¿Qué haré cuando tenga al bebé? —me preguntan, ansiosas, mujeres embarazadas en mi bandeja de correo. Como si yo tuviera la más remota idea de lo que es eso—. ¿Podré seguir escribiendo?“.

¡Sí, bienvenidos a una nueva entrega de Gabriella Responde a Cosas que le Preguntan por Email!

Hola, Gabriella, vengo a contarte mi vida en más de dos mil palabras y a hacerte preguntas de gran impacto vital, aunque no tengas formación alguna como terapeuta. ¿Qué podría salir mal?

Como buena especialista en responder a cuestiones que no me atañen, suelo decir que conozco a varias escritoras con familia que escriben y escriben mucho, ¡y que hasta viven de lo que escriben! Así que sé que en teoría es posible lo de escribir con niños, bebés y/o adolescentes.

En teoría.

Preguntando por las mazmorras

Yo no tengo progenie ni intención de tenerla, así que juego con ventaja al adjudicar tiempo a la escritura. Pero ya sabéis cómo va esto: escribir, reescribir, corregir, editar, publicar, diseñar, promocionarse… Ya me cuesta a mí encontrar horas en el día para todo: ¿cómo lo harán mis compañeras que son madres? Y ahora que hay, por suerte, un reparto un poco más equitativo en esto de criar niños, cada vez me escriben más autores masculinos que se enfrentan a la misma situación.

Así que decidí hacer lo único que se puede hacer en estos casos: batallar contra monstruos incontables en una mazmorra de cien niveles a cada cual más terrible, en busca del olvidado Talismán de la Sabiduría Infinita.

Y luego decidí que qué pereza, que aún tengo que llevar el hacha al afilador y las botas a abrillantar y buscar un peto mínimo de esos con sujetador metálico en punta como Madonna.

Opté por otra opción válida ante la ignorancia: preguntar.

Hice mi habitual crowdsourcing en redes sociales, hablé en persona con amigos y me encontré con muchísimas respuestas, algunas muy ingeniosas. Estaba claro que había muchos progenitores ahí fuera, locos por que alguien les preguntara, por fin, eso de: ¿cómo diantres has hecho lo de tener un bebé y publicar un libro (o tres)?

No todos los padres escriben

Antes de nada me gustaría dejar claro, una vez más, que escribir no es obligatorio y que nadie nos amenaza por teléfono con despedazar a nuestra amada secuestrada si no escribimos mil palabras diarias (espero).

Cuando se te olvida hacer la entrega semanal de 7000 palabras y llega esto a tu casa.

Hubo padres con los que hablé que me contaron que durante los primeros años de infancia de sus hijos dejaron de escribir por completo. No solo por falta de tiempo, sino porque querían dedicar ese tiempo a sus hijos en su totalidad.

Creo que esto es muy respetable (y posible). Estar dos o tres años sin escribir no te va a matar. Te costará recuperar las buenas costumbres y el nivel que habías alcanzado, pero no es imposible.

Pero también es totalmente respetable seguir escribiendo. Los hijos son importantes, sí, pero reservar un tiempo mínimo para algo que es importante para nosotros como individuos, como personas además de padres, podría ser muy beneficioso para nuestra salud mental.

Y de eso es de lo que vamos a tratar en este artículo.

Cómo criar y escribir, sin matar a nadie por el camino

Los rituales y las rutinas son cruciales para el escritor de a pie, el escritor que no tiene que levantarse cinco veces por noche a consolar a un bebé irritable. La práctica regular y periódica es fundamental para implementar un hábito saludable de escritura, pero “práctica regular y periódica” es algo que no está al alcance de muchos padres. Todos los padres con los que hablé parecen estar de acuerdo en que la adaptabilidad es crucial: sacan ratos de donde sea y simplifican lo más posible los procesos de escritura.

Adáptate o muere (de sueño)

Como dice Laura L. Cochard:

(…) los horarios con los bebés son muy fluctuantes, porque entre los estirones, la dentada, las regresiones de sueño y las enfermedades, toda la rutina cambia. La clave para mí está en mantenerse flexible. Y si uno es de esos escritores excéntricos que tienen que tener todo de determinada manera para escribir, pues nunca puedes con un bebé.

