿O mañana?).

Aun así, hago llamada a los pocos que quedéis trabajando o perdiendo el tiempo delante de la pantalla para que compartáis conmigo algunas de las cosas que he aprendido esta semana.

Y aquí los tenéis: gran parte de los recortes, literarios o no, que me han hecho pensar o disfrutar. Todo vuestros.