Para cada persona, flexibilidad puede significar algo distinto. Me ha resultado divertido ver hasta qué punto se adaptaban algunos padres a las necesidades de sus criaturas para poder escribir, como en esto que cuenta Marta de Myr:

Si tiene un día difícil, he descubierto que puedo dormirla metida en el fular y yo encima de una pelota de yoga.

Escribir dando botecitos no es muy fácil, así que a veces uso la grabadora o el dictado por voz.

Esas cosas nunca te las cuentan en los libros esos gordos con bebés mofletudos en la portada, ¿verdad?

Aprovecha los resquicios de tiempo

Cualquier momento es bueno para escribir:

  • Mientras los niños están en clases extraescolares, guardería o colegio.
  • En los ratos de viaje: trenes, autobuses, metro… Las idas y regreso del trabajo o del cole son momentos que se pueden aprovechar para la escritura.
  • En las horas más tempranas y las más tardías: entre las respuestas era común encontrar a escritores que se levantaban a las seis de la mañana o antes, o autores que escribían a medianoche. También escribían justo después de comer, mientras el resto de la familia se echaba siesta. Estos eran los únicos momentos tranquilos de los que podían disponer.
  • Cualquier hueco sirve: si se agarran cinco minutos, se agarran; las rachas de varias horas seguidas se aprovechan para realizar maratones.
  • Dicho esto, los fines de semana suelen ser la salvación de muchos padres, que entre niños y trabajo “nutricional” no encuentran un minuto para la escritura de lunes a viernes.

Cualquier herramienta vale: si hay que usar el móvil para escribir de forma disimulada delante de otros padres que esperan a recoger a sus hijos, pues se usa el móvil. Además, tienes el orgullo muy orgulloso de saber que mientras ellos tontean por Whatsapp o Instagram, tú estás salvando el mundo con tu escritura.

Sí, sí, vosotros seguid con vuestra cháchara superficial y vuestro trabajo inútil de médicos intensivistas, abogados medioambientales y científicos que investigan el cáncer… ¡yo sí que estoy haciendo algo importante!

También puedes aprovechar las ventajas del dictado para soltar ideas en cualquier parte o incluso para escribir: prueba la grabadora de tu móvil con complementos como Dictate de Microsoft, programas completos y avanzados como Dragon, o aplicaciones sencillas de transcripción instantánea como esta de Google.

Planifica donde y cuando puedas

Muchos escritores aprovechan ratos muertos para planificar. Estructuras y personajes se pueden diseñar en el móvil (o en la cabeza) en cualquier sitio: en una sala de espera, realizando tareas domésticas, paseando al perro… A veces hay que hacer encaje de bolillos para conseguirlo, pero no es imposible. Como cuenta Leonor Basallote:

En estos siete años he hecho malabares para compaginar la maternidad con la escritura: cascos y música para evitar a Bob Esponja y a Peppa Pig, grabar notas de voz en descansos en el parque, publicar en redes sociales mientras hago la cena, aprovechar cada siesta, actividad extraescolar o juego con amigos para planificar y escribir… Pero, aun así, he conseguido escribir una novela cada año y medio, más o menos, y contestar día sí, día no, la pregunta de: “¿cómo lo haces?”. Con mis ojeras pisándome los talones. 

Comunica y negocia tus prioridades

Si algo me ha quedado claro de toda esta debacle, es que es muy importante pactar tus ratos de escritura con la(s) persona(s) con las que compartas tus obligaciones de crianza. Muchos escritores hablaban de cómo se turnaban con su pareja para que cada uno tuviera tiempos periódicos que pudieran dedicar a ellos mismos, aunque solo fuesen unas horas un par de veces a la semana.

No todo el mundo tiene la inmensa suerte (o el gran infortunio) de convivir con otro escritor, así que a veces olvidamos que debemos explicar a nuestra pareja por qué la escritura es una prioridad para nosotros, y tampoco se nos ocurre que podamos negociar un intercambio de tiempo para que nuestra otra mitad pueda, también, tener un espacio para realizar todas esas actividades que son solo suyas.

Porque tú crees que tu escritura es importante, pero también tiene tu pareja derecho a su rato de fútbol con los colegas, a sus cursos de ganchillo irlandés y degustación de cervezas bielorrusas. No sé, creo que eso es todo lo que hacen las parejas que no son escritoras, tengo escasa experiencia en ese ámbito.

Guillermo, por ejemplo, tenía la extraña afición de ir a zonas desérticas y bailar haciendo el robot junto a señales de tráfico. ¿Quién era yo para juzgarlo?

Comparte tu escritura con tus hijos

También pueden encontrarse modos de seguir desarrollando la creatividad en familia. Dei Gaztelurrutia organiza actividades especiales con ese fin:

(…) he organizado con mis hijas la hora del TEC (taller de escritura creativa) y una tarde por semana nos juntamos las tres e inventamos cuentos.

Hacer partícipes a los hijos de tu escritura puede funcionar. Silvia Santipolo dice:

Ahora son grandes, pero en su momento los ponía arriba de la mesa en un bebesit e iba hablando en voz alta lo que escribía, mirándolo y “consultando” cualquier duda, siempre en voz alta, en una especie de diálogo… eso podía durar unos veinte minutos o mucho más si se dormían.

Parece que es bastante productivo aunar tus hábitos con los de tus hijos. Algunos escritores aprovechan para trabajar mientras sus niños hacen los deberes o mientras se quedan dormidos. Me encanta esto que cuenta Pilar G. Cortés:

(…) hasta hace dos años no era capaz de dormirse sola, teníamos que quedarnos con ella en la habitación hasta que se durmiera. Lo que al principio me pareció un fastidio (tener que estar ahí sin hacer nada hasta que se durmiera, una niña que considera que dormir es una pérdida de tiempo), lo convertí en mi ventaja. Me busqué un hueco junto a su cama, y con el portátil en las rodillas, o si tenía suerte encima de la cama, comencé a escribir todos los días. Casi siempre llegaba al objetivo de palabras, aunque había días que costaban más que otros.

Lo que funciona hoy podría no funcionar mañana

Las rutinas se modifican también con el crecimiento del bebé. Al contrario de lo que uno podría pensar, para muchos padres resulta más fácil escribir cuando los niños son muy pequeños. A partir de cierta edad, se acaban las siestas y el niño demanda una atención más constante. Quien escribe y es madre/padre está dispuesto a aceptar que algunas épocas son más difíciles que otras. Como dice Abel Amutxategi:

Combinar escritura, paternidad, pareja (que habrá que hacerle caso alguna vez, digo yo) y un trabajo nutricional a jornada completa es… divertido. Yo básicamente le robo el tiempo de escritura al sueño hasta que hago catacroquer y me veo obligado a cambiar de prioridades.

Tu capacidad de concentración podría ser determinante. Como explica Chiki Fabregat:

Siempre digo que los que venimos de familias numerosas, los que hacíamos los deberes en el salón, con la tele, con alguien al lado jugando al Scalextric… tenemos ventaja, porque podemos escribir y concentrarnos con los Teletubbies de fondo y preparar la merienda mientras trazamos arcos de personajes.

Los hábitos y la disciplina valen más que nunca

Pese a las dificultades evidentes que presentan los niños si quieres escribir, y dentro de la flexibilidad ya mencionada y tan necesaria, muchos padres desarrollan hábitos férreos que les permiten tener una disciplina admirable. Es el caso de Silvana Lameiro, que habla también de usar retos para conseguir resultados sorprendentes. Menciona algo determinante: prioridades.

Creo que el secreto está en la constancia y en si de verdad escribir es tu vida. Yo tengo un objetivo mínimo de 550 palabras diarias y lo cumplo siempre, desde hace dos años, seis días a la semana (…). Me voy marcando retos también: el año pasado, después de leer un artículo de tu blog, me propuse escribir un borrador de novela corta en sesenta días, escribiendo mil palabras diarias. Lo conseguí en treinta y cuatro.

Aprovecho cada rato que puedo, en el parque, en las actividades de mi peque escribo, básicamente el cuerpo me pide escribir. Cada ratito libre es para la lectura y la escritura, a veces es estresante, pero me compensa. Me encanta, es mi sueño.

Las metas son determinantes

Tener metas claras y muy bajas expectativas con tu primer borrador puede ayudar muchísimo a superar bloqueos, y los inconvenientes y obstáculos de cada día, como demuestra Caroline Corpas-Neale:

(…) lo que me funciona es olvidarme de que la prosa salga fluidamente. Si tengo que escribir a tramos de cinco minutos, pues bueno, eso es lo que hay, pero para eso tuve que convencerme de que el primer borrador siempre iba a ser una caca. Tener una meta es clave también. Me propuse escribir el borrador en tres meses, con un máximo de 150000 palabras. Dividiendo 150000 entre noventa días, tuve la meta de escritura diaria. (…) al final alcancé mi meta y el primer borrador tenia 120000 palabras. Cuando hay impedimentos (acabo de levantarme a limpiarle laca de uñas de las manos a la niña) ser sistemática funciona.

Hoja de cálculo donde Carolina apuntaba su progreso.

Tu ritmo no es el de los demás… y eso está bien

A la vez, debes aceptar que tu ritmo de trabajo es solo tuyo y que no tiene ningún sentido caer en la comparacionitis. Y que un párrafo o dos al día es mejor que nada. Cada experiencia es diferente, como muestra Nuria C. Botey:

Combinar escritura y maternidad, cuando uno de los niños tiene también diversidad funcional:

-Planificar la estructura y diseño de personajes a golpe de teléfono móvil (Evernote, Keep o similares) en cualquier sitio (sala de espera del médico, parque, etc.)
-Escribir de madrugada, robando horas al sueño.
-Imaginar la historia mientras planchas, friegas, etc.
-Aceptar que lo que otros hacen en 6 meses tú tardarás años en terminarlo.

Recuerda: cien palabras al día es mucho mejor que cero palabras al día, y poco a poco se van acumulando. Ya os he contado lo mucho que da de sí escribir 200 palabras diarias.

Los hijos también deben respetar tu tiempo

Es complicado que un bebé de seis meses entienda lo importante que es para ti la escritura. Pero conforme van creciendo, es posible (y hasta recomendable) conseguir que los hijos acepten que los ratos de escritura son algo serio y que no se deben interrumpir. Una buena amiga escritora, autora de romántica muy prolífica, me explicó que en su hogar sus hijos (¡y su marido!) sabían perfectamente que el tiempo de escritura era el “tiempo de mamá” y que era importante respetarlo.

Ya sabes que te quiero mucho, pequeña, pero si vuelves a interrumpirme en mi tiempo de escritura te cocinaré, te envasaré al vacío y usaré tu carne para alimentar a los niños pobres de África*.

Esto es algo que parecen tener en común muchas de las escritoras con hijos que conozco. Y sí, esto sí parece ser algo más propio de las mujeres: la necesidad de reivindicar un espacio temporal y físico propio. No es necesario citar a Virginia Woolf para entender la relevancia de esto: culturalmente todavía tenemos el lastre de pensar (y dar a entender) que nuestro tiempo y espacio siempre se comparten, que no son solo nuestros.

¿Y qué pasa con… ?

Sería muy largo entrar aquí en consideraciones específicas de sexo, de enfrentar maternidad con paternidad, pero sí que me habría gustado tener una mayor representación masculina en los ejemplos de este artículo, ya que no son solo mujeres las que me escriben hablándome de las dificultades de compaginar escritura con tareas familiares. También me habría gustado incluir ejemplos de casos de madres o padres solteros/divorciados, que lidian solos con las cargas y responsabilidades de tener hijos.

Por todo esto, me encantaría que contarais vuestras experiencias en los comentarios. Si escribís y tenéis hijos, ¿cómo ha sido para vosotros? ¿Habéis tenido que aparcar la escritura un tiempo? ¿O habéis encontrado modos de seguir adelante?

Contadme, que insisto en que yo, de todo esto, no puedo opinar nada.

Bastante es que tengo que cuidar a un gato. No os imagináis lo complicado que es levantarse a escribir cuando Ebony está acurrucado, calentito, contra mí en las mañanas de invierno.


*IMPORTANTE: Gabriella Literaria en ningún momento aprueba el cocinado, envasado al vacío y envío de niños a países en vías de desarrollo.


NOTAS PERSONALES:

Cómo sobrevivir a la escritura: Lo mejor de Gabriella Literaria sobre escribir, publicar y promocionar tus libros.

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